LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Preparativos de fiesta
Tras alejar a Stark de la villa, con un encargo improvisado a la ciudad, Urahara nos reunió a todos en el salón.
—Aparte de este chico, ¿quién más está al tanto del secreto? —preguntó Ashido cuando cerró la puerta—. A este paso, en vez de aldea, tendremos que fundar una urbe.
Grimmjow apretó un puño bajo la mesa.
—Él no sabe nada —explicó Urahara—. Me ayuda en la galería y con algunos asuntos personales, pero pronto me desharé de él. Renuevo mi personal de confianza con asiduidad... y Stark es demasiado... —tosió antes de acabar la frase— curioso.
No me gustó cómo sonaron sus palabras, sobre todo lo de «deshacerse» de él, pero Urahara enseguida añadió mirándome:
—Suelo despedirles con una buena propina para que no vayan contando por ahí mis rarezas.
En aquel momento apareció la sirvienta exótica con una botella de vino y algunas delicias caseras.
—Excepto a Violeta. —La miró con ternura mientras depositaba la bandeja sobre la mesa—. Ella lleva mucho tiempo conmigo y sé que jamás me traicionará.
Teniendo en cuenta que esa chica solo era algo mayor que yo, me pregunté extrañada qué habría querido decir con «mucho tiempo». Incluso su vida entera me parecía insignificante para alguien con más de cinco siglos a su espalda.
—Claro, porque es muda —bromeó Ashido sin ninguna gracia.
Me gustó la forma en que Grimmjow puso los ojos en blanco y buscó mi mirada cómplice.
—Una excelente cualidad que algunos deberían cultivar —añadió Urahara mientras descorchaba el vino.
Después propuso un brindis:
—Por la nueva vida de Ichigo.
El aludido fue el primero en alzar la copa y, tras saborear el caldo de nuestro anfitrión, pronunció las siguientes palabras:
—He vivido como un ermitaño durante mucho tiempo, solo, entre árboles y animales salvajes...
Evitando el sufrimiento que el miedo ajeno me provocaba, renunciando a las personas, al amor... Me siento como un bebé que da sus primeros pasos en un mundo que le ha sido negado durante mucho tiempo. Me asusta lo que
puedo encontrar al otro lado de mi bosque, pero ¿quién no tiene algún temor? Al menos, en eso, ahora soy como cualquier humano. Y, por primera vez en mi vida, no le tengo miedo al miedo. —Buscó mi mirada y sonrió—. Algo que jamás habría logrado, si un corazón puro y valiente al que quiero con toda mi alma no me hubiera animado. Gracias, Rukia.
Sonreí con timidez.
Quise decir algo, pero la emoción había bloqueado mi garganta, y las palabras no acudían a mi boca. Tampoco habría sabido escogerlas. Agradecía su discurso. Era cierto, yo le había retado a abandonar su bosque, pero de haber sabido que se enfrentaba a un sufrimiento tan atroz, y a la misma muerte, jamás me habría atrevido. Recordé mis palabras y cómo le había animado a emular a Rodrigoalbar, a quien habíamos creído con su mismo don. Me pregunté si Urahara le habría puesto al corriente de su engaño y si ya sabía que su existencia no se limitaba al doble de una vida humana, sino a la eternidad.
Impresionada, contemplé cómo Ichigo sonreía. Su nueva versión era aún más perfecta y bella, si cabía, que la anterior. Sin la tensión que el sufrimiento le provocaba, su expresión se había dulcificado. Ya no había rigidez en sus rasgos, y su rostro, más que nunca, recordaba al de un ángel.
A pesar de sentirse más humano —como él mismo nos había explicado—, un halo divino le hacía flotar a varios metros de la tierra, muy lejos del suelo que yo pisaba.
—Se me ocurre una manera de celebrarlo —dijo Urahara interrumpiendo mis pensamientos.
—Si es descorchando otro vino centenario y jugar a alguna estupidez de los sentidos, no contéis conmigo —respondió Grimmjow levantándose de la mesa.
—Querido Grimmjow, la vida es un juego. Lo estúpido sería no tomársela como tal —dijo Urahara—. Cuando aprendas que no hay mejor guía que los sentidos, disfrutarás de verdad del placer de estar vivo. —Hizo una pausa y pronunció la siguiente frase con un susurro—. Créeme, sé de lo que hablo.
Grimmjow ocupó de nuevo su silla y Urahara nos explicó su plan:
—Se trata de una fiesta. El propietario de una villa cercana celebra cada año por estas fechas un baile de máscaras para celebrar el solsticio de invierno. Acude mucha gente de la Toscana y sería una descortesía por nuestra parte no asistir.
—¿Y cuándo es la fiesta? —preguntó Ashido—. Porque aún falta más de un mes para el 22 de diciembre.
—Esta noche —respondió Urahara—. El anfitrión es un hombre impaciente.
—¡Estupendo! —aplaudió Ichigo—. ¡Una fiesta con muchos invitados! No se me ocurre un bautizo mejor para celebrar mi renacimiento que un baño de gente. Será emocionante estar rodeado de personas sin sufrir sus miedos.
Había algo en aquel plan que no me convencía. Sin embargo, el entusiasmo de Ichigo me hizo olvidar mis temores y pensar en una cuestión práctica. Antes de que pudiera preguntar de dónde íbamos a sacar los trajes y las máscaras con tan poco tiempo, Urahara resolvió mi duda:
—Hay un disfraz para cada uno esperándoos en vuestra habitación. Será mejor que subáis a probároslos enseguida por si Violeta tiene que hacer algún ajuste.
