LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Sorpresas

Mis pensamientos avanzaban tan rápidos como mis pasos, y no podía hacer nada por detenerlos.

Mientras deambulaba bajo la lluvia, imágenes de Ichigo y Robin se fueron sucediendo de forma febril en mi cabeza. Recordé el primer beso de ambos, sus palabras de amor, sus caricias...

Dos caras de una misma moneda danzando en el aire, sin saber de qué lado caería. Cara y cruz.

Positivo y negativo. Ichigo y Grimmjow. Borrando los límites de cada cual, mezclándose y confundiéndose.

En brazos del chico de negro había llegado a olvidar al ángel, pero ¿qué sentía por cada uno? ¿Les amaba a los dos de la misma forma? ¿Con la misma intensidad?

Aquel descubrimiento había revolucionado mis sentimientos.

Imaginaba que aquella lista había confirmado la creencia de Ichigo de que el bosque era una prisión para mí y que había cosas que jamás podría darme.

Si había aceptado mi decisión de alejarme, sin luchar, había sido precisamente porque mi felicidad le importaba más que la suya.

¿Cómo podía haber dudado de él? Le había dicho cosas horribles, como que nunca me había querido o que lo único que le importaba era la maldita semilla. Le había llegado a decir incluso ¡que no me merecía!

Me detuve un momento bajo el alero de un edificio para coger aire.

Pensé también en Grimmjow y en lo cerca que me había sentido de él las últimas semanas. Compartía su dolor, pero también sus sentimientos. A pesar de su inteligencia, no me sentía tan distinta a él. Y no solo por el hecho de que envejeciera o fuera tan mortal como yo... sino, sobre todo, porque ambos habíamos vivido experiencias parecidas. Podía comprender su soledad, el dolor por la muerte de un ser querido, el rechazo de su madre...

Busqué con la mano los colgantes que llevaba en el cuello, en busca de consuelo, cuando me di cuenta de que me faltaba uno. La llave de mi madre no estaba junto a la abejita que me había regalado mi padre las Navidades pasadas. De pronto recordé que me la había quitado en casa de Stark para arreglar el broche que andaba flojo, y no había vuelto a ponérmela desde entonces. Me pareció extraño que no me hubiera dado cuenta antes. Si no la había echado en falta hasta entonces era porque al lado de Grimmjow me había olvidado de todo durante unos días, incluso de Ichigo y de mi madre.

Sentí el deseo imperioso de recuperar el colgante de mi madre, como si aquella llave pudiera cerrar la caja de los truenos que mi lista de deseos había abierto.

Mis pasos me guiaron hasta el apartamento de mi compañero italiano. Aquel día no había venido a clase, así que podía recuperar mi colgante y, de paso, hacerle una visita.

Tras llamar un par de veces sin obtener respuesta, decidí usar la llave que todavía conservaba.

Hacía días que la llevaba en la mochila con el fin de devolvérsela, pero, por un motivo u otro, aún no lo había hecho.

Stark no estaba en casa.

Busqué mi colgante en la cómoda del salón. Suspiré al comprobar que seguía allí, esperándome sobre la bandejita de plata donde lo había dejado días atrás. Lo besé y me lo metí en el bosillo aliviada.

Después, algo llamó mi atención. Era un paquete rectangular, de poco más de un metro de alto, envuelto en papel de estraza y apoyado en la pared. Parecía un cuadro. De no ser porque él mismo me había dicho que en ocasiones guardaba «cosas comprometidas» jamás me habría acercado a él. Pero la curiosidad pudo más que la discreción y retiré el papel con cuidado.

Había un rollo de papel y el mismo celo ancho que habían usado para cubrirlo, así que no me importó romper el envoltorio. Mientras lo rasgaba, y una de las figuras del lienzo veía la luz, sentí cómo la sangre se helaba en mis venas. Era Urahara, mirándome con su hermoso rostro, con una ciudad medieval de fondo. Sus cabellos sedosos brillaban al sol de la mañana y sonreía. Aun así, el gesto de sus labios era muy distinto al que había conocido en persona. La sonrisa del retrato parecía más espontánea y sincera. Como si la copia conservara una frescura e inocencia que el original había perdido. Vestía una camisa ancha, con cordones en las muñecas y en el pecho.

Seguí retirando el papel y otro rostro apareció a su lado. Una figura de piel blanca y ojos violetas.

Era la misma chica que había contemplado en el cuadro de Villa Leggero. Tan parecida a mí que sentí un escalofrío al tropezar de nuevo con su mirada. A diferencia de ese otro retrato, en este estaba vestida. Llevaba un bonito vestido verde, de escote generoso, entallado a la cintura. Ella también sonreía. Sus dedos estaban entrelazados a los de Urahara.

