Muchas gracias por los comentarios y perdón por lo largo que quedó este capítulo.
―Tiempo más tarde, mi madre me dijo que ya que a Byakuya-sama le costaba tanto expresar lisa y llanamente sus sentimientos, lo hacía a través de acciones simbólicas. Y que eso podría simbolizar que, si bien no reconocía a una "familia" entregándolo a este enlace, sí tenía un pasado y era su pasado el que lo dejaba ir, y el pasado me aceptaba a mí en la familia. Por eso al partir la ceremonia, tú lo tomaste de la mano a él y al salir del templo me tomaste de la mano a mí.
―Pues vaya que os entendéis los dos.
―Soy su esposa... Si yo no lo entiendo, ¿quién lo hará? Aunque ha sido un aprendizaje lento, que comenzó en la misma noche de bodas...
―¡No quiero oír, no quiero oír! ―exclamó Rukia tapándose los oídos.
―...En la cual no pasó nada... ―se completó Kaoru, con los ojos cerrados.
―¿Nada?
―Vaya, ¿no era que no querías oírlo? ―preguntó la joven esposa, mirando a Rukia con un sólo ojo que sonreía pícaramente.― Le salté encima, e hice que me cargara al interior de la casa, como en las bodas del mundo de los vivos. Estaba con todo el subidón de la fiesta y aunque no había hecho mucho en ella, estaba contenta, no sabía bien por qué. Cuando llegamos a la habitación le pregunté si tenía algún anillo que darme.
"No, me dijo. No es la tradición.
Oh... ya veo, repliqué, desilucionada. Y entonces pasó el subidón. Todos los miedos que tenía días atrás de acabar atrapada entre los barrotes de un matrimonio frío y aburrido volvieron a mí.
Es mejor que te quites la ropa, me dijo, de sopetón, mientras me volvía la espalda. No creo que vayas a poder acostarte así.
Hice un movimiento de sorpresa. Y me puse nerviosísima. Lo miré atónita y parece que hasta sintió el miedo en mi reiatsu, pues se volvió y me señaló un biombo.
Ah, claro, el biombo, el biombo, ¡qué bien pensado!, balbuceé, mientras me dirigía a ese rincón.
Allí, sobre un taburete había un yukata muy suave y muy fino. Me imaginé que era lo que debía ponerme. Me desvestí con mucha dificultad. Por la mañana me había ayudado mamá, ahora no tenía nadie que me ayudara y yo no solía usar kimono. Casi volqué el biombo.
¿Algún problema?, escuché su voz.
¡...Ninguno!, repliqué no muy convincentemente, aunque lo último que necesitaba era que él me ayudara.
Me coloqué el yukata. Como toda la ropa que me había regalado hasta el momento, me sentaba perfectamente.
'¿Para qué tendré que ponerme esto', pensé, 'si él me lo va a sacar en seguida? Ya sé, debe ser la tradición', me autorrespondí con hastío.
Pasé frente a la palangana y me desmaquillé, pero a la hora de soltarme el cabello me hice un lío nuevamente. Después de mucho luchar me di por vencida.
¿...Capitán?, dije desde detrás del biombo. Después de todo, tampoco sabía cómo dirigirme a él cuando no estaba tratando de molestarlo.
¿Subteniente?, me respondió.
Me he hecho un lío con deshacer el peinado, ¿podría usted ayudarme?
Venid.
Salí. Me temblaban las piernas y preferí mirar hacia abajo, pues medio lo vi que ya se había quitado el traje de novio y estaba con un yukata similar al mío, sentado en su futon. El mío, que estaba pegado al suyo, esperaba abierto. Se me deben haber puesto rojas hasta las orejas. Me arrodillé en el futon, dándole la espalda.
Estando en casa no soy tu capitán, sino tu esposo, me dijo mientras tan sólo tirando una de la agujas desarmó el peinado completo. Mi cabello se distribuyó sobre mis hombros. En posición de matrimonio y frente a otros, se estila el apelativo respetuoso: Byakuya-sama. En la intimidad puedes llamarme simplemente Byakuya.
De acuerdo... Byakuya, repetí. Me retumbaba en los oídos la palabra "intimidad". Sentí su mano sobre mi hombro, brevemente, aunque lo suficiente como para que el corazón me diera un vuelco y todo mi cuerpo se pusiera tembloroso. ¿Qué iba a ser de mí ahora?
Fuera de esta casa somos capitán y subteniente del Sexto Escuadrón de modo que no habrá viaje de bodas. Espero que no te importe.
No... no me importa, dije. Recordé que en una de las visitas protocolares se había discutido eso. Las mujeres de la casa Kuchiki solían no tener funciones en el Gotei 13 como medida de protección. Fuera porque a mi marido no le importara mucho quedarse viudo de nuevo o porque no quería atropellar mi libertad, me dejaba en mi posición, la cual era bastante más riesgosa incluso que la que te permitía tener a ti en el Escuadrón 13.
