LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El plan de Rodrigoalbar

Teniendo en cuenta que estábamos en la mansión de Mayuri, estaba claro que en algún momento de la noche podíamos cruzarnos con él, o con algún neorrenacentista, como era el caso de Hallibel. Sin embargo, la sola visión de aquella chica abrazada a Ichigo hizo que todas mis alarmas se dispararan y me diera cuenta del terrible peligro que nos acechaba.

—Tenemos que irnos de aquí cuanto antes... —le dije a Grimmjow nerviosa—. Iré a buscar a Urahara. Tú encárgate de Ashido.

Grimmjow alzó una ceja sorprendido. Aunque estaba acostumbrado a recibir órdenes de la Organización, era la primera vez que le pedía algo de forma tan rotunda.

—Como deseéis —respondió llevándose la mano a la frente.

Una vez fuera, me recogí la falda hasta las rodillas y corrí hacia el laberinto, donde le habíamos visto dirigirse un rato antes, acompañado de dos chicas.

—¡Urahara! —grité su nombre, y me adentré entre los setos.

Agucé el oído, pero, excepto el sonido lejano de los violines de la sala y el gorgoteo de las fuentes del jardín, no escuché ninguna voz humana.

La luna iluminaba el sendero engañoso que pisaba. Volví a gritar su nombre, pero nadie contestó.

Al doblar una esquina, vislumbré una figura a pocos metros de mí.

—¿Urahara?

Aunque pude apreciar que no llevaba máscara, la sombra de aquel cercado de arbustos mantenía su rostro oculto. Aun así, todavía no vi el peligro y me quedé quieta mientras se acercaba a mí.

Mientras lo hacía, una voz conocida despertó fantasmas que creía muy lejos de aquel lugar.

—Hola, Rukia.

Incapaz de moverme, permanecí inmóvil hasta que la cercanía y la luz de la luna me mostraron por fin el rostro de mi peor pesadilla. La última persona a quien habría esperado encontrar allí.

—Kaien. —El temblor de mi voz delató mi miedo—. ¿Qué haces tú aquí?

—Yo también me alegro de verte —respondió con firmeza aproximándose.

Di un paso atrás y miré alrededor con desasosiego. La música de la fiesta sonaba lejana.

Estábamos solos.

—Vamos, Rukia, no voy a hacerte nada...

Bajó la mirada avergonzado. Por un momento me recordó al chico servicial que había conocido nada más aterrizar en Colmenar. El mismo que me había abierto las puertas de su casa y me había leído un cuento para ahuyentar mis temores en la Dehesa.

Su aspecto era el mismo. Las gafas de pasta y el corte de pelo moderno seguían dándole ese look urbano, más propio de un chico de ciudad que de un veterinario de pueblo. Viéndolo así, con la mirada fija en el suelo, no parecía la bestia sin contemplaciones que me había forzado en el bosque.

Pero, aun así, sabía que no podía bajar la guardia.

Mientras barajaba la opción de huir, pensé en la teoría de mi abuela sobre hacer lo contrario de lo que el enemigo espera, e intenté ser amable. Sabía por experiencia que no me convenía medir mis fuerzas con él.

—Disculpa... —Intenté que mi voz sonara convincente—. Es solo que... no esperaba encontrarte aquí. Me dijeron que estabas en Nueva York.

—Lo estaba. —Sonrió sorprendido por mi actitud afable—. Mi jefe es el dueño de esta casa y me ha invitado a pasar unos días en Florencia.

—Menuda coincidencia, ¿verdad?

Intenté devolverle la sonrisa, pero solo conseguí esbozar una extraña mueca.

—Yo no creo en las coincidencias, pero me alegra mucho volver a verte. Te debía una disculpa. Sé que lo estropeé todo por una mala tarde...

«¿Una mala tarde? —pensé indignada—. ¡Intentaste violarme!»

—Pero es que me enfadé mucho cuando me engañaste con ese idiota.

Estuve a punto de decirle que yo jamás le había engañado con nadie porque nunca habíamos estado juntos.

—Por suerte, el tiempo lo cura todo y yo ya te he perdonado, Rukia — continuó—. Todo el mundo se merece una segunda oportunidad... Incluso nosotros.

