LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
El plan
Un suspiro lastimero se oyó al otro lado del muro, en la celda de Ichigo. Hice ademán de levantarme, pero Urahara tiró de mi mano para que permaneciera junto a él. Volví a sentarme a su lado, con la espalda apoyada en la recia puerta de madera.
—Hay que esperar un poco más... —me dijo—. Todavía no está sedado del todo.
—¿Por qué le has encerrado?
—Por seguridad.
—Si crees que Ichigo haría daño a alguien, es que no le conoces...
—Yo no estaría tan seguro —afirmó—. Te lo explicaré de otra manera. ¿Sabes lo que hace una abeja cuando detecta miedo o dolor?
—Pica.
—Exacto. Y al hacerlo, pierde su aguijón y muere.
—Ichigo no tiene aguijón. No es una abeja.
Alzó una ceja ante aquella obviedad.
—Pero sufre su don. La sobreexposición al miedo de tanta gente le ha alterado, hasta el punto de que podría ser peligroso y hacer daño a otras personas.
Aunque me costaba creer que Ichigo pudiera lastimarnos, sus palabras hicieron que me alegrara de haberlo llevado hasta allí. Recordé su gesto airado, con los músculos contraídos, cada vez que me había asustado en su presencia. No era descabellado pensar que el miedo de tanta gente pudiera despertar en él algún tipo de agresividad desbordada.
—También podría autolesionarse... —añadió—. Por eso los grilletes y las cadenas... Pero la auténtica guerra la está viviendo en su interior.
—Una guerra a vida o muerte.
—Él ya lo resistió una vez, cuando su retatarabuelo le condenó a la vida que lleva. No hay por qué pensar que esta vez no va a conseguirlo.
—¿Cómo sabes todo eso? Ichigo y tú sois de épocas distintas...
Soltó una carcajada.
—Sí, podríamos decir que él es algo más joven que yo... Aunque nos conservemos igual de bien, cuatro siglos nos separan —bromeó—. Pero la pregunta es: ¿qué sabes tú de mí, Ashido?
Era absurdo callar lo que sabía. No solo porque nos habíamos delatado llevándole a Ichigo, sino también porque estaba convencida de que detectaría cualquier atisbo de mentira en mis palabras.
Tenía ante mí a un ser de sabiduría ancestral... Me pregunté si, en todos esos años, habría desarrollado también algún tipo de inteligencia sobrehumana como la telepatía.
Decidí ser franca y le conté todo lo que Ichigo nos había explicado sobre Rodrigoalbar y la Aldea de los Inmortales. Le hablé también de Hiyori, de Shinji y de aquel manuscrito que contenía las coordenadas de la civilización perdida.
En aquel momento fui consciente de lo estúpida que había sido al creer que nos entregaría las páginas del códice que él mismo había escrito, de su puño y letra, siglos atrás.
—Supongo que nunca has pensado en entregarnos esos documentos, ¿verdad?
—Los destruí hace tiempo.
—¿Y todo ese jueguecito de los sentidos? —pregunté indignada.
—Una forma como otra cualquiera de matar el aburrimiento.
—Nos diste tu palabra...
—Prometí daros unos pergaminos con esa letra medieval que tanto os impresiona. Y eso pensaba cumplirlo. —Rió—. Conozco al autor.
—Pero no son las que escribiste hace cinco siglos acompañando el Manuscrito Voynich.
—El Manuscrito Urahara... —puntualizó—. No entiendo cómo tanta gente se ha podido interesar por algo tan simple. Alquimistas, reyes, marchantes, científicos... Si lograran descifrarlo, se llevarían un gran chasco. Aunque éramos una sociedad avanzada para le época, las costumbres de hace cinco siglos, en un valle perdido de la sierra, no eran tan interesantes.
Recordé aquellas ilustraciones de plantas, los diagramas de astrología, las damas bañándose en aguas verdes, la flor violeta...
—Pero hablabas de la laureana.
—Esas páginas cayeron en manos de la Organización... con las coordenadas de la aldea. Por suerte, logré conservar las más comprometidas, las que hablaban de cómo destilar el néctar de la eterna juventud. Por eso las destruí. Lo decidí tras la muerte del anciano.
Supuse que se refería a Rodrigoalbar. Ichigo me había explicado que vivían los dos solos en la cabaña del diablo cuando sucedió. Entonces, ¿cómo se había enterado de aquello? Estaba claro que el eterno conocía bien a Ichigo y todo lo relacionado con su don... Pero ¿e Ichigo? ¿Le habría visto alguna vez en persona?
Urahara interrumpió mis cavilaciones con una pregunta:
—¿Quién más conoce mi existencia?
—Grimmjow y Ashido.
—Aparte de Senna y de Kenzaki —añadió.
Le miré sorprendida.
—Estoy al corriente de todo lo que ha pasado en el bosque desde tu regreso.
—¿Desde mi regreso? —repetí—. ¿Qué tengo que ver yo con todo esto?
—Está claro que algo cambió cuando tú llegaste.
Me molestó que insinuara que yo era la responsable de aquel cambio.
—¿Ichigo te conoce?
—No. —Bajó la cabeza—. Aunque una vez traté de matarle.
—¿Por qué? ¿No soportabas que hubiera alguien igual a ti? ¿Le odiabas por eso?
—Ichigo y yo no somos iguales. Pero no fue el odio lo que me impulsó a querer acabar con su vida, sino la compasión. Algo que obviamente su antepasado no tuvo con él.
