¡Hola! ¿Cómo están? Yo por aquí descubriendo el mundo laboral después de acabar por fin la carrera mientras reflexiono sobre lo que me gustaría hacer con mi vida laboral. Todavía no se lo qué realmente me apasiona. Mi problema es que me gustan muchas cosas. Pero ahí voy, pasito a pasito, a veces desesperándome, a veces tranquila pero creo que es un proceso que la mayoría tiene que pasar.
Lamento no traer un capítulo muy alegre, pero el hilo argumental no me lo permite.
Sin rumbo I
Era un día soleado, uno inusualmente brillante en la otoñal Inglaterra. De esos que la ausencia de nubes alegra a los británicos hasta la propia euforia y no dudan de disfrutarlo al aire libre.
En un jardín trasero decorado al estilo inglés con sus verdes paredes, su chirriante uniformidad y sus flores delicadas y elegantes; en el centro, sentado en un mesa victoriana, se hallaba Arthur Kirkland saboreando su té y la compañía que le prodigaba cierto gringo que anteriormente había sido su colonia.
Lo había vislumbrado desde lejos triturando su timbre cuando volvía de una visita institucional, y aunque al británico no le gustaba que lo visitaran sin previo aviso, aceptó gratamente el argumento del otro acerca que hacía mucho tiempo que no se veían.
Kikland sorbió de nuevo su brebaje y observó al norteamericano. En el exterior, Alfred seguía siendo el mismo. Sin embargo, la representación isleña podía asegurar que algo en el muchacho había cambiado, ya que su postura corporal y sus modales frente a su antigua metrópolis habían mejorado, ahora le permitía acabar las frases antes de intervenir. Mas, lo que resultaba de especial interés para Arthur era lo que su presencia le hacía sentir a Jones, y eso, el gringo lo transmitía por todos sus poros: se hallaba enternecido.
Inglaterra sintió una alegría indescriptible al reflexionar acerca del tema mientras tomaba lo que restaba de su té; dirigió sus pupilas al rostro sonriente de Alfred, el cual se enmarcaba con los colores de la tarde, notó el vaivén de su corazón y como sus mejillas su encendían y le devolvió la mueca.
Ese era el momento. Lo sabía.
La sonrisa se le desvanecido del rostro, sus manos empezaron a temblar a la vez que una rabia crecía en su interior por no poder dominarse, vio de nuevo al frente y se percató por primera vez hacía rato que el silencio se había asentado en la mesa, su cobardía escaló por su cuerpo y se maldijo, porque sabía que resultaría imposible controlar el impulso de escabullirse de la situación como en tantas ocasiones había ocurrido.
—A-Alfred ne-necesito comentarte algo —abrió completamente los ojos. No solo había sido capaz de mantenerse sentado y hablar, sino que su voz incluso se había oído normal. Él mismo no se lo creía y por eso se sintió más fuerte y osado que nunca. Su miedo desapareció por completo. Por fin era dueño de sí.
—¿En serio? Qué casualidad. Yo también tengo algo que decirte.
—Comienza tú. —Con un gesto manual afirmó su mensaje, luego, cruzó sus brazos a la altura de su pecho, echó su cabeza hacia atrás y adornó su cara con una sonrisa llena de seguridad.
Jones parpadeó en varias ocasiones confuso y sorprendido ante el espectáculo. Tosió y giró el rostro apenado hacia un lado—Bueno la verdad es que esto es algo difícil de decir…
—Oh, que adorable —pensó arrobado Gran Bretaña ante la visión delante de sus ojos: la luz dorada vestía a un gringo con el cuerpo visiblemente rígido, los brazos y las piernas en jarra, la vista dirigida a la grama, levemente sonrojado y con un tono de voz bajo y cargado de espacios…
Kirkland decidió dejarlo terminar simplemente por cortesía y porque aunque sus deseos fueran otros, ese acto resultaba bastante improbable que lo volviera a atestiguar en un futuro a mediano plazo.
—Uno de los motivos relevantes que me empujaron a visitarte, además de saber cómo estabas, es que tengo quería decirte que…
—Qué… —mencionó para sus adentros cada vez más excitado e impaciente.
—Me voy a casar con Venezuela y quería invitarte a la boda.
Un viento frio rasguñó la cara y jaló el cabello al inglés, el cielo se oscureció y la hierba bajo sus pies se congeló.
—¿Qué? —murmuró falto de aire, pasmado. Habia oído las palabras, pero no las había escuchado. Su cerebro bloqueaba esa posibilidad.
—Te dijo que se va a casar conmigo hooligan. Límpiate esas orejas que el poco de cerote que tienes no te deja oír.
Todavía turbado, giró la cara hacia donde provenía la voz, descubriendo con irritación que el dueño de esta, el prometido de su ex colonia, se hallaba apoltronado en una de las sillas a medio camino entre los anglosajones.
¿Cuándo había llegado?
—¡Teodoro no le digas así!
—¿Pero, qué hice! —respondió impávido ante la mirada cada vez más encendida de su pareja—Ni que hubiera dicho una mentira ¿o sí?
El viento regresó y apresó a Kirkland, impidiéndole escuchar e intervenir en el resto de la conversación. Le angustiaba sentirse aislado de ellos, pero le aterraba más el hecho de que parecía que se habían olvidado de él.
De repente, en el torbellino de emociones, atisbó cómo la pareja se sonreía, Alfred agarraba la jarra de café y se alejaba. Entonces, como si los oídos se le destaparan escuchó el último comentario del gringo aunque ya había abandonado el lugar.
Arthur depositó sus pupilas en su invitado para examinarlo con desdeño quien le devolvió la mirada al instante. Luego, trasladó sus cuencas oculares a la silla vacía intentado ignorar al venezolano. Sin embargo, resultaba obvio que todavía lo vigilaba por el rabillo del ojo, actitud de la que Teodoro se percató rápidamente.
Entonces, el latino hizo algo que captó la atención del anglosajón, lo preocupó y enfadó al mismo tiempo: adornó su cara con una mueca sardónica.
—¿Y ahora porque sonríes? —escupió con rechazó pero sin poder evitar volverse para encararse ante ese gesto que consideraba una falta de respeto.
—Porque me di cuenta que obtuve mi venganza sin quererlo.
—Oh lord, save this poor, little child from his hallucinations —adoptando una mirada suplicante y una conducta melodramática, lanzó una plegaria al cielo para acentuar el carácter sarcástico de su frase.
Empero, Palacios continuó impertérrito luciendo esa acida expresión—. Siguete escondiendo detrás de esa fachada, a fin de cuentas, no sabes hacer otra cosa. Proclamas con vehemencia que eres el caballero más ilustre que ha pisado la Tierra, pero en el fondo no eres más que un cobarde y asqueroso pirata que no se atreve ni si quiera confesarle sus sentimientos a la persona que más ama. Pudiste haberme hecho mucho daño, pero el dolor que ahora estas padeciendo, esa agonía, no tiene punto de comparación con lo mío.
—…—sintió como el sufrimiento que intentaba retener se desbordaba por su interior. Se ahogaba. El manojo de rosas a las que dirigía sus pupilas empezaba a difuminarse. Estaba perdiendo el control de sí mismo y por culpa de una persona que constituía en su escala de valores la antítesis de un buen caballero. No obstante, no iba permitir que Venezuela lo manipulara de esa manera. Por lo que cerró sus manos y su boca hasta los calambres y consiguió apaciguar la tormenta por un momento. Mas, se encontraba demasiado agotado para contestar.
—¿Sabes lo que me parece aun más increíble? Qué tu jamás conocerás la textura y el sabor de los labios de Al. Seguro que has deseado responderte esa incógnita en numerosas ocasiones y ahora no podrás a menos que…pases por los míos.
El tono que Palacios utilizó en los últimos vocablos realmente estremeció a Arthur, y más se asustó al percatarse los pocos centímetros que los separaban y como estos se iban reduciendo lentamente.
Iba a besarlo, el venezolano iba a besarlo. Quería darle una chaqueteada, gritarle, empujarlo, patearlo, alejarlo o simplemente moverse para evitar lo que sucedería en unos segundos. Pero, para su espantosa sorpresa descubrió que su cuerpo no le respondía, se hallaba en un estado catatónico y Jones parecía que no volvería pronto.
Los latidos de su corazón le perforaban los oídos, sus pulmones trabajaban más aprisa, la adrenalina le tensionaba todos los músculos, y lo preparaba para una huida que no se efectuaría.
Y el moreno se acercaba más y más.
Y él, desesperado, le ordenaba sin éxito a su cuerpo hacer algo, lo que sea.
