Identidad

Amazing! I don't understand how you…

Venezuela soltó una risita. Se divertía viendo a Estados Unidos en su confusión —cuando tienes mucho tiempo trabajando para alguien, es normal que aprendas qué le molesta, qué le gusta, qué le asusta y lo usas a tu conveniencia— sentenció dejando atónito a Jones, quien consideraba que tal actitud era una falta moral. Él obedecía sin protestar lo que su jefe del momento le mandara, pues el pueblo lo elegía mediante un sufragio libre, universal y secreto y si no cumplía las promesas, entonces, se llamaba a una nueva votación ¿Qué necesidad había de engañarle?

B-but, what did you say to him? —preguntó desconcertado e impaciente por que su cabeza lograra comprender el comportamiento de su amigo.

Let's see… Oh right! Jefe ¡No puedo ir a trabajar! ¿Por qué? ¡Porque estoy enfermo! ¡Sí! ¡Muy enfermo! Es una dolencia muy rara. No quiero contagiársela. Con esto no estoy diciendo que usted es débil ¡No! ¡Usted es muy arrecho* para estas cosas! Pero imagínese que se lo pego a alguien de su entorno ¡Y claro, ellos no son tan fuertes como usted! Y de tanto tiempo que pasan juntos, al final sucede y tiene que guardar reposo. ¿Qué? Sí, tumba mucho. Entonces usted privará al pueblo de su presencia ¡Ellos no se merecen eso! Ah, pues será como… unos meses, todavía no está claro. Ya sabe, eso lo dicta el doctor ¡Pero no se preocupe! ¡Seguiré trabajando desde mi casa! ¡Recibiré a las naciones aquí! ¡Todo sea por mantener el sueño! —su sobreactuación llegó a su fin cuando por sus mejillas una sonrisa surcó y dio paso a una carcajada estridente. Al darse cuenta que su amigo seguía sin entenderlo agregó—. Es un hombre egocéntrico y ególatra que no puede vivir sin aparecer en los medios diariamente.

—Pero porque tienes que engañarlo? ¿Por qué no le dices la verdad? —Alfred puso los brazos en jarra.

—Mira, el pueblo no es tonto pero, a veces, es engañado, por personas que buscan su enriquecimiento y una página en la historia en detrimento del bien común nacional. En tales circunstancias, uno debe actuar según su propia conveniencia —habló severo como el padre que otorga una lección fundamental a un hijo—.

—¿Estás sugiriendo que te desagrada tu jefe?

Venezuela suspiró largo, tendido y cansado; era la respuesta a la pregunta que tanto se había formulado, tantas veces, en tantos periodos.

—Yo… no… sí… bueno… — titubeó al darse cuenta que, la verdad, no tenía las cosas tan claras como antes—. Esas consideraciones no me incumben. Nosotros solo representamos una entidad colectiva.

—¡Pero eso se significa que anulas tu «yo»! Es verdad que representamos algo tan etéreo como complicado. Sin embargo, también formamos parte de esa «masa». Aunque no envejezcamos a igual velocidad que las personas, tenemos una parte humana y es ella la que nos otorga nombres propios —elevó la voz, cada palabra que el moreno había exhalado lo enfermaba cada vez más hasta llevarlo un lugar cerca de la frontera de lo irracional. No podía evitarlo, la individualidad, para él, era sagrada. Los diferentes pensamientos, las mentes excéntricas, en contra de la moral establecida, los puntos de vista disimiles habían ayudado al mundo a avanzar o retroceder. De cualquier manera, la unicidad permitía que el mundo siguiera avanzando.

—No obstante, sólo somos meros observadores —al extraer a Alfred de su rabia silenciosa y transportarlo a la expectación, continuó— ¿Acaso podemos votar? No. ¿Optar a cargos públicos? No. La dirección de una nación no la decidimos nosotros, sino quienes están al mando, como un soldado que espera órdenes.¡Oh! Esa debe ser Panamá. Vino a discutir un asunto —su tono lúgubre cambió, su rostro se iluminó y sus ojos verde azulados brillaron con el sonido del timbre—. ¿Qué? —exclamó un tanto molesto al divisar por el espejo como las comisuras de los labios del norteamericano temblaban al reprimir la risa.

—Es que —Alfred llevó su puño a la boca para impedir salir el aire— ¿También te echas base?

—¡Por supuesto! —protestó ante una pregunta que era tan obvia como que dos más dos da cuatro—. Con esta cara de enfermo no voy a salir.

—¿Entonces estás admitiendo a ti mismo que eres feo? —cuestionó con sorna.

—¡¿Feo?! —por un momento pareció el inicio de una pelea, pero así como estalló, se tranquilizó—. Esta discusión ya la he tenido contigo. Tú y yo sabemos que tengo pruebas que acreditan lo contrario. Y ahora, si me lo permites, me están esperando.

Sí, como sospechaba el norteamericano: la vanidad no abandonaba el cuerpo del latino ni en los peores tiempos.

El sol y luna se precedían mutuamente. Los días pasaban, el tiempo seguía inmiscuyéndose en sus vidas, algunas semanas habían pasado y la estación seca se asentaba cada vez con más fuerza. Teodoro se recuperaba, ya se levantaba de la cama, tosía poco, caminaba, no necesitaba tanta asistencia. Empero, las cosas aún no iban bien, por alguna razón, se resistía a mejorar su condición física deteriorada por la enfermedad y la sonrisa y el buen humor no adornaban su cara ni se manifestaban en su cuerpo tanto como antes; seguía transportando una nube negra sobre su cabeza, que lograba bien disimular ante los demás. No obstante, para quien lo conocía era una tapadera. Jones, distraído de naturaleza, egocéntrico y con complejo de héroe, no entendía cómo, a medías, comprendía el estado de Venezuela, no conscientemente, solo percibía que habían cuestiones que requerían una solución. «Pero, ¿cuáles?».

El rubio lo siguió con la mirada hasta desaparecer de su campo de visión, luego agarró el celular, marcó, se lo colocó al lado de la oreja y contestó.

—Hola, soy yo. ¿Dónde nos podemos ver?

El ambiente relajado de la sala se alimentaba de gestos, risas y conversaciones agradables que surgían en medio del trabajo, en una atmosfera artificial creada por el aire acondicionado.

Teodoro, que hablaba animadamente con la chica panameña, perdió el hilo al divisar la espalda de Jones irse por la puerta trasera de la casa, sin aviso alguno.

—¿Teodoro? —la voz de Lucía lo regresó a la realidad.

—Lo siento, Lu. La figura de la señora de servicio al pasar me desconcentró.

—¿No me digas que ahora te enamoraste de ella? —cruzó los brazos, mientras le dirigía una mirada entre cómplice y traviesa.

