―En lo sucesivo, ya no peleamos más. Había una especie de acuerdo tácito entre él y yo. Por las mañanas, podía ir al Rukongai y hacer las de Madre Teresa de Calcuta todo lo que quisiera...

―¿Hacer las de quién? ―preguntó Rukia.

―Oh, se ve que normalmente tú sólo cumpliste misiones en Japón. Yo estuve en muchos lugares y me enteré de muchas cosas. En fin. Fui más cuidadosa y me oculté cada vez que algo pudiera ponerme en peligro. Además, a cada paso sentía que me observaban, lo cual no sabía si debía tranquilizarme o hacerme sentir acosada. Luego del almuerzo, eso sí, eran sagrados mis papeleos en el Cuartel, supervisados por Renji en todo momento. Tal era el ahínco que mi marido ponía en mantenerme en el Cuartel desde el mediodía hasta el atardecer, que hasta reemplazó un par de semanas a Renji en prácticamente todas sus obligaciones. Él sabía que yo ya le había tomado el gustito a desobedecer a mi esposo, pero también sabía que sería incapaz de hacer que Abarai-kun se llevara un regaño por mi culpa.

"Cuando oscurecía, emprendíamos el regreso a la mansión Kuchiki, la esposa caminando a un brazo de distancia detrás del marido. Una cena silenciosa, con o sin Rukia, algo de caligrafía, de kendo, de meditación, de llanto frente al retrato de la difunta o de lo que fuera y a dormir, espalda con espalda.

Así se deslizaron varios días, uno tras otro, jalonados tan sólo con alguna visita ocasional del Señorío o de los Arai, con el exclusivo fin de tocar las narices de mi esposo. Y en el fondo, yo ya no entendía nada. Hacía más de un mes que nos habíamos llevado todo el disgusto de casarnos con el fin de fabricarle herederos legítimos al clan Kuchiki. Luego de semanas de matrimonio, nada había pasado y por más que las presiones recibidas fueran muchas, mi marido me dejaba hacer un poco lo que se me antojase y de noche no me tocaba un pelo. ¿Que era una putada no gustarle al marido de una? Lo era. Sí que lo era. Y la vida de Byakuya Kuchiki era un interminable torbellino de aburrimiento, que conseguía tragarse todo lo que tocaba.

Un día por la mañana, para variar, no lo encontré, ni al despertar ni al desayunar. No me extrañó demasiado. Me fui a realizar mis labores sociales, pero hasta esto ya me estaba sabiendo añejo. Comenzaba a verme a mí misma como la típica lady respetable, que gasta su dinero y su tiempo en hacer caridad, nada más que porque ya se ha jubilado, ha criado a los hijos y se aburre mucho. El problema es que yo no había criado ni a un sólo hijo aún.

Volví para almorzar y me dirigí al Cuartel. Mi marido seguía sin aparecer. Renji me dijo que había ido al mundo de los vivos, lo cual era un poco raro. Busqué el documento firmado por Yamamoto-dono que le encargara ir, hasta te busqué a ti para preguntarte si había alguna clase de crisis gravísima en la ciudad de Karakura que mereciera la presencia de mi marido en el Mundo de los Vivos. Pero nada, Kurosaki Ichigo estaba en época de exámenes en la escuela, así es que Karakura estaba en paz. Ya no me quedaba ninguna otra razón plausible que obligara a Byakuya, que tenía un desinterés enorme por el mundo de los vivos, a ir allí.

'Tal vez se le ocurrió un nuevo método para huir de mí', me dije. Y abandoné el Cuartel.

Vaya que mi vida era un gran vacío. Si lo que más me llenaba era vagar por el Rukongai, había que ver que había caído bajo. Y seguía sintiéndome observada allí, lo cual ya era el colmo de lo cojonudo.

Luego de curar un par de rodillas rasmilladas, vino alguien de Kuzajishi a buscarme para ver a un herido. Se hacía tarde, pero ¿qué más podía pasarme? Fui al lugar. Lo del herido era cierto. Lo traté, como me habían enseñado, sin juzgar las causas por las que había sido herido, aunque al tipo lo había apuñalado una chica que se defendía de él.

'Ahora, a buscar a la golfilla', dijo una vez que se sintió restablecido y sus amigotes se disponían a acompañarle

No pude evitar oponerme. Y me metí en un entuerto, más rápido de lo que yo misma creí posible. Comenzaron a burlarse de mí, me empujaron, alguno remarcó algún detalle de mi apariencia y todo parecía repetirse. La voz pegada a la garganta, lo único que me quedaba era tratar de desaparecer, pero no podía concentrarme. Me acordé nuevamente de mi esposo, pero se veía ya como una figura tan lejana.

