LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Bajo efluvios centenarios
Tras darme una ducha, me metí en la cama con una sensación extraña. No podía dormir. Mis sentidos estaban más despiertos que nunca debido a aquella prueba. Pero no solo era eso, la casa también me inquietaba. Había algo en ella que me asustaba y me ponía en alerta. Algo no, alguien: Urahara. Después de la escena del cuadro, había insistido en que nos quedáramos a dormir. Ni a Grimmjow ni a mí nos gustaba la idea de pasar allí la noche, pero lo cierto es que no habíamos tenido otra opción.
Imposible regresar a Florencia con aquella lluvia en un coche descapotable —anegado en agua, con toda certeza, tras el diluvio—. Tampoco podíamos volver a San Gimignano y buscar alojamiento.
Primero, porque era más de medianoche. Y segundo, porque, según nos explicó Dante, la chica de rasgos exóticos había utilizado el caballo para regresar a su casa y no conocíamos el camino de vuelta al pueblo.
Por supuesto, Grimmjow le había sometido a un interrogatorio exhaustivo sobre aquel cuadro y los documentos que debía entregarnos tras superar la prueba, pero Urahara se había limitado a contestar con evasivas y a concluir finalmente:
—Es muy tarde para preguntas. Tendrás las respuestas que buscas, mi querido amigo, pero no será esta noche.
Acurrucada entre las sábanas, me sentí pequeña y asustada. Observé las ramas de un sauce del jardín chocar contra el cristal. Parecía un monstruo de grandes tentáculos que intentaba en vano cruzar la ventana.
El viento soplaba con fuerza. Toda la casa temblaba.
Aquella habitación, situada en el último piso, tenía chimenea y cuarto de baño propio. Las paredes estaban forradas con un oscuro papel de terciopelo. Había velas encendidas en la repisa del hogar y una lámpara de aceite sobre la mesita, que me había alumbrado mientras me duchaba. Lo había hecho con el mismo jabón de almendras que usaba nuestro anfitrión. El agua caliente me había servido para entrar en calor, pero no para templar mi ánimo.
La alcoba de Grimmjow era contigua a la mía. Fantaseé con llamar a su puerta y charlar un rato con él.
Pero enseguida me quité aquella idea de la cabeza. Había oído una llave girando en su cerrojo —tal y como había hecho yo— y pensé que tal vez dormía.
Un relámpago iluminó un cuadro en la pared. Era un retrato de Urahara. Antes de que pudiera averiguar si se trataba de una fotografía o de una pintura, salté de la cama y corrí hacia la puerta.
—No es lo que piensas —dije cuando Grimmjow apareció al otro lado.
—Ah, ¿no? —Levantó una ceja divertido—. Entonces no estás asustada.
—Un poco —confesé—. No podía dormir...
—Yo tampoco.
El pelo revuelto y los ojos hinchados le delataron.
—No mientas. Te he oído roncar desde mi habitación.
Ambos reímos.
—Hace mucho tiempo que no duermo bien. Cuando acumulo cansancio, caigo rendido; pero enseguida vuelven las pesadillas...
Me senté en su cama.
Aquella habitación era más lujosa y amplia que la mía. La cama me pareció grandiosa y tenía una colcha marrón con bordados de oro. En el suelo de madera había una enorme alfombra persa y unas bonitas ilustraciones de plantas en las paredes color crema. Dos grandes lámparas de aceite iluminaban la estancia creando un ambiente muy acogedor.
En lugar de ventana había una inmensa claraboya en el techo.
Me tumbé en la cama y contemplé durante unos segundos las gotas chocando contra el cristal.
—Al lado de esta, mi habitación parece una mazmorra —me quejé.
—Puedes pasar la noche conmigo si lo deseas, pero te advierto que soy presa fácil. Aún siento los efectos del vino.
—No estoy tan borracha como para eso —bromeé divertida—. Es solo que... Este lugar me produce escalofríos. Urahara es tan... —Busqué en vano el adjetivo apropiado—. ¿Antiguo?
