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Una regresión improbable

Ensenada, México, año 2023

Jake despertó con la luz que se filtraba de lleno a su rostro, por una ventana sin cortina que daba una limpia vista a hermosa playa blanquecina, donde las olas se mostraban un tanto agresivas pero no imposibles de tomar. Se incorporó rápidamente en la cama, totalmente desconcertado. El ambiente era tan tranquilo, tan onírico, que casi no se lo podía creer.

La luz solar empezaba a calentarle el torso desnudo, si acaso, un poco más torneado de lo que Jake recordaba tenerlo. Bajó la mirada a su abdomen, en donde una sábana blanca empezaba, cubriéndole las piernas y la típica e incómoda erección matutina. Se quedó en ese posición, cavilando y tratando de recordar en dónde estaba hace apenas unos segundos. Frunció el ceño al recordar el dolor, el frío, la desesperación, el hambre, todo eso, todo lo que pertenecía a un mundo del que él venía.

Y ahora se encontraba en una habitación iluminada Dios sabía dónde.

Giró hacia su izquierda, donde notó que la ventana era en realidad una puerta corrediza y observó la arena —limpia, de un gris pálido, sin gente— y el mar —un poco más azulino que la arena ,agresivo y seguramente refrescante—. ¿Recordaba haber estado en una playa semejante? No podría recordarlo; todas las memorias de una vida normal y despreocupada habían quedado eclipsados ante el inminente peligro de la extinción inmediata.

En eso, le llegó un aroma que le invitaba a levantarse de la cama. Era un aroma delicioso, de algo frito en el sartén. A pesar de sus instintos de supervivencia, cedió completamente al aroma y se levantó. No le sorprendió encontrarse completamente desnudo, por lo que se puso a buscar en el suelo a ver si hallada su pantalón, bermuda, o lo que fuese que había usado antes de acostarse. No tardó en dar con un pantalón azul de mezclilla, mismo que se puso y salió de la habitación, siguiendo el aroma tan exquisito. A su vez, no dejaba de estar prevenido, por si trataba de alguna trampa.

Avanzó por el pasillo pintado de colores claros, pasteles, dejando atrás unas cinco puertas blancas, distribuidas a ambos lados del pasillo, hasta que llegó a un espacio más amplio y viró hacia la izquierda. Ahí, de vista al mar, tras una barra blanca situada en medio, manipulando un par de sartenes en la estufa de último modelo —también blanca— reconoció la espalda desnuda de su esposo.

Su esposo.

Estaban en el viaje de su aniversario.

Pero, ¿dónde?

Jake se permitió un suspiro, más bien una exhalación nerviosa, cosa que provocó una risa de parte del joven Clearwater.

—No pensé que te fueses a despertar tan temprano —empezó Seth con tranquilidad, moviendo con una espátula algo que a Jake le parecieron chiles dorados—. Pensaba llevártelo a la cama. Los agitó un par de veces antes de dejar la espátula de madera al lado de la estufa y darse la media vuelta para encontrarse con la mirada de su esposo. A Jacob casi se le doblaron las piernas por la impresión: si acaso, Seth lucía sólo un par de años más joven de lo que estaría en setenta y algo de años, pero eso no fue lo que impresionó a Jake. Los ojos de Seth, usualmente llenos de cierta jovialidad y optimismo, ahora brillaban por lo antes mencionado. Toda esa tención, todo es terror marcado en las venas rotas, ojeras y hundimiento de las córneas a las que Jacob estaba acostumbrado en el futuro, simplemente no estaban.

—¡Oh, Seth! —Jake no se resistió ante esa perspectiva. Rodeó la barra blanca por la derecha y, con un ágil movimiento de brazos —demasiado ágil si se consideraba el tamaño de sus músculos—, abrazó a Seth contra su pecho, enterrando su rostro en el cabello del joven Clearwater para asegurarse de que su presencia, su aroma, su felicidad, todo eso, eran absolutamente reales. Sin deshacer el abrazo, el joven Black empezó a recorrer con las manos el cuerpo de su amado, casi sin creerse lo que estaba sucediendo. Inhaló una vez más el aroma del cabello de su esposo, esta vez, con más profundidad.

Y empezó a sollozar.

