LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Anotaciones al margen

Los días siguientes transcurrieron con veloz tranquilidad. Incluso el invierno había decidido adelantarse al otoño cubriendo las montañas de nieve y envolviendo la ciudad con un aire helado.

Habían pasado dos semanas desde nuestro encuentro con Urahara y aún no habíamos tenido noticias de él. Mientras esperábamos a que nos citara en su galería, habíamos decidido disfrutar de nuestra pequeña tregua. Ambos sabíamos que aquella aparente calma pronto se acabaría.

Mis días transcurrían entre las clases y los brazos de Grimmjow. Por las tardes, cuando regresaba de la academia, paseaba de su mano por Florencia, descubriendo los rincones más insólitos de la ciudad renacentista. Por las noches, me acurrucaba junto a él en su enorme cama. Cuando no ascendía hasta las cumbres del placer, me limitaba a apoyar la cabeza sobre su pecho y a sentir el roce de sus labios en la frente, o el arrullo de su voz explicándome increíbles historias de su vida.

A veces charlábamos hasta quedarnos dormidos, y otras, disfrutábamos en silencio de nuestra compañía mientras observábamos el viento agitar los árboles del jardín tras la ventana.

Algunas mañanas, cuando estaba en clase, el simple recuerdo de la intimidad compartida la noche anterior me encendía las mejillas.

Durante esos días llegué a conocerle mejor y a interpretar cada gesto de su rostro. Me impresionaba la forma en que se crispaban sus labios cuando hablaba de la Organización o cómo se tensaban los músculos de sus mejillas cuando se sumía en oscuras reflexiones. Pero también cómo se le humedecían los ojos al recordar a su hermana o su forma de mirarme cuando le explicaba anécdotas de mi infancia.

Me divertía el brillo de su mirada cuando ideaba alguna travesura y cómo estallaba en carcajadas cuando le gastaba una broma. Llegué a descubrir su lado más salvaje, cuando me tomaba en brazos y hacíamos el amor hasta la extenuación, y su lado más tierno cuando me asaltaba alguna pesadilla y me mecía hasta quedarme dormida.

Grimmjow me inquietaba y me daba paz a partes iguales. Me intimidaba su inteligencia, la fortaleza de su cuerpo musculoso y su pasado oscuro. Pero todo eso, precisamente, era también lo que me hacía sentir protegida. A sus veintidós años había acumulado demasiadas vivencias dramáticas, y había huellas en su piel que jamás se borrarían.

Aunque no era el primer chico al que entregaba mi corazón, aquello era lo más parecido a una relación que había experimentado en mi vida. Sabía que aquella nube pronto se desvanecería, pero aun así había momentos en los que me olvidaba de todo y sentía la necesidad de compartirlo con una buena amiga.

Tal vez por eso me acordé de Rangiku.

Mientras esperaba a Grimmjow en la cafetería de al lado de la academia, a la hora del almuerzo, marqué el número de mi amiga barcelonesa.

A ella no había podido explicarle lo de Ichigo. Por un lado, porque debía proteger el secreto y a ella misma. Pero, por otro, porque no me hubiera creído si le decía que me había enamorado de un chico guapísimo de más de cien años.

De Grimmjow, en cambio, sí podía hablarle.

—¡Rukia! —Su voz chillona me arrancó una carcajada de felicidad—. ¿Dónde te habías metido? Byakuya me dijo que estabas en Florencia, pero no sabía si creerle... Estaba empezando a pensar que te había asesinado y enterrado tu cuerpo en algún lugar del bosque.

—¡Qué bruta! —Reí—. Deberías dejar de ver pelis de miedo. Aún recuerdo tu bromita del otoño pasado, cuando me enviaste aquellos mensajes de Shinigami. ¡Casi me matas del susto!

—Quizá me pasé un poco... pero te recuerdo que fui yo quien casi se muere con el ataque de aquellas abejas.

Me estremecí al acordarme de cómo había acabado en el hospital, víctima de Kaien, tras poner en su camino un panal.

—Lo sé... y lo siento mucho.

—No fue culpa tuya. Soy yo la que siente que mi madre te tratara tan mal cuando llamaste a casa. Me lo explicó todo. —Oí cómo cogía aire—. Pero eso no justifica que hayas desaparecido todo este tiempo. Desde que volví de California me aburro como una ostra en Barcelona. Cuéntame, ¿qué has estado haciendo tú?

