LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Como un ángel abatido

Completamente paralizada, observé cómo Grimmjow y Ashido tendían a Ichigo sobre la cama. Aquella visión me pareció tan irreal que tardé varios segundos en dar crédito a lo que veía. Cuando lo hice, me abalancé trémula hacia él y le tomé la mano. Tenía los ojos cerrados y el pulso vital latía de forma débil en su muñeca.

Las hebras naranjas de su pelo se habían enmarañado y sus labios dibujaban una tenue mueca de dolor. Aun así, su aspecto no podía ser más dulce y bello. Sus rasgos perfectos recordaban a una estatua; la de un ángel vencido tras haber desafiado su don divino.

Se había enfrentado al miedo ajeno para venir a una gran ciudad. Me pregunté cómo lo habría hecho. Y, sobre todo, por qué...

—Necesita dormir —nos explicó Ashido—. Se ha tomado dos Valium.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Grimmjow.

—Todo iba bien hasta que llegamos a Madrid. Se había pasado el viaje en taxi bastante relajado, masticando unas raíces. Pero la mala suerte quiso que se las olvidara en el asiento trasero y se le pasara el efecto sedante nada más llegar a Barajas. —Ashido enmudeció un instante—. Empezó a temblar de una manera que me dio miedo hasta a mí.

Pude imaginarme el calvario que habría sufrido en el aeropuerto, rodeado de gente asustada, con miedo a volar.

Me tranquilizó saber que, en aquel momento, estaba sedado.

—Y por eso le diste los tranquilizantes —dijo Grimmjow.

—No se los di yo. Se los dieron en el avión.

—Ninguna azafata te da un Valium así como así.

—Supongo que no a todo el mundo, pero te aseguro que a Ichigo le habrían dado cualquier cosa que hubiera necesitado. —Rió por lo bajo—. Creo que le confundieron con una estrella de cine o con un cantante famoso y excéntrico. Aunque parecía que iba colgado, nos sentaron en primera clase.

Sonreí al imaginar el corrillo de azafatas a su alrededor.

—Una de ellas se sentó a su lado y se pasó todo el trayecto abanicándole.

—¿Qué hacéis en Florencia? —preguntó Grimmjow con la mirada fija en nuestras manos unidas.

Ashido lo resumió en una sola frase:

—Ichigo quería ver a Rukia.

Después de eso, nos relató cómo había ido a buscarle a la cabaña del diablo y le había suplicado que lo acompañara a Florencia.

—Me dijo que necesitaba decirte algo importante... No pisaba una ciudad desde hacía décadas, así que no se veía con fuerzas para venir solo. Temía perderse, o, peor aún, perder la cabeza debido a su don. Además, la única manera de soportar un viaje así era hacerlo muy sedado...

—¿Sabes qué es eso que quería decirme? —pregunté con el alma encogida.

Si había decidido enfrentarse a su don y pisar una ciudad, con todo el sufrimiento que le ocasionaba, debía de ser por algo realmente importante.

—No, pero puedo imaginarlo. —Me guiñó un ojo—. Solo se me ocurre un motivo por el que un hombre se enfrentaría a sus peores temores y cometería las mayores locuras. Se llama amor.

Aquella insinuación me produjo un nudo en la garganta. Me resistía a creer que Ichigo hubiera pasado aquel calvario solo para decirme que me quería.

—¿Cómo nos habéis encontrado? —le cortó Grimmjow.

Ashido le miró con suficiencia antes de responder:

—Fácil. Utilizaste tu nombre real, Grimmjow Aizen, para registrarte en este hotel. Ichigo estaba convencido de que tú nos llevarías hasta Rukia... —Su mirada se detuvo en las sábanas revueltas—. Lo que no creo que imaginara es que la encontraríamos en tu cama.

Bajé la cabeza avergonzada.