—Uy, sí. Estoy loco por ella —agregó el venezolano con ironía—. Más bien me estaba preguntando si te podías quedar a almorzar, ya casi es mediodía. Sí quieres claro.

—No tengo nada por la tarde, pero ¿a Yusmelis no le importará?

—No hombre, tenemos comida de sobra.

—Entonces sí —dijo levantándose al mismo tiempo que el hombre y caminando a su lado en dirección a la cocina—. Porque aún tenemos mucho que hablar. Hace tanto que no nos veíamos, desde la conferencia anterior. Has estado callado todo este tiempo. Confiesa quién es la nueva —rió por la bajo, propinándole con codazo en el costado derecho a propósito.

—Que no hay nadie, Lu —contagiado, se unió a la risa que comenzó la mujer a su lado, más cuando arribaron a la cocina, se enderezó rápidamente aún con la broma en los labios— Yusmelis, Lucía se queda comer.

—De acuerdo —respondió la asistenta del hogar con la tranquilidad que dota lo habitual.

—Vengo enseguida —dijo la chica con voz alegre, antes de alejarse de su hermano. Éste, al ver que Panamá se había ido, caminó hasta donde Yusmelis con expresión seria y pensativa.

—Señor Teodoro, si le damos de comer a su hermana no tendré nada que darle al señor Alfred. ¿Voy al supermercado? —contestó preocupada, esperando una orden de su jefe.

—No hace falta —con un deje de desgano alivió los ánimos de la señora—. Parece que hoy almorzará fuera —desvió su cara hacia un lado, mientras que por sus ojos caribeños se atisbaba una diminuta pero clara muestra de molestia.

Unos cabellos dorados se anticiparon al cuerpo que abría la puerta lentamente. Con aprensión, observó detenidamente el interior del local desconocido. Una figura se percató de su llegada y le hizo señas para que lo acompañara. El norteamericano entró y, con paso seguro, se sentó al frente del vecino geográfico de Venezuela.

—Hola —lo saludó calmado, mientras se rascaba un ojo.

—Hola —Estados Unidos esperaba una respuesta y Jaime lo veía sin mirarlo, con los ojos entornados.

—¿Y bien? —contestó con atraso aun con los ojos entrecerrados.

—Bueno tú me dijiste que te llamara si necesitaba ayuda —dijo un poco inseguro ante el comportamiento del colombiano.

El latino se llevó la mano a la boca para detener, sin éxito, el bostezo que deseaba salir—. Disculpa —se removió en el asiento y estiró su brazo, cogiendo algo que se encontraba en la mesa—. ¿Qué vas a comer?

Por primera vez, Alfred se fijó lo que tenía a la altura de su estomago: una carta de menú. La levantó y fingió ojearla. En realidad, con esta recreaba un muro desde el cual, secretamente, oteaba a Colombia.

El moreno, por su parte, se había deslizado por la silla, se sostenía la cabeza con su mano, había abierto las piernas en la busca de comodidad y revisaba el menú con aire fastidiado. Su aspecto no era mejor: su ropa se encontraba arrugada, su cabello desaliñado, sus parpados seguían más cerrados que abiertos y para terminar el conjunto, unas ojeras prominentes le adornaban el rostro.

Jaime al sentirse vigilado, elevó sus esmeraldas, atrapando a Jones en el acto, y un tanto molesto, le preguntó al gringo qué le pasaba, a qué se debía la barricada improvisada, como si se tratara de un enfermo de lepra.

—¿Estás bien?

—Estoy cansado. Últimamente no he dormido lo suficiente, tengo mucho trabajo y… no puedo seguir si no me tomo un café. Por favor —llamó al mesero, quien acudió raudo a la mesa—. ¿Podría traerme el número veintiséis y de beber una taza de café?, gracias.

—A mí tráigame el numero veinte y también un café.

El tiempo que transcurrió entre la ida del camarero y la entrega de los platos, el silencio se asentó entre los comensales ¿Silencio? Más bien la mesa se llenó de murmullos, risas y conversaciones ajenas. Mientras tanto, Colombia cerraba los ojos, adentrándose en otro tiempo, en otro espacio; Estados Unidos miraba a todos los lados del local: no era un restaurante elegante, no se daban ínfulas. La decoración resultaba acogedora pero simple, los comensales, en su mayoría, ataviados con prendas comunes, acompañados por sus familias, amigos o compañeros de negocios compartían sus experiencias en un estado ameno y plácido. En resumidas cuentas, se trataba de un restaurante familiar, ergo, ningún trabajador de alto rango del gobierno se acercaría. ¡Perfecto!

—Aquí tienen sus platos —emitió con cariño el mesero.

—Gracias.

—Gracias —contestó Jaime, volviendo en sí.

—Bueno, ¿qué le pasa a Teodoro? —cuestionó el moreno a la vez que trasladaba el pedazo de carne, cortado con anterioridad, desde el plato hasta su boca.

—Está mejor de salud, ya se mueve, se levanta por sí solo y camina. Sin embargo, aún hay algo que le preocupa y no quiere decírmelo. Evita el tema cada vez que me acerco. Además, se niega a hacer ejercicio.

—Sí, a él le encanta estar en forma. Dice que ese es un pilar importante de su belleza y salud.

—¡Lo sé! Es como si quisiera mejorarse pero no del todo. ¡No lo entiendo!

—Mmm, ¿hoy está ocupado?

—Que yo sepa, sólo tenía una reunión con Panamá.

—Entonces iré hoy.

—Pero estás agotado…

El latinoamericano, previendo el discurso de E.E.U.U, lo paró en seco con un gesto de su mano

—Hoy es el único día libre que tengo en mucho tiempo, hay que aprovecharlo. Otra cosa, ¿me puedes llevar tú? Con este estado…

—Sí, sí —no existía la necesidad de explicarse, la evidencia se encontraba a la vista.

Más tarde, Alfred retomó la carretera acompañado de Colombia como copiloto durmiente hasta que faltaron minutos para la residencia del venezolano, momento en el cual el norteamericano despertó al latino.

Jaime dejó translucir las esmeraldas con un brillo somnoliento, a la vez que se habituaba a la luz y al paisaje, reconociéndolo al mismo tiempo. Luego se puso los zapatos y cuando Jones se estacionó frente al portón, se quitó el saco, abrió la puerta del automóvil, la cerró, agarró la americana** con la mano, la echó hacia atrás con el brazo, quedando guindando en el aire en constante roce con su espalda.

Entró en su boca, aspiró de nuevo el veneno, expulsó la nicotina y observó cómo se disipaba lentamente entre los colores desagarrados del atardecer. Contempló, como muchas veces había hecho, en tan distintos momentos, en tan diferentes lugares, con tan diversos motivos como el sol, siempre veraniego, exhalaba su más fuerte suspiro antes de morir en el horizonte, y, en una paz melancólica se deleitó con las nubes rociadas por el oro y el carmín, ajenas a todo lo que a él lo asediaba.

