―A la mañana siguiente me desperté sola como siempre, aunque esta vez hubo un cambio. A mi lado había una azucena y en el tallo de la flor estaba este anillo. Eso había ido a buscar Byakuya-sama al mundo de los vivos, un anillo de estilo occidental, que no se puede encontrar en la Sociedad de las Almas.

Nuevas imágenes mentales se le ocurrieron a Rukia. ¿Qué habría hecho Byakuya para obtener el anillo? Si llegaban a salir de ésta, se lo preguntaría a Urahara-san, de seguro.

―Ahora entiendo la cantidad de cosas nuevas que vi esa mañana ―dijo, dándose con un puño en la palma de la mano―. Todo su lenguaje corporal había cambiado. Se sentó a tu lado en el desayuno y te dijo algo al oído que hizo que te pusieras de color granate, aunque no pude escuchar qué fue.

―Sí. Me preguntó si estaba bien. Que había visto la mancha en el futon y se había quedado preocupado.

―¿Qué mancha?

―No quieres saberlo ―respondió Kaoru con compasión por la inocente Rukia―. Y me quedaban más vergüenzas por pasar. Debíamos ir al templo con una ofrenda que significaba que el matrimonio ya había sido consumado, que "el marido era macho y la esposa era pura". Era muy degradante, pero ahora al menos tenía su hombro para ocultar mi rostro lleno de vergüenza. Y bueno, la tradición era la tradición. Por más que él hubiese ido contra las costumbres tantas veces, igual disfrutaba de las tradiciones de la Sociedad de las Almas como el que más.

"Había gente de la familia Arai, digamos, de guardia en el templo, esperando el momento. Oba-sama me miró con un brillo tan pícaro en sus ojillos de ojales que casi pude ver la de imágenes impropias que pasaron por su mente senil. Pero ahora mi marido pasó de ellos con todo orgullo. Y nuestra relación cambió mucho, ahora que ambos sabíamos cuáles eran nuestros sentimientos hacia el otro. Hablamos más, pasamos más tiempo juntos, incluso él me acompañó al Rukongai de vez en cuando, aunque evitaba pasar por Inuzuri. Mas, yo ya no me di el trabajo de sentirme celosa o similar. Sabía que no debía competir con Hisana, que éramos distintas. Que yo nunca podría ganarle al recuerdo, como ella tampoco podría ganarle a la actualidad."

―El cambio en él fue motivo de conversación en el Seireitei, sobre todo entre las Shinigamis ―dijo Rukia luego de un rato, aunque se le hacía raro oír hablar de su hermana en esos términos―. Pero, pasadas unas semanas, lo que era nuevo, tornó a parecerse a lo viejo. Comenzamos a notarte pálida, demacrada...

―No recuerdo haber sentido tanta fatiga en mi vida. Por las noches apenas cenaba y debía dormirme. Al otro día, despertaba muchísimo después de lo que debía. Algunas mañanas me lo encontraba todavía allí, a mi lado, observándome con preocupación, pues había intentado despertarme muchas veces y yo no volvía en mí. Apenas comía, todo me producía asco y sólo quería dormir.

"Hasta que un día en que él tuvo que adelantarse e irse solo al cuartel, vomité al levantarme. Oí a las mucamas de siempre cuchichear.

―Vaya, el amo Byakuya tiene mala mano. Ya echó a perder a ésta también.

―Sí, ya ha comenzado igual que Hisana-sama, a andar como sonámbula, a no comer. ¿No tendrá ésta también alguna hermana perdida a la cual encontrar?

―No sé, pero como se empiece a morir de a poco como la otra, esto se va a volver a transformar en un festival de doctores, curanderos y medicinas otra vez y nos van a tener preparando mejunjes, agüitas y emplastos como condenadas de nuevo. Tal vez hasta aparezca esa niñita que se colaba en la casa para acompañar a Hisana-sama, quién sabe cómo y que a mí me asustaba mucho.

―Sí, a mí también, aparecía y desaparecía. Pues ojalá que se le pase, que a mí los duendes me dan miedo.

Y se descojonaban mientras hacían la colada, pero para mí no tenía ninguna gracia. Como fuera, caminé al Cuartel, a cumplir mis obligaciones como oficial."

