LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

La puerta del paraíso

No había pasado ni media hora cuando recibí un mensaje de Stark con una dirección. Salí a toda prisa mientras la buscaba en el Google Maps del iPhone. Localicé aquel lugar en el barrio de Santo Spirito, al otro lado del río, antes incluso de llegar a la parada de taxis.

De nuevo diluviaba.

Aunque no eran más de las cinco, la noche se había adelantado a su cita. El cielo luminoso y azul de la mañana se había cubierto con un amenazador velo negro.

Un fuerte olor a tabaco me golpeó nada más acomodarme en el asiento trasero. El taxista lanzó el cigarrillo por la ventana y arrancó antes incluso de preguntarme el destino.

Cuando se lo dije, me miró con una expresión extraña, pero también pude imaginármelo.

Mientras nos alejábamos del centro por calles adoquinadas intenté en vano bajar el cristal y respirar aire fresco. La calefacción estaba muy fuerte y empezaba a marearme. Sin mediar palabra, el conductor me hizo un gesto de negación con el dedo. No logré entender si la ventanilla estaba estropeada o no quería que la bajara por la lluvia.

Tras girar por la orilla izquierda del río, las calles se volvieron aún más estrechas. Al llegar a la via di San Niccolò, flanqueada por palacios y edificios renacentistas, un camión nos bloqueó el paso. El lugar al que me dirigía estaba en esa calle, así que le pedí al taxista que me dejara allí mismo.

Me paré un instante bajo el alero de un palacete para coger aire y protegerme de la lluvia. Me fijé en unas flores de lis de terracota que había en la fachada de enfrente. Al alzar la vista, unos diablos de bronce me miraron burlones en el mismo instante que un relámpago iluminó el cielo.

Corrí bajo la lluvia y me detuve unos números más abajo, frente al local donde me había citado Stark.

—«La porta del Paradiso» —leí en el rótulo.

Un rápido vistazo al escaparate me bastó para descubrir que era una tienda esotérica muy peculiar.

Había tal mezcla de cosas que costaba fijarse en una. La mayoría estaban relacionadas con artes adivinatorias: cartas de Tarot, péndulos, runas e incluso una bola de cristal. También había velas, inciensos, cristales, figuras de ángeles... y otros artículos muy de la onda new age. Mi madre había tenido una época hippy cuando yo era pequeña y estaba familiarizada con aquellas cosas.

Sin embargo, había otros objetos que cruzaban esa línea hacia un lado oscuro. Junto a unos amuletos con calaveras, guadañas y símbolos extraños que no conocía, había varias esculturas de diablos parecidos a los que había visto minutos antes en la fachada. Me fijé también en un arlequín con cara de porcelana y lágrimas negras. Junto a él, unos ángeles se batían a duelo con sus espadas en un cuadro funesto.

Sentí un escalofrío cuando mis ojos se detuvieron en un cuaderno en cuya portada un angelito besaba a una niña con alas de mariposa sobre una nube de algodón. Era el mismo que Braulio me había regalado casi un año atrás por mi cumpleaños. Aunque aquella pintura me parecía preciosa, en medio de aquellas cosas siniestras, solo pude interpretarla como una señal de mal presagio. Se titulaba «El primer beso». Me estremecí al recordar el prólogo de los momentos felices que había escrito Braulio en aquellas páginas y en su propósito de ser «el primero en abrirme las puertas del paraíso».

Sobre un atril antiguo reposaba un libro abierto. Pegué la nariz al cristal para tratar de leerlo, pero la letra era muy pequeña y estaba en latín. Al enfocar en el interior descubrí a Stark hablando con la dependienta.

Después de pensarlo unos segundos, entré y me puse a husmear por una estantería de libros haciendo ver que no le conocía.

El caos del escaparate no era nada comparado con el amasijo de objetos del interior dispuestos aquí y allá, sin orden ni concierto.

Un olor a viejo, mezclado con humedad e incienso, envolvía aquel local sin ventanas, donde la luz del exterior apenas se filtraba por la vidriera del escaparate lleno de objetos.

Tras saludarme, la dueña de la tienda —una mujer de facciones duras— volvió a enfrascarse en una conversación con Stark.

Aunque hablaban en un italiano muy acelerado, logré más o menos descifrar lo que decían.

—Le digo que acaba de entrar una amiga mía y que necesito hablar con ella —dijo él señalando una puerta entornada que había bajando unas escaleras.

—Y yo insisto en que no hay nadie y no puedes entrar —replicó—.Además, el local de abajo está alquilado a un grupo y solo me dejan abrir cuando hay algún encuentro.

—Pertenezco a él —mintió.

—Nunca te había visto por aquí.

—Es que soy nuevo y tengo que entrar un momento...

—Ya te lo he dicho: solo puedo abrir cuando hay sesión.

—¿Sesión? ¿Cuándo es la próxima?

—Si eres miembro, recibirás un e-mail, como siempre. —Había desconfianza en su voz—. Si no lo eres, no estoy autorizada para darte ningún tipo de información.

La dependienta me miró un instante y Stark me hizo una discreta señal hacia las escaleras. Por su gesto entendí lo que pretendía: quería que la entretuviera para que él pudiera colarse.

—Disculpe, señora —le dije en inglés esperando que me comprendiera—, me gustaría comprar un cuaderno como el que tiene en el escaparate.

