LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El antídoto

Varias horas después, mientras la fiebre ganaba la batalla a los analgésicos y su cuerpo temblaba entre delirios, llegué a dudar de que aquella confesión no hubiera sido un desvarío.

Los paños mojados se secaban sobre su cuerpo con la misma rapidez con la que yo me afanaba en cambiarlos.

Me di cuenta de que estaba llorando cuando Grimmjow me acercó un pañuelo y me sujetó un instante por los hombros, obligándome a mirarle.

—Ichigo está cada vez peor —me dijo con voz preocupada—. Los medicamentos no le han hecho efecto.

Negué con la cabeza, reacia a creer lo que trataba de decirme.

—Se pondrá bien. Él no es como nosotros. La fiebre no puede... No se va a mo... —Me mordí el labio para frenar aquella palabra que venía acompañada de llanto.

—Tenemos que actuar rápido —me cortó él.

—¿Y qué sugieres? ¿Llevarlo a un hospital? —intervino Ashido frotándose las sienes preocupado.

—Está claro que no —respondió Grimmjow—. Pero hay algo que sí podemos hacer por él.

Me pareció increíble que la vida de Ichigo dependiera ahora de Grimmjow. Era como si el destino quisiera que saldara así la deuda que tenía con él por haberle salvado en el bosque de la herida de bala.

—Hay una persona capaz de ayudarle —continuó—. Alguien similar a él y con conocimientos milenarios...

—Urahara —susurré con una mezcla de temor y alivio.

En menos de una hora estábamos en San Gimignano. Nada más alejarnos de la ciudad y adentrarnos por campos toscanos, la fiebre de Ichigo había empezado a remitir, pero su pulso era cada vez más débil.

La anciana que nos había proporcionado el caballo la vez anterior se resistió a abrirnos la puerta.

Nuestros golpes insistentes la persuadieron, pero fue Grimmjow quien acabó de convencerla, con una buena propina, para que nos dejara su corcel. Sin él, era imposible orientarse en plena noche por los bosques que bordeaban Villa Leggero.

Monté con Ichigo, y tomé las riendas, mientras Grimmjow y Ashido seguían a pie nuestros pasos.

Tuvimos que atarle a lomos de aquel caballo para que no se nos cayera.

Recé para que Urahara nos ayudara a salvar su vida. Aunque él era nuestra única esperanza, también podía ser nuestra condena. Si Urahara poseía la juventud eterna como Ichigo, ¿qué interés podía tener en salvar a alguien que no solo conocía su secreto, sino que lo llevaba inscrito en su ADN? ¿No suponía acaso una amenaza para él? ¿Lo recibiría como un peligro? ¿Sabría de su existencia?

Por otro lado, pedir su ayuda implicaba delatarnos. Hasta el momento, no habíamos mencionado el hecho de que sabíamos quién era en realidad: el único superviviente de la Aldea de los Inmortales, un ser eterno. ¿Cómo reaccionaría al saber que conocíamos su secreto?

Cuanto más nos acercábamos, y más dudaba de aquella decisión, la respiración de Ichigo se tornaba más tenue.

Por el camino le explicamos a Ashido quién era Urahara. Él conocía la historia de los Inmortales. El propio Ichigo se la había contado unos meses atrás sobre las ruinas de aquella civilización. La idea de conocer al último eterno le llenó de emoción. Ichigo nunca había secundado su sueño de fundar una nueva aldea de inmortales, así que fantaseó con que Urahara fuera el líder que su Walden 4 necesitaba.

—Será mejor que mantengas la boca cerrada cuando lleguemos a Villa Leggero —le ordenó Grimmjow —. No conocemos bien a Urahara y cualquier indiscreción podría ser peligrosa.

Para nuestra sorpresa, esta vez no salió a recibirnos la sirvienta exótica, sino el anfitrión de la villa. Supuse que la anciana de San Gimignano le habría advertido de nuestra inoportuna visita y de nuestro acompañante moribundo.

Nunca olvidaría la cara de espanto de aquella mujer al ver a Ichigo desplomado a lomos de su caballo.

