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El llamado del deber

—Dices que tomaron los poderes de Dora para mejorar esos Centinelas que mencionas —comentó Carlisle una vez que Jake ya había relatado los primeros años de la batalla, la derrota de los Vulturi, que sorprendió a todos los vampiros presentes, el asesinato de Windflower y la captura de la Vulturi—, ¿y luego qué? ¿Los convirtieron en un arma?

—Correcto —le dijo Jake.

—Ella es realmente talentosa, quizá única —comentó el único varón de los Denali.

—Sí, lo es, Eleazar.

—Al principio —reanudó Jake su historia—, los Centinelas sólo atacaban a los vampiros y los metamorfos. Luego identificaron la genética de ciertos humanos, aquéllos que, en algún momento, engendrarían metamorfos o que ellos mismos tendrían capacidades para ser unos vampiros excepcionales. Muchos humanos intentaron ayudarnos, en vano. Fue una total y horrible masacre, Carlisle, cosa que permitió que las peores alimañas de la humanidad quedaran a cargo —Jacob suspiró, empezando a cansarse por su monólogo—. He estado en muchas batallas, casi todas las conoces hasta ahora, pero nunca había visto algo como esto. Nadie había visto algo como esto, ni siquiera en el Holocausto humano, me imagino. Y todo empieza por ella.

—Digamos que todo lo que nos planteas es realmente inevitable —empezó a contra argumentar Carlisle, no queriendo reconocer el terrible futuro que les esperaba— porque, si nos ponemos en acción, si decido ayudarte, ten por seguro de que Dora no me hará caso. Sus ideologías se apegaron muchísimo a las de su esposo; te aseguro que su sed de venganza contra ese humano no será apaciguado con mis palabras.

—Lo sé —empezó Jake, paseándose ligeramente por la sala, en búsqueda del mejor tono y palabras para anunciar lo siguiente. Sólo logró darse una vuelta en su mismo lugar antes de volver a mirar directo a Carlisle—. Por eso también vamos a necesitar a Aro.

Un silencio aplastante reinó en la sala a partir de ese momento. Jake no paseó la mirada, sino que se limitó a seguir contemplando al doctor; era el único del que le interesaba una respuesta.

—¿Aro? —logró inquirir Carlisle, un poco desconcertado. Estaba a punto de decir algo cuando, de pronto, Alice carraspeó la garganta, con lo que llamó la atención del metamorfo mayor.

—¿Sabes en dónde se encuentra? —le preguntó ella, claramente preocupada por los pasos de Jacob. Su tono indicaba que, cualquiera que fuese la ubicación actual de dicho vampiro, que seguramente Alice ya sabía, no era la más indicada para nadie.

—Sí —le respondió, casi sin titubear. No tenía ni idea de dónde se encontraba este vampiro, pero no quería pensar en ello, por si Edward lo delataba al grupo.

—Pues espero que sepas cómo entrar —explicó Edward quien, según Jacob, seguramente ya debía de haber leído la mente de Alice, basándose en el tono que el joven Cullen había usado con él—. Personalmente creo que él está en donde debe estar. No deberíamos sacarlo de ahí.

—¿Sacarlo de ahí? —inquirió Jake, desconcertado.

—No, incluso para nosotros es una situación muy arriesgada, Jacob —le dijo Edward mientras se reunía con su esposa—. Lo que pides es una situación suicida.

—Pero debemos hacerlo, Edward —le recriminó Jacob, avanzando un paso.

—No te digo que no debemos, porque entiendo tus razones para estar aquí, Jacob. Es sólo que… bueno, una cosa es buscar a Aro para aliarnos con él para detener a Dora y otra es que nos hagas meternos al Pentágono, burlar al gobierno humano y sacarlo a la fuerza de…

—¡¿Qué dijiste?! —Jacob se volteó a verle, totalmente sorprendido por lo que había dicho—. ¿En dónde me dijiste que se encuentra?

—Creí que habías dicho que sabías en dónde se encontraba —le dijo Bella al muchacho, con lo que ambos cruzaron directamente sus miradas. Él todavía no se acostumbraba a verla otra vez.

—Bueno… —Jake titubeó al fin.

—Insisto en que no es una buena idea —intervino Edward, mirando de soslayo a su esposa. Jake, no lo pasó por alto y se giró para verle.

—Edward, por favor, escúchame bien —le suplicó Jacob, enfatizando correctamente las palabras apropiadas—. Vengo desde muy lejos, he visto morir a muchas personas de las tres especies por igual. Buenas personas. Amigos. Familiares. Si nos quedamos aquí a pensar que una entrada al Pentágono no valdría la pena para salvarnos a todos, verás exactamente lo mismo que yo, ¿entiendes? —Y Bella es una de las numerosas víctimas, Edward, pensó Jake, no queriendo revelar esa información en voz alta para no preocupar a los demás por dar los pormenores del futuro. A decir verdad, la mayoría de los presentes en esta sala ni siquiera sobreviven al exterminio, Ed. Somos pocos los que hemos sabido mantenernos a salvo de los Centinelas. Por favor, escucha mis ruegos. Tenemos que sacar a Aro del Pentágono.

