Para entendender la puntuación:
La historia la relatan Kaoru y Rukia. Cuando ellas hablan, en el tiempo presente, sus diálogos aparecen con guiones largos. Cuando hay un punto aparte en un diálogo, continúo con comillas. Los diálogos que ocurren en esos espacios entre comillas, los puse en cursiva, porque me pareció confuso ponerlos entre comillas. Las cosas que deberían estar entre comillas en esos espacios, las puse entre comillas simples.
Espero que no sea muy confuso ;P
Rukia escuchó todo aquello en silencio. Y estaba derechamente conmovida. Su visión acerca de su hermano, de su cuñada, de su hermana, había cambiado. Un gran sentimiento de admiración le infló el pecho. Lo que Kaoru había vivido con tal de ayudar a su amado, todos esos años de sufrimiento en silencio le parecieron dignos de veneración. Se preguntó si un día llegaría ella a amar tanto como los personajes de esta triste historia lo habían hecho.
―Hay una cosa que no entiendo ―dijo, luego de un momento.
―¿Cuál?
―¿Por qué la capitana Unohana permitió tu matrimonio finalmente? Debería guardarle mucho rencor a Nii-sama.
―No ―Kaoru sacudió la cabeza de lado a lado―. Es cierto que en un principio tenía mucho miedo a que rompiera mi corazón nuevamente o a que yo repitiera las desgracias de su matrimonio. Pero mi madre sintió gran admiración por lo que tu hermano hizo, años atrás. Decía que él logró lo que ella no había logrado. Además, habiendo pasado cinco años luego de su boda con Hisana, ambas supimos que nuestras sospechas referentes al ataque sufrido por ella parecían confirmarse. Muchos miembros del clan Arai formaban parte del Escuadron Doce, de investigación y desarrollo, de modo que no era descabellado imaginar que la recalcitrante enfermedad de Hisana se había originado el mismo día en que Byakuya-sama la reclamó para sí.
Rukia quedó con la boca abierta. ¿Su hermana podría haber sido asesinada?
―Tú... ¿has comentado esto con Nii-sama?
―Sí, antes de casarnos. Lo usé como un contraargumento... Evidente es que no resultó.
Rukia volvió a mirarla con ojos sorprendidos.
―Vaya, veo que hace falta hacer más historia para dejar el asunto de mi matrimonio claro. Creo que si me hubiesen puesto en este escenario hace un par de años atrás, jamás se me habría pasado por la mente que acabaría casada con el vigésimo octavo cabeza de familia del clan Kuchiki. No después de todo lo que pasó.
"Creo que todo comenzó hace cerca de un año, una vez concluidos los problemas que te rodearon a ti y a las zanpakutou. Desde entonces, Byakuya-sama tuvo más tiempo para escuchar a la gente del Señorío y a los miembros del clan. Tuvo más tiempo para dejar que le molestaran, ciertamente. De allí vienen esos comentarios que escuchaste detrás de las puertas de la mansión. Comenzaron a presionarlo para que tomara esposa, una esposa noble, que le diera brillo a la familia y que pudiera darle un heredero. El Señorío estaba consciente del peligro que enfrentaba día a día en su condición de Capitán, del serio riesgo de muerte que había enfrentado ya un par de veces salvando la vida de su hermana adoptiva y que en cualquier momento la familia podía quedar descabezada. Que ello los haría perder el equilibrio de las cuatro casas nobles y arriesgaría seriamente la paz de la Sociedad de las Almas.
Según él mismo me dijo, con mucha renuencia se abocó a obedecer. Inspeccionó las otras tres casas nobles, pero no encontró lo que buscaba. Salvo la casa Shihoin, de las demás sólo podía tomar niñas apenas casaderas. No le pareció justo. Y si bien Yoruichi Shihoin estaba ya en más que franca edad de merecer... él sabía que aquello no podía resultar."
Rukia la miró consternada. La sola imagen de tener a Yoruichi como hermana adoptiva la volvía loca y definitivamente no podía imaginar a su hermano en ese escenario.
―Incluso, los ancianos del clan Kuchiki trataron de imponerle una boda con...
―¿Con quién?
―Contigo ―dijo Kaoru, luego de dudarlo un poco.
―¿¡Con... migo!? ―Rukia se cayó del espanto y todos los colores posibles, que iban del miedo a la vergüenza y de la vergüenza al asco pasaron por su cara.