Sin mediar palabra y con el gesto sombrío, Urahara me ayudó a desmontar y desligó a Ichigo con celeridad y destreza. Después lo cargó a hombros, como si se tratara de una pluma.

Iba descalzo y llevaba unos pantalones grises de cintura baja y el mismo batín negro de la vez anterior.

La escena de aquellos dos seres de gran belleza, uno en brazos del otro, me dejó unos segundos maravillada. Mientras Urahara se dirigía al interior de la casa, un viento suave acarició su cabello ondulado y le abrió el batín, mostrando el torso desnudo y fibrado contra el que sostenía a Ichigo.

Le seguimos hasta el salón.

—Quedaos aquí y no os mováis hasta que yo venga —nos ordenó antes de posar su mirada en mí —. Rukia, tú puedes acompañarnos.

Grimmjow tomó mi mano para detenerme, pero yo se la solté. Antes de correr tras Urahara, cuya figura había cruzado ya el umbral del salón, miré a mi chico de negro a los ojos y le besé en los labios. Era mi manera de decirle que no podía abandonar a Ichigo, pero que confiara en mí. El ermitaño me había salvado la vida en varias ocasiones, y no estaba dispuesta a dejar la suya en manos de un extraño sin ni siquiera acompañarle.

Recorrimos un pasillo oscuro que llevaba hasta el sótano, y una vez allí esperé paciente a que abriera una puerta que había junto a las bodegas.

Urahara dejó a Ichigo sobre un camastro y le cubrió con varias mantas. Aparte de aquel lecho, que chirrió al notar su peso, no había más mobiliario en aquel aposento con aspecto de mazmorra que un sillón raído a su lado.

La única iluminación provenía de una antorcha que pendía en la pared de piedra.

Olía a humedad y no había ventanas. Aun así, una corriente de aire frío me hizo temblar. Me pareció ver un ratoncito escabulléndose por el hueco de una esquina.

Una argolla de hierro en la pared me hizo pensar que aquella sala había servido, en tiempos pasados, de establo o tal vez de algo peor...

—No es la estancia más acogedora de esta casa... —dijo Urahara—. Pero sí la que tiene los muros más gruesos.

Le miré horrorizada.

—¿Acaso somos tus prisioneros? ¿Tienes miedo de que escapemos?

Puso los ojos en blanco antes de responder:

—Quédate con él, vuelvo enseguida.

Se dirigió a la puerta con su andar grácil, sin molestarse siquiera en cerrarse el batín.

La llama de la antorcha proyectó su larga y esbelta figura contra la pared.

Cuando estaba a punto de salir de aquella celda, volvió sobre sus pasos y se detuvo a dos centímetros de mí.

—No tengas miedo, Rukia. —Me obligó a mirarle a los ojos alzándome el mentón—. Es lo último que él necesita ahora de ti. Te prometo que se pondrá bien.

Quería hacerle muchas preguntas, pero él las acalló todas posando su dedo índice sobre mis labios.

Un escalofrío me recorrió la espalda cuando el sonido metálico de la llave sonó al otro lado de la cerradura. Si quería ayudarnos, ¿por qué nos encerraba?

Mientras esperaba su regreso, me senté junto a Ichigo. Había dejado de temblar. Le aparté los rizos de la frente y me fijé en la expresión serena de su rostro. Sus rasgos ya no estaban contraídos.

Susurré su nombre varias veces, pero no respondió ni abrió los ojos.

Al mirarle, se me ocurrió una forma de apartar mis temores: tararear la canción del bosque que él me había enseñado. Sus labios se arquearon en una sonrisa tan dulce como efímera.

Aquella melodía logró también serenar mi mente. De pronto entendí por qué Urahara había elegido aquel agujero para alojar a Ichigo y su insinuación sobre las gruesas paredes. Con toda seguridad, era el lugar más aislado de la casa y, por lo tanto, de cualquier sentimiento de miedo a muchos kilómetros a la redonda. Si había accedido a que le acompañara tal vez era porque creía que podía ser útil de alguna manera en su recuperación, pero ¿qué esperaba exactamente de mí?