Y el aliento de Palacios era cálido y mentolado.
Y Arthur tuvo imperiosas ganas de llorar ante lo impotente que se sentía, porque no importaba cuanto peleara y se esforzara, no escaparía de su destino. Iba a ser besado estuviera listo o no y eso provocaba que se retorciera y se aterrorizara.
—Ahhhhhhhhh!
Súbitamente sus ojos lentamente le devolvieron una visión totalmente distinta: frente suyo una mesa y una silla de roble fino parecían esperarlo pacientemente a que trabajara sobre ellos como tanto acostumbraba. Encima del mueble, se hallaba firmemente parada la lámpara que le iluminaba cuando la luz natural declinaba.
Entonces, decidió pasear sus pupilas verdes absenta por la estancia y agudizar sus oídos. Definitivamente, ese era su cuarto y no había nadie más en toda la casa.
Afuera, el tímido sol otoñal se ocultó entre los nubarrones y la llovizna regó su jardín.
Una gota rodó por su mejilla y mojó el colchón. Él la observo desconcertado y se llevó una mano a su frente y otra a su pecho. Estaba totalmente sudado y se sentía miserable, lo cual, combinado a las emociones que ya cargaba, lograron que se derrumbara. Gimió, se cubrió los ojos con los brazos, se tumbo de nuevo en el colchón, maldijo, gritó y lloró con fuerza.
Desde que había visitado a E.U.A su vida se había convertido en un tormento del que conseguía, a medias, escabullirse con eficacia y elegancia. Cualquiera que le viera y le hablara no se percataría de su conflicto; sin embargo, cuando a su hogar entraba, sus nuevas inseguridades, sentimientos y dudas se deslizaban por un resquicio, invadían su mente y lo secuestraban en el momento en el que silencio y la soledad lo arrinconaban. No comía ni dormía suficiente desde hacía meses, pesadillas como esa ahora consumían su existencia. Y Arthur se fustigaba a sí mismo por su naturaleza tan impresionable, por permitir que una persona tan débil y que sin buscarlo le provocara tanto mal.
La incertidumbre lo estaba destruyendo.
Ya no quería vivir así, no podría soportarlo por mucho tiempo más.
Retiró sus brazos de sus cuencas oculares y entre sollozos, con la mirada fija en un techo desdibujado, su voz retumbó en la oscura habitación— ¿Y ahora que voy a hacer?
…
Abrió los parpados y sus ojos recorrieron perezosamente su habitación. Al final, no sabía si había conciliado el sueño o no pero poco importaba ya que no había descansado.
Se dio la vuelta sobre espalda y observó el techo con desgana.
¿De verdad creía que después de lo sucedido podría dormir? ¿En serio? Su conciencia se rió de él para luego abofetearlo. La imagen llorosa de Alfred embistió por enésima vez su mente, la culpa escaló por su garganta y su corazón se resquebrajó un poco más. Se sentía ruin por causarle tanto sufrimiento a…Ni siquiera se atrevía a definir la relación que compartía con el gringo. Esto sumado a la total confusión en torno al siguiente paso que daría lo mantenía en un estado de ansiedad e irritación permanente.
El anormal silencio de la casa lo oprimía. Se levantó con lentitud, pasó al lado del montículo de prendas que lo habían vestido durante la noche, agarró la camisa, la olió. El perfume de mujer todavía la impregnaba, la dejo caer en el piso con dejadez y sin volver la vista atrás abrió y cerró la puerta con delicadeza.
Ya en el pasillo, fijó su vista en la entrada al cuarto más cercano al suyo: el de Alfred. Era la primera vez desde que Jones se había instalado que había cortado cualquier posibilidad de acercamiento de Teodoro a través de encajar la cerradura con la puerta. Se trataba de un pequeño pero esclarecedor detalle que asombró, decepcionó e hizo sentir culpable a Venezuela. Se mordió los labios y arrugó con fuerza sus ojos en un intento de reprimir un largo suspiro. Entonces, depositó sus afligidas pupilas en el pomo, se deslizó con suavidad, dirigió una palma al pomo, se detuvo a la mitad y la retorno a su puesto, inclinó su pecho hacia la hoja de madera con un oído hacia esta pero, de nuevo paró a medio camino. Reanudó su camino hacia la planta baja, no sin antes regalarle una mirada suplicante al espacio donde el gringo se resguardaba.
En la cocina, prestándole atención a su estomago agarró una barra de pan, lochas de queso, jamón y una botella de agua. No se encontraba de ánimos para prepararse nada más. Su conciencia lo iba llevar a juicio estuviera listo o no y él había postergado la audiencia durante horas sabiendo a lo que se enfrentaría. Salió al patio y se internó en su bosquecillo privado, en el perdiéndose entre los arboles. Al arribar a la zona más tupida, se detuvo a las faldas de uno de los árboles y comenzó a separar la tierra hasta que pudo ver una argolla. Sonrió misteriosamente, sacó una pequeña llave de su bolsillo y la introdujo en la cerradura que se localizaba justo debajo de la argolla, cuando sintió que el cerrojo cedió al paso de llave, miró con atención a todos los lados, levantó lo menos que pudo el rectángulo de metal que hacía las veces de puerta y se metió por el mismo.
Una vez dentro, presionó el interruptor y con la nueva visibilidad que le regalo la electricidad cerró la puerta nuevamente con llave, asegurándose así que, en el remoto caso que E.E.U.U encontrara este sitio le seria imposible entrar sin un taladro, lo cual le otorgaría suficiente tiempo para salir, distraerlo y que olvidara el asunto.
Se volvió y comenzó a bajar las escalares. Mientras más se adentraba en el bunker más bajaba la temperatura. Dirigió su vista hacia el horizonte. Ante él tenía un largo pasillo adornado con distintos objetos: baúles, atriles con libros y manuscritos, banderas izadas y cuadros y mapas enmarcados. Todos dispuestos a sendos lados, estrictamente ordenados por épocas, obsesivamente pulcros y detalladamente descritos y explicados gracias a las anotaciones que reposaban a escasa distancia de estos.
La insana valoración y cuidado de aquellos residía en el mayor terror del venezolano: El olvidar.
Si alguien registraba las casas de las naciones podría percatarse que, en todas había un cuarto designado a guardar aquellas cosas que traían recuerdos fundamentales a la nación e individuo propietario de estos. Si se profundizaba, la mayoría, tenía esa habitación como mínimo completamente desordenada, ya que el trabajo de limpieza y orden arrastraba rememoraciones inmediatas y no deseadas y muy pocos estaban dispuestos revivir los momentos.
Empero, el país caribeño infligía deliberadamente la regla anterior por una buena causa, sobre él se cernía la amenaza de perder sus recuerdos, su identidad por el nacimiento de otra
¿Y que es una persona sino su memoria?
Ya había combatido tiempo atrás con otras personalidades por el control de su cuerpo, por ello se había preparado por si volvía a ocurrir, sacando sus pertenencias más preciadas y dejando instrucciones encriptados y escondidas en lugares que el solo encontraría. No se iba a arriesgar a que alguien o consiguiera sus pertenencias con una pequeña búsqueda y las quemaras por alguna razón que él desconocía.
Pasó sus dedos descuidadamente por todas las banderas que lo habían representado sin mirarlas directamente. Se aproximó a un baúl, lo abrió con sumo cuidado y con el mismo esmero levantó las telas que cubrían el objeto que allí guardaba. Cuando por fin los colores desgatados de la prenda saltaron a sus ojos, un brillo nostálgico que se instalo en ellos. Tocó la tela con dulzura y la abrazó contra su pecho con temor, del baúl sacó unas viejas hojas que constituían el documento en el que España aceptaba que era un país independiente. Sus labios se curvaron con satisfacción, dejó la tela y los folios, cerró el baúl y siguió andando. No obstante, interrumpió su camino un poco más adelante y acarició el marco que resguardaba los vestigios del cuatro que lo acompañó hasta la Guerra Federal. Entonces, se tiró en el sofá de cuero negro que se encontraba a mitad de la estancia y rodeado de fotos enmarcadas en la pared, suspiró derrotado, puso los alimentos a su lado y empezó a preparar su almuerzo.
Este sería un largo día.
…
Observó de nuevo la visión que le presentaba el espejo del baño sobre sus ojos desvelados e hinchados. Palpó sus parpados y una mueca de dolor recorrió su rostro. A su alrededor flotó otra vez el aura melancólica que había aparecido poco después de haberse levantado.
No le gustaba lo que veía en el espejo, pero no hizo nada para cambiarlo: no tenía ni fuerzas ni interés.
