LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

Baile de máscaras

Cuatro caballos nos esperaban a la puerta de la casona para conducirnos a Villa Lucchesia, la mansión toscana de Mayuri Kurotsuchi.

Eché un vistazo a los chicos. Ataviados con trajes medievales, los cuatro vestían un atuendo similar, compuesto por un abrigo corto, con cinturón de cuero, que les llegaba hasta las rodillas y mostraba unas medias extravagantemente ajustadas. Excepto a Ashido —cuyas piernas eran muy delgadas—, aquel traje resaltaba su físico y les favorecía.

Urahara me ayudó a montar antes de saltar con gracia a lomos del mismo corcel y colocarse detrás de mí. Nos había explicado que atravesar el monte era la forma más rápida de acceder a aquella villa aislada entre colinas. Vestidos de aquella guisa, ese transporte parecía también el más apropiado.

La larga y abultada falda me impedía sentarme a horcajadas, así que Urahara me sujetó con fuerza antes de tensar las bridas.

Mientras cabalgábamos, tuve la impresión de estar emprendiendo un viaje sin retorno al pasado.

Aunque el eterno había tratado de convencerme de que me calmase y no me preocupara por Mayuri esa noche, tenía la impresión de que aquella aventura no podía acabar bien.

Cuando el resto hubieron montado, Urahara espoleó su caballo hasta ponerlo al galope. Un segundo después, Grimmjow nos dio alcance y ya no se movió de nuestro lado. Mientras, Ichigo ayudaba a Ashido a controlar las riendas de su corcel varios metros atrás.

Azotada por el viento, agaché la cabeza y busqué refugio en el pecho de mi acompañante.

Durante un rato, me sumí en mis propias cavilaciones sobre lo que había ocurrido en mi cuarto esa misma tarde. No entendía qué había impulsado a Urahara a besarme, pero, sobre todo, no entendía la reacción de Ichigo. ¿Tan poco le importaba que otro me besara? Me respondí a mí misma que era imposible que lo hubiera presenciado. Unos minutos antes de que sucediera, me había declarado su amor públicamente en el salón. No tenía sentido pensar que nos había visto... A no ser que los celos hubieran desaparecido de sus emociones igual que el miedo ajeno.

Pensé en los eternos y en esa sociedad perfecta de la que hablaban los neorrenacentistas, donde no existían conflictos, ni posesiones, ni egos, y hombres y mujeres vivían desinhibidos y en armonía con la naturaleza... Tal vez Ichigo había alcanzado ese grado de evolución con la nueva dosis de inmortalidad. Siempre se había comportado de una forma noble, salvaje y

natural, sin falsos pudores —solo tenía que recordar su particular método de curar la hipotermia: desnudos, cuerpo a cuerpo—. ¿No eran los celos acaso una forma de posesión?

Recordé también cómo meses atrás, después de aceptar estoicamente que yo le dejara, casi me había lanzado a los brazos de Grimmjow, animándome a que viniera a Florencia. Tampoco entonces había demostrado tener celos. Lo había hecho después de leer mi lista de las cosas que creía que nunca podríamos hacer juntos...

Quizá lo que sentía por mí estaba por encima de todo eso y su amor era mucho más puro del que yo jamás podría sentir por nadie.

Aquella idea me deprimió, pero también me liberó de la culpa que había arrastrado al enamorarme de Grimmjow. Sencillamente, yo no era como Ichigo... ¡Nadie era como Ichigo! Ni siquiera Urahara, que le llevaba cuatro siglos de ventaja, podía comparársele. Mientras que el ermitaño había destinado su vida a la noble misión de proteger la semilla, mi antepasado eterno se tomaba la vida como un juego, donde el amor no era más que un pasatiempo entretenido.

Pronto divisamos la silueta de un edificio que se alzaba en la lejanía. Urahara desvió el caballo hacia un camino arbolado, cuyo final era la garita de un vigilante rodeada de setos y de un muro con alambrada. Antes de llegar a ella, Urahara nos dio una máscara a cada uno. Nos pidió que nos la pusiéramos y que no nos la quitáramos bajo ningún concepto.

En aquel momento fui consciente del peligro que corríamos. ¿Realmente merecía la pena? La cara sonriente de Ichigo alejó mis miedos. Parecía muy emocionado con la idea de asistir a aquella fiesta.

Pero ¿y si descubrían quién era él en realidad? Me estremecí al recordar cómo los hombres de negro habían intentado apresarle en el bosque solo un año atrás... ¿Por qué nos metíamos entonces en la guarida de quien había dirigido los pasos de la Organización?

