Los hermanos Salazar y Gwendoline Prince son de mi propiedad, como arte intelectual y conceptual, más Harry Potter no me pertenece. Cualquier nota se encuentra al final del capítulo. Gracias a Alex Daniel por ser mi Beta Reader.

Fluviales Vidae. — El Flujo de la Vida — Capítulo 3: El Guerrero y La Princesa Abogada.

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Vernon Dursley se levantó aquella mañana como cualquier otro día normal. Lleno de su esnobismo normal, su presuntuosa presencia usual, y aun teniendo su gran figura de morsa con corte de banquero. El Sr Dursley era un hombre de familia con mujer, un hijo ejemplar, y un sobrino problemático –tal como los borrachos de sus padres. Dursley era una persona que enorgullecía de ser "normal" y no faltar nunca a la media de lo común, simplista y mediocre. Sin embargo, aquella mañana se atraganto con su propia saliva al momento en el cual una enorme y carísima camioneta militar, todo terreno y de marca, paso frente a la ventana de su cocina. El automóvil pasó brillando con su color acero, su placa de letras Onyx y un par de maletas atadas al techo, dejando a Vernon aún más desconcertado.

Su desconcierto fue compartido por su esposa, quien siempre estaba al pendiente de cuanto chisme soltaban los vecinos, y la cual no tenía entendido cualquier mudanza extra de un vecino nuevo al vecindario. No después de aquel-vago-bueno-para-nada-de-Prince. Apenas habían pasado dos semanas y ese condenado ya era comidilla de todo el vecindario. Las opiniones cambiaban dependiendo de quien fuese al que preguntase, y ese gran-vago-bueno-para-nada había logrado polarizar las opiniones de la Calle Privet y vecinos aledaños en torno a él.

Gwendoline Prince, su condenada hermana, había arribado el mismo día que él, hacía apenas unas dos semanas. La mujer tenía veintiocho años cumplidos, ojos azules afilados y porte de formal calma y elegancia. Era como un ruiseñor –uno que podría transformarse en un cuervo y sacarte los ojos si no ibas con cuidado. En cuanto su nombre salió en una conversación, sus compañeros de trabajo parecieron enloquecer: La mujer resultó ser una de los muchos maestros de Ley que Groninga había contratado durante los últimos años, y por lo que cabía, parecía ser la mejor en su campo –al menos en Londres. Vernon aún se preguntaba como diantres una persona de apariencia tan respetable tenia de familiar a un vago inútil como Salazar Prince.

Ese hombre condenado. Y era, por supuesto, que el Sr Dursley veía como un anarquista a cuanta persona se dedicase a un oficio que involucrase creatividad e imaginación. El hombre la prohibía de forma vehemente en su hogar, viéndola inútil y algo para fenómenos sin oficio alguno.

Las Vecinas, –y por ende Petunia– eran otro cuento completamente diferente. A los siete días de haber aparecido, el grupo de amistades de su esposa –y el club de jardinería de la calle Privet– extendió una invitación a la grácil y etérea mujer. Algunas habían estado encantadas con sus palabras amables, otras sorprendidas por sus comentarios sagaces y puntuales. Le veían como una persona seria, centrada y constante –aunque algunas, como Petunia, se habían asqueado de su actitud liberal y respuestas sarcásticas ante la ola de conservadoras frente a sí. Por lo que parecía, era una mujer inteligente y perspicaz, de muchas, muchas facetas. Eso era precisamente lo que irritaba a Vernon, quien se enfrentó de primera mano a su mirada afilada y lengua cortante, por dejar escapar un comentario con respecto a Salazar.

