Ahora que he estado revisando el fic para subirlo, me di cuenta de que los nombres para los OC los saqué todos de Rurouni Kenshin. tenía la intención de buscar luego mejores nombres, pero han pasado ya 6 años. Así es que ¡lo siento!
―¿Estás despierta? ―se escuchaba decir a una suave voz de mujer―. ¿Rukia-chan?
Rukia abrió los ojos con lentitud. Lo primero que vio fue un cielo de piedra, iluminado de anaranjado. Lo segundo, los hermosos ojos de Kaoru mirándola con ternura.
―Kaoru-sama ―dijo al incorporarse con rapidez, movimiento que la dejó exhausta y tosiendo. Se llevó la mano al cuello y encontró una cinta―. Oh, no, no otra vez.
―No te esfuerces mucho, Rukia-chan, o el restrictor terminará con la poca energía que te permite usar ―dijo Kaoru acomodándose en medio de la incomodidad de su cautiverio, en lo que parecía una caverna iluminada por antorchas.
―Kaoru-sama, tú también llevas uno, ¡debe ser malo...!
―Espero que no ―la paró la joven antes que la frase fuera completada.
―No te preocupes, Kaoru. Nii-sama viene en camino. Aunque venía aturdida, me aseguré de dejar algún rastro en todo el camino hacia acá.
―Byakuya-sama ―murmuró la joven bajando la cabeza.
―¿En realidad te angustias por él? ―preguntó Rukia luego de observarla un rato.
―¿Te sorprende? ―le sonrió Kaoru con tristeza.
―S-sí ―respondió la chica, luego de una pausa. Todos estos meses no he llegado a imaginar qué pensabas cuando decidiste casarte con él. Es decir, cuando yo entré a la familia Kuchiki fui adoptada, no tenía opción, pero una esposa...
―Soy de familia noble, tampoco tenía opción.
―¿Qué? Ah, ya veo, una boda acordada... qué pena.
―No me malinterpretes ―dijo la joven esposa, con énfasis―. No debes pensar así de vuestro hermano. No es su culpa.
―Claro. Es su responsabilidad como jefe de la familia. Muchas veces escuché a los del Señorío discutiendo con él. "¡Debes tomar esposa!", le decían. "¡No puedes permitir que el linaje Kuchiki se acabe contigo sólo porque aquella pobre diabla a la que introdujiste en la familia muriera sin ser capaz de darte un heredero!"
Solo entonces Rukia pareció reparar en la dureza de sus palabras, considerando que hablaba de su propia hermana.
―Tú perteneces a una familia noble ―repuso luego―, cumplías con los requisitos para dar a la familia un heredero legítimo. Debe ser penoso para ti el ser tratada como un objeto tanto por tu familia como por el clan Kuchiki.
―Te equivocas. No soy un objeto ―replicó la joven con una leve nubecilla de cabreo en su semblante, lo cual le anunció a Rukia que la había regado con su perorata―. Has malinterpretado completamente la situación.
Rukia se asustó un poco, pero reaccionó pronto.
―¿Y qué quieres que haga? Yo no sabía nada de esto, sólo sé que hace unos meses atrás apareció en mi habitación un kimono lujosísimo, y una nota de Nii-sama que decía algo como "usa esto hoy". Cuando fui a verlo, ya me lo encontré vestido de novio. Tan solo me dijo "voy a casarme" y me tomó de la mano para partir al lugar de la ceremonia. Eso es todo lo que sé, y desde que fuiste introducida en la casa apenas he podido parar allí para preguntarte algo, no hemos sido muy buenas cuñadas que digamos.
―Oh, ya veo. Supongo que la situación ha sido más brusca para ti que lo que lo ha sido para mí. Después de todo, estoy ocupando el lugar que una vez le perteneció a tu hermana mayor.
―No es eso ―respondió Rukia―. No conocí a Hisana-sama y no llego a sentir por ella mucho más de lo que sentiría por la esposa muerta de mi hermano mayor adoptivo a la que nunca conocí. La que me preocupa eres tú, sola en ese caserón, casada con un desconocido...
―Si esto no va a afectar tus sentimientos hacia Hisana-sama, es mejor que te explique la situación desde el principio ―la interrumpió Kaoru―. En el mundo real me tocó muchas veces acompañar a prisioneros de guerra heridos, en sus celdas y siempre acababan temperando la incertidumbre del cautiverio con historias. ¿Quieres escuchar la mía?
―Ah, claro ―dijo Rukia, sentándose derecha y disponiéndose a prestar atención.
