LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA

El aceite de la vida

Después de horas caminando por la nieve, suspiré aliviada al divisar una casa de piedra en el horizonte. La única de la aldea que se mantenía en pie. Envuelta entre brumas del atardecer, la cabaña se alzaba a lo lejos como una merecida promesa de descanso.

Desde que dejáramos el coche a un lado de la cuneta, a primera hora de la mañana, un sol otoñal había calentado nuestros pasos mientras nos adentrábamos por la Sierra de la Demanda.

Estaba agotada. Habíamos completado la ruta en un solo día. El buen tiempo había facilitado el trayecto, pero, sobre todo, lo habíamos conseguido gracias al calzado con el que nos había sorprendido Urahara: unas raquetas de nieve.

En mi bolsa, además, había encontrado una malla térmica, unos pantalones impermeables, botas de trecking, un anorak, guantes, un gorro de lana, gafas de sol y unas barritas energéticas. Todo ello evidenciaba que el eterno había previsto nuestro regreso al bosque desde hacía días y lo había preparado a conciencia.

Tras cambiarme en el coche, y dejar allí mi ropa de ciudad, me sentí protegida y preparada para iniciar aquella larga travesía.

Me había costado un rato deslizarme de forma rápida y fácil con aquel artilugio anclado a las botas, que nos permitía flotar sobre la nieve sin que las piernas se hundieran. Eran cómodas y ligeras, llevaban puntas de acero para frenar en las bajadas y cuchillas en la suela para no resbalar.

Bajo un cielo despejado y azul, aquel paisaje nevado me pareció tan distinto a como lo había visto en primavera que, durante un buen rato, había tenido la sensación de estar allí por primera vez.

Aparte de nuestras pisadas, las únicas que habíamos visto en el monte habían sido las de un adulto y un niño. Lo habíamos deducido por el tamaño de sus huellas... Pero había sido nada más penetrar en el monte, antes de iniciar el ascenso hacia las montañas de nieve virgen.

Tras cruzar un terreno escarpado, nos habíamos adentrado en un bosque de hayas. El sol apenas se filtraba entre el dosel de sus altas ramas, que escupían nieve cuando el viento las agitaba. No había sendero en aquel laberinto de árboles gigantes. Aunque no era la primera vez que visitaba aquel lugar, estaba segura de que me habría perdido sin Ichigo mostrándonos el camino.

—Podemos estar tranquilos —dijo Grimmjow—, es imposible que alguien pueda llegar a la semilla siguiendo las indicaciones que debe de haberles dado Ashido. Por mucho que les detallara la situación, solo un experto con un mapa muy preciso podría encontrar el lugar exacto.

—Si están en el bosque —intervino Urahara—, es muy probable que anden perdidos.

—Pero saben lo de la cascada... —repuse con cierta preocupación.

—Hay muchas por esta zona. —Ichigo se encongió de hombros—. Aun en el caso de que acierten, no es fácil llegar a la semilla...

A pocos pasos de la cabaña y casi a punto de anochecer, una ventisca enturbió el horizonte y empezó a cubrirlo todo con su fina tela.

Los restos de aquella civilización antigua habían quedado sepultados bajo un manto blanco. Nos dirigimos hacia la única construcción en pie que había entre las ruinas.

Nada más abrir la puerta, Ichigo prendió varias velas y la lámpara de petróleo que había sobre la mesa. Una luz amarillenta inundó la cabaña.

A pesar de estar aislada, y rodeada de kilómetros de monte casi intransitable, una calidez hogareña rezumaba de aquellas paredes. Había muebles antiguos con molduras talladas, como un sofá con forma de diván con cojines de terciopelo, mezclados con otro tipo de mobiliario más austero.

También había una gran cama con dosel. Supuse que era medieval y que la habría rescatado de alguna casa de la aldea.

Algunos detalles de la vida moderna, como un reproductor de música, una dinamo a manivela para cargar baterías, libros o utensilios de cocina, me hicieron intuir que Ashido había ayudado a Ichigo a equiparla.

Tras avivar el hogar con varios troncos, nos sentamos sobre la alfombra de piel que había en el suelo. La chimenea estaba manchada y ennegrecida por el uso. Unas llamas danzarinas chisporroteaban en su interior, y enseguida nos hicieron entrar en calor.

Habíamos acordado esperar a que amaneciera para ir a buscar la semilla.

Aunque la cascada estaba cerca de la aldea, la ventisca de nieve había formado una espesa niebla a nuestro alrededor y el terreno era peligroso.

Urahara nos ofreció unos bocadillos y puso vino a calentar en un cazo. Estaba tan cansada que apenas tenía fuerzas para morder el pan. Sin embargo, cuando me tendió el vaso de tinto caliente, lo apuré en dos tragos.