—¿Jake? —El tono de Seth reflejaba absoluta preocupación, por lo que intentó deshacer el abrazo para ver directo al rostro de su esposo, cosa que se le complicó, dado que Jacob era mucho más grande y fuerte que él. No obstante, su esfuerzo no fue en vano, dado que lo logró.

—¡Oh, Seth! ¡Oh, Seth! ¡Carajo, Seth! —Jacob estaba inconsolable.

—¿Pero qué tienes, Jacob? A ver, cálmate, vamos a la sala. —Con agilidad, Seth, fue haciendo que Jacob caminara hacia atrás, guiándolo, hasta que llegaron a la sala, donde Jake apenas pudo reparar en la existencia de múltiples sillones, todos blanquecinos, una televisión gigante de plasma, macetas con plantas y algunas cosas varias. Seth logró sentar a su esposo en uno de los sofás grandes con la intención de sentarse a su lado y conversar con él.

—Seth, Seth, Seth… —repetía Jacob sin dejar de sollozar. Esto preocupó más a Seth. ¿habrá tenido una pesadilla?, se preguntó mientras no dejaba de sujetar a su esposo por los hombros en un vano intento de tranquilizarle.

—Jake, ¿qué rayos te sucede? —volvió a preguntar Seth, esta vez, a punto de perder la paciencia. No podía soportar el ver así a su amado, sobre todo cuando Jacob nunca se ponía así de histérico.

—Lo… lo siento, Setthie… —empezó Jake, no sin torpeza ni vacilaciones en su tono de voz. Se permitió parar, inspirar profundamente y encorvarse, ocultando ligeramente la mirada—. Sé que he de parecer extraño y ridículo, pero no sabes cuánto alivio me da el verte snao y salvo y, sobre todo, completamente despreocupado.

Hubo un silencio que duró apenas unos segundos, hasta que Seth interrumpió con una especie de bufido.

—¿Y por qué no estaría despreocupado, si estamos perfectamente en nuestro magnífico y patrocinado viaje por nuestro décimo aniversario, Jake? —le preguntó Seth con suma retórica, como si fuese lo más obvio del mundo. Ahora a Jacob le tocó esbozar un bufido.

—diciéndolo así lo haces quedar como si no hubiese alternativa alguna.

—Pues no la hay, a menos que me tengas una historia interesante. Tu pesadilla, por ejemplo.

—¿Pesadilla? —repitió Jake, alzando la mirada, más repitiendo que inquiriendo.

—Sí, tu pesadilla. No te levantas en silencio, te quedas detrás de mí sin llegar a abrazarme y arrimarme tu polla y, sobre todo, no te echas a llorar en cuanto me tienes en brazos. Dime, ¿qué tienes, amor?

Amor. Jake reprimió otro acceso de llanto; habían pasado años desde que Seth le había dedicado esas cuatro letras, cargadas únicamente de amor incondicional, sin adornos innecesarios de tensión o fugacidad. Este gesto fue suficiente para que el joven de los Black volviese a titubear.

—Si te lo digo seguramente no me lo vas a creer —murmuró. Bueno, se dijo, al menos vas sentando bien los precedentes.

—Estoy seguro de que puedo ser perfectamente comprensible contigo, Jake —le dijo Seth, animándole con una suave sonrisa y acariciándole a Jake su muslo derecho, cosa que le sacó una breve pero sincera sonrisa al mayor.

—No, lo más probable es que no, pero debo ponerte al corriente de todas formas… eh… primero, ¿me podrías decir en qué año estamos?

—¡Pero cómo preguntas en qué año estamos! Pues en 2023, ¿cuál más? ¿No habrás bebido demasiadas margaritas anoche, cuando estábamos en ese antro gay? —le preguntó el joven Clearwater con una media sonrisa pícara en su rostro, cosa que provocó que Jake alzara la mirada y se enjugara las lágrimas.

—No, no creo —respondió Jake con tranquilidad, tratando de acordarse en qué día específico de 2023 se encontraba—, aunque gracias por corroborarme el año. Temía que Kachiri se hubiese equivocado y me hubiese mandado a otro momento de la historia.

—¿Kachiri? —inquirió Seth, perplejo—. ¿La del clan del Amazonas? ¿Por qué te enviaría a otro momento de la historia? ¿Y cómo? No tiene una habilidad especial, que sepamos.