Pronuncié las siguientes palabras con deliberada lentitud:

—Estoy saliendo con un chico.

—¡Rukia! ¡Qué buena noticia! ¡Quiero saberlo todo! ¿Quién es? ¿Cómo lo conociste? ¿Lo has hecho ya con él?

—¿Hacer el qué? —bromeé—. ¿Ir al cine? Ayer fuimos a ver una película de terror de esas que tanto te gustan, pero la verdad es que no me fijé mucho en la pantalla. El protagonista no era ni la mitad de guapo que Grimmjow.

Ambas reímos.

—¿Es italiano?

—No, es norteamericano.

—Pues solo hay dos tipos de yanquis —dijo ella—: los friquis listos y los que están cañón, pero no saben situar España en un mapa. ¿A qué grupo pertenece el tuyo?

Su reflexión me hizo reír de nuevo.

—Es un guapo listo —dije.

—¿Lo habéis hecho ya?

Mientras observaba tras los cristales cómo Grimmjow se bajaba de la moto y corría bajo la lluvia hacia el interior de la cafetería, le expliqué a Rangiku que hacía dos semanas que vivía con él en la habitación de un hotel.

Antes de colgar, me hizo prometerle que iríamos algún día a Barcelona para que lo conociera.

—¿Con quién hablabas? —me preguntó Grimmjow al sentarse a mi lado. Tenía la chaqueta empapada.

—Con Rangiku, mi mejor amiga.

—Creí que tu mejor amiga era Senna.

—A veces los sentimientos cambian... —Se me hizo un nudo en la garganta—. Piensas que conoces a una persona... Pero luego te sorprende y descubres que no es como tú pensabas.

Me miró un instante reflexivo antes de decirme:

—Senna arriesgó su vida por ti. Se enfrentó a mí sin medir el peligro, y lo hizo por su mejor amiga... Nada puede cambiar algo tan valioso como eso.

Mantuve su mirada mientras recordaba cómo ella y Kenzaki me habían liberado de aquel sótano.

Tal vez había exagerado con todo el asunto de la foto, pero me había dolido enterarme de lo suyo con Ichigo de aquella manera.

—Cuando pase todo esto —continuó Grimmjow—, tal vez podríamos escaparnos unos días a Londres para visitarla.

Le miré extrañada.

Él y Senna no habían hecho precisamente buenas migas. Para ella, él era el maldito chico de negro que me había secuestrado... ¿De dónde habría sacado la idea de que podíamos ir juntos a verla?

Mientras su mirada se perdía unos instantes en la carta de los desayunos, me dirigí un momento al baño. Ya en la puerta, antes de entrar, me giré y vi cómo anotaba algo en un papel.

Al volver a la mesa, el camarero aún no había venido y Grimmjow decidió levantarse y pedir en la barra.

Fue en aquel instante cuando vi un papel conocido sobre la mesa con un bolígrafo encima. Era la carta de Hallibel. La que había recibido en Colmenar y le había mostrado a Grimmjow semanas atrás.

Antes de leerla de nuevo, le di la vuelta y vi algo anotado en el dorso.

Mi propia letra.

Era la lista que había escrito la tarde que rompí con Ichigo, mientras le esperaba en la Dehesa. A falta de otro papel a mano, había utilizado la parte trasera de esa carta. En ella había anotado todas las cosas que nunca podría hacer con el ermitaño debido a su don.

Me estremecí al ver varios enunciados tachados y anotaciones al margen.

COSAS QUE NUNCA PODRÉ HACER CONTIGO

Pasear de la mano por las calles de Soria, de Barcelona... o de cualquier otra ciudad.
Florencia es una ciudad perfecta para pasear de la mano, tan pequeña y romántica...

Tomar un helado en una terraza después de una tarde de compras.
Y no uno cualquiera, sino el mejor del mundo, en la Gelateria di Piazza en San Gimignano.

Ver a la gente pasar desde esa misma terraza y reírnos de cosas que solo nos hacen gracia a nosotros.

Tumbarnos al sol en la playa mientras escuchamos risas de niños que hacen castillos en la orilla.
Estas dos, pendientes para el verano. Podríamos visitar la Costa Amalfitana.

Correr tras un autobús para no perderlo.
Casi lo perdemos... y llegamos tarde al cine.

Saborear palomitas y besos salados en la última fila del cine.
La película, mala. Los besos salados, geniales.

Visitar Londres con Senna y Kenzaki.
Quizá más adelante. No creo que les haga mucha gracia verme con Rukia.

