LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Jaque a la semilla
Después de pensarlo un buen rato, decidí compartir con los demás la noticia de que Ichigo había encontrado la semilla. Oculté, sin embargo, que también me había explicado dónde se hallaba. Como guardiana del secreto, sentía el deber de proteger su paradero hasta que Ichigo regresara de las tinieblas.
Tras mi confesión, Urahara nos hizo pasar a la biblioteca. Había un apetitoso almuerzo servido sobre una mesita junto a la ventana. Mientras Ashido profanaba una fuente de pastelillos, Grimmjow y yo nos sentamos en el mismo sofá donde días atrás habíamos escuchado a Urahara tocar la viola.
En aquel momento se paseaba, de un lado a otro, frente a la chimenea. Sostenía el arco del instrumento en la mano y, de vez en cuando, se golpeaba con suavidad la palma de forma reflexiva.
—Si la semilla existe realmente, tenemos que actuar rápido —dijo de pronto—. No podemos permitir que nadie la encuentre antes que nosotros.
Con los hombres de negro y la farmaceútica suiza fuera de juego, deduje que se refería a los neorrenacentistas.
—Ya han llegado al bosque —dijo Ashido mientras masticaba los restos de un hojaldre—. Hace unos días vi a una persona merodeando cerca de la cabaña y la seguí.
—Pensaste que buscaba la semilla —afirmé.
—En realidad, no. Lo hice porque me pareció muy guapa. —Se encogió de hombros—. Se presentan pocas ocasiones de conocer chicas interesantes en el bosque, así que creí que podía impresionarla con mis conocimientos sobre setas. Llevaba una cestita con algunos hongos para despistar.
—¿Cómo sabes que eran para despistar? —preguntó Grimmjow.
—Mientras la seguía, camuflado entre unos helechos, vi cómo pateaba una Amanita caesarea.
Sabía por mi padre que se trataba de una especie muy apreciada por cualquier recoletor de hongos y muy cotizada en el mercado micológico.
—Parecía despistada, estaba a kilómetros de la aldea, y trataba de guiarse por este extraño mapa que se le cayó del bolsillo. —Se metió la mano en el pantalón y sacó un papel arrugado—. Deduje que era peligrosa y permanecí escondido. No llegó muy lejos.
Enseguida reconocí la letra de mi antepasado y el estilo inconfundible de sus escritos medievales.
Era una fotocopia de una de las páginas perdidas del Manuscrito Voynich.
Urahara tomó la hoja entre las manos y la observó un instante detenidamente:
—Tranquilos, es imposible llegar al valle con estas indicaciones. Tracé este plano hace cinco siglos y todo ha cambiado mucho desde entonces. Además, aunque suponemos que la semilla está cerca de la aldea, nadie, excepto Ichigo, conoce su paradero.
Sentí su mirada y traté de desviar la atención con una pregunta:
—¿Cómo era la chica?
—Ya te lo he dicho, muy guapa. Delgada, alta, con los ojos grandes de color azul...
—Hallibel—pronuncié al mismo tiempo que Urahara.
Al momento entendí dónde se había escondido tras desaparecer del apartamento. Su visita a España no había tenido nada que ver con ninguna beca, sino con el bosque y la Aldea de los Inmortales.
—Pertenece a los neorrenacentistas —dijo el eterno sin dejar de mirarme—. Hace tiempo que van tras la aldea.
—¿Por qué? —intervino Grimmjow—. ¿Son científicos?
—No. Es una secta que sueña con volver a los orígenes del hombre puro y vivir en comunidad como hace más de seis mil años. Tienen la teoría de que entonces la paz reinaba en el planeta y los humanos vivían en armonía con la naturaleza, felices y desinhibidos, sin ego ni posesiones.
—Pero ¡eso es fantástico! —exclamó Ashido—. ¿Dónde hay que firmar para ser uno de ellos?
Grimmjow puso los ojos en blanco y me hizo sonreír.
