¡Hola! ¿Me extrañaron? Yo a ustedes si. Disculpen la tardanza, el año pasado fue movidito y este año tengo la tesis así que lo más probable es que después de este capítulo publique uno más y no me vuelva a parecer por aquí hasta junio-julio. Adoro esta historia y tengo muchos ideas para ella y nuestros personajes pero necesito pasar ese trabajo para dedicarme full a "Cosa de dos", así que degústenlo con fruición. :3
¿Hogar, dulce hogar?
Las nubes algodonadas flotaban alegres mientras acompañaban al avión, que realizaba las típicas maniobras para descender, o eso me pareció a mí. Me refiero a las nubes que volaban como si quisieran ser admiradas, contempladas. Más yo no podía apartar la mente de la despedida ocurrida horas atrás: Yo me iba, tenía que regresar forzosamente a mi casa por dos semanas, por trabajo.
Y allí estábamos en la puerta, diciéndonos adiós en un ambiente teñido por la pena que transpirábamos, o eso quiero creer yo. Quiero creer que la sonrisa de Teodoro reflejaba desconsuelo por mi partida, que añorara mi presencia en los sucesivos días y que me pensara de manera compulsiva y me extrañara obsesivamente. Ansío comprender lo que piensa, lo que siente. Anhelo saber que soy yo para él, yo…
Las ruedas del aeroplano tocaron con brusquedad el suelo de la pista de aterrizaje, solo para despertarme y descubrir cuan tapados tenía los oídos. Poco escuché que habíamos arribado a Washington.
Accedí a con desgana a levantarme y bajar del avión. Cabizbajo, crucé el aeropuerto: era la primera vez que me sentía incómodo en mi propia casa. ¡Pero yo era Estados Unidos! ¡Alegre y vivaz! ¡No dejo que nada me desanime! Y con esa actitud, intenté sobreponerme. Miré al cielo, buscando su aprobación, mas no me respondió: en realidad me pareció triste, apagado. No brillaba con la misma intensidad que en el sur.
Eso no ayudó.
…
Es extraña la soledad de la casa. Sin Yusmelis ni Alfred, está todo tan silencioso y sin vida. Se siente tan raro. Oigo el viento afuera acariciar las hojas del bucare, mientras el sol las calienta. La última vez que estuve tan solo fue el fin de semana anterior a la venida de Al, hace seis meses y lo siento como si fuera hace siglos que ocurrió. Quizás se deba a que somos países jóvenes y para nosotros los meses pesan más que para España o Inglaterra, que llevan más tiempo viviendo y unos meses no significa lo mismo.
Ellos no van a volver, no por lo menos en dos semanas: Al, por cuestiones de trabajo y Yusmelis, porque está acompañando a su hijo en Europa. Sergio es un joven muy talentoso, disciplinado y trabajador. Es el orgullo de esa pequeña familia y su esfuerzo de años ha sido recompensado: la Orquesta Juvenil tenía una gira por Europa y lo convocó. Yusmelis se hallaba en un dilema, quería ir con su hijo. ¿Quién sabe si en esas tierras ignotas su hijito estaría seguro? ¡Oh, dios mío! (Nótese el sarcasmo que uso). Mas, no tenía dinero y no se atrevía a dejarme solo. A fin de cuentas, no me encuentro del todo recuperado y tengo la ligera impresión de que desconfía de mí, después de ocultarle mis dolencias por un par de meses y no hacerle caso cuando me invitaba a ir al médico, hasta que apareció Alfred.
Yo, al saber los deseos que albergaba sobre acompañar a Sergio, decidí regalarle, o más bien, obligarle a aceptar un pasaje con todos los gastos pagados por dos semanas y sin derecho a devolución de ningún tipo, pues creo que darle la oportunidad de salir del país, algo que nunca ha hecho, y ver mundo es una cosa que enriquece el alma y una experiencia que jamás olvidará. Eso sí, me volvió loco durante toda la semana anterior con preguntas como "Señor Teodoro, ¿en Alemania hace frío?", "Pero, señor Teodoro, ¿en esta época no cae nieve? ¿Está seguro?", "Y, ¿qué comen allá?", "¿Y qué beben?" "Y, ¿cree que sepan hablar español?", "Y ¿es verdad que son fríos y bruscos?", "Y ¿son todos catires?" "¿Y qué se puede hacer en Berlín?", "Un momento… ¿No es el país de los nazis?", "Y ¿de verdad cree que estaremos seguros?"...
— ¡Ahh! ¡Señora Yusmelis, en Alemania es verano! ¡No! ¡No está nevando! ¡Ni nevará! ¡Comen salchichas y beben cervezas! ¡A montones! ¡A todas horas! ¡Y después de comer se quitan la ropa y bailan en calzoncillos totalmente borrachos! ¡Es una cosa…!
Creo que le di una imagen equivocada de cómo son los alemanes, pero no importa. Ya se enterará en el camino
Dirigí mi vista al techo que me protegía. ¿Cuánto tiempo llevaría acostado en este sofá? Necesito con urgencia reflexionar, pero aquí no puedo. Esta tranquilidad me aprisiona el pecho y estas paredes son mi celda. ¡Todo este tiempo en el mismo lugar sin asomar la nariz de la reja de la casa!
Jaime diría que este sentimiento se debe a una inactividad prolongada ¡Estoy asqueado del aburrimiento! ¡He de irme! ¡Necesito escapar! ¡Ya!
…
El taxi se detuvo en un lugar que me costó reconocer al principio. Yo miraba por la ventana, pero, en realidad no veía y hube de pestañar varias veces para percibir que estaba al lado de mi casa. Le pagué, me dio mi maleta, la cargué pesadamente hasta la puerta, busqué con pesadumbres mi llave en el llavero, acción estúpida: solo tengo tres, la de mi auto, la de casa de Teodoro y la de mi casa. Suspire cerrando por un segundo los ojos, abrí con lentitud, arrastré la maleta, cerré la puerta y di una ojeada lenta al lugar.
Nunca me había sentido como un extraño en mi propia casa.
…
La nevera estaba a rebosar, parecía que un ejército se fuera a asediar en mi casa en unas horas.
Al final, no partí el mismo día. Ya se había hecho demasiado tarde. Además, no es que me vaya al lado. Regreso a mis orígenes, o uno de ellos y como el viaje me llevará dos días de manejo, prefiero estar descansado. No es que no pueda tomar un avión pero, ¿qué tal si me encuentro con algún conocido en el aeropuerto? Mejor no arriesgarse.
Y estoy de suerte, mi jefe se vuelve a ir por dos semanas. ¡Rumba total en los ministerios!
¡Chamo! ¡Que lechúo estoy*! Hay pollo, aguacate maduro y harina de maíz. Me haré unas arepitas. ¡Qué bien!
Justo cuando puse el sartén en la hornilla, percibí el sonido del silencio, roto a intervalos cada vez más distantes, por los carros al pasar. Y la casa oscura, excepto donde me hallaba.
Ok, esto solo me lo admito a mí, pero me estoy asustando ¡¿Cómo no me pude dar cuenta de lo escalofriante que es mi casa en la noche?! Ah, obviamente llegaba tan cansado que no me fijaba, pero ahora que estoy solo…
Salí volando a prender todas las luces y a poner el televisor lo suficientemente alto como para oírlo desde la cocina.
