LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
In vino veritas
Una ráfaga de viento abrió la ventana y se coló en la sala, arrastrando lluvia y hojas secas. En el exterior centelleó un relámpago, justo antes de que estallara un trueno. La lámpara de araña parpadeó varias veces antes de apagarse.
Guiado por el candor de la lumbre, Morelli corrió a cerrar la ventana.
Contuve el aliento hasta que regresó a la mesa con un candelabro. La luz tenue de las velas iluminó su cara como en una mala película de terror.
Sentí un escalofrío cuando descorchó la vieja botella y llenó nuestras copas. Morelli observó la suya antes de tomarla por el tallo y acercársela a la nariz. Después balanceó el cáliz y aspiró de nuevo su aroma. Un suspiro tembló en sus labios.
Sin atreverme todavía a beber, la idea macabra de que podía envenenarnos cruzó mi mente. Tal vez adivinando mis pensamientos, nuestro anfitrión tomó un sorbo y permaneció varios segundos con los ojos cerrados y una sonrisa de éxtasis.
Después alzó su copa y pronunció una frase a modo de brindis:
—In vino veritas.
Grimmjow y yo nos miramos un segundo antes de imitar su gesto.
Una sensación áspera e intensa recorrió mi garganta.
Morelli me miró de forma inquisitiva.
—Está bueno —dije encogiéndome de hombros.
Supuse que mi respuesta resultaría decepcionante para un amante del buen vino como él, pero, en lugar de eso, celebró mi comentario y añadió:
—Y es un auténtico milagro que así sea. Solo un porcentaje muy pequeño de vinos siguen siendo bebibles tanto tiempo después. He visto pagar auténticas fortunas por vinos añejos que no hubieran servido ni para aliñar una ensalada... Pero este vino... —Enmudeció mientras una lágrima resbalaba por su mejilla—. Acabamos de tomarnos un sorbo de historia.
Impresionada por las palabras de Morelli, me regalé otro trago de Eternidad.
—¿Creías que podía estar malo? —preguntó Grimmjow.
—En realidad, no. Contiene un ingrediente secreto que ha hecho que no pierda ninguna de sus propiedades, y que su sabor y aroma mejoren con los años.
—¿Cuál es?
—Ya os lo he dicho, es un secreto.
Mientras le escuchaba, un regusto dulce y floral invadió mi boca. Noté cómo el alcohol trepaba hasta mi cabeza y se mezclaba en mi sangre, prendiendo chispas a su paso por todo mi ser.
Miré a Grimmjow y no pude evitar una sonrisa al ver su semblante serio y preocupado. Incapaz de relajarse —ni con el mejor vino del mundo—, su rostro tenso me hizo intuir que no se fiaba de Morelli ni de su ancestral bebida.
Su copa seguía casi intacta.
—No deberías beber más —dijo mirándome con los labios apretados—. Ya sabes que el alcohol no te sienta bien.
Una carcajada incontrolable vibró en mis labios. Había algo en la tensión de su rostro que me resultaba encantador y molesto al mismo tiempo. ¿Se estaba preocupando por mí? Mi verdugo se había transformado en un caballero protector. Aunque aquel exceso de control me inquietaba, también era halagador. Me acordé de Ichigo y de lo poco que le había importado que me marchara de su lado.
Me sentía lúcida y radiante, con una extraña sensación de plenitud y de ligereza dentro de mi piel.
Contrariamente a los efectos del alcohol, no estaba mareada y podía pensar con claridad.
—Pues yo creo que le sienta de maravilla... —intervino Morelli llenando de nuevo mi copa—. Deberías relajarte y disfrutar tú también de este vino. Bébelo y me complacerás. Ya os lo he dicho, solo así obtendréis lo que habéis venido a buscar. Además, mi querido amigo, no tendrás más oportunidades en la vida de probar algo similar... Muchos matarían por saborear unas gotitas de este elixir.
Grimmjow respiró hondo antes de apurar la copa de un solo trago.
El efecto fue inmediato. Tosió varias veces antes de que su expresión se suavizara y sus cejas se curvaran en una mueca de sorpresa.