Bien, volvemos a trabajar mañana entonces. Apaga la lámpara antes de dormir, dijo antes de acomodarse en su futón, dándome la espalda. Que pases buena noche.
Igualmente, murmuré, sin saber qué pensar.
Al otro día, me desperté sola. Junto al futón estaba mi uniforme, perfectamente doblado, al igual que mis sandalias y mi espada. De mi esposo, ni rastro. Desayuné sola, pues tú tampoco estabas. Y me dirigí al cuartel. Me presenté en primer lugar en su oficina. Renji me hizo una profunda reverencia.
Kuchiki-sama.
Ah... Renji-san, le contesté, tomada de sorpresa. Al parecer tendría que acostumbrarme al trato de respeto, ya que era la esposa de un noble. Byakuya-sama..., comencé a decir, vuelta hacia mi esposo.
Subteniente, llegáis tarde.
Lo siento... Capitán.
Renji pidió licencia para retirarse, en lo que preveía podía ser un pleito de casados.
Como mi esposa y oficial del Escuadrón debes dar el ejemplo en el cumplimiento de las normas disciplinarias, me sermoneó. En el cuartel eres mi subordinado, como lo es Abarai-kun o cualquiera de mis hombres, el que estemos casados no hace ninguna diferencia.
Sí, dije con sumisión. Pero...
Y en ese momento se abrió la puerta de golpe.
¡Buenas, Capitán Kuchiki!, exclamó Rangiku-san entrando de sopetón, acompañada de Nemu, Yachiru-chan, y Hinamori-san. Venimos a secuestrar a su esposa, para que asista a una reunión de emergencia de la Asociación de Shinigamis Mujeres, esperamos que no le moleste, pues gracias y hasta luego, ¡adiosito!
No le dieron a él oportunidad de decir nada, ni a mí de mover un sólo músculo, pues Nemu me inmovilizó como si realmente me llevara prisionera.
Por la calle, camino al Cuartel del Décimo Escuadrón, que era la nueva sede de la Asociación, la gente se comportaba extraña ante mi presencia. Los Shinigamis, desde los soldados hasta los oficiales me saludaban con reverencias y nombraban el apellido de mi esposo como motivo de gran respeto. Las Shinigamis, por su lado, me miraban con odio, como si les hubiera quitado algo.
¿Qué tiene ésa que no tenga yo?, escuché decir a una.
Honra, Misa-san, honra, le decía otra.
Hina, ¡cómo te atreves!
Es la verdad, ¿o es que acaso no viste las azucenas?
Pues yo me corto un par de azucenas, me las coloco en el pelo y doy un braguetazo también, tan tranquila.
Puedes hacerlo, pero las pobres azucenas se marchitarían, de seguro.
¡Hina!
¿Viste lo linda que es?, dijo un soldado del escuadrón 11.
Joder, el Capitán Kuchiki tiene muy buen gusto, le dijo el otro.
Y se lo tenía bien guardado, el muy pícaro.
Claro. Además, quién iba a decir que la Capitana Unohana tuviera una hija tan bonita.
Genes recesivos, dijo la voz de mi madre, detrás de ellos, dándoles el susto de sus vidas.
Ah, Capitana Unohana, Teniente Kotetsu, buenos días.
Buenos días, ¿habéis visto a mi hija?
Ku...Kuchiki-sama se fue en esa dirección en compañía de algunas Shinigamis.
Gracias, voy con retraso a la reunión.
Una vez en el salón dispuesto para ello, me sentaron en una especie de testera, flanqueada por Rangiku-san y Nanao-san.
Muy bien, chicas, dijo Rangiku-san, vamos a dar inicio. Primer y único punto del día: comentar la boda y la noche de bodas de Kaoru-chan.
Pensé que moriría allí mismo. La habitación se desordenó por completo, todas se abalanzaron hacia mí, con preguntas y rostros curiosos, por lo menos hasta que Nanao-san puso orden.
¡En orden!, dijo. Para preguntar me levantan la mano y para hacer comentarios de mal gusto también me la levantan.
Era una especie de conferencia de prensa.
¿Cómo fue que te propuso matrimonio?
Fue a buscarme al mundo real.
Oh, qué romántico, ¿cuándo se enamoró de ti?
Estuvimos comprometidos décadas atrás, pero él se casó con otra, dije, sin saber cómo responder a esa pregunta.
No te preocupes que esa historia nos la conocemos, sólo que como Hisana-chan no era Shinigami no pudimos interrogarla, aclaró Rangiku-san. Ahora, hay que ver que eres cortita, si nos hubieras dicho antes te habríamos preparado una despedida de soltera en condiciones.
No creo que eso fuera necesario..., balbuceé.
¿Estás embarazada?, preguntó una, con cara de astuta.
¡NO!
Vaya es que con el apuro que le dieron a la boda, una llegaba a pensar que...
¿Qué tal los dulces en la boda?, preguntó Yachiru-chan.
Muy buenos.
¿Y los otros dulces?, preguntó una, no sé quién.
¿Cuáles?
