LA CIUDAD DE LA LUNA ETERNA
Aquí o en la eternidad
Antes de iniciar el camino de regreso a Colmenar, me dirigí por última vez a la cascada. Después de tres días de rastreo, no había perdido la esperanza de encontrar alguna señal de Ichigo.
Habíamos buscado su cuerpo en el río, en el inmenso bosque de hayas y en los alrededores escarpados del valle.
Urahara había rastreado las profundidades del lago, buceando sin descanso durante horas, mientras Grimmjow y yo levantábamos cada piedra del margen. Y nada.
A Hallibel, en cambio, la habíamos encontrado nada más precipitarse al vacío. Tras chocar contra unas rocas, había aparecido con el cuerpo destrozado y el rostro desfigurado.
Con una caída de casi treinta metros, aquel final era el inevitable para cualquier mortal...
Sentí pena por ella. Era la última víctima de la semilla dormida. Y su muerte solo confirmaba lo que ya había comprendido: que no debíamos despertarla jamás.
Pero ¿qué había ocurrido con Ichigo?
Había tratado de evitar la muerte de Hallibel y se había precipitado al vacío con ella. Su gesto heroico le honraba. Pensándolo bien, también era predecible que actuara de aquella manera. Ichigo era un ser noble, un ángel guardián y protector. Era propio de él que hubiera arriesgado su inmortal existencia por salvar a alguien, aunque ese alguien tuviera el alma teñida por la codicia de la eternidad.
No pude evitar acordarme una vez más de Flora, la niña que había caído desde un edificio de Madrid mientras paseaba de su mano por los tejados.
En aquella ocasión, él había caído también. Y, sin embargo, tras unos días en el hospital, se había curado.
La sola idea de imaginármelo herido o sufriendo en algún lugar del bosque me partía el alma.
Su ausencia había dejado una insoportable angustia en mi corazón. Me había pasado los últimos días buscándole por el bosque, junto a Grimmjow, como un alma en pena.
—Tendría que haber caído yo —me había dicho él al verme así—. Quizá entonces no estarías tan triste.
Me detuve en seco y le miré profundamente apenada.
—Si hubieras caído tú, en lugar de Ichigo, ahora no estaría rastreando el bosque. Habría ido a buscarte a la eternidad.
Grimmjow me miró en silencio durante unos segundos.
Había tanto amor en sus ojos azules que no pude evitar estremecerme.
Luego me apartó el cabello de la cara y, con la mano sobre mi nuca, me atrajo hacia él y me besó como jamás lo había hecho.
A pesar de la pena por Ichigo, aquel beso logró que mi mundo se detuviera durante unos maravillosos minutos en brazos de la persona a quien amaba.
En cuanto a la semilla, Grimmjow estaba convencido de que la corriente la habría arrastrado o sepultado en las profundidades del lago. Encontrarla en aquel río caudaloso era una tarea imposible. Y ninguno de los tres planteamos siquiera la posibilidad de hacerlo.
El peligro eterno había dejado de existir.
Miré hacia los matorrales y me acordé del hombre que había ayudado a Hallibel a salir de la trampa. Le había visto escabullirse entre los árboles el día del accidente. Tras presenciar lo sucedido, había decidido huir para no verse implicado en aquellas muertes.
Me senté en una roca con un puñado de piedrecitas y empecé a lanzarlas al río, haciéndolas rebotar sobre el agua.
Concentrada en aquel juego de piedras saltarinas, no me percaté de que alguien se sentaba a mi lado. O tal vez sí. Quizá era solo que no me apetecía hablar con nadie... Y menos aún con él.
Todavía no había olvidado el extraño comportamiento del eterno momentos antes de que Hallibel apareciera en escena.
Urahara cogió un canto rodado y lo lanzó con destreza. Conté cinco rebotes antes de que desapareciera en el horizonte.
—Ichigo está bien —dijo tomando mi barbilla y obligándome a mirarle.
—Entonces, ¿por qué se oculta?
—Tal vez necesite pensar. —Se llenó de aire los pulmones—, procesar todo lo que le ha ocurrido. Le expliqué el plan de Rodrigoalbar.
—¿Le dijiste que su antepasado había planeado que él y yo tuviéramos descendencia?
Asintió.
—¿Y que lo hizo con la intención de renacer algún día?
—Ichigo lo sabe todo. Incluso que tú ya has elegido.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Cómo sabes que está bien? —pregunté finalmente.
—Lo sé. —Se encogió de hombros—. Confía en mí...
—¿Confiar en ti? —Le miré con desdén—. ¡Ni siquiera sé de qué lado estás! El otro día... impediste que llegara a tiempo a la cascada. Yo quería evitar que aquello sucediera, quería pedirles que tiraran la semilla antes de que hubiera más víctimas.
—Lo sé.
—¿Lo sabes? ¿Por qué me frenaste entonces? ¿Estabas esperando a Hallibel? ¿Acaso eres uno de ellos?
Había querido hacerle esa pregunta desde el día del accidente. Sin embargo, la intensidad de nuestra búsqueda, por lugares distintos del bosque, había hecho que apenas coincidiéramos durante esos días.
