LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El juego de la verdad

La suite de Grimmjow estaba en el ático de un hotelito de apenas cuatro habitaciones, situado en el corazón de Oltrarno, a la orilla izquierda del río Arno y a la derecha de los jardines de Bóboli.

La habitación se componía de un amplio salón con cocina americana, una cama enorme y un baño.

Las paredes estaban forradas con vinilos de fotografías de Florencia en blanco y negro, los mismos tonos que decoraban el resto de la habitación. Una imagen de la plaza de la Señoría, tras el cabezal del lecho, te situaba en el centro mismo de la ciudad.

Nada más entrar, me quité los zapatos y los calcetines, y lo recorrí descalza. El suelo estaba caliente. Bajo las láminas de madera negra había calefacción radial.

El diseño era moderno y minimalista y contaba con todo tipo de comodidades: conexión a internet, televisión plana, equipo de música de gama alta, y una cocina completamente equipada donde no faltaba ni una cafetera expresso. Pero lo mejor de aquella suite era su fantástica terraza con vistas a los jardines del Palacio Pitti.

—Te cuidas bien —dije impresionada.

—No me gusta comer siempre en restaurantes, por eso alquilé una habitación con cocina. Hay un mercado muy cerca de aquí...

—¿Cómo puedes permitirte algo así?

—El dinero nunca ha sido un problema en mi familia —respondió y cambió de tema al instante—. Mañana iremos a recoger tus cosas para que puedas instalarte.

Grimmjow no se fiaba de Stark. Le parecía temerario que continuara viviendo en su garaje, así que, después de la cena, había insistido en que me fuese con él a su hotel. No supe qué decir. Supongo que me avergonzaba reconocer que me asustaba menos mi amigo italiano que lo que pudiera ocurrir entre nosotros aquella noche.

—Pero aquí solo hay una habitación... y una cama.

—Tan grande que podemos compartirla sin apenas rozarnos... —respondió algo turbado—. Aunque creo que el sofá del salón tampoco está mal.

—Prefiero compartir colchón —respondí—. Una cama siempre resulta más cómoda... A menos que te aten a ella, claro.

Grimmjow alzó una ceja.

—Nunca vas a perdonármelo, ¿verdad?

—¿Crees que estaría aquí contigo si no lo hubiera hecho?

—Entonces, ¿por qué me lo recuerdas cada vez que tienes ocasión?

—Porque me gusta ver la cara que pones.

—¿Qué cara pongo?

Me encogí de hombros.

—No sé. Es una mezcla de arrepentimiento y...

—Sé que te hice sufrir, Rukia —me cortó—, pero no me arrepiento lo más mínimo de lo que hice. Mi padre te había localizado y, si no te hubiera escondido en ese sótano... — No acabó la frase.

—Turbación —continué yo—. También hay turbación en tu cara. Me gusta cómo se encienden tus mejillas cuando hablamos de esos días en Londres.

Me arrepentí de mis palabras nada más pronunciarlas, pero ya estaban dichas y su efecto fue inmediato.

—Interesante. —Sus labios se torcieron en una media sonrisa—. ¿Y hay algo más que te guste de mí?

—No —respondí divertida—. Nada más.

—Eso es porque me conoces poco. Te propongo un juego para remediarlo.

—¿Qué juego? Te advierto que soy muy buena al backgammon.

—Es una lástima que me lo dejara en aquel sótano. El que te propongo es más sencillo. Es el juego de la verdad.

—¡Pero si ya hemos jugado! —exclamé—. En la Dehesa, me diste algo a beber y después empecé a largar por los codos... También jugamos a algo parecido en Londres, de noche, cuando los mirlos cantan... ¿No lo recuerdas?

Sus mejillas se tiñeron ligeramente antes de decirme:

—¿Por qué no guardas de una vez tu aguijón, abeja guerrera?

—Está bien, chico listo —dije en tono conciliador—. ¿En qué consiste tu juego?

—En desnudar nuestra alma. Cada uno dirá una frase sobre su pasado y el otro tendrá que adivinar si es cierta o falsa.

La idea de conocer a Grimmjow un poco más, y averiguar aspectos de su vida en la Organización, me atraía.

—Está bien. No parece muy complicado.

—Para darle un poco más de emoción, nos comportaremos como auténticos neorrenacentistas.

Estuve a punto de preguntarle si pensaba pedirme otro beso, pero esta vez frené mis palabras antes de que salieran.

—Y desnudaremos también nuestro cuerpo —continuó—. Cada vez que uno falle, se quitará una prenda.

—Me parece un trato justo —bromeé—. Tú ya me has visto en casa de Morelli. Y esta vez, con mi intuición femenina y sin efluvios centenarios, estoy segura de que conseguiré desnudarte... sin quitarme una sola prenda.

Sabía que aquel juego era peligroso y que solo podía acabar de una manera, pero, aun así, algo en mi interior me incitaba a seguirle la corriente.