—Ya lo he probado y así os he complacido. ¿Qué más puedo hacer por vos, señor Morelli? —dijo finalmente Grimmjow de forma teatral—. ¿Nos va a entregar ya esos papeles?
Su cara se había iluminado y sus ojos refulgían. El vino había hecho efecto.
—No los tengo aquí. Los guardo en mi galería de Florencia. Pero prometo dároslos si superáis una prueba: la de los cinco sentidos. Si la superáis, serán vuestros a cambio de nada. No tendréis que pagar por ellos.
—¿Qué garantías tenemos de que será así? —intervine animada.
—Tenéis mi palabra.
—¿Cómo sabemos que no miente? Desde que hemos llegado no ha hecho otra cosa que jugar con nosotros. Primero, dándonos estas ropas ridículas y, luego, este brebaje extraño.
—El juego no ha hecho más que empezar, querido Grimmjow. —Morelli soltó una carcajada—. Pero no os podría mentir aunque quisiera. El vino que acabamos de tomar tiene propiedades mágicas y una de ellas es que obliga a decir la verdad.
—¿Nos has dado alguna especie de droga?
—In vino veritas —dijo repitiendo la frase de su brindis—. La verdad está en el vino.
—Tranquilo, Grimmjow. Yo he probado ese suero... ¿recuerdas? Y te garantizo que este vino no tiene ese «ingrediente» —repuse con ironía—. Ningún dolor punzante en la cabeza, ni ardores en el estómago. Tampoco siento mareos, náuseas o vómitos incontrolables. Y, de momento, controlo mis palabras y no he caído redonda al suelo.
—Ha hablado la sinceridad en persona —dijo Morelli divertido.
—Está bien, jugaremos a esa prueba de los sentidos. —Me miró y asentí con la cabeza—. Pero antes explícanos qué propiedades más tiene ese vino. Empiezo a sentir cosas extrañas. —No temas, solo multiplica las sensaciones. Lo cual os será muy útil para vencer la prueba.
Sus palabras me recordaron a la miel centenaria que había probado con Ichigo y Senna en la cueva de la semilla. En aquella gruta había experimentado las sensaciones más intensas de toda mi vida. La belleza de aquel lugar, unida a la compañía de Ichigo, habían quedado para siempre grabadas en mi memoria.
Un suspiro escapó de mis labios al recordar todo aquello.
Aquel instante difería mucho del momento mágico en el que había probado esa miel, pero de nuevo era capaz de apreciar su belleza. Había armonía en el gusto exquisito con el que estaba puesta la mesa, con sus manteles bordados y los restos de las viandas dispuestas en antiguas fuentes de oro y plata... La combinación de crisantemos y lilas de los jarrones formaba una imagen tan sugerente y sutil como la sinfonía de lluvia en los cristales. En cuanto a mis dos acompañantes, cada uno era hermoso a su manera.
Morelli encarnaba los ideales de belleza clásica. Era esbelto, de porte elegante y rasgos suaves.
Su encantadora sonrisa y su discurso inteligente hacían de él una persona muy atractiva.
La belleza de Grimmjow era menos sofisticada y grácil. Poseía el encanto de un guerrero: músculos fuertes y definidos, mirada dura, cejas gruesas, mandíbula marcada y pómulos bien cincelados. El único rasgo delicado de su rostro marmóreo eran unos labios carnosos que incitaban al beso.
Nos levantamos de la mesa para dirigirnos a una sala contigua que estaba aún más caldeada. Era una especie de biblioteca, con escaso mobiliario, en la que también había un piano y otros instrumentos de aspecto antiguo.
Unos diez metros de estantería cubrían una pared con ediciones de todo tipo: desde libros viejos hasta novelas actuales o de lujo.
Unos troncos ardían con vigor en la chimenea.
Tras acomodarnos en un elegante sofá de piel burdeos, Morelli dejó el candelabro sobre la repisa y volvió a llenar nuestras copas de Eternidad.