Y así como no admitiré mi miedo a nadie, tampoco afirmaré que en estos momentos anhelaría que Alfred estuviera aquí.
…
¡Qué aburrido! Después de cenar, no encontraba qué hacer: no quería meterme en la computadora, ni jugar videojuegos. La tristeza me tenía inactivo ¡Odio cuando estoy así! Al final, acabé delante del televisor, saltando de un canal al otro, sin percatarme realmente de lo que veía hasta que encontré un canal latino donde pasaban la telenovela a la que estaba enganchado: Lo nuestro. ¡Por el viaje olvidé que hoy tocaba nuevo episodio!
La historia es bien sencilla: La protagonista, María Antonia del Valle es la maestra de un pequeño colegio de la capital y allí es donde conoce al amor de su vida, Jorge Enrique, padre viudo de unos gemelos muy traviesos. Todo anda de maravilla, hasta que la madre de Jorge se entera de quién es la enamorada de su hijo. Esto la enfurece en extremo y tratará, por todos los medios, de romper su amor, pues, aunque María Antonia y Jorge Enrique no lo saben, ambos comparten el mismo padre, ya que la madre de nuestra protagonista era la amante del padre de Enrique. Por eso la madre de Jorge llama a María "la usurpadora".
Durante el programa pude alejar al sentimiento que me mantuvo todo el día abatido Y cómo no, ¡El episodio estuvo emocionantísimo!
Hoy, Jorge Enrique casi se le declara a María ¡Aaaaaaaah qué emoción! Pero en último segundo apareció la madre de Jorge y lo arruino todo I hate that woman! Después, parecía que no iba a pasar más nada, hasta que hubo un incendio en un edificio, y Jorge salvó a María You are the hero! Yeah!
Ahora estoy en mi habitación mirando al cielo desde la ventana. La luz de la luna baña parte de mi cuerpo e ilumina, a medias, mi cuarto oscuro. Debería estar dormido, pero me he quedado viendo el satélite, que una vez visité, por no sé cuánto tiempo, preguntándome si ya estará durmiendo, si habrá comido bien, si… ¡Ah! ¡¿Qué estoy haciendo?! ¡Un héroe no se deprime!
¡Ahora me voy a dormir!
…
A ver…Ya puse dentro del carro el morral con suficientes monos**, camisas y ropa interior para todos los días.
Ya está el cepillo de dientes, la pasta de dientes, el desodorante, el jabón, el champú, enjuague, el peine, el cepillo además del papel toilette***.
Ya están las sábanas y la tienda acampar.
Umm… Me imagino que ya sabrán a donde me voy y si no… Dejémoslo como sorpresa.
Cerré el maletero del 4x4 y me revise los bolsillos del pantalón y la chaqueta: la cartera, las llaves de la casa, del carro y… la pistola. Mientras pensaba en esto sacaba el arma negra con lentitud y veía si tenía el cartucho lleno.
Abrí la puerta del automóvil, me senté, la cerré, agarré la pistola otra vez, la observé a la vez que la movía entre mis manos; abrí la guantera, la registré, encontrando otros cartuchos llenos de los que el gringo no era consciente, ya que jamás le he permitido subir a este carro sin mi supervisión, o sea, nunca porque en Caracas no lo uso.
Cuando terminé de esconder la pistola, por el rabillo del ojo distinguí la pila de CDs que tenía apilados tanto en el asiento del copiloto como en el suelo. Todos contenían en su interior música venezolana, la suficiente como para varios días de escucha.
Ajusté el espejo retrovisor y mi serio reflejo me vigiló por un momento.
Abrí el portón y esperé indiferente a que se abriera por completo.
Puse la llave del carro en su lugar, acerque la mano para darle a vuelta e irme de una vez, mas algo me retuvo. Eché el brazo para atrás, nervioso, no sabiendo qué hacer. Apreté el volante con las dos manos, miré la calle despejada.
Era julio y era la primera vez que salía de mi casa desde hace seis meses, de mi refugio, de mi hogar… ¿Hogar? ¿Es acaso este edificio mi único hogar? ¡No! Toda Venezuela es mi hogar porque yo soy VENEZUELA ¡Me estoy escondiendo en un sitio, evitando salir a mi casa! ¡Mi casa! ¡Algo que hacía hace unos meses con total naturalidad y sin pedir permiso a nadie!
Miré de nuevo al exterior mientras presionaba con las manos el volante, suspiré con fuerza para conferirme ánimos, vi la casa que se había convertido en mi fuerte. Encendí el automóvil, retrocedí, tranqué el portón y no volví a mirar atrás.
…
— Mr. America! Mr. America!
Al sentirme llamado, por instinto, giré mi cabeza y, para gran alegría mía, pues eran mis compañeros de trabajo los que corrían a saludarme.
— ¿Qué tal, Doug? Hola, Thomas.
— ¡Sr. América por fin volvió de su misión! ¡Qué felicidad! La oficina ya se estaba sintiendo aburrida y triste sin usted.
Reí con placer y relajo.
— Chicos de verdad que esos comentarios me hacen feliz, pero lastimosamente para ustedes, he de volver pronto. Aún no he terminado.
La desilusión se aposentó en sus caras.
— Aww, I am sorry guys but I have to follow orders.
— How long are you staying here?
— Just a week.
— Only a week…
Sus caras se hicieron más largas
Entonces intentemos ir a tomar un café esta semana. ¿Tendrá tiempo?
— Por supuesto.
La desgana fue expulsada de sus cuerpos y la animosidad elevó sus almas como un aeroplano en despegue.
Luego, la gente del lugar se dio cuenta de mi presencia, y, uno por uno, fue a decirme cuanto me había extrañado.
Hoy seguro va a ser un mejor día que ayer. Y como lo prometido es deuda, esa tarde salí con los chicos a tomarme un café y las risas inundaron la mesa. No sabía cuánto tiempo llevaba allí, pero tampoco me importaba.
La alegría es la mejor cura para el alma, por eso me gusta sonreír en todo momento… aun si no hay motivo.
— ¡Hey Steve, cambia esa cara! — dijo entre carcajadas John, mientras le daba con el codo en el brazo para hacerlo espabilar.
— ¿Qué pasa? —pregunté alegre, uniéndome a la comparsa.
— Que está enamorado —respondió Hugh por el susodicho, y el lugar quedó— ¡Pero qué bien! — mencioné elevándole el pulgar de manera afirmativa. Mas, él seguía cabizbajo hasta que los demás se excusaron con que tenían que pagar su bebida. Ahí se decidió a hablar.
Es que no sé si ella me corresponde, es decir, es agradable conmigo, dulce y atenta, pero es muy misteriosa. Siempre va dos pasos por delante de mí. La verdad es que soy malo leyendo las señales corporales y eso me aflige.
— Lo escuché con atención, sintiendo como cada una de sus palabras me golpeaba, me angustiaban, me amargaban. Quise ayudarlo, pero solo de mi boca salió— Creo que…te entiendo— giré mi rostro en el mismo momento en el que lo decía. La molestia a mi pecho había vuelto
…
Después de diez horas casi ininterrumpidas de viaje, llegué a Puerto Ordaz a pasar la noche.