Ah. Salazar Prince. El Hermano bueno para nada de aquella condenada mujer liberar. Compartían el color de cabello, la afilada mirada y la manera propia y llena de experiencia a la hora de charlar. Elegancia y Elocuencia. En un principio se había pensado que eran marido y mujer, dado a que compartían el apellido; Petunia le corrigió, explicando que por lo menos, Salazar no estaba casado –y la abogada Prince era su hermana. La forma de hablar de su esposa era la misma con la que retrataba a su anormal cuñada y el marido de esta: Un Vago bueno para nada. ¡Escritor, nada menos! Gente así no debería nunca mudarse a un vecindario respetable lleno de familias con pequeños niños influenciables. Era una pena que el vecino del número 17 necesitase vender la casa desde hacía tanto –no era que a Vernon le agradara el anterior ocupante. Un Hippie sin oficio ni beneficio. Ugh–. Había coincidido con el hombre un par de veces en la calle, –usualmente en el automóvil–. El vehículo de Prince era verde, compacto y elegante; ni muy caro ni muy barato. Vernon pensaba que era una porquería, Tanto Petunia como Dadle también tuvieron sus encuentros con el singular hombre, ya fuese en el parque durante alguna tarde –se sentaba a escribir en las mesas de campo mientras miraba el paisaje, tomando notas constantemente y llevando siempre una carpeta y un aparato de casetes alrededor– o en la tienda de víveres, coincidiendo en el pasillo de las especias – ¿Porque su hermana no hacia las compras en lugar del? ¡Eso no era tarea de un hombre, por amor a Dios! Ya veía a Prince siendo un mandilón afeminado: encargado de la limpieza y de la cocina. Quizá por eso no se había casado, el muy cobarde.

Sacudió la cabeza. Lo único bueno en la llegada de ese par era que Vernon y Petunia tenían otro vecino a quien poder encargarle al Muchacho. Después de la Sra. Figg, nadie se había ofrecido a ponerle un ojo al problemático crio. Ninguno de los dos Prince parecía molesto en cuidar de su sobrino fenómeno. Seguramente porque eran igual de anormales que el pequeño mocoso.

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Harry festejo de forma alegre, como solo un niño podría hacerlo. Se encontraba divertido viendo a Salazar cocinar, y encontraba la actividad de verdad entretenida. Harry quería aplaudir mientras veía el pequeño espectáculo que hacia el escritor al revolver con pericia el contenido de las ollas, revisar la licuadora o picar los ingredientes. Las cintas del nudo del blanco delatan bailaban grácilmente contra la camisa verde oliva que llevaba y los pantalones negros. Harry decía que era increíble, Salazar reía y decía que no era nada. La Señorita Gwendoline, sentada a un lado suyo, tan solo sostiene el periódico y sonríe. Ella también tiene usa unos lentes, bonitos y discretos. Harry se siente sorprendido, y le sonríe con algo de timidez cuando ella le da un rostro amable, confesando con voz cómplice que a ella le gustaba usar sus anteojos, pero le eran más útiles para leer que para ver en general. Harry piensa que se ve bonita, y ella se carcajea con voz casi musical, mientras el Señor Salazar se gira hacia ellos con su delantal blanco aun puesto, compartiendo una sonrisa pequeña y amena antes de volver su atención a la estufa nuevamente. «Esto es agradable…» con un plato humeante de pasta y vegetales frente a él, Harry sonrió contento.

El niño no había comido nada de tipo italianos, y la Señorita Gwendoline reto al Señor Salazar a jugar piedra, papel y tijeras al enterarse. Salazar enarco una ceja, Gwendoline sonrió con reto en su rostro, y el Señor Prince se encogió de hombros, aceptando jugar.