―¿Ese fue el día en que yo lo fui a ver? ―preguntó la hermana, con una expresión de contrariedad en el rostro―. Vaya, si hubiera sabido que las mucamas habían dicho ese tipo de cosas, le habría pedido a Nii-sama que las echara antes. Yo quería comentarle, en efecto, lo mal que te había visto y que si no era hora de hacerte ver. Tú estabas afuera, haciendo la revista de las tropas formadas y escuchamos entonces un alboroto y un "¡Subteniente Kuchiki!", generalizado entre la soldada. Luego se escuchó un "¡No te quedes ahí parado, ve por el Capitán!", en voz de Renji y al poco irrumpió un soldado en la oficina.

"―¡Capitán...! ―pero no alcanzó a decir nada, pues Nii-sama lo paró para enseñarle buenos modales.

―Se toca la puerta antes de entrar.

―¡Lo siento, Capitán! Pero su esposa, quiero decir la subteniente se ha...

Y no alcanzó a decir más, pues Nii-sama sencillamente desapareció. De dos pasos apareció a tu lado.

―Se ha desmayado de repente ―le explicó Renji, mientras él se agachaba a verte y a ponerte una mano en la frente, silencioso e impasible―. No se veía muy bien desde que llegó, pero tal vez el calor...

Y nuevamente Nii-sama dejó a alguien con la palabra en la boca, pues en un parpadeo te vimos en sus brazos, en otro sobre el techo del zaguán y luego desaparecisteis."

―Me llevó con mi madre. Desperté al verla.

"―¿Qué pasó? ―le pregunté.

―El Capitán Kuchiki te trajo, pues te desmayaste en el Cuartel ―contestó mi madre con su dulce voz.

―¿Me desmayé? Tal vez sólo me quedé dormida, últimamente dormir es lo único que quiero.

―¿Has comido bien? Te noto más delgada.

―No logro comer nada, es como si todo me diera asco. Lo único que como con ganas son las patatas y los encurtidos, pero a Byakuya-sama no le gustan, así es que no me atrevo a pedirlos.

Mi madre me sonrió. Caminó despacio hacia la puerta.

―¿Capitán Kuchiki? ―dijo. Byakuya estaba de pie afuera, apoyado en la pared―. Podéis entrar.

Me incorporé para verlo. Estaba serio y sombrío, llevaba las manos ocultas en el kimono.

―Capitana Unohana, ―dijo sin mirarnos―. ¿habéis averiguado qué es lo que tiene Kaoru? ¿Tiene cura?

Lo entendí entonces. Mi estado de salud lo preocupaba y, sobre todo, temía repetir el escenario de hace cincuenta años atrás. Aunque no lo reconociera, pude leer el miedo en él. Mi madre sonrió y me tomó la mano.

―Averigüé lo que tiene y sé cuál es la cura para lo que le habéis hecho a mi hija, Capitán ―dijo. Byakuya se volvió de golpe, me miró con sorpresa y bajó los ojos luego, como si realmente mi madre hubiese conseguido hacerlo sentir culpable―. La cura es que desde ahora en adelante se alimente bien, aunque sea a base de patatas y encurtidos que es lo que más odiáis, que descanse mucho y que no se exponga a peligros o emociones fuertes, pues está embarazada y en su estado debe cuidarse mucho.

Yo casi me caí de la camilla, lo cual era lógico. Byakuya se quedó en su sitio, con los ojos muy abiertos.

―Hay que hacer la ofrenda respectiva en el templo y luego hay que ir con el Comandante Yamamoto ―dijo mi madre―. Voy a arreglar un asuntillo pendiente y los acompañaré, espérenme aquí ―agregó antes de salir, radiante de felicidad.

Fijé mi mirada en mi esposo. Yo quería saltar de contenta y quería ver esa reacción en él, pero ese definitivamente no es su estilo. Sacó las manos fuera del kimono y caminó hacia mí lentamente. Me tomó las manos como si tuviera miedo a tocarme. Yo me bajé de la camilla. El me ganaba por una cabeza en estatura. Se agachó para bersarme la frente y acabó rodeándome con los brazos, sin decir nada. Estaba bendiciéndome, agradecido.

Hicimos como dijo mi madre. Fuimos los tres al templo a entregar una ofrenda y a pedir por la salud y la suerte de nuestro hijo. Yo no paraba de imaginarme qué clase de padres íbamos a ser, aunque tenía confianza en que no lo íbamos a hacer mal. Aunque ahora... no estoy muy segura que lleguemos..."

―Kaoru-sama, ―la interrumpió Rukia― ese niño nacerá en la Sociedad de las Almas y estará rodeado por el amor de sus padres, que le verán crecer juntos. Te lo aseguro.

Kaoru miró a su cuñada. Repentinamente la había asaltado la angustia nuevamente, esa misma que llevaba harto rato sin recordar debido a la larga historia que había relatado.