LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Señales de vida
Tras la confesión de Ashido, era lógico suponer que Mayuri habría enviado a alguien al bosque para buscar la semilla. Nuestro cometido estaba claro: debíamos adelantarnos a sus planes y ponerla a salvo. Por más que Kurotsuchi fuera acusado de asesinato y pasara una buena temporada en la cárcel, todavía quedaban los neorrenacentistas para hacer realidad su sueño.
La idea de volver al bosque me atraía y me aterraba a partes iguales. Por un lado, deseaba acabar con todo aquello y descansar unos días en Colmenar. Por otro, a pesar de tener allí mis raíces y los mejores recuerdos de mi infancia, no podía olvidar que mi padre había muerto y que, de nuevo, debía afrontar el duelo.
Aunque no podía dejar de pensar en él, me resistía a llamar a Yoruichi y enfrentarme de una vez a la terrible noticia.
Sentados en el asiento trasero del Lamborghini de Urahara, fue Grimmjow quien buscó mi mano y me ofreció su móvil:
—¿Por qué no llamas a casa?
Había pasado más de media hora desde que Urahara y Ichigo vinieran a recogernos a San Gimignano e iniciáramos nuestro viaje al aeropuerto de Florencia. Grimmjow les había llamado para explicarles lo sucedido. Aunque había utilizado palabras cifradas, los eternos lo habían entendido todo perfectamente y no habían tardado más de diez minutos en presentarse allí con varias mochilas.
Faltaban dos horas para que amaneciera y una para que nuestro avión despegara rumbo a Madrid.
Aun así, teníamos el tiempo justo para facturar y embarcarnos en aquel extraño viaje.
Me sentía profundamente cansada, pero aun así hice acopio de fuerzas y marqué el número de casa.
Esperaba que Yoruichi respondiera, pero, en su lugar, lo hizo una voz masculina...
—¿Diga? —Bostezó antes de seguir hablando—. Por el amor de dios, son las cinco de la madrugada, ¿quién llama a estas horas?
A pesar del bufido, sentí cómo mi corazón se despertaba dichoso con aquella voz ronca y familiar.
—¿Byakuya?
—Rukia, hija. —Su tono se dulcificó de repente—. ¿Ha pasado algo? La emoción me dejó sin palabras.
No podía creer que la crueldad de Kaien hubiera llegado tan lejos. En aquel momento comprendí que había utilizado aquella mentira no solo para desenmascarar la mía, y confirmar que nadie sabía que estábamos en Villa Lucchesia, sino también para torturarme.
—Rukia... —Mi padre se impacientó al otro lado de la línea—. ¿Estás bien?
—Sí, sí, papá. Estoy bien.
—¿Estás segura? —preguntó preocupado.
—Perdona que te haya llamado a estas horas. —Suspiré aliviada y emocionada al mismo tiempo —. Me acabo de despertar de una pesadilla y no me he dado cuenta de que era tan temprano.
—No te preocupes. —Bostezó de nuevo—. Tenía que levantarme de todos modos para ir a Soria a primera hora y hacer un reparto de miel y mermeladas. Además, hacía tiempo que no hablábamos... Pero, cuéntame, ¿qué terrible sueño te ha despertado tan triste?
—Tu muerte... —murmuré sin saber muy bien qué decir.
Impresionado, enmudeció unos segundos.
—Todavía no me ha llegado la hora, Rukia. Además, la muerte ya nos ha visitado demasiado a esta familia últimamente, ¿no crees, cielo? —Su apelativo cariñoso me sorprendió casi tanto como sus palabras—. De todas formas, no veo la necesidad de que andes tú sola por el mundo siendo tan joven... y teniendo un hogar aquí. ¿Cómo te van las cosas en Florencia?
—Bien —mentí—, pero echo de menos Colmenar. Estoy contando los días que faltan para haceros una visita a Yoruichi y a ti.
Su risa sonó alegre al otro lado de la línea.
—Ya falta muy poco para Navidad. Vendrás, ¿verdad? Yoruichi tiene mucha ilusión en celebrar las fiestas contigo, en familia. No para de hacer galletas para que le salgan perfectas cuando estés aquí.
—Qué bien suena...
—Pues saben fatal. Pero ¿qué le vamos a hacer? Yoruichi tiene muchas virtudes, pero la cocina no es una de ellas. Por cierto, tráete ropa de abrigo... Está nevando mucho este año. El monte está helado.
