Harry Potter no me pertenece. Cualquier nota se encuentra al final del capítulo. Gracias a Alex Daniel por ser mi Beta Reader.

Fluviales Vidae. — El Flujo de la Vida — Capítulo 2: Numero Diecisiete.

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"Las casualidades, a ojos simples de la gente desprovista, simples situaciones que ocurren por mero azar; ninguna planificación o intención se encuentra tras de ellas. Sorpresas; Imprevistos; Meras coincidencias. Sin embargo, hay quien dice que en la realidad, las casualidades realmente no existen. "

— ¿Te gustaría otra rebanada de pastel, Harry?—

Harry asintió, luciendo contento con la rebanada a medio comer en sus manos, el platito y la cuchara de postres olvidados a un lado. Si al Señor Prince le molestaba eso como a Tía Petunia, no lo mostro. El señor alto y serio que compro la casa del N° 17 lucia a simple vista muy intimidante. Aparte de ser muy alto –más que el Tío Vernon, y él era la persona más grande que Harry conocía–, tenía el cabello negro y liso, y los ojos de un intenso pero brillante gris–verdoso, como las monedas viejas que un compañero le dio a Tío Vernon de regalo porque 'eran muy valiosas'. También usaba barba, y parecía una de esas personas elegantes de las películas. En un principio, Harry había estado asustado. Claro que sí. El Señor Prince se había girado a él con una mirada que daba mucho miedo, los ojos estrechados y afilados, casi como si estuviese cortando algo con un cuchillo tan solo verlo. Una pequeña sombra había rodeado su rostro, y eso fue aterrador; en verdad muy aterrador. Harry sintió en ese momento unas horribles ganas de correr.

Le había dado mucho miedo.

Pero entonces, y fue una sorpresa –una sorpresa agradable–, El Señor Prince le mostro a Harry que no era una mala persona. Oh no, no señor. El Señor Prince era en realidad una persona muy amable. Tan solo era un poquito aterrador, como un gato molesto por algo. Pero no era malo. Hablaba con palabras largas y algo enredadizas, que Harry no entendía en su mayoría, pero su voz era tranquila y paciente. Suave y fuerte, como de los señores que Tía Petunia veía en la TV y que lograban dejarle una expresión tonta en su cara. El Señor Prince, pese a su reacción inicial, se había asustado al ver a Harry lastimado –Un momento. Asustado quizá no, Harry no pensaba que esa fuera la palabra; pero el Señor Prince actuó igual que los adultos del parque cuando los niños de daban un golpe feo y lloraban mucho. Le regalo una rebanada de tarta y se encargó de lavarle la cara y las manos, y también de limpiarle sus rodillas, que le dolían mucho porque se golpeó con una roca al caerse. Tuvo mucho cuidado, como tenia Tía Petunia al curar a Dudley cuando él se lastimaba jugando con sus amigos.

Harry no había experimentado algo así antes. Al menos no que él mismo recordase, reflexiono mientras comía otro bocado de la pegajosa y dulce tarta. La mermelada roja y purpura resaltaba mucho contra el mesón pulcro y blanco de la cocina del Numero 17; tan distinta a la del Numero 4. Bonita y moderna. Diferente, con gabinetes de tonos parejos de blanco y detallados negros. El techo de yeso blanco adornado por una lámpara de mesclaba con las paredes blancas, divididas a la mitad por una franja de un muy suave color café claro. Los pocos gabinetes que tenían algún color marrón tampoco se veían mal. Harry giraba la cabeza de vez en cuando para observar, curioso como un niño pequeño suele ser. Todo lucia bonito y simple. Le gustaba. Incluso había una ventana que daba al patio de atrás, y podía ver el césped alto y el gran árbol al centro de todo. Arreglado sería más amigable para las personas. Quizá así no volviese a caerse sin querer al escapar de alguien. ¡Oh! Cierto. No debía ir a jardines de otras personas a esconderse. No pensaba que al señor Prince le hiciese gracia si pedía permiso.

Jugueteo un poco con sus dedos. No quería enfadar al Señor Prince.