―Esta historia se remonta hace unos 250 años atrás, si la he de partir con mi nacimiento. El heredero de la casa de Arai se prendó de mi madre, Retsu Unohana. La boda fue aprobada por la familia luego de mucha discusión y sin preguntarle en ningún minuto su parecer, mi madre acabó casada con un perfecto extraño, al que sólo había visto en las visitas protocolares previas a la boda. De la unión nací yo, pero mi padre murió antes de mi nacimiento. Mi madre rompió los lazos con la familia Arai y los dejó enfrentarse solos en una guerra interna por la sucesión que fue ganada por el hermano menor de mi padre, Saku Arai, quien es la cabeza familiar hasta hoy. La familia no tuvo mayores problemas en dejarnos libres, dado que el bebé del anterior jefe familiar resultó ser una niña y no un varón. Así fue como mi madre me acabó criando sola.
"Hace 100 años, yo terminaba mis cursos en la Academia. Algunas veces me topé allí con el arrogante nieto del Capitán Kuchiki. No le presté mucha atención hasta que un día, al pasar por el cuartel de mi madre la vi por la ventana discutir con Ginrei-dono y con otras personas a las que yo no conocía. Cuando llegué junto a mi madre, esas personas se iban marchando y dejaban a mi mamá devastada.
―Juro que no te harán lo mismo que a mí ―dijo al abrazarme.
Me explicó que la familia Arai no tenía otras descendientes mujeres en edad casadera y que, ya que el heredero de la familia Kuchiki era sólo algo mayor que yo, habían tratado un enlace entre ambas casas, usándome a mí. Me dijo que la lógica de las conveniencias familiares en las casas nobles era así y que, tal como le sucedió a ella, no había mucho que pudiéramos hacer para evitarlo. Que yo acabaría casada con Byakuya Kuchiki quisiera o no. Mi madre estaba tan apenada. Yo le dije que no importaba, que yo estaría bien, pero ella insistía en angustiarse por mí.
―Haremos una cosa ―me dijo―. Si bien no puedo impedir que te cases con él, al menos no permitiré que te ocurra lo mismo que a mí. Te enseñaré a ocultar muy bien tu presencia y así podrás seguirlo a todos lados sin que se dé cuenta. Así por lo menos sabrás con qué tipo de hombre te casarás.
Y así fue. Supe que Byakuya había aceptado en silencio la decisión de su abuelo, por el cual parecía profesar un ciego respeto. No sé muy bien si siempre se dio cuenta de mi presencia o no, pero lo seguí a todos lados. Y me sorprendió. Aparte de su aire de arrogancia y de su excesiva competitividad con Yoruichi Shihoin, la cual parecía a ratos querer abusar de él, comencé a no ver muchas más fallas en mi prometido. Era mi madre la que parecía estar más que preocupada por esta boda concertada.
Poco después que Yoruichi se fuera de la Sociedad de las Almas, llegó el momento de la primera visita protocolar. Fue en la mansión Kuchiki. Mi madre se aseguró de vestirme para la ocasión y Byakuya ya vestía los ropajes de la edad adulta, keiseikan y todo. Sin darme mucho cuenta, comencé a prendarme de él. Mas, creo que en él no causé ninguna impresión. Yo sólo era para él una obligación. Mi madre desconocía mis sentimientos y nos observaba con lástima a ambos.
Pasaron años y la fecha del matrimonio continuaba aplazándose. Creo que era el propio Byakuya el que lo solicitaba. Mas, llegó el momento en que a Ginrei-dono comenzó a faltarle la fuerza. Cada vez más seguido, era Byakuya, en calidad de teniente, el que debía cumplir con las obligaciones del capitán del Escuadrón Seis. Y todos los involucrados sabíamos que la muerte del jefe de familia actual forzaba la asunción de un nuevo jefe, el cual debía estar, por obligación, casado y en condiciones de dar herederos a la casa.
La segunda visita protocolar fue tan insípida como la primera, aunque tuvo un ingrediente extra: se puso una fecha definitiva para el matrimonio. Nos casaríamos al año siguiente en primavera. Mi madre me miró como si me hubieran sentenciado a muerte. Byakuya no dejó traslucir reacción alguna. Yo... yo estaba expectante.
Y pasaron unos días. Ginrei-dono se encontraba enfermo, de modo que a la hora de sofocar una intervención de Hollows en el distrito 78 del Rukongai, quien dirigió las operaciones fue Byakuya. Como siempre, yo lo seguí. Fue sólo una misión de rutina que terminó tan rápido como empezó. Mas, algo ocurrió. Entre la multitud de curiosos, Byakuya notó la presencia de una muchacha que llamó su atención. Se acercó a ella y, de buenas a primeras, ante la mirada atónita de todos, le preguntó su nombre, mirándola directamente, con ese abrumador aire de autoridad que tienen los Kuchiki.
―Hisana ―contestó la muchacha, sin amilanarse.
Eso sorprendió a Byakuya. Observándolo con cuidado sentí una repentina agonía, como si acabara de perder algo preciado. Y creo que no me equivoqué. En ese mismo instante perdí toda oportunidad de tener su corazón. Desde entonces, visitamos seguido el Rukongai, él para espiar a Hisana, yo para espiarlo a él.