Me rasgaron el kimono y entonces aquella presencia que siempre me observaba se materializó. Por un segundo me iluminó la idea de que podría tratarse de Byakuya-sama.

Ruge, Zabimaru, dijo mi guardaespaldas y con tanta sutileza como un ladrillo volando, dio a entender a mis atacantes que quería que se alejaran de mí.

Todo encajó en mi cabeza, tirada en el suelo, como me encontraba. Por eso Byakuya cubría a Renji en todos sus deberes, porque lo había destinado como mi niñero a tiempo completo.

¿Estáis bien, Kuchiki-sama?, me dijo, ofreciéndome una mano que yo rechacé.

Sí... ¡No!... ¡Diablos!, articulé y el pobre no hallaba qué hacer ante cada una de mis reacciones. Renji, confiésame una cosa y por favor no me mientas, acabé por decirle.

¿Cuál?

¿Eres tú el que me ha estado siguiendo a todos lados últimamente?

El pelirrojo se tomó su tiempo.

¿Lo eres?

El Capitán me dijo que nunca me dejara ver...

Así es que lo eres. Pues muy bien. Y acto seguido me eché a reir.

¿Qué os pasa?

Le puse una mano en el hombro lo que lo hizo ponerse tenso, poco acostumbrado como estaba a que una mujer lo tocara.

¿Te das cuenta que pasas más tiempo a mi lado y preocupándote por mí que mi propio esposo?, no supo qué responder. ¿Te das cuenta que el que ha tenido detalles conmigo desde el inicio has sido tú? Es graciosísimo, si casi habría sido mejor que me hubiera casado contigo, y me eché a reír de nuevo. ¿Será acaso que nos están empujando al adulterio, Renji-san?, dije en tono insinuante, sólo para descojonarme de lo rojo que se puso el pobre.

Kuchiki-sama, es mejor que la lleve a casa, puede que el susto la esté haciendo ver las cosas de un modo distorsionado, pues yo no he estado sino donde me han ordenado estar. Soy el instrumento, no la mente detrás de todo esto.

Es que yo a estas alturas ya me pregunto si hay alguna mente detrás de todo esto. ¡Porque a mí me parece la obra de un descerebrado! ¡¿Me oyes, Kuchiki Byakuya?!, grité y me volví a reir.

Una que otra persona que andaba por allí se volvió a mirarme, pero yo seguía riéndome, sin poder parar.

Kuchiki-sama, por favor, volvamos a su casa.

Abarai-kun, dije medio borracha de tanto reírme, poniendo mis manos en sus hombros y mirándolo a la cara. Yo me voy a casa, sí, pero a la mansión Kuchiki no vuelvo ni de coña, ¿vale? Voy a buscarme un apartamentito en algún rincón pacífico y barato de... no sé... ¿Zaraki, puede ser? O me voy a ir a la mierda, que también es una posibilidad. Podéis decirle a vuestro capitán que como jefe es peor que un negrero y que renuncio a su trabajo. Y a mi esposo, dile que está viudo por segunda vez y que se busque la vida.

Dicho lo cual le di un beso en la mejilla y desaparecí, ocultando mi presencia todo lo que pude. Por lo que me contaron después, Renji me buscó mucho rato, sin dar conmigo. Decidió entonces volver al Seireitei y dar la alarma en el Sexto Escuadrón, en cuyo Cuartel encontró nada menos que al esposo del año, al cual le repitió todo lo que yo le había dicho, aunque sin el tono borracho y con considerablemente menos histrionismo. El Escuadrón completo, con su Capitán y su Teniente a la cabeza salió del Seireitei sin la autorización de Yamamoto-dono, con el único objetivo de peinar el Rukongai en mi búsqueda. Renji daba todas las órdenes, mi marido permanecía en silencio. La justificación fue que era una oficial del Escuadrón la que estaba desaparecida y la que podía ser emboscada por Hollows. ¿Que estaban usando recursos del Seireitei para rescatar a la esposa loca del Capitán, es decir, para arreglar un asunto personal suyo? ¡No! ¡Qué va!

Por mi lado, yo había cumplido mi parte del trato. Me había ido a lo más feo de Zaraki y me había subido a un árbol, siempre ocultando mi presencia, a esperar que amaneciera, aunque faltaban varias horas. Pero no esperé mucho, pues me quedé dormida, me fui árbol abajo y cuando me duermo, todo lo que hago para ocultar mi reiatsu se desvanece, de modo que en el piso quedé a merced de un par de Hollows que se aparecieron por allí, casualmente.