Es ese pensamiento le llevo otra vez a su punto inicial. El Señor Prince pregunto en todo momento si el tacto con los trapos le dolía, si le escocían las heridas, y si tenía otra lastimadura que atender. Hizo una mueca ante sus lentes arreglados pobremente con cinta adhesiva, y también su ropa más grande que su talla. Murmuro algo luciendo enfadado, pero no le entendió; sin embargo lucia preocupado, y Harry no supo cómo responder a aquello. Desde que recordaba, nadie fue nunca así de amable con Harry, ni actuó preocupado o molesto porque saliese lastimado. Era una experiencia nueva, y el sintió algo lindo tanto en el pecho como en la barriga por eso.

Se sentía cálido. Era un sentimiento bonito.

Y ahí supo, decidió sintiéndose firme, que el Señor Prince era una buena persona. Luego de su realización, Harry sonrió; Se sentía reconfortado y seguro de eso.

.

.

Con el niño pequeño comiendo pastel pacíficamente en su cocina, Salazar no hizo más que sacudirse las manos tras levantarse y procurar observar con atención su trabajo. El pequeño niño que se escondió en su jardín trasero tenía las rodillas heridas y un par de moretones. Sintió una pequeña punzada al notar aquello, recordando las muchas veces que estuvo en una posición no favorable frente a un grupo numeroso, fuese cual fuese su edad o situación. A diferencia del pequeño Harry o de sí mismo, Salazar bien conocía a alguien que siempre se mostraba orgulloso de sus "heridas ganadas". Un aventurero sin remedio, descripción que Prince empleaba con una pequeña sonrisa de afecto bien disimulado. Admirable por su profunda valentía y osadía, pero también una cualidad que podría llevarlo a una pésima situación si no se miraba por encima del hombro de modo constante.

«Y teniendo opciones de una carrera más segura…» Salazar exhalo. Aquel recuerdo le hizo querer rodar los ojos con un bufido. «Ese tonto.»

Bien, en el caso del pequeño, los raspones no eran nada que algo de alcohol médico, ungüento y unas tiritas no pudiesen solucionar. Tampoco eran algo salido por imprudencia, si no por aparente necesidad de supervivencia. Aquello le recordaba un poco a sí mismo, escabulléndose de los peleoneros más grandes, fuertes y mayores que él mismo. En ese entonces, aquel gran y bonachón tonto decía que era algo cobarde… por parte de los bravucones; nunca pareció que se enfadase porque él se defendiese escabulléndose, si no que Salazar no le llamase para pedir ayuda. Alegaba que "Siendo el más pequeño, Sal debe pedir ayuda si alguien quiere hacerle daño".

Negó de forma suave con la cabeza, recordando el ceño fruncido al afirmar aquello y sonriendo internamente.

«Gran tonto.»

.

El niño se había presentado de forma cohibida luego de que él adulto hiciera lo propio, disculpándose por su rudeza unos segundos atrás. Harry Potter era un niño pequeño, bajito y de rodillas nudosas; su cabello azabache, como el suyo, era un nido de pájaros desordenado que apuntaba a todas partes. Usaba unas gafas redondas y enormes para su rostro, medio sujetas por cinta adhesiva transparente para evitar que la montura callera de su nariz –y probablemente para que no se quebrara–; y con los cristales algo manchados y torcidos. La ropa del niño, que era varias tallas más grande y gastada de lo debería, tampoco fue una buena impresión. Sin embargo, el niño resulto ser una pequeña e inesperada sorpresa. Por lo que parecía tendría unos siete años –quizá ocho, si en realidad era de esas personas bajitas que crecían mucho en la adolescencia. Salazar mismo era una de esas personas. – Era muy listo, pese a perderse un poco en la conversación a causa suya. Salazar reconocía que cualquiera de sus conversaciones podían llegar a tornarse densas y algo pesadas por todo el vocabulario formal y variado que solía emplear constantemente. Gwendoline aprobaba aquello; Leonard siempre se burlaba de cuantas palabras solía usar al hablar, « ¡Pareces un Secretario de Tesorería, Salazar! Pareciera que nunca paras.». Rodo los ojos ante el pensamiento.