—Por eso te digo, no me creerías si te lo dijera. Y te lo voy a decir.

—Pues si empiezas trataré de ser lo más comprensivo posible. Cuéntame tu pesadilla, Jake —insistió Seth, cosa que provocó que Jake esbozara una sonrisa mental.

Esto irá para largo, vaticinó Jacob antes de tomar una bocanada de aire y empezar a proferirlo todo.

• • •

No se reservó absolutamente nada: las peleas, las pérdidas, los escapes, la información que Carlisle y Aro les habían revelado momentos antes de su llegada, el año del que verdaderamente venía y cómo era que estaba ahí con él, varias décadas atrás, enviado por Kachiri y el tiempo límite que tenía. Conforme profundizaba más y más en la narración y en temas cada vez más inquietantes, Jake no pudo evitar estremecerse. No le agradaba el tener que revivir, aunque fuese en narración, tantos años de incalificable sufrimiento. Seth no pudo hacer nada más que escucharle con debida atención, mirando de vez en cuando a los ojos de su esposo, cuya madurez y preocupación real se reflejaban en esas cuencas que él tanto reconocía. Y podía ver que el Jacob Black que asomaba a través de esos ojos no era su Jacob Black, al menos, no el de este tiempo. Estaba frente a un Jacob Black mucho más maduro.

Para cuando terminó con su monólogo, Jake se sintió realmente agotado; no esperaba terminar de esa manera. Se reclinó contra el respaldo del asiento, espalda y cabeza, respirando violentamente y mirando el techo blanco mientras intentaba abstraerse. Necesitaba disipar su mente de todos esos pensamientos porque no debía agitarse, como le sugirió Kachiri. Cosas relajantes, se repitió, tratando de acordarse de algunas de las mejores noches que había tenido con su esposo.

Seth suspiró, viendo abstraídamente hacia el abdomen de su esposo, sin realmente mirarlo. Asimilaba toda la información que Jake le había dicho, debatiéndose entre creerle o volverle a preguntar retóricamente cuántas margaritas se había bebido anoche. Una parte de sí quería inclinarse por la segunda opción, queriendo pensar que este Jacob Black le tomaba el pelo como parte de las múltiples bromas que se habían gastado mutuamente a lo largo de esta década matrimonial. Otra parte de él simplemente aceptaba todo lo dicho como la única verdad inminente. Y aterradora.

—¿Y cómo podemos hacer algo al respecto? —logró inquirir Seth luego de varios minutos de silencio.

—Primero debemos ir a con los Cullen para explicarles todo, especialmente a Carlisle. Él será una de nuestras piezas más importantes del tablero.

—¿Y sabes en dónde encontrarlos en este momento?

—Están con sus parientes de Denali —le explicó Jake—. Carlisle fue muy generoso en revelarme ese detalle.

—Pues no perdamos más tiempo —dictaminó Seth, irguiéndose de pronto—. En cuanto desayunemos, haremos las maletas. Los pasaportes deben de estar en el primer cajón del tocador.

—¿Pasaportes? —inquirió Jake—. Pero Denali se encuentra en Alaska, tontito. No los necesitamos.

Seth se volteó a verlo como si le hubiese dicho que Júpiter era una luna de soya perteneciente al planeta Venus.

—Es que no estamos en Estados Unidos, amor —le dijo con lentitud y dulzura, como si no quisiese aprovecharse del ya sobresaturado Jacob—. Estamos en Ensenada.

—¿Dónde?

—En Ensenada. Bella nos lo recomendó, ¿recuerdas? Por el Nido de las Serpientes y todo eso.

—Seth, para mí eso pasó hace más de setenta años, ¿recuerdas?

—Pues ya no, porque lo estás viviendo ahora, ¿recuerdas? —lo imitó Seth, casi sonriendo por poder tomarle el pelo a su esposo, aunque no fuese exactamente el mismo. Se seintió agradecido cuando vio una media sonrisa esbozarse en el rostro de su esposo.

—¿Ensenada, dijiste? —repitió Jake, tratando de asimilarlo.

—Así es.

—¿Y dónde queda Ensenada?

—En México, ¿dónde más? —le dijo Seth, provocando que Jake se sorprendiera y se levantara de un salto.