Una tercera persona emergió en el lado izquierdo del lienzo. Era un chico de cabello rubio.

Vestía igual que Urahara y, al igual que él, sostenía una mano de la chica. Sin embargo, su rostro estaba borroso, como si el artista se lo hubiera dejado para el final y no hubiera tenido tiempo de completarlo. O peor aún, como si hubiera intentado borrarlo del lienzo una vez acabado.

De pronto lo entendí todo... Aquella chica, tan parecida a mí, ¡era Hiyori! Y los dos chicos que posaban a su lado, Urahara y Shinji.

Recordé vagamente su historia y cómo Hiyori había marcado no solo el destino de aquellos dos hombres, sino también el de todos los inmortales de la aldea. Evoqué su trágico final, el incendio provocado por Jonás ante la negativa de los sabios de aquella comunidad en convertir a Helena en un ser eterno como ellos.

Un escalofrío me recorrió la espalda al encontrarme de nuevo, como en un espejo, con el rostro de Helena. Nuestro parecido era asombroso. ¿Lo sería también nuestro destino?

Como ella, yo también había anhelado ser eterna para estar siempre con Ichigo. Como ella, yo también había dejado al chico bueno y me había enamorado del malo. Como ella, al pisar el bosque y cruzarme con el ermitaño, había cambiado el destino de muchas personas...

Mientras observaba a los dos chicos del cuadro, me pregunté qué habría sido de ellos si Hiyori no hubiera irrumpido en sus vidas y por qué habían tratado de borrar al chico rubio. Deduje que era una forma de borrarlo metafóricamente de la historia y enmendar la tragedia que él mismo había provocado. Pero ¿realmente había sido él el culpable o lo había sido Hiyori?

Acongojada, envolví el lienzo hasta dejarlo como estaba y pensé en Stark. ¿Qué hacía ese cuadro en su casa? Me negaba a creer que la casualidad lo hubiera puesto en su camino. Estaba claro que aquel chico escondía algo más que piezas de arte en su casa. Si el fondo de aquella pintura era la Aldea de los Inmortales como imaginaba, mi amigo italiano me había estado engañando desde que nos habíamos conocido.

Cuando entré en la habitación de Grimmjow ya había anochecido y él estaba sentado en la alfombra, con la mirada perdida y una copa de vino en la mano.

Me quité el abrigo y los zapatos mojados, y me acerqué a él.

Había cena y cubiertos para dos sobre una mesa vestida de forma impecable, con un bonito mantel, un candelabro y un ramillete de flores blancas.

—Felicidades, Rukia. —Alzó la copa hacia mí.

—¿Por qué?

—No es muy habitual que una chica olvide una fecha así... Pero menos todavía cuando se trata de un día tan importante.

Le miré extrañada. Junto a él estaba la carta de Hallibel, con mi lista de deseos al dorso.

—Hoy cumples dieciocho.

—Lo había olvidado.

—Me había propuesto tachar el máximo de deseos antes de este día...

A pesar de que sonreía, había tristeza en su rostro.

Sentí cómo las lágrimas resbalaban por mis mejillas.

—No soy tonto, Rukia.

Aquella obviedad me arrancó una sonrisa.

—Sé que no escribiste esta lista pensando en mí... —Me miró con ese brillo especial que a veces asomaba a sus ojos—. Pero quería demostrarte que juntos podíamos hacer grandes cosas... y también pequeñas.

—Grimmjow... Yo... —Me senté a su lado y trencé mi mano a la suya—. Esto es lo más temerario, estúpido y hermoso que nadie ha hecho jamás por mí.

Sonrió al reconocer en mis palabras las mismas que había pronunciado él al encontrarse conmigo, por primera vez, en Florencia.

—Entiendo que te parezca estúpido y hermoso. —Arqueó una ceja divertido y borró las lágrimas de mi mejilla con la otra mano—. Pero ¿qué tiene de temerario ir al cine, contemplar un cuadro o pedir platos nuevos en un restaurante?

—Te arriesgaste mucho haciéndome esperar tanto el otro día... Tú aún no me conoces enfadada de verdad, pero te aseguro que puedo llegar a ser terrible.

Estalló en una carcajada antes de derribarme con su cuerpo sobre la alfombra e inmovilizarme las manos de forma provocativa.