Bajé del carro sabiendo que hoy soñaría con la carretera. Entré al hotel, pedí la llave de la habitación que había reservado la noche anterior, me dirigí al restaurante del sitio, pues ya era hora de cenar y comí sin saber muy bien que engullía por lo cansado que me encontraba.
Al arribar a la puerta de mi cuarto, suspiré aliviado, saqué la tarjeta de mi bolsillo, medio sonreí al verla, más dormido que despierto. Ingresé en el lugar, dejé las cosas en su respectivo sitio, arrastré los pies hasta el baño, me quité la ropa mientras la bañera se llenaba y me adentré lentamente en esas aguas enjabonadas que exudaban vapor.
Mi pie tocó ligeramente el líquido, luego, el agua empezó a escalar por mi cuerpo, a la vez que yo sucumbía ese delicioso calor que me recorría entero.
Ya en la tina, miraba pero no veía, estaba enfrascado en sentir cómo mis músculos se destensaban y mis cabellos danzaban sin rumbo fijo por debajo del agua.
No había notado que el miedo me había agarrotado durante horas.
Me pregunté qué hubiera pasado si Alfred me hubiera acompañado, si hubiese disminuido mi temor. No, resulta demasiado llamativo. Seguro nos hubiéramos convertido en el blanco de miradas, y eso, aunque reduciría mis temores de ser atacado (por tenerlo cerca) aumentaría el recelo a ser descubierto con él.
A la mañana siguiente, conforme me acercaba a mi destino, me alejaba de las formas rectas y perfectas de las construcciones humanas para dar paso al desorden y asimetría de la naturaleza. En la Gran Sabana olvido esa arrogancia característica de los humanos de sentirse únicos y especiales al recordar que solo soy una ínfima parte de lo que llamamos universo.
Eso sí, aunque no sea más que una mota de polvo, el grito que pegué cuando llegué se escucho hasta en Plutón.
…
Agobiado, eso es lo que estoy. Exasperado.
No importa que el aire acondicionado esté funcionando a su máxima capacidad y el ambiente sea ideal para criar pingüinos, simplemente el nerviosismo no me abandona. Quiero agarrar el teléfono y llamarlo, pero cada vez que estoy a punto de hacerlo alguien me interrumpe con un trabajo y debo postergarlo. ¡Ya llevo dos días así!
Podría localizarlo cuando arribo a casa. Sin embargo, acabo tan casado que me duermo incluso parado.
¿Y él? ¡¿Por qué no me ha telefoneado?! ¡Yo tanto he hecho por él! ¡Merezco un buen trato!
…
Calor, hogareño, antiguo, apacible y acogedor. Así podía describirse el sitio donde me hallaba: olvidado, pero conocido. Todo en color amarillo, como una foto vieja, quemada por el paso del tiempo.
La iluminación de la casa se reducía a velas, suaves llamas que danzaban al cortejo del viento.
Arribé a unas puertas de madera pesadas y las abrí, apoyando sendas manos en las tablas que las conformaban, encontrándome nada más y nada menos a mí mismo, unos años más joven con el pelo corto, brillante, ataviado en prendas militares y con una mirada aventurera, ilusionada… inocente. Blandía una espada con arte y puntería, la dirigía hacia mis oponentes invisibles, o eso creía yo. En realidad, lo que hacía era bailar ridículamente con la hoja de metal.
— ¡Carajo! ¡En mi vida he visto muchos espectáculos extraños, pero ninguno como este!
La repentina aparición de una voz masculina me hizo saltar como aquel que oye cómo una uñas afiladas pasan por una pizarra. Inmediatamente, poniéndome a la defensiva, me giré e intenté descabezar al ser que me había asustado, algo de lo que después me arrepentí.
— Excelencia…— susurré con dificultad, muerto de terror ante aquella mirada oscura, feroz y penetrante. Esos ojos, que con una leve inclinación, podían llenarme de alegría y, con un levantar de las cejas o un entrecerrar de los parpados hundirme en la depresión.
— ¿Qué se supone que estás haciendo?
— Ah…yo… bueno…verá— miraba repetidamente de la espada a la cara de aquel hombre, y, mientras más tiempo corría, más ansioso me sentía— ¡Discúlpeme, Excelencia, por favor! ¡Yo de verdad no deseaba hacerle ningún daño! ¡Solo estaba jugando! ¡Lo juro!
A pesar haber cumplido casi los 15 años, mis actuaciones se asemejaban más a un niño llorón que imploraba por el perdón de su padre. Al final, él suavizó su mirada y agregó— Así no se agarra una espada, sino así, soldado— con tono y actitud paternal entrelazó su mano con la mía, mostrándome la manera correcta de levantar y manipular el arma. Un escalofrío placentero recorrió mi columna: la dicha de ser querido.
— ¿Así?— pregunté efectuando, ahora solo, el mismo movimiento.
— Sí— afirmó y rió con orgullo.
—Entonces, ¿me llevará a la guerra?
Conlas orbitas de los ojos salidos y el poco aire que le quedaba en los pulmones después de que la sorpresa le hubiera sobrecogido, contestó lo que su mente le permitió, una respuesta muy alejaba de sus discursos cargados de vehemencia—¡¿Qué?!
— ¡Por favor! Haré todo lo que me diga.
— No.
— ¡Por favor!
— No.
— ¿Por qué?
— Porque esto no es un juego. Libertad o muerte.
— Usted habla de libertad y yo no sé que es…déjeme ir con usted, probarla y así saber lo que vale, pues si aquí me quedo, ¿cómo voy a apreciar el obsequio que se afana en regalarme?
Abrí los ojos, observé el techo azul de la tienda mientras volvía en sí: no fue un sueño, sino un recuerdo. Una memoria tan antigua que la había olvidado. Antes de su existencia nadie me había querido, nadie se había preocupado por mí****, tan oscura era mi vida que cuando arribó él no pude sino adorarlo ¡Por primera vez alguien me hacía sentir importante, poderoso! ¡Lo amaba y amo tanto! ¿Habrá sido consciente de que gobernaba mi universo? ¿De cómo una simple palabra o expresión podía tumbarme de la más alta euforia hasta la más profunda depresión y volverme a elevar?
No quise pensar más en ello, nada resolvería, solo me desanimaría. Me paré dando tumbos, cociné algo rápido, preparé mi mochila de excursión, salí de mi tienda y la cerré bien para que nadie pudiera entrar y me encamine al Tepuy más cercano, ese que rompe con el horizonte.
Una vez allí, confiado, empecé a ascender, sin sospechar en lo que lo que me había metido, pues a la media hora sentí que mi corazón iba a estallar ¿En tan mala forma me encontraba? Apoyé mis manos en sendas rodillas, jadeando. Un vocablo podía definir mi estado: agotado. Cuando me repuse, levanté la vista al monumento natural: allí, entre las nubes, tan alto e imponente como mis frustraciones, ahí, en la lejanía burlándose, desafiándome.
Una pequeña gota de molestia se anidó en mi interior.
Decidí bajar ante la imposibilidad de completar el recorrido y me dirigí hacia una cascada cercana. No había nadie a varios kilómetros a la redonda. Me hallaba seguro en la inhóspita Sabana.
