PARTE II
Invierno
—¿Hola?
—Hola. Soy Will.
Hacía mucho que las vacaciones de verano habían llegado a su fin. Incluso el verano había pasado. Y después, también el otoño. Ahora se encontraban en medio del frío invierno.
—¿Qué Will?
En aquel momento, estuvo a punto de colgar. Pero decidió aclararlo:
—El que te lanzó la pelota de voleibol.
—Vaya, vaya. Al fin lo reconoces —aunque sólo podía verlo de espaldas, sabía que sonreía. Aquello le infundió ánimos. Quizás Nico había sabido desde el primer momento quién era, pues al fin y al cabo, se habían dado los teléfonos hacía tiempo. A no ser que hubiera borrado su contacto, claro…
De todos modos, lo que importaba era que rápidamente había sabido quién era.
—Ya sabes que en realidad no fui yo.
—Ya, claro… ¿Sabes? Últimamente sufro muchas migrañas. Fui al médico y me dijo que posiblemente se deba a que haya sufrido algún fuerte golpe en la cabeza.
—No te creo. Además, ya hace mucho de eso. ¿Seguro que no te has dado ningún golpe últimamente?
Caminó unos pasos más antes de contestar:
—No, desde ti me he cuidado de sufrir ninguna experiencia traumática.
—Conque traumática, ¿eh? —la conversación estaba yendo fluida, como si se frecuentaran a menudo. Por ello, le daba miedo cambiar de tema—. Y dime, ¿has vivido muchas experiencias, o alguna… últimamente?
Inmediatamente, Nico se puso tenso. Aunque se encontraban a cierta distancia, podía percibir aquello. Si bien en el cara a cara el chico se cuidaba mucho de mostrar sus emociones, parecía ser una barrera que no interponía al hablar por teléfono. Y entonces le preguntó lo que era evidente que le acabaría preguntando, aquello a lo que Will no sabía dar respuesta.
—¿Por qué me has llamado, Will?
Ni él mismo lo sabía. Desde que lo había vuelto a ver, sólo quería una cosa: verle y hablarle. Lo que no sabía era cómo debía mirarle, qué debía decirle.
—Quería preguntarte si te gustaría verme.
Rápido, sencillo y directo. Como él había sido antes con Nico, como anteriormente ya le había funcionado con él.
—¿Y por qué querías preguntármelo?
—Es evidente. Porque quería… quiero. Verte.
Nico detuvo sus pasos antes de preguntarle:
—¿Y si te digo que estoy en las Islas Caimán, vendrías?
—Si estuvieses en las Islas Caimán eso significaría que yo también estaría en ellas. Por lo tanto, sí, iría.
—No te entiendo.
Will se había decidido, por eso se había ido acercando cada vez más y más a él. Sabía que aquel era el momento propicio, el indicado.
—Gírate, Nico.
—¿Por qué me dices eso? ¿Qué pretendes, Will?
—¿No puedes girarte, sin más?
Nico tardó en responder:
—No le veo el sentido.
—¿Tanto te cuesta sólo girarte?
—Creo que te estás queriendo quedar conmigo.
Will soltó un chasquido de desesperación.
—Eres incapaz de hacer algo de lo que no tengas el control total —le reprochó, y se sorprendió al hacerlo. En todo aquel tiempo separados, en todo aquel tiempo pensando en él, no había creído que tuviera nada que echarle en cara. No se le había pasado por la cabeza—. No te atreves a dar un paso que consideras que podría ser en falso, y por eso prefieres antes dar cuatro atrás. En esta ocasión, en sentido literal.
Nico, sin embargo, no se movió ni dijo nada.
—Cuando nos dimos el primer beso, yo no tenía arena en la boca. En cambio, tú dijiste eso porque… porque qué se yo. Mira, ya da igual…
No lo hizo a propósito. Pero debería haber sabido que no había mejor manera de convencer a Nico de hacer algo que decirle que no podía hacerlo. Sin embargo, había hablado así porque ya no tenía tan seguro si deberían verse o no…
Nico se giró, y tardó unos segundos en reconocer su silueta de entre el resto de la gente. Will susurró al teléfono:
—Hola, Nico —y lo colgó. Nico tardó en hacer lo mismo y llevárselo al bolsillo. Después, caminó hasta él.
—¿Qué haces aquí? —lo dijo en un tono neutro, su rostro tampoco demostraba lo que sentía.
—Vivo aquí.
—No es posible. Yo vivo aquí.
—Lo sé —al ver su reacción, decidió explicarse—. Mira, no sé si llevarás mucho tiempo o si te acabarás de mudar. La cuestión es que te vi hará cosa de un mes, y desde entonces… quizás es que me haya fijado más, pero el caso es que nos hemos cruzado en varias ocasiones.
—Sin embargo, no me has dicho nada hasta hoy.
—Digamos que… no sabía… Verás, es complicado. Porque entonces tendría que contarte cómo te vi aquí por primera vez y… A ver, supongo que te sonará. Hará cosa de un mes que te cayó en la cabeza una…
—No puede ser. ¡Fuiste tú! —Nico había recordado rápidamente a qué se refería y respondió enérgicamente. Debía querer mostrarse ofendido, pero en realidad parecía a punto de echarse a reír—. Debí habérmelo imaginado. Sólo tú vas lanzándome cosas por la vida.
—En realidad, no fui yo. Fue el…
Ambos dijeron al mismo tiempo:
—Viento.
Rompieron a reír. Cuando sus risas se apagaron, se quedaron mirándose a los ojos. Fue Nico quien rompió aquel silencio.