Sin embargo, no podía evitar alguna punzada de preocupación. Harry era de lejos el niño más pequeño, de aspecto descuidado y delgado que había conocido en largo tiempo – ¡Y eso que solo conocía a los hijos de sus colegas en la editorial! ¡Ni siquiera tenía sobrinos propios!

Ahora, dicho niño comía pastel de forma feliz, sentado en el mesón de su cocina con los cubiertos y plato olvidados a un lado de su actual ubicación. Por un momento, Salazar no pudo más que sentirse en blanco por tamaña experiencia. ¿Podría ser esta situación más extraña?

«No hay que tentar a la suerte.» Se recordó con firmeza. Salazar pensaba que no, era algo imposible que el momento se tornase más extraño, pero se negaba a tomar riesgos al llamar a cualquier energía del universo diciéndolo en voz alta. Si aparecía alguien vestido de forma estrambótica, sabría que estaba soñando. «Quizá me he dormido en el auto. O estoy muerto. O ambas…» Reflexiono distraídamente, sin estar muy seguro de sus opciones. Preferiría no estar muerto. Morir con el estómago vacío seguro sería un problema. Casi como recordatorio de ello, su estómago protesto, y Salazar aparto las reflexiones sin miramientos. Estaba más que listo para comer una rebanada de pastel el mismo. Quizá tenía por ahí algo de Té. «Quizá chocolate de taza. Dudo que Harry quiera café. ¿Habré traído leche?»

Unos segundos de silencio seco se instauraron en el cuarto. De forma tímida, una muy suave vocecilla floto en la cocina. — ¿Señor Prince?—Girando el rostro sobre su hombro, Salazar dejo a la licuadora funcionar mientras la leche en polvo se mezclaba—. ¿Se siente bien? ¿Paso algo malo?—Harry, con el rostro manchado de la mermelada de la tarta, le observaba algo confundido por el silencio que se cernió en la habitación.

—No. —Negó agitando la mano con la que sostenía los vasos—. Tan solo estoy pensando en algunas cosas. No te preocupes, ¿de acuerdo? —Con pericia solo dada por la práctica, acabo sirviendo un par de vasos con leche solo con una mano, mientras sellaba el tarro con la otra sin dificultad—. Dime, ¿Prefieres el Chocolate o el Té? Me temo que como adulto responsable, no puedo darte nada que contenga café. —Procuro sonreír ante la afirmación, delatando que era un pequeño chiste. Sin embargo, hizo acopio de todas sus fuerzas cuando los ojos del pequeño –extraordinariamente verdes, llamativos cual intensas esmeraldas– se iluminaron con sorpresa.

— ¿Puedo…? ¿Puedo tener Chocolate?—Inquirió el niño sorprendido. Gratamente sorprendido, noto el adulto con algo similar a un nudo en la garganta. —M-Mis Tíos nunca me han dejado tomarlo…—

Tíos. En silencio, procuro tomar nota del dato, juntando de forma leve las cejas sin darse cuenta. —Por supuesto que puedes tener una taza, y si te apetece puedo preparártelo caliente. —Afirmo de manera Cortez—. Salvo que seas alérgico al Chocolate. Entonces me temo que solo poder ofrecerte Té. —

El niño negó con la cabeza de forma rápida. Intenso. — ¡O-Oh! ¡No, No! ¡Chocolate está bien! E-Eh, ¿Frio, Por favor?—Pese a su malestar, Salazar considero la carita de cachorro algo gracioso. «Ah. Niños.» ¿Quién podría decir que no a eso? E incluso lo había pedido por favor.

