En este capítulo agradecere a mi Beta reader que trabajó incesantemente para que el escrito pudiera ver la luz.
Y Ahora dirigíendome a ella: tranquila, te prepararé capítulos más largos (risa malvada) aunque tengo la impresión de que eso no te molesta n.n
¡Ah! Esto lo expliqué en el capítulo anterior pero lo vuelvo a decir por si acaso: Juanjo es Ecuador (por Juan Jose Flores).
Nota: cuando haya un cambio brusco de escena aprecerán tres puntos en negrita antes de este. Mi idea era hacer toda una pared de asteriscos o puntos para que se viera más pero Fanfiction no me lo permite ¬¬
"Vox pópuli"
Si quería que Venezuela se repusiera, uno de los pilares a tener en cuenta para una buena salud, era la alimentación. Sin embargo, Teodoro no aprobaba su comida. "Culpa del paciente, obviamente", pensaba Estados Unidos.
¿A quién le puede disgustar su comida? Si era MUY buena. Pero bueno, no podía luchar contra el enfermo, así que, más tarde y secretamente, llamaría a Italia para que le enseñara lo básico de su cocina para complacer a tan caprichoso comensal, sin que este se enterara; pues si Italia llegaba a saber que el país caribeño estaba mal iría a visitarlo, Teodoro sabría quien le contó y E.U.A podría despedirse de cualquier oportunidad para retomar lo que quedaba de amistad con el moreno. No era algo manifestado, sino algo que el norteamericano intuía (a pesar que siempre había sido obtuso para eso).
Alfred se encontraba en frente de la puerta que daba al cuarto del venezolano, con una bandeja llena de comida entre las manos. Tomó aire y suspiró para conferirse ánimos, pues anhelaba borrar sus acciones de ayer. Deseaba comenzar de nuevo, tener otra oportunidad; y tocó la puerta.
—Teodoro, ¿puedo pasar? —acercó la oreja y escuchó un murmullo provenir del interior— Entonces voy a entrar —agarró el picaporte, lo giró, abrió la puerta lentamente, observando lo que allí había: Teodoro, desperezándose. Su cabello, que no se lo cortaba desde hace un tiempo, descansaba sobre sus hombros. Los rayos de sol, que entraban por una rendija entre las cortinas ayudaban a destacar y detallar su cuerpo que, aunque se encontraba deteriorado, no dejaba duda de porque había merecido tantos trofeos de belleza a lo largo del mundo.
Más cuando Venezuela levantó la cabeza, sus ojos expresaron una tristeza tan profunda que Alfred sintió que se le paralizaba el corazón y estuvo a punto de tirar la bandeja para consolarlo.
—Good morning… —saludó con una sonrisa fingida, intentando recuperar la compostura— ¿Dormiste bien? ¿Tienes hambre?
Teodoro contestó con una aseveración silenciosa. Jones prefirió ignorarla, ya que no estaba acostumbrado a esta continua pesadumbre del venezolano, quien siempre había sido optimista y alegre. «Todo tiene arreglo» y «no hay mal que por bien no venga», eran sus lemas— Mira lo que te traigo —mencionó acercándole la comida.
El latinoamericano examinó con rigurosidad el plato: todo parecía estar en orden, comestible, buen olor, color normal, no se movía. A fin de cuentas, era el típico desayuno norteamericano compuesto de huevo frito y jamón… ¿Jamón?
—Le puse Jamón porque no encontré tocineta —respondió con un poco de culpa USA ante la pregunta que se formuló en los ojos del otro.
—No importa.
—Ahora di «ahhhh» —Abrió la boca cómicamente, como si intentara convencer a un niño de comer los alimentos, que con esmero había cocinado su padre; y se alegró cuando el paciente obedeció sin muchas objeciones— Do you like it? —su felicidad aumentó en el momento en el que el moreno afirmó.
— ¿Alfred?
— ¿Yes?
—Don't you have to return to your house? I mean…—corrigió rápidamente para no sonar tan rudo. No quería discutir a primera hora de la mañana— your boss…
—I've talked with him. I can stay here for a while, but I need to go home from time to time… Teodoro, ¿no vas a avisar a tu jefe que…?