―Así es. Varios de los ancianos te apoyaban como opción. Pero Byakuya se negó rotundamente.
La sangre de los Kuchiki corre por mis venas les dijo, por lo tanto, podéis hacer conmigo lo que queráis. Ella no tiene la sangre de la sucesión, entró en esta casa bajo mi exclusiva responsabilidad, de modo que no permitiré que la involucréis en esto.
Fue una argumentación larga y difícil. Tú tenías muchos puntos a favor, pues llevabas ya cincuenta años viviendo en la casa, conocías bien las obligaciones de un Kuchiki. Los que estaban en contra, sacaban a relucir tus orígenes. Byakuya argumentaba con ello también, pues no siendo de origen noble deberías tener la ventaja de escoger con quién casarte. Los ancianos se le fueron encima entonces, diciendo que tampoco permitirían que te casaras con alguien que enlodara el nombre de la familia. Que Byakuya ya había rechazado a varios nobles que quisieron pedir tu mano y que eso los había hecho pensar que te estaba reservando para él.
Es al menos cien años menor que yo y es la hermana de Hisana, no su reemplazo, les dijo. No hay manera y es mi última palabra.
Entonces tal vez no seas el más adecuado para liderar al clan después de todo.
Pues en ese caso, derrotaré en combate al candidato que propongáis para tomar mi lugar y las cosas continuarán como hasta hoy.
Eran amenazas de grueso calibre. Y acabaron por darle un plazo:
Durante cincuenta años hemos tratado de poneros mujeres por delante, pero no habéis hecho nada. Tenéis entonces dos meses para encontrar una dama noble por ti mismo, de lo contrario la decisión estará tomada.
Rukia se quedó paralizada. Estuvo a un pelo de convertirse en la señora de la casa Kuchiki, de convertirse en la esposa de aquel al que por más de cincuenta años había visto como a un hermano, distante o comprometido, pero hermano al fin. No podía llegar a imaginarlo. Sólo pensarlo era demasiado abrumador. Y luego tornó a mirar a Kaoru. Se sintió culpable. Byakuya había seguido la promesa que hizo a Hisana de protegerla de todo mal, aunque eso incluyera protegerla de sí mismo, y en ese esfuerzo había terminado utilizando a otra mujer. Sintió pena por Kaoru.
―Fue entonces cuando Byakuya-sama se acordó de mí ―continuó Kaoru, fingiendo indiferencia, aunque adivinaba los sentimientos de Rukia―. Sin pedirle informes a mi madre, me buscó en el mundo real. Y me encontró. Me contó lo que había ocurrido en estos 56 años. Fue una conversación seria, entre adultos, sin oportunidad de niñerías.
"Lo dejo sobre el tapete, me dijo. Si quieres volver a la Sociedad de las Almas, habrá una plaza esperándote en el Sexto Escuadrón. No estoy dispuesto a obligarte a nada por mi propia mano, pero creo que somos la única alternativa que ambos tenemos.
Dijo eso con una frialdad tremenda. Pero era la verdad. Al poco tiempo vinieron a buscarme de la familia Arai. No les importó mi orgullo, seriamente dañado por el anterior rechazo. Tan sólo les interesaba el ventajoso enlace que podía propiciarse únicamente gracias a mi presencia, pues mis primas Arai eran todas niñitas no mayores que tú y Byakuya se rehusaba a introducir en la familia una esposa de tu misma edad."
Rukia asintió, conforme de la honorabilidad de su hermano. Eso junto con metérsele en la cabeza otra inquietante imagen mental. ¿Qué habría pasado si su hermano se casaba con alguien como... Yachiru-chan? Sacudió la cabeza y siguió escuchando.
―Volví a la Sociedad de las Almas. La familia Arai le encargó a mi madre examinar mi salud, sobre todo desde el punto de vista reproductivo. Mi madre estaba muy contrariada. La historia se repetía, ahora usarían a su hija como recipiente de niños. Y otro asunto que les interesaba mucho era mi virginidad. No podían arriesgarse a que la familia Kuchiki me devolviera después de la noche de bodas.
―Kaoru-sama, ―la interrumpió Rukia― ¿harías el favor de saltarte esos detalles?
―¿Por qué? Si bien el ser examinada era algo humillante, yo sabía que todo estaba en orden.
―¡Kaoru-sama!