No se me ocurrió otra cosa que pedir en aquel instante, pero lo cierto es que me alegré enseguida de mi decisión. La idea de escribir un nuevo prólogo, y anotar momentos felices, me pareció una buena forma de recuperar el cuento favorito de mi madre —El bosque de los corazones dormidos—, y borrar la sucia huella que había dejado Braulio meses atrás.

—¿El de la portada de Bouguereau? —respondió acercándose al aparador.

—Sí... pero, si es posible, preferiría que no fuera el del escaparate—improvisé—. Está un poco descolorido por el sol.

La mujer refunfuñó en su idioma y se fue a la trastienda. Stark aprovechó ese instante para colarse con sigilo tras la misteriosa puerta.

Cuando salió la dependienta, miró con desconfianza hacia las escaleras y me preguntó:

—¿Has visto salir al chico que estaba aquí?

—¿El chico mulato? Sí —respondí mirando hacia la calle—. Acaba de irse ahora mismo.

La mujer dejó caer el cuaderno sobre el mostrador. Al hacerlo, una nube de polvo lo envolvió. Estaba protegido con un papel marrón que no dejaba ver su contenido, pero aun así lo tomé entre las manos sin rechistar y pagué lo que me pedía.

—¿Le importa si echo un vistazo a estos libros? —pregunté para ganar tiempo.

—Por supuesto, niña, pero procura no tardar mucho... Cierro a las ocho.

Faltaban más de dos horas, así que entendí que se trataba de una broma.

Durante unos diez minutos, me entretuve pasando páginas de un libro sobre hechizos, mientras el hilo musical de un coro de niños me erizaba la piel. El sonido de unas campanas cercanas me produjo un sobresalto.

No aguantaba más en aquel local. ¿Le habría pasado algo a Stark?

Salí dispuesta a esperarle en la calle, cuando mi móvil vibró dos veces. Era una mensaje de Stark:

"Ya estoy fuera.

Te espero en la plaza, frente a la basílica."

Era obvio que no había salido por donde habíamos entrado, así que deduje que había usado algún tipo de puerta trasera.

El rumor del campanario me condujo a la basílica donde había quedado con Stark.

Corrí a su encuentro cuando lo vi en una esquina de la plaza.

Había dejado de llover.

—¿Has hablado con Hallibel? ¿Has logrado averiguar algo? Estaba preocupada por ti... Ese sitio produce escalofríos —dije todavía impresionada—. Es el lugar más siniestro que he visto en mi vida.

—No había nadie en el sótano, pero te aseguro que no tiene nada que ver con lo que has visto arriba.

Me mostró algunas fotos que había sacado con su móvil. El orden reinaba en aquella sala diáfana de paredes blancas y suelo de parqué.

Había colchonetas, cojines y carteles con paisajes naturales. También había flores frescas, velas y una enorme planta de hojas verdes.

Parecía un lugar tranquilo, un sitio acogedor que invitaba al recogimiento y a la meditación.

—Así que la puerta del paraíso está en el mismo infierno—murmuré.

—Puede que tu amiga esté metida en una secta o algo así... pero no parecen peligrosos —dijo con un poso de decepción—. Había frases de amor por todas partes.

Me enseñó algunas que había fotografiado:

Ámame cuando menos lo merezca, porque será cuando más lo necesite.

Ama a tus enemigos y ruega por aquellos que te persiguen.

—También he encontrado esto. —Me mostró un díptico con un texto escrito en italiano—. Es una especie de decálogo del grupo. También hay un párrafo de un tal Steve Taylor, extraído de su libro La caída.

Le pedí que lo leyera.

Stark respiró hondo antes de empezar su traducción simultánea del italiano al inglés:

—«En la Edad Dorada (cuatro mil años antes de Cristo), la población mundial compartía los mismos rasgos esenciales: paz, igualdad social, ausencia de dominación masculina, respeto a la naturaleza y desinhibición sexual. Era una época en la que vivían seres humanos de virtud perfecta. No invadían el territorio de otros grupos, ni tampoco trataban de conquistarlos o de apoderarse de sus posesiones. No había forajidos que asaltasen las aldeas. En todos los lugares la condición social de mujeres y hombres era idéntica, no existían clases ni castas y tampoco había distintos grados de riqueza o privilegios. Es innegable que, en muchos sentidos, la vida era muy dura, pero al mismo tiempo, el espíritu de la armonía reinaba en el planeta».

Mientras pensaba en esa sociedad perfecta, Stark me entregó el folleto y lo guardé en el bolsillo.

—Me temo que tu amiga es más inocente que Bambi.

Sonreí por la comparación al recordar sus enormes ojos color avellana.

—Pareces decepcionado.

—Está claro que no es ella quien ha intentado entrar en mi casa esta mañana —reflexionó en voz alta—. Tal vez alguien te vio llegar ayer con la maleta y pensó que eras una turista con dinero fresco para gastar en la ciudad.

Aunque el razonamiento de Stark tenía lógica, seguía desconfiando de Hallibel. Ella conocía el cuadro que Dante tenía en su poder y me había arrastrado a Florencia por algún motivo... No estaba segura de que supiera de la existencia de las páginas perdidas del Manuscrito Voynich o de la propia semilla, pero algo me decía que iban tras la pista de la Aldea de los Inmortales.

Por mi mente cruzó una idea descabellada: ¿y si lo que pretendían era precisamente crear una nueva civilización perfecta? ¿Volver al origen ancestral como explicaba Taylor en su libro?

Una corriente en la espalda, similar a un suave latigazo, me alertó de que mi intuición no iba desencaminada y de que muy pronto iniciaría un descenso hacia los infiernos.

To Be Continued...