Entró en su cuarto y descubrió con desgana lo desordenado que lo había dejado después de su ataque de ira. Miró hacia ambos lados, buscando sus lentes. De repente, entre el espació formado por la mesa de noche y el piso, un brilló atrajo su atención. Jones levantó con cuidado el mueble, recogió sus anteojos, los limpió con su camisa, los colocó en un sitio seguro, se levantó y siguió su camino. Al llegar al marco de la puerta, posicionó su mirada al frente, la habitación de Teodoro. Contempló la estancia vacía sin creérselo
—¡Esta mañana regresó de una de sus citas y ya se ha vuelto a ir a otra! ¡Y después de lo de hoy! ¡De lo que me hizo! ¡A mí! ¡¿Es que no le importo?! ¡¿No le importa cómo me siento?! ¡No, claro que no! El muy maldito…—pensó mientras temblaba.
Rugió, gruñó, le chirriaron los dientes, golpeó la pared con su puño, giró sobre sus talones y raudo anduvo hacia la escalera dispuesto a enfrentarse al venezolano sin reflexionar en las consecuencias. Sin embargo, en el primer escalón paró in situ y desanduvo el camino gracias a una llamada de emergencia de su orgullo.
—Son of a bitch —murmuró entre dientes y cerró de un portazo.
Sorteó los objetos, se acostó en la cama ignorando olímpicamente como su estomago clamaba por comida y se metió por completo debajo de las sabanas enroscándose como un ovillo.
Estados Unidos era cortes en el exterior, pero, en el fondo, le no le importaba en lo más mínimo los demás: lo que ellos dijeran, opinaran o hicieran le traía sin cuidado a menos que el tema fuera él o que lo pudiera perjudicar.
Él siempre tenía razón. La verdad absoluta. El mundo, su mundo únicamente se evaluaba bajo sus valores. Sus valores eran los mejores y, por ende, sus hábitos y estilo de vida también.
Los demás, sobre todo los latinos, eran inferiores por aferrarse a principios que regían sociedades anquilosadas y primitivas. Sin embargo, ellos—se decía a sí mismo—no debían preocuparse, ya que él les mostraría el camino correcto. Algunos lo habían acusado de racista e imperialista, no obstante, ellos no comprendían el bien que él les estaba regalando. Ya se lo agradecerían.
Otra cosa que debía recordar resultaban los negocios que cerraba en esas tierras.
Quizás eso fuera lo más relevante.
No, era fundamental. Los negocios supeditaban el resto de los ámbitos. Por ejemplo, aunque a él le encantaba defender y promulgar su ideología, esta quedaba subyugada ante el capital a obtener en una nación con un sistema dictatorial. Incluso, él mismo promovería ese régimen con tal de salvaguardar sus intereses.
Cada tanto había alguien que ignoraba sus consejos y araba un camino poco recomendable…En ese momento, buscando el bien para ambos, se adueñaba de la situación y la viraba hacia donde correspondía. Ellos lo llamaban imperialista. Él, héroe.
Eso era lo que pensó durante la primera mitad del siglo XX. Eso no quiere decir que las décadas restantes su pensamiento tuvo una transformación radical, ni mucho menos, pero si admitía que, desde que Kennedy entró en la Casa Blanca, algo cambio ligeramente. Algo en su interior empezó flexibilizarse.
Los latinos, en general, tenían que aprender los valores correctos para poder desarrollar una sociedad ejemplar, y si no querían, él se los enseñaría a la fuerza. Sin embargo, había uno que escapaba a esa norma, una nación inclasificable dentro de la escala: Venezuela, la republica al norte de Suramérica siempre logró escindirse de ese grupo por diversas razones.
Cuando lo conoció, presentaba un estado autoritario aterrorizante para sus ciudadanos y perfecto para sus transacciones, no obstante, Teodoro se saltaba reglas vitales de convivencia frecuentando mujeres casadas y solteras sin comprometerse con ninguna.
¡Hasta sus jefes lo imitaban! ¿O él emulaba a sus jefes?
Pero los negocios iban viento en popa y él únicamente podía explicarle, protestarle y regañarle por su mal habito. Mas, el venezolano jamás mostró el menor signo de arrepentimiento, para su desconcierto. Solo una vez abrió la boca para oponérsele y esa bastó para zanjar el asunto permanentemente.
Se encontraban sentados uno en frente del otro separados por una mesa de madera en un local de comida casera. Él, como en todas las anteriores ocasiones, estaba explicándole porque ser mujeriego atentaba contra la civilidad cuando atestiguo un largo y cansado suspiró procedente de su «alumno» seguido de la palara «aburrido».
—Excuse me? —Parpadeo varias veces pasmado. Había perdido el hilo de su argumentación.
Venezuela, que en ese momento se hallaba tomando su cerveza, depositó la botella en la mesa y dirigió sus pupilas al extranjero— Es aburrido.
—What? —dijo cada vez más ceñudo y afectado por el cometario.
Palacios volvió a agarrar su bebida y la sostuvo en aire tintineándola mientras entrecerraba sus ojos, que adoptaron un brillo burlesco acompañado de una sonrisa en la que se entremezclaban la pena y la ironía—. Es aburrido porque tiene una vida aburrida. Pobre. Podría ser divertido, pero usted mismo se limita.
—¡Mi vida es muy divertida!
—¿Ah sí? —Levantó una ceja—. Según lo que me cuenta, usted nunca rompe las reglas tanto las pautadas por su persona como las de la sociedad. Apuesto a que nunca ha sentido esas cosquillas en el estomago ante la posibilidad de que lo descubran en la fechoría, a la vez que se ve más inteligentes que los demás por haberlos engañado. Esas ganas de rozar y traspasar los límites, ir más allá de lo establecido.
Él no contestó con palabras pero su leguaje corporal exudaba una completa perplejidad. Venezuela, a sus ojos, encarnaba la locura misma
—Me lo imaginaba. He de admitir que a mí las reglas me producen urticaria. —Tragó todo el contenido de la botella y fue a pagar la cuenta mientras el norteamericano terminaba de interiorizar lo que acababa de escuchar.
¡Y encima lo había dicho con esa desfachatez!
En ese momento comprendió que aquel muchacho resultaba un adefesio grotesco pero interesante.
Y él había olvidado esa conclusión ¡Qué iluso! ¡Qué idiota! Era obvio que Teodoro jamás había respetado las normas sociales de cortejo, siempre era un ser preciado por muchos y obtenido por nadie. Él buscaba su satisfacción. Se divertía un rato y cuando la relación se enseriaba huía despavorido.
El venezolano nunca le había ocultado esa faceta suya, más bien la utilizaba como jolgorio en sus conversaciones. Y él se reía de sus historias.
Definitivamente había sido un completo imbécil por enamorarse, por creer otra cosa.
Esto ya no le hacía gracia.
Para nada.
Como adicto en periodo de abstinencia, sentía que se iba morir ¿Cuándo Venezuela se había convertido en su droga personal? Apretó sus puños hasta que sus venas se observaron a simple vista, cerró sus ojos con fuerza y lloró aun cuando sus ojos le escocían
Entonces recordó otro hecho. A finales de la década de los 30 entre la mejora económica y que el primer mundo se despeñaba hacia una de las peores masacres de la humanidad, él escapó hacia el sur buscando calma de espíritu. Compró un boleto de barco rumbo a Venezuela. Para él, no resultaba ningún secreto que sus expediciones a Latinoamérica, en general, constituían unas pequeñas vacaciones en medio de su trabajo debido a que en esa latitud la realidad se dibujaba tan pintoresca a sus ojos que lo distraía de cualquier tarea.
No aviso a ninguna autoridad de sus intenciones y a su llegada formó un revuelo tal que hasta él se apenó de su acción.
Lo hicieron esperar en una pequeña sala, la primera que pudieron encontrar en condiciones. Él le daba la espalda a la puerta y desde su asiento contemplaba complacido el ajetreo de la ciudad. El Sol ametrallaba las nubes que le impedían su paso, mientras el aire montañoso lo refrescaba en suaves oleadas. Aspiró profundamente: se sentía libre, tan libre como la gente que paseaba ante su vista. No obstante, también percibió la angustia subyacente de un pueblo que camina en el sendero oscuro de la transición. Empero, no pudo cavilar más.