Enseguida sentí cómo mis mejillas se encendían y se templaba mi ánimo.

Dos botellas después, los cuatro estábamos discutiendo animadamente sobre el futuro de la semilla...

—Hay que destruirla —dijo Grimmjow con vehemencia—. Ha traído demasiadas muertes. Pensadlo bien, nada bueno puede germinar de algo que está maldito.

—No estoy de acuerdo —intervino Ichigo—. Hay que poner la semilla a salvo y seguir custodiándola en otro lugar más seguro. ¿Qué sentido tendrían todas esas muertes si la destruimos ahora? Habrían muerto por nada.

Destruirla o custodiarla, aquel era el dilema.

Ambos coincidían en que la humanidad no estaba preparada para un descubrimiento como aquel, y que supondría el fin del mundo que conocíamos.

«Si todos fuéramos inmortales —me había dicho Ichigo en una ocasión—, la población mundial se multiplicaría y no cabría tanta gente en el planeta. Eso generaría tensiones, luchas de poder, guerras...»

Aquel era un debate difícil. Por un lado, entendía sus motivos, pero, por otro, no podía evitar pensar en la cantidad de personas enfermas que podrían sanarse gracias a la semilla.

Pero ¿y si se la entregáramos a la persona adecuada para que la utilizara en bien de la humanidad?

Una persona con medios y recursos para investigarla y hacer algo bueno con ella... Alguien noble que le diera un uso medicinal y pudiera acabar, por ejemplo, con alguna enfermedad sin cura.

—¿Y si se la entregáramos a mi padre? —dije sorprendida de mi propia reflexión—. Colabora de forma altruista con un hospital y sabe cómo aplicar la apiterapia... Él mismo se curó una artritis con ese método.

Recordé las palabras de aquel médico de Soria cuando me habló de «su asombroso método de curación». Como Rodrigoalbar, él utilizaba la apiterapia para sanar dolencias, amaba a las abejas.

¿Quién mejor que él para extraer el elixir de la inmortalidad de la flor eterna?

—Con todos mis respetos hacia él... —la voz de Grimmjow sonó dura y cortante—, no creo que esté preparado para algo así. He visto a mi propio padre, un brillante científico, ensombrecer su alma con la codicia y la maldad de la simiente... Vamos, Rukia, acuérdate de Ashido, su última víctima. Su sangre aún debe de estar caliente.

Sus palabras me produjeron un escalofrío.

—Si no recuerdo mal —intervino Urahara recostado en el diván—, el sueño de vuestro amigo era fundar otra aldea.

—¡Eso es una locura! —exclamó Ichigo—. No tardarán en encontrar este lugar.

—No tendría por qué ser aquí. —La sonrisa de Urahara no dejaba adivinar si hablaba en serio o no —. Podríamos fundarla en Alaska o en la Patagonia... Todavía hay lugares vírgenes en este planeta donde ocultarnos hasta que el mundo esté preparado para compartir nuestro secreto.

—¿Y qué haríamos? —No pude evitar fantasear con esa idea.

—Esperar. El mundo tal y como lo conocemos no va a soportar muchas décadas más... —continuó el eterno—. Y nosotros podríamos ser testigos de ese cambio mientras aguardamos el momento propicio para revolucionarlo.

—Después de lo que ocurrió aquí hace tantos siglos, no entiendo cómo te han quedado ganas de repetir la experiencia. —Grimmjow bajó la voz, como si sus palabras pudieran ofender a los muertos que había bajo aquellas ruinas.

—He vivido lo suficiente para saber que es la misma piedra la que nos hace tropezar una y otra vez, y que estamos condenados a cometer siempre los mismos errores. No podemos luchar contra eso. —Se encogió de hombros y sonrió—. Solo cogerle gusto. Lo miramos extrañados sin entender muy bien sus palabras.

—En cualquier caso, querido Grimmjow, aunque la aldea tuviera un final trágico, hubo un tiempo en que los eternos teníamos una misión sagrada.

—¿Cuál era? —pregunté con curiosidad.

—Velar por el tiempo justo de los mortales.

—¿Qué clase de misión era esa? —Grimmjow arrugó la frente—. Creía que el viejo habitó la aldea con gente noble y de ideas renacentistas para desarrollar en este lugar las artes y las ciencias que luego influirían en un mundo futuro.

—Esa era la parte más prosaica, pero Rodrigoalbar también era un místico. Y creía que los eternos debíamos tener una función divina que diera sentido a nuestra inmortal existencia.

Las llamas del hogar brillaron en sus ojos grises de un modo especial. Su semblante, casi siempre burlón, adoptó una expresión solemne.

