LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Infinito

Aunque habíamos superado tres de las cinco pruebas de aquel extraño juego, lo más complicado estaba por llegar. Supe que no me equivocaba cuando Morelli me tomó de la mano y me ayudó a subir a un taburete que había colocado cerca de la chimenea. Era uno de esos escalones de biblioteca, con dos peldaños, que se utilizan para acceder a las baldas más altas de las estanterías.

Nuestro anfitrión se dirigió a mí con voz suave y misteriosa:

—Esta prueba es para un único jugador y tú has demostrado ser la más sensitiva. ¿Aceptas el reto?

Asentí sin pensarlo mucho. ¿Tenía acaso otra opción?

—¿En qué consiste? —preguntó Grimmjow con desconfianza.

—Es la prueba del tacto. Alicia permanecerá inmóvil con los ojos vendados y tendrá que adivinar quién de nosotros dos la toca en cada momento.

Lo miré con suspicacia mientras sacaba de nuevo los pañuelos de seda.

—Será solo un roce, una leve caricia en la piel de apenas unos segundos... A no ser que necesite más tiempo para distinguirnos —esbozó una sonrisa burlona—, o le agrade tanto que quiera que continuemos.

—No tienes por qué hacerlo... —dijo Grimmjow.

—Sería una pena, estando tan cerca de conseguir lo que buscáis —añadió Morelli—. Pero sí, por supuesto, puedes rendirte, Alicia.

La idea de que me vendaran los ojos y dos chicos me tocaran a ciegas no me seducía en absoluto, pero tampoco me parecía tan terrible. Había dicho una «leve caricia»...

Sentí de nuevo sus dedos en mi nuca anudándome la venda. Después, sus manos descendieron hasta mi cintura. No pude evitar dar un respingo cuando noté cómo me desaflojaba el cinturón y hacía deslizar el quimono por mis hombros. La prenda resbaló hasta mis pies.

Me odié por haberme quitado el sujetador mojado un rato antes, pero Morelli solucionó el tema emulando a Botticelli y cubriéndome con mi cabello como si fuera la Venus de su cuadro. Fue una suerte que el pelo me hubiera crecido ya hasta esa altura tras cortármelo en Londres.

Sus manos rozaron ligeramente mis pechos, pero no me atreví a protestar. Paralizada, contuve la respiración cuando tomó mis manos y las llevó hacia atrás para atármelas con el otro pañuelo.

—Así te evitaremos la tentación de quitarte la venda o de tocar nuestra mano. Si detienes el juego antes de que los dos te hayamos tocado, perderás. Si fallas en tu dictamen, por supuesto, también perderás.

Noté su presencia detrás de mí durante unos segundos más. Su respiración pausada rompió su cadencia con un suspiro que me heló la sangre. Aun con los ojos vendados, pude interpretar su deseo contenido.

Temblé ligeramente, no tanto por el frío, sino por la expectativa de lo que podía ocurrirme a continuación. Me relajé pensando que Grimmjow era más fuerte que Morelli y no dejaría que nada malo me ocurriera.

Bella, come una statua greca. No te preocupes, querida Venus. Es una prueba muy sencilla. La superarás.

Oí a Grimmjow toser de fondo.

Tras unos segundos, que se me hicieron eternos, volví a escuchar la viola entonando la misma melodía de antes. Esta vez me imaginé a Chang'e, en su palacio de la luna, recordando con melancolía a su marido mientras Wu Gang cumplía su castigo.

Sentí un nudo en la garganta y unas lágrimas amenazadoras en los párpados. No supe precisar si eran de emoción o de miedo... Tal vez de ambas cosas. Me obligué a ser fuerte y tragué saliva. De pronto, y sin que la pieza se interrumpiera, noté una caricia en el cuello, unos dedos deslizándose con suavidad desde el lóbulo de mi oreja hasta la clavícula. Desde allí, un dedo trazó una línea hasta mi ombligo y lo rodeó con varios círculos antes de descender hasta el borde de las braguitas.