—La mayoría son pacíficos —continuó Urahara—. Al principio solo buscaban la aldea. Conocían una versión idealizada de la historia de los eternos y creían que el valle podía ser su Dorado particular, un lugar perfecto para asentar su comunidad... Pero alguien contaminó su sueño al hablarles de la semilla y del elixir de la eterna juventud.
—¿Quién? —preguntó Grimmjow.
—Mayuri Kurotsuchi. Un hombre muy rico y poderoso dispuesto a cualquier cosa por conseguir lo que su dinero no puede darle. —Su mirada se clavó en Grimmjow—. ¿No te habló de él tu padre?
—Me dijo que la Organización recibía fondos estadounidenses de una persona muy rica e influyente, pero nunca me dio su nombre. Supongo que por seguridad. —Enmudeció un instante—. Estaba siguiendo su rastro en Nueva York cuando contactaste conmigo.
—Quería evitar que cayeras en sus redes y te utilizara para llegar a la aldea. Por eso te hice creer que tenía las páginas perdidas del Manuscrito Voynich y que desconocía su origen y valor. Aquella fue mi jugada maestra, pero él contraatacó con Hallibel y consiguió mover a Rukia del bosque... Y, por consiguiente, a Ichigo.
—Y también a mí —añadió Ashido algo molesto al verse excluido.
—Hablas como si esto fuera una maldita partida de ajedrez y nosotros solo piezas que tú y Mayuri movéis a vuestro antojo —refunfuñé.
—Partida o no, lo cierto es que él ha conseguido poner en jaque a la semilla—dijo Urahara—. Y lo ha hecho con el peón de apariencia más inofensiva: Hallibel.
—Me engañó bien —reconocí—. Incluso cuando di con Grimmjow en Florencia y él me dijo que no la conocía de nada, ella trató de convencerme de lo contrario... Y casi la creo.
El aludido me dirigió una mirada comprensiva.
—Mayuri la contrató para convencerte de ello. Además de modelo de dibujo es aspirante a actriz... O al menos lo era antes de caer en las redes de la secta y de su líder.
—Ella fue quien me describió el cuadro que tú conservas de Hiyori. Lo conocía con todo lujo de detalles.
—Mayuri debió de hablarle del lienzo. A él lo conocí hace muchos años. Un día se presentó en mi galería para comprar piezas de arte. Quería decorar la villa de verano que posee cerca de Siena. En aquel momento yo estaba restaurando el lienzo de la aldea y se enamoró de él. Es el único cuadro que se conserva de aquella época. Le dije que no estaba en venta, pero insistió tanto que acabé contándole la leyenda de los eternos.
—¿Le revelaste tu secreto? —le pregunté muy sorprendida.
—¡Cómo iba a imaginar que me creería! Ningún adulto cuerdo se tragaría esas historias sobre inmortales.
—Subestimaste su inteligencia —dijo Grimmjow.
—Sí, pero sobre todo su cordura —contestó Urahara—. Es un hombre muy poderoso, un loco acostumbrado a conseguir todo lo que desea. Detesta hacerse viejo y hace todo lo posible por no doblegarse ante el paso del tiempo y la muerte.
Pensé en Mayuri y no pude evitar imaginármelo como a Sosuke Aizen, el padre de Grimmjow, otro hombre obsesionado con la eterna juventud. Otro ser vanidoso con ínfulas de dios. Sin embargo, me costaba relacionar a alguien tan pretencioso y egocéntrico con aquella secta de apariencia pacífica y fines nobles.
—No acabo de entender qué tiene que ver este americano rico con los neorrenacentistas.
—Está clarísimo —dijo Ashido—. Mayuri quiere ser el puto jefe de la manada, el gallo del gallinero, el dios de los eternos... Esperemos que no sepan que la simiente existe realmente.
Enmudeció un instante, nos miró a todos, y frunció el ceño antes de continuar:
—La semilla nos pertenece. Después de todo lo que hemos pasado, somos nosotros quienes deberíamos fundar la aldea y ser eternos... Ya os lo dije antes del verano en el valle, nosotros podríamos darle una segunda oportunidad a la semilla e imitar a Thoreau con un nuevo Walden.