—¡Cómo! ¿Llegamos a México? —inquirió el mayor con incredulidad.

—Sí… llevamos dos semanas aquí.

—Tendrás que ser mi memoria mientras esté aquí en el pasado —le pidió Jake a su esposo—. Hay tantas cosas de las que ya no me acordaba por estar en guerra durante tantas décadas.

—Ah, ya veo —murmuró Seth mientras iba a la cocina y apagaba el sartén, que ya olía a chiles quemados. Tomó la espátula y removió un poco la comida, suspirando levemente—. Bueno, al menos todavía parecen comestibles. Ya licuados para la salsa ni se notará la quemadura… —se giró hacia la sala, encontrando su mirada con la de su esposo—. Si quieres ya prepárate para desayunar aquí en la barra. Casi está listo el desayuno. Preparé chilaquiles acompañados de huevos estrellados y chorizo con verduras varias, aunque falta la salsa para el platillo principal. La licuaré enseguida —le aseguró, girándose de nuevo y tomando el vaso de la licuadora para acercarlo al sartén, de donde sacaba los chiles con la espátula y los metía al vaso.

• • •

Mientras viajaban en el taxi privado en dirección al Aeropuerto Internacional de Tijuana —tras haber reservado los boletos con una llamada—, Seth se encargaba de decirle, por lo menos, ciertas nociones básicas sobre la vida de Jacob en 2023: en este punto de la historia, el joven Black le había sacado bastante provecho a su Ingeniería Automotriz y ahora era el vicepresidente de la cadena Volkswagen, puesto compensado con un jugoso salario. Las aportaciones creativas y prácticas de Jacob habían conducido a la empresa a una posición aún más favorable, convirtiéndose en la marca automotriz más vendida en todo Estados Unidos y uno de los más vendidos en Europa.

Seth no se quedaba atrás. Con su Licenciatura en Filosofía, rápidamente se había conseguido una plaza como maestro en Stanford, luego en Yale y, finalmente, en Harvard, donde rápidamente había sido ascendido a representante sindical de la asignatura. Eso sí, no dejaba de impartir sus cursos y seminarios. Su salario tampoco estaba mal. No obstante, el que ambos Quileutes tuviesen un buen salario no impidió que los Cullen les diesen semejante obsequio de pagarle al matrimonio todo el viaje en curso, no de una sola parada, sino de varias.

Ambos hombres casi no aceptaban el regalo debido a la pena pero, por más protestas que dieron, no fueron capaces de rechazarla —Seth llegó a suponer que Jasper se había inmiscuido en esa decisión, aunque no quería comprobarlo—. Primero habían parado en Los Ángeles, sugerencia un tanto irónica por parte de Edward, dado que había sido la excusa que toda la familia había dado por allá en 2005 cuando decidieron dejar Forks para la aparente seguridad de Bella, cuando era humana. Después de LA, se desviaron a Tucson, donde estuvieron apenas una semana, dado que se les había antojado un sitio con playa. Fue entonces cuando se dejaron ir hasta Miami, donde el clima y el exceso de población no les convencieron del todo. Fue entonces cuando Bella, durante una llamada telefónica, les recomendó Ensenada y el Nido de Serpientes, que no quedaba muy lejos de la playa, de modo que le hicieron caso, aprovechando que sí traían consigo sus pasaportes, por si se le ocurría partir hacia Brazil o alguna parte de Sudamérica.

Durante el transporte terrestre, Seth no dejaba de inquirir por más detalles, sólo por estar seguro de lo que había escuchado y lo que tenían que hacer. Jake fue un poco más compasivo y le describió todo lo que el joven Clearwater le preguntaba, esta vez, un poco más calmado, dado que la primera impresión ya había sido superada. Ahora tenía una perspectiva más objetiva que antes, más focalizada, mucho más determinada.

Tendrían éxito, Jake estaba seguro de eso.