Toda mi piel se erizó.

No pude evitar pensar que Grimmjow había sido poco elegante con aquel roce. Sin embargo, cuando estaba a punto de nombrarle —¡quién si no Morelli podía estar tocando la viola!— noté algo leve sobre un seno. Como si se tratara de un pájaro posándose con sus débiles patitas sobre una rama. Con el cabello de escudo, temblé al notar tres dedos tensando la cima.

El nombre de Grimmjow quedó atascado en mi garganta. Aquella caricia no me cuadraba con sus modales. Por muy rudo que se hubiera mostrado en el pasado, encerrándome en aquel sótano, jamás me había tocado de aquella manera sin mi consentimiento.

Pero, entonces, ¿quién interpretaba aquella extraordinaria pieza?

Intenté reconocer el aroma a almendras que usaba Morelli, pero su fragancia se había quedado en el aire y era imposible saber si su portador se hallaba cerca.

—Creo que ya lo tengo —dije finalmente.

La viola enmudeció y pasaron varios segundos antes de que volviera a notar un roce tímido, casi esquivo, en la mejilla. Después, en silencio, un dedo dibujando algo en mi espalda.

Un infinito.

Lo trazó varias veces con delicadeza pero de manera firme e inequívoca. Era el símbolo que Grimmjow había dibujado en mi mano, horas antes, mientras paseábamos por las calles de San Gimignano. Las mismas mariposas de entonces empezaron a aletear en mi estómago, con más fuerza incluso, al descubrir a su autor.

—Quien acaba de tocarme ahora es Grimmjow. Antes lo ha hecho el dueño de esta casa... —Respiré hondo—. Y, por cierto, la música de viola es una grabación.

Uno de los dos me soltó las manos y me ayudó a ponerme el batín mientras yo me quitaba la venda de los ojos.

Lo primero que vi fue a Morelli con el mando con el que había activado el reproductor de música en las manos.

—Muy bien, Alicia. Lo has vuelto a conseguir. Solo nos queda un sentido. El más difícil de todos: la vista.

Mientras subíamos la escalera, apenas iluminada por la lámpara de aceite que sostenía Morelli, me pregunté en qué consistiría aquel último reto.

Quería mostrarnos algo muy valioso que guardaba en una alcoba cerrada y que nos serviría para poner a prueba el último sentido.

Nuestro anfitrión caminaba tan despacio que me pregunté si temía despertar a alguien, tal vez a la chica de rasgos exóticos que nos había recibido unas horas antes.

El viento se quejaba tras los cristales, distorsionando otros ruidos de la noche aún más inquietantes. La escalera crujió bajo nuestros pies.

En el piso de arriba, el suelo de madera temblaba con cada uno de nuestros pasos, emitiendo un sonido agudo.

Morelli se detuvo frente a una puerta y le pasó la lámpara a Grimmjow. Sacó una llave del bolsillo y la introdujo en la cerradura.

Una corriente fría nos envolvió.

En aquella habitación no había chimenea ni ningún otro tipo de calefacción. Tampoco había muebles, tapices, alfombras o cualquier otro elemento decorativo. Tan solo las paredes desnudas y un caballete en el centro cubierto con una tela blanca. Morelli nos hizo pasar y cerró la puerta con llave desde el interior.

—Tras esta tela hay un cuadro. El más valioso de mi colección. Jamás lo expongo, y son muy pocas las personas que han tenido el honor de contemplarlo. Es una pieza única... —nos explicó con voz misteriosa—. Pero ese no es el motivo por el que lo protejo de las miradas ajenas.

—¿Y cuál es? —pregunté con la esperanza de sonsacarle alguna pista útil.

—Si te lo dijera, querida Alicia, sabrías tanto como yo.

—Y la prueba consiste en... —intervino Grimmjow expeditivo.

—Si lográis aproximaros a la imagen que se oculta tras esta tela, os daré lo que habéis venido a buscar.