Me estremecí al pensar en el calvario que nos esperaba en la aldea.
Después pensé que mi padre estaba muy hablador para ser tan temprano, ¡y para ser él! Sin duda, el amor había obrado un milagro en su carácter...
—Además, Yoruichi y yo queremos darte una noticia que estoy seguro de que te hará feliz.
En mi cabeza sonaron campanas de boda.
—No me lo perdería por nada.
Tras unos segundos de silencio, la voz de Byakuya tomó un tinte más solemne.
—Cuídate, Rukia. Me alegra que hayas dado señales de vida... Empezaba a pensar que ya no querías saber nada de este huraño colmenareño.
Respiré hondo y solté algo que llevaba muy dentro. Algo que jamás había pronunciado en mi vida y que, sin embargo, no quería morir sin haberlo dicho, al menos, una vez.
—Te quiero, papá.
Supe que estaba sonriendo.
—Yo también te quiero, hija.
Nada más colgar, me encontré con la mirada de Ichigo a través del retrovisor. Nos sonreímos antes de que Grimmjow tomara mi mano.
En aquel momento me sentí terriblemente confundida. No acababa de conciliar mis sentimientos por ambos.
—Creo que deberíamos avisar a Senna y a Kenzaki sobre lo que ha ocurrido — dije mirando a ambos —. Ellos también son guardianes del secreto y han arriesgado su vida en varias ocasiones por la semilla. Merecen saber que está en peligro.
—Todavía no sabemos a quién nos enfrentamos —intervino Grimmjow— y, explicándoselo a ellos, solo conseguiremos poner más vidas en riesgo. No creo que sea necesario hacerles venir desde Londres para eso... Además, para cuando lleguen, nosotros ya estaremos en la aldea y, probablemente, con la semilla en nuestro poder.
Tuve que admitir que estaba en lo cierto. A mí tampoco me gustaba la idea de poner a nadie más en peligro. Sin embargo, de algún modo, me resistía a dejar a Senna y a Kenzaki fuera de aquella aventura. Me sentía con la obligación moral de informarles de nuestros pasos.
—Estoy de acuerdo —dijo Ichigo—, pero habrá que decidir qué hacemos con la semilla una vez que la tengamos, y la opinión de Senna debería contar como una más.
Clavé la mirada en el móvil de Grimmjow hecha un mar de dudas. Si la llamaba, estaba convencida de que se preocuparía mucho y tomaría el primer vuelo a Madrid. Además, habían pasado tantas cosas desde nuestra última conversación que habría necesitado horas para explicárselas todas con calma. Y no había tiempo para eso.
—Podría escribirles un mensaje o un e-mail... —reflexioné en voz alta mirando a Grimmjow—, pero ¿y si los han intervenido como hicieron con los nuestros?
—Escríbeles una carta —dijo Urahara sin apartar la vista del asfalto—. Hoy en día es más seguro un sobre cerrado que un correo electrónico, que puede ser espiado por mil filtros. Además, si la envías hoy desde el aeropuerto de Florencia, para cuando les llegue, ya habremos recuperado la semilla.
Urahara soltó una mano del volante para abrir la guantera. Cogí el estuche que me pasaba y lo abrí con curiosidad. Había una estilográfica y varios folios con sus iniciales en relieve.
Querida Senna:
Cuando recibas esta carta, es muy probable que todo haya pasado y no tengas nada de que preocuparte, pero mientras te escribo estas líneas el futuro de la semilla vuelve a estar en peligro, y yo de regreso al bosque. Esta vez se trata de una secta cuyo deseo es una nueva aldea de eternos. Saben dónde está la simiente y tenemos que detenerles antes de que la encuentren.
No te preocupes por mí. No estoy sola. Grimmjow, Ichigo y otra persona muy especial me acompañan en esta aventura.
Te llamaré cuando todo se haya calmado, ahora no hay tiempo para más explicaciones...
Te quiere,
Rukia
Escribir aquella breve carta para Senna había acabado con mi escasa reserva de energía. Solo cuando le puse el sello y la liberé en un buzón de la terminal, respiré traquila. La siguiente hora transcurrió entre colas de facturación y embarque en el aeropuerto. Fui consciente de que no había dormido cuando me dejé caer en el asiento del avión, junto a Ichigo, y noté el peso insoportable de mis párpados.