―Yamamoto-dono aprobó mi traslado de Escuadrón y Renji fue a buscarme a los cuarteles del Cuarto Escuadrón, en calidad de encomienda. Creo que Byakuya-sama quería que yo tuviera muy claro que en esto no tenía por qué haber sentimientos involucrados, que era una especie de trámite.
―Como una boda de conveniencia, que es lo que ya os he dicho ―aseveró Rukia, a caballo entre la curiosidad que le causaba el relato y el miedo que tenía a indagar en los asuntos privados de su hermano.
―No exactamente. Uno de los objetivos de mi traslado era tenerme cerca para observarme, conocer los pro y los contra. En todo ese tiempo, Byakuya-sama me trató con la misma distancia con la que trataba a todos, observando cada uno de mis errores. Eso me enervaba.
"La lucha no es mi especialidad. Mi espada está hecha para salvar, no para herir. De manera que Byakuya trató de ponerme siempre en la línea de choque del escuadrón, para obligarme a pelear. No soy mala usando el kidou, pero lo mío no es luchar."
―Pues vaya manera de cuidar a su futura esposa ―comentó Rukia, como si aquello no la sorprendiera.
―En el fondo igual me cuidaba. Renji-san siempre apareció cuando ya me iban a atrapar y un día Byakuya-sama abrió para mí una puerta del cuartel que estaba trabada.
―Claro, todo un donjuán de galantería ―apostilló Rukia, no hallando nada romántico en esos detalles que Kaoru sí parecía valorar mucho.
―Yo apreciaba esos detalles, pero tenía una extraña melancolía pesando sobre mí. Lo veía tan frío, tan distante ―Rukia ponía cara de "normal, con esa mirada suya"―. Lo veía haciendo esto sólo con el fin de cumplir las normas. Me veía a mí misma, atrapada en un matrimonio sin amor. No quería confirmar los miedos de mi madre, pero estaba comenzando a comprender lo que ella debe haber sentido, compartiendo su vida, aunque fuera sólo por unos meses, con alguien que no la tomaba en cuenta. Y mi condena podía ser muy larga. Después de todo, Ginrei-dono falleció a los 1900 años de edad. Además, bien en el fondo, comenzaba a reventarme su actitud indiferente, fría y flemática. Me estaban entrando ganas de hacerle una zancadilla, de abofetearlo, de zarandearlo de alguna manera, para ver si reaccionaba.
"Llegó el momento de las visitas protocolares. Oportunamente, tú nunca estuviste en casa. Por su lado, sólo estaba él, un mayordomo y un anciano del clan. Por mi lado, mi madre, yo y aquella viejecita vestida de negro que era la matriarca de los Arai y que hacía las de casamentera.
Cuando llegaba el momento en que nos dejaban "a solas", es decir, todo el mundo permanecía tras una mampara, con el oído pegado a la misma, Byakuya apenas me hablaba. Algún comentario acerca del clima, de la noche, de las flores, lo que fuera. En la última visita protocolar aproveché el momento para desahogarme.
¿Qué vas a comentarme esta vez? Porque lo del clima y las flores ya está un poco gastado, ¿no? Podrías probar con la belleza de mi kimono o con lo joven que está mi madre, le dije. Se me subió la sangre a la cara. Creo que todo el sake que había bebido para darme el valor, estaba surtiendo sus peores efectos.
El kimono fue un regalo mío y tu madre no es para nada joven, dijo tranquilamente, de modo que no creo que sean asuntos dignos de comentarse.
Se escuchó un pequeño alboroto detrás de la mampara.
Tampoco lo es el clima.
Hace algo de frío hoy.
Joder, ¡qué insoportable eres!
No hace falta ser mal educada, y en ese momento creo que encontré algo con qué molestarlo. Le irritaban las faltas de respeto, las salidas de madre, el vocabulario soez y, si bien mi madre es una dama y yo también sé comportarme como una, medio siglo en el Mundo de los Vivos me han enseñado mucho. Así es que le solté:
Pues estos son mis últimos momentos de libertad para ser lo que se me dé la gana, antes de convertirme en tu esclava, así es que los aprovecharé para decir lo que quiera, en el tono que se me antoje.
Aunque eso no asegura que yo vaya a escucharte, dijo con esa calma que ya me crispaba los nervios. Y acto seguido se puso de pie y caminó silenciosamente hacia la puerta.