Desayunar juntos en una cafetería antes de entrar en clase.

Esperarte a que vengas a recogerme.
Una hora. Creo que me he pasado haciéndola esperar.

Enfadarme contigo porque tardas en llegar.
Sí, no hay duda, se ha enfadado... aunque no mucho. ¡Adorable!

Visitar un museo en un día frío de invierno y contemplar juntos el mismo cuadro.
«El Nacimiento de Venus» y «La primavera», de Botticelli, en la Galería de los Uffizi.

Salir a cenar y pedir platos que nunca hemos probado...
Trufa de la toscana y ribollita.

Bailar juntos en una fiesta.

Me pareció tierno que Grimmjow se hubiera tomado la molestia de cumplir conmigo esos tontos deseos.

Algunos de ellos me hicieron reír. Me sentí una estúpida al comprender, por fin, los motivos que le habían impulsado a hacerme esperar, pedir platos nuevos, correr tras un autobús o sugerirme —hacía un rato— que fuéramos a Londres a ver a mis amigos.

Sin embargo, aquella lista no la había escrito pensando en él.

De pronto fui consciente de que Grimmjow no había sido el único en leerla.

Una imagen muy nítida sacudió súbitamente mi conciencia: Ichigo, sentado, en la Dehesa, con la carta de Hallibel en las manos. El ermitaño la había leído después de que me la dejase olvidada en el sofá. Había ocurrido mientras yo estaba en el baño, justo antes de decirle que no le acompañaría a la Aldea de los Inmortales.

Evoqué el momento en que al bajar las escaleras le había visto doblando el papel y mirándome con extrañeza. O incluso con dolor.

¡Ichigo había leído aquellas líneas!

Me levanté y salí corriendo de la cafetería. Me faltaba el aire, sentía una opresión intensa en el pecho y las lágrimas a punto de rebosar. Una tristeza súbita hizo que el llanto saliera desde mis entrañas mientras corría bajo la lluvia por las calles de Florencia.

Por fin lo comprendía.

Ichigo había leído las «Cosas que jamás podríamos hacer juntos» y había pensado que en mi corazón pesaban más que las que sí podíamos hacer juntos.

Si había decidido no luchar por mí era sencillamente porque, tras leer mi lista, había creído que no podía hacerme feliz.

Lloré con amargura hasta vaciarme por dentro.

Cuando logré calmarme, llamé a Senna.

—¿Rukia? —Había una mezcla de alegría y extrañeza en su voz—. ¿Eres tú, lechuguina?

—Sí... Soy yo.

—¿Ha pasado algo? ¿Desde dónde llamas? ¿Estás bien? —Sus preguntas se atropellaron confusas al otro lado de la línea—. Creía que estabas en la aldea, con Ichigo, pero obviamente no es así. Si estuvieras en ese valle, no podrías llamarme. Allí no hay cobertura y... ¿Dónde demonios estás? ¿Le ha pasado algo a Ichigo?

Respiré hondo antes de contestar.

—Supongo que está bien. Se quedó en el bosque... Yo estoy en Florencia.

Mi voz trémula suavizó su respuesta.

—Cálmate, Rukia, y explícamelo todo. ¿Qué haces en Italia?

—Necesitaba salir del bosque. Vi una foto... —Tragué saliva—. En tu casa.

—¿Una foto? ¿De qué foto me hablas?

—Ichigo y tú. En un saco de dormir. Desnudos —dije de forma telegráfica, desgarrándome en cada frase—. Necesito saber si entre vosotros...

Esperé temblando su respuesta mientras la lluvia caía implacable sobre mi cabeza, como un castigo.

Después de un silencio en el que Senna parecía hilvanar mis palabras, su voz sonó serena.

—No estábamos desnudos. Yo llevaba pantalones y un jersey sin mangas ni tirantes bajo el saco.

—Pero él dijo que...

—Fue un verano, por San Lorenzo —continuó—. Una noche con lluvia de estrellas... Hacía frío y nos metimos juntos en el mismo saco. Supongo que yo albergaba la ilusión de que pasara algo más entre nosotros.

—¿Y qué pasó?

—Nada. Aparte de un beso que yo le robé.

Sollocé al entender por fin la jugada de Ichigo.

—Créeme, Rukia. Yo siempre he sido como una hermana para él. Y tú una tonta si alguna vez has dudado de sus sentimientos por ti.

To Be Continued...