Empero, se golpeó con la realidad al escuchar el cerrojo ceder.

Sus ojos como platos vieron reiteradamente hacia adentro y al cigarrillo que tenía entre las manos. Seguro que el gringo encontraba perjudicial tal vicio y más en su estado, y si lo cazaba en la acción podía olvidarse de su libertad, ya que Alfred se convertiría en un militar que lo seguiría las veinticuatro horas del día en pos de su salud. «¡Eso sí que no!». ¡Su libertad no! Así que, lo primero que hizo fue apagar el cigarrillo, lo tiró detrás de uno matorrales (a fin de cuentas después lo recuperaría), luego corrió hasta el baño de la asistenta, buscó el aromatizador y se lo esparció por todo el cuerpo en un intento de disimular el olor a nicotina. Y tal fue el susto cuando entraron a la casa que casi se lo echa en la cara.

—Ya estoy aquí —anunció a grito pelado la nación norteña.

Venezuela, con ayuda del reflejo del agua de la piscina, se alisó el pelo más en un gesto que anticipa pelea que un acto consciente, mientras Estados Unidos continuaba llamándolo. Se cruzó de brazos, adoptó una expresión desafiante y retornó a la casa preparado mentalmente para el interrogatorio del que sería objeto el catire***. ¿Quién se creía él para desaparecer así sin decir nada? ¿A dónde había ido? ¿Con quién había estado? No obstante, a mitad de camino, sus pupilas se volvieron a agrandar como antes, pero esta vez de sorpresa y no de miedo

—¿Jaime? —la felicidad y alegría lo emboscaron bruscamente, limpiaron su corazón, enviaron descargas de energía a través de su cuerpo y crearon una sonrisa tan grande que empequeñeció sus ojos.

Colombia corrió hasta donde se encontraba su hermano, quien lo esperaba de brazos amplio, lo estrujó con fuerza e incluso lo elevó del suelo por un instante.

—¡¿Qué haces aquí?! —preguntó curioso y entre risas el caribeño.

—¡Pero mírate! ¡Qué bien te ves! ¡La última vez que te vi no te sostenías y ahora me recibes tu mismo! ¡Hasta ganaste peso!

—No ignores mi pregunta ¿Qué haces aquí? —prosiguió en tono jocoso.

—¿Es que no puedo venir a visitar a mi hermano? —el colombiano le pasó el brazo por el hombro al venezolano, lo guió al patio y, disimuladamente, ordenó al norteamericano que los dejara solos.

—Iré a hacer la cena —pronunció Alfred, más para sí que para los latinos. Se moría por saber de qué hablarían, pero si deseaba que el plan resultara, tenía que darle oportunidad y tiempo al encanto de Colombia.

Lejos ya de influencia de Jones, en el patio, Jaime se separó inmediatamente de Teodoro, con una mueca de asco— ¡Dios Teo, apestas a aromatizador y cigarrillo! ¡Virgen santísima! ¡¿Qué hiciste?! ¡¿Bañarte en pino verde?!

—¡¿Estoy hediondo?! —alarmado, se llevó las manos a la cabeza y miró a Colombia buscando la negación de la anterior sentencia.

—¡Sí!

—¡Pero si me asperjé para que E.U.A. no se diera cuenta de que fume!

—¡Pues te aseguro que a cigarrillo no hueles! Pero tu aliento, es otra cosa…

—Pues, ¿tú te miraste al espejo hoy? ¡Estás horrendo! —Venezuela, picado, rebatió intentando sacarse el puñal clavado en su orgullo.

—¡¿Qué!? —las esmeraldas brillaron por el nuevo azote de la pasión enfurecida.

—¡Feísimo! ¡Tienes la ropa a medio poner y arrugada, estas totalmente despeinado, con una barba de tres días y unas ojeras tan largas que te llegan a los tobillos! —Palacios se regodeó mentalmente por el daño que le causaban sus palabras a su hermano. Lo podía adivinar por los cambios que experimentaba su rostro, cada vez más contorsionado.

—¿Qué? ¿Estás buscando pelea? —en un murmullo casi inaudible, se acercó peligrosamente a su vecino.

—¿Y qué si lo hago? —siseó con una rapidez que atropellaba a los vocablos que exhalaba su boca mientras cubría la distancia que quedaba entre ellos, juntando sus cabezas.

—¡¿Qué pasa allá afuera?! —E.E.U.U, concentrado en su labor, se había detenido en seco al escuchar los gritos del exterior atemorizado de que las naciones iniciaran una guerra. Acalló la desesperación y la tensión de acudir al lugar apretando las manos contra el mármol del fregadero.

—¡Nada! —contestaron al unísono los latinos. Se alejaron de nuevo. La quietud del lugar los invadió. Teodoro inspiró y exhaló con fuerza varias ocasiones para aplacar su ánimo y siguió el vuelo de un pájaro al pasar—. Lo que dijiste allá adentro fue hermoso pero incierto —captó la mirada serena del otro. Por alguna razón Colombia no se asombró de ser descubierto— Él te llamó, ¿no es así?

—Sí.

—Y viniste hasta aquí, aun cuando estás trabajando como loco.

—Ajá.

—Aunque es mi culpa, la situación la creé yo.

—Totalmente. Y quiere que hable contigo.

—Casi me puedo imaginar de qué va esto.

—¿Por qué aceptas la medicina pero te niegas a mejorar con ejercicio?

—¿Con qué fin?

—Mejorar del todo.

—¿Para qué? No quiero, sobreviviré hasta que llegue mi día. ¿Para qué esforzarse, si ya no soy nada? Antes todo era tan…magnífico. Para España yo no constituía nada más que un territorio pobre e insignificante, de relevancia cero, únicamente me mantenía para adular de poseer un imperio donde no se ponía el sol, y como punto estratégico. Pero yo conocía mis virtudes, que había algo más de lo que se perfilaba en la superficie ¡Fui YO quien osó levantarse del yugo al que nos sometían!

—En realidad, por aquellas épocas todos nos intentamos liberar —espetó firme y conciliador. No debía desatar otro conato de guerra.

—¡Ese no es el punto! —gritó, casi expulsando los pulmones por la boca. Tal fue su vehemencia que Colombia, por un momento, se espantó —¡¿Quién ayudó a liberar América del Sur en casi todos sus estadios?! ¡Yo! ¡¿Quién estuvo detrás de Bolívar durante toda la campaña?! ¡Yo! ¡Si estás aquí como nación independiente, en parte es por mí! —furioso, zarandeó a un atemorizado Jaime—. Y ahora… Ahora mírame en qué me he convertido. Toqué la gloria con la punta de mis dedos, pero mis alas se quemaron y me hundieron en un hoyo del cual ya no puedo salir —y con las manos aun en los brazos de Colombia, bajó el rostro y se dejó caer de rodillas, llorando amargamente.

