En la Sociedad de las Almas, el traslado de Megumi ya había sido arreglado.
―¿Qué piensa, capitana Unohana? ―preguntó Renji.
―Pienso en el shinigami involucrado en el secuestro.
―Desafortunadamente yo no pude verlo ―dijo el teniente, bajando la mirada.
―Hay que averiguar quién es, cuál es su división ―replicó el Capitán Hitsugaya con impaciencia.
―Alguien más podría darnos alguna pista, ―comentó Rangiku-san― ¿sobrevivieron los sirvientes?
―No todos ―respondió Renji―. La mayoría estaba gravemente herido.
―Hay que buscar a Gohei-dono ―dijo la capitana con resolución y partió en búsqueda del anciano.
Efectivamente, el viejecito se contaba entre los sobrevivientes, pero tenía serias heridas en ambos brazos y en el rostro.
―Gohei-dono, ―partió diciendo el capitán Hitsugaya― necesitamos saber qué es lo que vio...
―Gohei-dono, ¿la familia Kuchiki tiene algún hijo bastardo? ―lo interrumpió la capitana Unohana, de sopetón. Todos quedaron sorprendidos con la pregunta, pero a ella no se le movió ni un músculo de la cara.
El anciano la miró de hito en hito y se calló.
―Un shinigami de rasgos similares a los del Capitán Kuchiki asaltó la casa, estoy segura que le conocéis, tenéis que hablar ―dijo y poco a poco fue perdiendo su amabilidad característica.
―No diré nada ―murmuró el mayordomo.
―No es momento de defender el honor de la familia, necesitamos saberlo ahora.
―No puedo decir nada.
―Al menos confirmad si hay algún antiguo miembro de la familia que haya sido expulsado, algún hijo extramatrimonial o algo similar. Porque a mí se me ocurre un caso, sin embargo no me coinciden las fechas ni los datos.
El mayordomo apretó los labios.
―La vida del heredero de la familia pende de un hilo, si no habláis condenáis el futuro del clan ―arremetió la capitana.
―Por el mismo honor de la familia no puedo hablar, se lo prometi a Ginrei-dono y no faltaré a mi palabra.
―¡Qué tozudos son los Kuchiki! ―exclamó la capitana. Era la primera vez que la veían sulfurarse―. Gohei-dono, vuestra vida está en manos de la gente de mi Escuadrón, hablad ahora.
―Un miembro de la casa Kuchiki prefiere su honor antes que su vida.
―Entonces hacedlo por vuestro amo.
El anciano permaneció en silencio.
―Al menos dadnos una pista. Siempre podemos hurguetear en los archivos de la familia, poniendo todo perdido y averiguar el resto.
Ese comentario le pegó al caballero. Los Kuchiki apreciaban mucho la paz y el orden. Aún así, en el límite de su resistencia, se negó a hablar.
―De acuerdo ―dijo la capitana―. A fisgonear todo el mundo, desordenad, romped sellos, arrancad hojas de los libros, luego amontonáis todo lo que no sirva y le prendéis fuego, que el Escuadrón Cuatro necesita fogatas para calentar agua para sus procedimientos. Vamos, rápido, ¡andando!
―¡Esperad! ―clamó el anciano.
―¿Algo que decir? ―preguntó la capitana. Su expresión era definitivamente perversa.
―No puedo deciros nada, pero tampoco puedo permitir que metáis mano en los archivos a ciegas...
―Entonces, ¿algún nombre o dato?
―El único es el dato que vos también conocéis, desafortunadamente.
―Hablad.
―... Rei... Rei, Ojou-sama...
―Así es que su nombre era Rei ―replicó la capitana con profundidad―. Kuchiki... Rei... ¡Qué cutre! ―Y se volvió con dignidad, haciendo que su haori diera un vuelo al viento―. Acompañadme al archivo familiar.
―¿Sabéis en dónde está? ―preguntó Renji bastante más asustado de la capitana de lo que estuvo jamás.