—¿Y no hay forma de hacerlo sin Aro? —inquirió Carmen con un tono de voz que claramente dejaba sus deseos de que alguno de los Vulturi se quedara al margen de este rescate.

—No —fue Carlisle el que habló, no Jacob ni Edward—. Ya dije, ella no escuchará a nadie más que no sea Aro. Necesitamos rescatarlo.

—¿Y cómo piensas convencer a Aro para que trabaje con nosotros e impida el asesinato de un humano? —le preguntó Kate—. A él nada le cuesta permitir el curso de un asesinato, merecido o no, y lo sabes —le reprochó, seguramente refiriéndose a la hermana que los Vulturi le habían asesinado en 2006. Lo que Jacob no sabía, porque nadie le había contado, era que Kate y Tanya perdieron, aparte de a Irina, a su madre Sasha y a un niño inmortal creado por ella, también a manos de los Vulturi, muchos años atrás.

—Cierto —le dio la razón Rosalie—. ¿Qué es lo que te asegura que Aro piensa cooperar voluntariamente en este impedimento de asesinato?

—Me lo asegura el hecho —empezó Jake, volteándose a ver directamente a Carlisle, sosteniéndole la mirada— de que Carlisle y Aro me enviaron aquí juntos.

Se produjo otro silencio aplastante, que duró un poco más que sus predecesores.

—¿Y cómo haremos eso? Rescatar al vampiro, me refiero —inquirió Seth, rompiendo el silencio.

—Rescatarlo no debería ser complicado —empezó Alice—, dado que la celda en donde le vi encerrado fue construida durante la Segunda Guerra Mundial, hecha de puro concreto, cosa que facilitaría el acceso.

—Parcialmente facilitado —intervino Carlisle—, porque ese tipo de celdas fueron construidas a cien pisos de profundidad —añadió con naturalidad, cosa que no sorprendió a Jacob. Al haber vivido durante dicha guerra, seguramente Carlisle se informó de todos los movimientos estadounidenses en su momento—. A eso súmenle que estamos hablando del edificio más custodiado del planeta.

—¿Y porqué está ahí? —inquirió Jake, como si se estuviese perdiendo lo obvio.

—Supongo que es el mejor lugar para experimentar con vampiros —sugirió Seth, no muy convencido de su propio aporte.

—¿Estás seguro de que quieres hacer esto, Jacob? —le preguntó Esme con un poderoso tono maternal, con lo que Jake no pudo evitar voltear a verle con sumo cariño. Tampoco se acostumbraba a verla con vida.

—No tenemos alternativa —le dijo el joven Black.

—Tampoco recursos para entrar o salir —señalizó Edward, con lo que Jacob se giró para verle. Tenemos precisamente uno, pensó para su interlocutor, recordando en cuántas veces no había sido testigo de la increíble velocidad de Edward Cullen, casi indetectable.

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Suprema Corte de Justicia. Washington, D.C.

—Estamos revisando nuestros gastos en defensa y examinando los programas confidenciales —dictaminaba el Secretario de Defensa al resto de la audiencia, mientras las dos estenógrafas registraban sin error todas y cada una de las temáticas que se trataban en la sala por parte de los dieciocho políticos, con sus representantes legales detrás de ellos, y el civil, quien se encontraba en una mesa individual, sentado enfrente del corro en el que los altos funcionarios del gobierno se encontraban—. No podemos dar apoyo a un arma dirigida a nuestros propios ciudadanos, es una locura. —El Secretario hizo una pausa para mirar directamente a los ojos del empresario que se encontraba frente a ellos, midiendo sus palabras—. Si estos… no humanos, como los describe, en realidad viven entre nosotros, seguramente viven pacíficamente. No hemos tenido incidentes registrados que confirmen la existencia de estos… vampiros y hombres lobo —titubeó, no queriendo quedar en ridículo frente al resto de sus compañeros—, como nos dice que se les denomina.

—Bueno, en una ciudad italiana se celebra el Festival de San Marco, que conmemora la expulsión de los vampiros de dicha ciudad —intervino el gobernador de Columbia.

—Una fiesta vulgar y provinciana, nada más —reanudó el secretario—, sin sustento histórico auténtico.

Windflower se controló para no sonreír. Oh, sí que fueron expulsados los vampiros de la ciudad, pero no por San Marco, pensó, enorgulleciéndose de sus Centinelas.

—Tenemos enemigos muy reales: los rusos, los chinos. No podemos darnos el lujo de preocuparnos por cuentos de hadas cuando tenemos verdaderos problemas allá afuera.

—¿Y el individuo que tienen resguardado dentro del Pentágono? —inquirió el mismo gobernador—. Coincide con las características que el Doctor Windflower describe en este informe —le dijo, zarandeando dicho documento en su espacio personal, como si estuviese resaltando lo obvio.