Vamos, tonta, que nos referimos a los atributos del novio.
Sí, cuenta, cuenta, que si bien Byakuya es muy guapo nos es imposible imaginarlo en la intimidad, ¡es tan frío!
Supongamos que dejará de ser frío con una blanca muchacha durmiendo a su lado, ¿no?
¿Cómo estuvo?, me preguntó Rangiku-san, derechamente. ¿Te tomó entre sus brazos con fuerza? ¿Se fue en plan romántico? ¿O tierno? ¿O apasionado? ¿Cómo anduvimos de tamañ...?
A esas alturas, varias de las muchachas yacían desmayadas por el cuarto, con otras asistiéndolas.
No, nada de eso..., intenté decir, abrumada por la vergüenza y por las preguntas.
¡¿Qué?! ¡¿Me vas a decir que el GRAN KUCHIKI BYAKUYA no pudo en su noche de bodas?!, se espantó Rangiku-san, señalándome con un dedo índice que luego dobló flojamente, digamos, de manera bastante elocuente.
¡QUE NOS DORMIMOS, QUE NO HICIMOS NADA!, grité como para que escuchara hasta Yamamoto-dono.
Justo en ese momento apareció mi madre en la puerta.
¡Mamá! ¡Sálvame!, grité, arrojándome a sus brazos. Me miró con dulzura.
¿Vamos a dar un paseo?
Sí, por favor.
Y salimos del lugar, aunque no sin que antes Isane les dijera:
La capitana Unohana manda decirles esto: "Como volváis a interrogar a mi hija sobre su vida marital, os vais a cagar". Adiós.
Supongo que eso bastó para acojonarlas. Mi madre y yo caminamos un trecho en silencio.
¿Escuchaste...?, le pregunté.
Se escuchaba a doscientos metros de distancia, me respondió, con una sonrisa.
Y... ¿qué piensas?
Pienso que el Capitán Kuchiki es un caballero después de todo. Hasta el momento corres con suerte, pues actúa como si te estuviera cuidando y eso me alegra.
¿Suerte? ¿Tan malo fue tu matrimonio con mi padre?, me atreví a preguntar.
Tu padre se casó conmigo con gran ilusión, pero pasados unos días, perdió completamente el interés, acostumbrado como estaba a que la vida lo consintiera en todo y a dejar los juguetes tirados una vez que lo aburrían. Pronto me convertí en parte de la decoración de la casa y en cuanto me embaracé, nuestro matrimonio pasó a estar compuesto por tres personas, sin contar al bebé, lo cual es una gran multitud para un matrimonio.
Miré a mi madre confundida, con cara de que las matemáticas no me encajaban. Ella me puso la mano en la cabeza, con compasión.
Que se buscó una amante, hija, una amante. Va a ser verdad lo que decía Rangiku-san, eres muy cortita para ser ya una señora.
¿Una amante? ¿Y eso es... muy malo?
Yo no tenía mayor interés en tu padre, aunque siempre es duro para una mujer no gustarle a su marido.
¿Y supiste quién era?
Digamos que... del clan Kuchiki no sólo Byakuya heredó los genes guapos.
La miré, consternada.
Era una medio-hermana suya, o una prima mayor, la verdad es que no lo sé y él tampoco la conoció. Ginrei-dono la desheredó por el baldón que había echado sobre la honra de la familia y no se volvió a saber de ella. Como sea, son historias muy viejas, hija mía, por las cuales no te debes preocupar en lo absoluto. Ya estás casada, una parte de la tarea ya está hecha. Ahora, si se te da la oportunidad de ser feliz, aprovéchala con todas tus fuerzas. Y si no, pues... dedícate a servir a los demás, que eso siempre paga bien y otorga innumerables satisfacciones.
Eso explicaba el ahínco que dedicaba mi madre a su trabajo en el Cuarto Escuadrón. Su dedicación a ayudar a otros la había ayudado a superar sus malas experiencias y a convertir su carácter en esa sombra de amabilidad impenetrable, que rara vez se sorprendía, pero que para todos tenía una sonrisa afable. Aún así, sus palabras me dejaron algo inquieta.
Esa noche, el show se repitió, aunque sin kimonos ni peinados complicados. Pensé que habría llegado mi "hora final" y que me ordenaría que me desnudara, como estuvo dándome órdenes todo el resto del día en el cuartel. Mas, apenas me miró, me volvió la espalda y se durmió. A la tercera noche, como vi que íbamos hacia el mismo lugar, hice algo, con el fin de comprobar una duda que me estaba carcomiendo.
Cuando estábamos listos para dormir, me abrí un poco el yukata y le descubrí un hombro, diciéndole algo como:
Byakuya, me pica el hombro, ¿puedes ver si tengo algo?
No tienes nada, dijo más rápido de lo que yo esperaba. Buenas noches.
Y antes que pudiera dar mi experimento por terminado, ya estaba durmiendo nuevamente. O al menos eso quería aparentar, pues su respiración era la de alguien que está despierto.