—Está en Rusia, no volverá en unos días. No notarán que no estoy. Mientras él está afuera, el gobierno se paraliza. No se hace nada. ¿Para qué voy a ir a perder el tiempo? Hasta estoy empezando a pensar que enfermarse en estos períodos es lo mejor. Me lo tomaré como unas vacaciones— Puso sus brazos detrás de su cabeza y relajó su cuerpo nuevamente ya acostado.
—Voy a abrirle la puerta a Yusmelis.
—Ella tiene llave— ante el comentario del gringo. Venezuela le dirigió una mirada penetrante.
Este, que tenía la mano a escasos centímetros del picaporte, al sentir la pupila verde Caribe de Palacios sobre su coronilla, se detuvo en seco, sabiendo que lo había descubierto en la mentira. Debía largarse lo más rápido de allí antes de que siguiera preguntando.
—Es que ayer se la dejó —contestó con una sonrisa que lo delataba totalmente, mientras salía de la habitación, apresurado.
El país caribeño frunció el ceño. Sabía que Alfred le ocultaba algo, era obvio y, aunque era curioso, por una vez no quería descubrirlo.
La casa estuvo tranquila los siguientes días: demasiado tranquila, tanto para Yusmelis, como para Teodoro. Alfred desaparecía en las mañanas y no volvía hasta después del almuerzo y, cuando le preguntaba el latino por el origen de éstas ausencias, el estadounidense cambiaba de tema.
A Yusmelis, que conocía bien el carácter de su jefe, le inquietaba la extraña calma que transmitía, o cómo aceptaba obedientemente las excusas que Jones le daba; eso solo podía significar que él maquinaba "algo", esperaba "algo". ¿Qué esperaba? ¿Cuánto tiempo debía esconder las respuestas que el enfermo buscaba? No es correcto ocultarle nada a quien te paga. El señor Jones le pidió que guardara su secreto ¿Cuánta lealtad merecía el gringo? Después de todo no era su jefe, pero sus acciones eran por una buena causa: ella también deseaba que el señor Teodoro se curara (a fin de cuentas, después de trabajar muchos años para alguien, el roce hace el cariño), y si ese era el objetivo, no había nada malo en saltarse un poco su código moral, ¿verdad?
—Señora Yusmelis, usted lo sabe, ¿no? –La voz atenuada pero firme del joven la hizo respingar, mientras que su mirada, que la atravesaba como si de un láser se tratara, le paralizó la respiración por un segundo— Está mal ocultarle cosas a tu propio jefe.
—Y-yo…
—Y le hizo prometer que no me diría nada, ¿verdad? —se inclinó sentado desde la cama y entrecerró sus ojos, acentuando su visión.
La señora de servicio suspiro largo y tendido.
—Y ahora mismo evaluaba si tal decisión iba en contra de su código moral —aclaró más para sí que para la interrogada.
—Es que ahora lee la mente —pensó fastidiada.
—Y no leo mentes, señora Yusmelis, se nota en su expresión corporal —explicó a una mujer asombrada que no acababa de creérselo.
...
— ¿Y ahora le puedo echar mayonesa? —preguntó inocente E.E.U.U.
— ¡No! —chilló preocupado Italia por el plato, preparado por quinta vez, gracias a las «originales ideas» del estadounidense acerca de la comida— América, tienes que entender que este plato no lleva ese ingrediente…Y ninguno de los que te estado enseñando hasta ahora —dijo con paciencia infinita ante la cara de desilusión de su aprendiz—. ¿Y, por qué quieres aprender mi cocina? —siguió hablando el maestro, curioso e inocente ante las verdaderas intenciones de su estudiante—. Tú nunca estuviste muy interesado…
—Es por… —evaluó rápidamente al hombre que tenía al lado, ¿debería contarle?—Venezuela —susurró girando la cara como quien fue atrapado en una mentira, un poco sonrojado.
—¡¿Venezuela?! —gritó asombrado, provocando que E.U.A. se le acercara pidiendo silencio con gestos. Italia del Norte se llevó las manos a la boca, miró hacia los lados, puso su cara a pocos centímetros del norteamericano y dijo en tono confidencial— ¿Por qué? ¿Está enfermo? Lo siento, me callo, me callo. ¿Qué no debo decírselo a nadie? ¿Por? ¡Está bien!
...