—Unas características que ni siquiera coinciden con la descripción del "vampiro ideal" —entrecomilló el secretario, tomando su propia copia del informe para arrojarla en el mismo lugar con cierto desdén—. Vampiros que brillan con el sol en lugar de estallar en llamas. Licántropos que se convierten cuando quieren y no con la luna llena. ¡Tonterías! ¡Una vil sarta de tonterías!

—Permítanme comentarles algo —intervino Christopher Winflower, el invitado, por lo que todos los políticos se voltearon a verle. Christopher rebuscaba entre los varios documentos que tenía a su disposición en la superficie de su mesa. Cuando encontró lo que buscaba, sonrió para sí y abrió el documento en la página que previamente había señalado—. Esto lo obtuvieron nuestros amigos de la CIA. Es un trabajo de tesis, redactada por un licántropo que se matriculó en la Universidad Diplomática y Cultural de Washington, en la carrera de Filosofía. —Windflower se permitió tomar una respiración profunda antes de seguir. El haber investigado minuciosamente a su ex novio, Seth Clearwater, le había abierto las puertas a nuevas posibilidades. Sin él y su tesis, nunca hubiese conocido la existencia de los vampiros—. Y cito: "Impulsado por el instinto de supervivencia, el ser humano desconoce los efectos colaterales de sus acciones preventivas y extremistas, ignorando que su existencia es apenas efímera en comparación con otras entidades cuya existencia antecede a los ayeres del hombre y cuyas fuerzas sobrepasan la limitada capacidad humana." —Windflower hizo una pausa en este punto, esperando que sus palabras empezaran a surtir efecto entre los presentes, quienes simplemente se le quedaban viendo al doctor, a la espera de un argumento que validara la cita—. Interpretado al principio como una especie de metáfora o cualquier otro tipo de lenguaje literario, este extracto esconde una verdad irrefutable: la existencia de… entidades sobrehumanas, como aquí lo dice.

—La única verdad que encierra ese texto es que su lenguaje sí es sumamente poético. Naturalmente, si estas criaturas que usted menciona, Doctor Windflower, realmente existieran, ¿no cree que el gobierno de los Estados Unidos de América estaría plenamente consciente de su existencia? —le preguntó el Secretario, a lo que Windflower sólo respondió con una sonrisa amarga.

—Cuando enviaron a nuestros soldados a Siria —empezó el doctor tras la sonrisa—, sin armamento necesario y con una confianza que cae en el cinismo, subestimaron al enemigo y a sus aliados. —Otra sonrisa amarga—. Si hacen lo mismo con este enemigo… —Windflower chasqueó los labios, humedeciéndolos, rechazando inmediatamente el panorama que se estaba figurando dentro de su mente. No obstante, dentro del mismo momento se obligó a continuar—, será más que una pelea por tierras del otro lado del mundo. —Al llegar a este punto, todos los altos funcionarios, sin excepción, le miraban con suma atención, cosa que complació al científico—. Esta vez, la guerra será por nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestros familiares y, para cuando descubran que mi programa es necesario… —una pausa más— será demasiado tarde…y habrán perdido tres guerras en el transcurso de sus vidas1.

El Secretario de Defensa se quitó los anteojos, atónito ante las palabras que el doctor Windflower estaba pronunciando. ¡Tan altos estudios, tan importante renombre, y viene aquí a contarnos cuentos de hadas! Alguien tiene que ponerle un alto, se dijo a sí mismo mientras apoyaba las manos en la superficie de la mesa, una encima de la otra.

—Lo sentimos, Dr. Windflower —empezó con lentitud, midiendo el terreno—, pero su Programa Centinela no será implementado.

El silencio que siguió al veredicto fue más que aplastante. Nadie en la sala dijo nada, ni siquiera movió un simple músculo. Los funcionarios miraban hacia Windflower, mientras que éste sólo tenía ojos para el Secretario. Ha de ser un metamorfo, pensó rápidamente el doctor mientras se llenaba de furia con cada momento que pasaba en el silencio aplastante. No, se dijo. Les hacen pruebas a todos para sabes sus condiciones. Seguramente que los cromosomas extras, la temperatura y el comportamiento celular hubieran alertado a todos al instante, se dijo mientras no apartaba la mirada del Secretario.

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Deir ez-Zor, Siria

A media tarde todavía se podía sentir el calor aplastante en el ambiente. Los soldados iban de un lado para otro, administrando, conversando, maldiciendo. No podían creer que, tras más de una década en pleno combate, un movimiento de suerte le hubiese permitido a los sirios y sus aliados el haber superado las tácticas estadounidenses. Y ahora les habían otorgado veinticuatro horas para levantar todos los campamentos e irse o, de lo contrario, los que se quedaran serían borrados del mapa.

Tan concentrados estaban los soldados rezagados que no notaron que, justo en ese momento, un helicóptero aterrizaba en la pista asignada para ello, excepto los pasajeros y quienes estaban encargados de dicha pista. Los pasajeros bajaron con una precisión impecable, sobre todo uno de ellos, un Coronel cuya mirada denotaba determinación inequívoca.