—¡Al! ¡Alfred! —La angustiosa joven voz lo devolvió de golpe a la realidad. Abrió sus ojos y giró sobre la silla, descubriendo ante sí el dueño de los pasos que atrajeron la atención de todo el edificio. Venezuela, semi-doblado y con las manos apoyadas, jadeaba por el esfuerzo. Pasado un tiempo, se enderezó y tosió. Él lo observó con mayor detenimiento: era la primera vez que lo veía con el cabello desordenado, la ropa fuera de lugar y el sudor perlando su piel. Simplemente adorable. El estadounidense adoptó un gesto de ternura en su semblante y caminó hacia donde se encontraba el latino.
—Alfred ¿Ya…? —comenzó preguntar pero se detuvo en seco ante el pañuelo que le tendió el otro. Una pregunta se dibujó en sus pupilas.
—Sécate un poco —contestó con dulzura—. Me alegró de verte Teodoro. Se nota que por aquí las cosas van bien. Te ves mejor.
—Gracias. Bueno estoy comiendo mejor —respondió con orgullo—. Sí, hay mucho trabajo. No sabes todo lo que hemos hecho dese que Gómez murió. En estos tres años se han creado partidos izquierdistas y comunistas, se han mandado a disolver y se ha decretado la expulsión de sus dirigentes ¡Porecitos acababan de volver y ya se tiene que ir! ¡Han abierto varias sucursales de bancos extranjeros! ¡Se han creado varios hospitales y sindicatos! ¡Se está promoviendo la lactancia materna! Se creó el Instituto Nacional de Estadística ¡¿Sabías que en total somos unos 4 millones de venezolanos?! ¡varias emisoras de radio han iniciado sus emisiones! ¡Se crearon varios ministerios como el Ministerio de Sanidad y Asistencia! ¡Ya jugué mi primer partido de futbol contra Panamá! Perd pero… ¡Igual lo jugué! ¡¿No es genial? ¡Solo es cuestión de tiempo para que le gane! ¡Ah! ¡También se puso en funcionamiento mi Banco Central! ¡¿A que tú nunca imaginaste que yo tendría un banco a nivel nacional?! ¡Yo tampoco! ¡Y la Ley de Defensa contra el Paludismo! ¡Y la música! ¡Por fin ha resurgido! ¡Estoy tan feliz! Bueno como te contaba lo del Paludismo, creo que con las investigaciones de todos los institutos que hemos abierto para el tema de las epidemias en unos diez años…
Palacios lucía completamente excitado, lanzaba las palabras sin parar como ametralladora, se expresaba con movimientos exagerados, saltaba, sus ojos brillaban, su sonrisa resultaba radiante, todo su ser emanaba luz. Jones nunca lo había visto en así, siempre lo circundaba la apatía y la cautela, por ende, en este momento había quedado deslumbrado ante la exuberante muestra de emociones del interlocutor, tanto que su discurso se convirtió en un zumbido agobiante.
—Teodoro, stop, stop —balbució totalmente abrumado por la ingente cantidad de información—. De verdad has hecho todo eso en un lapso de tres años. No me lo creo…Es decir, hace tres años estabas en el siglo XIX sufriendo constante epidemias de enfermedades tropicales y ahora me dices que…
Entonces, Estados Unidos presenció otro cambió impactante para su memoria: el paso de un Teodoro atento y expectante a uno muy disgustado— Así que no me crees, no crees que yo sea capaz de trabajar tanto como tú. Seguro piensas que soy un flojo ¡Pues para tu información no lo soy! ¡Te lo demostraré!— El catire, ante el repentino y brusco viraje de la situación tartamudeó unas palabras de disculpa. No se hallaba preparado para tantas experiencias nuevas. Sin embargo, el venezolano, desoyendo los suaves vocablos y olvidando completamente las normas diplomáticas y sociales, asió una mano del gringo y lo jaló con determinación hacia el exterior.
¿Y aquella vez que el venezolano le puso la mano en su hombro mientras lo convencía de que cortara relaciones con Republica Dominicana después del intento de asesinato al jefe de Palacios. Los argumentos esgrimidos por el latino resultaban certeros: no solo se trataba de un ataque efectuado un gobernante recién elegido, sino que fue el pueblo en su ejercicio democrático quien lo escogió, lo cual elevaba la agresión, como mínimo, al rango de «inaceptable y condenable». Además, según las propias palabras del gringo, Venezuela era un aliado estratégico en Latinoamérica, y si permitía que el acto quedara impune ¿Cómo sería visto en el mundo el Programa Alianza para el Progreso*? ¿Con que ojos podría mirar al resto de los países? ¿A la URSS y a Cuba? Tampoco tenía que enemistarse por siempre con Republica Dominicana con unos años bastaba, solo era un toque de atención.
Alfred sabía que su interlocutor llevaba razón. No podía objetar nada porque también salía favorecido del asunto. No obstante, para él lo fundamental no se encontraba en el debate y si en la cercanía del cuerpo latino al suyo, en lo cálida que era su mano y lo agradable del perfume que le arribaba por detrás.
¿O esa ocasión que Teodoro se mostro preocupado por la primera reunión con España en más de un siglo? Se veía tan frágil y tan dulce.
Repentinamente rememoró todas las bromas que se gastaban, todos los momentos angustiosos que transcurrieron cuidando al enfermo, todas las tardes relajadas delante del televisor cuando Jones pasaba su brazo por los hombros del caribeño. Ahora se percataba de que fue él quien empezó con eso y como no se lo recriminaron, siguió efectuándolo hasta que se convirtió en una costumbre que el propio venezolano accionaba al recostarse en el abdomen y pecho del segundo; instante en el que el norteamericano descansaba su mandíbula en el cabello del otro. Jamás hablaban ni se miraban a los ojos, únicamente permanecían en esta posición respirando la paz que la otra persona les otorgaba; excepto una vez y con ella aprendió a mantenerse a una prudente distancia del latino cuando veían un partido de beisbol, y como no hacerlo después del puñetazo que le metió el moreno en la barbilla cuando el equipo se declaró ganador.
Y todos los abrazos que se regalaban cada mañana al encontrarse y darse los buenos días.
¡Cuánto necesitaba esos brazos ahora!
Empero, los hirientes vocablos que Teodoro le había gritado horas antes retumbaron en su cabeza y vislumbró su rostro agrio luego de relucir su argumento final acerca de sus relaciones con las naciones árabes de la OPEP «Alfred soy tu aliado no tu esclavo, en consecuencia, te apoyo y te apoyaré pero también soy libre para buscar mi propio beneficio. Estoy harto de que tú y Rusia miren al mundo como un gran tablero de ajedrez. No voy a permitir que me traten como una pieza más de su perverso juego»
No estaban en un cuento de hadas, su amado no era una princesa a rescatar y él no encarnaba al príncipe gallardo y valeroso dispuesto a morir por ese «y vivieron por felices para siempre». No, Venezuela era un joven sumamente atractivo al cual le encantaba satisfacer sus impulsos y que nunca perdía la oportunidad cuando se le presentaba, de eso daba constancia la mirada que le regaló a la cajera del cine, a la azafata, a una transeúnte; la sonrisa galante a una dulce muchacha que se estrenaba como cantante a la que el cuatrista le había fallado en el último minuto y él se había ofrecido para remplazarlo; las palabras a la mesera, a la gerente de una tienda y a la hija del dueño de una importante compañía; el guiño a una periodista y el silbido a una llanera.
Golpeó el colchón furioso. Se desgarró la voz. Pateó la pared. Se sentía ultrajado, engañado y humillado de la manera más vil. Pero, sobre todo agónico. Teodoro lo había seducido al igual que a todas aquellas féminas, había jugado con él como lo hacía con los demás. Y él lo había cuidado, se había desvelado por él, le había regalado su tiempo, amor y energía. No iba a volver a cometer dicho error ¡Para nada! ¡Lo iba…lo iba! ¡Ese venezolano se iba a enterar de quien era Alfred F. Jones!
…
La angustia lo estaba matando. Culpa suya hallarse en esa situación, lo sabía muy bien: se había vuelto a escapar de las garras de su consciencia durante el almuerzo y ahora no conseguía zafarse de las mismas.
—Debería ir a disculparme y acabar con esto de una vez —se dijo, mas inmediatamente se retractó—. Pero, ¿por qué debería hacerlo? No es que fuéramos esposos ni pareja.
—Pero quizás le hiciste creer que si o que le amabas ¿O es qué olvidaste lo cercano que eras con él? El código que ambos tejieron estos meses, esas bromas que únicamente ustedes entendían, el tiempo que juntos pasaban o lo que se confesaron —acusó su voz interna.
—Eso lo instigó Jaime.
—No me juegues quiquriguiqui**.