Su hermano quería volverle a reiterar que lo que decía con virulencia no era cierto. Más al verlo en tal estado, se arrodillo, lo abrazó y trató de silenciar los sollozos del otro país caribeño.

—Teodoro, escúchame —cuando sintió que el pecho de Palacios había disminuido su velocidad, lo apartó suavemente de él y colocó sendas manos en sus hombros, observándolo directamente a sus ojos—. Es normal pasar por períodos difíciles, es ley de vida, ¿entiendes? Esta no es la primera vez que lo haces. Quizás ahora no veas la luz en el túnel, pero el túnel se termina. De eso estoy bastante seguro.

—¿Pero cuándo? —todavía con las mejillas bañadas por la sal, suplicó el muchacho venezolano que le diera la fecha exacta: el día y la hora precisa.

—Eso no lo sé, tendrás que descubrirlo tú. Lo siento.

—¡Es que tú no entiendes…! En todos aquellos periodos oscuridad me mantenía a flote gracias a una irreductible voluntad, que, a su vez se sostenía en el recuerdo de lo que en un momento fui capaz de llevar a cabo. Pero las horas seguían avanzando incesantemente y ese pasado resulta tan lejano que no puedo recurrir más a él. Ya no puedo sentirme orgulloso de eso, si el resto de mi vida ha sido una mierda ¡Una mierda! ¡Y he estado ciego tanto tiempo!

—¡Tu vida no se reduce sólo a eso, ya deberías saberlo! ¡Tú estás compuesto de muchas más cosas! Por ejemplo… ¡Tú inventaste la vacuna contra la Lepra***!

—Sí…

—Además, tu vida no ha sido una completa mierda: hubo un período en el que, mientras los demás padecíamos, tú disfrutabas de una envidiable democracia****. Creo que te has quedado anclado en el pasado y tienes que rencontrarte de nuevo. ¿Si no, por qué todo lo importante que tienes se llama «no-sé-qué Simón Bolívar»?

Elevó su cara unos centímetros para establecer contacto visual con quien lo consolaba. Una media sonrisa se asomaba por su rostro.

—Yo no pongo los nombres.

—Pero jamás te he escuchado objetarlos, ¿o sí? —desplegó una sonrisa más grande que la de su interlocutor, dejando que sus dientes aparecieran.

—No —la imagen que mostró no podía ser sino discordante: rió cerrando sus ojos, aún abrumados por las lágrimas, y estas corrieron por sus mejillas, impregnadas en sal.

—Prométeme una cosa —le ordenó Colombia inesperadamente serio— que desde este momento te buscarás a ti mismo ¿Me lo prometes?

—Pero ahora, ¿en qué baso mi fuerza de voluntad?

—Tú eres el único que debe responder esa pregunta. Hablando de otro tema, aclárame algo. ¿Por qué no le contaste al gringo qué te pasaba?

—Porque creo que no me entenderá.

—Bueno eso no lo sabemos y también es beneficioso que le hagas este tipo de revelaciones —agregó con una mueca maliciosa—.

—¿Por qué? —dijo, continuando el juego.

—Porque haces que le llegue la sangre al cerebro, ya que lo obligas a pensar, algo que no realiza con frecuencia —rompieron una carcajada estrepitosa que arribó a los oídos del norteamericano.

— Es verdad, no podemos dejar que ese órgano se pudra —compartieron un guiño de travesura antes de desternillarse nuevamente.

—Vámonos adentro. Si nos retrasamos más lo preocuparemos lo suficiente como para que se desentienda de su promesa de no entrometerse. Y límpiate la cara, sino pareceré el malo de la película.

Al pasar por un lado de la cocina, Jones, un tanto impaciente por la espera, los divisó con una alegría desmesurada para el momento. Alegría que resultaba falsa, pues bien se había percatado del llanto de Venezuela.

—¿Cuánto le falta a la comida, Al? —cuestionó Teodoro, una sonrisa disimulada.

—Ya va estar —respondió E.E.U.U en el mismo plan.

—¿Entonces me da tiempo de darme una ducha?

Sure.

Ok. Jaime tú también deberías darte una. A fin de cuentas, estás muy cansado.

—¿Seguro? En realidad debería irme. Mañana he de reunirme con mi jefe a las ocho.

—Tranquilo. Yo te arreglaré un vuelo temprano en la mañana para que estés a tiempo. Es mejor que te quedes aquí. Ya no creo que consigas vuelos libres a esta hora y las carreteras a tu casa son muy peligrosas— dijo Venezuela.

—Además ya había cocinado para los tres —argumentó E.U.A.

—Bueno, si es así, me quedaré.

—Perfecto, entonces te prepararé tu cuarto— se ofreció el moreno.

—Déjamelo a mí, Teodoro —pidió su cuidador, no quería que hiciera un esfuerzo innecesario.

—No, por favor, anhelo sentirme útil —le envió una mirada significativa al país del norte que interpretó como una orden irrevocable—. Jaime, ¿vienes?

—Un minuto.

Ok.

Alfred F. Jones oyó con atención sus pasos, aguantó a que el calentador del baño principal se prendiera, luego, acorraló a Colombia como un pariente que aspira a recibir noticias del médico que atiende a su familiar o pareja— ¿Y bien? ¿Cómo está? ¿Qué le pasa?

—Calma.

—¡¿Cómo que calma?! Oí los sollozos de Teo en conjunto con sus gritos ¡Y tú me pides calma! —el dueño de las esmeraldas le hizo una seña con los dedos entre los labios para que se callara

—A mi parecer, padece una depresión leve.

—¡¿Depresión leve?!

—¡Silencio! —murmuró estresado—. Obviamente está afligido, pero aún tiene esperanza en la vida, en el fondo. No como antes, que estaba peor. Hay una mejora, más necesita de un empujón.

—¡¿Y por qué se encuentra triste?!

—Eso tendrás que hablarlo con él

—¡¿Qué?! ¡Te llamé, te traje hasta aquí, te dejé actuar! ¿y eso es lo único que me puedes decir?

—Mi misión era diagnosticarlo. Lo hice. Además, lo hice reflexionar y te abrí el camino para que se sincere contigo. ¡Esto no se quita en dos días! Es un trabajo, por lo menos, a medio plazo y trabajando todos los días. Ahora, si me disculpas me voy a bañar.

La cena transcurrió entre conversaciones, rememoraciones entre los hermanos e intervenciones inesperadas de Alfred F. Jones. Aunque la mayor parte del tiempo, sorpresivamente, el norteamericano escuchó sin interrumpir o se perdió en la nebulosa de sus pensamientos.