Dio un leve asentimiento, sonriendo levemente mientras rebuscaba en las cajas frente a los gabinetes inferiores. Se permitió ser generoso con la lata de cacao en polvo. «Mhm… ¿Azúcar o Canela?» Salazar rebusco entre los frascos empacados en otra de las cajas de la cocina. Tenía algunas especias y otras cosas para preparar si quería beber algo. Recordó vagamente regaños similares, de conocidos o de amigos que quizá le regañasen, haciéndole poca gracia. Solía reírse y dar un pequeño guiño a sus compañeros: "Si no te atrapan, no ocurre nada." Era casi como una muy pequeña travesura, una tontería. Si alguno de ellos se preguntaba de donde venían ese tipo de comentarios de su parte, no lo expresaban en voz alta. Al menos no de forma seria. Comentarios a modo de broma sobre su sarcasmo salían a la luz de vez en cuando, sin embargo. De todos, para su sorpresa, era Hellie quien admitía que "lo encontraba particularmente entretenido." Verle a su hermana y a él debatir resultaba "un espectáculo por mucho interesante", según sus palabras. Pensar que solía ser tan gentil con todo el mundo. Seguía sin quedarle claro por qué le parecía divertido.

Harry observo a su alrededor, jugueteando con sus pies mientras el Señor Prince se mantenía ocupado. Desde el lugar en el cual se encontraba sentado, podía ver parte de la sala y el recibidor. La ventana de la cocina no daba a la calle Privet, como la de la sala, si no al patio posterior. La casa se parecía a su casa, tan solo un poquito. Las habitaciones seguían, por lo que parecía, en el mismo lugar que en el Numero 4. ¡La madera del techo era azul! ¡Azul! Harry estaba maravillado por los colores. Las tablas del techo eran tan azules como los pantalones elegantes del director de la escuela, y tenían mas maderas marrones cruzando bajo ellas. ¡Era muy extraño! Bonito, pero extraño. Incluso el techo se veía más alto de lo que estaría en casa de sus Tíos; como si fuese un cono o un papel doblado visto desde abajo. ¡Como el techo de las casas de jengibre que Dudley había comido en Navidad! ¿Cómo haría el Señor Prince para limpiar ahí? Harry lo veía muy alto y lejano. Aunque el señor Salazar era muy alto también, así que quizá le quedaba más cerca. Casi todas las paredes que Harry había visto estaban pintadas de blanco, algunas pocas tenían pintitas de azul muy pequeñas; Harry no alcanzaba a distinguir bien si había una o dos puertas en la pared debajo de la escalera. De hecho, no veía si existía puerta alguna bajo las escaleras, las tablas oscuras lo ocultaban bien.

Si era un no, ¿Entonces el Numero 17 no tenía alacena? Harry se encogió de hombros para sí mismo, tomándolo como otra de las pequeñas diferencias. Como el gran árbol en medio del patio trasero, tan frondoso y bonito. En la sala se veían muchas estanterías vacías, muy grandes y con muchos cajones. Eran de color marrón, como una galleta muy oscura. Otros eran casi negros, como la pared de las escaleras, que estaban en la misma posición en la cual estaban en el Numero 4. También tenía muebles de tela brillante. Veía uno blanco y uno negro. ¿Serian cómodos? No alcanzaba a ver desde donde estaba si había algún televisor, pero a la estancia le entraba mucha luz. ¡Seguro la ventana era grande! E incluso tenía una bonita alfombra, también era azul. Los muebles de la concina eran también bonitos y brillantes; lo que era la estufa y el frigorífico tenían un color plateado, como si fueran de metal. También así eran otras cosas más, como la tostadora –o lo que parecía la tostadora—, y algo que al abrirlo parecía una Waflera.

Harry se rasco la cabeza. Muchas de las cosas en la cocina no se veían como las de su propia casa. Eso le confundía un poco. Incluso los frascos de vidrio eran diferentes, y bonitos. Era probable que fueran cosas de esos comerciales que los Dursley suelen ver en la Televisión. Tía Petunia siempre decía lo mucho que quería ese electro… electro… esas cosas de cocina que funcionaban con electricidad, que porque eran última moda y otras cosas más que se perdían en la oración. La palabra era muy larga.