Volver a los orígenes del hombre, pero como dioses. Viviendo en la naturaleza y aprendiendo de ella mientras esperamos el momento de compartir el secreto con el resto de la humanidad.
Grimmjow le dirigió una mirada amenazadora antes de agarrarlo de la camiseta y elevarlo unos centímetros del suelo.
—Si vuelves a pronunciar otra estupidez como esa, yo mismo me encargaré de enviarte a la eternidad de una patada.
Me pregunté qué le habría ofendido tanto, si la idea de fundar la aldea o la de convertirnos en inmortales.
—Debemos evitar que la historia se repita —continuó Grimmjow con voz cansada—. Mientras esa semilla exista no habrá paz para ninguno de nosotros.
—No puedo creer que sea un científico quien haya pronunciado esas palabras —dije con un poso de decepción mirándole a los ojos—. Esa semilla podría acabar con muchas enfermedades. ¿Cómo vamos a destruir el antídoto contra el sufrimiento humano?
—¿Te parece poco sufrimiento el que ya ha causado? —La voz de Grimmjow sonó ronca y dura.
Había una expresión tensa, casi de enfado, en la línea fuerte y cincelada de su mandíbula, en los pómulos contraídos y en el leve ceño que le arrugaba la frente.
—¿Estás segura de que es eso lo que te mueve a encontrar la semilla? —continuó—. Porque yo no lo estoy de que tus motivos sean tan nobles como dices. ¿De verdad actúas por el bien de la humanidad... o por interés propio?
Aquella insinuación me arrancó una bofetada que aterrizó en su mejilla. Me arrepentí enseguida de mi gesto, pero ya era tarde. El daño estaba hecho. El mismo que él me había causado con sus palabras. ¿Cómo podía decirme algo así? Estaba claro lo que opinaba de mí: que quería ser eterna para estar junto a Ichigo.
Me molestaba que pensara que su llegada había cambiado mis sentimientos de un plumazo... Pero lo que más me dolía era que creyera que yo era una egoísta, un ser impuro e innoble, que anteponía mis deseos al bien común.
Yo no era así.
Yo no era como Hiyori.
¿O tal vez sí?
—Ya es suficiente, chicos —repuso Urahara.
Me enojó ver un brillo de diversión en sus ojos antes de que se aclarara la voz y continuara con tono solemne:
—En una habitación de esta casa hay una persona, al borde de la muerte, que ha destinado toda su vida a proteger eso sobre lo que vosotros estáis discutiendo tan a la ligera. Solo él sabe dónde se encuentra y, hasta dentro de dos días, no sabemos si vivirá o no para contárnoslo. —Enmudeció un instante—. Hasta entonces, nadie volverá a hablar de la semilla ni de lo que haría con ella si apareciera. ¿Está claro?
Los tres asentimos avergonzados.
—Lo más importante es que llevamos ventaja sobre el enemigo, y que lo más cerca que ha estado, hasta el momento, de la aldea ha sido a través de un cuadro.
De pronto me acordé de otro lienzo de la aldea que había visto de cerca hacía muy poco. Uno en el que Hiyori posaba junto a Urahara y una figura borrosa, de pelo oscuro, con un rostro ya nítido en mi cabeza: el de Kaien, la copia perfecta de Shinji.
—Mayuri mueve los hilos de otra persona que quizá te haya pasado por alto —le dije orgullosa a Urahara—. Es un chico mulato, un italiano que conserva otro cuadro de Hiyori y que...
Mi anfitrión me miró divertido.
—¿Stark? —pronunció su nombre con familiaridad antes de soltar una carcajada—. Es una pieza mía, querida, y muy valiosa por cierto. Entre otras ocupaciones, me ayuda en la galería de arte. Le inscribí en tu curso y le pedí que te protegiera, Rukia. Ha sido tu guardián todo este tiempo.
To Be Continued...