Un mal día, Hisana fue expulsada de la casa en que ella y otros indigentes pasaban la noche. Se dirigió sola al bosque y allí fue sorprendida por un par de Hollows. No le quedaba mucho que hacer aparte de dejarse devorar. Creo que lo iba a hacer casi voluntariamente. Lo que ella no sabía es que pobre y todo, tenía a dos herederos de familias nobles del Seiretei a manera de guardaespaldas. Byakuya saltó de su escondite, despachó rápidamente a ambos Hollows. Apareció un Menos. Aquellos no eran sino los señuelos. Tomado de sorpresa, Byakuya aún logró su cometido de proteger a Hisana, pero resultó herido y aterrizó forzosamente sobre su cabeza al poner en fuga al Menos. Yo nunca había visto a un teniente enfrentarse a un Gillian. Esos siempre eran tarea de los capitanes. El Sexto Escuadrón quedaría en buenas manos a la muerte de Ginrei-dono.
―Oye, despierta, despierta ―decía Hisana, sacudiendo el cuerpo inerte del Shinigami que la había salvado.
―Déjame verlo ―le dije, a su espalda.
Le di un susto de muerte a la muchacha, que sin mirar tomó la mano de Byakuya en la que era sostenida Senbonzakura.
―No estoy aquí para hacerte daño ―le dije.
Me acerqué y comencé a realizar la curación. Partí por el golpe en la cabeza. Luego me fui a por la herida en el pecho, pero Byakuya despertó antes que yo terminara. Me asusté. Miré aterrorizada a Hisana y me alejé de golpe. Los observé a distancia prudente. El golpe le había robado unos cuantos recuerdos a Byakuya, que no podía acordarse de cómo había llegado allí. Estaba mareado y la herida del pecho aún se hallaba un tanto fresca. Hisana lo ayudó a ponerse de pie. Juntos abandonaron el bosque. Juntos pasaron la noche en una cabaña de caza abandonada. En cierta manera, propicié su romance. Conversaron casi toda la noche y cuando ella se durmió, él permaneció despierto, observándola. Ella le dio de desayunar y mostró todas las artes con las que había logrado sobrevivir hasta el momento, las astucias que le permitían sobrevivir a pesar de no poseer un centímetro de tierra sobre el cual caerse muerta. Detrás de la pobreza que la rodeaba, su belleza simple y su mirada dulce y sin miedo brillaron aún más. Byakuya le robó un beso antes de volver al Seiretei. Aquello me robó a mí la paz del alma.
Y no hubo una tercera visita protocolar antes de la boda. Tan sólo hubo un rebelde Byakuya que declaró tener otras intenciones en cuanto a su matrimonio. Se dirigió ante mi madre y le informó que no pensaba seguir adelante con el compromiso. Mi madre lo abrazó en el colmo de la alegría. Reacción inesperada. Pero ella no lograba explicarse por qué yo no estaba contenta.
¿Cómo podía estarlo? Ese hermoso joven de movimientos vivaces, tan fuerte como el mayor de los capitanes, en la flor de su energía, ese joven al que yo adoraba estuvo dispuesto a desafiar a todos con tal de casarse con otra. Ese hombre al que yo amaba se hizo dar una paliza por los del Señorío y si tomó la espada fue sólo para dirigirla contra su propio cuello y amenazar a su mismísimo abuelo de dejar al Clan Kuchiki sin heredero si no le permitían casarse con la persona a la que él realmente amaba. Ginrei-dono se conmovió. Vio en su nieto más agallas y más rectitud de la que había visto jamás en un noble, pues estaba dispuesto a morir con tal de no hacer traición a su corazón. Esa lealtad le pareció al anciano señor suficiente como para permitirse la vergüenza de faltar a la palabra de matrimonio dada.
La aprobación, aunque fuera tácita, de Ginrei-dono al enlace entre su nieto y una pobre diabla era un insulto para el Señorío y para la familia Arai. La mañana en que Byakuya iba a buscar a la bella, flamante, confundida y agradecida novia, una partida de asesinos pagados por la familia Arai se adelantó. La hirieron, yo los detuve antes que la mataran. La curé lo mejor que pude. Mi madre me encontró allí y aprobó mi voluntad de colaborar en que el joven Kuchiki se casara por amor y no por conveniencia, aunque sé que notó algo en la manera en que Hisana fue atacada. Algo que ni a ella ni a mí nos gustó. Esa fue la única vez que Byakuya me miró de frente.
―Sinceramente, te lo agradezco ―me dijo, inclinándose ante mí.
No fui capaz de decir nada. Sólo lo vi alejarse con Hisana en los brazos. Y entonces me quebré, le confesé a mi madre mis sentimientos, la manera en que todo aquello rompía mi corazón la gran desesperación de la que era presa. Mi madre lloró conmigo. Y, usando el incidente que ambas habíamos presenciado como medio de chantaje, consiguió que los hilos de influencia de la familia Arai se movieran para permitirme viajar de manera casi permanente al mundo de los vivos y así olvidar esta historia."