Joder..., alcancé a murmurar, antes que uno me agarrara una pierna con una especie de tentáculo y me elevara por los aires.

Me despabilé rápido y ésta vez sí pude utilizar el kidou a mi antojo, pero no era suficiente. Logré cortar el tentáculo con que me habían atrapado e ir a dar al piso de nuevo. Con eso, en todo caso, ya mi presencia era detectable, de modo que Renji no tardó en llegar, seguido por mi marido y algunos soldados. Renji estaba preparado para intervenir, pero Byakuya-sama se lo impidió con un ademán.

La estrategia de los Hollows fue que uno se adelantara mientras el otro me volvía a agarrar son sus tentáculos para devorarme. Byakuya ni siquiera liberó su shikai para despachar al primero, pero el segundo se hacía algo más problemático, pues era más inteligente. Captó en algo el alboroto que esa shinigami estaba causando, así es que me usó como escudo para bloquear los ataques de Byakuya-sama, quien se quedó pensando cómo debía actuar. Su inmovilidad fue aprovechada por el Hollow para darle un buen latigazo con un tentáculo y mostrarme como su escudo luego. Byakuya no se movió un milímetro ante el golpe y nada varió en su rostro.

Si bien el que su capitán haya sido golpeado causó mucha impresión entre la tropa del Sexto Escuadrón, su honor de guerrero siguió intacto, pues me tenía a mí como disculpa. Decidió liberar a Senbonzakura y dirigirlo con las manos para hacer el ataque más versátil. Aún así vi algunos pétalos muy cerca mío, digamos que recortándome algún mechón de cabello. Todo se volvió borroso a partir de allí. Supe que el Hollow me soltó. Supe que iba cayendo pero no supe si llegué al suelo. Supe que Byakuya-sama me cargó en brazos a casa, como a una princesa... o como había cargado a Hisana, décadas atrás, luego que yo se la entregara, sanada pero aún inconsciente. Y luego me fui a negro. Desperté de golpe, con un yukata puesto, en la habitación nupcial y contigo a mi lado.

¡Nii-sama!, dijiste. Ya despertó.

Y te fuiste. Byakuya-sama entró en la habitación, también listo para dormir.

¿Os encontráis bien?, me preguntó sin ninguna inflexión notable en la voz.

Creo que sí, respondí. Y luego vino un silencio muy largo y muy pesado. ¿Qué pasa? ¿No vas a echarme la bronca por la que he liado hoy?

¿Quieres que te regañe?

No es que lo quiera, pero supongo que me merezco un "te lo dije" o un "soy tu marido y te prohibo volver a ese sitio".

Ya es muy tarde, murmuró y se hizo el silencio de nuevo, el cual sólo iba a ser roto por una brillante salida de mi parte.

Quiero el divorcio.

¿Qué?

Que quiero el divorcio. Si ya ni siquiera te importo como para regañarme y si paso más tiempo con tu teniente que contigo, no creo que tenga mucho sentido que sigamos casados.

Pasaste demasiado tiempo en el mundo de los vivos. Acá el divorcio no existe. De modo que no digas sandeces y duérmete ya, dijo al ir a acostarse a mi lado, pero cuando apoyó la espalda en el futon hizo un movimiento de dolor que lo obligó a volver a incorporarse.

¿Qué ocurre?, pregunté.

Nada.

Recordé lo del latigazo.

Joder... ¿Para qué vas a dormir adolorido si no quieres divorciarte de la segunda mejor curandera del Seireitei?, dije.

Dormíos ya..., me ordenó, pero yo lo interrumpí poniéndole la mano en el hombro y presionando. Conseguí que se le erizaran en algo los cabellos, por el dolor.

Vamos, que es sólo un momento, le dije. Descúbrete.

De espaldas a mí, lo hizo, sacó los brazos fuera del yukata, quedando con el torso al aire. Tenía un enorme cardenal que le recorría desde la mitad de la espalda hasta la mitad del pecho y que le había afectado además el brazo derecho.

No tardaré nada. No se lo digas a mi madre, pero soy más rápida que ella.

No me contestó. Le impuse las manos en la espalda y en todo el proceso permanecimos callados. Pude sentir el calor de su piel en mis palmas, sin tocarlo. Cuando le pedí que se volviera, se cuidó mucho de no mirarme directamente, oculto bajo sus cabellos.

Oh, cicatrices, dije, acercándome para mirar unas tenues marcas blanquecinas que le recorrían la piel. Esto es raro, el trabajo de mi madre se caracteriza por no dejar marcas.

Yo decidí guardarlas.

¿Sí?, y ya que soy capaz de hacer dos cosas al mismo tiempo, continué la curación mientras señalaba cada una de las viejas heridas. ¿Esta, en el brazo?

