LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Renacer

Me desperté con un sol de tarde y el leve sonido de unos golpecitos en la puerta. Me incorporé rápidamente con la vana ilusión de que fuera Grimmjow quien llamaba. Aunque Urahara nos había alojado juntos, en la misma habitación de la vez anterior, desde que llegáramos a Villa Leggero, tres días atrás, el otro lado de mi cama había permanecido vacío.

No le culpaba. La posibilidad de que Ichigo muriera me había sumido en un estado de tristeza insoportable. No tenía ganas de hablar con nadie y, cuando lo hacía, la rabia brotaba de mis labios de forma incontrolada.

La bofetada tampoco había ayudado mucho.

Sentí una mezcla de decepción y alegría cuando los rizos cortos de Stark asomaron tras la puerta. Aquel chico me caía bien. Habíamos conectado desde el primer día de clase. Sin embargo, desde que sabía que Urahara lo había contratado para protegerme, ya no sabía qué esperar de él...

—¿Otra vez haciendo novillos, Rukia? —Negó con la cabeza mientras sonreía—. A este paso no te vas a graduar nunca.

—Y algo me dice que tú no has venido precisamente a traerme los apuntes de clase. ¿Qué diablos haces aquí?

—Tal vez puedas reincorporarte cuando todo esto pase —dijo obviando mi pregunta y sentándose a mi lado—. No sé en qué líos andas metida ni por qué te persiguen los de esa secta, pero le he explicado a nuestro tutor que estás enferma y que no podrás volver al instituto hasta dentro de un mes.

Un mes. Me pregunté si ese era el tiempo que mi antepasado había previsto para que todo aquello acabara.

Una rápida asociación de ideas hizo que me acordara de mi padre y de la posibilidad de otro curso fallido. Tenía que llamarle pronto y explicarle lo bien que me iba por Italia. Aunque fuese mentira, no quería que se preocupara por mí.

—Seguro que en ese tiempo ya te han olvidado —añadió—. No parecían muy peligrosos.

Deduje que se refería a los neorrenacentistas y me pregunté hasta qué punto conocía sus intenciones.

—Gracias —respondí finalmente—. La excusa del instituto, ¿se te ocurrió a ti solito o también seguías instrucciones de tu jefe?

—He sido tu guardián con mucho gusto, pero... no te lo voy a negar, iría al fin del mundo si Morelli me lo pidiera. —Se mordió una sonrisa—. ¿No te parece el hombre más atractivo de la faz de la tierra?

Miré a Stark y no pude evitar verme a mí misma unos meses atrás. Mi fascinación por Ichigo era muy parecida a la que él sentía por Urahara.

Sonreí al entender el impacto que Urahara había causado en él. Para alguien obsesionado con la belleza y las proporciones perfectas, el eterno representaba el ideal clásico elevado a la máxima potencia. Su elegancia sofisticada, no solo resultaba muy atractiva, sino que además le anclaba de una forma mágica al mundo actual.

—Pero ¿qué haces tú en su casa? —me preguntó sin esperar una respuesta—. ¿Se han complicado las cosas con los neorrenacentistas?

—¿No te lo ha explicado Urahara?

Me pregunté qué sabría exactamente de nuestro anfitrión y de los secretos que escondía. Tampoco me pasó por alto su cara de extrañeza cuando pronuncié su nombre de pila.

—¿Morelli? —Arrugó la frente—. No. Es un hombre tan misterioso y fascinante... Cuando he llegado esta mañana, solo me ha dicho que estabas aquí y me ha acompañado hasta tu cuarto.

—¿Conoces mucho a Morelli? —pronuncié casi en un susurro.

—Solo desde hace unos meses —contestó con naturalidad—. Trabajo en su galería de Florencia y atiendo algunos de sus asuntos personales... como ahora lo tuyo, por ejemplo. Pero, aparte de que es el marchante de arte más excéntrico de la Toscana, y que pinta como los ángeles, conozco muy poco de él. —Me guiñó un ojo—. Mucho menos de lo que quisiera.

Su respuesta me dejó más tranquila.

—Sí, ya sé lo mucho que te gusta descubrir misterios y vivir aventuras —dije en alusión a nuestra persecución a Hallibel y a su incursión al nido de los neorrenacentistas.

—¿Qué está pasando, Rukia? —Me pareció detectar un poso de preocupación en su voz—. Desde que le conozco no ha faltado ni un solo día en la galería, y lleva tres días sin pisarla... Por eso he venido hoy. Estaba preocupado por él.

Sus palabras revelaron hasta qué punto desconocía el gran secreto que Urahara atesoraba bajo su piel.

—Nada extraño —respondí mientras pensaba qué versión contarle—. Un amigo de España ha venido a verme... Se puso enfermo y decidí recurrir a Urahara.

—¿Y de qué conoces tú a Urahara?

—Digamos que es un pariente bastante lejano. —Mi propia respuesta me arrancó una carcajada.

—Y, por lo visto, te adora.

—¿Por qué lo dices?

—Antes de conocerte ya te había visto, al menos, en una docena de cuadros. ¿Por qué crees que insistí en que podías ser una gran modelo de dibujo?

Impresionada, observé cómo Stark asentía pensativo con la cabeza, como si de pronto las piezas que él manejaba encajaran de forma mágica: Urahara era solo un hombre rico que se preocupaba por una parienta a la que idolatraba y a quien quería proteger de las garras de una secta.

