LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El escenario del crimen

Completamente petrificada, no reaccioné hasta que Grimmjow me sacudió impaciente los hombros.

—¡Ahora no, Rukia! —Me secó las lágrimas con sus propias manos y me miró a los ojos—. Ahora te necesito fuerte, a mi lado.

Asentí conteniendo el llanto mientras tomaba conciencia de nuestra realidad inmediata. Teníamos que actuar rápido para encontrar a Ashido y salir de aquella casa antes de que Kaien y Mayuri despertaran.

Ya habría tiempo después para llorar a mi padre.

Observé cómo Grimmjow registraba a Mayuri y sacaba un juego de llaves y una pistola de su chaqueta. La cogió con cuidado por la culata, envuelta en un pañuelo de tela. Tras comprobar que estaba cargada, se la metió en el bolsillo trasero del pantalón y revisó a Kaien. No llevaba armas de fuego, pero sí un par de jeringuillas que Grimmjow vació en el suelo.

Deduje que contenían algún somnífero y que las habían preparado pensando en nosotros.

Sentí cómo la rabia liberaba en mi interior la fuerza necesaria para seguir a Grimmjow con paso decidido hasta las escaleras. No parecía que hubiera ninguna persona del servicio, pero aun así avanzábamos con cautela, pegados contra la pared y casi de puntillas. Había sido una suerte que Mayuri les diera la noche libre tras servir la cena. Imaginé que su intención al hacerlo había sido justo la opuesta: tener vía libre con nosotros sin más testigos que su nuevo discípulo. No pude evitar estremecerme al pensar en lo que habría podido ocurrir en tal caso.

Bajamos los peldaños que separaban la planta baja del sótano y nos cruzamos con una enorme puerta de madera maciza. Estaba cerrada y a Grimmjow le costó varios intentos dar con la llave que la abría. Cuando lo hizo, el chirrido escalofriante del gozne precedió nuestros pasos.

Ya en el interior, Grimmjow cerró con llave para evitar que nos sorprendieran por la espalda, y accionó el interruptor que había junto a la puerta.

La luz dio forma a una bodega enorme, muy similar a la que poseía Urahara en Villa Leggero, con los techos de ladrillo y el suelo y las paredes de piedra. La única diferencia era el orden y la modernidad. Mientras que en la de Urahara había artilugios antiguos dispuestos entre barriles centenarios, en la bodega de Mayuri —excepto algunas botellas de coleccionista— todo era muy nuevo.

Recorrimos varias filas de botellas dispuestas de forma ordenada y dos pasillos de toneles y barricas que parecían acabados de comprar. Al final de la sala había una puerta gris. Nos costó reconocerla porque era estrecha y del mismo tono de la pared de piedra. Grimmjow giró un diminuto tirador y buscó a tientas el interruptor. Se trataba de un pequeño cuarto de limpieza, con un grifo y un fregadero. En una esquina había también un cubo, una escoba, una fregona y una caja con productos de limpieza. Me fijé en una libretita con lápiz que había colgada, con un trozo de cuerda, en un clavo saliente.

Tampoco hallamos rastro de Ashido allí.

A punto de irnos para continuar nuestra búsqueda por la mansión, me pareció escuchar un débil lamento. En ese instante, un barril desgastado y viejo me llamó la atención; no solo porque era el único elemento que desentonaba en aquella moderna bodega, sino también porque un vino espeso goteaba entre las tiras de madera de la parte baja.

Me acerqué a él y, de forma instintiva, toqué aquel líquido encarnado y me lo llevé a los labios.

Un sabor salado, ferroso y caliente me provocó una arcada.

Era el sabor de la sangre.

Grimmjow me miró apenado antes de hacerme una señal para que me apartara y le dejara espacio para poder tumbarlo. Antes incluso de que le quitara la tapa al barril, supe exactamente lo que contenía.

Ashido.