Grimmjow sacó una botella de limoncello y dos vasitos helados, y nos acomodamos en una alfombra blanca que había en el salón. Un vinilo del David de Miguel Ángel ocupaba toda la pared de enfrente, y no pude reprimir un comentario:

—¿No te preocupa quedar en evidencia junto a este ser de proporciones perfectas? —le pregunté señalándolo.

—No quiero parecer pretencioso, pero creo que en algunos aspectos salgo ganando.

Era evidente a qué se refería. Sentí que mis mejillas se encendían al recordar el comentario que había oído de una estudiante española el día de mi excursión por Florencia.

Grimmjow enmudeció unos segundos antes de emitir su primera afirmación.

—La primera vez que me fui de casa tenía tres años.

Traté de imaginármelo con esa edad, cuando Riruka y su padre compartían sueños y él estaba lejos de convertirse en un hombre de negro. Había definido a su padre como un hombre cariñoso, y yo aún recordaba la visión que había tenido de Grimmjow abrazado a su madre en el momento de la despedida. Todo parecía indicar que, por aquel entonces, formaban una familia feliz.

—Eso es... mentira.

Una sonrisa iluminó su rostro antes de contestar:

—Teníamos una vecina soltera muy guapa y, siempre que nos cruzábamos con ella, me pellizcaba los mofletes y me decía: «Cualquier día me llevo a este niño a casa. ¿Te vendrías conmigo, Grimmjow?». Aunque estaba secretamente enamorado de ella, yo era muy tímido y siempre negaba con la cabeza. Pero un día me preparé una mochila y me presenté en su casa, a cuatro manzanas de la nuestra... «Vengo a vivir con usted, señora Mason», le dije.

—¡Aún recuerdas su nombre!

Aquella tierna historia me hizo mucha gracia. Me gustó tanto conocerla que no me importó pagar los pantalones como prenda. Llevaba un jersey largo, así que me lo estiré bien antes de sentarme con las piernas cruzadas.

Observé cómo Grimmjow las repasaba antes de volver a mirarme a los ojos.

—Yo no voy a explicarte nada de mi infancia porque me temo que ya sabes muchas cosas...

Recordaba haber escuchado episodios de cuando era niña en las grabaciones que había tomado con su iPod en Londres.

—Aunque no lo creas, esa parte de tu vida me la explicaste sin que yo preguntara... Y solo me contaste un par de cosas intrascendentes.

—Aun así, me voy a saltar unos cuantos añitos y voy a ir directa a la parte interesante... —dije con picardía—. Una vez, en una fiesta del instituto, me besé con tres chicos a la vez.

—Eso es mentira.

Abrió los ojos asombrado cuando asentí con la cabeza.

—Era una apuesta y solo fue un piquito a cuatro bandas, pero me temo que es verdad.

Grimmjow imitó mi gesto y se quitó los pantalones antes de continuar con el juego.

—La primera vez que estuve a solas con una chica me puse tan nervioso que fui incapaz de hacer nada y salí corriendo.

Le miré con asombro.

—Eso sí que no me lo trago... ¡Mentira!

—Es verdad —respondió él—. Tenía doce años y acababa de entrar en la Organización. Una niña de quince se encaprichó de mí y se las ingenió para encerrarse conmigo en un cuarto oscuro. Intentó besarme y yo huí como un cobarde.

La idea de que también reclutaran a chicas me desconcentró durante unos segundos. Por algún motivo había imaginado que solo eran hombres de negro, y no había contemplado que pudiera haber mujeres.

Me quité la camiseta algo turbada y me quedé en sujetador. Era un modelo de algodón celeste con un lacito en el centro. Me serené pensando que había lucido biquinis más sexis en la playa.

Esta vez, Grimmjow me miró a los ojos y dijo con voz suave:

—Tu turno.

—En el instituto salí con dos chicos a la vez —dije muy seria—. Yo estaba muy enamorada de Robert. Hasta que me presentó a su hermano y me di cuenta de que quien de verdad me gustaba era Nil. Pero, como me daba pena romper con Robert, durante un tiempo estuve saliendo con los dos... Finalmente se enteraron y me dejaron a la vez.

—¿Verdad? —preguntó él.

—No... aunque no hubiera estado mal —repuse divertida—. Robert y Nil eran dos hermanos guapísimos, pero dudo que supieran siquiera que existía.

—¡Peor para ellos!

Ambos reímos y Grimmjow se quitó la camiseta.

Había perdido algo de musculatura en el pecho y en los brazos, pero aun así seguía luciendo un torso tonificado y los abdominales se le marcaban por encima de los boxers. Me fijé en lo bien que había cicatrizado la herida de su hombro.

—Ichigo hizo un buen trabajo —dijo siguiendo mi mirada.

La bajé nada más oír aquel nombre.

—Perdona. No debí mencionarlo.

—No importa.

Alcé la mirada hasta la altura de su antebrazo, justo donde tenía la flor tatuada. Era una laureana y estaba coloreada en un tono violeta. Extendí la mano para acariciarla y al instante noté cómo su vello se erizaba.

—¿Por qué te la tatuaste?

—Lo hice pensando en que alguna vez conocería a la abeja perfecta para polinizarla.