Miré a Urahara y observé cómo se ponía la máscara. Todas cubrían por encima de la boca y se anudaban a la nuca con un lazo. La suya era blanca y con la nariz prominente. Las de Ichigo y Grimmjow eran idénticas, pero en tonos opuestos: blanca la del primero y negra la del segundo. La de Ashido era roja y con los mofletes hinchados, y la mía, dorada y de ojos rasgados.

Tras entregar la invitación, la verja que daba acceso a la gran mansión se abrió a nuestro paso.

Contemplé asombrada el magnífico jardín que se extendía a la entrada de la casa, totalmente iluminada. Era una especie de oasis de sauces majestuosos, estatuas clásicas de mármol y fuentes plagadas de flores acuáticas. La resplandeciente luna proyectaba un halo plateado sobre sus aguas.

Una música de cámara rezumaba por los ventanales de la planta baja.

Urahara desmontó delante de la puerta y me llevó en brazos hasta el vestíbulo, donde un mayordomo tomó nuestros abrigos y nos condujo hasta el salón.

Un cuarteto de cuerda y piano amenizaba la velada mientras los invitados hablaban en corrillo y bebían champán en copas largas. Admiré las paredes con frescos y el altísimo techo abovedado del que pendían unas impresionantes lámparas de lágrimas.

Escuché embobada varias piezas cuando advertí que Urahara y Ashido se habían dispersado por la sala y charlaban animadamente con otras personas. Todas tenían la cara cubierta.

Flanqueada por Ichigo y Grimmjow, noté cómo la concurrencia nos observaba con atención. A pesar de la máscara, Ichigo concentraba casi todas las miradas. Sonreí al pensar en la impresión que habría causado sin ella.

De pronto, la música cesó y una elegante mujer, de unos cuarenta años, se aclaró la voz antes de pronunciar un discurso en un italiano que no entendí en absoluto.

Al momento, un murmullo de risas femeninas inundó la sala y todas la mujeres se agolparon en el centro de la pista con sus pomposos vestidos renacentistas.

—¿Qué ocurre? —pude preguntar mientras una chica de mi edad me cogía de la mano para llevarme con ellas.

—Es un juego —me explicó Grimmjow mientras me alejaba—. Las mujeres deben elegir a su pareja de baile.

Durante unos minutos, permanecimos en el centro, girando en corro, y con las manos unidas, mientras sonaba una bonita melodía. Deduje que era el tiempo de reflexión que concedían a las mozas para atinar bien en su elección.

Miré nerviosa a Grimmjow y a Ichigo.

«Solo es un estúpido juego —me dije a mí misma—. Un baile sin importancia.» Pero, en el fondo, sabía que aquella decisión encerraba mucho más que el simple hecho de bailar con uno de ellos.

Debía elegir a uno de los dos.

Ambos me observaban impasibles a través de sus máscaras.

Blanco o negro.

Ichigo o Grimmjow.

En el otro extremo, una nariz prominente seguía con expectación el juego.

El chico de la máscara blanca me sonrió, y entonces lo vi claro. Debía escoger a Ichigo, mi primer amor. Había dejado atrás su mundo y casi muere en el intento. Era justo que le correspondiera, sobre todo ahora que ya no sufría su don y era, por fin, libre. Y yo...

¡Yo estaba con Grimmjow!

¿Acaso no habíamos iniciado una relación en Florencia?

El chico de la máscara negra bajó la mirada y se mordió el labio. Adiviné el gesto contraído y nervioso que se ocultaba bajo ella.

Recordé los momentos felices de las últimas semanas y cómo había tratado de cumplir mis deseos de aquella lista, que ni siquiera había escrito pensando en él. Sonreí al darme cuenta de que estaba en mis manos tachar uno más en aquel instante:

«Bailar juntos en una fiesta».

Un ramalazo de lucidez decantó la balanza hacia Grimmjow justo en el instante en que la señora elegante dio la señal y todas las chicas empezaron a dispersarse buscando a sus presas.

La confusión hizo que los perdiera de vista durante unos segundos. Cuando los divisé de nuevo, un corrillo de chicas les rodeaban. Y, antes de que pudiera acercarme a ellos, ya estaban siguiendo el ritmo de un vals.

Para evitar que las parejas me arrollaran con su danza, dirigí mis pasos hacia un extremo de la sala. Sin embargo, el chico de la máscara roja me cortó el paso y me ofreció su brazo.

—No sigas buscándome, estoy aquí —bromeó Ashido.

Agradecida, apoyé mi mano sobre su manga y empezamos a bailar.