Dejé las cosas en una orilla y me puse el traje de baño. Después subí hasta la cima del lugar, observé con atención los tonos verdes del agua, prueba de su pureza. Revisé bien las formaciones rocosas que rodeaban la laguna para no chocarme con ninguna, lentamente caminé hacia tras, me detuve, tomé aire, corrí, salté. La adrenalina invadió todo mi cuerpo, mi estomago se elevó, una placentera sensación; una inmensa felicidad me capturó hasta sentir el agua fría en contacto con mi piel, limpiando mi espíritu, alejando cualquier sentimiento de angustia.
Y me hundía más y más. Toqué fondo, todo a mi alrededor se mostraba turbio pero confortable, no tenía frio; miré hacia la superficie, al sol a allá arriba brillaba y anhelé poderme quedar allí para siempre.
…
Alargó el brazo que se apoyaba en la mesa, agarró la taza humeante, se la llevó a los labios, sorbió la teína con aparente tranquilidad: era el segundo brebaje que se tomaba. Volvió a mirar otra vez, como tantas veces había hecho ya, a la calle de enfrente, y al no obtener lo que buscaba, depositó la triste y cansada pupila en la madera ¡Espera! Súbitamente, como quien se percata de algo que su mente se olvidó registrar, levantó la mirada y con los ojos de par en par atisbó la nombrada acera ¡Allí estaba!
A los tropiezos, pagó por su consumición y corrió calle abajo, perdiéndose en los colores del atardecer.
…
Jones regresaba del supermercado con una sonrisa en sus labios, feliz, sin siquiera imaginarse lo que le venía encima y que empezó con una palabra.
— Americaaaaa!
Conmocionado, Estados Unidos giró hacia atrás la cabeza, localizando al dueño del grito: un joven de unos 24 años, un metro setenta, rubio, pelo corto, ojos de color verde y cejas pobladas mundialmente conocido como United Kingdom.
— Hey England. What's up? Is there any problem?
No importa cuántas veces ni de que diferentes maneras Alfred repitiera la pregunta, Kirkland no la oyó ni respondió hasta que su cuerpo se recuperó del maratón que había efectuado a toda velocidad— What?— cuestionó, incrédulo, tras el último jadeo.
— ¿Hay algún problema? Porque se supone que no nos veríamos hasta dentro de unos meses, pero si me estás visitando antes significa que algo pasa. Además, pareciera que te has corrido un maratón solo para verme.
— ¡¿Y quién dijo que yo quería verte?! ¡Preferiría no hacerlo!— habló vehemente y cruzó los brazos, intentando reprimir los sentimientos de vergüenza ocasionados por el comentario accidental pero certero del otro.
— Ok…
— Quería hablar contigo sobre algo… ¡No tiene que ver con eso! En tu casa.
Inglaterra siguió callado a Jones, estableciendo un plan a seguir de cómo le iba a transmitir la idea al norteamericano, la razón de su viaje, aunque Jones no parecía notarlo ya que parloteaba sin parar sobre distintas cosas, todas inconexas entre sí y el inglés únicamente despertó de su sueño al ser interpelado por el norteamericano sobre sí quería café, momento en el cual se percató que ya estaban en la casa de su ex colonia—No gracias.
— ¡Porque yo me estoy muriendo de hambre! Voy a prepararme algo. Si me pongo a pensar me gustaría comer…
— ¡América yo realmente necesito hablar contigo! —desesperado, Arthur exclamó antes de que el menor se fuera de la habitación y él perdiera el valor.
— Inglaterra ¿de verdad estás bien? —preguntó, ahora preocupado por la extraña actitud del británico.
— ¡Claro que sí, idiota! Es decir… quiero que me respondas algo.
— Ok…
— ¿Qué has hecho estos últimos meses? ¿Dónde has estado?
Una carcajada llenó la habitación— ¿Qué clase de pregunta es esa? Trabajo diplomático, ¿qué más?, igual que tú. Ir y venir, viajar como un loco alrededor del globo, hablando, haciendo tratos, alianzas y amenazas.
— Eso no es verdad, no me mientas. Tú y yo lo sabemos— Arthur no sabía si afligirse, decepcionarse o enfurecerse. Ellos siempre habían tenido una relación diáfana y abierta a cualquier tipo de secretos, y ahora el gringo le intentaba engañar descaradamente en su cara— Se lo que te ha ocupado estos últimos meses.
— ¿Ah sí? Dime qué es— desafió, con el semblante serio.
— Has estado viviendo con Venezuela. No pongas esa cara, América. Lo sé desde hace mucho tiempo.
— Esa investigación tan ardua, ¿a qué viene?
— Bueno… es que… tú… tu comportamiento… ¡No nos salgamos del tema! ¡¿Por qué has estado tanto con él?!
— ¿Quién más lo sabe?
— ¿Ah?
— ¡¿A quien más se lo has dicho?!
El dueño de los ojos verdes desvió la mirada al chocar sorpresivamente con la mirada airada y penetrante azul, pocas veces había sido el causante de la misma— A nadie.
— Porque está enfermo— suspiró exasperado. Se acarició el cabello para apaciguar su enojo y puso los brazos en jarra ¿Cuántos más sabrían de la salud de Teodoro?
— ¿Y?
— Él es mi amigo.
— ¿Llamas amigo a alguien que siempre te está insultando?
— Tú no te quedas muy atrás.
— No es lo mismo…— por un momento, Arthur creyó ver algo en los ojos de Alfred, una luz, un brillo especial que jamás había presenciado, una emoción que lo molestó aun más.
— ¿Ah sí? ¿Entonces explícame la diferencia?
— Bueno es diferente porque… en realidad… es decir… es distinto… sí… porque… Bloody hell! ¡Y a ti qué te importa! ¡Además, quién quiere tener por amigo a un tercermundista sin clase, irresponsable, sin vergüenza, dependiente de los demás, esclavo de sus propios jefes, ignorante, desordenado, corrompido hasta tal punto que él mismo cavó su tumba, acabado, sin futuro…
— Enough! — rugió clavando su mirada furibunda en Kirkland y golpeando con ambas palmas la mesa del comedor— ¡No permitiré que hables así de Teodoro!
¿Teodoro? ¿Ahora lo llama por su nombre humano? Eso resultó mucho más de lo que Inglaterra deseaba oír, de lo que pensaba escuchar, de lo que podía soportar. Ese comentario, cual daga, atravesó su corazón sin piedad y lo dejó desangrándose como pocas veces había sentido en su vida
— ¡Bien! ¡Haz lo que quieras! ¡Pero ten en mente que tus acciones perjudicarán a los dos, especialmente a tu "Teodoro", pues cuando los descubran, su vida se convertirá en un verdadero infierno gracias a ti!— y como las otras ocasiones en las que fue lastimado de tal manera, blasfemó contra su victimario, escupió sobre el objeto de su dolor y salió expedito por la puerta, para que nadie reparara en las lágrimas que inundaban sus ojos.
…
Desde aquel momento en el cual me zambullí en esas aguas templadas, no hice ninguna otra actividad que bañarme en el río, gritar bajo la cascada, nadar, explorar las profundidades y dar largos paseos por las proximidades: todo un programa para relajar mi ser y alejarlo de las preocupaciones mundanas. Sin embargo, no todo resultó en paz, pues cada vez que levantaba la cabeza del agua, salía de la caída de agua me sentaba a tomar sol o me devolvía a mi tienda, allí estaba el Tepuy, observándome, recordándome los problemas que no me atrevía a enfrentar y, en una de esas me acorde de ese fatídico día, tiempo atrás, en un momento en que intentaba reconstruirme a mí mismo después de la azarosa guerra que tuve contra España.