La Señorita Gwendoline –que Harry pensó, era la esposa del señor Prince, y que en realidad era su hermana– resulto ser una persona muy agradable. Ella le dio la bienvenida la siguiente vez que apareció por la casa con una sonrisa gentil y voz suave, Harry había estado buscando al Señor Salazar para saber si podía quedarse con él la próxima vez que Tía Petunia y Tío Vernon tuviesen visitas de negocios en la casa. –Harry no quería molestar, solo era que el Señor Salazar parecía una mejor opción que la Sra. Figg, quien tenía muchos gatos y olía a repollo–. Pero el Señor Salazar estaba comprando algo en la tienda, por lo que la Señorita Gwendoline le dejo quedarse a esperarlo – ¡Incluso le dio galletas y jugo! ¡Que amable!–. La situación se repitió un par de veces más, en las cuales Harry si logro coincidir con el Señor Prince. En una de ellas había venido acompañado de Tía Petunia –justo como ese día– y el Señor Salazar tan solo le había indicado que se sentase en la sala, y que Tía Petunia podría buscarle después de la cena. El estómago de Harry rugió, contento con la satisfactoria comida mientras los hermanos charlaban, bromeando entre si y haciéndose trompetillas de vez en cuando entre chiste y chiste, contentos de la compañía. El reloj hacia un suave 'Tick-Tack' en una de las paredes, y Harry enfoco sus vivaces ojos verdes sobre él. Faltaba un buen rato para la hora del té. –| ¡SI!|– y Harry quería comer del pastel que el señor Salazar había puesto tan solo unos momentos atrás en el horno. Apenas empezaba a cocinar, y ya olía delicioso. A tarta fresca y pan –quizá porque habían galletas también. Y esas tenían chispas de chocolate, las favoritas de la Señorita Gwendoline y Harry.

Tamborileo los dedos sobre la mesa, con una pequeña mueca de emoción en su rostro infantil. | ¡Huele tan bien~!| Trato con todas sus fuerzas de quedarse en silencio, tratando de ser bien portado. Al Señor Salazar y la Señorita Gwendoline no parecía molestarles si hacia ruido, reía o se portaba infantil, pero Harry no quería tentar su suerte y molestarles sin querer. Además, él realmente quería un trozo de aquella tarta de olor tan dulce.

—Harry, se va a enfriar tu comida. —La Señorita Gwendoline le sonrió, dándole un pequeño toquecito en el hombro para que continuase comiendo.

— ¡O-Oh! ¡Lo siento! —

—No tienes porque. Anda y termina de comer antes de que se ponga frio. —

A Salazar tan solo le apeteció sonreír. Mirando hacia atrás, ¿Quién lo hubiese pensado cuando su hermana pasó por su puerta? Sintió sus ganar de reír crecer-

¡Tock-Tock-Tock!

| ¿Pero que de-?|

LA puerta volvió a sonar, y Salazar giro la vista hacia el reloj con completo desconcierto: Era cerca de la una y media de la tarde, casi el final de la hora de la comida

o — o — o — o— o — o — o

Ella era amante del té, La lectura junto a la chimenea, o los vestidos de tela ligera en un día de soleado verano. Una abogada ataviada en flus y gabardina, equipada con portafolio de cuero y una labia que le ataviaba con elegancia y propiedad, dejando encantado a cuanto individuo pasaba por el bufete en el cual se encontraba contratada; pero aparte de todo ello también era una Cadwallader, y como tal, no se resignaba a simplemente esperar ante las adversidades. Su figura delgada no le beneficiaba en absoluto para las labores más ajetreadas y prácticas. Ella tenía ventaja en el campo intelectual, pero no significaba que no fuese una guerrera. Oh no. Lo que le caracterizaba a ella era la paciencia en lugar de la osadía, un pensar primero, planear estrategia y salir de las situaciones difíciles en lugar de actuar ahora, resolver el problema y no prever cualquier tipo de consecuencias; si le asignasen un color, las personas siempre pensaban en Azul.

Pero ella era lista, con un ojo avizor digno de un ave de rapiña hambrienta. Y aunque su campo de acción no era exactamente el campo, no por nada había ganado un título en abogacía como la mejor de su generación.

— ¡Richard! ¡¿Pero qué diantres haces aquí?!—

Sin embargo, las sorpresas siempre lograban aparecerse en su camino.

Ella se atraganto con su café de inmediato debido al susto. Harry se había encogido en su asiento, alarmado por su reacción y olvidando el plato medio vacío delante de él. En la entrada podía oírse la reacción incrédula de Salazar mientras otra persona –un hombre adulto, o lo que parecía– se carcajeaba debido a su reacción.