¿Adónde vas? ¡No huyas, cobarde!, le grité y lo seguí por toda la casa gritándole improperios. Pues que sepas que puedes meterte tus tan cacareados modales por donde mejor te quepan, que sé que no son más que una fachada para cubrir lo mucho que te asusta esta vida, Byakuya Kuchiki. Acepté volver a la Sociedad de las Almas para probar un noviazgo contigo por el sólo hecho que esperaba hallar algo del joven dulce y valeroso que desafió a medio Seiretei con tal de hacer lo que su corazón le ordenaba, pero no encontré ya nada de él. No eres más que un témpano de hielo y en lugar de corazón tienes un pedazo de higo seco. Lo único que sabes hacer es seguir las reglas, seguir y seguir las reglas. Si no hubiera reglas, te morirías, aunque te auguro una muerte próxima, de aburrimiento. Sí, un día estarás muerto en tu despacho y nadie se va a dar cuenta hasta que huelas, pues tu cadáver será lo mismo que tenerte vivo. ¿Me estás escuchando? ¿O es que hasta tu capacidad de escuchar a una mujer se la llevó la tal Hisana al morir?
¡Sí, hasta eso se llevó!, dijo, volviéndose de golpe, alterado, como nunca le había visto. No... no vuelvas a mencionar a mi esposa. No te lo permito, murmuró luego, recuperando la compostura.
Lo miré de hito en hito. Habíamos llegado afuera. Los observadores del encuentro, que estaban ahí para asegurar que la novia permaneciera casta hasta la boda, estaban en el corredor, expectantes.
Entonces... el problema no es que seas un idiota, insensible y cabeza hueca que no puede moverse fuera de los cánones de las reglas establecidas. Lo que te pasa es que sigues enamorado de una mujer muerta.
Te dije que no volvieras a referirte a mi esposa.
¡¿Y qué me vas a hacer?! ¿Pegarme?, le grité con todas mis fuerzas, las lágrimas de rabia resbalando por mis mejillas. Pues, ¿sabes lo que te digo? ¡Que te pego yo primero!
Y alcé la mano. Lo abofeteé, dos veces. Cuando iba a repetirme el plato, me sujetó la mano.
Han pasado cincuenta y cinco años y sigo perdiendo ante ella, aunque esté muerta, dije sollozando patéticamente. Suéltame. ¡Suéltame, quiero irme a casa, quiero mandar a la mierda esta boda! ¡Suéltame!
Y entre tanto forcejeo y orden de soltarme, pues... me soltó. Me fui derecho al suelo.
¡Lo único que me faltaba!, grité desde el pasto, cubierto de frío rocío. Mi madre hizo un conato por ir en mi ayuda pero la anciana Arai se lo impidió. ¡No me mires con esa cara!, le dije al observar que me contemplaba atónito. No te atrevas a tener lástima de mí. Lástima siento yo por ti, pues has sufrido todos estos años la muerte de Hisana sin saber qué la causó. ¿Quieres saberlo? Pues ellos la causaron, y señalé a la anciana Arai. Siempre creíste que con tu nobleza, tu riqueza y tu amor la habías salvado de una vida miserable en el Rukongai. Pues que sepas que ella habría vivido mucho más si nunca te hubiera conocido. La familia Arai la mandó a matar, como último recurso para obligarte a aceptar el enlace que el Señorío te imponía y por más que yo lo intentara, y que tú gastaras la mitad de tu fortuna en médicos, no pudo salvarse.
No digas tonterías, se inclinó él hacia mí, para ofrecerme una mano. Si bien eso fue lo que ocurrió tú impediste su muerte, asunto por el que siempre te estuve agradecido. Si ella duró tan poco fue porque siempre tuvo una salud muy frágil.
No me toques, gilipollas, le dije, rechazando su ayuda y tratando de ponerme de pie por mis medios. Me pisé el kimono y fui a dar al suelo de nuevo, boca abajo. Me volví, como si fuera a defenderme de un ataque y aún le espeté: Eso es lo que tú crees, pero mis conocimientos en las artes curativas me vienen de la Capitana Retsu Unohana. Sé reconocer una enfermedad inoculada cuando la veo comenzar y desarrollarse.
Byakuya abrió grandes ojos. Luego su expresión volvió a adoptar un dejo amargo y se inclinó para ayudarme, a pesar de mis protestas y golpes. Me puso de pie, me sacudió la ropa como a una niña. Se quitó el haori ceremonial que llevaba y lo puso sobre mis hombros.
¿Que no escuchaste nada de lo que te dije?, reanudé mis patéticos sollozos.