Los encargados de la pista le hicieron su debido saludo al Coronel, mismo que él apenas respondió, dado que tenía la cabeza en otros asuntos mucho más importantes. Sabía que su misión ahí era sumamente importante porque, con ella, podría salvar muchas vidas inocentes. O, al menos, pensaba que serían muchas.

Se encaminó, sin vacilación, hacia su destino: una de las tiendas destinadas para la cuarentena en la zona médica, lugar en donde se hallaba su misión. Avanzó entre los el pelotón vencido, cada quien sumergido en su propio asunto. Casi nadie le estorbó, dado que sabían lo que les costaría si se entrometían en el camino de un Coronel. Así, pues, llegó a su destino, mismo en el que no le sorprendió encontrar a un par de policías militares en la pura entrada de la tienda, haciendo guardia para que nadie pasase. El Coronel se permitió una sonrisa interna antes de dirigirse hacia la entrada de la tienda. Tal y como lo pensaba, uno de los guardias —el que quedaba a la derecha de la entrada— dio un paso hacia la izquierda, interponiéndose en su paso.

—¿Puedo ayudarle, Coronel? —le preguntó el guardia.

—Vengo a despedir a nuestros muchachos —contestó el Coronel sin vacilación alguna. ¿Quién era el simple soldado impedírselo? Nadie, absolutamente nadie.

El guardia le dedicó una leve mirada —a través de su par de lentes oscuros— y luego destinó su mirada hacia enfrente, como originalmente la tenía.

—Lo siento, señor, tenemos órdenes —se excusó el soldado—. El área está en cuarentena.

Eso ya lo sé, torpe soldado, pensó el Coronel antes de otearle de arriba abajo en un segundo, como si dudase de la autenticidad del guardia.

Tonto.

—A un lado, soldado —le dijo el coronel con una voz baja pero totalmente autoritaria—. Es una orden —puntualizó tras unos segundos. El guardia con el que hablaba se la pensó durante un par de segundos pero, tras ellos, no tuvo más remedio que apartarse de su camino, al igual que el otro guardia. El Coronel ni se dignó en dirigirles una última mirada antes de entrar a la tienda de campaña, cuya entrada le abrían ambos soldados. A los pocos metros de entrar, le recibió una cortina de tiras plásticas transparentes, mismas que apartó sin problema alguno. Lo primero que hizo fue ver hacia la izquierda, en donde le vio un muchacho rubio, esbelto, con lentes, quien parecía estar preocupado, dada su mirada gacha. Nada más verlo, el Coronel pudo olerle y reconoció cierto aroma familiar…

—¡Atención! —gritó otro militar desde el fondo de la tienda, provocando que todos los soldados distribuidos entre las camillas a ambos lados de la tienda, con unos altos pero estrechos casilleros individuales entre ellas, se levantasen en posición de firmes. El Coronel los miró de reojo a todos los recién levantados; le provocaba algo de risa esa situación.

—En descanso —les dijo él con una voz que no sonó muy masculina. Se aclaró la garganta, nervioso, mientras avanzaba por el pasillo de en medio en dirección hacia el fondo, donde tres militares más estaba reunidos ante una mesa, cuya superficie estaba llena de vasto material médico y químico. Los soldados que le recibieron volvieron a tomar sus posiciones cabizbajas en las camillas, cada uno ensimismado en sus propios pensamientos. Conforme pasaba a cada lado de uno —mirándolos detenidamente en busca de alguna señal delatora— podía percibir sus aromas. Inclusive hubo uno a su derecha —piel broncínea, alto, cabello negro, ojos marrones, bastante musculoso y con un tatuaje tribal redondo en su brazo derecho, visible por su camiseta sin mangas— que le dio cierto olor a pelaje húmedo, cosa que casi le hizo arrugar la nariz. Le sorprendió que el muchacho le dirigiese una mirada ligeramente similar. ¿Era su imaginación o ya tenía ese gesto en su rostro incluso antes de verle directamente? Decidió no tomarle importancia y siguió avanzando y mirando a los demás soldados retenidos, cuyo aroma dulzón y familiar le llegaba a la nariz de forma armoniosa, excepto de otro, cuyo aroma también asemejaba al de pelaje mojado.

Una vez que estuvo lo suficientemente cerca de la mesa, notó que uno de los tres militares estaba muy atento a un par de documentos, de apariencia gubernamental o médica, no podría decirlo a primera vista. El Coronel se paró justo ante el extremo de la mesa, echándole una última mirada al equipo médico y químico que había.

—¿Qué es esto? —les preguntó, realmente intrigado por la situación.

—Informes de laboratorio, análisis de sangre —le empezó a explicar el mismo militar que estaba concentrado en los documentos. El coronel extendió una mano para tomar los documentos, cosa que su interlocutor no le impidió, sobre todo por ser de menor rango que él—. Se van a enviar de regreso.

—¿A dónde? —le preguntó.