—Espera Jaime, antes de que pruebes bocado he de aclarar que el señor que tenemos aquí, el cocinero, ha mejorado extraordinariamente sus preparados, no se parece en nada a lo anterior. De verdad que se merece una medalla por el enorme y constante esfuerzo que ha realizado en los últimos tiempos. Yo, Venezuela, lo certifico —E.U.A no cabía en sí de la felicidad, con cada palabra mencionada por el latino de origen caribeño, recibía descargas de satisfacción. Le estaba costando cada vez más contenerse y no jugar con los labios de Palacios y repartir besos a lo largo de su cara. La imagen, además, lo ruborizó ligeramente, lo cual lo apenó. Por tanto, volteó su rostro para que no lo descubrieran en su momento de mayor debilidad.

—¿Ah sí? —cuestionó con interés colombiano.

—Bueno, antes era una porquería. Ahora es malo, pero digerible.

¡¿What?! —Teodoro dirigió hacia su víctima sus ojos verdes azulados. Cuando obtuvo la rabiosa atención de Alfred, disminuyó el tamaño de sus cuencas oculares y convirtió el brillo apacible en uno malévolo que conjuntaba a la perfección con la sonrisa maquiavélica de alguien que disfruta de las reacciones que provoca en los demás.

E, inmediatamente después de lavar los platos, E.E.U.U subió lo más rápido que pudo, se encerró en el baño, abrió la ducha y se metió esperando que el agua limpiara la humillación que lo había emboscado allá abajo.

La vergüenza se paga con la misma moneda. Por eso, al salir y divisar a Palacios, que realizaba gestos para llamarlo, no dudó en descargar la artillería

—¡Y tú, eres un embustero, un desordenado, un vanidoso y…! —pero la altivez de quien consigue el punto frágil de su oponente le duró poco al hallarse sin más argumentos. Entonces, el dedo que apuntaba burlonamente a Venezuela se desvió y se apoyo en la mejilla norteamericana, mientras el resto de esa mano cubría la boca en un gesto pensativo.

Ssshh —el moreno, que trataba de apagar el bochinche originado por el rubio, se cruzó de brazos y, con un brillo ganador en la mirada, continuó la especie de sermón—. Y también tengo rachas de Latín Lover.

—¡Eso! —rió estruendosamente como si hubiera vencido.

Shhh, ¡Silencio!

—Por cierto, ¿Y Colombia?

—Eso es lo que te intento decir: está dormido. No hagas más ruido o lo despertarás.

—¡Oh, ok! —susurró— Pero Teo, ¿a dónde vas?

—¿Cómo que a dónde? —extrañado por la pregunta, con un pie en la escalera, esperó a ver si era una nueva broma de Alfred, más no reaccionaba y Palacios concluyó que lo que tenía delante de sus ojos resultaba una nueva muestra de la incapacidad de Jones de leer los mensajes indirectos— Vamos abajo a hablar.

Estados Unidos lo siguió sin rechistar, sin entender lo que el otro pretendía.

—Eh, Teodoro… ¿No íbamos a hablar? —preguntó aun más desconcertado cuando el venezolano viró hacia la cocina y abrió el refrigerador.

—Y lo haremos pero quiero algo de beber mientras tanto. Creo que hoy será ron solo ¿Quieres?

—Sí…But ron solo es demasiado, con refresco.

—Tú y tus bebidas gaseosas. A este paso me vas a provocar un déficit de ellas —suspiró y con un tono que denota autoridad, supuestamente lo regañó, algo falso, pues terminó la sentencia con una mueca juguetona tanto en los labios como en los ojos.

Atravesaron la puerta que daba al patio, anduvieron por la grama descalzos bajo un cielo carente de luna, cuya única iluminación residía en las miles de estrellas que invadían el firmamento.

Arribaron a un banco suspendido del suelo, aguantado por la rama de un árbol cercano, se sentaron en silencio en espera de que alguien rompiera el hielo.

So… Where is my lunch? —dijo E.U.A., ya impaciente.

—¿Ah? —ahora el confuso resultaba Venezuela—. Ah, tu almuerzo… Pues… ¿Cómo te explico esto? Se lo comió Panamá —añadió con su mejor mueca de perdón.

What? Why?

—Bueno… la verdad fue mi culpa. No había comida suficiente para todos. Pude ordenarle a la señora Yusmelis que comprara más, pero estaba molestísimo contigo porque no sabía a dónde te habías ido ni con quién te reunirías. Es mi culpa, lo sé. Yo creé la situación no contándote lo que me pasaba, y por eso, buscaste consejo en mi hermano.

—En realidad, él prometió que si tenía problemas vendría en auxilio.

—Entonces, él ya advertía que te los daría —rió ante la evidencia de cuánto lo conocía Colombia—. Pero, ¿sabes?, no me provocaba contarte porque pensaba que no me comprenderías.

—¿Qué no lo comprendería? —contestó un poco enojado.

—Sí. Verás, últimamente, estos años, siento que no hago más que hundirme, sin percibir una salida a todo este embrollo. Ya no poseo una fuerza de voluntad que me siga empujando hacia algo, lo que sea. Esta fuerza era el recuerdo de lo que había logrado en mi período de Independencia. Más, ello se halla, a estas alturas, muy lejos como para evocarlo. Jaime afirma que me he quedado anclado en el pasado. Como sea, no te lo mencioné porque tú nunca has pasado por un proceso así…

W-H-A-T?! ¡¿Cómo puedes decir eso?! —habló con una bravura que sorprendió a Palacios, quien despegó sus ojos del piso y los enfocó en los de su acompañante—. ¡Tú memoria sí que es selectiva! ¿No te acuerdas de la crisis del '29? ¡Yo sí! ¡Pasé hambre! ¡Mucha hambre! ¡Había días que despertaba y no tenía fuerzas, otros me sucumbía en una a agonía de la que no encontraba cómo salir! ¡No podía siquiera ahogarme en la bebida, no lo conseguía! ¡Algunas veces me consumía tal desesperación que no sabía a dónde huir! Más de una vez pensé en quitarme la vida y acabar con ese sufrimiento. Sin embargo, cuando posicionaba la pistola en la sien, no lograba apretar el gatillo, en el momento en que mis dedos lo tocaban y levemente lo echaban hacia atrás… I just… started to cry. I couldn't do it, I couldn't do it! And, at the same time it was the Dust Bowl*****. It was… terrible… Dust in the wind… All those dust storms! ...The darkness… My lungs were full of dust I couldn't breathe! I thought I was in hell! I didn't know how to keep my head above water —hace tiempo que hablaba más para sí que para el latino: sus ojos se habían deslizado del Mar Caribe, contenido en los ojos de Venezuela, hacia un punto indefinido en el césped que Jones veía, empero, no registraba. Sus azules pupilas experimentaban una imagen escalofriante a la que él únicamente tenía acceso, mientras sus manos agarraban fuertemente los mechones dorados y su corazón acelerado por la angustia latía sin freno.