El cuerpo inerte de nuestro amigo yacía en el suelo ensangrentado. Todavía llevaba parte de su disfraz renacentista y la camisa blanca estaba empapada en sangre. Tenía un orificio de bala en el abdomen que no dejaba de sangrar.

Nos arrodillamos a su lado y Grimmjow le tomó el pulso en el cuello.

—Aún respira —murmuró Grimmjow haciéndome un gesto para que sostuviera su cabeza mientras él rasgaba un trozo de su camisa para taponar la herida.

En aquel momento, nuestro amigo abrió los ojos y sonrió al vernos.

Respiré con profundo alivio.

—Lo saben todo... —dijo en un susurro casi inaudible.

—Tranquilo, Ashido. No hables, reserva las fuerzas. Saldrás de esta. —La mirada abatida de Grimmjow contradecía sus palabras.

—Conocen el escondite de la semilla —pronunció con gran esfuerzo.

—Eso es imposible. —Grimmjow me miró extrañado—. Ichigo es el único que lo sabe, ¿no es así, Rukia?

Recordé el momento en que el ermitaño me había confesado la existencia de la semilla y su ubicación exacta. Entonces me había parecido escuchar un ruido en la puerta. Aunque no había visto a nadie al girarme, ya en ese instante temí que alguien más hubiera seguido las explicaciones de Ichigo.

¿Y ese alguien había sido Ashido? De ser así, y de haber confensado su escondite, la semilla podía caer en manos del mismísimo diablo.

Mi silencio despejó sus dudas. No era momento de reproches, pero aun así no pudo evitar quejarse entre dientes:

—La próxima vez que me juegue la vida, estaría bien que no me ocultaras nada.

Ashido tosió sangre y se desmayó con los ojos abiertos.

No entendí que había muerto hasta que Grimmjow le bajó los párpados apenado y depositó su cabeza con suavidad en el suelo.

Me llevé la mano a la boca para ahogar un grito.

Verle la cara a la muerte, una vez más, tan de cerca, me causó una profunda impresión. Al momento, sentí cómo mi corazón se aceleraba y empezaba a hiperventilar presa del pánico.

Grimmjow me apartó del cadáver de nuestro amigo y me abrazó con fuerza durante unos segundos. Esta vez no hizo falta que me explicara que tenía que ser fuerte y usar mis fuerzas para salir de allí con vida. Ahogué de nuevo el llanto.

Tal vez por eso me sorprendió que Grimmjow se quitara los zapatos y se dirigiera al cuarto que habíamos visto unos minutos antes. Observé cómo se lavaba las manos de sangre e imité su gesto. Las piernas me temblaron al ver cómo el agua se teñía de un rojo intenso y se colaba por el desagüe.

—Tenemos que limpiar todo esto —me explicó mientras sacaba unos guantes de látex de una caja —. Llena este cubo con agua mientras yo me encargo del cuerpo.

Me costó un rato entender que estábamos en el escenario de un crimen y que Grimmjow quería borrar cualquier rastro que pudiera inculparnos. Permanecí en el cuartucho mientras él cargaba el cuerpo de Ashido y lo metía de nuevo en el barril.

Cuando salí, fregué el charco de sangre que había en el suelo y todas nuestras pisadas. Tuve que llenar varias veces el cubo de agua limpia y escurrir bien la fregona para que desaparecieran por completo el tinte grana de las baldosas. Lo hacía concentrada, como una autómata, sin pensar en nada que no fuera borrar aquellas manchas.

Mientras, Grimmjow frotaba con un paño todo lo que habíamos tocado. Cuando acabó, sacó una navaja de su bolsillo y rascó la mina del lápiz que habíamos encontrado en el cuartito, hasta conseguir una pequeña cantidad de polvo negro. Observé cómo lo soplaba sobre varias superficies y cómo las huellas dactilares salían a flote. Un paño mojado fue suficiente para hacerlas desaparecer.