Giro su vista a la ventana de la cocina. Adentro todo se veía muy limpio, aunque el jardín se veía bastante malo –no solo el de atrás, pero también el del porche. El césped estaba descuidado, y a ojos del pequeño Harry, ¡Era un enorme y peligrosa jungla! Seguro que había algún tigre oculto entre la maleza, o un mapache salvaje dispuesto a robar los botes de basura. ¡Quizá una manada de perros-lobo cazando también! ¿Querría ayuda el Señor Prince? Quizá podía agradecerle así el pastel; Tía Petunia siempre dejaba a Harry a cargo de la jardinería en el patio trasero. Con Salazar dándole la espalda, Harry sonreía orgulloso, porque no tenían ni una sola maleza en el jardín del número 4, ¡y era toda obra suya!

Mientras tanto, Salazar continuaba su tren de pensamientos, con leves marcas bajo los ojos que solían acentuársele cuando se concentraba de más.

Apoyo una mano en el borde del mesón para levantarse, y tanteo con las manos en la parte baja de su espalda al presionar, arqueándose con un gruñido de cansancio y fastidio eterno. La licuadora función con el plástico sonido estático, rompiendo el silencio de la habitación. «Finalmente.» Llevo la taza a sus labios, tomando un trago de la leche fría con sabor a cacao y canela; le apetecía más miel, pero no tenía a la mano. Dio un suave suspiro: El hambre se apaciguo considerablemente con la dulzona tartaleta y la bebida, mas su espalda molestaba horrores y no pensaba que al llegar la noche siguiese medianamente satisfecho. «Notas al Salazar del futuro, Prince: Ordenar algo para la cena. Caminar más.» Decidió frunciendo levemente el entrecejo. El escritorio de su estudio, tanto en el trabajo como en el hogar siempre era un lugar atractivo en el cual perderse por horas, pero de momento tendría que hacerse un espacio en la agenda para ir a algún parque o cafetería a escribir. Ya estaba bastante pálido como para acrecentarlo más. Término observando el techo de yeso blanco de la cocina al pensar en eso, y su bonita lámpara de vidrio esmaltado: Un sencillo semicírculo. Inclinando nuevamente el cuello, se encontró con la vista de Harry, quien sorbía feliz la leche con chocolate de la gran taza; su rostro brillaba de felicidad tanta por la bebida dulce como por el postre, dulce y no muy azucarada.

El rostro de Salazar se suavizo un poco al verle, tan feliz y despreocupado. «Ah, Salazar Prince. Eres todo un individuo de genio terrible.» Quiso reírse un poco ante su propio reclamo. Incluso él mismo se reconocía como alguien que se fastidiaba de nada, y sin embargo, usualmente podría llegar a crisparse los nervios por su aparente apatía. Como ahora, con sus tontas notas mentales. A ese ritmo acabaría llevando más de un cuaderno en el bolsillo y unos cuantos bolígrafos. Su pobre notario, en sus inicios improvisado, ya era una maraña de imágenes garabateadas y colores disparejos, lleno de ideas esperando ser usadas. Si su editor lo viera… «Probablemente diría que lo he hecho apropósito. Así nadie podría tomar nada de mi desorden laberintico.»

Él mismo podría perderse en sus notas de vez en cuando. Necesitaba otorgar algo de crédito: En ocasiones, él podía tornarse como todo un enigma. Incluso para sí mismo, lo que podría resultar en algo positivo, como ser un buen sistema de seguridad para cualquier tipo de proyecto. Si acababa recurriendo a cifrados para proteger sus notas seria llamado paranoico. «Y con motivos.» Era una lástima, le gustaba el Cesar.

Sacudió la cabeza, burlándose de sí mismo.

—Dame un par de minutos y te acompañare a casa, ¿Vale? —Indico al sumergir el vaso de cristal de la licuadora en el lavaplatos, esponja en mano—. Necesito dejar las cosas limpias. Tus padres deben de estar preocupados, se está haciendo tarde. —

Dejando su vaso vacío, Harry levanto la vista. —Oh. —Salazar sintió el pequeño impulso de limpiarle el rostro, así que le entrego una servilleta—. Es muy amable de su parte Señor Prince, pero no hace falta. —Harry froto su rostro con el antebrazo, luego de limpiarse con la servilleta—. Tía Petunia o Tío Vernon podrían pensar que vine a molestarlo, y se enfadarían conmigo. —Salazar giro sobre su hombro, observándole interrogante mientras la vajilla sucia que Harry le había alcanzado era bañada por el agua.