'El cabronazo', pensé. 'Inventa un enorme lío para casarse conmigo y luego me ignora.'
No pude evitar recordar algunos comentarios como "supongamos que no será tan frío con una blanca muchacha durmiendo a su lado" o "siempre es duro para una mujer no gustarle a su marido".
'Vaya', me dije. 'Va a ser entonces que no le gusto. ¿Y cómo pretende tener hijos conmigo?'
Esa noche me dormí muy disgustada, pero me desperté extrañamente a gusto. Algo había ocurrido, tal vez hizo mucho frío durante la noche, quién sabe."
―No me digas que... ―la interrumpió Rukia, toda temblorosa y comenzando a taparse los oídos.
―Despertamos abrazados. Hasta el momento, él había despertado antes que yo, tal vez para evitar que lo viera sin los keiseikan, despeinado y somnoliento. Pero ese día nos despertó la luz de la mañana. Creo que yo fui la primera en comenzar a despertar. Estaba calentita y cómoda, pero no alcancé a alegrarme mucho, pues algo balbuceaba él dormido. Me incorporé y me incliné hacia él para escucharlo, mis cabellos rodeando su cabeza.
"Hisana..., dijo muy bajito. ¡Hisana!, repitió fuerte y se despertó, incorporándose de golpe y dejándome caer.
Me salí rápidamente del lecho. Estaba furiosa.
Pu...¡Puerco!, le dije, señalándolo con el dedo. ¡Soñabas con Hisana y mientras me metías mano!
No recuerdo haber tocado nada.
Que sí, me abrazaste y... y... me...
Se volvió un poco hacia mí y tornó a mirar hacia el frente con expresión cansada.
El yukata..., murmuró, llevándose la mano al entrecejo.
Me miré lentamente. Se me había abierto el yukata y se asomaba por él parte de mi anatomía.
¡PUERCO!
Grité, y salí a toda velocidad de la habitación, dando un portazo."
―Yo me topé contigo en el pasillo, te dije "buenos días" ―prorrumpió Rukia, divertida.― Me hiciste a un lado y me soltaste un "qué coños tienen de buenos". Vaya que es complicada la vida matrimonial Y ése sí que fue un desayuno extraño. Nii-sama acabó yéndose sin comer nada, pues todos sus platos tenían, misteriosamente, o mucha sal o mucha más pimienta de la que él mismo podía soportar. Y tú te reías como una loca.
―Ese fue el primer día que nos fuimos juntos al Cuartel. La gente nos miraba, como siempre, éramos una especie de celebridad. Además era muy raro ver pasar a Byakuya-sama a esa hora rumbo al cuartel, normalmente se lo veía más temprano. El caminaba rápido y yo debía correr para alcanzarlo.
"Oye, no me dejes atrás, le reclamé.
Eres la esposa, me dijo, sin mirarme. Debes caminar detrás del marido, a un brazo de distancia.
Y una leche..., murmuré tratando de pasarlo adelante, justo en el momento en que a unos que cargaban la bodega del Escuadrón 8 se les cayó un tonel que iba directo a mi cabeza. Sacando la espada de su cinturón, me apartó hacia atrás, desenvainó y partió el tonel en el aire, derramando el arroz que llevaba.
Siempre a un brazo de distancia, me repitió antes de envainar y volverse a poner en marcha.
Y una leche, le repetí, jalando ambos extremos de su bufanda con intención de ahorcarlo, pero se paró en seco, haciéndome chocar con él.
Vosotros, tened más cuidado o me veré obligado a informárselo a su capitán, amenazó sin mirar a los pobrecillos que cargaban la bodega.
¡Señor, sí, señor!, exclamaron a coro, pero ya sólo quedaba yo, sonriéndoles con cara de tonta.
Viendo que se alejaba, entendí que aquello de caminar a un brazo de distancia de él no era sólo una regla de etiqueta. Debe haber sido una antiquísima manera de proteger a las esposas, lo cual no dejaba de tener su punto.
Trabajo rutinario, nada nuevo bajo el sol esa mañana, nuestro cuarto día como marido y mujer. Vino la gente del Señorío a hablar con él. Me sacó fuera de la oficina y se encerró con los visitantes, incluyendo Oba-sama. Cuando salieron, iban muy enojados, aún echando comentarios hacia atrás.
Con esa actitud tan arrogante no sé qué le espera a la nobleza del Seiretei, dijo uno. Si te has casado para tener herederos, no sé qué es lo que esperáis. Pronto esto pondrá en duda tu hombría o se transformará en una ofensa para la familia Arai.
Recuerdo haberles dicho que me casaba con la hija de la Capitana Unohana, no con una Arai. Lo demás pertenece a mis asuntos personales, respondió Byakuya-sama, con voz tan fría como el acero de Senbonzakura y llegando junto al viejo de un sólo paso instantáneo.
¡Tú!, me gritó Oba-sama. Cumple con tus deberes de esposa de una vez, que caderas aptas para parir tenéis.