—De acuerdo ¿Quieres que entone el mea culpa por todo lo alto? Es mi culpa, mi absoluta y completa culpa, ¿ok? Me arrepiento de haber confundido con mis acciones a Alfred. De verdad que lo siento, pero chamo no es raro que uno se apegue a una persona si vive con él varios meses. Voy ahora mismo a disculparme, a explicarle que todo fue un malentendido y que sigamos siendo amigos.
—Párate, pues.
—Ahí voy. —No obstante, sus piernas no le respondieron— Ya voy. —Pero su cuerpo lo desobedeció de nuevo. Suspiró derrotado.
—Ahí te quería ver yo bichito. Te querías ir por debajo de cuerdas en esta discusión. Eres un cobarde.
—Solo estoy cansado. En otro momento se lo diré, tengo que ordenar mis ideas.
—¡Ordenar mis ideas un coño! En el fondo no te atreves a decírselo porque no quieres que se desamore de ti ya que a ti también te gusta muchísimo, cuidado si ya no lo quieres. Hace un tiempo que ustedes pasaron de ser algo más que amigos. Que él no lo sepa vale, es un caído de la mata, pero que tu sepultes tus propios sentimientos es de cobardes.
—Yo no…
—No empieces a hablar paja. Di que no lo quieres en voz alta, que no te gusta siquiera un poco.
—Yo…yo…yo…es que…es que…no es eso…es ¡Ah! —Desesperado, se revolvió el pelo con brusquedad para luego golpear la pared con su puño— Cállate, cállate, por favor, cállate —murmuró quejumbroso, abrazó sus piernas y metió la cabeza por el hueco que quedaba.
Un silencio mortuorio se aposentó en la estancia tétrica e intentaba entrar a los oídos de Palacios, mas estos se encontraban ahogados por los ecos de su corazón. Zapateó el piso continuamente durante unos minutos, hasta que su cuerpo se relajó, entonces su consciencia volvió a hablarle.
—¿Te acuerdas cuándo lo conociste? —inquirió con tierna nostalgia.
—Si…No me quitaba la mirada de encima como polilla a la luz. —Rió complacido. Su pecho se calentó sutilmente.
—Aunque tú también pensaste que era bastante atractivo —agregó con complicidad.
—Por supuesto, pero no me quede embobado como él. —Sonrió entre divertido y orgulloso— Lo que si me sorprendió fue que él se diera cuenta de que me estaba yendo mejor desde que Gómez murió. Siempre pensé que no le importaban los demás o que se trataba de una persona groseramente despistada, pero en el momento que hizo ese comentario y me tendió su pañuelo descubrí que mis conjeturas resultaban erróneas. Esa acción me encandiló por un momento y no supe cómo continuar —afirmó con cariño, mientras suavizaba su mirada.
—No creo que erraras, simplemente contigo actúa de otra manera, sino recuerda como se dirigía al resto y lo que subrepticia y no tan subrepticiamente transmitían tus hermanos acerca de las conversaciones que mantenían con Al. Cuando comentaba su forma de tratarlos siempre le adjudicaban el adjetivo de «cortes», no «amable» ni «considerado».
—Si…—susurró entre indeciso y nervioso. De repente, se aliviano—. Lo mejor fue cuando lo arrastré por toda la ciudad para que creyera en mis palabras. —Rió avergonzado— ¡Por Dios! Estaba más sensible de lo normal en esa época, me deje llevar y ni siquiera presté atención a normas sociales. Qué pena…—Cada vez que rememoraba el suceso lo avasallaban sentimientos contradictorios y no podía evitar medio sonreír y rascarse la cabeza.
—¿Y cuando no eres impulsivo? —Su consciencia mantenía su buen humor. No dudaba molestarlo con tal de mantener el buen ambiente.
—Oye, me he atemperado con los años— le reprendió con la broma entre los labios, así Teodoro se relacionaba con los demás. Siempre había una segunda interpretación de la situación—. Pero si, desde que tengo memoria he sido de esta manera.
Palacios se hundió de nuevo en las profundidades de su espíritu, escudriñando las características que lo representaban, lo que lo había moldeado, lo que le brindaba paz e inquietud; y salió flote con otra historia.
El remordimiento que sentía por sus acciones ganaba la guerra, los escudos de la autocompasión resultaban demasiado débiles a esta hora de la tarde— Él siempre es directo conmigo al contrario que yo que zigzagueo que jode. Él es tan honrado alrededor mío, tan cabal.
— Y eso es muy difícil de encontrar entre nosotros.
—Totalmente, y siempre cumplió con su palabra si me encontraba implicado en el asunto. —Soltó un lastimero gemido— Aún recuerdo cuando engañamos a Rusia y a los demás países; ni se diga de la cara que le quedó a México después. —Rio con lagrimas en los ojos— Eso fue para educar a mi hermano.
—Sí claaaaaro, y yo soy la reina de Inglaterra —dijo con sorna.
—¡Zape gato! Nada de nombrar al hooligan en mi casa. La cara de México en esa ocasión fue…Creo que no durmió esa noche. —Se carcajeó durante unos minutos hasta que un memento enterró su quebradizo y frágil humor: el día que él se encontraba ordenando meticulosa y obsesivamente la entrada del hotel donde se alojaría su antigua metrópolis. Con ánimo febril y concentrado, repartía órdenes y regaños a sus subalternos en un inconsciente e inútil intento de disminuir su agitación.
Cuando las aguas se calmaron, correctamente, Venezuela se figuró que E.E.U.U había acudido en su busca harto de escuchar el repicar del celular y el silencio como respuesta. Palacios tenía sólidos motivos para estar furioso con Alfred, pero el que colmó su paciencia fue el golpe de estado de Chile y aquello no se perdonaba con la concesión—el manejo total y autónomo— de sus recursos naturales; por fin se había hecho justicia, pero para el venezolano eso no curaba lo antes mencionado.
Sin embargo, encerrado en un círculo vicioso desde que le comunicaron que España lo iba a visitar, se había olvidado de la arrechera que lo impregnaba cada vez que pensaba en el norteamericano. Y cuando este arribó a su lado y le tocó el hombro, su increpación se entremezcló en el aire con la estupefacción.
Tardó en salir de ese estado
—Hola —saludó Jones claramente incomodo e indeciso.
—…
—¿Porque todo este barullo?
—…
—¿Sigues molesto? —Su cara mudaba acorde con la agitación que le producía la situación—. Mira Teodoro…Esto…Yo no me…
—¿Qué haces acá? —balbució retomando el control de su cuerpo— ¡Tengo mucho que hacer! ¡España va a venir y esto no está listo! ¡No lo está! ¡Tengo que apurarme! —Se giró ignorando a su visitante y mirando a los lados nervioso, examinando su lista mental y su ideal con la realidad— ¡Ay Dios! ¡Faltan un bojote de cosas!
—Señor Teodoro.
—¡¿Qué?!— bramó y fijó su exasperada vista en el empleado que acababa de pararse en frente de él.
—Es que ya son las doce. Tenemos un poco de hambre. Es hora del almuerzo.
—¡No puede ser! —Tan veloz metió la mano en el bolsillo del pantalón y sacó su teléfono que se deslizó entre sus dedos y chocó contra el suelo perdiendo la tapa y la pila del mismo. Palacios se abalanzó para recogerlos y comenzó colocar las piezas tan torpemente que no terminaban de encajar, lo cual lo desesperó más.
—Señor Teodoro.
Su cuello se movió de forma tan violenta y antinatural para mirar el reloj de la pared que él mismo se sorprendió que no se lo hubiera luxado. Suspiró derrotado admitiendo que el trabajador tenía razón y le permitió irse por unas horas. Venezuela no despegó sus pupilas de sus impacientes manos y del torpe intento de acomodar su celular, hasta que, unas blancas falanges tomaron el aparato y lo rearmaron. Entones, volvió a exhalar aire mirando al suelo, se levantó, se dirigió a una mesa cercana, agarró una lámpara de mesa, la transportó, la depositó en otra, la acomodó y comprobó que funcionan mientras rechazaba la invitación del rubio a almorzar.
—Yo invito.
—No ¿No ves todo el trabajo que aún me queda?
—Creo que ya va siendo hora que descanses. Te sobre esfuerzas.
—¿Cachicamo diciéndole a morrocoy conchu'o?*** —Una media sonrisa se dibujó en sus labios mientras observaba la luz artificial.
—¿Qué?
—Digo que lo curioso de tu frase es que quien critica al que se sobre expone al estrés del trabajo es el país mundialmente conocido como workholic.
Venezuela sintió como una de sus manos era abrazada por otra más grande y que lo obligaron a que se encarará—Vamos a comer —en tono imperativo, fue testigo del resplandor preocupado y decidido en el mirar del más alto y como lo jalaron al exterior. No opuso resistencia.