Aquí iba la nada.

— ¿Vives con tus Tíos?—

—Sí Señor. En los primeros Números, antes del parque. —

Eso le hizo extrañarse más. —…sé que quizá no es de mi incumbencia, pero: ¿Y tus Padres?—Inquirió enarcando una ceja.

La primera punzada vino cuando percibió a Harry removerse en su lugar, luciendo algo incómodo mientras miraba sus pies balancearse de atrás a adelante. Hay no. —…No tengo Papá o Mamá. Murieron cuando era un bebé. —Explico sin saber que más añadir.

Oh.

Esa era una perfecta explicación, reflexiono vagamente al ver al decaído niño desviar su mirada a la ventana. «Seré imprudente…» Se regañó de forma dura; la punzada de pena en su pecho, a su vez, fue un perfecto recordatorio de cuan imprudente y falto de tacto podría llegar a ser sin proponérselo realmente. E incluso en situaciones que no tenían porque resultar siendo malas. «Oh Salazar Alexander, ¡Arderas en el infierno si haces a un niño llorar!» En otra parte de su conciencia, podía escuchar su propia voz regañarle de forma dura. Sonaba vagamente a una mezcla de sí mismo y un abogado.

Paso su mano por su rostro, exhalando de forma pesada.

—…Lamento traerte una mala memoria. —Salazar froto sus dedos índices y medio contra su sien, como si aquello le ayudase a dispersar la pequeña tormenta mental—. Por favor, acepta mis condolencias. —Prince detestaba estas situaciones incomodas. Eran infinitamente más sencillas de sobrellevar con un adulto que con un niño pequeño.

— ¿Que es "condolencia"?—Harry ladeo la cabeza, confuso.

Cierto, cierto. Harry era solo un niño. —Significa que lamento lo que ha ocurrido, —explico con suavidad—, en este caso en particular, me refiero a que lamento que perdieras a tus padres. Sé que no es una experiencia agradable. —explico de forma algo torpe. Esperaba que el pequeño comprendiese que de verdad, de verdad lo sentía.

—Oh. Está bien. —Harry se rasco la mejilla. Al parecer no estaba seguro de que añadir—. Usted no sabía. Y no pregunto queriendo que me sintiera mal. No se sienta mal por eso, ¿Vale?—

En definitiva, Salazar denomino viendo la sonrisa amable en el rostro del pequeño Potter, Harry era un niño muy dulce.

~O~

— ¡Gracias Señor Prince! ¡Tenga un bonito día!—

—…ten cuidado lleno a casa Harry. ¿De acuerdo?—

— ¡Si Señor!—

Convencer al Señor Prince de dejarle ir a casa el mismo fue una tarea pesada, enorme y que requirió de fuerte voluntad y mucha –mucha– insistencia. No sabía muy bien porque el Señor Prince quería escoltarlo a casa personalmente, a Tía Petunia y Tío Vernon no les molestaba que estuviese solo en Privet Drive mientras que llegase antes de las seis de la tarde, o antes de que se pusiese el sol si era verano. Normalmente no le dejaban salir en invierno por el intenso frio –"¿Que dirían los vecinos?" excusaba escandalizada Tía Petunia; su ropa de invierno siempre había sido más delgada que la de Dudley. Por lo que Harry había visto, El Señor Prince podría o no ser una persona que le agradase a los Dursley, y Harry no quería meter en problemas al Señor Prince por tomarse la molestia de llevarle a casa. Eso podría enfadar a Tío Vernon por estar "molestando a los vecinos sin motivo, pequeño mocoso". Quizá fue precisamente ese último argumento lo que convenció al reticente –y algo incómodo– caballero para dejarle irse el mismo al Número 4. Siendo casi el final de la tarde, Harry corría con la buena suerte de tener aun cerca de una hora para regresar. Si se apresuraba un poco, quizá Tía Petunia le dejase tomar un baño antes de ponerle a trabajar.