Y me echó una buena manoseada, allí frente a todos, hasta tirarme al piso. Era una vieja chica como una pulga. Byakuya-sama la tomó del kimono y se la entregó a los demás Arai como quien hubiera agarrado un perro o un gato del collar para devolvérselo a sus dueños. Acto seguido me recogió del suelo y me sacudió la ropa como a una niña, nuevamente, en silencio, para volver a encerrarse en su oficina.
Kuchiki-sama, ¿se encuentra bien?, me dijo Renji.
¡Meteos todos en vuestros asuntos!, grité, sin mirar a nadie y eché a correr a casa.
Llegué entre lagrimeos varios. Me sentía tan humillada. Me dirigí hacia la habitación, pero escuché voces, de modo que no entré.
A la una, a las dos y a las tres, ¡cha―chán!, dijeron a coro dos mucamas que aseaban la alcoba matrimonial. Estaban recogiendo los futones.
Pues, nada, dijo una.
¿Nada?, preguntó la otra. Revisa bien.
Que te digo que no ha pasado nada y eso que es ya la tercera noche.
Con tantos años sin mujer pensé que el amo se daría más prisa ¿Crees que tenga algún impedimento?
No, qué va. ¿O es que no recuerdas cómo fue con Hisana-sama? Si hasta abandonaron la fiesta de bodas antes de lo previsto. Y luego, cuando paseaban por los jardines, él aprovechaba cada momento en que parecían estar solos para CLAVARLE... la nariz en los cabellos o sencillamente besarla.
Claro, pero estamos hablando de cincuenta años atrás y el tiempo no pasa en vano.
Que no, que no, que es esta chica la que no le gusta o no hace nada por gustarle.
Pero yo la veo mejor que a Hisana-sama. Es más alta, tiene mejor pecho.
Pero le faltan esos detallitos de Hisana-sama, que eran los que lo volvían loco. Pero bueno, es normal. Después de todo el Señorío se la impuso.
Sí, es diferente a Hisana-sama, a la que él escogió por sí mismo. Aunque... ¿y qué tal si Kaoru-sama no era virgen después de todo?
Anda que parece que no conoces bien a la familia, si llevas trabajando aquí cuatro siglos. Que los Kuchiki son muy estrictos en estos asuntos, ¿o es que no te acuerdas lo que pasó con la difunta Ojou-sama? Ginrei-dono la sacó de la casa cagando leches en cuanto se enteró de todo. No, aquí el asunto es ella, la que no ha sabido cumplir con sus deberes de esposa.
A lo mejor tiene miedo. Muchas mujeres le temen a sus maridos en la intimidad.
¿Al amo Byakuya? ¡Si media Asociación de Mujeres Shinigamis se lo serviría con todo y sandalias!
Pues una paradoja de la vida, ¿no? Pudiendo tener a cualquiera que se le antojara, va y se casa con una estrecha...
Eso ya era el colmo de la humillación. Hice notar mi presencia.
¡Ah, Kaoru-sama!, exclamaron, fingiendo amabilidad. Creíamos que no llegaríais sino hasta el almuerzo, estábamos aquí, limpiando la alcoba.
Salid, dije, fríamente.
Pero, Kaoru-sama, no hemos terminado...
Salid, repetí.
Sí, mi señora, dijeron en coro y abandonaron la habitación.
¿Nos habrá oído?, las escuché cuchichear afuera.
Pues si más tarde nos hacen azotar, quiere decir que nos oyó.
Me quedé sola en la habitación. Me acosté en el futon y lloré un rato. Luego me levanté y empecé a vagar por la casa. Tal vez me perdí en la inmensa mansión a la que aún no conocía del todo. Como fuera, los sirvientes me dejaron hacer, sin interferir en nada. Puede que se haya distribuido el rumor de que haría azotar a un par de mucamas a las que había pillado hablando de mí. De cualquier manera todavía no me creía mucho el cuento de 'señora de la casa'. Prefería escuchar a escondidas las comparaciones que hacían entre Hisana y yo. Habían varios que ya le habían hecho la vida imposible a la anterior señora de la casa, que había reemplazado tan penosamente a la madre de Byakuya, ¿por qué no me iban a hacer la guerra a mí también? Otros cuantos preferían a Hisana, pues habían notado lo feliz que hizo al señor de la casa durante su corto matrimonio.
Entre mi vagabundeo, di con la habitación en que estaba su altar. Entré, lo abrí de par en par. Me bajó una rabia.
Así es que llevas más de cincuenta años muerta y sigo perdiendo ante ti, ¿no? Es duro no ser más que tu 'sucesora'.
Me pregunté qué pasaría si tomaba el retrato y lo hacía pedacitos. Lo tuve en la mano.
¿Qué diablos tenías que yo no tenía... que yo no tengo? Si no eres más que una enana flacuchenta del Rukongai, tierra de los pobres diablos...