Observé cómo Grimmjow echaba de nuevo la llave y se sentaba a mi lado.
—¿Crees que puede ser él? —le pregunté.
—No lo sé.
Suspiró y se tumbó a mi lado con la mirada perdida en la lluvia.
—Hace un tiempo te habría contestado que es imposible. Nadie puede sobrevivir cinco siglos y tener tan buen aspecto. —Se rió de sus propias palabras—. Pero ahora he vuelto a creer en los seres inmortales, en las leyendas de hadas... ¡y hasta en los cuentos chinos!
—Si es el Urahara del que nos habló Ichigo, no solo conoce la ubicación de la aldea, es probable que incluso sepa dónde está la semilla. Ha tenido mucho tiempo para buscarla...
Evoqué la historia del joven Urahara, el único superviviente de la Aldea de los Inmortales que, tras perder a favor de Shinji el amor de Hiyori (una chica mortal), se había refugiado en las montañas.
Desde allí había sido testigo de la venganza de Shinji, que, despechado por la negativa del Consejo de convertir a Helena en un ser eterno, había quemado la ciudad y acabado con todos sus habitantes.
—Eso también explicaría que tuviera las páginas del Manuscrito Voynich — añadió Grimmjow—. ¡Las escribió él!
El propio Rodrigoalbar le había recomendado que lo hiciera para purificar su alma y dejar testimonio escrito de lo que había sido aquella civilización.
—Por otro lado, Urahara es un nombre muy común en Italia... —reflexioné—. Además, si fuera como Ichigo, ¿cómo es posible que no sufra su don? Te aseguro que en la prueba del tacto estaba verdaderamente asustada.
—Lo sé... Y él parecía encantado con que lo estuvieras. —Apretó los dientes antes de preguntarme—: ¿Cómo sabías lo que había en el cuadro?
—Me lo dijo Hallibel.
—¿Crees que ellos dos se conocen?
—No tengo ni idea, pero todo esto es muy raro. ¿Cómo es posible que yo salga en un cuadro tan antiguo? Te aseguro que no soy eterna. —Me incorporé y busqué su mirada para confirmar que me creía.
—Te creo. —Soltó una carcajada.
—¿Te has fijado en el cuadro renacentista que había en el salón? —Bajé la voz y continué en un susurro—: Salía Urahara en una esquina del barco.
—También es posible que nos estén tomando el pelo y que los cuadros sean tan falsos como él.
Le miré extrañada.
—Pueden ser obras actuales. Y lo demás... una estrategia para sonsacarnos información sobre la aldea y la semilla.
—No entiendo...
—Cuando estaba en Nueva York alguien se metió en mi ordenador y rastreó mis contactos y conversaciones. En esos momentos estaba tras la pista de los hombres que contrataron a mi padre para investigar el elixir de la eterna juventud. Ya te lo dije: gente muy rica, ajena a la Organización, que matarían por conseguir algo que los mantenga siempre jóvenes. También fue entonces cuando, siguiendo la pista del Manuscrito Voynich, apareció Morelli en escena, es decir, Dante.
—¿Quieres decir con eso que Urahara no es Urahara y que está jugando con nosotros?
—Lo último es evidente. De lo primero, tengo serias dudas.
—Tal vez ni siquiera tenga esas páginas —murmuré decepcionada. ¿De qué nos habría servido entonces superar la prueba?
—No sufras, saldremos de dudas mañana.
Permanecimos un rato tumbados, con la mirada perdida tras el cristal, escuchando el suave tintineo de la lluvia que comenzaba a remitir.
Su voz rompió el silencio como un dulce susurro en mitad de la noche
—¿Qué piensas?
—Me preguntaba cómo es que sabes tanto de vinos. Dudo mucho que la Organización te haya formado en esa materia.
Le vi sonreír de soslayo.