Recuerdos de lo que habíamos compartido en el bosque golpearon mi conciencia y empezaron a borrar la frialdad defensiva con la que lo había recibido. Como si aquellas paredes no solo nos aislaran del miedo, sino también del amor que alguien me profesaba al otro lado de sus gruesos muros.

Encerrada en aquella especie de mazmorra, fue inevitable que me acordara también de Grimmjow y de cómo se habían despertado aquellos sentimientos por él durante mi cautiverio.

¿Qué sentía por cada uno? ¿Qué iba a decirle a Ichigo cuando despertara? Ni yo misma lo sabía...

De pronto, el cansancio se apoderó de mí y me derrumbé en el sillón que había a su lado. Pronto amanecería y no había pegado ojo en toda la noche.

La suave melodía de su respiración me sumió en un apacible sopor.

La voz imperiosa de Urahara me despertó un rato después al tiempo que me sacudía por los hombros instigándome a que me pusiera en pie.

—¡Deprisa, Rukia! ¡Tienes que salir de aquí!

Completamente desorientada, obedecí su orden como una autómata sin entender lo que estaba ocurriendo.

Todo sucedió tan rápido que casi no tuve tiempo de ver a Ichigo con la mirada desencajada, encadenado de pies y manos, a la argolla de la pared.

Urahara me arrastró de la mano fuera de la habitación mientras los gritos del ermitaño seguían atronando en el interior. Después cerró la puerta con llave justo en el momento en que un sonido estremecedor de cadenas retumbó hasta sacudir los cimientos de la casa.

—¿Qué le has hecho? —Me abalancé sobre su pecho con los puños cerrados para golpearle—. ¡Eres un monstruo!

Una sola mano le bastó para agarrarme las muñecas.

Intenté zafarme con uñas y dientes al tiempo que gritaba con todas mis fuerzas. La desesperación se apoderó de mí en forma de llanto histérico.

Urahara dejó caer su mano propinándome una suave pero contundente bofetada en la cara.

Después de eso me abrazó con fuerza y me meció entre sus brazos como a una niña. Aunque seguía inmovilizada, apoyada firmemente contra su pecho, fui recuperando la calma.

—No voy a soltarte hasta que te calmes y escuches lo que voy a decirte.

Dejé de gritar, pero no de llorar.

—Ya sé que es difícil de creer —continuó con voz dulce, pronunciando aquellas palabras con lentitud—. Pero estoy intentando salvar su vida.

Sus brazos de hierro se fueron aflojando al tiempo que cesaban los gritos de Ichigo.

—¿Qué le ha pasado?

—Le he puesto un calmante, pero pronto pasará el efecto y volverán los dolores.

—Me refiero a los gritos.

—Es por el antídoto.

—Pero él no necesita nada de eso... Su cuerpo se recupera rápidamente... Es inmune a las enfermedades y al... —Frené en seco mis palabras.

—Al paso del tiempo, lo sé... —Me miró por primera vez con dulzura—. Cometió una locura al salir del bosque y exponerse al miedo de tanta gente. Ha sufrido algo así como una sobredosis del veneno más dañino y eso le ha ocasionado trastornos en el cerebro.

—¿Se pondrá bien?

—No lo sabremos hasta dentro de tres días.

Recordé que Ichigo me había explicado que pasó por un calvario similar cuando Rodrigoalbar le inyectó el elixir de la eterna juventud. Él había hablado de fuertes dolores y de convulsiones...

—¿Qué contiene ese antídoto?

—Ni yo mismo lo sé. —Se encogió de hombros.

—¿Tú dejaste de sufrir el don después de tomarlo? —Deseé que respondiera que sí.

—Yo jamás lo he sufrido, querida Rukia.

Enmudecí un instante cavilando su respuesta. ¿Qué había querido decirme? ¿Que él no era como Ichigo? ¿Que no era el Urahara que yo creía? Supuse que ese no era el momento para responder a esas preguntas...

—¿Qué ocurrirá con Ichigo?

—Si resiste, será el mismo de antes... o puede que incluso mejor.

—¿Qué quieres decir? —pregunté algo más animada.

—Lo comprobarás tú misma.

To Be Continued...