Lo escuché, aunque no sé qué tiene que ver esto con la boda.
¿Qué? ¿Aún crees que habrá boda? Después de saber que la familia a la que yo represento mató a Hisana sólo porque tú la amabas, ¿todavía crees que habrá boda?
La habrá, siempre que tú quieras. Yo estaré en el templo, pasado mañana a la hora convenida. Si llegas, habrá boda.
Dicho eso, intentó pasar de mí con dignidad. Yo intenté impedírselo. Di un paso, pero mi calzado se había desarreglado. Iba camino al suelo por tercera vez, mas él me sujetó. Sin mirarme, me cargó bajo su brazo, como un bulto cualquiera, hasta depositarme frente a mi madre.
Capitana Unohana, hay más calzados en la entrada. Le ruego que me disculpe, fue todo lo que le dijo a mamá. Arai Oba-sama, se dirigió luego a la viejuja que ni se atrevió a mirarlo, espero a Saku Arai mañana temprano en los cuarteles del Sexto Escuadrón. Buenas noches.
Y así se retiró."
El relato sobrepasaba lo que Rukia podía creer. Sentía un cierto dolor además. Después de todo, Hisana era su hermana y de no haber Hisana, probablemente hoy tampoco habría Rukia.
―Eso explica muchas cosas ―dijo luego de pasar el primer trago amargo―. Yo llegué de madrugada a casa ese día. Pasé por la habitación de Nii-sama, pues la luz estaba encendida, llamé y no obtuve respuesta. Entré y estaba vacía. Vagué por la casa, sin sueño y sin sospechar lo de las visitas prematrimoniales ni nada parecido. Me acerqué a la habitación donde está el altar de Hisana-sama. Pero me mantuve lejos. La luz estaba encendida. Oí a Nii-sama hablar y... llorar.
―Yo también me fui, no a las barracas del Sexto Escuadrón, sino a las del Cuarto y lloré, toda la noche, sin saber qué hacer. Toda la responsabilidad del enlace recaía en mis hombros. Si yo lo quería, habría boda ―Kaoru jugaba con el anillo en su dedo―. Mi madre trataba en vano de consolarme, pero no encontraba las palabras.
"Antes de que amaneciera, recibimos la visita de algunas personas de la familia Arai. Venían a pedir explicaciones a mi madre por la 'irracional acusación' que su hija había lanzado, medio borracha en la mansión Kuchiki. Querían una compensación por mi escandaloso comportamiento y amenazaron con las penas del infierno si Byakuya-sama se retractaba del compromiso una vez más. Nunca vi a mi madre tan amenazante. Su reiatsu quebró floreros y abrió ventanas por todo el cuartel.
Voy a pedirles que abandonen el cuartel, dijo, sin perder la amabilidad. Aunque he de advertirles que si tocan un sólo cabello de mi hija, maldecirán el día en que fueron paridos, agregó luego, haciendo uso más de mi vocabulario que del de ella.
Era la segunda vez que un Capitán de División los trataba así en una noche. Un par de horas luego del amanecer, Renji-san apareció en el cuartel, portando un mensaje. Era una carta, escrita con la perfecta caligrafía de Byakuya-sama.
Estimada Capitana Unohana:
Junto con saludarla, me permito dirigirle la presente para informarle el resultado de mi reunión con el jefe de la familia Arai. Si bien él niega toda acusación que lo implique en la muerte de Hisana y, más aún, en el ataque sufrido por ella a manos de "desconocidos" cinco años antes de su muerte, yo debo confesar que confío mucho más en vuestro juicio profesional que en su palabra. Confío además en la sinceridad de vuestra hija.
Por todo lo anterior, decidí informarle a Saku Arai, que pretendo seguir adelante con mi voluntad de casarme, aunque no con Kaoru Arai, sino con Kaoru Unohana, quien me parece una mucho mejor futura esposa que la descendiente de una familia "noble" sin honor ni sentido de la decencia o la justicia. Si vos y vuestra hija estáis dispuestas a seguir adelante con el enlace, puedo prometeros a ambas que estaré a la altura de mis deberes de cabeza familiar y de esposo.
Sin otro particular,
Kuchiki Byakuya
28° cabeza familiar del Clan Kuchiki
Capitán del Sexto Escuadrón de Defensa del Gotei 13.