Autoinferida. Un Arrancar había tomado control sobre mi mano izquierda, tuve que cortarme el tendón.

Vaya, eso debe haber dolido. ¿Esta estocada en el pecho?

Gin Ichimaru. Trató de matar a Rukia.

¿Este corte en el hombro?

Kurosaki Ichigo. La única vez que he sido derrotado en combate.

¡Qué pretencioso! Oh, hay otra en el brazo, no la había visto.

Un voto de sangre, ante la tumba de mis padres.

Vale, vale, ya he terminado y yo no dejo huellas, dije. Nuestras miradas se encontraron. ¿...Esta que tienes al centro del pecho, sobre el corazón?

Tú la conoces mejor que yo.

Paseé los dedos por ella. Era el muy tenue rastro de una viejísima quemadura, producida por el Zero de un Gillian, cincuenta y seis años atrás. Tenía razón, yo estuve allí ese día. Yo lo traté, pero no pude terminar porque él despertó antes. Y entonces lo dejé a solas con la muchacha a la que había salvado... Cuando alcé la mirada, lo vi distorsionado. Mis ojos se inundaban.

Yo no dejo huellas, pero ella sí, murmuré. Tiene marcado el lugar en donde habita. El lugar donde yo nunca habitaré.

¿Lloras?

No.

¿Lloras?, repitió, tomando mi mano y apoyándola contra su pecho.

Sí, gilipollas, lloro.

Ya estamos de nuevo con los malos modales.

¿Y qué quieres que haga?

Que me digas por qué lloras.

Porque te amo, pero tú no me amas, no como la amas a ella.

Y comencé a sollozar, manteniendo mi mano aún en su pecho. Cerré los ojos y me abandoné a ese llanto, pues me había expuesto a la última de las humillaciones. Por primera vez le había confesado el sentimiento que había tenido por él durante más de cien años y lo había hecho sólo para esperar que me rechazara, para que la difunta me volviera a derrotar.

Lo sentí cerca. Se había bebido una de las lágrimas que resbalaban por mi mentón. Y aún con mi sal en la boca, apoyó sus labios en los míos. Me besó, me besó, me besó, me besó. Me enjugó el rostro con los dedos y me habló, mirándome a los ojos, con emoción en la voz:

Nunca trates de ocupar en mi corazón el lugar que ocupa Hisana. Ella es el recuerdo de mi primer amor, de la persona que me enseñó a amar, sentí que me moría. Por eso es que nunca ocuparás su lugar, porque no puedes ocupar el lugar de un recuerdo. Tú estás viva, no eres un recuerdo, de modo que debes ocupar el lugar de los vivos, el del ahora, no el del ayer y yo te amo ahora, no ayer, ahora.

No sé si habría dicho algo para responder a eso, pero lo cierto es que me cerró los labios con otro beso. Me acerqué a él y lo abracé con todas mis fuerzas, no quería que se me escapara, nunca más. Y él correspondió a mi abrazo. Esa noche me convertí en su mujer y comprendí por qué había puesto tanto esfuerzo en no tocarme... y no era exactamente porque yo no le gustara o porque hubiese algún problema. No quería "tomarme" como lo haría cualquier marido en su derecho o como lo habría hecho cualquier rufián de los bajos fondos, por la fuerza. Quería que yo me entregara, pues no estaba seguro de mis sentimientos hacia él, y menos con mi actitud de las últimas semanas. Beso a beso comprendí cuánto había esperado y cuánto había sufrido. Y esa noche me entregué, con todo mi corazón. Y él respondió siendo un amante tierno y cuidadoso, practicando la celebración del matrimonio sagrado como un sacerdote oficiaría en un rito."

―Por favor, callaos ya ―suplicaba Rukia desde el piso, roja como una amapola, con un verdadero chorro de sangre saliéndole de la nariz.

―Cuidado, Rukia-chan, que semejantes alzas de presión pueden ser peligrosas para una persona que lleva un restrictor de reiatsu.

―Pues entonces sáltate los detalles que no quiero oír.

―¿Por qué? ¿Tiene el amor algo de malo? ―dijo Kaoru tomando la mano de su cuñada―. Rukia-chan, espero que un día tú tengas la dicha que yo he tenido, de pertenecerle a un hombre bueno, que te quiera bien, en el que te regocijes.

Rukia se sonrojó. Aún no podía imaginar quién podría ser ese hombre. O tal vez tenía alguna idea... o un par de ideas. Retribuyó el apretón de manos de Kaoru y manifestó abiertamente su voluntad de seguir escuchando.