Mientras nos deslizábamos por la pista, vi cómo Ichigo danzaba con una chica de forma magistral.

Sus movimientos eran tan precisos que algunas parejas se habían detenido para observarlos y tratar de emularlos. Me hizo feliz ver la gran sonrisa que curvaba sus labios perfectos.

Tardé unos segundos en divisar a Grimmjow. Cuando lo hice, me molestó la forma en que su pareja apoyaba la mano lánguidamente sobre sus amplios hombros, y echaba la cabeza hacia atrás con coquetería. Me sorprendió la seguridad con la que él la sostenía por la cintura mientras trazaban elegantes círculos por la pista.

Me sorprendió que, aunque se hubiera formado en un ambiente oscuro y militar, poseyera el encanto, la inteligencia y los modales necesarios para desenvolverse con soltura en situaciones refinadas como aquella.

Aquel traje renacentista le favorecía y acentuaba su porte de guerrero. Un jubón, ceñido sobre la camisa blanca, marcaba su fuerte torso, del mismo modo que las medias realzaban los firmes músculos de sus piernas.

Admiré también el espectacular vestido que llevaba ella y su bonita máscara de gato, con orejas puntiagudas y ojos rasgados. Aunque no se le veía el rostro, aquella prenda de talle largo delataba el buen gusto y la clase de su portadora.

Cuando la pieza acabó, Ashido se acercó a un grupito de chicas y yo me dirigí hacia Grimmjow.

—Tenemos que hablar —dije tirando de su muñeca hacia las puertas abiertas del salón, en dirección al jardín.

Atravesamos el pórtico de la entrada, iluminado con antorchas, y le arrastré hacia un cenador apartado. La luna llena creaba una mágica penumbra en aquel lugar engalanado de hiedra y flores trepadoras.

El rocío de la noche, y la brisa helada, habían escarchado la hierba que pisábamos.

—Solo quería que supieras que... en este baile —me descubrí el rostro— quería escogerte a ti.

Un silencio, tan helado como la noche, precedió su respuesta:

—Pero no lo has hecho. —Su voz sonó ronca y cálida.

—Es que no me ha dado tiempo. —Me encogí de hombros—. Mientras dudaba, esa chica se me ha adelantado...

—Mientras dudabas —repitió él quitándose la máscara.

Me odié por haber escogido esas palabras.

—Ese es el problema, Rukia. Si me eliges a mí, y no a él, tienes que hacerlo convencida, sin dudas y con todas las consecuencias. —Tomó aire antes de continuar—. Cuando viniste a Florencia no tenía que competir con Ichigo. Fui a por ti porque estabas libre. Pero ahora él está aquí... Y yo no soy tan estúpido para pensar que vas a escogerme a mí porque me quieras más que a él.

—Entonces, ¿por qué crees que lo haría? —Pestañeé confundida.

—Porque soy la elección fácil. —Enmudeció un instante tratando de escoger las palabras adecuadas para explicarme sus pensamientos—. Conmigo no tendrías que enfrentarte a tus miedos.

—Yo ya no le temo a nada —repliqué.

—Te equivocas. No me hace falta tener ningún don para saber que estás muerta de miedo. Pero si quieres estar conmigo, tendrás que vencerlo.

Me pareció un sinsentido que me pidiera justo lo que había hecho Ichigo para estar a mi lado.

—¿Y qué es eso que tanto me asusta, chico listo? —le reté con una sonrisa.

—Te asusta la vida que te espera al lado de alguien perfecto como Ichigo. Temes no estar a la altura.

La rotundidad de sus palabras me dejó perpleja.

—Ichigo no es perfecto —repliqué—. Es humano. Tiene sentimientos y dudas como todo el mundo y además...

—Tienes miedo a envejecer a su lado —me cortó—, pero también te asusta ser eterna... porque, en el fondo, sabes que eso implicaría renunciar a reencontrarte algún día con tu madre y con tu abuela.

Mientras aquellas palabras resonaban en algún lugar de mi alma, sentí cómo el pulso se me aceleraba y la piel se me erizaba.

—Conmigo, en cambio, el futuro es predecible. Ya sabes lo que pienso de la semilla y de esas ideas locas de fundar una aldea y ser inmortal. Yo no quiero vivir para siempre.

—¿Ni siquiera si lo hacemos juntos? —susurré temblorosa.

—Ni siquiera así, Rukia. No me asusta la muerte. No puede ser un lugar tan terrible, si Nell está en él.

Bajé la mirada confundida.