Para cuando llegaron al aeropuerto, ambos metamorfos no pensaban en otra cosa más que en la misión que tenían ahora, olvidándose por completo que, en esa misma mañana, todavía estaban disfrutando de un viaje de aniversario, especialmente Jake, por obvias razones. Avanzaron entre el tropel de personas hasta la recepción para recoger y pagar sus boletos reservados —A Denali con escalas en Phoenix, Seattle y Ontario, Canadá—, a la banda del equipaje, los detectores de metales y la comprobadora de los boletos, cada vez más abstraídos en diferentes procedimientos y técnicas de abordaje de temas imprevistos. Ambos hombres, en diferentes momentos, se preguntaron si Edward no sería simplemente capaz de leerles las mentes y comprobar que sus noticias eran verídicas pero, por lo menos, Jake ya estaba advertido por las versiones mayores de los vampiros: necesitaba convencer a sus yo más jóvenes, guiarlos, instruirlos.

En ese momento prefirió tener a un par de Centinelas enfrente de sí.

Durante el vuelo y sus tres escalas, ninguno profirió palabra mayor, sólo algunos comentarios esporádicos. Cada vez se iban concentrando más en cómo abordarían el tema y qué pasos daría a continuación. Y, sobre todo, en dónde buscar a los dos Vulturis en operación, cada quién por su lado. Esperaba que Edward pudiese leer sus mentes o, al menos, la de Aro, que era al que más necesitaban. Con él, la búsqueda de Atheonodora sería mucho más sencilla.

Una vez que aterrizaron en Denali —cuyo clima apenas perturbó a los dos Quileutes, quienes llevaban encima apenas una sudadera ligera con el afán de simular tener frío ante los humanos—, consiguieron otro taxi privado en dirección a la cabaña de los vampiros, ubicación que Jacob tanto se sabía ya. Era una de las cosas que recordó instintivamente, por ser absolutamente necesario. Ahora que se encontraban a pocos kilómetros de los Cullen y los Denali, Jake empezó a vacilar. Deseó que la vampiresa irlandesa —la que reconocía la verdad o que intuía las mentiras, algo así— estuviese en Alaska para que no hubiese duda alguna de su misión.

No tardaron en divisar la cabaña, a la cual le salía una fina columna de humo desde la chimenea. El pulso de Jacob se aceleró, ahora nervioso. Esto no le pasó desapercibido a Seth, quien le posó una mano en el muslo con gesto tranquilizador.

—Estoy seguro de que van a ser bastante comprensivos —le susurró Seth a su esposo en el oído—. Después de todo, son casi como familia.

Jake no pudo rebatir esa lógica, de modo que asintió por ello. El taxi llegó y los dejó a varios metros de la puerta, misma que ya estaba siendo abierta por una de las vampiresas rubias. Antes de bajar, el joven Black reconoció a Kate, quien les miraba con un ceño fruncido, aunque no tanto para expresar incomodidad. Era de desconcierto. Jake sintió una nueva oleada de pánico. No pensó que el volver a ver a los futuros muertos le dolería tanto. Pero lo hizo, de modo que su pulso se volvió a acelerar, a pesar de que hacía todo lo posible para regular su respiración.

Seth se encargó de pagarle al conductor mientras se bajaba del vehículo, seguido por Jacob, quien no dejaba de ver hacia la casa. En la puerta de la misma, aparecían más y más vampiros, algunos sobrevivientes y otros no. no fue sino hasta que se encontró con la mirada de Edward cuando se sintió un poco más seguro.

Necesito que todos ustedes sean absolutamente comprensivos con lo que les voy a decir, Edward. Por favor, hazme este favor, le rogó Jake sin siquiera abrir la boca, provocando que el joven Cullen asintiera sólo para él.

—Bueno —le dijo Seth, colocándose a su izquierda—, vamos —sugirió, entrelazando su mano con la suya y avanzando con paso firme. Jake le siguió, casi sin parpadear, deslumbrado por la vista que tenía ante sí. Era la mayor agrupación vampírica que había visto en décadas, a pesar de que Seth y él eran los únicos metamorfos entre el grupo de sobrevivientes en libertad.

No negaba que su pulso se aceleraba conforme se acercaba a la cabaña. Jake empezó a cavilar sobre cómo exponer toda la información a todos sin perder la compostura cuando, de pronto, las vio. Con un cabello del mismo tono, aunque peinado en diferentes estilos —el de la menor había sacado el estilo de su abuelo—, Bella y Nessie miraron con sorpresa a Jake, como si no se lo creía.

Lo último que supo Jake fue que vio blanco, totalmente blanco, antes de estamparse de frente contra la nieve del suelo.