Una vez salieron del edificio, la republica caribeña sintió como el país norteamericano deshacía el agarre y colocaba la mano en su espalda para después bajarla y caminar a su lado, dejando entre ambos muy poco espacio personal. Empero, a Teodoro eso no le importó.
Alfred escogió una arepera para complacer a su amigo, mas este le manifestó su falta de hambre.
—Seguro que con estos olores se te despierta el estomago.
—Lo que tú digas —dijo taciturno.
— Teo, ¿cómo se llama esa arepa que tiene pescado?
—De cazón.
—¿Señor puede darme una de cazón y un refresco?
—A mí una dominó y un jugo de parchita****.
—¿Dominó? —su faz se transmutó a un signo de interrogación que dirigió hacia su acompañante que se mantuvo indiferente, actitud que perduró incluso después de que el angloparlante, sorprendido, le exclamara su confusión por los contradictorios mensajes que le enviaba. La Republica únicamente elevó los hombros como respuesta.
— ¿Y bien? ¿Porque la visita de España te altera tanto?
—Hay mucha gente. —Palacios masticaba sus alimentos lentamente como si alimentarse resultara una tarea y no una necesidad.
Como si la silla llevara un resorte incorporado, el gringo aterrizó de un salto en el suelo y comenzó a caminar raudo. Venezuela suspiró y lo siguió desganado.
Se adentraron en un parque bastante arbolado. E.U.A movió su cabeza hacia sendos lados analizando el lugar y la cantidad de personas a esa hora marcada por el astro rey a través de taladrar la cabeza de todo ser vivo que se atreviera a caminar bajo sus rayos. Repentinamente se detuvo, entrecerró sus ojos agudizando su visión y reanudó su marcha. En el momento que se topó con el banco más alejado de la vía principal y más ocultó por el follaje, quitó de un manotazo las hojas que allí descansaban y se sentó acabando con su comida de un bocado.
Venezuela ocupó su lugar con cansada desgana y dio un pequeño mordisco a la arepa.
—¿Todavía no has terminado tu arepa?
—No tengo hambre.
—Qué curioso…Pensé que una arepa te animaría ya que es un plato de tu gastronomía, pero quizás Colombia tenga razón y la arepa sea realmente suya.
—¡La arepa no es de Colombia! ¡Es ve-ne-zo-la-na! ¡Él es un copioneto! ¡Copió la arepa como lo hizo con la bandera! ¡Oíste! —Harto de escuchar semejante falacia en labios extranjeros por culpa de ingente inmigración neogranadina a todo el mundo, mordió sin piedad a Alfred e, inmediatamente, percibió el aura divertida de quien consigue su objetivo, de quien conoce a su adversario luego de tantas batallas y por fin sale vencedor de una. Palacios lo observó sorprendido, suspiró inclinándose hacia el piso e inmediata se recostó del banco no sin antes tomar y comer lo que quedaba de su almuerzo.
Contempló con melancolía la luz que se perfilaba en el resto del parque, las nubes que mansamente flotaban, los pájaros que trepaban de un árbol a otro y reparó en la pregunta de su amigo como un eco distante en el tiempo y el espacio.
—¿Qué te pasa con España?
El latino realizó un gesto vago con el brazo y giró la cabeza hacia Jones —Hace mucho que no nos vemos.
—Entonces, la noticia debería alegrarte ¿no?
—No precisamente. En realidad no sé ni cómo sentirme al respecto. —Se frotó los parpados y descansó los brazos en las piernas— Hace tanto, pero tanto tiempo que no nos vemos.
—Cuarenta años no es tanto, bueno quizás para ti sí.
—¿Cuarenta años? Querrás decir más de 150.
A Estados Unidos de América no solo se le deslizaron los lentes por su tabique nasal, sino que rebotaron en la grama ante la alarmada mirada de su dueño, quien urgido los rescató y examinó—Pe…pero eso no puede ser cierto, debe haber alguna equivocación en tus cálculos.
—No hay ninguna equivocación en mis cálculos Alfred.
—Pero a México lo ha visitado antes, te lo digo yo.
—Claaaaro porque es México. México el perfecto, el de carácter templado, el hijo diligente y trabajador, el modelo a seguir, el favorito. —Su voz se tornó amarga, su rostro se oscureció y apretó con fuerza sus puños— Mientras que yo soy el irreverente, el sin porte, el ruidoso, el impetuoso, el salvaje, el bruto del cual hay que siempre desconfiar, la causa perdida desde todo punto de vista.
—Pero México no es como tú lo describes; él también es impulsivo, flojo para algunas cosas e inmaduro.
—¡Pero delante de padre no! ¡Frente a España se comportaba como las normas sociales dictaban! ¡Yo ni intentarlo podía! ¡No sabía cómo hacerlo y en mi interior dicha acción significaba ir contra natura! —Entrecerró los ojos y fijó sus penetrantes y centelleantes pupilas en un punto indeterminado. La presión en sus puños había aumentado— Ahora estará con él. Puedo ver su asombrado rostro ante lo que mi hermano le estará enseñando, juntará sus palmas, su faz se iluminará y afirmará con su voz cargada de orgullo «Lo has hecho bien». —Su cuerpo se movía al compás de su imaginación, actuando con precisión y emoción.
—No creo que realmente le diga eso. —Venezuela se percató que su amigo había reducido la distancia entre ellos— No creo que México tenga algo que enorgullezca a España.
—¡¿Cómo que no?! Tiene un montón de bibliotecas, museos, teatros, tradiciones y costumbres, un casco histórico amplio y cuidado, una vida cultural boyante, una industria musical y mediática fuerte. Ni que decir de sus industrias y cómo exportan.
—Y también tiene mucha inseguridad, miseria, desempleo, problemas de marginación social y huelgas. Y gracias a Dios que descubrieron los yacimientos de petróleo que tienen un respiro. No sé cómo era España antes, pero acaba de salir de una dictadura de muchos años y lo que quiere no es hacer turismo por Latinoamérica, sino que otros gobiernos democráticos lo legitimen. Sobre todo, él anhela una democracia transparente y estable. Él está buscando modelos para imitar y tú eres perfecto.
—Pero ¿y los ranchos? Aquí también hay pobres —aseguró indeciso.
—Pero mucho menos que en México. Aquí la gente puede caminar tranquila casi en cualquier lugar, la diferencias sociales no resultan tan abismales, las oportunidades de ascensión social son increíblemente mayores, tus instituciones funcionan, tienes una economía y nivel de vida envidiable. En Latinoamérica todos quieren emigrar para acá, tu democracia es bastante solida y un faro en estas tierras. —Teodoro estaba impactado por la vehemencia de sus palabras, el firme agarre a sus hombros, el brillo animado de sus claros ojos, la segura sonrisa. Sus argumentos se habían desmoronado y tal resultaba la confianza que transpiraba el otro, que tímidamente se atrevía a creer.
—Pero…
—Si lo que te preocupa es el tema cultural. Tú seguro tienes con que pelear ¿Hay algo que él disfrute en especial? —Con gestos lo alentó a rebuscar en su memoria.
—¡La música! —dijo sorprendido de la revelación.
—¡Perfecto! ¡En eso eres muy bueno! Solo necesitas organizar un concierto con el mejor repertorio y listo.
—Tienes razón —mencionó cada vez más alegre.
—Por cierto, ¿ya tienes lista la ropa?
—Tengo trajes de sobra, pero estaba pensado que debía comprar uno para la ocasión. Además, no me vendría mal remodelar mi vestuario. Pensaba primero ver por aquí y si no comprar en el exterior, aunque creo que al final iré directamente a comprar a Italia.
—Bien yo te acompaño. —Venezuela vio como el gringo rodeaba su cuello con su brazo y entre risas le realizó una pequeña llave.
—Pero que metiche eres —agregó en el mismo estado, mientras fingir darle un puñetazo en la cara.
—Metiche no, el precio por consulta psicológica.
Estallaron en carcajadas. Alfred por el orgullo y la dicha de lograr que el moreno recuperara su buen humor. Teodoro al comprobar que siempre tendría al estadounidense como su tabla de salvación cuando el momento lo ahogara.
Cuando retorno a la realidad, se levantó con la vista empañada y sin una clara resolución.
…
La luz del refrigerador se extendía por toda su cara. Ya tenía el almuerzo calentándose en el microondas, pero todavía no se le ocurría que quería tomar. Observó la jarra de agua durante un tiempo y una sonrisa torva se asentó en su rostro. Cerró la nevera principal y abrió otra dedicada a preservar los licores.