—Al mismo lugar que a ellos —le dijo, señalando con un movimiento de la cabeza al resto de la tienda de campaña, con lo que querría referirse al resto de los soldados, los puestos en cuarentena. Al Coronel no le pasó esto por alto antes de bajar nuevamente la mirada hacia los documentos—. Hacia Industrias Windflower —respondió sin pelos en la lengua. El coronel le echó una buena mirada al documento.

CONFIDENCIAL: Informes médicos.

Reporte de pruebas médicas y de sangre.

Nombre del paciente: Quil Ateara V.

Instalación: Escuadrón de Seguridad T-313.

Periodo cubierto. Desde: hora 0001, fecha 21 Jun 2023. Hasta: hora 2400, fecha 21 Jun 2023.

Reporte de envío a: Industrias Windflower, 6600 Caliban Circle Drive, Wolean, Virignia 22022, EUA.

Análisis realizados y observaciones particulares:

Saliva. W-4, 5-6, 4. Niveles normales. Repaso innecesario.

Orina. T-4, 0-5, 4. Niveles normales. Repaso innecesario.

Desechos fecales. W-14-18. Niveles normales. Repaso innecesario.

Eritrocitos. T-12-12-6, 4. 0m/100 ml. Repaso requerido.

Leucocitos. W-42-52. 3m/100 ml. Repaso requerido.

Trombocitos. Y-37-47. 46m/100 ml. Repaso prioritario.

Observaciones generales: Anomalía en la estructura sanguínea. Requerido análisis molecular, celular y genético de otros fluidos y tejidos.

Observaciones adicionales: Temperatura corporal por encima de lo ordinario. Comportamiento antipático y paranoide. Sugerida evaluación psicológica y análisis del líquido raquídeo.

El Coronel no pudo hacer nada más que mirar los documentos durante unos cuantos momentos mientras cavilaba todo lo que había leído. De acuerdo a lo que tenía enfrente, la información debía pertenecer al muchacho de piel broncínea que se le quedó viendo, el del tatuaje. Era lo más lógico, dado que los otros soldados no podían tener la temperatura corporal por encima del promedio.

—Vámonos, señores —anunció una voz desde la entrada de la tienda, cosa que hizo que el Coronel dejase de leer los documentos y se voltease hacia la entrada para recibir visualmente al recién llegado. Se trataba de un militar joven, con boina, quien venía acompañado de cuatro hombres —desarmados, aunque uno de ellos llevaba una maleta negra, gruesa y, aparentemente, pesada— que iban vestidos con trajes oscuros en lugar de los verdes reglamentarios del ejército, como si fuesen parte de una división especial—. Los voy a sacar de este infierno —les aseguró el recién llegado con cierta autoridad que, inclusive, el Coronel reconoció de inmediato.

—¿Nos vamos a casa? —le preguntó el muchacho del tatuaje, el del olor a pelaje mojado. Se le veía demasiado desconfiado, dada su postura tensa, curva y torpe

El recién llegado le miró al muchacho y, luego, al reloj de su muñeca izquierda y, durante unos momentos, le consultó, como si estuviese pensando en su siguiente respuesta—. Aún no —le contestó mientras el Coronel observaba que los cuatro hombres se colocaban ante cuatro camillas, estratégicamente en los pequeños carros móviles que facilitaban el transporte de los medicamentos y alimentos, cosa que no pasó desapercibida para el resto de los aislados.

—¿Qué va a hacer eso? —preguntó uno de los muchachos, el otro del aroma húmedo. El Coronel le vio con atención. Éste parecía ser un poco más menudo, aunque parecía parecerse al primero, sobre todo por el color de piel, ojos y cabello. El Coronel se preguntó si él también tendría un tatuaje redondo en el brazo…

—Es para que el viaje sea más placentero —les dijo el recién llegado con toda la tranquilidad del mundo mientras uno de sus hombres de negro, sin decir palabra alguna, abría la maleta negra que traía consigo y preparaba una dosis de medicamento vía aguja hipodérmica. Al coronel no le pasó por alto las palabras del otro militar, por lo que empezó a caminar lentamente hacia él—. Los llevaré a un centro privado donde haremos más pruebas.

Las palabras del militar nuevo provocaron un silencio incómodo entre todos los presentes, sobre todo, entre los aislados, quienes empezaron a mirarle con cierto nerviosismo. Uno de ellos —bajo, pálido y con la cabeza casi rapada al tope— se removió en su asiento, a pesar de verse demasiado recto para estar nervioso. El hombre del medicamento seguía preparándolo sin prisa pero sin vacilación alguna. El Coronel siguió su paso hacia el nuevo militar, seguro de sí mismo y de lo que planeaba hacer en ese momento. Había descubierto algo importante y no pensaba quedarse callado.

—Sus hombres no son militares —le dijo sin más, cosa que ni inmutó al nuevo militar, quien rápidamente se metió una mano en su saco y, tras apenas un par de segundos, sacó un papel doblado y se lo presentó ante él, casi restregándoselo.