—Alfred… —Teodoro acercó lentamente sus manos, con cada una atrapó una del gringo, las quitó con cuidado de su cabello ante la atenta mirada de norteño quien había retornado a la realidad con ese gesto.

E.E.U.U, de pronto, comprendió el momento: sus manos entrelazadas con las del venezolano. Dócilmente, le permitió que las juntara, para que, con una palma libre, el moreno acariciara sus mechones que antes fueron objeto de agresión gracias a un cúmulo de emociones; en un intento de tranquilizarlo y devolverle su peinado característico.

Poseído por su instinto de buscar placer, E.U.A movió su cabeza en dirección a la nación caribeña con el fin de que la tuviera más a la mano, ronroneando en respuesta al acierto de Palacios. Por último, abrió los ojos después de un tiempo y no pudo evitar que se le entrecerraran los parpados en una mirada cargada de afecto y que se le saliera una sonrisa tonta.

Teodoro, de igual manera, le devolvió el gesto.

—Al final, yo finiquité mis problemas —siguió Alfred en su discurso con el mismo rictus.

—Eso fue porque te metiste en la Segunda Guerra Mundial. Este hecho reanimó a la industria armamentística y, por ende, a los demás sectores.

—Pero lo logré, y tu podrás. Además… hay otras cosas que te caracterizan. Tú dijiste que solo te enorgulleces por tu Guerra de Independencia… No es verdad, has obtenido cuestiones de una manera que, en su momento, me dejaron estupefacto. ¿Recuerdas cuando tu jefe me dejó la concesión total del petróleo, en el año mil novecientos veinte…?

—Fue en la dictadura de Juan Vicente Gómez, en el año 1922 —añadió sin problemas, como quien se aprende de memoria una lección de historia.

—Correcto. Sí, todo bien hasta allí, pero luego en los años cuarenta empezaste a cambiar las fichas del juego y cómo lo hiciste.

—En 1943. Cabeza de gobierno Isaías Medina. Sí, lo recuerdo: La ley de Hidrocarburos****** de ese mismo año. Me faltaba dinero y tus empresas no cedían un ápice. Entonces, la estrategia fue que el asunto tomara un cariz de nacionalización y expropiación —con una sonrisa a medio hacer, parecía que Venezuela había recuperado un poco de su alegría.

—Y cómo te funcionó. Hiciste que agarrara un avión urgente desde Alemania hasta mi casa, en plena Segunda Guerra Mundial, para presionar personalmente a las petroleras —se cruzó de brazos y su semblante adoptó la ironía de quien ha caído en la trampa sin percatarse hasta el final.

—Uy, lo siento, pero me hacía falta la plata —agregó con aire entre victorioso y seductor.

Así es. Esa mañana inusual de 1943, el soldado Alfred F. Jones, más conocido como United States of America, despertó en su base militar en Europa y cuando volvió a abrir los ojos se localizaba en un avión rumbo a Venezuela. ¿Cómo había llegado hasta allí?

Lo único que rememoraba era algo relacionado con las palabras «urgencia», «Venezuela» y «ayuda». Sin embargo, se encontraba en medio de una Guerra Mundial. ¡¿Qué demonios se le perdió al latino para que necesitara su auxilio?!

Descendió las escaleras del avión todavía consternado y, de ipso facto, recibió la mirada exultante de Teodoro, que en realidad parecía vislumbrarlo como un mesías, señal que lo aturdió más.

—¡Alfred estás aquí!, ¡qué alegría! —con júbilo, abrazó al extenuado ser humano.

—Sí, sí, bueno, ¿qué problema tienes? —dijo, y añadió una sonrisa cordial, no obstante, resultaba obvio que si la respuesta no era la correcta lo reventaría ahí mismo.

—¡Oh! Al sé que estás muy ocupado… yo… yo no te llamaría si no fuera necesario pero…! —con un brillo suplicante, lo vio durante unos segundos, luego, con los ojos empapados, apartó melodramáticamente la cabeza hacia el otro lado y dejó escapar un sollozo falso que Jones advirtió como verdadero.

—¡¿Teodoro que sucede?! ¡¿Qué te han hecho?! —al principio, la preocupación le asaltó por el curioso comportamiento que exhibió el moreno, más, al visualizar la lluvia precipitarse en el Caribe, la aflicción lo quemó por dentro. Jamás lo había visto llorar.

Palacios siguió observando el suelo que tocaba con sus zapatos, pateó una piedra cercana.

—Me lo quieren quitar. Anhelan que me deshaga de mi sueño, ellos lo quieren evitar.

—¡¿Quiénes son ellos Teodoro?! ¡Dime! —el estadounidense, desesperado y molesto, agarró al venezolano por los hombros y lo forzó al contacto visual.

E.E.U.U, quien consideraba los sueños, deseos y anhelos, sagrados como la Biblia, la restricción impuesta a Palacios alcanzaba en su brújula moral el nivel de fechoría. Empero, cuando se enteró que los causantes eran sus ciudadanos, pasó del enojo a la furia en segundos. ¿Cómo se atrevían a cometer actos tan infames? Y lo peor del caso era que el dinero que tan horadamente Venezuela pedía iba a servir para modernizar su casa y obtener, de esta manera, un estado democrático y libre.

—Tranquilo, yo me encargo. ¡No volveré al frente hasta que resuelva el problema! ¡Te lo prometo! —con las pupilas encendidas por la ira, le dio la espalda al muchacho de dieciocho años, se ajustó los lentes con su dedo índice y con decisión ordenó a su piloto que partieran a Washington. ¡Ya!

Tan ensimismado se encontraba que no advirtió que las lagrimas de Teodoro habían mágicamente desaparecido, que lucía un aura triunfal y que le enseñaba a su encargado la forma de lograr que un poderoso se convirtiera en tu pieza sin utilizar la fuerza.

—Esa noche dormí… —mencionó retornando al presente el autor de tal puesta en escena.

—Me imagino. Me dejaste haciendo el trabajo sucio.

—Eras el único que podía llevarlo a cabo —enseñó un sonrisa que significaba que no mantenía remordimientos por actuar así. No, no se iba a disculpar.

—Sin embargo, años después volviste a las andadas. Me estuve moviendo como un loco entre tu casa y la mía durante los primeros años de la década de los setenta*******. Los dueños de las petroleras me cargaban a regaños por tu empeño en nacionalizar tu petróleo, yo me sentaba a hablar contigo, a ver si ralentizabas la velocidad, pero tú, con tu labia me dabas vueltas, me confundías y al final acababa diciendo o firmando lo que no debía.

—Es mi petróleo, Alfred y yo hago con él lo que quiero —respondió firme y desafiante. No le tenía miedo.