Su mano cuidadosamente apartaba las botellas no convencido de lo que veía hasta que llegó al fondo. Allí, una botella estilizada captó su atención. La agarró, la sacó y la estudió: se trataba de un licor de finísima calidad del que aún quedaba un poco más de la mitad. Le dio la vuelta y leyó la inscripción. Un whisky de 25 años, el mejor del mercado. Entendía perfectamente porque Teodoro lo había escondido tanto y lo paladeaba lentamente.
Una mueca torcida se dibujó en su faz a la vez que depositaba la botella en la mesa y buscada su plato, abrió la botella, se sirvió el primer trago y se lo echó en la garganta. Quedo maravillado ante la sutileza del sabor, la suavidad, el aroma y el regusto de la bebida; así que sirvió otra copa y brindó por «la lección que le regalaría a su victimario»
Luego de unos cuantos tragos, Jones había saltado de la sobriedad a la etapa depresiva sin pasar por la euforia. Ahora balbuceaba insultos mezclados con preguntas sin respuestas dirigidas a quien creía su agresor. Sus ojos le escocían, gemía adolorido y golpeaba la mesa con sus puños— You mother fucker! You! Why?! I givesh you all! You hearsh me! —Golpeo su pecho y vociferó con violencia— All! —engulló lo ultimo del whisky y arremetió contra mesa haciendo que el vaso se rompiera en el suelo en miles de pedazos. Miró el desastre causado, y, arrastrado por sus impulsos, cogió el plato y la botella y los estrelló contra el piso con todas sus fuerzas para después patear la silla la cual rebotó, resquebrajó una pequeña parte de la cerámica cercana al fregadero y rayó la puerta del compartimento que lo sostenía.
Tambaleándose, salió de la cocina con los dientes chirriantes— You don't desherves my love! —gritó esperando una reacción, mas solo le respondió el silencio. Tragó grueso y no pudo detener de nuevo las lagrimas las cuales las secó con rapidez—Son of a bitch!— Estaba determinado a no llorar más por él.
De repente, se percató que el sofá se le insinuaba.
…
Cuando regresó a la casa, la luz había sido expulsada. La oscuridad lo cubría todo en una noche sin luna ni estrellas. Desde el marco de la puerta intentó captar cualquier indicio de actividad, mas todo parecía suspendido en el tiempo. El silencio resultaba extraño y aterrador; estaba seguro que la luz no se había ido por los rayos que le llegaban de la cocina. Eso le calmaba un poco.
Entró con sumo cuidado esperando a que sus ojos se acostumbraran y procurando realizar la menor cantidad de ruido posible. No tenía ni idea de donde se hallaba su compañero y con el susto de la mañana había sido suficiente. No obstante, una vez atravesada la sala con el televisor, escuchó los ronquidos de Alfred. Vislumbró su espalda descender y ascender lentamente— Me siento como si estuviera en el cuento de «Las habichuelas mágicas» —pensó sin saber muy bien como sentirse por lo absurdo de la situación. Optó sonreír por el reto inesperado que debía asumir—. Tengo que dar cinco pasos más y estaré al inicio de la escalera. Una vez este allá, caminaré lo más pegado a la pared siempre con la vista puesta en Al ¡Puedo hacerlo!
Sin embargo, al poner la punta de su pie izquierdo en el suelo, el sonido de un vidrio quebrándose se expandió por toda la habitación. Palacios dirigió asustado sus ojos a la figura en el sofá, rezando por que su sueño fuera lo suficientemente pesado. Jones se removió, se acostó sobre su espalda, apoyó un brazo en el mueble y reanudó sus ronquidos.
El alma de Venezuela regresó a su cuerpo.
Confundido por encontrarse un vidrio a mitad del pasillo siguió el rastro de cristales, enojándose más y más al distinguir a qué habían pertenecido. No obstante, se crispó al descubrir que parte de los destrozos comprendían su botella de whisky de 25 años de su marca favorita— ¡Era un regalo! ¡Coño e' la madre Alfred! —afirmó internamente y suspirando varias veces para calmarse. Sin embargo, su vista continúo investigando la escena y al localizar la silla, la grieta en la cerámica y la raya en la puerta, el rugido en su garganta se convirtió en un gemido de cólera.
Una vez limpiado el desastre y ya en calma con su espíritu, anduvo hacia las escaleras, puso el pie en el primer escalón, se quedo inmóvil por unos segundos y cambió su rumbo hacia el sofá donde Jones todavía dormitaba. Este se hallaba acurrucado, resguardándose del frío que sentía.
La nación caribeña lanzó un lastimero suspiro, buscó una cobija y lo cubrió con una delicadez a que rozaba la devoción. Tal acción provocó que el más alto se relajara. Este respiraba tranquilo, ajeno a la desazón del venezolano. Palacios acercó sus manos a los lentes del catire, paró a la mitad consciente del cariño que profesaba su dueño a las mismas y lo sensible que se mostraba ante cualquier daño o posibilidad de perdida. No deseaba que la riña entre ellos creciera.
Desde los cristales de los anteojos contempló la hinchazón de los párpados, la humedad de las pestañas, el brillo de las mejillas y la boca entreabierta aspirando el aire que no obtenía por la tapada nariz— Lo siento mucho Alfred. —Posó una mano en uno de los cachetes y la acarició con ternura, borrando los rasgos de lagrimas. A esa distancia, el olor a alcohol resultaba palpable.
—Teo…
El susodicho ensanchó los ojos impactado y se acercó todavía más a aquellos labios que lo llamaban— Dime —musitó intrigado. Escuchó con suma atención los balbuceos ininteligibles. De repente, Estados Unidos mudó su rictus relajado a uno de concentración y Venezuela, sabiendo pronto expelería un mensaje fundamental relacionado con su persona, redujo el espacio a unos pocos centímetros. Entonces, el norteamericano abrió la boca un poco más, el caribeño contuvo el aliento y Jones eructó.
—¡Foooo! ¡Guácala! ¡Lávate lo dientes, carajo! ¡'Tas podri'o! ¡Por Dios Alfred! ¡Y yo pensando que ibas a decir algo importante! ¡No joda, no me vuelvo a pegar de ti en la vida! —le recriminó y se regañó internamente mientras se apartaba bruscamente, se paraba y subía las escaleras.
…
Poco a poco fue recuperando la consciencia. Permitió que la luz entrara por sus pupilas y su cerebro armara la información que le iba arribando. Se sentó, sintió la jaqueca, se masajeo las sienes, miró hacia lo que su mano agarraba desconcertándose al instante: una manta. En el sofá no había una cuando él se acostó y él no la buscó— ¿Teodoro lo cubrió? ¿Lo cuidaba? ¿Por qué? ¿Será que compartía sus sentimientos? ¡No! —Se quitó la sabana con desprecio ante ese pensamiento y caminó a la cocina siguiendo el olor de la comida.
—Ya despertaste —lo saludó viéndolo con el rabillo del ojo—. En la mesa esta tu desayunó. Te hice un sancocho con una viuda para el ratón que debes tener después de la pea que te echaste. Al lado tienes la mantequilla por si… —Venezuela perdió las palabras al sentir con un liquido corría por su cuerpo, pedazos de comida caían a su lado y la arepa era colocada en su cabeza— ¡¿Qué coño estás haciendo?! —respondió visceral, encarándose con violencia. Gotas de sopa volaron de su cabello a los electrodomésticos y la arepa acabó en el suelo junto al tembloroso plato de plástico.
Jones se mantuvo firme. Observó el espectáculo y a quien lo adversaba con fría ira— No tengo hambre —siseo desdeñoso.
—¡Eres un desconsiderado! ¡Limpié el reguero que dejaste ayer y te cociné un buen sancocho para bajar tu dolor de cabeza y tú tienes las bolas de echármelo encima!
—¡¿Yo?! ¡Tú eres el sin vergüenza! ¡Yo preocupándome de tu seguridad! ¡Llamándote incontables veces! ¡¿Para qué?! ¡Para recibir tus desplantes como respuesta y un engaño del que te sientes muy orgulloso! ¡Eres un canalla!
—¡¿Cual engaño, Alfred?! ¡Ni que fuéramos pareja! Tú y yo no somos novios.
Ambos se sorprendieron y se miraron fijamente absorbiendo lo que aquellos vocablos significaban, para luego desviar las pupilas: Palacios no sabía si arrepentirse de lo que acababa de manifestar, mientras que Alfred se le aprisionaba todavía más el corazón
—Aun así, seguro que eras consciente de mis sentimientos hacia ti. Tú siempre fuiste el perceptivo de los dos y no tuviste la delicadeza de rechazarme ni sensibilidad al tratarme. No, más bien los insuflases con tus constantes coqueteos y batidas de pestañas de las que tanto te ufanas. Jugaste conmigo por cuestión de ego y cuando te cansaste, buscaste otra persona que llenara ese vacío.