Sin embargo, no podía dormir. El recuerdo de Ashido cruzaba mi mente en cuanto cerraba los ojos.
Lo veía de nuevo en el suelo, tendido en un charco de sangre, con la mirada perdida y murmurando sus últimas palabras. «Saben dónde está la semilla.»
Sentí pena y rabia. Una muerte más. Empezaba a pensar que Grimmjow estaba en lo cierto y que mientras el sueño de la simiente siguiera vivo, la lista de muertes no acabaría nunca. ¿Quién sería el siguiente? Sentí una punzada en el corazón al pensar en Grimmjow. Él y yo éramos los más vulnerables en aquel particular grupo... Y por algún motivo, había dejado de considerarme una candidata. Al menos, en un tiempo cercano. Como había dicho mi padre, la muerte ya nos había visitado demasiado últimamente.
Ichigo tomó mi mano. Me sentí reconfortada e incómoda al mismo tiempo.
Había pasado de la mano de Grimmjow a la suya en apenas unos minutos...
Nuestras miradas se encontraron y pude ver un poso de temor en sus ojos.
—Pareces asustado —dije finalmente.
—Lo estoy. —Sonrió con nerviosismo—. ¿No es fantástico?
Le devolví la sonrisa fascinada por sus palabras. Para él era toda una novedad sentir solo su miedo, sin la interferencia de temores ajenos. Más tarde entendí que en 1911 —año en el que Ichigo dejó atrás Madrid— aún no había vuelos en España, y que para él aquel trayecto suponía todo un salto al futuro.
Aunque había llegado a Florencia de igual modo, lo había hecho tan sedado que no recordaba nada, ni siquiera el miedo que le producía volar. Cerré los ojos y traté de visualizar la ciudad de Ichigo, cien años atrás, cuando el transporte urbano se limitaba básicamente a coches de caballos y tranvías...
Sonreí al imaginar la impresión que le produciría regresar a la capital y visitar los escenarios de su infancia. Él mismo me había explicado que estaban construyendo la Gran Vía cuando se había refugiado en el bosque huyendo de su don. Y todo había cambiado tanto desde entonces...
Al recordar aquel detalle, no pude evitar pensar en Orihime, la niña que había caído al vacío mientras paseaba de su mano por los tejados de la ciudad.
Ichigo había querido compartir con ella su pequeño mundo, mostrárselo desde las alturas, donde el miedo era menos perceptible.
Ahora que no sufría el temor ajeno, no faltarían candidatas que quisieran acompañarle por Madrid.
Intenté imaginarme a mí misma de su mano, por las calles de la capital, cuando me quedé dormida.
Al abrir los ojos, Ichigo tenía la mirada fija en la ciudad que se acercaba a nosotros al otro lado de la ventanilla. Noté cómo su expresión se tensaba durante el descenso del avión y cómo apretó mi mano cuando las ruedas tocaron la pista de aterrizaje.
Nada más levantarnos, observé cómo la gente miraba —o mejor dicho, admiraba— a Urahara y a Ichigo, antes de repasarnos a Grimmjow y a mí con curiosidad. Supuse que buscaban en nosotros aquello tan especial que nos hacía merecedores de su compañía.
Un par de chicas se acercaron a Ichigo y a Urahara para pedirles un autógrafo.
Enseguida entendí que les habían confundido con actores o modelos.
Ichigo miró el papel y el bolígrafo sorprendido.
—No son famosos ni nada por el estilo —dije cortante—. Solo son guapos. Espectacularmente guapos. Nada más.
Pronuncié las últimas palabras molesta mientras le empujaba con suavidad del hombro.
Las chicas me miraron con una mezcla de odio y escepticismo. «Las hay con suerte», murmuró una de ellas mientras nos alejábamos.
Aquel comentario me hizo pensar en mí misma un año atrás. Fascinada por su belleza, nada más conocer a Ichigo, yo también me había sentido la persona más afortunada del universo... Que alguien sobrehumano como él se hubiera fijado en una chica corriente como yo, era un milagro del que no me creía merecedora.
Al principio, le había idolatrado hasta tal punto que hubiera hecho cualquier cosa por él.
No fue hasta más tarde, cuando tuve que decidir si unía mi destino al suyo, en aquella aldea solitaria, que empecé a cuestionarme nuestro amor y a hacerme preguntas sobre una misión que había hecho mía desde el inicio.