Eran mis primeros años trabajando al frente y a disposición del gobierno de turno. Me encontraba entusiasmado, nervioso, dispuesto a realizar el trabajo de la mejor manera que mi propia alma me permitiera, y, a pesar de mi torpeza inicial, bajo la manga, guardaba unos dones que me allanaron el camino durante toda mi vida a falta de poder bélico: mi aguda intuición, mi capacidad de leer el ambiente y anticiparme a las acciones o palabras y actuar en conciencia y la "labia": el dominio de la palabra y el tono en todo momento para enfatizar, alegrar, entristecer, convencer, engañar, hacer dudar y alentar a mi interlocutor hacia mis intereses. Algo que aprendí de él.
Esa mañana temprano, poco después de incorporarme, llegó corriendo uno de los hombres que trabajaba para mí.
— Siento causar tanto escándalo señor, pero me dijeron que era urgente.
Escéptico, di las gracias por sus servicios y lo mandé a retirarse. No resultaba extraño tomara su respuesta con tal estado de ánimo: últimamente, cualquier información era urgente por las distintas discusiones que se efectuaban entre los líderes de la Gran Colombia y entre nosotros mismos como entidades de los países y hermanos. Yo era el más reticente a esa unión, pues siempre he ansiado la libertad y no me encontraba dispuestoa sacrificarla por una unión ante un mal que ni si quiera se había presentado aún*****.
Empero, cuando la empecé a revisar noté que no era una carta común: se había hecho con velocidad porque los sellos no estaban totalmente pegados y en la parte de adelante se localizaba lo más extraño de ella, allí donde aclaraba a quien se dirigía y de quien venía estaba impresa ni más ni menos la letra de Jaime: algo sumamente curioso pues nunca conversábamos de una manera privada y epistolar. Siempre a través de nuestros jefes.
Abrí el mensaje y lo leí lentamente. Es difícil explicar lo que sentí en aquellos instantes.
El papel, con letra desigual y saturado de tachones, denotaba que a Jaime le había costado escoger las palabras para expresarse, un suceso acaparaba tal atención en su mente que lo dejaba desprovisto de fuerzas para escribir, y no era para menos. Cuando descifré su mensaje lo releí varias veces, ya que no me creía lo que decía. Sentí cómo mi corazón se paraba. El pánico, la desesperación y la congoja me emboscaron ¡Sencillamente, no podía ser cierto! ¡No, no, no, no, no podía! ¡Debía ser una farsa! Miré a todos los lados, nerviosamente, y salí expedito e iracundo a que alguien me diera una explicación, porque aquella carta que se había escapado de mis manos y había flotado hasta tocar el suelo declaraba a viva voz que Simón Bolívar había muerto ayer en la Quinta San Pedo Alejandrino, en Santa Marta, a la una y siete minutos.
…
Matías no pudo imaginarse, ni en sus más alocados sueños, quién lo visitaría esa tarde, un día tranquilo, sin sobresaltos en el que había dado de comer a Kumanjiro y, ahora se disponía a transportarse a nuevos mundos desde el sofá de su casa a través de su libro, adquirido hace una semana.
No arribó a terminar la primera página antes de que el timbre sonara. Williams se levantó confuso, para luego, pasar a la sorpresa cuando abrió la puerta.
— ¿Alfred?
— Yo, bro! —antes que el canadiense terminara la acción, su hermano le había echado los brazos.
— What a surprise! What are you doing here?
— Visiting you. Don't see it?
Cual torbellino, Jones penetró en el hogar del otro, destrozando la vida apacible de sus moradores y con tal velocidad que, cuando el pelirrojo volvió a pestañar, ya lo tenía sentado en su sofá.
Jones charlaba sin parar, mas para el canadiense resultaba obvio que todo era una fachada que escondía su verdadero estado anímico: pesadumbre.
Williams ya conocía de sobra el ritual: iría a la cocina, mientras su hermano hablaba con las paredes (¿se percataría que en realidad no había nadie en la habitación?), buscaría un refresco en su nevera. Incluso tenía un espacio delimitado, siempre lleno de bebidas para estas visitas repentinas; se lo entregaría y se sentaría en el sillón de enfrente.
Al sentarse, Williams adoptó la postura clásica: piernas en ángulo recto, un codo apoyado en uno de los brazos del mueble mientras una mano descansaba en su mejilla: una posición casual pero estudiada. Con voz tranquila y ademán amable, empezó la ronda de preguntas —Vaya, hace mucho que no nos veíamos, has debido estar muy ocupado.
— ¡Un montón!
— ¿Te va bien?
— ¿En trabajo? Por supuesto, ya estoy a punto de terminarlo.
— Me alegra oír eso y… ¿Cómo esta Ve-ne-zue-la? —la primera parte de la frase la pronunció con un gesto de indiferencia. No obstante, al llegar a la última palabra, agudizó su mirada, descendió el tono de voz, emitió cada sílaba con claridad y lentitud, arrastrando las palabras, esperando la reacción de su gemelo, la cual no se hizo de rogar: sus ojos se ampliaron, su cuerpo comenzó a efectuar movimientos espasmódicos y risas nerviosas, para luego pasar de la furia a la confusión a la pena.
— ¡¿Venezuela?! Sí, sí, todo bien, jajaja. ¡Pero no lo entiendo! ¡Porque no me llama! Y ¿a qué viene eso de Inglaterra? No entiendo nada, nada —se llevó las manos a la cabeza, agobiado por tantas emociones juntas.
— Alfred, tranquilo. No grites. Un momento ¿Qué tiene que ver Inglaterra en esto?
— El otro día vino a mi casa —bufó, hastiado— con una actitud extraña. Al principio parecía excitado, como si no me hubiera visto en años. Después estaba totalmente nervioso y sin ningún motivo empezó a hacerme preguntas del estilo de dónde había estado y con quién. ¡Ni que fuera mi padre! Luego insultó a Venezuela y como le ordené que dejara de hablar de él así, que no tenía derecho, totalmente furioso, aulló que lo que estaba haciendo estaba mal por poner la vida de Venezuela en peligro por cuidarlo. ¡Pero qué demonios le pasa!
Matthew no pudo sino sonreírse mentalmente: Arthur seguía siendo un obtuso a la hora de expresar sus sentimientos, lo cual, sumado a la obnubilación de Alfred, creaba el ambiente perfecto para toda clase de malentendidos. Si además se le agrega que el inglés se desesperó al sospechar que el objeto de su amor dirigía su energía y devoción a alguien más, atacó sin misericordia a aquella persona que se entrometía en sus intereses, ello, por supuesto, conllevó a que el gringo defendiere al latino y esto terminó por destruir a Inglaterra y desatar su huida.
— Bueno eso no importa. En realidad lo que me… incomoda es que creo que tiene razón. Si los jefes de Venezuela se dan cuenta de que convivo con él… Oh God! —la voz de Alfred se infiltró en la mente del canadiense, sonando tan fuerte y clara que lo trajo de vuelta a la realidad.