—No te pases, Ashido —dijo Grimmjow con tono amenazador—. En cualquier caso, no podéis quedaros aquí. No hay sitio para todos. Iré a preguntar si queda alguna habitación libre en la que os podáis alojar.

En aquel momento, Ichigo empezó a temblar. Gotas de sudor empapaban su frente. Su mano ardía en la mía y murmuraba cosas sin sentido.

—No pienso separarme de su lado mientras esté así. —Me pareció entender mi nombre mientras deliraba—. ¡Tiene mucha fiebre!

Grimmjow se acercó a mí y me dijo con voz serena aunque seca:

—Intenta calmarte. Recuerda que tu miedo no le ayuda mucho. —Nos miramos un instante en silencio—. Ashido y yo buscaremos una farmacia y traeremos algo para bajarle la temperatura.

Asentí con la cabeza.

Cuando cerraron la puerta, me afané en bajarle la fiebre con un método natural. Le abrí la camisa y le puse una toalla mojada en el pecho. Su piel se erizó, pero, unos minutos después, su respiración recuperó un poco su cadencia.

Parecía tan vulnerable que temí por su vida. Intenté controlar el miedo recordándome que Ichigo no era un simple mortal. Según Rodrigoalbar viviría el doble de una vida humana siendo siempre joven. Recordaba muy bien las palabras que Ichigo había pronunciado recordando las de su antepasado: «Como un ángel abatido por un rayo, un día tu corazón dejará de latir y caerás fulminado. Ese será el fin de tu joven y bella existencia».

Según mis cálculos, todavía le quedaban muchos años de vida. Tal vez el mismo tiempo que a mí.

Pero ¿y si había llegado el fin que vaticinó su retatarabuelo e Ichigo se estaba apagando?

Tembloroso y tendido en la cama, se parecía más a un ángel abatido que al ser invencible que había conocido en el bosque.

Hurgué en mis sentimientos y me sorprendió encontrar una coraza defensiva en mi corazón. Me sentía muy apenada por su estado e impactada por su presencia; pero ya no sabía qué sentía exactamente por él, solo que era demasiado tarde para volver atrás. ¿A qué había venido entonces? ¿Por qué había arriesgado su vida de esa manera?

—No puedo resistirlo —susurró.

—Claro que puedes.

Abrió los ojos un instante y trató de esbozar una sonrisa.

Respiré hondo para alejar los fantasmas del miedo.

—Hay tanta gente asustada, Rukia... Siento su miedo en mi cabeza. — Arrugó la frente en una mueca de dolor—. A punto de estallar...

—Intenta descansar.

—No podré hasta que te lo diga. Necesito que sepas algo... —Cerró los ojos de nuevo y se esforzó en respirar.

—Chis. Estás muy débil. Ya habrá tiempo para eso.

—Tenías razón, Rukia. He vivido como un cobarde, siempre huyendo del miedo, sin darme cuenta de que el monstruo más temible vivía en mi interior.

—No sigas, por favor. —Me humedecí los labios y sentí el sabor salado de mis lágrimas.

No quería oír lo que estaba a punto de decirme: que había sido un tonto al dejarme marchar, que el miedo a hacerme infeliz le había nublado la razón y que se arrepentía. Que si había venido a la ciudad, y se había enfrentado a su don, era por mí... Porque me quería.

Unos minutos antes, había retozado con Grimmjow en la misma cama donde él descansaba. Sus caricias aún latían en mi piel...

No, definitivamente, no estaba preparada para escuchar la declaración de amor de aquel ángel que había dejado atrás su bosque, después de cien años, para venir a mi encuentro.

Acerqué mi cara a su almohada obedeciendo el gesto de su mano. Deseaba decirme algo, tan importante, que solo podía pronunciarse en voz bajita, casi en un susurro.

Cerré los ojos y sentí su aliento cálido a dos centímetros de mi oído, dando forma a una frase que jamás hubiera esperado escuchar de sus labios:

—He encontrado la semilla.

To Be Continued...