—No, eso se lo debo a mi padre. Durante un tiempo se obsesionó con el poder antioxidante de los taninos de la uva y se aficionó al buen vino. Yo tenía doce años y me dejaba probar de su copa sin tragármelo. —Se mordió el labio para ahogar una risa—. Me volví un experto.
—¿Te acuerdas mucho de él?
—Todos los días. —Cogió aire—. Pero, curiosamente, solo me vienen recuerdos agradables... Antes de entrar en la Organización, era un hombre bastante divertido y cariñoso.
Busqué su mano y la entrelacé a la mía.
—Tu padre es como Peng Meng, el aprendiz de la leyenda china; su codicia por la inmortalidad le volvió mezquino.
Tiró de mi mano hacia él y me acomodé en su pecho. Sentí un suspiro y el leve roce de sus labios besando mi pelo.
—Dime una cosa, Rukia, ¿por qué estamos aquí? ¿Qué sentido tiene todo esto? Dime que tú no deseas ser inmortal...
—Si te dijera eso mentiría. —Traté de recordar una frase que él mismo había pronunciado en el sótano de Londres—. «Hacerse viejo es la gran humillación de la vida.»
—Tienes buena memoria, pero ya no pienso igual. Hay un proverbio irlandés que dice: «Nunca lamentes que te estás haciendo viejo, porque a muchos les ha sido negado ese privilegio». —Respiró hondo antes de continuar—. Una chica muy lista me dijo no hace mucho que deberíamos asumir que la vida es limitada y disfrutar de cada momento como si fuera el último... Incluso mi hermana, a pesar de su enfermedad, fue feliz en su corta vida. Siempre sonreía...
Yo también sonreí al acordarme de aquella tira de fotomatón en la que Nell y Grimmjow parecían tan felices.
Besé su mano.
—¿De verdad crees que soy lista?
—No.
—¿No?
Me incorporé para ver su expresión. La sonrisa burlona de sus labios se desdibujó mientras me colocaba un mechón suelto tras la oreja y me miraba a los ojos con aquel brillo que tanto me impresionaba.
—He dicho «muy lista». —Su mirada recorrió mi cuerpo y se posó de nuevo en mis ojos—. También creo que eres guapa, testaruda, valiente, fuerte... Una combinación explosiva que te hace...
—¿Perfecta? —bromeé.
—Increíblemente sexy.
Sus palabras me sorprendieron. Intenté decir algo gracioso que rompiera la tensión del momento, pero antes de que pudiera abrir la boca, sentí la suya en mis labios.
Cerré los ojos y me fundí en aquel beso, saboreando su aliento mientras le rodeaba con los brazos. Él enlazó sus piernas con las mías y nos besamos hasta quedarnos sin aire.
—Mmm, hueles tan bien... —Hundió su boca en mi cuello y lo selló con besos cortos que me hicieron suspirar.
Todos mis sentidos me susurraban que me acercara más, que borrara cualquier distancia entre nosotros, que me entregara a aquel momento y lo disfrutara como si fuera el último.
El recuerdo de Ichigo me lo impidió. Aunque lo habíamos dejado, no me sentía libre del todo.
Como si una parte de mi corazón todavía perteneciera al ermitaño.
Con la respiración entrecortada y el quimono ligeramente abierto, me separé un poco para coger aire.
—No puedo...
—Lo siento. Sé que Ichigo...
—Ya no estoy con él. —Silencié sus labios con mis dedos—. Pero eso no significa que esté libre para nadie.
—Yo tampoco quiero que pase nada entre nosotros. —Me cerró el batín con delicadeza y se separó un poco de mí.
—Ah, ¿no? —No pude ocultar un poso de decepción—. Me había parecido que...
—Al menos no esta noche. Todavía estamos bajo los efectos del vino. Cuando suceda algo entre tú y yo, querida Rukia—pronunció esas dos palabras imitando a Urahara—, no quiero que tengas la excusa de los efluvios centenarios.
To Be Continued...