Ahora que la condena de Ichigo había acabado, mi dilema era otro. ¿Qué sentía realmente por él? ¿Amaba a Grimmjow de igual manera?
Mi amor por el chico de negro no había nacido de la admiración, como el de Ichigo, sino del odio.
Los primeros días en el sótano le había detestado tanto que aún no entendía cómo aquella emoción se había transformado en su opuesto. Él había sacudido mis emociones y creencias, me había mostrado la luz en la oscuridad, y me había retado a buscar las respuestas en mi corazón.
Con Ichigo nunca me había planteado qué quería realmente —aparte de a él—. Su luz era tan potente que me cegaba. Aunque el resplandor de Grimmjow también era intenso, junto a él era capaz de apreciar mi propio brillo y reconocerme en cada uno de mis actos y pensamientos. Su presencia me despertaba todo tipo de emociones, a veces contradictorias, pero nunca dejaba de ser yo misma. Y lo cierto era que me gustaba la clase de persona que era a su lado. A pesar de su inteligencia superdotada, y de sus años de formación en la Organización, los dos éramos jóvenes de nuestro tiempo que habíamos sufrido experiencias muy duras. Y eso, en cierto modo, nos unía de forma muy especial.
—Todo saldrá bien —me dijo Grimmjow mientras esperábamos el equipaje junto a la cinta.
Deduje que había interpretado mi silencio como una preocupación por lo que nos esperaba en el bosque.
—¿Cómo lo sabes?
—Soy un chico listo. —Me guiñó un ojo.
Nada más recoger las maletas, nos dirigimos a la zona de aparcamiento, donde un hombre nos esperaba para darnos las llaves de un Land Rover. Me sorprendió la rapidez con la que Urahara se había encargado de aquellos detalles en tan poco tiempo. El plan era ir hasta la Sierra de la Demanda en coche, dejarlo oculto en algún punto, y continuar a pie hasta la aldea.
Puesto que ni Ichigo ni yo conducíamos, ambos ocupamos la parte trasera.
Observé cómo Urahara desplegaba un mapa de carreteras mientras Grimmjow tomaba el volante.
Esta vez fue el ermitaño quien, nada más iniciar la marcha, cayó en un dulce sopor. Cerré los ojos con el propósito de acompañarle, pero la conversación entre Urahara y Grimmjow impidió que cayera en las redes del sueño. Hablaban sobre el Manuscrito Voynich y sobre sus páginas perdidas. La Organización había dado con una parte de ellas: las que situaban la aldea de los eternos en algún lugar de la Sierra de la Demanda. Pero las más importantes, las que explicaban cómo descodificar el códice y destilar el elixir de la eterna juventud siempre habían permanecido en manos de Urahara...
O al menos eso era lo que habíamos creído hasta el momento.
—No puedo creer que nos engañaras —le oí decir a Grimmjow mientras levantaba indignado la cabeza del mapa—. Nos hiciste pasar por aquella estúpida prueba de los sentidos, dijiste que las conservabas en tu galería de Florencia. Y era todo mentira. ¿Por qué? ¿Cuándo te deshiciste de ellas?
—Hace mucho tiempo —respondió Urahara sin apartar la mirada del asfalto— . Conservarlas era demasiado peligroso. Ver cómo el manuscrito pasaba de mano en mano por coleccionistas, matemáticos, científicos, e incluso emperadores y reyes fue divertido. Sabía que nadie lograría descifrarlo jamás...
—Y por eso destruiste las soluciones.
Urahara sonrió por respuesta.
—Lo que no entiendo es cómo pudiste perderlo... —reflexionó Grimmjow—. Y no hiciste nada por recuperarlo en todos estos siglos.
—No lo perdí, me lo robaron —se excusó sin entrar en más detalles—. Y si no hice nada por recuperarlo fue porque... no quería, en ningún caso, que me relacionaran con él.
—Antes de que Wilfrid Voynich lo comprara, estuvo casi dos siglos en el arcón de un colegio jesuita en Mondragone, cerca de Roma.
—Lo confieso, le perdí la pista. Tampoco me importaba. No quería saber nada de todo lo que me recordara a la aldea. Pasé años muy tristes tras su destrucción.