—Verás, estaba de camino a mi estudio. El mensajero estará a punto de llegar con unas cosas… es sólo echar una firma y que las entre, nada más. ¿Me acompañas? Además, está aquí al lado.
—Lo sé. Quiero decir, lo suponía. Te he visto varias veces entrar con muchos… A ver, sé lo que estarás pensando. No es que te siga. Vivo al torcer la calle, y a menudo voy a la cafetería que está frente al que debe ser tu portal.
La ceja izquierda de Nico se alzó.
—Así que además de los intentos de asesinato, eres un acosador. Definitivamente debería denunciarte.
Sin decir nada más, se giró y emprendió la marcha. Will se apresuró en seguirle.
—De acuerdo, y ése puede apoyarlo contra la pared. Así está bien. Muchas gracias.
Una vez se hubo despedido del transportista y había cerrado la puerta, se giró para ver qué hacía Will, que estaba de pie, de espaldas a él, y parecía contemplar los bocetos y cuadros que tenía colgados por las paredes.
—No sabía que también esculpieras —le dijo, seguramente también habría visto el torno y los restos de arcilla.
—Sólo de vez en cuando, para desestresarme. Lo hago fatal, en realidad.
—Lo dudo —Will se había girado para mirarle y le regaló una pequeña sonrisa—. ¿Sabes? La gente suele estar más relajada y feliz en vacaciones. Tú pareces justo lo contrario, es como si ahora fueses más…
Pero dejó la terminación de la frase en el aire. Tampoco sabía exactamente lo que parecía. Desde luego, le gustaba todavía más que antes.
—No me gusta la playa, ya te lo dije —se encogió de hombros, como si aquello lo explicara todo—. Y bueno, al fin tengo lo que siempre había soñado —ante la mirada interrogante de Will, se explicó—. Un estudio para mí solo.
—¿Estás aquí desde hace poco?
—Dos meses y medio. ¿Tú vives aquí desde hace mucho?
—Desde que me gradué.
Nico asintió. Se habían quedado en silencio. Finalmente, le preguntó:
—¿Quieres tomar algo? Tengo una pequeña nevera… y también una cafetera.
—No, gracias —negó con la cabeza—. Mira, yo no quería incomodarte, quizás…
—No, espera —le cortó Nico—. Quiero enseñarte una cosa.
—Claro —asintió.
—Pero tendrás que girarte. Y cerrar los ojos.
—Está bien.
Will le hizo caso y escuchó cómo Nico removía entre sus cosas. Parecía estar sacando algunos lienzos, dibujos de las carpetas para luego dejarlos en el suelo. Después, se acercó hasta él y colocó sus manos sobre los ojos de él.
—Tienes las manos frías —comentó Will.
—Gírate.
—¿Ves? Yo voy a hacerlo sin cuestionarte, y en cambio tú…
—Creo que lo que te voy a enseñar es más importante y da más miedo que girarse en medio de una calle —dijo Nico, apenas un susurro, pero se encontraban tan próximos que pudo ser escuchado perfectamente.
Will se había dado la vuelta, pero seguía teniendo las manos de Nico sobre su rostro. El otro chico respiraba con fuerza en su nuca, como si se siguiera planteado si debía destapárselos o no.
—Nico… —Will alzó su mano derecha y se la llevó al rostro, para poder acariciar sus manos.
Entonces Nico cedió y se las retiró del rostro. Will abrió los ojos y se vio sobrecogido.
Allí estaba él, muchas veces. Carboncillo, acuarela, óleo, acrílico. Allí estaba él. Muchas veces.
—Frágil, pero fuerte a la vez. Inocente, pero sensual —Nico emuló unas palabras dichas hacía demasiado tiempo.
A Will se le escapó uno de los pensamientos que recorrían su mente.
—No me dibujaste sólo una vez…
—En cuanto salía la luz me ponía a ello.
Will se agachó para ver más de cerca un lienzo, uno que era más grande que los demás. No estaba sólo él, Nico también. Era el único en el que aparecía.
Lo tocó. Y se manchó los dedos. Tardó en darse cuenta, pues no era algo que se esperara. Alzó la cabeza para mirar a Nico.
—No te dibujé sólo una vez. Y no he dejado de hacerlo —admitió, haciendo eco de los pensamientos de Will. Pasó el tiempo, pero no hablaron más—. Siempre estabas hablando, y ahora en cambio no dices nada.
Se esparció la pintura fresca por los dedos. Sin mirarle, pero mirando a los ojos del Nico del cuadro, dijo:
—Un balón de voleibol, un cubo lleno de agua. Y después, una bufanda.
—No dejabas de tirarme cosas para llamarme la atención, así que me vi obligado a hacerte caso —el tono de Nico era irónico. Sin embargo, Will le respondió algo mucho más profundo, una reflexión interna:
—En lugar de tirarte nada, estaba cayendo por ti.
—Por favor —rodó los ojos—, eres tan cursi…
Will se terminó de levantar y se acercó hasta él.
—¿Tienes el suelo lleno de dibujos de mi persona y yo soy el cursi? —le miró a los ojos y al fin la vio. La señal que había estado esperando. La aceptación, el deseo, incluso el ansia.
Puso los dedos bajo su barbilla para alzársela y besarle.
Nico le devolvió el beso de buen grado, pero cuando sus labios se separaron para recuperar un poco el aliento, le dijo:
—Tienes arena en la boca. Es asqueroso.
—Sí, claro —llevó las manos a su cintura, se la rodeó y lo pegó a él—. Anda, déjate llevar por una vez.
—Creo que tú y yo ya nos hemos dejado llevar muchas veces —Nico sonrió, para después abrir la boca y besarle como llevaba queriendo desde hacía demasiado.