Influida por una novela de Oscar Wilde que había leído en Londres, me estremecí al imaginar que aquel lienzo podía contener el alma de nuestro anfitrión.

En aquella historia, mientras el protagonista conservaba el esplendor de una juventud eterna, su retrato envejecía y se deformaba por el paso de los días y la crueldad de sus acciones.

¿Y si Morelli era como Dorian Grey? ¿Y si aquel cuadro no era más que una versión anciana de él mismo?

Me estremecí y busqué el brazo de Grimmjow de forma instintiva.

—¿No podrías darnos una pista? —intervino él.

—Solo os diré que es una obra renacentista. Grimmjow respiró hondo antes de hablar. —Es una madona.

—Como el noventa por ciento de los cuadros renacentistas —se mofó Morelli—. Vamos, muchacho, estoy seguro de que puedes hacerlo mejor.

—Grimmjow ha acertado —continué yo, soltando su brazo y acercándome un paso más al lienzo—. Es una madona, una venus desnuda.

—¿Y qué más? —musitó Morelli con un brillo de emoción en los ojos.

—Está sonriendo. Su piel es blanca y delicada. Tiene un ligero rubor rosado en las mejillas y unos ojos azules que observan divertidos.

Cerré los míos para evocar cada palabra que había utilizado Hallibel unos días atrás.

—Es tan real que parece tener alma. Casi puede apreciarse cómo laten las venas de su cuello y cómo se hincha su pecho al respirar... mientras el viento agita la flor que sostiene en las manos. — Enmudecí un instante—. Hay una muralla medieval al fondo y unas montañas brumosas que se diluyen con la noche.

Cuando abrí los ojos, tenía a Morelli a pocos centímetros de mi cara, interponiéndose entre el lienzo y yo.

A la luz tenue de la lámpara, su belleza me resultó todavía más irreal y turbadora. Poseída por el influjo mágico de su mirada, su aliento y su aroma —ambos exquisitos— enmudecí extasiada. Mis labios intentaron despegarse para seguir hablando, pero solo consiguieron exhalar un débil suspiro.

—Supongo que con esto es suficiente... —murmuró Grimmjow sorprendido.

Morelli desoyó su comentario y siguió mirándome a los ojos como si no hubiera nadie más en el mundo que él y yo. Después tomó mis manos y me preguntó:

—¿Qué más ves en el cuadro?

—La luna.

Reprimí el terrible deseo de besarle.

El temor a perderme en el infinito de sus ojos —tan brillantes, verdes y profundos como un lago sin fondo— me obligó a bajar la mirada.

—Una luna nueva con el resplandor de Da Vinci —continué en un susurro.

No entendía qué me estaba pasando.

—¿Quién es la chica del cuadro?

Mis labios temblaron incapaces de seguir hablando.

—Soy yo —balbuceé finalmente.

Morelli me soltó las manos y se giró para descubrir el lienzo.

Una réplica exacta de lo que había descrito apareció ante nuestros ojos. A pesar de la escasa luz de la habitación y del propio cuadro —oscurecido por las brumas de la noche y por la técnica del sfumato—, nos quedamos sin habla durante unos instantes, impresionados por aquella pintura.

Mi parecido con la chica era tan asombroso que resultaba increíble que se tratara de una obra tan antigua.

—¿Cómo es posible que...? —El desconcierto de Grimmjow me hizo entender que, contrariamente a lo que me había hecho creer Hallibel, era la primera vez que veía ese cuadro.

La voz grave y melodiosa de nuestro anfitrión resonó en la alcoba con la misma musicalidad que su viola.

—Muchachos, habéis superado la prueba. Os daré lo que buscáis. Pero antes habrá que presentarse debidamente. —Se inclinó en una graciosa reverencia—. Me llamo Kisuke Urahara. ¿Y vos?

Su mirada se clavó en mí.

—Soy Rukia —dije con voz trémula—. Pero intuyo que ya lo sabías...

Urahara sonrió por toda respuesta.

To Be Continued...