Después de un silencio, Grimmjow tomó de nuevo la palabra:
—Tuve ocasión de verlo en Yale. En esa biblioteca de libros raros donde lo conservan. Y no me extraña que lo tengan allí. Es lo más raro que he visto en mi vida. ¿Qué sistema utilizaste para codificarlo? ¿Una tabla de cifrado, anillos giratorios de letras...? Parece un idioma en clave, pero... Nadie ha logrado nunca entender cómo lo cifraste.
—¿Me estás pidiendo que te resuelva el enigma que trae de cabeza a la NASA?—Había un tinte de diversión en su voz—. ¿Que te dé la solución de uno de los grandes misterios de este siglo? Querido, Grimmjow, ¡tú ya conoces el secreto del códice! No necesitas saber qué método empleé para escribirlo.
—Debes de haberte divertido mucho con las teorías que se han barajado sobre su autoría. Algunas de ellas hablan incluso de un joven Leonardo da Vinci...
—Sí, pero la más graciosa fue la que señalaba a Edward Kelly, un alquimista del siglo XVI que hablaba con los ángeles.
—Otras hablan de fraude, de un idioma inventado sin ningún tipo de lógica... —le retó Grimmjow.
—Mentes mediocres... No es tu caso.
Grimmjow enmudeció unos segundos tratando de escoger la pregunta adecuada para llegar a las respuestas que buscaba.
—¿Por qué te escogió el viejo? —dijo finalmente—. ¿A qué te dedicabas antes de ser escritor de textos raros?
—Era médico. La respuesta del eterno me sorprendió tanto como a él.
Aunque no abrí los ojos, pude imaginarme a Grimmjow alzando una ceja.
—Qué profesión más útil en una Aldea de Inmortales. Espero que Rodrigoalbar atinara mejor en el resto de sus elecciones.
—Rodrigoalbar escogió a muchos artistas, arquitectos, ilustrados del Renacimiento que se habían formado con la sabiduría de los chinos, en el norte de Italia y en Florencia, para fundar la aldea. Y la hizo siguiendo el estilo italiano de la época, con murallas y torreones...
—Y con almenas de cola de golondrina —murmuró Grimmjow recordando un dibujo del manuscrito que en aquel instante adquiría un nuevo significado en su ordenada mente.
—Como os expliqué, en aquellos escritos explicaba nuestras costumbres... pero sobre todo era un libro de medicina. Aunque nos recuperábamos de todo, los eternos también enfermábamos. La medicina servía para acelerar el proceso y entendernos mejor. Para mí era muy estimulante...
—También parece un libro de botánica —intervino Grimmjow—, de plantas que no existen.
—En la naturaleza está contenida toda sanación. ¡Y claro que eran plantas reales! En el siglo XV no se dibujaba con realismo, sino de forma alegórica, en relación con los poderes que tenía cada planta. La única flor que ilustré de forma idéntica fue la laureana.
—¿Qué significan los dibujos astrológicos?
—En la Edad Media los remedios naturales estaban asociados al signo astrológico. Cada receta se formulaba siguiendo el horóscopo del paciente.
No pude evitar asentir en silencio mientras todo aquel galimatías de dibujos y letras extrañas, que había visto en un ensayo en el sótano de Londres, cobraba sentido en mi mente.
De pronto me acordé de aquellas mujeres bañándose en aguas cristalinas, la mayoría con barrigas prominentes... Los pensamientos de Grimmjow cabalgaron en la misma dirección.
—¿Qué sentido tienen las ninfas y los baños?
—Eran rituales de juventud eterna, pensados especialmente para las embarazadas. —Hizo una pausa antes de seguir—. Casi todos los bebés morían al nacer...
Recordé aquella historia que Urahara me había explicado en su casa, cuando Ichigo se debatía entre la vida y la muerte.
—El gen de la eterna juventud no se transmitía de padres a hijos. Había que inyectarles el elixir cuando alcanzaban la edad adulta, pero o bien morían, o bien desarrollaban el don del miedo.
—Y tú investigabas sobre ello...
—Claro, por algo era el médico de la aldea. Buscaba la alquimia que lograra transmutar la muerte de aquellos niños en vida eterna.
—¿Y lo lograste?
—Me temo que no. El único bebé que sobrevivió a la aldea fue la hija de una mortal.
Se referían a Hiyori y al fruto de su amor con Urahara, mis antepasados.
Aunque en ese momento tampoco abrí los ojos, pude sentir cómo las miradas de Urahara y Grimmjow se clavaban en mí, desde el retrovisor central.
To Be Continued...