— ¿No habías pensado en eso?
— Sí, e incluso me advirtieron al respecto, pero no lo había visualizado completamente.
Canadá contempló a su hermano con sorpresa e irritación. Era un idiota que nunca dejaría de sorprenderlo. Reflexionó seriamente si golpearlo o criticarlo hasta el llanto. Optó por la tercera vía: tapar su cara con su mano.
— ¿Y qué piensa Venezuela?
— Pues, por ahora no le molestó, porque no se queja pero… tampoco me ha expresado felicidad alguna por tenerme.
Williams bufó, fastidiado: si su hermano resultaba un inepto para el lenguaje corporal, Venezuela muchas veces callaba y ganaba información o no pensaba en como su comportamiento afectaba al norteño y él acababa de psicólogo como en estos momentos. De verdad estaba pensando ir a la facultad de psicología más próxima y demandar que le dieran el diploma: «¿Ah sí? ¿Y qué le hace pensar que lo merece?», «Llevo más de medio siglo tratando-aguantando a un egocéntrico hiperactivo con complejo de héroe que se mete donde no lo llaman, con la misma empatía que un pepino y con una capacidad destructiva, en todos los sentidos, terrorífica. Obsesivo hasta lo enfermizo, romántico, empalagoso, empedernido aunque lo niegue, drogodependiente de las aventuras: ese es mi hermano» —Bueno lo importante es que tus estés claro y decidido sobre Venezuela.
— ¿Decidido sobre qué?
— Ya sabes, sobre eso.
— ¿De qué hablas?
— ¡Del tema central de la conversación! ¡Lo que te trajo aquí!
— Matthew, realmente no se dé que estás hablando.
Los iris amatistas parpadearon varias veces para entender la situación y cuando cayó, quiso pegarse un tiro. Cerró los parpados con fuerza y profirió un grito. Escuchó cómo su pariente se dirigía a él, preocupado. Lo ignoró, se masajeó el puente de la nariz y suspiró: Alfred se encontraba en una etapa que él ya creía quemada hacía tiempo, pero el muy idiota no se había auto inspeccionado. Típico de su hermano en estos temas, y ahora le tocaba a él despertarlo de su letargo. Pero aun así tardaría mucho en darse cuenta, ¿es que no habría una manera de acelerar el proceso? ¿Un choque brusco que lo haga reflexionar? —A ver Alfred… Respóndeme, ¿qué sientes cuando estás con Venezuela?
— Pues alegría… ¡Sí! Mucha alegría.
—¿Sólo eso?
— Sí —contestó, inocente.
— ¿Y ahora que no lo tienes a tu lado?
— ¡Ah! De eso te quería hablar ¡Me siento horrible!
— ¿Cómo de horrible?
— ¡Imagínate que ni siquiera he jugado videojuegos desde que llegué!
— Wow!
— Sí, no consigo la forma de animarme. Mientras estoy en mi trabajo, todo bien, pero cuando llego a casa, muchos pensamientos acerca de él me asaltan como un batallón. ¡Qué agobio!
— ¿Y cómo va tu relación con él?
— En estos momentos, muy bien, si comparamos con antes. Arribó un momento en que parecía que nos íbamos a matar. Ahora nos reímos y hablamos.
Mathew siguió escuchando a su hermano hasta que este se descargó por completo de la opresión que albergaba en su pecho. Después pasaron a comentar temas más banales, agradables y chistosos. Sólo cuando la mitad del astro solar se deslizaba por el horizonte y el cielo se revestía de infinitos colores, Alfred se dispuso a irse, mas Williams fue esta vez quien lo detuvo en sus planes. «Es peligroso. Por favor, quédate».
El amante del sirope sabía que su gemelo se conocía cada palmo de la carretera con los ojos cerrados, no obstante, se trataba de un largo viaje y de noche, probablemente no pasaría nada pero era mejor prevenir.
Jones, que se estaba amarrando las trenzas de sus zapatos, volteó cuando el norteño le puso la mano en su hombro y le dijo esas palabras, incluso consiguió escuchar aquellas que no salieron de su boca: «hazlo por mí».
— La verdad es que me estoy muriendo de hambre, así que me quedaré esta noche y como recompensa de haberme escuchado voy a hacer yo la cena. ¿Qué te parecen unas ricas hamburguesas?
— Otra vez —mencionó con fastidio, mientras Alfred pasaba a su lado.
— Entonces que sea carne a la parrilla. ¿Tienes carne?
— En la nevera.
— ¡Bieeeen!
Suspiró, vencido, haciéndose a la idea de la larga noche que le esperaba. Su hermano nunca cambiaría. Levantó su rostro hacia el cielo negro. —Ay Inglaterra, tú que te ufanas de tu puntualidad, para las cosas relevantes siempre llegas tarde. ¡Cuánto te estuvo esperando Alfred! ¡Cuánto anheló una caricia de tu corazón! Mas tú te cerraste en banda por tu orgullo herido, miraste al otro lado y no te percataste del sufrimiento ajeno y, cuando decidiste abrirte, en el momento que quisiste entregarte, ya era demasiado tarde, pues su corazón empezó a latir por otra persona, aunque él mismo no lo supiera.
…
Después de cenar y lavar los utensilios, me tendí sobre la grama a observar la bóveda celestial que hoy, la última noche que pasaría en estos parajes, se presentaba especialmente brillante y hermosa. Maravillado, contemplé las estrellas con los ojos hinchados. Sí, hinchados de tanto llorar, ya que al rememorar el pasado las emociones me avasallaron como la primera vez.
Lloré, gemí, hipé, grité, maldije, sollocé y gimoteé hasta caer rendido en la tierra cada noche sin más fuerza que para cerrar los ojos. No importa cuántos improperios lance, todos se los llevó el viento, al igual que mi tormento. Por primera vez en mucho tiempo me encuentro en estado de calma y sosiego, no me estoy auto engañando, por fin me siento tranquilo.
Por supuesto que el camino hasta aquí no fue fácil: con cada paso me sentía exhausto. En reiteradas ocasiones la tentación casi me convence para que me devolviera o me dejara morir, pero de alguna forma u otra, reunía fuerzas, me volvía a levantar y seguía.
Valió la pena todo el esfuerzo, ahora soy capaz de romper las cadenas que me ataban al pasado y avanzar al presente, ya que al sumergirme en mis recuerdos me percaté que aquella Venezuela de la que yo tanto presumía ingenuamente, la que liberó cinco países, ya no existe, ni existió porque, en un arrebató emocional, olvidé todas las cagadas que hicieron cada uno de los actores que definieron mi vida (sin contar las que yo mismo produje, permití o ayudé a que se produjeran).
Sin embargo, también sucedieron cosas buenas: aquí se desarrolló la vacuna contra la lepra; yo fui el primer país latinoamericano en alcanzar la democracia, con incontables fallas y medio renqueando, pero democracia al fin; fui un lugar de destino para inmigrantes por mi economía, que daba oportunidad de ascender rápidamente. Musicalmente, siempre fui muy ingenioso e inventé varios estilos musicales, llegando a tener un propio repertorio de villancicos y canciones navideñas; y un largo etcétera.