Los arbustos floreados de los números usuales de Privet Drive le dieron la bienvenida mientras corría a todo dar, queriendo llegar a casa antes de que Tía Petunia y Tío Vernon se animasen a hacer preguntas o a colocarle un castigo por vagar alrededor del vecindario sin ningún tipo de motivo. Podía ver el parque, ni muy grande ni muy pequeño, que Privet Drive compartía con Magnolia Crecent y otras calles aledañas. Habían niños jugando y adultos caminando alrededor. Ancianos charlando y jugando con niños pequeños. Era bueno que fuese un viernes soleado y con relativa calidez pese a ser septiembre.

Caminando de forma calmada y cortés, aquel último pensamiento era compartido por una mujer joven que caminaba en dirección contraria a la que Harry corría con ligereza.

Observando el parque, ella sonrió de forma inconsciente. El vecindario era simple y sencillo. Bonito, ara algo tan lleno de repetitividad arquitectónica y similitud innecesaria en el estilo de las fachadas. Su cabello negro, era sujetado en la zona del flequillo con un par de prendedores plateados, sencillos y bonitos, mientras el resto de la melena lisa y bien cepillada se dejaba caer como una pequeña cascada por su espalda; se agitaba levemente con cada uno de sus pasos, enfundados en un par de cómodos zapatos altos. Vestida con una chaqueta de gabardina, y una falda formal hasta más abajo de las rodillas, ella se dedicó a observar alrededor mientras sujetaba una carpeta contra su pecho con una mano. En la otra, llevaba un portafolio color café. Los números marcados en latón eran una de las pocas diferencias obvias que poseían las casas, y a su parecer, Magnolia Crecent parecía más atractiva a sus ojos que Privet Drive, pero pese a su aburrida homogeneidad, el grupito de casas clonadas de ese vecindario era lo suficientemente pacifico.

[Supongo.]

El parquecito de Privet Drive y Mari Gold Leaf era simple y bonito; y eso le agradaba. De camino a este se encontraban algunas tiendas de comida, una escuela, y una biblioteca. El lugar tenía su encanto clásico pese a todo. Dejar el auto en Londres acabo rindiendo frutos. Colgando junto al portafolio, ella llevaba algunas bolsas dentro de otra más, con pocas cosas más para hacer la cena –o el almuerzo. La experiencia le decía que su hermano probablemente no había comido nada en todo el viaje.

Siguió sonriendo al ver a las personas disfrutando la tarde en aquella zona verde. Vagamente le recordaba a su propia niñez; quizá se pasase en algún momento por ahí para disfrutar de una tarde li-

¡Ow!

— ¡A-Ah! ¡Perdón! ¡Perdón, no quería-!—

Ella volvió sobre sus pies con rapidez, recobrando el equilibrio de la mejor manera ante el choque súbito. Logro balancearse con uno de sus brazos pese al susto. Recobro su postura recta con un gesto leve, pero conciso, y se permitió extender la mano hacia la persona que la atropello por accidente. Era apenas un niño, pequeño y delgado, con un enorme nido de pájaros en la cabeza. [¿Cómo mantiene el cabello así?] Se preguntó al recordarlo con desconcierto. El pobre lucia asustado y muy avergonzado, balbuceando disculpas incoherentes una y otra vez. Ella quiso sacudir el rostro, enternecida por sus torpes modales; al darle la mano, procuro no perder su amable sonrisa.

—No, no. No importa, —Le indico amable. El niño tomo su mano con torpeza—. Cualquiera puede tener un accidente, ¿cierto?—Logro que se incorporara sobre sus pies, y sacudiese el polvo de sus pantalones con torpeza—. Mucho mejor. —

El niño se rasco la mejilla con torpeza y vergüenza. —…gracias señorita. —excuso débilmente.