• • •

—¿Se encontrará bien? —le preguntó Esme a Seth mientras Carlisle atendía al desfallecido Jacob, a quien tenían recostado en uno de los sofás de la antesala. Hacía diez minutos que se había desmayado a mitad de la nieve y no podían regresarlo en sí.

—Se debió llevar una gran impresión al verles aquí reunidos —se atrevió a decir Seth, sin ser capaz de revelar el motivo exacto. Ya suponía que era la impresión de volver a ver vivas a su mejor amiga y a su imprimación, por no decir al resto de los Cullen. El joven Clearwater apenas podía hacerse un ligero esbozo de la emoción que Jacob debió de sentir.

—¿Seguro que no pescó algún virus en alguno de los destinos en los que se encontraban? —le preguntó Bella, quien entraba a la cocina, donde Esme y Seth estaban conversando, mientras llevaba un recipiente ovalado y metálico, parecido a una olla, aunque sin serlo del todo—. No podemos despertarlo con nada.

—No, no. Esta mañana despertó con buen semblante, aunque asustadísimo.

—¿Asustadísimo? —inquirió Esme, adquiriendo un tono aún más maternal y protector.

—Sí. Es el motivo por el que estamos aquí.

• • •

—Intentemos con más alcohol etílico —sugirió Carmen—. Se dio un buen golpe contra la nieve.

—No debió de estar tan dura para él, dado que es un metamorfo —comentó Eleazar, cruzado de brazos y recargado contra la puerta que daba a una de las habitaciones de la planta baja.

—Sea lo que sea que tenga, ya se le está pasando —anunció Carlisle—. Ya siento que su pulso se está regulando.

Los vampiros en la sala guardaron silencio durante unos momentos con la finalidad de corroborar lo que el doctor les estaba comunicando.

—Sí, es cierto —dijo Alice, quien permanecía sentada en el sillón más próximo al del desfallecido, realmente preocupada—. ¿Crees que ya vuelva en sí?

—En unos momentos —vaticinó el doctor—. Ya no tarda.

Y todos en la sala se quedaron expectantes al regreso de Jacob. La puerta vaivén de la cocina —sin perilla, capaz de ser empujada en ambas direcciones—, fue abierta por Seth, quien salió en tropel para ponerse al lado de su esposo. Después de él, Esme y Bella salieron con un paso un poco más comedido. Todos estaban presentes en la sala cuando Jake se levantó al dar un respingo y, con él, un par de manotazos al aire, con lo que casi impactó a Carlisle, sin saberlo. Tenía los ojos abiertos de par en par, con las pupilas dilatadas, posiblemente por el miedo. Miró en derredor hasta que empezó a reconocer los rostros de sus acompañantes.

—Carlisle —murmuró Jake entre jadeos cuando su mirada se topó con la del doctor.

—Bienvenido, Jacob. Parece que te hubiese encontrado con un fantasma —le comentó el patriarca de los Cullen, cosa a la que Jacob asintió.

—No tienes la menor idea, Carlisle —le dijo Jake, recuperando poco a poco la respiración. Carlisle observó que sus pupilas poco a poco iban regresando a la normalidad, cosa que le complació—. En verdad, no tienes ni la menor idea acerca de lo correcto que estás en este momento. —Se paró, recorriendo la antesala con la mirada, deteniéndose en todos y cada uno de los presentes. Todos, absolutamente todos, estaban ahí, mirándole con cierta curiosidad y desconcierto. No los culpaba. Debía de parecer un loco.

—¿A qué debemos esta visita tan inesperada y dramática, Jacob? —le preguntó Tanya, la líder del clan Denali, quien se acercaba con paso lento pero firme hasta colocarse a pocos metros del metamorfo, manteniendo la distancia por los efluvios. A pesar de la amistad, este tema todavía parecía provocar mella en los olfatos de ambas especies. Menos para Jake, claro, que ahora recibía el aroma como una completa bendición.

—Venía a buscar a Carlisle —empezó a explicar Jake con dificultad: se le había olvidado por completo la forma en que quería tratar el tema con ellos—. Necesito de su ayuda. Bueno… —titubeó, no sabiendo si lo siguiente a añadir era realmente prudente. Lo hizo de todas maneras—, alguien más necesita de su ayuda. A mí sólo me enviaron a buscarle —puntualizó.