— ¡Teodoro! —La puerta se abrió de golpe y con violencia— ¡¿Acaso se te olvidó que tenías que firmar este tratado de comercio?!
— ¡Jaime! —Se incorporó, asustado, por la repentina aparición de Colombia, mientras el cuarto se inundaba de las palabras que provenían del televisor y Venezuela repasaba su agenda mental— ¡Ah! ¡Lo siento, lo olvidé! ¿Jaime?
El colombiano se había acercado a la cama. Las dos esmeraldas* que llevaba por ojos habían perdido la rabia, sus cuencas oculares se habían ensanchando, el brillo de la preocupación anunció su presencia ante el atisbo realizado al físico de su hermano— ¿Estás enfermo?
Venezuela abrió ligeramente la boca, como preparándose para contradecir el enunciado del otro latino, más se trataba de una pregunta retórica y, además, no tenía como defenderse: la evidencia caía sobre él. Solo atinó a desviar el rostro que, poco a poco, permitía asomar un gesto culpable.
— ¡¿Por qué no dijiste nada?! —Jaime adoptó la postura clásica de cuando comenzaban una discusión. Teodoro suspiró. No se veía con fuerzas para una ahora.
— ¿Dónde está el papel? Ahora mismo te lo firmo —se rascó la cabeza, fastidiado.
— ¡Primero me contestas! ¡No ignores mis preguntas! —Agarró las muñecas del enfermo, poniéndose de rodillas en la cama, frente a él, para encararlo directamente— ¡Mira éstas manos! ¡Están pálidas! ¡¿Estás comiendo bien?! ¡¿Duermes bien?! ¡¿Además de la señora Yusmelis, quién te está cuidando?!
—Jaime, cálmate —Sujetó suavemente las manos de su hermano y las retiró de su rostro, donde las había posado antes— Me está vigilando día y noche Estados Unidos.
— ¡¿Eh?! —Colombia saltó como si Venezuela hubiera conjurado una maldición en su contra.
—Yo no lo pedí, vino un día y cuando me vio en este estado no lo pude sacar más de mi casa.
—Pero Teo, su presencia es peligrosa…
—Ya lo sé —Suspiró fastidiado—, pero ya sabes cómo es de persistente. Si lo echo hoy, volverá mañana.
— ¿Por qué no me dijiste nada? ¿Por qué dejaste que esto se te fuera de las manos?
— ¿Por qué no te diste cuenta antes? Tú eres bastante perceptivo.
— ¡Como si no tuviera problemas! Además no parecías tan enfermo en la conferencia. Fue una buena actuación ¿Sabes lo que es en realidad curioso? Que ese gringo sí se haya dado cuenta ¡Con lo despistado que es!
— ¡Verdad e'! —exclamó al percatarse de una obviedad.
—Pero más importante es saber por qué ocultaste tu padecimiento.
El venezolano se rindió ante la mirada inquisitiva de su hermano— Bueno, ya sabes que las cosas por aquí no van muy bien que digamos. Mi jefe se pelea con medio mundo y regala recursos a la otra mitad sin que se me permita protestar. Que si petróleo a Cuba, que si la faja de Orinoco para China, mientras una parte de mí padece. Siento que mis jefes no me protegen, desconozco a mis aliados. ¿En quién puedo confiar? ¿Quién realmente desea mi bien? Y en el estado en el que me encuentro resulta mucho más fácil aprovecharse. Me siento como una mina, una colonia moderna, en la cual la gente saca lo que necesita sin ninguna retribución.
—Si te sirve de consuelo, no quiero que seas mi colonia y no creo que Antonio tampoco: le saliste muy caro al final —Jaime le dirigió una mirada, junto con una sonrisa de complicidad.
—Supongo que sí —la cara del venezolano se ensanchó en una sonrisa de satisfacción, para después pasar una carcajada, que le contagió a su vecino geográfico.
Existen muchos gestos, sonidos, sensaciones que apagan o difuminan la ansiedad, la desesperación, la congoja y que, avivan los ánimos y ofrecen consuelo, como una mano amiga en el hombro de alguien desconsolado, o esos dedos grandes que se entrelazan en el cabello otorgando una suave caricia cuando se es infante, o quizás el ronroneo de un motor que anuncia la llegada del esperado. Empero, cuando se transforma en miles de rugidos, el miedo hace su aparición. Esto, en conjunto con el desconcierto, fue lo que experimentó Venezuela al oír varios automóviles estacionarse frente a su casa.