Me hubiera gustado que se acercara a mí, que me abrazara. Pero él seguía manteniendo la distancia, con el pie flexionado sobre una de las columnas del cenador mientras la luna eterna iluminaba su rostro sereno.

—Te quiero —dijo suavizando el tono—, pero no soportaría que me escogieras a mí solo porque te asusta el futuro a su lado.

Sentí un fuerte nudo en la garganta y no supe qué decir.

Unas risas femeninas sonaron muy cerca, y vimos pasar a Urahara de la mano de dos chicas en dirección a un laberinto de setos.

No pudimos evitar sonreírnos con complicidad mientras nos dirigíamos de la mano de nuevo a la mansión.

En aquel momento, la brasa de un cigarrillo brilló en la oscuridad.

—Buenas noches, chicos.

Nos detuvimos muy cerca de un estanque con una fuente de piedra. Al lado, había un hombre de unos cuarenta años sentado en un banco de hierro. No llevaba máscara y, en la penumbra de la noche, parecía un tipo atractivo. Tenía una sonrisa amable y se le formaban unos hoyuelos cerca de la comisura de la boca.

Había una bandeja con varias copas de champán a su lado y dedujimos que se trataba de un camarero.

—¿No hace un poco de frío para tomar el fresco? —le preguntó Grimmjow con desconfianza en italiano—. ¿Hace mucho que está aquí?

Entendí su preocupación por si nos había escuchado.

—Acabo de llegar. Necesitaba huir un poco del bullicio. Y esta fuente renacentista me resulta muy... inspiradora —nos explicó con un tono muy amable—. Si estáis buscando un lugar tranquilo y tenéis frío aquí fuera, podría mostraros alguna estancia en la mansión...

Negué con la cabeza y me sonrojé ante aquella insinuación.

—Nosotros también queríamos alejarnos un rato del ruido de la fiesta —dije fijándome por primera vez en la fuente.

El agua brotaba de la estatua de un extraño insecto y se derramaba sobre un estanque.

—Qué raro —murmuré girando la cabeza para verlo mejor.

—¿Qué le parece raro, señorita? —me preguntó aquel hombre en castellano.

—Casi todas las esculturas renacentistas son de dioses, o de sílfides o de escenas mitológicas... — reflexioné en voz alta—. No había visto ninguna como esta.

Su risa resonó tan clara como las aguas de aquella fuente.

Grimmjow siguió la dirección de mi mirada y preguntó:

—¿Qué insecto representa?

—Es un grillo. Pero, como bien apunta la dama, también evoca una escena mitológica —respondió el camarero antes de soltar el humo de su cigarro en círculos perfectos—. Este insecto repugnante es Titono, el mortal que se enamoró de Aurora y pidió a Zeus que le concediera la inmortalidad para ser como su amada.

—¿En serio? —pregunté asombrada por aquella coincidencia—. ¿Y qué ocurrió?

—Olvidó pedir la eterna juventud, así que también fue envejeciendo y encogiéndose, hasta reducirse en un ser minúsculo y frágil, con forma de insecto. Para evitar que nadie lo pisara o le hiciera daño, Aurora lo guardó en un frasco.

—Y cuando le preguntaban cuál era su deseo —continuó Grimmjow—, Titono contestaba: «Morir», que suena como el mori, mori de los grillos.

—Veo que también conoces la historia.

—Sí, mi padre me la explicó cuando era un niño.

—Espero que no fuera un cuento para hacerte dormir.

Los tres reímos y posamos la mirada en las aguas de aquel estanque.

Antes de despedirnos de aquel hombre y colocarnos de nuevo nuestras máscaras, observamos cómo recogía un guijarro del suelo y lo lanzaba al agua, descomponiendo el reflejo de la luna en mil pedazos.

Cuando entramos de nuevo en el salón, Ichigo estaba en una esquina con la chica de la máscara de gato, quien se había sentado en su regazo y le pasaba un brazo de forma sensual por el cuello. Aunque ella reía, él parecía algo incómodo. Mantenía una pose seria, casi rígida. El calor de la sala hizo que la chica sacara un pañuelo y se frotara delicadameante la nuca y el escote.

Mientras la miraba, apreté la mano de Grimmjow y volví a sentir una descarga en la espalda.

Con el roce del pañuelo, un lunar con forma de luna había emergido bajo el maquillaje.

—Será mejor que calmes tus celos, Rukia —me pidió Grimmjow algo molesto.

—No son celos, sino pánico lo que me produce esa chica. —Le miré aterrada antes de pronunciar su nombre—. Es Hallibel.

To Be Continued...