Su forma de comportarse, tan fría y profesional, absolutamente concentrado en la tarea de borrar pistas que pudieran incriminarnos, me hizo recordar quién era Grimmjow. O mejor dicho, quién había sido. Me pregunté cuántas veces habría hecho lo que acababa de presenciar.

Con los zapatos en las manos, y nuestras ropas ensangrentadas, salimos de allí y subimos de nuevo las escaleras. La casa estaba en completo silencio.

Recé para que el efecto del vino durara un buen rato más.

Dirigí mis pasos hacia la salida, pero Grimmjow los frenó en seco y me señaló el salón. No podía creer que quisiera volver al lugar donde estaban Kaien y Mayuri, pero aun así obedecí sin cuestionarlo y contemplé cómo se acercaba de puntillas hasta nuestro anfitrión, todavía dormido y tendido en el suelo.

Contuve el aliento cuando Grimmjow sacó la pistola de su bolsillo y, tras limpiarla con su pañuelo, la depositó en las manos de Mayuri Kurotsuchi.

Corrimos al vestíbulo e, imitando a Grimmjow, me calcé y me puse el abrigo.

Tuve que abrochármelo del todo para ocultar las manchas rojas en mi ropa.

Una vez en el jardín, desatamos los caballos y cabalgamos hasta la garita de salida. Contuve la respiración cuando el vigilante alzó la mano. Entendí que era un saludo cuando un segundo después se abrió la verja y pudimos cruzarla, saliendo por fin de Villa Lucchesia.

Galopamos durante un buen rato por el sendero del bosque hasta llegar a San Gimignano. Me extrañó que nos detuviéramos en ese pueblo medieval y no continuáramos hasta la villa de Urahara.

Grimmjow me explicó el motivo nada más detenerse junto a una cabina telefónica.

—Hay que llamar a la policía —me explicó mientras marcaba el número—. Si queremos que Kurotsuchi pague por su crimen, no hay tiempo que perder. Tenemos que hacer que los carabinieri se presenten esta noche en su villa. Mañana puede ser demasiado tarde.

En aquel momento entendí todos sus esfuerzos por borrar nuestro rastro y preparar la escena tal y como la había dejado el asesino. Al fin y al cabo, habíamos estado esa misma noche en su casa y, de haber encontrado alguna huella que no fuera de Kurotsuchi, hubiéramos sido los principales sospechosos.

Después de varios intentos en los que pasó de un contestador automático a una larga espera, con música de fondo, Grimmjow colgó frustrado.

De pronto me acordé del policía que había conocido a las puertas de la farmacia de Santa Maria Novella. Busqué impaciente en mi bolsillo el papelito con la multa que me había puesto por «ensuciar la vía pública».

Todavía estaba allí, doblado en varios pedacitos, con su nombre —Sandro — y su teléfono anotado en el margen.

Se lo extendí a Grimmjow. Nada más ver aquel documento entendió enseguida.

Puso los ojos en blanco antes de marcar el número. Una voz enlatada sonó al otro lado del auricular:

Pronto!

Ascoltami, perchè io non lo ripeto: c'è un corpo nel seminterrato di Villa Lucchesia.

Mientras Grimmjow le explicaba en un italiano perfecto que había un cadáver en las bodegas de aquella mansión, y le daba las coordenadas de la casa, crucé los dedos para que su plan funcionara.

Observé cómo miraba su reloj mientras hablaba y cómo colgó justo cuando empezaron las preguntas de Sandro.

—Saldrá bien —dijo confiado—. Me ha creído.

—¿Cómo puedes estar tan seguro?

—Por su respiración —concluyó—. Estaba nervioso. No todos los días se recibe un chivatazo de asesinato. En cuanto descubran que es cierto y que el mismísimo Kurotsuchi está implicado en él, el caso le valdrá un ascenso.

—¿Y ahora? —balbuceé con el corazón a punto de estallar—. ¿Qué vamos a hacer ahora?

—Volver al bosque, por supuesto.

To Be Continued...