—Inspirado en rituales de los sacerdotes egipcios, Rodrigoalbar construyó unas catacumbas muy cerca de la aldea, y puso una lámpara de aceite por cada mortal que habitaba en los pueblos de la comarca cercana. Cuando un bebé nacía, una nueva llama se encendía. Todos mis sentidos se activaron para no perder detalle de la increíble historia que nos estaba relatando.

—Eran las bodegas de la vida —continuó el eterno—. Allí solo había lámparas de aceite encendidas. Todas iguales, enormes tinajas transparentes, pero mientras que algunas de ellas estaban llenas y daban mucha luz, a otras casi no les quedaba combustible y emitían una débil llama mortecina. Cada ánfora contenía la vida de un mortal. Mientras duraba el aceite, y la lámpara ardía, la persona vivía el tiempo exacto para el que estaba predestinada. Nuestra misión era velar para que las llamas no se apagaran antes de tiempo y avisarles cuando su vida se extinguía para que se despidieran de este mundo y no dejaran asuntos pendientes.

—¿De qué manera lo hacíais? ¿Cómo les avisabais de que la muerte les visitaría muy pronto?

—A través de los sueños. Después de años de meditación, algunos habíamos desarrollado esa facultad: les visitábamos en su mundo onírico, mientras dormían, y les avisábamos de que su tiempo se extinguía.

Asentí fascinada mientras notaba la mirada de Grimmjow clavada en mí, sorprendido tal vez de que estuviera creyéndome aquel cuento fantástico.

—La mayoría aceptaban la noticia con resignación, sobre todo los más ancianos. Percibían el mensaje nocturno como un destello de intuición que les animaba a despedirse de los suyos y a dejar cerrados sus asuntos antes de emprender el viaje a la eternidad.

—¿Y qué ocurrió con esas lámparas cuando Shinji acabó con la aldea?

—Se destruyeron mucho antes de que aquello ocurriera —nos explicó con un poso de tristeza—. Fue un mortal, Pedro, el médico de Colmenar, quien precipitó el fin de aquella noble misión.

—¿Qué ocurrió?

—Pedro era un hombre noble y justo, que educaba solo a su único hijo bajo esos valores. Un día cayó enfermo y yo mismo le visité en sueños para avisarle de que su tiempo se extinguía. Pero Pedro no se limitó a aceptarlo y me hizo muchas preguntas.

—Es lo que se llama un sueño lúcido —intervino Grimmjow todavía con tono escéptico—. Sucede cuando controlamos lo que nos ocurre mientras soñamos.

—Exacto —asintió Urahara—. Respondiendo a sus preguntas, le hablé de las bodegas de la vida y de su lámpara a punto de apagarse. Era la primera vez que un mortal preguntaba por todo aquello y, sencillamente, no supe mentirle —se excusó—. Al día siguiente, me encontré a Pedro a la entrada de las catacumbas.

Urahara enmudeció un segundo, tratando de recordar el diálogo de forma literal:

—«Mira, Pedro —le dije—, ¿ves esa llama que parpadea en esa lámpara casi sin aceite? Es la tuya. Te quedan tres días de vida.

»—Pero no es justo. Todavía soy joven y tengo un hijo por el que velar — contestó él antes de señalar una lámpara de llama vigorosa y luz muy clara—. ¿Por qué no le quitas un poco de aceite a esa lámpara y la echas en la mía?

»—¿Estás seguro de que quieres que haga eso? —le pregunté—. Piénsatelo bien porque esa ánfora es la de tu hijo. Y tiene una larga vida por delante».

Aquella historia nos dejó un rato pensativos.

La idea de que cada vida tenía un depósito limitado me hizo tomar conciencia de mi condición mortal. No pude evitar acordarme de mi madre y de mi abuela, y de lo feliz que me habría hecho cederles algo de mi combustible para que sus llamas duraran un poco más.

—Rodrigoalbar llegó justo en aquel momento —continuó Urahara—. Cuando vio que un mortal había entrado en el lugar sagrado se enfureció tanto que decidió cegar las bodegas y acabar así con nuestra sagrada misión. Habíamos perdido el control sobre nuestro secreto. Tenía miedo de que la noticia corriera por la comarca y una horda de enfermos y ancianos asaltaran las catacumbas con el deseo de trasvasar aceite a sus ánforas.

—Y por eso te fuiste de la aldea... —murmuró Ichigo.

—Por eso y por Hiyori. Sin amor y sin misión, mi vida dejó de tener sentido en aquel lugar — reflexionó en voz alta—. Y creo que algo así ocurrió con el resto de los eternos. Sin una labor con la que justificar su eterna existencia, se abandonaron a la vida ociosa. Vinieron años de bacanales y libertinaje. Hastiado, el propio Rodrigoalbar se convirtió en un ermitaño dedicado a la vida contemplativa, aislado en su cabaña austera, en mitad de la naturaleza. La noche que Shinji incendió la aldea, estaban todos tan borrachos que ni siquiera se enteraron de que alguien les había encerrado en sus propias casas. El fuego les pilló desprevenidos, sin fuerzas para defenderse.