—¡Eso no es cierto! Rodrigoalbar trató de salvarle. Ichigo estaba muy enfermo cuando le inyectó el elixir. Tenía solo seis años y habría muerto si su retatarabuelo...
—¡No lo hizo para salvarle! —me interrumpió exaltado—. ¡Solo quería un guardián para la semilla!
Sabía que la historia que me explicaría a continuación merecía toda mi atención, así que me acomodé bien sobre el suelo de piedra y me dispuse a escucharle.
—Ocurría con los niños. —Su voz se serenó—. La vida en el valle era muy dura y muchos bebés morían al nacer... Fue así como se dieron cuenta de que el gen de la eterna juventud no se transmitía de padres a hijos y que había que inyectarles el veneno de la abeja, libado de la flor, como a los adultos... Sin embargo, el líquido actuaba de forma distinta en ellos. Después de sufrir terribles dolores, muchos morían. Y los que se salvaban, desarrollaban un curioso don en la edad adulta relacionado con las abejas: la sensibilidad al temor ajeno.
—¿Me estás diciendo que los adultos no lo teníais? ¿Que Rodrigoalbar era inmune al miedo?
—¿Cómo crees si no que viajó por todo el mundo para buscar gente noble con quien fundar la aldea?
Aquello también explicaba que Urahara pudiera vivir en una ciudad como Florencia.
—Pero no lo entiendo, Ichigo me explicó que toda la sociedad tenía el don y que por eso crearon la aldea en un lugar de difícil acceso donde vivían felices y libres, y educaban a sus hijos como dioses.
—Vivíamos felices, pero no libres. Nadie podía salir del valle sin el permiso del Consejo, bajo pena de muerte.
—¿Por qué?
—Por la seguridad de la civilización. Algunos incluso fueron ejecutados por ese motivo...
Me estremecí al imaginarme aquella escena.
—Pero el anciano no vivía en el valle. Ichigo me contó que no soportaba la vida en comunidad y que por eso se volvió a su cabaña. Fue así como se salvó del incendio... Además, tú también te fuiste.
No soportabas ver a Shinji y a Hiyori juntos. ¿Cómo es posible que el Consejo os lo permitiera? ¿Hizo una excepción con vosotros dos?
—Nosotros dos éramos el Consejo.
Le miré asombrada.
—Yo fui el primer eterno de Rodrigoalbar y juntos creamos la aldea continuó—. Cuando Shinji la destruyó, el anciano y yo estábamos de viaje. Éramos los únicos que salíamos del valle para estar al corriente de los avances del mundo y comprar algunas cosas que no podíamos encontrar en el bosque. Fue también en una de esas expediciones, durante mi ausencia, cuando Shinji y Hiyori...
—¿Fuiste tú quien se negó a hacerla eterna?
—Eran las normas —respondió con frialdad—. Ya éramos demasiados en la aldea y era peligroso transformar a nadie más.
—Pero Rodrigoalbar volvió a hacerlo siglos después con Ichigo, uno de sus descendientes...
—Después del incendio de la aldea, estuve varias décadas abatido. Viajaba de aquí para allá como un alma en pena. Pasado un tiempo, me calmé y empecé a saborear losplaceres de mi juventud. Quería vivir al límite, con pasión, y explorar nuevas y deliciosas sensaciones. Durante una larga época experimenté cualquier placer, vicio o pecado que puedas imaginar.
El brillo de sus ojos delató la intensidad de aquellas vivencias. Era tan guapo y atractivo que no me costaba imaginar a toda una corte haciendo cola en su puerta, para acompañarle en sus juegos de Dorian Grey.
—Cuando me cansé de todo aquello, regresé al bosque para ver a Rodrigoalbar. Necesitaba su consejo. Él estaba muy cambiado. Mientras yo había corrompido mi alma, élhabía vivido como un ermitaño, haciendo vida de asceta, recuperando la pureza de los antiguos eternos...
—¿Y te quedaste con él?
—Recuperé la paz a su lado. Después regresé a la ciudad, pero prometí volver al bosque cada cierto tiempo para no perder el contacto con mi realidad. En una de mis visitas, lo encontré curando a un muchacho enfermo. Cuando vi cómo aquel niño gritaba y se convulsionaba, supe lo que estaba haciendo...
—Y te enfureciste.
—Rodrigoalbar me habló de los hombres de negro y me explicó que le habían robado las páginas de mi manuscrito. Temía por su vida y por la semilla. Necesitaba un guardián e Ichigo era el candidato perfecto.
De pronto lo entendí todo. Transformando a Ichigo cuando solo era un niño, Rodrigoalbar se aseguraba que sufriera el don al llegar a la edad adulta y nunca pudiera alejarse del bosque.
—Pero ¿entonces? ¿Por qué limitó su vida y no le concedió la eternidad?
—Eso es otra de lasmentiras que le interesaba que Ichigo creyera...
—¿Por qué?
—¿Quién sería capaz de soportar una condena sin fin?
Aquellas palabras me hicieron pensar en Wu Gang, el eterno de la leyenda china, condenado a talar el mismo árbol una y otra vez. Después tomé conciencia de lo que aquello significaba: Ichigo era inmortal. Sus días no estaban contados como él creía.
—Además, Rodrigoalbar tenía un plan y necesitaba que alguien le ayudara. El destino quiso que muriera antes de explicárselo a él...
—Pero no a ti, ¿verdad? Tú sabes qué pretendía el anciano.
Los ojos de Urahara brillaron en la oscuridad y una pregunta asomó a mis labios:
—¿Por qué me explicas todo esto?
—Porque tú formabas parte de ese plan.
To Be Continued...