―Viví una vez en una casa noble. Las cuatro familias nobles del Seireitei son las más antiguas. En sus archivos está la mayor parte de la información de la Historia de la Sociedad de las Almas, de modo que la guardan muy cuidadosamente, en archivos oscuros, protegidos de la humedad, la suciedad y las ratas.
―Pues correremos con suerte si no fue destruido en la batalla ―apostilló Matsumoto mirando a su alrededor.
Luego de buscar un rato, dieron con unas puertas cerradas con chapas y cadenas.
―¿Quién quiere hacer los honores? ―dijo la capitana, mirando a los varones presentes.
―¿Quiere que destrocemos la puerta? Pero se trata de la casa del Capitán... ―murmuró Renji, mas nuevamente sus balbuceos fueron interrumpidos por la mujer, que desenvainó y por sí misma acabó con la puerta.
"Esta es una faceta que nadie ha visto en la capitana. Debe estar realmente angustiada", pensó el teniente, mientras uno a uno iban pasando al interior del sótano.
Al encender las lámparas, el lugar se reveló como una amplia biblioteca, no del todo ordenada. Se notaba que había antiguos libros de magia sacados hacía poco de sus estanterías y consultados en masa.
―Parece que alguien estuvo estudiando últimamente... ―murmuró Rangiku-san.
―Bueno, pues hay que encontrar las crónicas de historia de la familia ―dijo Retsu―. Hay que buscar a una tal Kuchiki Rei, en la generación inmediatamente anterior a la actual.
Se distribuyeron por el archivo.
―Pues esto no está ni tan limpio ni tan salvaguardado de las ratas ―dijo Toshiro en voz alta para que los demás lo oyeran.
―¿Ratas? ―se escuchó que se espantó Matsumoto.
Acto seguido se oyó el chillido de un roedor, un grito de la teniente y un estruendo, como si un librero se hubiese caído.
―¡Matsumoto! ―gritó el capitán, llegando al lugar junto con Renji.
Efectivamente, una rata se descojonaba frente a la teniente, que al verla chocó con una estantería, volcándola y haciéndola derramar sus libros.
―¡Qué daño! ―exclamó ésta poniéndose de pie.
―Mira lo que le has hecho a estos libros... ―la regañó su capitán.
Montones de libros yacían abiertos y desgajados por el piso. Renji tomó uno de ellos, que ponía "Arte" en la tapa.
―Vaya, pues el talento artistico de los Kuchiki ha sido durante años el mismo ―comentó exhibiendo un mamarracho de dibujo al interior del libro.
―Oh, miren ―dijo Matsumoto, señalando la pared que había quedado al descubierto al caerse el librero.
De ella pendía un antiguo y gran trozo de papel, sobre el que estaba trazado nada menos que el árbol familiar de los Kuchiki. La propia Rangiku se montó sobre lo que quedaba del librero para descolgarlo. Fueron todos juntos con Retsu, quien inspeccionaba en los libros cercanos al escritorio central.
―Encontramos el árbol genealógico de la familia ―dijo el capitán.
―Yo también ―dijo Unohana-san, señalando una versión enmarcada y mucho más lujosa que estaba detrás del escritorio, junto a un mapa del Seireitei.
―¿Por qué habrán dos versiones?
―Por lo demás, parecen decir lo mismo, ―dijo Matsumoto, extendiéndolo sobre el escritorio y comparándolo con el otro― sólo que éste estaba oculto tras un librero...
―¡Ah, Matsumoto! ¡Torpe! ―gritó Toshirou al ver que su descuidada teniente acercaba el documento a la llama de la vela y comenzaba a salir humo.
Una asustada Rangiku-san apagó el incipiente fuego, pero tanto ella como los demás se dieron cuenta que al acercarlo a la llama aparecieron unas letras que antes no estaban.
―¿Qué es eso? ―preguntó Renji.