Mi yo de hoy nada tiene que ver con el joven adolescente de la época de Independencia. Ya no me desplazo en caballo, ahora compro la comida en supermercados y tiendas especializadas. Para cruzar los océanos, utilizo mayoritariamente el avión (incluso dentro de mi misma casa). Me entero de lo que ocurre en el mundo por una caja que emite imágenes llamada televisor y, a veces, la uso para jugar videojuegos. Si quiero hablar con alguien está el teléfono, el celular o la computadora. ¡Y la guerra ni se diga lo que ha cambiado! Ya no se lucha con espadas y a cuerpo a cuerpo. En estos momentos se prefiere los aviones teledirigidos, las bombas y el ataque cibernético.
Es por ello que también he llegado a la conclusión de que mi gente me necesita de diferente manera, y es que no puedo evolucionar hacia un futuro mejor si gran parte de mi población lo único que hace es sobrevivir sin posibilidades de salir de una espiral de violencia que se repite generación tras generación. He de acompañarles, mostrarles que no están solos, exigir que no se les margine, garantizarles y conseguir que tengan una vida digna en la que puedan progresar y ser felices. Eso es lo que intentaré hacer una vez arribe a la capital.
A la mañana siguiente, luego de revisar por última vez la maleta, la cerré, observé el Tepuy que me había acompañado estos días y, con decisión, lo señale y grité —¡Óyeme bien! ¡Esto no se queda aquí! ¡Volveré! ¡Te subiré y desde tu cima me desgañitaré de felicidad! ¡Cuando retorne será porque todos mis problemas los habré solucionado y le habré demostrado al mundo y a mí mismo la fuerza que poseo! ¡No lo olvides!
…
Al cruzar las puertas automáticas que dividían la aduana de la zona común del aeropuerto; un joven que sobrepasaba los 1.75 metros de altura, con el cabello dorado peinado hacia un lado y con unos grandes ojos azules enmarcados por unos lentes de montura fina, suspiró con satisfacción por haber arribado a su destino. Con magnificencia, se percató que nada había cambiado en su ausencia y se deleitó por los pequeños detalles que normalmente pasaba por alto: el piso de baldosas multicolor que se intercalaba de un extremo a otro del edificio, las paredes de concreto con huequitos, las lámparas que guindaban del techo, el incesante flujo de personas que iban y venían, el alto parlante sonando cada tantos minutos con mensajes como «Iberia anuncia la salida de su vuelo 743 con destino a Madrid. Señores pasajeros por favor embarcar por la puerta numero tres», las personas que sostenían carteles con nombres de individuos a quienes esperaban identificar nada más salieran de la aduana, y los gritos de alegría, y las muestras de cariño provenientes de las familias, al fin reencontradas.
Definitivamente, todo era maravilloso.
— ¡Señor! ¡Señor! ¡¿Es usted Alfred F. Jones?! ¡¿Verdad que sí?!
El norteamericano se quedo pasmado con el mensaje a voz de cuello que escuchó a tras su espalda y que seguro captó la mitad del aeropuerto. Una sensación de corriente eléctrica recorrió su espina dorsal.
¿Lo había descubierto? ¿Sabían los jefes de Teodoro que el gringo llevaba meses viviendo con él? ¿Le habría pasado algo? No obstante, el tono de voz le indicaba que aquella persona pertenecía al sexo masculino y no debía tener entre diez y once años ¿Entonces, como es que conocía su nombre completo? ¿Se trataría de una treta para atraparlo y hacerlo confesar? ¿Qué haría?
No le quedaba otra: tenía que dar la cara y rezar que todo saliera bien.
Jones se volteó lentamente, confirmando sus sospechas: frente a él se encontraba un muchacho que empezaba a abandonar la infancia. Su cabello negro como la noche se estaba tan encrespado que cualquier peine que intentara domarlo moriría en el intento. Su piel oscura evidenciaba cuántos días había pasado bajo los inclemente rayos del sol. Pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos negros, brillantes como dos luceros que lo observaban con atención.
— Eres Alfred F. Jones, ¿verdad?
— ¿Cómo es que sabes mi nombre completo, muchacho?
— Porque la persona que me mandó a buscarlo me lo dijo y me enseñó una foto para identificarlo.
Alfred se agachó hasta quedar a la altura de los ojos del chico, agudizó su mirada y en un susurro le preguntó —¿Y quién te mandó?
— Su nombre es Teodoro.
— ¿Será, acaso, un joven de ojos claros, piel morena y cabello largo marrón oscuro?
— Sí.
— ¿Y por qué debería creerte? —su voz era apenas audible y sus párpados se entrecerraron, haciendo su mirada aún más penetrante, mas el preadolescente siguió impertérrito.
— Si no me sigues le diré a todo el mundo, ahora mismo, sobre la cara de pendejo que se quedó después de que él te alabara la comida y luego se burlara.
La representación de la nación norteamericana palideció de pies a cabeza y abrió los ojos como platos: eso sí que no se lo esperaba.
— Indícame a dónde tengo que ir.
Y, poniéndole una mano en la espalda, con una sonrisa que le tocaba ambas orejas, lo invitó a salir del aeropuerto.
El catire y el venezolano caminaron por un tiempo en silencio, bajo los rayos matutinos del astro rey hasta que el más joven se detuvo y el otro lo imitó.
— En la quinta fila de allá esta su carro.
— Gracias.
— ¡Espera! ¿Y mi dinero?
Jones, que se había alejado un poco siguiendo las indicaciones del muchacho, se volteó con expresión cansada. ¿Es que también tenía que encargarse de eso? ¡Pero si acababa de llegar! Sacó su cartera, tomó el billete más pequeño que encontró y se lo dio, pero al ver que el preadolescente seguía con la mano extendida, bufó y le dio más dinero.
Cuando el chico estuvo satisfecho, su rostro adoptó la característica mueca de quien se ha salido con la suya y corrió lo más rápido que pudo fuera de las manos de Alfred, que se lo quedo mirando hastiado. Desechó tales pensamientos y observó hacia el frente. Efectivamente, esa era la camioneta de Teodoro.
Sin saber por qué, empezó a sentir cómo una oleada de felicidad le recorría todo el cuerpo, y caminó hacia el carro. Su corazón empezó a latir más rápido, oyó como una puerta se abría y cerraba y unos pies se movían al maletero del automóvil. Corrió, una sombra se movió y al lado de las luces traseras lo vio aparecer. Alfred no lo dudo más: se le lanzo encima como un perro a su dueño.
— Hoooooola. Sí, yo también me alegro de verte, jajaja- ¡Ay! ¡Alfred, me vas a tumbar! ¡Dios! ¡¿Tanto me extrañaste?! ¡¿Qué te hicieron en tu casa que querías salir corriendo a la mía?! ¿O es que por fin admitirás que siempre fui mejor que tú?! — pero, al notar que el gringo no caía en sus bromas, que lo único que hacía era abrazarlo, Teodoro decidió seguir el ejemplo y se fundió en el cariño que el otro le proporcionaba.
Si fuera por Estados Unidos, se podían quedar así para siempre. Sin embargo, una alarma sonó fuerte en su mente: si alguien los reconocía, en aquella situación, la integridad de Venezuela estaría en peligro. Por ello, se separó bruscamente, haciendo que el latino lo mirara entre dolido y confundido.