—La primera prueba es la del gusto —nos dijo con voz misteriosa—. Por vuestra forma de catarlo ya he visto que sois unos profanos en el arte del vino, así que seré indulgente. Solo os pediré que comentéis algo sobre su procedencia. Daré por válido cualquier detalle que remita a sus orígenes o a su historia.
—Las damas primero —concedió Grimmjow con aire condescendiente.
Agité la copa, cerré los ojos y me la acerqué a la nariz como había visto hacer a Morelli. Después di un sorbito y mantuve el caldo en mi boca unos segundos. Un concierto de aromas silvestres se mezcló en mi paladar. Solté lo primero que me vino a la cabeza:
—Percibo un aroma a frutos rojos y manzanilla —dije poco convencida—. Este vino pertenece a una tierra de bosques sombríos.
—¡Bravo! —exclamó Morelli satisfecho.
Era el turno de Grimmjow.
Observé cómo se llevaba la copa directamente a los labios y, con los ojos cerrados, apuraba todo el contenido. Luego olió la copa vacía y dictaminó:
—Es un vino de raza, denso y con un sabor antiguo, pero con el brío de un caldo joven. Tiene reminiscencias a sotobosque y a violetas, pero también a flor de lirio y a miel. Es un tinto robusto con un eco complejo y largo. Procede de un lugar donde las uvas no han madurado con mucho sol.
Fascinada, me pregunté cómo podía saber tanto de vinos alguien que había sido educado con disciplina militar.
—Sorprendente, querido amigo —aplaudió Morelli—. Eres una caja de sorpresas que, dicho sea de paso, estoy deseando abrir.
Aquella prueba había resultado demasiado fácil. Nuestro anfitrión había dado por buenos nuestros comentarios, pero ¿qué garantía teníamos de haber acertado? Algo me decía que había sido benevolente para continuar el juego. Quizá con el resto de los sentidos no tendríamos tanta suerte.
—Habéis superado la primera prueba y ahora le toca el turno al oído.
Morelli tomó una especie de violonchelo antiguo de seis cuerdas que se hallaba en un rincón de la sala.
—Es una viola de gamba —explicó mientras se sentaba y colocaba el instrumento entre sus rodillas—. Fue muy popular durante el Renacimiento. La siguiente prueba consiste en adivinar qué inspiró al artista que compuso la pieza que voy a tocar.
—Esto, más que un juego de los sentidos, es una prueba de fe —refunfuñó Grimmjow—. ¿Cómo sabremos si hemos acertado o no? Tendremos que fiarnos de tu palabra...
—Esta melodía está inspirada en una leyenda antigua que os explicaré en cuanto expongáis vuestra versión.
Un estremecimiento me sobrevino cuando el arco hizo gemir las cuerdas de tripa. Aquella tonada sensual y hermosa, que sugería algo remoto, me evocó al principio el encuentro entre dos amantes.
Las notas graves y profundas de la viola fluían entre el deseo y la pasión.
Sentía cada roce del arco como una descarga directa en las entrañas.
El virtuosismo de Morelli se hacía evidente en los complejos giros melódicos, pero también en su facilidad para emocionarnos. Era como si aquel instrumento hablara y yo comprendiera su idioma. Su elocuencia iba más allá del lenguaje oral, pues expresaba sensaciones imposibles de explicar con palabras.
Tras un inicio luminoso y romántico, la tonada se tornó impetuosa y funesta.
Las notas agonizaban en una trama de sufrimiento, muerte y melancolía.
Rompí a llorar con el alma encogida. Aquella melodía resonaba en mi interior con un argumento dolorosamente conocido. Y, aun así, no quería que aquella exquisita pieza acabara.
—¿Y bien? —dijo el intérprete nada más finalizar.
—¿Podrías tocar un poco más? —supliqué emocionada.
—Me temo que no. Lo sublime debe ser efímero, como la propia existencia, insignificante en el universo y, aun así, tan valiosa para el alma.
—El artista se inspiró en una historia de amor imposible —dije con seguridad mientras me secaba las lágrimas—. Tras vivir un romance apasionado, se abre un abismo entre los dos que los separa inevitablemente...
—La muerte —añadió Grimmjow reflexivo.
To Be Continued...