— ¿Qué es eso? —pronunció Teodoro con miedo.
—No sé.
La puerta de la casa se abría.
— ¡Jaime! —se agarró del brazo de su hermano, temeroso.
Por las escaleras, un batallón subía.
— ¡JAIME! —lanzó un grito ahogado, aterrorizado.
Colombia tiró de la sabana hacia abajo, dejando el cuerpo de su hermano descubierto, se agachó, estiró sus brazos para cargarlo, puso sus manos detrás de la espalda del venezolano, cuando la puerta se estrelló contra la pared y al cuarto accedieron algunos cuerpos que se dirigieron directamente a la cama, sin fijarse en los rostros contorsionados por el horror de Colombia y Venezuela.
La fuerza de arrastre de los recién llegados logró que el colombiano terminara en el piso, alejado de la cama. Mientras que el enfermó mantenía los ojos fuertemente cerrados y el cuerpo en completa tensión. Los segundos pasaban y, como no sucedía nada, nadie lo tocaba, no se oía nada, decidió abrir los ojos: caras conocidas que se sorprendieron ante este último gesto.
Rodeando su cama estaban Alemania, Italia Veneciano y Romano, España, Argentina, Chile, Uruguay, Bolivia, Perú y Ecuador.
Y así como el silencio se había hecho, el barullo reinó de nuevo. Todos hablaban, realizaban gestos, discutían a la vez, dificultándole la comprensión al venezolano.
— ¿Qué…? —comenzó a decir la nación caribeña. Cuando Juanjo lo amarró con sus brazos.
— ¡Venezuela! ¡¿Por qué no me dijiste nada?! ¡NO TE MUERAS! ¡YA ESTOY AQUÍ! —bramaba compungido, casi al borde del llanto.
—Juanjo, cálmate. No me voy a morir —explicó, mientras lo abrazaba, tratando de consolarlo.
¡Colombia! —Volvió el rostro bastante disgustado— ¡¿Por qué soy siempre el último en entrarme?!
— ¡Tranquilízate! Yo no lo sabía. Vine hace más o menos una hora para tratar un asunto y me lo encontré así.
—Venezuela, ¿estás bien? —España y las Italia cercaron a Ecuador que no parecía querer soltar a su hermano. España, preocupado, puso su mano en la frente de su antigua colonia— No tienes fiebre.
— ¿Estás comiendo bien? —habló Italia del Norte.
—Sí, idiota, la comida es importante —E Italia del sur, al no poder transmitir correctamente su inquietud, terminó expresando algo que sonaba más a un insulto, pero que el latino entendió por debajo de cuerdas.
— ¡Échense para atrás, Venezuela querrá respirar! —Alemania se expresó en tono normal, aunque en realidad sonó como una orden, que todos cumplieron como si en el ejército se hallaran.
—Lo que yo quiero saber es por qué no nos dijiste que estabas enfermo —reclamó Argentina con los brazos cruzados y, a su lado, Chile en la misma posición— ¿No te gusta que nos preocupemos por ti?
— ¿Están sinceramente preocupados por mí? —cuestionó perplejo el caribeño, con un hilo de voz.
— ¿Y de que otra manera se puede uno preocupar? —espetó Antonio, con el rostro serio, ausente de esa sonrisa habitual que lo acompaña.
— ¿Cómo lo supieron?
—Bueno E.U.A. me lo dijo y… —Italia del norte abrió los ojos como platos, dándose cuenta de su error.
Mientras el interrogatorio se sucedía, Colombia, atento al sonido de la puerta de la entrada, desapareció de la habitación sin ser notado.
...
Alfred F. Jones había disfrutado de su visita al súper mercado buscando todos los ingredientes para el próximo almuerzo, pues lo consideraba como una estrafalaria cacería. No comprendía cómo a Yusmelis no le agradaba, además de que debía hacerlo varias veces a la semana. Ella afirmaba que era extenuante y estresante que siempre fuera tan difícil encontrar los bienes básicos. Sin embargo, desde la perspectiva del norteamericano, este asunto se solucionaba cambiando el prisma con el que se veía ¿Por qué la gente se afinca en mirarlo desde el peor? ¡No lo entendía!