—Si después de secuestrarte, obligarte a beber el suero de la verdad, y retenerte en un sótano... no he logrado todavía que te enfades de verdad, creo que será mejor que me rinda y desista de conocer esa parte tuya tan terrible.

Me besó con ternura antes de preguntarme:

—¿Dónde te has metido todo el día? Estás empapada.

Me acarició el pelo mojado.

—Pensando... —respondí de forma evasiva—. Me sentía confundida.

—¿Y ya no lo estás?

Enmudecí un instante.

Quería explicarle lo que había descubierto en casa de Stark y hablarle de ese cuadro tan revelador, pero ya habría tiempo... Primero quería disfrutar de mi cumpleaños y de las sorpresas que me esperaban, como el misterioso regalo del lazo o aquella cena que empezaba a enfriarse en la mesa.

—Como tú has dicho, hoy es un día especial —dije—. Y no quiero que nada me lo estropee.

—Entonces será mejor que no te enseñe la nota que alguien nos ha pasado por debajo de la puerta esta tarde —dijo con tono misterioso.

Debió de impresionarle mi cara contraída porque enseguida añadió:

—Tranquila, son buenas noticias. Es la dirección de la galería de Urahara en Florencia. Nos cita para darnos las páginas que nos ganamos limpiamente el otro día en su casa. —Sonrió—. Estamos tan cerca de conseguirlo, Rukia... Muy pronto todo esto habrá acabado y tú y yo...

Un brillo de deseo relampagueó en su mirada al contemplar mi blusa pegada al cuerpo.

—Déjame que te ayude a quitarte la ropa mojada.

Temblé, no tanto de frío como de excitación, cuando sus dedos empezaron a desabrocharme los botones y hundió su cara en la piel fresca de mi cuello.

Después sentí su mano abriéndose paso bajo mi falda para deslizar las medias de lana por mis piernas.

Aunque lo que estaba a punto de ocurrir lo había vivido varias veces en los últimos días, la pasión arrebatadora de Grimmjow seguía produciéndome el mismo efecto turbador. La atracción era tan intensa que podía sentirla en cada célula de mi ser, empujándome contra su cuerpo para borrar cualquier distancia. Entonces, mis latidos se disparaban, el aire se volvía denso y me costaba incluso respirar.

Me estremecí cuando me cogió en brazos y me llevó a la cama.

Trazó un infinito alrededor de mi tatuaje y posó sus labios cálidos en él. Sus manos habían memorizado ya cada rincón de mi cuerpo y los resortes que desataban el placer.

En el refugio de sus brazos, me olvidé de mis dudas y de toda la angustia vivida aquella tarde.

Su mirada me desconectó de todo mi universo, sin más realidad que el brillo hipnótico de sus ojos azules en los míos.

Mientras nos besábamos, con las piernas entrelazadas, Grimmjow alargó el brazo hasta una cajita envuelta en papel de regalo que reposaba sobre la mesita.

Tendido a mi lado, jugueteó con el lazo mientras recuperábamos la cadencia de nuestra respiración.

Después volvió a mirarme a los ojos y susurró con voz ronca y firme:

—Te quiero.

Sentí la flecha de aquellas dos palabras atravesándome el corazón.

Tras la ventana, los primeros copos de nieve empezaban a caer con timidez sobre el jardín de Bóboli.

A punto de besarnos de nuevo, y justo en el instante en que Grimmjow ponía el paquetito en mis manos, alguien aporreó la puerta.

Durante un instante los dos nos miramos en silencio.

Una corriente de intuición me alertó, en aquel momento, de que la auténtica sorpresa de ese día no iba a ser precisamente el regalo que sostenía en las manos. Ni la nota de Urahara bajo la puerta. Y ni siquiera el cuadro que había descubierto en casa de Stark...

Una voz conocida, al otro lado de la puerta, hizo que todas las señales de alarma se encendieran en mi cabeza.

—¡Grimmjow! ¡Rápido! ¡Abre la puerta!

A pesar de los gritos, aquella forma de hablar, arrastrando las sílabas, era inconfundible.

«Ashido.» Su nombre se atascó en mis pensamientos como un mal presagio.

Que aquel Robinson hubiera dejado el bosque para venir a Florencia, no podía indicar nada bueno.

Nos vestimos rápidamente y Grimmjow corrió a abrir la puerta.

Con el corazón en un puño, sentí que el universo se desplomaba a mis pies cuando Ashido entró en la habitación arrastrando un cuerpo delirante y casi inerte.

Sujeto a la vida por un hilo y por los delgados brazos de Ashido, Ichigo cayó al suelo como una marioneta rota.

To Be Continued...