—A lo que quiero llegar —levantó las manos intentándolo calmar. Esa discusión le resulta absurda—, es que lograste cosas de una nueva forma, sin armas, sin fuerza, sin imponerte, solo dotado de la constancia, la voluntad y la astucia. Eres increíble.

Teodoro escudriñó el rostro y cuerpo del gringo, aún sin creerse lo que había escuchado. «¡Debe ser mentira!». Más su cuerpo abierto detonaba sinceridad absoluta. Y, todavía con la expresión de conmoción en el rostro y la mandíbula desencajada, a sabiendas de que las lágrimas pronto invadirían sus ojos por los sentimientos que lo revolvían como un mar embravecido, se lanzó los brazos de Jones antes que la debilidad lo alcanzara.

—Gracias —susurró con la cara en su pecho en un intentó que su voz no se notara quebrada.

—¿Teo? —preguntó E.U.A, al sentir un leve estremecimiento en el cuerpo del venezolano. No obstante, el susodicho lo estrechó más fuerte, rogando por cariño, el cual recibió en forma de otro achuchón.

—Alfred, te prometo que te contare cualquier cosa que me intranquilice —levantó su cara e hizo que sus pupilas se cruzaran cuando consideró que la calma lo embriagaba otra vez.

Ok, y yo te prometo hablar contigo primero —lo observó dulcemente y lo estrujó nuevamente, algo en él también decía adiós, algo se liberaba, ya no habría más peleas, una vida placentera por fin, recuperó su confianza. Y entonces, el agua salina se anegó en sus globos oculares y sorbió por la nariz.

Teodoro prefirió no preguntar.

Se soltaron y dirigieron su mirada al firmamento copiosamente estrellado.

—Aunque no haya luna, las estrellas se ven a simple vista.

—Las adoro.

—Yo también.

Ahora la naturaleza les regalaba esta maravilla. Jones no pedía más, en realidad como siguiera observando volvería a llorar.

—Vámonos, mañana he de levantarme temprano.

—Cierto, tienes que llevar a Jaime al aeropuerto. ¡Ah! El ron hay que bebérselo. Bueno para que durmamos bien después de esto. Cheers —sin detenerse en la lengua, la bebida raspó la garganta y cayó en el estomago como una dinamita.

Depositó el plato y el vaso en el fregadero. Suspiró por el duro día que le tocaba. Este modo de vida que llevaba ejecutando desde hace unos meses lo estaba exasperando cada vez más, sabía que se trataba de una buena causa, ¿pero realmente daría resultados? No podía prometerlo.

De repente, por la ventana, se fijó en que la puerta del patio se encontraba abierta. Sigiloso y curioso fue a averiguar el motivo, descubriendo a Venezuela fumando de nuevo como anoche. Sin embargo, sus músculos se notaban relajados, liberados de la tensión que antes retenían.

—¿Con que fumando otra vez?

—¡Ah! ¡Jaime me asustaste, no lo vuelvas a hacer! —respondió enojado por el susto que le produjo la aparición de su hermano.

Colombia, debido al espectáculo y al posterior regaño casi se cayó al suelo desternillado de la risa.

—¿E-e-es que t-tú pensaste que e-era el gringo? —dijo sin aire, entre jadeos y carcajadas, abrazando su estómago del dolor y doblado por la mitad.

Teodoro lo miró ofendido, inspiró y exhaló con profundidad en un intento de calmarse.

—No. Él y la discreción no se conocen. Él siempre se pasa de llamativo.

Venezuela bufó entre avergonzado y hastiado de la actitud de Jaime

—¿Quieres un cigarrillo?

—¿Ah? ¿Qué? —tal acción rompió de golpe la risa del colombiano.

—Como ñapa******** del desayuno —alargó su brazo, ofreciéndole un pitillo igual al que sostenía con sus labios.

Colombia lo tomó, se acercó a Teodoro, quien le esperaba con el encendedor preparado.

Ambos a países sabían que esa inesperada solidaridad del venezolano constituía una maniobra para encubrir la sutil ofensa a su orgullo, así como detener al procurador de tal acción.

El dueño de las esmeraldas se dejo llevar: a fin de cuentas, ya obtuvo lo que buscaba.

Aspiró la nicotina, le permitió el acceso a su organismo, la expulsó por las fosas nasales y observó un punto indefinido en el espacio mientras gastaba minutos en decidir como presentaría la siguiente cuestión.

—Por cierto, ¿hablaste con Estados Unidos? —Colombia masticó las palabras, posicionó sus pupilas en la cara de su hermano, temeroso de provocar la reacción equivocada.

Palacios, sorprendido, giró la cara hacia su interlocutor, luego con una mueca y los ojos ligeramente entornados, gesto que expresaba absoluta tranquilidad, respondió.

—Sí. Todo bien. Conversamos y quedó arreglado.

Jaime lo miró fijamente exasperado: después de desplazarse hasta su casa cuando estaba hundido por el trabajo, escucharlo en un estado trasnochado, consolarlo y convertirse en confidente de ese gringo, ¡¿solamente le contaría algo tan ínfimo?!

Teodoro tragó saliva al comprender su error y se dispuso a relatar con lujo de detalles la noche anterior. Justo había terminado y le dedicaba al cigarrillo la última calada cuando, de improviso, surgió Alfred como fiera que atrapa a su presa, estremeciendo a los latinos.

—¡Teodoro! ¡¿Estás fumando?! ¡El cigarrillo resulta nefasto para la salud! ¡Según el médico…!

—El que está fumando soy yo. El que tiene el cigarrillo en la mano soy yo. Teo no tiene nada entre las manos —comentó apresurado el colombiano, anticipando una tediosa perorata del norteamericano a la vez que Palacios realizaba gestos indiferentes al hilo del discurso.

—Oh, bueno. ¡Pero aún así es un fumador pasivo!

—Sí, sí. Lo sé, lo voy a apagar. ¿Ves?, ya no hay nada que perturbe su salud.

Ok. Nos vamos en cinco minutos. Si me disculpan.

Al desvanecerse la figura de Jones, los hermanos suspiraron aliviados, ya fuera de peligro.

—Gracias, Jaime.

—De nada. Es que es tan mandón.

—Lo sé.

—Pero, ¿no se supone que le avisarías si algo te atormentaba?

—¿Y desde cuando fumar un cigarrillo es sinónimo de una calamidad? —con el cuerpo dentro de la casa, volteó su rostro y le regaló una sonrisa de oreja a oreja, de niño travieso.

Poco después de despedirse de Colombia y E.U.A, recibió a la señora Yusmelis, que iniciaba su jornada.

—Señor Teodoro, ¿está despierto y no es porque se vaya a trabajar? Hoy seguro hay un cataclismo —mencionó con aprensión, mirando al cielo plagado de nubarrones.