Y de pronto me asaltó una gran claridad mental. 'Si se te da la oportunidad de ser feliz, aprovéchala con todas tus fuerzas. Y si no, pues... dedícate a servir a los demás, que eso siempre paga bien y otorga innumerables satisfacciones'. Mi madre tenía razón. Ni el retrato ni la difunta tenían la culpa de nada. Pero aún tenía la oportunidad de ser feliz. Tan sólo tenía que dedicarme a hacer lo que mejor sabía hacer. Puse el retrato en su lugar y me escabullí de la casa.
No volví hasta muy tarde por la noche. Me di un baño y me dirigí a la habitación. Había una luz encendida en la alcoba, pero era tenue, como si la lámpara se estuviera apagando. Abrí lentamente, con la intención de no despertar a nadie.
¿Dónde estabas?, dijo la voz de Byakuya-sama, fría e implacable. Estaba sentado ante una pequeña mesita, practicando su caligrafía. Había varias hojas distribuidas en el suelo, lo que indicaba que llevaba un buen rato matando el tiempo de espera con su hobbie.
Oh, pensé que ya estarías durmiendo, como cada noche optas por dormirte pronto, dije sin amilanarme. Además, mucho se dice por ahí que no hay mejor defensa que un ataque.
Te pregunté que dónde estabas, repitió alzando la voz una octava, sin levantar la vista de su escrito.
Fui a dar una vuelta.
¿Y vuelves a casa quince horas después?
De acuerdo, de acuerdo. El Escuadrón Seis es una división de guerra y la lucha no es lo mío, me ahogo en ese sitio. Fui a darme una vuelta por el Rukongai, a ayudar a la gente.
¿Que hiciste qué?, ahora sí levantó la vista.
Lo que oíste.
¿Estás mal de la cabeza? Ya no eres la santa de las causas perdidas, sino mi esposa, y no sólo tienes que serlo, sino también parecerlo.
¿Vas a hablarme de lo poco honroso que es para los Kuchiki el frecuentar el Rukongai? Pues te recuerdo que tu primera esposa y tu hermana postiza vienen de los más bajos fondos de ese sitio. Y que Hisana vagaba por ahí todo el tiempo.
El Rukongai es una zona muy peligrosa y desprotegida..., murmuró luego de una pausa, en un tono apenas contenido. Se notaba que le molestaba mucho que yo mencionara a Hisana y el notarlo me molestaba mucho a mí.
Por lo mismo, voy para ayudar en algo, en donde sí hace falta, repliqué, torvamente.
No irás más.
¿Qué?
Soy tu marido y te lo prohíbo.
Hasta donde sé, nuestro matrimonio aún no se consuma...
Eso no me quita ni un ápice de mi autoridad sobre ti.
¿Y qué vas a hacer? ¿Encerrarme?
Sabes bien que podría hacerlo.
No me interesa lo que podrías hacer, sino lo que harás en verdad. ¿Y sabes qué te digo? Que no hay huevos.
Ya te dije una vez que no hacía falta ser maleducada.
¿Y a mí qué?
El cansancio te hace decir tonterías. Acuéstate ya.
¿Eso también es una orden?
Lo es.
¿Y quiere mi señor marido que me acueste vestida o desnuda?
Se puso de pie y caminó con decisión. Permanecí en mi lugar, pero tuve casi la certeza que iba a pegarme... o algo peor. Mas lo que hizo fue salir de la habitación, con decoro, sin ninguna expresión en el rostro, como siempre. Apenas se cerró la puerta, me dejé caer, mis piernas se habían vuelto de lana. Me arrastré hasta el futón y una vez allí suspiré profundamente. La situación no podía ser peor. Estábamos en los primeros días del matrimonio, esos que en el mundo de los vivos se llaman "Luna de Miel". Pero la miel, ni yo ni él la habíamos visto, para nada. Me llevé la mano a la frente, la sangre me martillaba las sienes.
Aún así, ese día no había pasado completamente en vano. Me había llevado dos satisfacciones: una inocente y otra no tanto. Por una parte, mi ronda por el Rukongai había sido muy productiva. Usar mi poder para sanar a los necesitados era algo que había hecho durante décadas en el mundo de los vivos y ahora lo había hecho también en el de los muertos, lo que me hacía muy feliz. Por otra parte, era la segunda vez en pocos días que lograba hacer que el 28° cabeza de familia del Clan Kuchiki perdiera los estribos, lo cual no dejaba de ser en parte divertido. O tragicómico.
A la mañana siguiente, me desperté sola. Desayuné también sola. Me debatí entre el alivio por no tener que explicarle a nadie que volvería al Rukongai y un cierto vértigo. ¿Es que a nadie le importaba ya lo que hiciera? ¿Me había vuelto ya parte de la decoración de la casa? Fuera como fuera, salí de la mansión y enfilaba mis pasos hacia la puerta norte cuando me fue demostrado que mi segunda apreciación estaba equivocada.
¿Adónde vas?, dijo la voz de mi esposo, a mis espaldas.
Al Rukongai, respondí, dándome la vuelta en mi mejor actitud de desafío. ¿Problema? ¡Ah!, ya recuerdo que me lo tenías prohibido y que ibas a encerrarme. Pero, ¡oh!, parece que no lo hiciste.