Aterrada por sus palabras, me limité a contemplarlo en silencio.

—¿Sabes, Rukia? En todo este tiempo, lejos de ti, no he sumado ni un solo segundo de felicidad en mi cuaderno.

Me estremecí al recordar la libreta que me había regalado por mi cumpleaños, y los deseos macabros que había anotado en ella.

—Tengo que volver a la mansión, mis amigos me esperan... —murmuré con nerviosismo.

—¿No vas a darme ni un beso de reconciliación? —Su pregunta sonó a amenaza.

Giré dispuesta a alejarme de allí, pero él me lo impidió sujetándome con fuerza del brazo. En un frenético esfuerzo por liberarme, forcejeé con furia y le arañé la cara.

Vi alzar su mano con la certeza de que aterrizaría en mi cara, pero alguien lo impidió sujetando su muñeca con fuerza y propinándole un contundente puñetazo en el vientre.

Kaien se dobló por la mitad justo antes de que la rodilla de Grimmjow le golpeara en el mentón y le hiciera caer de espaldas.

Un reguero de sangre empezó a emanar de su labio roto.

—Estás loco. No sabes lo que has hecho —murmuró en el suelo con rabia contenida—. Eres un jodido traidor.

—Esto es solo un aviso, Kaien —le amenazó—. Si vuelves a molestar a Rukia, te juro que no seré tan amable contigo.

Profundamente aliviada, acepté su mano y nos dirigimos a la mansión.

—¿Por qué me has seguido? —le pregunté al salir del laberinto—. ¿No creías que pudiera cuidarme yo sola?

—Mientras buscaba a Ashido, encontré a Urahara y vine enseguida a avisarte. Pero ya que lo preguntas... —Enmudeció un segundo antes de responder de forma tajante—: No. No creo que tú sola hubieras podido arreglártelas con Kaien.

—Así que eso es lo que piensas de mí —repliqué ofendida—. Que soy una pobre damisela en apuros que siempre espera que alguien la salve.

Vestidos con aquellos trajes medievales, la frase sonó de lo más ridícula.

Grimmjow detuvo sus pasos, se giró hacia mí y me miró un instante con indulgencia.

—No estás sola, Rukia. Y no hay nada de malo en necesitar la ayuda de alguien de vez en cuando... Sobre todo si ese alguien disfruta tanto salvándote como yo acabo de hacer. Simplemente con dar las gracias es suficiente.

—Gracias —murmuré.

En la penumbra de la noche, pude ver cómo se mordía una sonrisa.

Cuando regresamos, Ichigo y Urahara nos esperaban en sus monturas a la entrada de la villa. No había, en cambio, rastro de Ashido ni de su corcel.

Aunque varias personas aseguraban haber visto al chico de la máscara roja alejarse al galope hacía un rato, un mal presagio me hizo desconfiar.

Me parecía extraño que Ashido se hubiera ido de la fiesta antes de que acabara y sin avisarnos. No solo porque le había visto pasárselo en grande rodeado de chicas, sino, sobre todo, porque el camino entre las dos villas era complicado para un jinete inexperto como él.

—Quizá esté con una chica en alguna villa cercana —reflexionó Grimmjow—. Él mismo nos dijo que en el bosque no había tenido oportunidad de ligar con nadie.

Aquello tenía bastante sentido, pero aun así no pude evitar preocuparme.

Después de la agitación de aquel largo día, llegamos a Villa Leggero exhaustos y nos retiramos a descansar. Teníamos la esperanza de reencontrarnos con Ashido en el desayuno, pero no fue así.

Tampoco apareció durante el almuerzo ni en la cena.

Transcurrió el día sin saber nada de él. Aunque le habíamos imaginado con alguna chica, en algún lugar de la Toscana, cada hora que pasaba aumentaba nuestro temor de que jamás hubiera salido de Villa Lucchesia.

—Estoy preocupada —le dije a Ichigo en el jardín mientras el sol iniciaba su descenso tras las colinas.