—Muy graciosa, señora Yusmelis ¿Cómo le fue ayer?

—Muy bien. Parece que mi hijo Sergio tendrá otro concierto.

—¡Me alegro!

—¡Sí! ¡Es tan trabajador y estudioso! ¿Y usted?

—Bueno, más o menos, ya sabe, con esta depresión. Ya hablé. Se aplacó un poco, pero aún no recupero mis fuerzas del todo. Me gustaría, con energía, resistir estos penosos días, más no sé de dónde sacarla. Antes me basaba en mi juventud, ahora siento que no me queda nada…

—¡Otra vez con esas tonterías! ¡¿Pero se está escuchando?! ¡Parece un anciano amargado! ¡Sólo tiene dieciocho años! ¡Está en la flor de la vida! ¡A esa edad lo que no falta son las ganas y la energía! Además, a usted le pagan muy bien ¡¿Qué más quiere?! ¡No digo que usted no sufra por los momentos difíciles que le toca vivir, pero son parte del día a día! ¡Míreme a mí! ¡Mi casa se cae a pedazos a la menor lluvia! ¡A mí también me gustaría echarme a llorar, pero no puedo! ¡Tengo que mantener a mis hijos! ¡La Orquesta Sinfónica********* lo va a escoger para la gira y yo atrás lucho porque salga adelante, para que tenga una existencia mejor que la que yo tendré! ¡No obstante, también lucho por mi misma, porque es lo que he de hacer! ¡Vivir! ¡Señor Teodoro…! Usted es joven, tiene toda una vida por delante ¡Pelee porque ésta sea mejor! ¡Pelee por sus sueños! ¡Pelee por usted! Más si usted no cree en si mismo… ¿Qué será de nosotros…?


¡Uff! ¡Este si me costo! Tuve que sacar el libro de historia ¡¿Quien se iba a imaginar que los gringos nos ayudarián, alguna vez, en lo del petroleo?! O.O ME QUEDE...

!Teodoro eres una rata! jajaja XD pobre Alfred y su comida. Me eestoy empezando a sentir mal por nuestro gringo...Nah.

Si alguno penso que la escena del banco y las estrellas le faltaba un beso o dos, dire en su favor que YO TAMBIÉN LO PENSE pero si de una vez se dan uno la historia se me acaba demasiado rapido y ¡NO! VAN A TENER QUE SUFRIR PARA VER UNO MUAJAJAJA (insertar fuego atras) ;) Paciencia, paciencia ya vendrán...

Una pregunta ¿Soy la única que piensa que tenemos un problema con Simón Bolívar? Yo como persona y figura histórica lo aprecio que jode y le agradezco infinitamente por lo que hizo por nosotros en su tiempo pero...¿Porque todo tiene su nombre? Liceo "Simón Bolívar" No se que escuela "Simón Bolívar" En todos los pueblos y ciudades hay una plaza Simón Bolívar, hospitales Simón Bolívar, el pico Bolívar, avenidas Simón Bolívar ¡La orquesta sinfónica es Simón Bolívar! ¡El Aeropuerto Internacional es Simón Bolívar! Chamo el tipo es SUMAMENTE importante pero también tenmos otros proceres como Sucre, Negro Primera, o esta Jacinta Convit el hombre que desarrolló la vacuna de la Lepra. Hay un montón de personas que también hicieron cosas importantes ¡¿Porque no nos sentimos orgullosos de ellas?!

Por último y antes de entar en todas las explicaciones de los *, para mi Teo es un persona que hay que tener vigilada, ya que es peligrosa, pero no por las armas como E.E.U.U, si no por la labia que posee si remitanse a a los engaños realizados a Alfred o al presidente que tuvimos hasta hace poco.

Bueno como úlitimo (lo anterior era penúltimo) quiero agradecer a todas las personas que me siguen en esta aventura, la hacen más divertida. En el futuro contestaré a sus reviews que siempre se me olvida sorry :(

Ahora si explicaciones:

1: Arrecho: Palabra venezolana con muchísimos significados que dependen del momento y la intención. Aquí se usa como sinónimo de una persona fuerte, que puede con todo.

2: Americana: Por si no quedaba claro en el texto, es el saco del traje o chaqueta de tela, con solapas y botones, que llega por debajo de la cadera (cortesía de la RAE)

3: La vacuna de la Lepra fue desarrollada por el médico Jacinto Convit en el siglo XX.

4: Colombia se refiere a la época dorada de la democracia venezolana que corresponde a los años 60-70.

5: Dust Bowl o Dirty Thirties: Fue un periodo durante los años 30 y coincidente con la crisis del 29, que afectó a las praderas norteamericanas y canadienses (sobre todo las estadounidenses). El abuso del suelo mediante la agricultura, así como unas condiciones persistentes de sequía, dejó desprovista a la tierra de la capa que la sostiene, provocando que esta se la llevara el viento a la más mínima ventisca, y, por ende, ocasionara numerosas tormentas de polvo durante toda la década.

De tal magnitud fue el fenómeno que su exposición continuada se convirtió en la causa de muerte de muchas personas, ahogadas por el polvo que contenían sus pulmones.

6: La Ley de Hidrocarburos fue el primer paso hacia la nacionalización del petróleo venezolano.

En aquella época (1943) Venezuela era el tercer productor del mundo, una posición que le permitió negociar con las empresas.

La ley antes expuesta se traducía en un mayor control del sector petrolífero, concretamente el 50% de las ganancias (hay que tener en cuenta que en la dictadura de Juan Vicente Gómez la concesión era total). Sin embargo, las compañías no miraron con buenos ojos la iniciativa e hizo falta la presión del Departamento de Estado de E.E.U.U para que la ley finalmente se aplicara.

7: En los 70 se llevaron a cabo sucesivas enmiendas que culminaron en la completa nacionalización del petróleo, gas y hierro en Venezuela. Era un momento convulso, internacionalmente hablando, porque Estados Unidos había ayudado al golpe de estado efectuado por Pinochet, en Chile. Por eso tales maniobras se realizan en un ambiente de temor a que pudiera ocurrir algo semejante. Debido a esto, yo considero a Teodoro (expresión de las personas que siguieron adelante a pesar de las posibles consecuencias) muy valiente y tenaz.

8: Ñapa: se traduce en la RAE como añadidura, un agregado que se da como regalo.

9: Yusmelis se refiere al Sistema Nacional de Orquestas, una red de centros donde, a través de la música clásica, se enseñan valores como la disciplina, el trabajo en equipo, la perseverancia…

Muchos de los beneficiados son jóvenes de clase baja.

Actualmente no solo tiene orquestas clásicas sino también un coro para sordos (Manos Blancas), una Orquesta Latino Caribeña, una Orquesta Penitenciaria etc.