—Servicio privado —le respondió sin más. El Coronel tomó el papel para examinarlo en el acto pero, por una razón desconocida para él, no apartó la vista del nuevo militar, quien también le sostenía la mirada—. Tenemos autorización para llevárnoslos —le dijo mientras volteaba a ver a su hombre de negro, el del medicamento de la inyección, quien ya estaba preparado para inocular a los aislados. El Coronel desdobló la hoja y apenas leyó un poco del contenido, dado que no necesitaba más. Había tomado una decisión y debía cumplir con la misión que tenía.

—Estas tropas irán a casa —le dijo sin más al nuevo militar, cosa que le provocó una media sonrisa.

—Coronel, no creo que tenga jurisdicción en este asunto —le respondió con cierto desdén, como si no se creyese que un coronel se estuviese atreviendo a contradecirle. Esto no intimidó nada al Coronel, quien avanzó un paso para enfatizar su desafío.

—Temo que sí, hijo —le dijo, esforzándose por contener una sonrisa. Al nuevo militar no pareció gustarle pues, en el acto intentó dar un paso hacia su oponente pero, por alguna razón que sólo él sabía, no lo dio.

—Disculpe, ¿quién es usted? —fue lo único que se le ocurrió proferir en respuesta, cosa que no le pasó desapercibida al Coronel ni a los demás miliares en la tienda pues, ahora, todos estaban concentrados en el pequeño conflicto presente.

—La pregunta es, Mayor… —empezó el coronel mientras, con toda la confianza del mundo, tomaba la placa de identificación del nuevo militar, el Mayor, leyéndole sin demora.

Bryan Charleston. 38782201. B HEC. PROT.

—…¿quién es usted? —terminó el Coronel, alzando la vista hacia el Mayor, a quien se le miraba desconcertado. El primero soltó un ligero siseo, mismo que provocó que el segundo se paralizase por la impresión. Aprovechando esta situación, el Coronel le arrancó la placa de identificación al Mayor mientras, sorpresivamente, su cuerpo empezaba a mutar, como si se tratase de una especie de camaleón…

Y ya no era un Coronel el que estaba a escasos centímetros del Mayor, sino una mujer extremadamente pálida, de estatura promedio, cabello rubio y ligeramente corto, vestimenta ligeramente anticuada y ojos rojos, totalmente rojos, de un tono borgoña. Al Mayor no le pasó por alto este increíble cambio instantáneo pues, sin ser capaz de controlarlo, se pasmó y abrió los ojos como platos, realmente asustado.

Y la lucha empezó.

La mujer pálida no perdió el tiempo y se giró hacia su derecha para, al instante, golpear en el rostro a uno de los tres militares que originalmente estaban reunidos en la mesa, noqueándolo al instante. Al segundo siguiente, ella se abalanzó contra el Mayor, tomándolo por el cuello y, girando para, al mismo tiempo, patear a uno de los hombres de negro, a quien estampó contra un casillero portátil que estaba al lado de la camilla del primer muchacho del tatuaje, quien se levantó por la sorpresa. Otro de los hombres de negro, pistola en mano, intentó acercársele a la mujer pálida, quien sujetaba por el cuello al Mayor desde atrás con su brazo derecho y le usaba de escudo humano. El Mayor intentaba, en vano, quitarse el brazo de la mujer pálida y fría del cuello, cosa que no pudo, dado que ella se sentía demasiado dura para ser humana. Ella, casi sonriente, le propinó una efectiva patada al hombre de la pistola y, con el mismo movimiento, se quitó de encima al Mayor, tumbándolo de espaldas en el suelo y sofocándolo por ello.

La mujer quedó hincada en el suelo, apoyándose en su brazo derecho y sus piernas, mirando en derredor para saber cuál era el próximo humano a atacar. No tardó en identificarlo gracias a sus habilidades. Se trataba de un tercer hombre de negro, ubicado a su espalda, quien le apuntaba con una pistola. La pálida se dio una voltereta al nivel del suelo, elevando las piernas y tomándole del cuello al hombre con una llave experta, tirándole al suelo y sujetándole el brazo derecho, con el que sujetaba la pistola.

Los aislados no se quedaron atrás en la contienda. El mismo muchacho que se había estremecido en su asiento se había levantado y, ahora, se fijó en dos militares que estaban junto a la entrada, a quienes taladró con la mirada, un par de ojos color rojo oscuro que destellaban nada más que odio… y sed. Levantó la palma derecha en dirección a ellos y se concentró en ellos con demasiada intensidad, cosa que, al cabo de unos segundos, provocó que los dos vomitasen violentamente hasta desmayarse momentos después. Otro de los aislados, también pálido y de ojos oscuros con cierto tono rojizo, dirigió su mirada hacia los otros dos militares junto a la mesa y, en el acto, los dos se empezaron a desplomar, como si se estuviesen desmayando o, peor aún, sufriendo un derrame cerebral.