Aquella respuesta me hizo sonreír.

—La primera vez que te vi, supe que la había encontrado. Durante unos instantes nuestras miradas se encontraron y sentí un agradable cosquilleo en el vientre.

—Eso es mentira —repuse en un susurro, consciente de que mi respuesta me condenaba a desnudarme de cintura para arriba.

Mientras me desabrochaba el sujetador, sentí una especie de déjà vu. No era la primera vez que me quitaba aquella prenda en su presencia. En el jardín de Londres había tratado de seducirle de esa manera y, tan solo unos días atrás, me había visto de esa guisa en casa de Morelli. A diferencia de dos ocasiones anteriores, esta vez no me avergoncé de mi propia desnudez.

Los ojos de Grimmjow viajaron despreocupadamente desde mis pechos hasta posarse en la abeja que asomaba por encima de mis braguitas.

Contuve la respiración cuando se inclinó hasta mi tatuaje. Un temblor, que nada tenía que ver con el frío, me sacudió de arriba abajo cuando lo rozó con los labios.

Después de eso se quitó los pantalones y ambos nos quedamos en ropa interior, sentados sobre la alfombra.

—¿Y ahora qué, chico listo? —susurré.

—La astucia puede tener vestidos, pero a la verdad le gusta ir desnuda — dijo él.

Quise preguntarle de dónde había sacado aquella frase, pero, en lugar de eso, mi desobediente boca optó por besarle. Me impresionó la pasión con la que mis labios empezaron a moverse sobre los suyos y la exigencia de mi lengua reclamando algo más de él.

La sangre me hervía bajo la piel.

Sorprendido, Grimmjow se apartó un instante y me miró inquisitivo.

—¿Estás segura?

Aunque abrí la boca, de mis labios no salió palabra alguna. Atrapada en una telaraña de deseo, solo pude mirarlo y lanzarme de nuevo a sus brazos. Mis pechos se endurecieron al contacto con sus músculos, duros y suaves al mismo tiempo.

El roce de nuestra piel actuó como un potente imán de cargas opuestas. ¿Qué me estaba pasando? No me reconocía en la chica ardiente y decidida que se presionaba contra su pecho y devoraba sus labios con frenesí. Quería fundirme en sus brazos, borrar cualquier distancia entre nuestros cuerpos y tocar por fin el alma de su oscuro corazón.

Grimmjow aplacó mi pasión descontrolada con dosis de dulzura. Sus caricias pausadas trataban de explicarme que lo que estaba a punto de ocurrir requería tiempo para vivirlo con calma.

Mientras nos besábamos, mis manos acariciaron sus hombros y mis dedos se hundieron en el cabello que se ondulaba a la altura de la nuca.

Me estremecí cuando su boca dibujó un ardiente sendero a lo largo de mi cuello y descendió hasta mis senos.

Después, las caricias se volvieron más intensas y nuestras manos y labios exploraron la geografía completa de nuestra piel.

Con el corazón desbocado observé cómo Grimmjow se incorporaba levemente y buscaba algo en el cajón de una mesita baja. Al hacerlo, su espalda ocupó mi visión. Era tan amplia, fuerte y blanca como recordaba. Las marcas de los latigazos que había recibido casi un año atrás, cuando habíamos huido por primera vez del bosque, seguían allí. Una descarga de ternura me empujó a besarle en la espalda mientras sus manos se afanaban en abrir un sobrecito plastificado y en colocarse la protección.

Cuando se giró, fui consciente de que había llegado el momento de la verdad. Alargó la mano y acepté la invitación de acomodarme sobre su cuerpo. Una oleada de calor me atravesó cuando cruzó las puertas de mi ser.

Sin dejar de mirarle, hipnotizada por el brillo de sus ojos azules, empecé e moverme sobre él, muy lentamente al principio, hasta iniciar una vertiginosa carrera de placer que llevó nuestra pasión hasta el límite.

Las palabras de amor susurradas se mezclaron con los suspiros de placer, mientras un torbellino de sensaciones nos elevaba a varios metros del suelo.

En ese instante de éxtasis compartido, ambos fuimos por primera vez conscientes el uno del otro.

Como si nuestras almas se hubieran reconocido finalmente y hubieran entendido que formaban parte de un mismo puzzle.

La tercera pieza de aquel extraño rompecabezas cruzó un instante mis pensamientos. No había pasado ni un año desde que me entregara a Ichigo en la cabaña del diablo y el recuerdo de sus caricias aún latía en mi alma.

Todavía le amaba. Y dudaba mucho que algún día dejara de hacerlo...

Pero el amor de Grimmjow había echado raíces en mi corazón y mis sentimientos por él florecían a cada instante como un jardín salvaje.

Mientras me entregaba a él, con pasión y sin reservas, una verdad emergió por encima de todas: amaba a los dos, pero Grimmjow había ganado la batalla, porque, sencillamente, me deseaba a su lado.

Lo que en aquel instante no sabía es que aquella guerra a dos bandas no había hecho más que empezar.

To Be Continued...