Sólo cuando mi madre acabó de leerme la carta, dejé de llorar. Olía a frialdad, a trámite, a formalidad, a tradición, en fin, a Kuchiki Byakuya. Pero también olía a reflexión profunda y un resto a la rebeldía que lo había llevado, años atrás, a ignorar al Señorío llevando a casa a una muchacha del Rukongai y luego a su hermana. Ahora hacía caso de la petición de casarse, pero no lo hacía para unirse al poderoso clan que buscaba hacía tanto echarle el lazo, sino para dar su apellido a una humilde Unohana, que nada tenía de aristocrático.
Madre, ¿qué vas a contestar?, pregunté.
El Teniente Abarai se fue de inmediato, no tenía órdenes de esperar respuesta.
Pero si tuvieras que contestar, ¿qué escribirías?
No es a mí a quien le corresponde esa decisión. ¿Por qué no te tomas un té relajante, recuperas la noche de sueño que perdiste y me informas mañana temprano de tu decisión? Cualquiera sea ésta, estoy dispuesta a apoyarte, Kaoru-chan.
Hice como ella me dijo. Me tomé un té. Dormí, dormí muchísimas horas. Y creo que soñé, soñé con un futuro lisonjero, soñé con campos de trigo, soñé con la sanación de antiguas heridas, soñé, soñé, soñé. Soñé con un hombre bueno. Soñé con un nuevo día. Y me levanté, pensando que ya había amanecido. Pero faltaban aún varias horas. Me había despertado un ruido. Era Isane, que se había levantado, somnolienta tras alguna de sus ridículas pesadillas, a atender la puerta. Renji-san venía con un paquete. Lo vi todo desde la ventana. Vi también la silueta de Byakuya-sama en el techo de enfrente. Fue una visión fugaz, pero tranquilizadora.
Isane tocó a mi puerta.
Kaoru-chan, decía con voz somnolienta, Abarai-kun vino a las tres de la mañana a dejarte un paquete. ¡Kaoru-chan!
Abrí la puerta, lentamente. Isane me entregó el paquete y yo lo abrí frente a ella.
Un... ¡un vestido de novia!, exclamó Isane despertando a medio cuartel. ¡Abarai-kun le ha regalado un vestido de novia a Kaoru-chan!
Comenzaron a encenderse luces, a abrirse puertas y a aparecer caras curiosas.
Me voy a casar mañana, le dije a Isane y la dejé con el marrón de explicarle a los demás, pues me encerré en mi cuarto. Apoyada en la puerta, me lo repetí a mí misma. Me casaré mañana.
No dormí nada en el resto de la noche. Apenas amaneció llegué a la habitación de mi madre, quien también llevaba mucho rato en pie.
No puedo terminar de atarme el kimono, le dije. Ella sonrió al verme a medio envolver en el hermoso kimono nupcial y se dispuso a ayudarme. Cuando salimos, el cuartel estaba arreglado de punto en blanco y un gran cartel ponía "FELIZ ENLACE ABARAI―UNOHANA".
¿Les decimos?, pregunté a mi madre.
No, respondió ella, embozada en su kimono negro.
En sólo unas horas, aparecieron las mejores galas del Cuarto Escuadrón, hasta Hanatarou se veía guapo, con uniforme ceremonial. Y también el rumor ya había corrido de cuartel en cuartel. En ese momento, apareció una mariposa infernal. Y luego varias más se distribuyeron por todo el Seiretei. Varios escuadrones pensaron que se trataba de una emergencia y se dirigieron a toda velocidad al templo."
Rukia sonrió algo confundida. Lo de las mariposas infernales había sido idea de Renji, quien se había dirigido muy temprano al Cuartel del Segundo Escuadrón a arreglar, de acuerdo a las órdenes de su capitán, el envío de un mensaje a todas las divisiones, solicitando su presencia en el templo.
―Hombre, planear una boda normalmente toma más tiempo ―dijo.
―Lo sé. Estábamos en el límite del plazo impuesto por el Señorío, de lo contrario la novia habrías sido tú. Y nos habíamos saltado ya varias formalidades, como la prueba oficial de los trajes de novio, la visita previa al templo... el envío de las invitaciones...