El capitán tomo el papel y, con mucho cuidado volvió a pasarlo por la llama. Al contacto con el calor aparecían letras que a simple vista no podían verse.
―¿Pasará esto con el otro también? ―preguntó Matsumoto y antes que nadie agregara algo más, la capitana Unohana ya había roto el vidrio que protegía al árbol oficial y lo estaba paseando por la vela a su vez.
―No creo que al Capitán vaya a gustarle nada de esto ―murmuró Renji al ver que lo único que la capitana logró fue chamuscar un poco el hermoso pergamino.
―Ya veo, no son iguales ―concluyó ella―. Ese viejo zorro de Ginrei-dono. Mandó borrar de las crónicas todo rastro de Rei ―dijo, señalando los libros que había abierto, en los cuales faltaban páginas o habían sospechosos manchones de tinta―. Hasta la borró del Árbol Genealógico oficial en el que sin embargo hasta aparece Kuchiki Kouga, aunque sea tachado con una línea roja. Mas, aún así conservó un registro alterno en el que sí la incluyó, por más que dicho registro permaneciera oculto y estuviera escrito con tinta invisible.
―¿Tinta invisible? ―preguntó Renji.
―Escritura con jugo de limón. Hasta un escolar lo sabe ―comentó Toshirou, remarcando la ignorancia del teniente.
Retsu tomó el árbol alternativo y lo fue pasando por la llama de la vela lentamente.
―Es en la generación de los padres del Capitán Kuchiki ―dijo―. Como hermana... gemela... de su padre figura... Kuchiki Rei... luego una fecha... hace 250 años... mmm... la misma línea que simboliza los matrimonios, sólo que aparece punteada... Debe significar unión ilegítima y... el nombre de mi marido, Arai Kenji.
Renji y Matsumoto hicieron gestos ostensibles, mas la capitana siguió leyendo impasiblemente.
―Luego, la misma línea que significa nacimiento, pero punteada... y un nombre: Aoshi. "Kuchiki" entre paréntesis... Aoshi. Mmm, mi esposo debe haber muerto no sólo sin conocer a su hija legítima sino además sin conocer al hijo bastardo que le hizo a Kuchiki Rei. Estamos entonces frente a un asunto familiar ―dijo, mirando a los demás―. El joven que vio Megumi Yamanaka que se parecía de alguna manera a Byakuya debe ser este tal Aoshi. Y si mal no recuerdo él mencionó a su madre. Tal vez la golfilla sigue viva ―murmuró y todos pudieron sentir una perturbación negativa en su reiatsu que los acojonó bastante. Retsu miró los gestos confundidos en sus caras y dijo― ¿Qué? ¿Que no sabíais que mi esposo me puso los cuernos cuando yo estaba embarazada? Fue un escándalo muy bullado en la farándula del Seireitei.
―Claro, pero fue hace 250 años, ninguno de nosotros nacía aún... ―dijo Toshirou mirando hacia otro lado. A Unohana-san se le saltó una vena, acababan de llamarla vieja.
―¿Ni siquiera tú, Matsumoto?
―¡Por supuesto que no! ―gritó ésta, ofendida de ser puesta en evidencia, aunque su enojo no fuera muy convincente.
―Aún así, lo que tenemos es sólo un comienzo ―dijo Toshirou, luego de carraspear un poco―. ¿Cómo vamos a averiguar más si los registros sobre esa mujer han sido borrados?
―Si bien los archivos que lastimen el honor de una familia son borrados u ocultados, como cuando se expulsa de la casa a una hija casquivana, hay un tipo de archivo que siempre se conserva: los registros de gasto de dinero. Si el expulsar a Rei le reportó alguna ganancia o pérdida a la familia, de seguro aparecerá en sus libros de cuentas.