Mi acusación le arrancó una amarga sonrisa.
—Hice un pacto con Ichigo —respondió con voz triste—. No era ningún secreto que Grimmjow quería destruir la semilla, así que había acordado con él que la protegería hasta el final. No podía permitir que le convencieras para que la tirara...
—¿Por qué?
Me miró a los ojos, pero no respondió.
Urahara siempre nos había hecho creer que la semilla, y lo que ocurriera con ella, le importaba poco. Y que todo aquel asunto no era más que una divertida distracción para él, como sus extraños juegos o como el amor...
Pero ¿y si nos habíamos equivocado con él y la había ambicionado desde el principio?
Tal vez por eso jamás había utilizado el antídoto de Rodrigoalbar con nadie.
Había guardado aquel último sorbo de eternidad para Ichigo, el guardián de la simiente, el único eterno que podía llevarle hasta ella...
Y hasta mí.
Un fogonazo de lucidez me hizo entender su auténtica motivación.
¡Hiyori!
Siempre había anhelado revivir a su amada. Por eso su obsesión por mis retratos, por dibujarme...
Por eso aquel beso robado cuando me había vestido de época.
La semilla representaba su última esperanza para renacer un amor que no había olvidado con los siglos. Pero también su oportunidad para hacer justicia y subsanar el error que Rodrigoalbar y él habían cometido negándole la eternidad a aquella mortal.
—¿Y tú me lo preguntas? —susurró finalmente confirmando mis sospechas—. Por ti, Hiyori. Siempre por ti... Siento tanto lo que pasó...
Me impresionó ver sus ojos anegados en lágrimas mientras me miraba con un amor tan profundo que logró estremecerme.
Busqué en mi interior la semilla de quien había sido en un tiempo muy lejano... Y durante unos instantes dejé que emergiera y hablara en su nombre:
—Yo también lo siento. Siento el daño que te hizo Hiyori. Te rompió el corazón... —Las palabras salían de mis labios sin que las controlara—. Pero tienes que perdonarla. Su llama se apagó hace mucho tiempo, y el aceite de esta lámpara —me llevé las manos al corazón— me pertenece a mí, a Rukia.
Las lágrimas empezaron a brotar también de mis ojos:
—Tú no cometiste ningún error... —continué emocionada—. Lo hiciste bien. ¿No te das cuenta? La semilla de tu amor con Hiyori es eterna. La tienes delante.
El eterno asintió conmovido.
—Y continuará germinando generación tras generación, si dejas que siga mi camino.
Nos abrazamos y lloramos juntos durante un rato. El amor que nos unía era tan intenso que sentía el pecho a punto de estallar. Poco a poco, aquella energía se fue transformando en una emoción más tierna y cálida, un amor puro e incondicional, como el que comparten un padre y una hija, aunque nos separaran cientos de años.
En aquel momento entendí algo fundamental. Entre Urahara y yo habían existido muchas personas que habían hecho posible que yo estuviera ahí presente, justo en aquel instante. Eso era lo que había tratado de decirle a Urahara. No había descendencia posible entre los eternos, por eso sus hijos morían.
Y aquella realidad era la auténtica maldición de la semilla.
—Gracias por la vida —susurré antes de besar a mi joven antepasado en la mejilla.
Al levantarnos, vimos a Grimmjow esperándonos varios metros atrás, cargado ya con las mochilas para emprender el viaje de regreso a casa.
Contemplé cómo el eterno corría a su encuentro para ayudarle con el equipaje y dirigí la mirada de nuevo al río.
Me sorprendí al ver el corazón perfecto que unos cantos rodados habían formado bajo las aguas cristalinas del lago.
Después tomé la mano de Grimmjow y ya no la solté hasta horas después, cuando llegamos al coche que habíamos dejado en la cuneta días antes. Aunque no hacía ni una semana desde entonces, me sentía como si hubiera pasado un siglo.
Urahara detuvo el coche a la entrada de Colmenar y nos ayudó a bajar las mochilas.
Tras estrechar sus manos agradecí que Grimmjow se adelantara unos pasos y nos dejara un momento a solas.
—¿Volveremos a vernos algún día? —le pregunté con un nudo en la garganta.
—Por supuesto, querida —respondió abrazándome y besándome en la frente con dulzura—. Aquí o en la eternidad.
Contemplé cómo el eterno subía de nuevo al coche y me guiñaba un ojo desde la ventanilla.
Sentí un extraño vacío en el pecho cuando el todoterreno desapareció en la siguiente curva llevándose una parte de mi pasado ancestral muy lejos de aquel bosque.
Al momento, la mano cálida de Grimmjow se trenzó a la mía y juntos caminamos hacia el pueblo.
Las casas de piedra gris lucían sus tejados nevados como en una bonita estampa navideña. Un olor a leña y a pan recién horneado nos dio la bienvenida.
Mientras nos dirigíamos a casa, me estremecí al notar su dedo trazando un infinito en mi palma.
¿Fin?