Rukia volvió a mirar a su cuñada con compasión. No entendía cómo podía esa hermosa joven expresarse en términos cariñosos acerca de su hermano, cuando éste no había hecho sino utilizarla para evitar meterla a ella en un lío. Aún así, debía limpiar su conciencia y explicar que nada supo de la boda hasta el último momento, de modo que se dispuso a hablar:
―Esa mañana me vestí con el kimono azul que Nii-sama había mandado dejar en mi habitación. Luego me fui a verlo y hallé a dos sirvientas dándole los últimos retoques a su kimono negro, de novio. Casi me fui de espaldas.
"¿Qué es lo que pasa aquí?, dije, sin hallar las palabras correctas para expresar mi sorpresa.
Voy a casarme. Apresúrate, llegaremos tarde.
Y me tomó de la mano. Cuando íbamos a medio camino, con un Renji muy confundido como escolta, me solté de golpe.
No... ¡no entiendo nada!, ¡explícame ahora! ¿Qué es eso de que te vas a casar?, Renji nos miró espantado. Me imagino que pensó que la novia era yo, después de todo mi amigo domina muy poco el tema de las formalidades y las ceremonias
Lo siento, partió Nii-sama por decir, como nunca lo había hecho. Debí explicarte esto antes, después de todo terminas siendo mi única verdadera familia.
Creo que lo vi sonreír. Me contó lo de las presiones del señorío. Me dijo que 'no casarse' era algo que estaba fuera de discusión. Me explicó a quién había escogido. La elección me sorprendió. Con pocas palabras me lo dijo todo ―excepto, claro, que yo era la segunda opción como novia― y a cada frase, Renji se fue acercando cada vez más, hasta llegar al mismísimo lugar donde estábamos los dos.
¡¿Así es que todo este tiempo hice las de celestino?!, exclamó al darse cuenta que todos los paquetes que transportaba desde hacía semanas, incluyendo a la propia Kaoru, tenían que ver con el enlace que iba a celebrarse esa mañana.
Así es, fue la sencilla respuesta de Nii-sama.
¿Y cuándo planeaba decírmelo, Capitán?
En un rato más te habrías dado cuenta por ti mismo.
Mientras Renji se lamentaba de lo bajo que había caído, Nii-sama volvió a tomarme de la mano.
La tradición dice que el novio debe ir de la mano de su padre en la ceremonia, dijo, sin mirarme. Tú no tienes a nadie más y yo no quiero en esto a los ancianos de la familia. La única que puede decidir si es correcto realizar este enlace acabas siendo tú, Rukia. Tú representas la devoción que todos estos años he tenido hacia Hisana y su memoria. Si tú lo apruebas, si tú no lo consideras una ofensa para el recuerdo de tu hermana mayor, ¿puedes acompañarme a la ceremonia y oficiar como la representante de la familia Kuchiki?
Era la primera vez en la vida que Nii-sama me pedía algo. No era una orden, no era una afirmación, no era una decisión que él hubiese tomado y de la que me estaba informando. Me miraba a los ojos y me dejaba a mí la decisión sobre su futuro y aún más, sobre el futuro de la familia.
Vamos, que se estila que sea la novia y no el novio el que llega tarde, le dije antes de apretar su mano, que estaba rígida y algo sudorosa, y seguir caminando.
Llegamos al lugar de la ceremonia dando pasos instantáneos. Era menos embarazoso simplemente llegar y no dar explicaciones. Los mayordomos de la casa Kuchiki se habían adelantado para poner todo en orden. Nii-sama, inexpresivo como siempre, tan solo esperaba y medio Seiretei ―es decir, todas las mujeres― lloraba de ver que el que estaba vestido de novio era el Capitán Kuchiki y no su teniente. Igual sorpresa se llevó el Escuadrón Cuatro cuando llegaron al lugar, escoltando por tierra a su capitana, que venía volando suavemente sobre Minazuki. Fue la primera en bajarse. Nii-sama se adelantó hacia ella para ayudarla. La mitad de la concurrencia se espantó que el enlace Kuchiki―Unohana significara eso. Intercambiaron una reverencia y Hanatarou ayudó a bajar a la que sí llevaba el traje de novia puesto. Vestías con un hermoso kimono rojo y bajo el tradicional gorro blanco llevabas un velo, idea de tu madre para aumentar el suspenso.
Podemos comenzar, dijo la Capitana.
La gente del Clan Arai estaba presente, así como representantes de las otras casas nobles. Hubo escándalo general cuando Nii-sama se dirigió a la testera acompañado por mí, pues yo hacía las de padre, de suegra, las de cualquier cosa. Y aunque nadie lo imaginaba, la boda se celebró."