Haz lo que quieras, murmuró y echó a andar en dirección al Cuartel.
Justo cuando pensé que ganaba el pulso, de pronto sentí que lo perdía. Había un dejo amargo en su voz, como si se sintiera en verdad ofendido. Mas, ya no podía dar pie atrás. Me encogí de hombros y seguí mi camino. Procuré volver más temprano ese día, ciertamente, por lo menos a tiempo para cenar, aunque cuando llegué, la cena ya estaba mediada y habían invitados. Los del Señorío, Oba-sama, Saku Arai y los mayordomos de la familia Kuchiki. El tema de la conversación: yo. Así es que me hice el ánimo de oír tras la mampara.
Vuestra esposa no puede andar vagando por el Rukongai, al menos no sin una chaperona, dijo uno de los mayordomos.
La honra de la familia es lo primero, amo Byakuya, por favor sed razonable, apostilló el otro.
Ya tuvimos suficiente con la pobre diab... con Hisana-sama, vagando día y noche por Inuzuri, arriesgando su persona, su honra y la de la familia en tan penoso lugar, aseveró uno de los ancianos del clan.
Y estamos hablando no sólo de la casa Kuchiki, sino también de los Arai, agregó el propio Saku Arai. Eso sin contar que no aceptaste la dote que os ofreció mi familia y que en el templo aún no hay noticias de la consumación de vuestro matrimonio.
Byakuya-sama no hizo más que suspirar.
¿Suspiráis?, se escandalizó Oba-sama. ¿Acaso no os parecen importantes los asuntos que vinimos a discutir? Hay que ver en qué posición de debilidad se encuentra el Clan Kuchiki con semejante jefe. Que esa chica necesita ser gobernada con mano dura y punto en boca. Un par de azotes con el fuete y sabrá quién es el que manda en esta casa...
¿Habéis terminado ya?, preguntó el anfitrión de pronto. A diferencia vuestra, tengo bastantes responsabilidades como Capitán de uno de los Escuadrones de Defensa del Gotei 13 y me levanto muy temprano.
¿Nos estáis echando?, se escandalizó Saku Arai.
Gohei-dono, encargaros del resto, dijo al ponerse de pie y encomendar el final de la cena a uno de los mayordomos. Si me excusáis.
Tuve que escabullirme rápidamente para evitar toparme con él en el pasillo. Se fue derecho a la alcoba. Pasé por la cocina, me robé un bocadillo, me di un baño rápido y me recogí también. Abrí la puerta lentamente. Para variar, no me miró ni me dirigió la palabra. Se acomodó para dormir, dándome la espalda y yo hice lo propio. Pero no pude conciliar el sueño de inmediato. Me volví hacia él. Y allí estaba su espalda, que a estas alturas ya debería estar encorvada bajo el peso de tantas presiones. Quise acariciarlo... pero no me atreví. Tal vez en sueños, pensaría que yo era Hisana y me llamaría con su nombre.
Cuando desperté, estaba sentado en el futón. Me incorporé.
Buenos días, le dije. Apenas me contestó. ¿Qué pasa?
Hoy hay mucho papeleo que hacer en el Cuartel y Renji fue enviado anoche al mundo de los vivos. Vendrás conmigo.
No se me ocurrió nada ingenioso que decir.
Bueno, murmuré y me volví a buscar el haori para levantarme. De pronto, a mis espaldas, sentí que me tomaba un mechón de pelo, sin jalarlo y que se acercaba. ¿Algo más?, dije, casi sin que me temblara la voz.
Nada. Tu cabello huele bien.
Me quedé clavada a mi sitio. El sencillamente se levantó y salió. Y efectivamente, ese día me sepultó en papeleo. Creo que fue la mejor manera que se le ocurrió de mantenerme alejada del Rukongai sin necesidad de pegarme. Mandó a Renji a ver si llovía en la esquina y como la mayoría de los papeles requerían el sello del Capitán y de un suboficial, pues ahí me tenía, prisionera de la burocracia.
'Muy astuto', pensé. 'Pero no se saldrá con la suya.'
Y no lo hizo, pues después del almuerzo me escabullí de igual forma hacia las afueras del Seireitei. Visité a un par de ancianas y, como ya había corrido un poco el rumor de mis visitas, vinieron a buscarme para que fuera a Inuzuri a ver a una niña enferma. Se hacía tarde, pero accedí a ir. Cuando llegué, la niña ya había fallecido y el cielo ya estaba bastante oscuro. Sumidos en su dolor, los parientes de la pequeña ya no me prestaron mucha atención, de modo que debí emprender el retorno a casa sola.
Aparte de ver a algunas personas persiguiendo a un gato para la cena, en principio no sospeché lo que iba a pasar. Caminé cuán rápido pude, pero de pronto escuché que me llamaban desde un callejón. Traté de no prestar atención.
Shinigami-sama, ayuda por favor, decía la voz de un joven.