—Es terrible —dijo Ichigo conmocionado—. No tenía ni idea de que aquello sucediera. Es increíble...

—Tan increíble como falso —intervino Grimmjow aplaudiendo—. Entretenido como cuento... Aunque me gusta más la historia de la semilla. Al menos es real. ¿Por qué a los eternos os da siempre por enterrar las cosas? Primero las ánforas de la vida, luego las semillas...

Urahara soltó una carcajada.

—Ya te he dicho, querido amigo, que solemos cometer siempre los mismos errores. En eso, eternos y mortales no somos tan distintos. Me pregunté si aquella historia era cierta o solo una leyenda más, como la de El bosque de los corazones dormidos o El jardín de las hadas sin sueño...

El propio Urahara nos había explicado una no hacía mucho sobre aquella luna eterna en la que habitaba una princesa y un chico oscuro que había sido condenado a talar siempre el mismo árbol.

Mientras pensaba en todo aquello, contemplé a Ichigo. Había seguido el relato de Urahara completamente fascinado. Él también había vivido un largo exilio de soledad y aquellas historias, en cierto modo, eran como una puerta abierta a un mundo nuevo.

No pude evitar sentirle muy lejos.

Curiosamente, aunque su don nos había separado unos meses atrás, desde que no lo tenía, algo mucho más poderoso nos alejaba.

Le quería. Era imposible no hacerlo. Su aspecto era solo un débil reflejo de la belleza de su alma.

Era noble, un corazón puro. Pero, por más que me pesara, pertenecíamos a universos distintos.

Él había cambiado. Y yo tampoco era la misma chica que le había conocido un año atrás.

Impresionada por su belleza, me había enamorado de un ser perfecto condenado a la soledad de su bosque. Había estado dispuesta a entregarle mi vida, a morir por su secreto... Olvidándome a veces de mí misma y de mis propios sueños y deseos.

Y, sin embargo, ahora que él era libre para vivir conmigo donde quisiera, yo ya no estaba segura de que mi lugar en el mundo estuviera a su lado.

Su lámpara y la mía no tenían la misma cantidad de combustible. No podían arder juntas durante el mismo tiempo. Y por primera vez, desde que nos conocíamos, empezaba a aceptar esa realidad sin desgarrarme por dentro.

Grimmjow me había enseñado que el amor también entiende de imperfecciones.

Él era tan humano y mortal como yo. Y tenía un lado oscuro que mi corazón había aprendido a amar.

El fuego empezó a extinguirse y un temblor de frío me sobrecogió. La vida de aquella larga jornada estaba a punto de expirar. Al momento, sentí el brazo protector de Grimmjow rodeándome y apoyé la cabeza sobre su hombro.

Antes de dormirme, vi cómo Ichigo nos observaba a los dos con una sonrisa de complicidad en los labios.

Yo también le sonreí y le mantuve la mirada durante unos segundos. No hallé rencor ni celos en sus hermosos ojos, solo comprensión y un poso de amor verdadero, que hizo que yo los cerrara completamente en paz con mis sentimientos.

Cuando me desperté, una luz clara bañaba la estancia. Acomodé la almohada bajo mi nuca mientras mis ojos recorrían confusos la habitación.

Me sentí inquieta cuando al extender el brazo mi mano abarcó el resto de la cama vacía.

Me incorporé de un salto.

Estaba sola. Antes de que pudiera preguntarme adónde habían ido vi una nota sobre la mesa. La leí con el corazón en un puño.

Querida Rukia:
Esta mañana dormías y no hemos querido despertarte. Hemos ido a buscar la semilla. La cascada donde se encuentra está a dos kilómetros al noroeste. De todas formas, quédate en la cabaña. Regresaremos enseguida... Tal vez incluso antes de que despiertes...
xxx G.

En aquel momento unos golpes en la puerta me hicieron suspirar con profundo alivio.

Todo había acabado.

Corrí a abrir con el corazón desbocado, con ganas de abrazarme a los tres.

Cualquiera que fuera nuestra decisión con respecto a la semilla, habíamos conseguido defenderla de manos malvadas, y aquello bien se merecía una celebración.

Sentí cómo todo mi mundo se venía abajo cuando un rostro conocido apareció al otro lado.

Me apuntaba con una pistola a pocos centímetros de mi cara.

Era Hallibel, la única neorrenacentista que había tenido la desgracia de conocer.

To Be Continued...