La mujer pálida no desaprovechó el tiempo y, ágilmente, le rompió el brazo al militar que sujetaba, el cual soltó sorpresivamente el arma antes de proferir un auténtico grito de dolor. El cuarto hombre de negro, el de los medicamentos, había soltado la jeringuilla y se había sacado una pistola del cinturón, con la que ahora apuntaba a la espalda de la mujer pálida. Esto no le pasó desapercibido al segundo muchacho de piel broncínea —el no tan fornido— y, sin pensarla, se abalanzó contra el militar de negro, azotándolo contra otro de los casilleros que seguían en pie. La cabeza del militar de negro rebotó contra el metal, cosa que le dio una idea al muchacho. Decidido, tomó con ambas manos la cabeza del militar y, sin pensarlo, la azotó tres veces contra el casillero hasta que notó que su contrincante perdió el conocimiento.

El militar del brazo roto intentó alzarse para poder quitarse de encima ala muer pálida quien, con un ágil movimiento y una excelente flexibilidad, le pateó en la cabeza, noqueándolo. El Mayor observó todo esto mientras se colocaba boca abajo y, sin perder de vista a la mujer pálida, se empezó a sacar su pistola del estuche del cinturón. Ella, sin preámbulo alguno, se puso de pie con una velocidad asombrosa y, con esa misma velocidad, tomó del cuello al Mayor con la mano izquierda y le alzó, suspendiéndole del suelo por unos cuantos centímetros, los suficientes para que él no tocase el suelo y se salvase de la muerte segura. El Mayor se vio en la necesidad de soltar el arma, que cayó ruidosamente al suelo, y se llevó ambas manos a la de la mujer pálida en un patético intento de quitársela del cuello. Al tocarla, la sintió bastante fría, cosa que disipó todas sus dudas. Vampiro, reconoció el Mayor. Igual que los otros aislados.

—Lo vas a matar —le dijo una voz masculina que ella ya había escuchado momentos atrás, ni perfecta ni cantarina, por lo que ella reconoció al primer muchacho del tatuaje.

—Es él o nosotros —le respondió ella, apretando todavía más el cuello del Mayor. Sólo era cuestión de segundos para que se quedase sin aire o, si ella se aburría, para que le partiese el cuello con suma facilidad. El rostro del militar ya empezaba a tornarse morado.

En eso, un láser se interpuso entre la muerte del humano y la vampiresa, provocando que él aterrizase de lleno en la mesa de equipo médico-químico, terminándolo de noquear. La mujer se volteó a ver a los demás vampiros, encontrando su mirada con un muchacho alto, de piel pálida aunque no tanto, con cabello corto pero alborotado. Aparentaba tener unos veinte y pocos años de edad.

—Lo tenía bajo control —le respondió ella, como si le reclamase.

—No podría decirlo —le dijo el primer muchacho del tatuaje, acercándose a ella y arrugando más la nariz conforme se le acercaba. Ella no pudo evitar el hacer lo mismo.

—Aléjate. Tu hedor —le advirtió ella, alzando una mano con intención de interponerla en el camino del muchacho. Lobo, se dijo ella. Se preguntó si se trataba de alguno de los que había visto años atrás en la Península de Olympic, los que estaba del lado del clan de Carlisle Cullen. Los aromas de él y del otro muchacho le recordaban mucho a aquél día. Ella y él intercambiaron una mirada incómoda, misma con la que expresaban ese desprecio mutuo que sentían. No obstante, tanto ese muchacho como el otro estaban igualmente involucrados en el siniestro plan que también comprometía al resto de los vampiros que se encontraban en esa tienda de campaña.

La mujer se decidió por sacudir la cabeza y simplemente aguantarse la respiración. Tenía una misión por cumplir.

—Salgamos de aquí —les dijo mientras le dedicaba una última mirada al primer muchacho del tatuaje y, tras ello, empezaba a dirigirse hacia la entrada—. Rápido, vamos —les instó, llevándose el antebrazo derecho a la boca y, sin pensarlo, mordiéndose un poco. Al estar frente a la puerta, se detuvo y se dio la media vuelta, con lo que los otros vampiros y los dos lobos se le quedaron viendo con curiosidad.

—¿Qué tratas de hacer? —le preguntó el vampiro que había provocado el vómito de los humanos.

—Necesito que muerdan y beban un poco de mi ponzoña —les explicó ella mientras miraba a los ojos de cada uno de los vampiros restantes. Acto seguido, les ofreció su brazo mordido, cuya ponzoña se hacía valer—. Compartirán un poco de mis habilidades cuando lo hagan. Una vez que lo hagan, cambien su piel a humana. —Uno por uno, los vampiros empezaron a intercambiar miradas de incredulidad, cosa que a ella no le pasó desapercibida—. ¡Sólo háganlo! ¡No tenemos mucho tiempo!

—Me parece que ha perdido la cabeza con tanta pelea —susurró el segundo chico del tatuaje, creyendo que nadie en la sala le escucharía, mucho menos la mujer—. ¿No te parece, Quil?