Cuando subí a mi cuarto, Violeta me estaba esperando junto a la cama. Había varias prendas extendidas sobre ella, lencería delicada y algunos complementos en cajas de tela. De pie, en mitad de la estancia, observé extasiada un vestido de terciopelo granate con un corpiño de seda verde y un precioso bordado floral con hilos de oro y plata.
Enseguida entendí el motivo de su presencia. Era imposible colocarse aquella prenda sin la ayuda de otra persona.
Me desnudé y me dispuse a ponerme el vestido cuando Violeta me empujó suavemente hacia el baño. Había velas encendidas y una agradable fragancia emanaba de la bañera espumosa.
Sonreí agradecida y me metí en ella con la intención de relajar todos mis sentidos. Después de la tensión vivida durante aquellos días, cerré los ojos y dejé que el agua caliente y las sales aromáticas obraran su efecto mágico.
No habían pasado tres minutos cuando una mano empezó a frotar mi piel bajo el agua. Abrí los ojos sobresaltada y me encontré de nuevo con la sirvienta exótica de Urahara. Traté de convencerla de que aquello no era necesario, pero su obstinación pudo más que mi resistencia y acabé rendida al placer de sus atentos cuidados.
Dejé también que secara mi piel y me diera un suave masaje con aceite perfumado antes de vestirme.
Contuve la respiración mientras tensaba los cordones del corsé y ataba una especie de armazón a mi cintura para darle volumen al vestido. Tras deslizarlo por mis hombros, me senté en la cama, frente a un espejo de cuerpo entero, y observé cómo me recogía el cabello ensartando diminutas flores frescas en un elegante peinado.
Antes de dejarme sola, Ururu observó su obra y le guiñó un ojo a mi reflejo.
Me miré un instante sorprendida. El corpiño se ajustaba como un guante a mi cintura, elevaba el pecho y dejaba parte de él al descubierto. Era elegante y sexy al mismo tiempo, con unas mangas, amplias en la muñeca, que caían con gracia hasta casi el borde del vestido.
Giré sobre mí misma para verme desde varios ángulos cuando una voz masculina me sobresaltó.
El rostro de Urahara apareció a mi lado en el espejo.
—Debo felicitaros por vuestro aspecto, querida. Estáis encantadora.
Su mirada recorrió lentamente cada detalle de mi aspecto antes de detenerse en la cintura y ascender sin disimulo hasta el escote.
—No es a mí a quien hay que felicitar, sino a la persona que ha escogido el vestido —respondí imitando su forma de hablar—. Sois vos quien poseéis un gusto exquisito.
Su risa sonó ronca y profunda.
—Cierto. —Sonrió—. Y vos la misma elegancia que hace... —Frenó en seco sus palabras y rodeó mi cintura por detrás.
Durante unos segundos nos miramos sorprendidos en el espejo y conectamos con un tiempo remoto, un pasado lejano en el que aquellas dos figuras habían coexistido de una forma muy distinta.
—Estáis preciosa, Hiyori—susurró a mi oído.
Por un momento no me reconocí en la chica de ojos verdes y piel clara que miraba extasiada a aquel muchacho. Vestido con una camisa amplia, de cuello y puños fruncidos, Urahara parecía sacado de un cuadro de Tiziano.
El tiempo se detuvo antes de que las manecillas del reloj empezaran a girar en sentido inverso.
De pronto, una visión en el espejo.
Ese mismo chico, con una mirada más limpia e ingenua, poniéndome el colgante de una flor violeta en el cuello.
Mi cintura rodó bajo sus manos hasta situarme frente a él. Después acepté su mano y comenzamos a danzar por la habitación. Primero lentamente, con solemnidad, y sin dejar de mirarnos a los ojos.
Después, sonrientes y con más brío, deslizándonos con pasos sincronizados al compás de una misma melodía imaginaria.
Una pieza de viola sonaba en mi cabeza, con tanta claridad que dudé incluso de que alguien hubiera accionado algún equipo de música.
Cuando la melodía cesó, volvimos a mirarnos.
Fue entonces cuando Urahara acercó sus labios a los míos.
Un torrente de confusión invadió cada célula de mi ser mientras me besaba. Curiosamente, me sentí ajena a la escena que estaba protagonizando. Como si aquel beso saldara una deuda ancestral que, aunque no me correspondía, solo yo podía cumplir.
La cordura hizo que le separara de mí con los brazos y le explicara con voz firme:
—Yo no soy Hiyori, Urahara. Soy Rukia.
Estaba a punto de darme réplica cuando una voz nos sorprendió desde la puerta:
—Espero que alguien pueda darme alguna clase de baile antes de irnos... Hace más de cien años que no practico.
Sorprendida, me pregunté si habría presenciado nuestra danza y, sobre todo, lo que había ocurrido entre Urahara y yo después de ella.
—Yo no me preocuparía por eso, querido Ichigo. Hay cosas que nunca se olvidan por más siglos que pasen —respondió Urahara sacando un reloj de bolsillo y cerrándolo con premura—. Además, me temo que no hay tiempo para danzas. Se hace tarde y, como os he dicho antes, nuestro anfitrión es un hombre impaciente. El señor Kurotsuchi odia que le hagan esperar.
—¿Kurotsuchi? —repetí sin dar crédito a lo que acababa de escuchar—. ¿Mayuri Kurotsuchi? ¿Es él quien da la fiesta?
Un segundo antes de que Urahara asintiera y yo me preguntara por qué diablos teníamos que meternos en la misma guarida del diablo, sentí un latigazo en la espalda, seguido de una corriente en la nuca, avisándome de un peligro inminente. Tan fuerte e inequívoco que estuve a punto de desmayarme.
To Be Continued...