— Al, ¿Qué…?
— Si nos ven, tendrás problemas.
Palacios parpadeo varias veces y entreabrió la boca al percatarse del error. —Voy a abrirte el maletero— y, dándose la vuelta, caminó hacia el puesto del conductor. —Por cierto, ¿tienes hambre?
— Un poco. ¿Por?
— Porque en la casa te espera un sabroso sancocho preparado por mí.
— Wohoo!
El moreno abrió la puerta, se sentó, la cerró, metió la llave con seguridad, la giró, el motor se puso en marcha. Inmediatamente, el más blanco de los dos se subió y se abrochó el cinturón, para diversión de su compañero.
— Teo, espera. Yo… como sabía que estabas deprimido, pensé que esto te podría ayudar —con cierta timidez, le extendió un paquete.
— ¿Esto es para mí? Gracias. —desconcertado, por un momento no supo qué decir —A ver qué es. ¡Oh! Un libro, y bastante pesadito. "El nacimiento de una gloriosa nación"—. El venezolano no necesitaba leer la contraportada para suponer de qué trataba. Pero, si aún albergaba alguna duda, el norteamericano ya se las estaba aclarando.
— ¡Es la historia de mi vida! Como te hallabas tan abatido y desorientado, en búsqueda de un nuevo rumbo en tu vida, un modelo a seguir... Pensé que, ¡qué mejor ejemplo que yo mismo!
— Vaya… Gracias… Seguro que resultará una lectura muy… Interesante —sobre todo para la silla de la cocina que se encontraba desnivelada, pensó—. Yo también te tengo un regalo.
— A ver… ¡Qué casualidad, también es un libro! A ver cómo se titula… "Cocina para principiantes. 5 deliciosos platos que no requieren ningún esfuerzo".
— ¿Qué te parece? —cuestionó, después de esperar un minuto a que el otro contestara.
— Ah bueno… esto es… inesperado… pero me gusta… sí, porque es muy útil.
— Mmm… ¿Creíste de verdad que ese era tu regalo?
— ¿Ah? ¡¿Qué?!
— ¡Picaste! Ay, Dios, ¡debiste ver tu cara! —y, señalándole con su dedo índice su rió estruendosamente, hasta que de sus ojos salieron lágrimas, hasta que el estómago le dolió, hasta que no le quedó nada de aire en los pulmones—. ¡Ay! No te pongas bravo. Aquí está tu regalo.
— Pero si es… —mencionó, con un hilo de voz cuando lo agarró. No podía creer lo que tenía entre sus manos.
— Es la ampliación de la saga que tanto te gusta. La probé en la tienda de video juegos y he de admitir que es finísimo, aunque dudé muchísimo en comprártelo porque como volvías a tu casa quizás lo comprabas allá. Bueno, como no dices nada me imagino que no te gusta y que me lo puedo quedar —con un movimiento repentino intentó quitárselo, pero Alfred reaccionó antes: se apartó y abrazó la carcasa como si fuera el objeto más preciado del mundo.
— ¡No! ¡Es mío!
— ¿Me lo vas a prestar?
— Sí, pero es mío.
Teodoro, sintiéndose poderoso por todo lo que era capaz de provocar en Alfred con unos simples gestos, sonrió con satisfacción, se acomodó en el asiento, volvió a encender el carro y enfiló hacia la salida del estacionamiento.
— Por cierto —susurró el norteamericano, al salir de su estupefacción—, ¿por qué si yo soy el que llegó de viaje, tengo que pagarle al niño que me guió hasta dónde estabas?
— ¡¿Te pidió dinero?! ¡Qué rata! Pero si ya yo le había pagado.
Y ¿qué fue lo que le contaste cuando cociné para ti y Colombia? —inquirió, cruzando los brazos, obviamente molesto y avergonzado.
— ¡Oh, nada! No le dije más que eso —respondió, indiferente. Para él, el asusto no requería más cavilaciones.
— Y ¿Porque me viniste a buscar? Es peligroso —Teodoro normalmente era una persona que evitaba los problemas. Por eso, esta acción, a los ojos de Jones, resultaba sumamente sospechosa.
— Porque quería —contestó con el mismo tono, descorazonando así a Alfred.
Salieron del estacionamiento en silencio. Palacios observó al apesadumbrado rubio por el retrovisor, suspiró y bajó la cabeza antes de subirla nuevamente —Al, te busqué no solo porque quería, sino también porque… te extrañaba.
Aquella frase despertó a Jones de su ensimismamiento, quien, atónito, volvió su mirada a la persona que le dirigió tales palabras, encontrándose de frente con la pupila caribeña decidida y petulante de Venezuela.
Notas:
*Lechúo: que tiene suerte.
**Mono: pantalones de tela que se utilizan para el deporte.
*** Papel toilet: papel higiénico.
**** Venezuela nunca fue una colonia importante para los españoles. Un ejemplo de esto es lo mucho se tardaron en permitirle a nuestro país la circulación de periódicos, en 1808 con La Gazeta de Caracas, mientras que en el resto del continente fue a finales del siglo XVII. Incluso se llega a especular que el Consejo de Carlos IV de España dijo que no convenía que se ilustrara a los americanos refiriéndose a los venezolanos
En el siglo XVIII, el supremo Consejo de Indias ordenó la requisa de todos los libros y papeles que habían entrado al país. Hasta permitió que se apoderasen de la correspondencia privada, "si ésta puede ser reveladora de planes contra el sosiego y obediencia de las colonias". En 1797, el Tribunal de la Real Audiencia de Venezuela dice que uno de los motivos provocadores de la rebelión fue "la introducción de papeles de las islas extranjeras y del viejo continente, a pesar de la activa vigilancia de las autoridades (información sacada de la maravillosa Wikipedia)
Esto significa que Teodoro fue sucesivamente ignorado por no decir violentado (además que nos tenían cierto temor), y creció falto de amor y bajo el yugo de Antonio. Aunque también cabría preguntarse qué tipo de "amor" era capaz de darle su conquistador. Por lo tanto, no resulta extraño que cuando alguien le presta un poco de atención, después de la desconfianza inicial, Teo cree una dependencia hacia esa persona y lo ponga en un pedestal.
¿Una conducta inmadura y peligrosa? Totalmente, porque al considerar a un ser como todo poderoso piensas que él o ella puede solucionar todos tus problemas, en vez de resolverlos tú. Prefieres depositar tu esperanza ciega en alguien, perdonar sus errores antes de exigirle.
Eso es en parte lo que le pasa a los venezolanos en la política: somos infantiles, elegimos a alguien y nos comportamos como un niño de tres años: papi tiene que resolver todo, papá no tiene defectos o yo no soy quién para exigirle nada. Que una persona te resuelva la vida es más fácil que hacerlo tú.
Resumen: Venezuela necesita crecer para dejar los gobiernos paternalistas. Y en cuanto a Teodoro…¡Abachen al pobre que necesita amor! ¡Mucho amor! (¿cómo es que después de un discurso tan serio paso a esto XD?)
*****Que yo sepa, uno de los motivos para crear la Gran Colombia era que Bolívar predecía que Estados Unidos se convertiría en una poderosa nación y esa unión de ex colonias servirían como contrapoder.