Fiel a la filosofía del Cuarto Escuadrón, no podía negar mi ayuda a quien me la pidiese, de modo que me acerqué aunque todo el instinto me avisara que no lo hiciera.
Shinigami-sama, mi hermano está malherido, me dijo el dueño de la voz. Ayúdenos por favor.
¿Dónde está?, pregunté.
Por aquí, venga, por favor, venga, me decía el chico, guiándome hacia una casucha al fondo de un callejón sin salida.
Cuando llegué al umbral de la puerta, ante una luz tenue se apareció ante mí el herido, boca abajo. Apenas me acerqué a tocarlo, reaccionó y me tomó la mano. Comenzó a reírse.
Cayó, hermano, cayó, decía el joven. Les avisamos o...
Luego, idiota, primero a cobrar nuestra parte. Probémosla, a ver qué sabor tiene.
Me quedé un poco paralizada por el miedo. Intenté soltarme. El tipo me hacía daño en la mano. El más joven me tomó por los hombros y luego de respirarme en la nuca dijo:
Por lo menos su cabello huele muy bien.
La voz se me pegó a la garganta, no fui capaz de gritar. Forcejeé, pero, como ya dije, la lucha no es lo mío y estaba tan aterrorizada que hasta los hechizos de Kidou se me habían olvidado. Entre los forcejeos, se me descosió el kimono en la manga. Me tiraron al suelo. Allí ya lo vi todo un poco más borroso y no se me ocurría cómo iba a salir de ésta, no lograba articular un sólo pensamiento coherente. Sólo atiné a pensar en una persona: Byakuya-sama. Con su imagen en mente, me escapé de mis captores. No supe cómo. Crucé el Rukongai ya de noche, ocultando mi presencia como había aprendido a hacerlo medio siglo atrás. Sabía que debía volver al Seireitei lo antes posible, curar mis heridas y fingir que esto no había ocurrido
Así lo hice. Volví a la mansión aún temblorosa. Quería llegar y que mi esposo me echara la bronca, como para sentirme en casa. Me cuidé bien que nadie me viera el uniforme desarreglado y repetí lo que había hecho la noche anterior. Robar un bocadillo y bañarme sin decirle a nadie. Pero ahora no pudo ser un baño rápido. Necesité remojarme mucho rato para ver si se me iba la sensación de miedo, de asco, de... qué sé yo.
Cuando finalmente llegué a la habitación, encontré a mi marido con su caligrafía. Apenas me prestó algo de atención, lo que fue toda una desilusión, pues yo esperaba encontrármelo en pie de guerra... o al menos preocupado.
¿Tuviste un bonito paseo?, me dijo, en tono algo irónico, tras el cual se leía la pesadumbre de una cierta decepción, pues aunque había encontrado un buen método para mantenerme alejada del Rukongai sin necesidad de pelear conmigo, de igual manera yo le había desobedecido.
Hoy no quiero discutir, dije y me metí en el futon. Buenas noches.
Aunque apenas dije eso, llegó a mi lado, como si hubiera dado un paso instantáneo. Me miró de cerca, agudamente, como si quisiera leerme y me sujetó de las muñecas, obligándome a mirarlo.
¿Qué?, dije, mirando hacia los lados, la manera en que me había inmovilizado. Me recorrió un escalofrío pensando que después de aquel enorme susto, además me tocaría justo esa noche consumar el matrimonio.
Nada, respondió y apagó la luz.
Permanecí despierta un buen rato después que él ya se había dormido. No podía olvidar lo que había sentido en ese callejón, no podía olvidar el sinfín de destellos viles que vi en los ojos de ese par de hombres ni todo el miedo que tuve. Era como si en cualquier momento ese par fuera a aparecer en la alcoba y fueran a completar su cometido y yo sin poder gritar. ¡Qué ganas tenía de despertar a mi marido y pedirle que me abrazara, que me dijera que todo estaba bien, que él estaba ahí! Pero no lo hice.
Y lo más irracional de mis miedos parecía tornarse verdad. Dos presencias malignas surgían de las sombras de la habitación en penumbra, mezcla de aquellos hombres y de la infinita fealdad de un Hollow, que era la misma fealdad que habitaba en los ojos concupiscentes de aquel par de almas perdidas. Se acercaban y yo no podía moverme, ni gritar, sólo lloriquear como una niña y temblar dolorosamente. Sentía de nuevo el dolor en mi mano y no podía liberarla, la angustia cerrándome la garganta. Escuchaba mi propia voz gimoteando, cuando, de pronto, sentí una calidez en mi mano, que acabó con el dolor.
Abrí los ojos de golpe, pero no me moví. Me encontré con otro par de ojos, pero en ellos no estaban esos destellos malignos sino un aire de preocupación y desvelo. No había sido más que una pesadilla. Mi marido estaba conmigo, vuelto hacia mí, mirándome y sostenía mi mano dolorida en la suya. No me dijo nada, pero apretó mi mano suavemente, acariciándola. Eso significaba que podía dormir tranquila."