Y apareció entonces un nuevo grupo de superhéroes: LOS INSPECTORES DE HACIENDA DEL SEIREITEI. Sus armas especiales son anteojos ópticos, mangas negras de funcionario público, y lápices de madera... afilados con sus zanpakutou. Cada uno tomó un libro de contabilidad y se puso a revisarlo.
―¡Qué fuerte! ―dijo Matsumoto de repente―. Esta suma es lo que se gastó en pañales para Byakuya cuando tenía un año de edad ―dijo, señalándosela con su lápiz a Renji. ―¿Habrán sido de seda?
―Por ese precio, tal vez eran de oro ―apostilló el teniente y luego contratacó:― y mira, este es el costo del vestido de novia de Kaoru-san.
―Creo que yo nunca llegaré a gastar tanto dinero en toda mi vida ―replicó Matsumoto con desazón.
―¡Joder con los ricos y famosos! ―acabaron por decir en coro.
―¡Matsumoto! Concéntrate ―ordenó el Capitán, lo que siempre conseguía que su díscola teniente dejara de ser ella misma durante algunos instantes―. Mmm... este libro data de hace 250 años y tiene algo raro ―agregó―. Todos los gastos vienen listados con el monto de su importe y con el título del gasto, mas hay varios que no responden a ningún título en específico, sino a este símbolo ―dijo, señalando un pequeño dibujo.
―Ese es el símbolo de los espíritus ―dijo Renji.
―Rei significa "alma" o "espíritu" ―apostilló Retsu, dejando su propio libro.
―Pues este libro está lleno con esos símbolos ―dijo Toshirou, ojeándolo―. Esperen... Hay un sobre de cartón cosido a la contratapa que tiene el mismo sello. Las costuras están rematadas por ambos lados, lo que indica que no está hecho con la intención de que sea... abierto
Y, como para variar un poco la tónica de la investigación, Retsu procedió a extraer unas tijeras de un cajón, coger el libro y cortar los hilos, dejando al muchacho con la palabra en la boca. En su interior había una antigua libreta de cuero, con las hojas amarillentas.
―Las hojas están fechadas y van en un periodo que comprende 200 años hasta hace medio siglo ―dijo, hojeándolo. Luego se devolvió a la primera página y un brillo burlón apareció en sus ojos. ―Los Kuchiki son una manga de hipócritas con buen corazón. Si bien Ginrei-dono echó a su hija de casa, no la expuso a la vergüenza de buscarse la vida en el Seireitei, sino que la alejó, le compró una "modesta casa" en Junrinan, le pagó a una "partera más o menos decente" para que la atendiera, pagó los gastos de mantención de ella y de su nieto para que vivieran de un modo "aceptable"... ―dijo la capitana, señalando las cifras correspondientes a cada uno de esos ítems que apenas cubrían las "necesidades básicas" de la muchacha.
―Joder, miren lo que se gastó en pañales en el primer año ―señaló Matsumoto.
―Mi visión acerca del Capitán ha cambiado para siempre ―murmuró Renji, desolado.
―Y miren ―señaló aún Retsu―. Arregló la entrada de un tal Aoshi Takamori a la Academia. Está aquí hasta lo que gastó en comprarle su primera katana, con una saya lacada en color azul con relieves.
―Esto ya es una mejor información ―dijo Toshirou―. Si logramos recabar más datos acerca de los últimos movimientos del tal Aoshi y de su madre, seguramente sabremos qué se proponen. Capitana Unohana, Matsumoto y yo saldremos al Rukongai, a buscar la "modesta casa". Ustedes deberían ir a los registros de la Academia. Si Ginrei-dono le compró una katana al tal Aoshi, quiere decir que llegó a graduarse y que está o estuvo destinado en alguno de los Escuadrones de Defensa. Vamos, hay que darse prisa.
Y dicho esto, desapareció seguido por su teniente.
―Vaya con la juventud ―dijo Retsu―. Me ha sacado las palabras de la boca. Vamos, Abarai-kun, no hay tiempo que perder.
―Claro.