—¿Alguien me está buscando? —inquirió el doctor, realmente confundido por ello—. ¿Y por qué esa persona en específico no pudo venir a buscarme por su cuenta, en lugar de interrumpir tu viaje de aniversario? Por cierto, ¿se la estaban pasando a gusto? —le preguntó el doctor con un tono paternal, mismo que hizo que Jake se acordara fugazmente de su padre, pensamiento que se obligó a dejar de lado para mantenerse concentrado.

—Sí, lo estábamos disfrutando, gracias… pero la persona que me envió por ti no va a poder presentarse en persona porque… —Jake suspiró, intentando no pensar en la verdad antes de decirla, para que Edward supiera la verdad al mismo tiempo que sus familiares y amigos—, porque la persona que me envió fuiste tú, Carlisle. —Silencio absoluto tras las palabras del joven Black. Los vampiros se quedaron cavilando, algunos con la confusión expresa en el rostro, otros con cara de póquer. Seth se limitaba a desviar la mirada a diestro y siniestro, esperando ver reacción alguna por parte de los vampiros. No la encontró.

—¿Qué? —inquirió Carlisle, rompiendo el silencio.

—Dentro de poco más de setenta años —puntualizó Jake, provocando ahora sí una reacción por parte de los vampiros, quienes se le quedaron viendo al Quileute como si hubiese perdido la cabeza.

—¿En setenta años, como si te refiriese al futuro real, dentro de setenta años? —le preguntó Bella, por lo que Jake se giró para verla. Este gesto y el poder verla con vida, le volvió a provocar ansiedad.

—Sí —logró articular, aunque no sabía si el tono de voz había sido el indicado.

—¿Yo te envié del futuro? —La voz de Carlisle indicaba completa perplejidad. Por favor, Edward, léeme la mente y mira que no les miento, suplicó Jake para sus adentros.

—Sí —volvió a responder Jake, concentrándose totalmente en todas las guerras, las pérdidas y el sufrimiento que él, en el futuro, había experimentado gracias a los Centinelas. Estaba esperanzado de que Edward estuviese prestándole atención a su mente. Todo esto no esperará, empezó Jake, si no logro convencer a Carlisle.

—No juegues —respondió Emmett desde cierta parte de la cabaña, de donde Jake no podía verle. Escuchó un par de pisadas que venían desde unas escaleras a la derecha y, por el rabillo del ojo, Jake logró vislumbrar a dos siluetas perfectamente reconocibles: una alta y fornida, otra esbelta y rubia.

—Pues las imágenes en su cabeza parecen ser demasiado reales —añadió Edward con un suspiro, mismo en el que se le notaba ligeramente afectado, por lo que ahora la atención general fue hacia él—. No tengo la menor duda de que sí nos está diciendo la verdad.

—Si esa es la verdad —empezó Carlisle con precaución— y realmente te he enviado del futuro, Dios sabe cómo, ¿a qué has venido y por qué te he enviado?

—Debemos detener a Dora —explicó Jake, sin rodeos ni vacilaciones. En el rostro de Carlisle se manifestó un semblante de reconocimiento y preocupación—. Necesito tu ayuda —le suplicó Jake, reconociendo inmediatamente su error gramatical—. Necesitamos tu ayuda —se corrigió.

Otro silencio aplastante. Las miradas de los vampiros se pasaban de un lado a otro, algunos plenamente conocedores del tema; otros, sumidos en la ignorancia.

—¿Hablamos de la misma Dora que creo que hablamos, Carlisle? —se atrevió a inquirir Eleazar en dirección al patriarca de los Cullen, quien asintió secamente.

—Sí, se trata de la esposa de Cayo —argumentó Carlisle, lo que generó un ambiente lleno de tensión. Si no sabían quién era Dora, por lo menos sabían quién era Cayo.

—Pero las esposas no tienen permitido salir de la torre bajo ninguna circunstancia —intervino Kate, provocando que Jake se preocupara. Oh, no. no saben absolutamente nada, se dijo, plenamente consciente de que Edward estaba atento a todos sus pensamientos, de modo que decidió hacerlo público de una vez.

—Esa es otra noticia que debo darles, dado que no tienen ni idea —dijo Jake, preparándose para dar semejante noticia a los vampiros.