Desde que había renacido a su don, habíamos tenido pocas oportunidades de estar solos. Lamenté que, en esa ocasión, la sombra de la fatalidad oscureciera de nuevo nuestro horizonte.

—Deberíamos volver a la mansión de Mayuri y buscarle —repuso él convencido.

—No creo que sea una buena idea que tú vayas.

—¿Por qué?

—Si Ashido ha confesado, estarán deseando darte caza. Ya lo intentaron una vez en el bosque. — Temblé al recordarlo—. Además, Kaien está allí y él conoce muy bien tu secreto.

—Pero hay que hacer algo —repuso él—. No podemos abandonar a Ashido a su suerte.

Me estremecí al pensar qué tipo de suerte sería aquella.

—¿Cuándo acabará todo esto? —sollocé cansada. —Puede que nunca, Rukia. Al menos mientras yo esté cerca. Soy de ese tipo de chicos que siempre traen problemas.

Sonreí al recordar que Stark había utilizado las mismas palabras para definirme a mí.

—¿Cómo te sientes? —le pregunté mirándole a los ojos—. Hace dos días, estabas tan mal en aquella cama... Sufrí mucho al verte así.

Una sonrisa piadosa iluminó su dulce rostro.

—Aunque pareces totalmente recuperado —continué—, en la fiesta tuve la impresión de que no lo pasabas muy bien. Imagino que todo esto, me refiero a la gente, es muy nuevo para ti...

—Es extraño. Estaba rodeado de personas y no sentía su miedo, ni ese dolor punzante en mi cabeza que antes me volvía loco. Pero, aun así, estaba deseando que la fiesta acabara para alejarme de allí.

—Es normal —repuse comprensiva—. Ser el rey de la fiesta lleva su tiempo. Y tú has vivido durante décadas como un ermitaño, aislado de todo y sin hablar con nadie. ¡A mí tardaste varios días en dirigirme la palabra!

Al recordar aquellos momentos mágicos en la cabaña del diablo ambos nos miramos con nostalgia.

—¿Qué ha cambiado, Rukia? —Sentí cómo su voz acariciaba mi alma.

Suspiré antes de contestar:

—Nosotros. Ni tú ni yo somos los mismos ya. Han pasado tantas cosas...

—Durante un siglo, mi vida fue una repetición continua, una sucesión exacta de días, estaciones y años... Pero llegaste tú y todo cambió. Hace un año, no podía imaginar el mundo más allá de mi bosque, y ahora todo un universo de posibilidades se abre ante mí.

—Ahora eres libre.

—Tú también lo eres.

Asentí mirando al suelo, pero él me obligó a alzar el mentón sujetando mi barbilla.

—Me gustaría conocer ese mundo de tu mano —la tomó entre la suya y la besó dulcemente—, pero entenderé tu decisión sea cual sea.

Después de aquella conversación, dirigí mis pasos a la biblioteca. Sabía que allí encontraría a nuestro anfitrión, y había llegado el momento de aclarar algunas cosas.

Empujé la puerta y lo vi sentado frente a la chimenea, concentrado en un tablero de ajedrez que había sobre una mesita.

La partida estaba empezada.

—¿Jugando solo?

—Es la única forma de ganar siempre —respondió divertido—. ¿A qué has venido, Rukia?

—Ashido.

—¿Ha aparecido por fin? —preguntó sin levantar la vista del juego.

—No, y me temo que no lo hará.

Sentí un escalofrío cuando movió el rey negro hasta la casilla del caballo blanco y lo retiró del tablero. Como si aquel sencillo gesto escondiera una estrategia complicada y oscura que, de alguna manera, nos afectaba a todos.

Me indigné al ver que ni siquiera despegaba la mirada del tablero. Ashido no había dado señales de vida desde la fiesta a la que él nos había conducido.

En cierto modo, era responsable de su desaparición... ¿Cómo podía reaccionar con aquella indiferencia?

Algo en mi interior me advertía que Urahara ya había previsto esa jugada. ¿Y si Ashido no era más que un peón sacrificado en aras de ganar una ambiciosa partida que solo el eterno y Mayuri comprendían?

—¡No podéis movernos a vuestro antojo! —le advertí con aspereza.