—Bueno, lejano o no, recuerda que sois familia y que no estaría bien que...

Negué con la cabeza antes de responder entre risas:

—Todo tuyo.

—No sé cómo te las arreglas, Rukia —dijo finalmente—, pero tienes un don para rodearte de hombres guapos.

—¿No lo dirás por ti? —bromeé.

—En realidad estaba pensando en tu novio yanqui...

Al mencionar a Grimmjow, imágenes de lo que había ocurrido el día anterior, tras la discusión de la semilla, volvieron a asaltarme.

Molesto por la bofetada, Grimmjow me había arrastrado hasta la parte trasera de la casa para hablar conmigo. Su semblante serio había delatado una conversación complicada.

—¿Cuánta gente más tiene que morir para que te des cuenta de que la semilla está maldita? —Sus ojos azules se clavaron con dureza en los míos—. Hasta ahora solo ha sembrado desgracias.

Intenté zafarme de su mano, cerrada sobre mi brazo como un férreo grillete.

—Que no llegáramos a tiempo con Nell, no quiere decir que no podamos salvar a otras personas que sufren —dije consciente de que mis palabras podían enfurecerle aún más—. Hay muchos científicos... buenos científicos —recalqué— que darían su vida por investigar la semilla y hacer algo benéfico con ella.

—¿Desde cuándo el diablo participa en obras de caridad?

—Esto no tiene nada que ver con el diablo. ¿No te das cuenta? Tenemos en las manos el milagro que podría cambiar el mundo tal y como lo conocemos.

—¿Tenemos? —repitió con desdén—. Madura, Rukia. No eres el centro del universo... Por más que algunos quieran convencerte de ello, con estúpidos retratos renacentistas y promesas de eternidad...

Bajó la cabeza y se frotó las sienes confundido.

—¡Estoy harto de perder en esta guerra! —estalló antes de sujetar mi cabeza entre sus enormes palmas y decirme con suavidad—: Pero ¿sabes qué? Me rindo, Rukia. No puedo competir contra algo tan poderoso.

—¿Competir? Solo tenemos que ponernos de acuerdo sobre qué hacer con ella.

Sin soltarme, me miró a los ojos intentando decirme sin palabras algo que yo no alcanzaba a comprender en aquel momento.

—No me refería a la semilla —enmudeció un instante—, sino a Ichigo. Él es tan... perfecto. ¿Qué puede haber más poderoso que un primer amor como el vuestro?

Sentí un punzada extraña en el corazón, pero no supe qué responder. Puede que Ichigo fuese perfecto en apariencia, pero su don y, sobre todo, las dificultades por las que habíamos atravesado desde el principio, hacían que nuestro amor se hubiera alejado mucho de esa perfección que él creía.

De pronto, mis labios dieron forma a una estúpida pregunta:

—¿Estás celoso? Porque si es así, yo...

—No digas nada, Rukia.

Silenció mis labios con su mano, tan cálida y suave, que hizo que me estremeciera. Cerré los ojos y me acaricé la mejilla contra ella.

Después de aquella conversación, no había vuelto a ver a Grimmjow. Siguiendo las indicaciones de Urahara, me había pasado el resto del día cuidando a Ichigo y velándole en su tortuoso camino de regreso al mundo de los vivos.

Unas risas masculinas, procedentes del jardín, me devolvieron al presente.

Stark y yo nos miramos extrañados un segundo antes de asomarnos con curiosidad a la ventana.

La imagen que vimos al otro lado nos dejó un instante sin palabras: dos chicos luchando por una pelota de cuero entre risas. Mucho antes de asimilar que el chico de bucles despeinados y mejillas encendidas que jugaba con Urahara era Ichigo, contemplé embobada cómo se perseguían por el jardín y se revolcaban por el suelo para arrebatarse un balón.

Aquella escena era tan increíble que me costó varios minutos procesarla.

—Juegan al soule —me explicó Stark con un poso de celos en la voz—. Gana el que consigue llevar la pelota al lugar pactado. A Morelli le encanta este juego renacentista.

Solté una carcajada cuando vi a Ichigo lanzar el balón a la fuente y alzar los brazos victorioso hacia el cielo.

«¡Ha ganado! —me dije a mí misma mientras bajaba descalza las escaleras, entre risas y lágrimas de alegría—. ¡Lo ha conseguido!»

Su aspecto era tan saludable que resultaba difícil identificarlo con el chico moribundo que había atendido en su lecho el día anterior. Pero era él. No cabía la menor duda.

Ichigo no solo había vencido en su batalla con la muerte, sino que además había renacido con la alegría de quien ha dejado atrás todos sus fantasmas. Recordé que ya no sufría el miedo ajeno, que era libre, y corrí hacia el jardín con el deseo de abrazarlo con fuerza.

Sentí una descarga de alegría cuando me miró y corrió a mi encuentro atravesando el césped y saltando con gracilidad un parterre de flores espinosas. Un segundo después, me alzó en volandas y comenzó a dar vueltas conmigo mientras reía y recitaba mi nombre una y otra vez.

Cuando se detuvo, sus labios aterrizaron en los míos.

Fue un beso implacable, cargado de emociones, de recuerdos y de promesas, un beso de amor, dulce, apasionado, intenso... Un beso destinado a ser perfecto... pero que, aun así, no logró detener mi universo. ¿Por qué? Porque, mientras ocurría, sentí la fría mirada de unos ojos azules que observaban la escena desde una ventana de la villa.

To Be Continued...