—Creo que no, Collin —respondió el primer muchacho quien, al parecer, sí se llamaba Quil. No dejó de ver a la vampiresa en ningún momento—. Creo que nos quiere sacar de aquí con su habilidad polimórfica. Por cierto, ¿quién eres tú? —le preguntó directamente a ella mientras que, en ese momento, el vampiro que provocó el derrame cerebral a los dos humanos se ofrecía como primer voluntario para beber de la ponzoña de la mujer, ella le sostuvo la mirada durante unos instantes antes de responder.

—Atheonodora, antigua integrante del clan Vulturi, ya desintegrado —respondió ella con un tono altanero, casi saturado de orgullo. A Quil no le pasó desapercibido el dato clave de la cuestión y, por un momento, sintió el familiar calor recorriéndole la espalda. Él tampoco había olvidado aquél día del 2006. Se concentró bastante para controlar ese fuego que amenazaba con despertar.

—¿Dónde está Aro? —le preguntó a Atheonodora el vampiro que causó las náuseas, tras beber de su ponzoña. Fue el último de los vampiros.

—Estoy por mi cuenta —respondió ella y, en el acto, mutó para volver a adoptar la forma del Coronel. Sin decir media palabra más, se dio la media vuelta y se dirigió hacia la salida de la tienda—. ¡Transmuten! —les ordenó ella sin siquiera voltear hacia atrás. Los dos Quileutes, Quil y Collin, se miraron fijamente, totalmente extrañados de lo que estaba pasando y los individuos con los que estaban reunidos. Reconocían que nos les sorprendía encontrarse con estos individuos en el ejército pero, a pesar de ello, les extrañaba que una de los Vulturi les hubiese rescatado.

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—¡Rápido, muévanse! —les apremió Atheonodora con la voz del Coronel mientras guiaba a sus recién rescatados hacia un avión, mismo que se preparaba para despegar. Los otros vampiros, ya camuflados con piel humana pero conservando sus mismas apariencias, seguían silenciosamente a la Vulturi, con los Quileutes cerrando la marcha, pues llevaban sus efectos personales, a diferencia de los vampiros. Trataban de no alzar la vista para no llamar la atención de los humanos que los rodeaban, sólo por si acaso. Inclusive ella trata de no establecer contacto ocular con absolutamente nadie.

—¡Detengan esa nave! —gritó ella al ver que los pilotos estaban a punto de cerrar la compuerta trasera, por donde otros soldados metían el equipaje final. Uno de los encargados de ello vio venir a los soldados y, al instante, instó a los recién llegados para que se metiesen al avión antes de que despegase—. No dejen a estos muchachos en este país desolado —ordenó Atheonodora al vigilante del avión mientras sus compañeros no desaprovechaban el tiempo y abordaban, incluyendo los dos Quileutes.

—¡Sí, señor! —respondió el soldado, asegurándose de que los rescatados hubiesen terminado de abordar. Atheonodora les miró desde el exterior, cosa que llamó la atención de todos los pasajeros, incluyendo los dos metamorfos.

—No viene con nosotros, ¿verdad? —le preguntó Quil a la disfrazada Atheonodora, quien negó instantáneamente con la cabeza.

—Mi guerra no ha terminado —le explicó ella con toda la disciplina que pudo, dada la falta de cordialidad entre ambas especies, específicamente, ellos dos, que se reconocían como viejos enemigos—. El enemigo sigue ahí afuera. —Y, tras estas palabras, ella se dio media vuelta y se alejó con paso decidido hacia el resto del campamento y, aprovechando que nadie más le veía, volvió a mutar, esta vez en una versión ligeramente diferente de su apariencia original, sólo que con facciones más angulosas, ojos azules y, naturalmente, la piel humana. Quil Ateara la vio alejarse hasta que la perdió de vista y, tras ello, se metió al avión, justo cuando la compuerta se cerraba y el avión se preparaba para despegar.

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El Mayor Charleston salió pitando de la tienda de campaña, realmente molesto. Se sentía realmente humillado por lo que acababa de pasar, especialmente porque su jefe directo, el doctor Christopher Windflower, no se la perdonaría. Tenía órdenes específicas de llevarse a los No Humanos a los laboratorios de Industrias Windflower para proseguir con el desarrollo del proyecto secreto de su jefe, mismo que todavía no compartía con él. Ese detalle le irritó aún más.

—Los ocho soldados, ¿a dónde fueron? —le preguntó al guardia de la entrada, aquél con el que la mujer pálida no había hablado. El interpelado se limitó a apuntar hacia la pista de aterrizaje.

—Iban hacia la pista —contestó el otro soldado, con lo que el Mayor no se la pensó dos veces antes de desenfundar su pistola y, con paso decidido, dirigirse hacia el lugar indicado para, tras un par de pasos, detenerse y contemplar cómo el avión despegaba y se adentraba en el cielo despejado, para frustración del Mayor. Impotente, el militar humano sólo pudo contemplar cómo su objetivo se perdía de vista.

1 La Guerra de Vietnam en 1973 es la primera a la que Christopher Windflower hace referencia. La segunda y tercera son la Guerra de Siria y la todavía no empezada Guerra contra los No Humanos, respectivamente.