—De nada querido. —le sonrió amable. —Soy Gwendoline. ¿Tú eres?—

—Harry. —

Ella estrecho su mano con educación. —Es un placer conocerte, Harry. ¿Puedo pedirte unas indicaciones? Soy nueva en el barrio y estoy buscando una dirección. —explico manteniéndose inclinada a la altura del niño. Otra persona se hubiese sorprendido del equilibrio que mantenía con un par de tacones puestos.

Sintiéndose algo desconcertado, Harry asintió, cohibido por la amabilidad de la señorita frente a él.

—Uhm. E-Esta bien, ¿A dónde va?—

—Estoy buscando el Numero 17 de la calle Privet, —explico con una sonrisa amable, manteniendo la calma. —Sé que puedo llegar caminando por la calle Magnolia o la calle Mari Gold, pero no tengo muy claro que camino debo seguir después de eso. ¿Me podrías decir a donde debo ir? —Ahora su sonrisa era algo incomoda, delatando su vergüenza.

— ¡Ah! ¡Eso es fácil señorita! —Gwendoline suspiro para sí, aliviada. ¡El pequeño si sabía en donde debería girar! ¡El cielo bendijera su suerte! No quería seguir caminando. Siga derecho y gire a la izquierda ahí. —Harry apunto al farol junto al seto de flores rosas… muy rosas. —Luego siga derecho, ¿Vale? Tiene que caminar hasta el final de la calle. La casa tiene techo azul, y la parte de afuera es blanca. Ahí vive un señor muy amable, ¿Va a ir a verlo?—le pregunto el niño de forma curiosa.

Ella se sintió desconcertada.

— ¿Amable?—

Harry, gracias al cielo, no noto su rostro de incredulidad descompuesta, y de haberlo visto ella misma se habría dado un regaño por reaccionar así. ¡Podría haber asustado al pequeño con su desconcierto! –Realizo una pausa en su tren de pensamientos, dejando de divagar a la fuerza. Ella estaba anonadada de forma honesta, ¡y con motivos! ¿De aquí a cuando ese escritor gruñón, terco y obstinado se comportaba lo suficiente como para que un niño lo viese amable? ¿Le habían cambiado acaso a su hermano y ella no lo noto nunca? Normalmente era capaz de ser un venenoso ogro sin corazón cuando tenía motivos –como el viaje de cuatro horas y algo más que tuvo que afrontar para llegar. Quizá estaba en el vecindario equivocado después de todo.

Disipo sus pensamientos, retomando a Harry.

— ¡Ajá! —Harry asintió, sonriendo alegre—. Es un señor muy gentil y con si - con si… con-si-de-da-do. —Harry separo suavemente las silabas, luchando con la palabra—. ¡Incluso me dio pastel!—

— ¿A-Ah sí? —Ella le sonrió amable, aparentando calma—. Eso es algo muy amable, ¿Cierto? Pero será mejor que me encamine. Seguro que necesitara ayuda para acomodar las cosas en la casa. Fue un placer conocerte, Harry. —

— ¡Fue un gusto también, señorita Gwendoline! ¡Hasta luego!—

—Hasta luego Harry. —

Y ella vio al niño encaminarse hacia alguna parte.

Ay, Salazar.

¿Qué se suponía que había ocurrido ahora?


Y hemos terminado. ¿Qué tal están? En realidad, me ha resultado divertido el redactar este capítulo. Gwendoline y Salazar Prince serán personajes algo recurrentes, pero aspiro a introducirles de tal manera que no se vean forzados en la historia… Me pregunto si debería incluirles en los personajes taggeados.

Hyperion, Shhh~ Todos deben darse cuenta por su cuenta. Pero me reservo a anotar un punto en el marcador a mi favor. *Anota un punto*

Si alguno puede decirme que tal ha quedado la narrativa de Harry, no estoy acostumbrada a narrar niños… Al menos, no niños magos con familias negligentes. Ahora no sé cómo iniciar el siguiente capítulo, y eso me enerva y hace reír a partes iguales. Probablemente introduzca al siguiente personaje de la familia, o me reserve ese privilegio para el cuarto capítulo.

Alimentadme con galletas de Review, que tengo hambre.

—Kaira.