—¡No es así…! —Chilló desesperado.
—¡¿Ah no?! ¡¿Y cómo es, entonces?!
—Yo, yo, yo…—Clavó sus claras pupilas en el catire deseando que le creyera pero sin poder dar ninguna explicación.
—Dime que me amas. Discúlpate por tu actuación y quizás, solo quizás, te perdone.
Su interlocutor abrió sus ojos para después girar su cara hacia un lado con la frustración pintada en su cara.
—Lo sabia —sentencio con una amargura vomitiva.
Ese «sabia» mató a Teodoro por dentro.
—¿Te vas a disculpar por lo que hiciste con la cocina?
El estadounidense lo penetró con la mirada.
—Sal.
Los siguientes días, Venezuela presenció y sintió un distanciamiento progresivo y sostenido de Alfred hacia su persona, lo cual constituía una frialdad y rudeza permanente.
Jones se había apagado para no sufrir por aquel al que había dedicado su energía y amor y lo había denigrado. Se había prometido no volver a llorar por él. Tenía que cumplir su venganza y no podría ejecutarla con las emociones ahogándolo.
No obstante, tampoco podía actuar libremente: estaba terminantemente prohibido cancelar cualquier tipo de convenio político, económico o social que mantuviera con la nación caribeña. En consecuencia, Estados Unidos centró su estratagema en pequeñas pero precisas acciones que no solo irritaran a su víctima, sino dificultaran su vida. Así, primero comenzó con gastarle toda el agua caliente en puntales momentos como a la hora de asearse o lavar los platos; luego continuó con el olvido intencionado de comprar comida suficiente para dos personas a la vez que le recordaba diariamente a Yusmelis cuáles eran sus alimentos. Por supuesto que Palacios no se percató de la cuestión hasta que la señora de servicio le advirtió «Señor Teodoro no hay comida para preparar el almuerzo». Para complicar la situación todavía más, los días de mercado Alfred agarraba el carro desde bien temprano y volvía cuando el reloj daba las 12 del mediodía. El contraataque más obvio a esta táctica residía en realizar las diligencias con el 4x4 con el que había viajado a la Gran Sabana, mostrando de esta forma una imagen de fuerza a través de una actitud indiferente hacia los obstáculos que el gringo le ponía. Empero, aquello resultaba una terrible idea, ya que pasearse con un jeep en Caracas llamaría la atención, lo que menos necesitaba en ese momento; ergo, tuvo que recurrir a la segunda opción: competir sobre quien dormía menos para adueñarse del carro.
Pero lo que le mortificó fue la soledad hostil que transpiraba a todas horas después que el gringo comenzó a evitarlo y le quitó la palabra. No importaba a que habitación entrara, ni en que mueble se sentara ni la actividad que realizara el norteamericano, Jones se levantaba silencioso y se largaba del lugar. Al principio, Teodoro lo ignoro, después intentó hablar con él y, al final, lo increpó furioso y adolorido. Aquello empeoró el ambiente.
—¡Pero bueno Al! ¡¿Es que me vas a rehuir toda la vida?! ¡¿Y en mi propia casa?! —grito una tarde cuando el dedo del más blanco se posicionó en el botón de «apagar» del control remoto de la televisión de la sala.
El susodicho detuvo la acción, giró su rostro lentamente y enfocó a su interlocutor con sus ojos. Sus pupilas se encontraban vacías, carentes de vida— Te prohíbo que me llames por mi nombre. Tú y yo ya no somos amigos. Únicamente me podrás llamar por mi nombre oficial —sentenció, regresó a su posición inicial, cambió de canal y centró su atención en el partido de futbol americano.
A pesar de lo ocurrido y la atmósfera que respiraba continuamente, el venezolano había avanzado muy poco en su auto inspección: él reflexionaba las veces que su consciencia le pedía, mas realmente nunca hacía un verdadero esfuerzo, la sola idea lo paralizaba.
De una de esas venía, cuando, al salir de su búnker privado, escuchó la voz de quien había trastocado su vida en los últimos meses. Se tiró al piso con suavidad y se arrastró conteniendo su respiración protegido por el follaje.
— Si, si, él ya está bien. Todavía no se ha reincorporado al trabajo pero pronto lo hará, así que no creo que haga falta que siga aquí —el catire hablaba con el ceño fruncido por su celular dándole la espalda a la ventada del cuarto del venezolano. Se comunicaba a un volumen que no permitía que los vecinos se enterasen de la conversación pero si quien él creía que se encontraba en la habitación.
El caribeño arrugó su faz ante la evidencia de que Alfred intentaba mantener el contacto a raya aunque hipotéticamente no se hallara en el patio ¡Espera! Su ex amigo estaba volteando su cuerpo y… ¡¿Estaba mirando hacia su cuarto?! Amplió al máximo sus cuencas oculares, la euforia se instaló en su cara y ahogó el grito de alegría entre sus manos ¡Todavía había esperanza! El gestó que lucía Jones al observar el cristal no era nada amistoso ¡Pero había dirigido su vista hacia allá! ¡Aunque tratara de negarlo, en el fondo aún esperaba algo! ¡Él podía mover ficha! ¡La partida no estaba acabada! ¡Él podía lograr que lo perdonara! ¡Y entonces…entonces…!
—¿Eso cree? Bueno la verdad es que cuando lo visité, se hallaba en un estado de salud crítico y pese a que ha mejorado sustancialmente, seguro que sus defensas siguen algo débiles y podría sufrir una recaída. Está bien, me quedaré un mes y medio más para ver como progresa y en el momento que el médico le dé el alta me iré.
La felicidad se le congeló y su rostro fue conquistado por el nerviosismo, la desesperación y el miedo. Le quedaban exactamente 61 días de convivencia con el gringo y todavía no había resuelto sus propios sentimientos. En 1440 horas y 5184000 segundos tenía que decidirse, trazar un plan, captar la atención del rubio y lograr que lo perdonara. No era mucho tiempo y le espantaba el hecho de enfrentarse a sí mismo. Sin embargo, perderlo le aterrorizaba aun más.
* Programa Alianza para el Progreso: la Alianza para el Progreso fue un programa para el desarrollo socioeconómico de Latinoamérica aprobado por la Organización de Estados Americanos (excepto Cuba) el 17 de agosto de 1961. La conferencia que tuvo lugar en Punta del Este (Uruguay), a instancias del presidente estadounidense John Fitzgerald Kennedy. El hecho de que Cuba no firmara finalmente el acuerdo fue motivado por la esencia del mismo, que pretendía fundamentalmente evitar la extensión de los principios políticos que pudiera aportar al resto de Latinoamérica la Revolución Cubana liderada por Fidel Castro.
El plan, diseñado para el periodo comprendido entre 1961 y 1970, buscaba la cooperación y ayuda mutua de los estados firmantes, el refuerzo de sus comportamientos democráticos y la redistribución justa de la riqueza obtenida con la inyección económica que procuraría la inversión de los 20.000 millones de dólares previstos. El fracaso de la Alianza estuvo en relación con la falta de realización de las necesarias reformas agrarias y fiscales de los países así como en la propia dirección de la política exterior estadounidense, que suspendió determinadas ayudas y abuso del intervencionismo en algunos estados.
Viva Yahoo Respuetas que lo explica mejor que yo XD.
** Quiquriguiqui: no me hagas trampas, no me manipules, no te vayas por las ramas, no te hagas el tonto, etc.
*** Cachicamo diciéndole a morrocoy conchu'o: un cachicamo es un armadillo, un morrocoy es una tortuga terrestre. Básicamente significa que alguien realiza una observación o critica algo a una persona mientras el mismo posee el defecto criticado. Como el cachicamo y el morrocoy tienen concha (caparazón), ninguno puede acusar de al otro de conchudo.
****Jugo de parchita y arepa dominó: la parchita es la maracuyá. También posee una connotación negativa, ya que llamar a un hombre "parcha" es una forma denigrante de espetarle que es homosexual. En principio yo no pretendía mandar ningún mensaje subliminal con eso ¿Será que mi subconsciente me traiciona? O.o XD
La arepa de dominó contiene caraotas con queso blanco duro. El queso suele ser bastante salado y las caraotas dulces.
*****Arepa vuida: arepa que se usa como acompañante de otras comidas.