Pero, volviendo a la historia. Cuando E.U.A. arribó a la mansión, un escalofrío recorrió su columna al percatarse de la cantidad de carros extranjeros estacionados frente a la puerta principal. Revisó cuidadosamente la matricula, y desde afuera, el interior de cada uno. Definitivamente eran de España, Alemania, Italia, ¿Argentina?, ¿Bolivia y Perú? «Uff, ya perdí la cuenta», caviló, llevándose la mano libre a la cabeza, imaginándose una nueva pelea entre él y el caribeño.
Entró arrastrando los pies, intentando no ser oído para atrasar lo escrito lo más posible. No obstante, su primera visión después de cerrar la puerta, lo desconcertó: Un chico moreno, de cabellos negros y ojos color verde esmeralda lo esperaba pacientemente sentado.
— ¿Colombia?
—Te esperaba. Tenemos que hablar.
— ¿Ah?
— ¡No seas tan despistado! No sé por qué tomaste la decisión de cuidar a mi hermano, pero si quieres hacerlo bien, deberías tratar de entenderlo. No lo mires todo desde tu óptica. ¿No ves que él aún no confía en ti? ¡Piensa que te vas a aprovechar de él!
Extra.
El vaho de la comida recién hecha impregnó la habitación. Un par de ojos verdes claros se deleitaron ante los tonos y colores que componían su próxima comida. Impávido el rostro, aún sin creerse lo que unas manos blancas le habían acercado— ¿Esto lo hiciste tú?
—Sí. Colombia me explicó tu situación, por qué no aceptabas que nadie supiera tu estado y lo entiendo, bueno en realidad no del todo… Pero lo intento. Lo que quiero decir es que la gente que vino ayer, lo hicieron por ellos mismos, no porque alguien los obligó. Verdaderamente les importas.
—Lo sé, aunque aún no lo crea.
—Pues deberías.
—Sí, debería. ¿Y tú? ¿Por qué te tomaste tantas molestias en aprender a cocinar con Italia? ¿Con qué objetivo? —Su cara se elevó hasta interceptar su mirada con la del gringo. Venezuela, en realidad, en su trastienda mental conocía la razón, más no deseaba, no podía reconocerla.
A Alfred, por su parte, una sensación placentera recorrió su espalda cuando los ojos de Teodoro reposaron tranquilamente en los suyos. Era tan extraño, hace tanto tiempo que no ocurría que sus pupilas se encontraran sin un atisbo de rabia, que Estados Unidos había perdido la costumbre. Se rascó la cabeza por instinto, buscando las palabras para responder.
—Porque… bueno… you know… —El latino lo observó. Había olvidado la dificultad del norteño a la hora de expresar sus sentimientos. Su rostro estaba serio, más sus ojos le sonreían— 'Cause we're friends.
—Friends…—Venezuela se llevó una mano al corazón, bajó la cabeza y cerró los ojos. Aquella palabra sin significado, falsa, impronunciable por él. "Amigos", un vocablo que no le correspondía usarlo. Amigos tienen los humanos, dichosos sean que gozan de ello, él no. O eso pensaba. ¿De verdad era posible? ¿Permisible? ¿Un ente como él podía tener amigos en el sentido estricto de la palabra, alguien que te quiere y te respeta más allá de las condiciones?
El recelo lo abrazaba por detrás y le susurraba al oído. La esperanza, por el contrario, le hablaba de frente, con los brazos abiertos. Empujó a quien lo agarraba por detrás y caminó hacia ella. Debía ser precavido, sí, pero eso no quitaba que tenía que darles una oportunidad a los demás, y parecía que tanto Alfred como los que lo habían visitado lo apreciaban de verdad.
— ¿Teodoro? —Lo llamó, anodino, Estados Unidos por el comportamiento del otro— ¿Deseas comer?
—Sí. Gracias. —Una sonrisa sincera surcó sus labios, provocando que Alfred entendiera menos el carácter del latino, se le deslizaran los lentes por el tabique nasal y se sonrojara levemente.
Una sonrisa, una verdadera… La primera en mucho tiempo.
El color de ojos de Colombia se debe a que la esmeralda es una piedra abundante en dicha nación y, que desde la epoca colonial, se ha estado extrajendo