—Lo creas o no, estas fichas se mueven solas. Siguen su propio plan.

—¿Te refieres a ese plan que un loco trazó hace cinco siglos sin pedirnos permiso a nadie? — pregunté enfurecida.

—¿Cómo iba a hacerlo si no habías nacido? —Su sarcasmo me exasperó—. ¿Quieres saber cuál era el plan de Rodrigoalbar?

Consciente de la increíble historia que a continuación me contaría el eterno, asentí y me senté a su lado en el sofá. Las llamas del hogar iluminaron su rostro y envolvieron sus palabras en un halo misterioso y mágico.

—Su plan era que Ichigo y tú os enamorarais.

Pestañeé sorprendida.

—¿Recuerdas lo que te expliqué sobre las copias perfectas y cómo nos repetimos cada cierta generación con los mismos patrones de conducta?

Asentí.

—Él confiaba en que tarde o temprano Hiyori volvería al bosque para hacer de las suyas.

Aunque era de Hiyori, y no de mí, de quien hablaba, no pude evitar ofenderme.

—Creía que la historia podía repetirse con su descendiente y que Hiyori volvería a enamorarse de un eterno.

—Ichigo —susurré. —Y que una nueva versión de Shinji se entrometería entre los dos...

—¿Kaien?

—Sí. Él confiaba en que, en esta ocasión, elegirías bien y te decantarías por Ichigo y no por Kaien.

—Nada más fácil —murmuré antes de reflexionar—. Debió de pensar que mi amor haría su condena más llevadera... Y que si le convencía para ser eterna, juntos podríamos custodiar la semilla hasta que el mundo estuviera preparado para el cambio.

—Eso habría sido muy noble por su parte, pero ya te expliqué que aquel hombre no era precisamente un ángel bondadoso.

—Entonces, ¿qué quería de mí?

—Tu descendencia.

—No entiendo... —Rodrigoalbar sabía que unos hombres codiciosos le seguían los pasos de cerca y que su vida corría peligro. Era un hombre sabio e intuía su final cerca... Pero después de escuchar mi teoría de las copias perfectas y de reconocer anteriormente en la madre de Ichigo a su propia mujer, lo tuvo claro.

De pronto, todas las piezas encajaron.

—¡Quería nacer de nuevo y repetirse!

—Exacto. Confiaba en que algún día volvería a ser eterno... Y, además, joven. Ten en cuenta que él fue el único inmortal anciano de la aldea. —Se perdió un instante en sus recuerdos antes de continuar—. La historia se repitió y tú cumpliste una parte del plan enamorándote de Ichigo y rechazando a Kaien. Pero Rodrigoalbar no contaba con una nueva variable. En esta nueva versión del cuento, el tercero en discordia no ha sido Shinji o Kaien, sino otro chico. Un hombre de negro que te aleja peligrosamente de la decisión correcta y de los planes del viejo.

—Grimmjow.

—A él le ha tocado el ingrato papel de ser el malo.

—¿Y cuál se supone que es tu papel en esta historia? —pregunté con ironía.

—Cumplir el deseo de Rodrigoalbar. Reconocer su copia perfecta y velar por que sea de nuevo eterno.

—Pero tú lo conociste ya de anciano...

—Reconocería su mirada incluso en los ojos de un niño.

Reflexioné sobre sus palabras antes de darle un giro a la historia que él me explicaba.

—Tu misión tampoco es muy grata que digamos. Y, además, no es nada fiel a la historia original de los eternos —repliqué.

—¿Qué quieres decir?

—Yo no soy Hiyori, Urahara... Pero, piénsalo bien, si lo fuera, mi decisión correcta no sería Ichigo, ni Shinji, ni Grimmjow... sino la persona a la que traicioné. Solo escogiéndola a ella podría saldar mi deuda con el pasado y resarcir el error que despertó la ira de Shinji y la destrucción de todos los eternos —dije con un susurro casi inaudible—. Si yo fuese Hiyori, mi elección correcta serías tú.

Me miró fijamente mientras asimilaba mis palabras con una sonrisa.

—Esa es otra posibilidad, querida, que no he dejado de contemplar nunca.

To Be Continued...