— ¡Y así te pones porque venga de visita! —Asomándose un poquito por la puerta de la cocina, Harry vio al azorado Señor Prince discutiendo con un hombre muy grande, quizá no más alto que el señor Prince, pero se veía mucho más fuerte. Lo que más dejo incrédulo a Harry fueron su alborotado pelo y barba, de color rojo intenso. ¡Por amor a la Virgen, Salazar, ni que yo fuera el Diablo!

Escucho gimotear a la Señorita Gwendoline, que aún estaba en la mesa de la cocina, de una forma muy infantil. Como una niña pequeña. Harry se sintió aún más extrañado y confundido a medida que la conversación avanzaba. El hombre reía y decía algunas frases que dejaba a medio entender, no parecía estar hablando ingles al completo. El señor Salazar también parecía exasperado.

—…te he dicho que no soy muy fluente en español, Leonardo. —Salazar hizo una mueca.

El pelirrojo sonrió, dejando una mano en su hombro. — ¡Vamos, Salazar! No es para tan- ¿Quién es el niño?—

Y ahí Harry dio un respingo, encontrándose descubierto.

Con ojos curiosos, el gran hombre pelirrojo le miraba a él por encima del hombro del señor Salazar. En su confusión, Harry no noto que se había asomado sin querer por la puerta de la cocina. | ¡Oh no! ¡Oh no, oh no!| Harry trato de no entrar en pánico. No había nada que temer, ¿No? ¡Él no había querido espiar! Oh no, Oh no. Ahora el Señor Salazar y la señorita Gwendoline se enojarían con él y no dejarían que viniera más. ¡Sus tíos estarían tan furiosos! ¡El señor Prince no querría cuidarle más por ser tan metiche! ¡La Señorita Gwendoline se enfadaría muchísimo también y ninguno de los dos le dejaría venir nunca jamás-!

— ¿Amiguito? ¿Estás bien? —

Harry respiraba azorado, muy nervioso y asustado ante las mil y un posibilidades que se creaban en su cabeza. Tenía mucho, mucho miedo, y la mano el caballero –que se posó de forma muy amable, pero repentina en su hombro– le hizo saltar un poco del susto. — ¡Eh, eh! ¡Tranquilo! ¡Calma, calma! Se te van a salir los pulmones si sigues así…—Bromeo de forma nerviosa el adulto.

Salazar tan solo lucia encogido en sí mismo, agotado. —Richard, él es Harry, sobrino de uno de los vecinos. —Puso una mano sobre la cabeza de Harry, dándole confort—. Harry, este es Richard, un primo de Gwendoline y buen amigo mío. —

— ¿He sido rebajado de hermano mayor postizo? ¡Salazar!—

—…Tan solo no le hagas mucho caso. Es una enorme bola de pelo. —

— ¡¿Bola de pe-?! ¡Bah! Como sea. —Richard dio un bufido de indignación, ofreciendo un puchero infantil mientras desviaba el rostro. La confusión de Harry crecía por momentos, y con pura honestidad se preguntó si era una actitud normal en un adulto lo que el hombre pelirrojo hacía. Por como actuaba el Señor Salazar… —Eres un enano amargado todavía. Y pensar que te he comprado dulces españoles, lagarto mal agradecido. —

—Puedes ver que tiene una forma un tanto rara de ver las cosas, pero no es una mala persona. —Salazar finalizo su frase de forma diplomática, con las manos juntas en ademan de explicación.

— ¡Y sigue dejándome mal! En fin, —Harry se encontró estrechando manos con él—. Richard Cadwallader, pequeñín. Es un placer conocerte. —

—A-Ah… ah… el placer es mío, Señor Cada - Cad- Er…—

Vio a Salazar hacer una pequeña mueca, quizá era una pequeña sonrisa. El pelirrojo soltó una carcajada. —Cadwallader. Y ya se, ya se, es un nombre de lo más étnico. Llámame Richard niño, O Ric'. Sin tapujos —Palmeo su hombro con confianza. Harry asintió, aun cohibido. Estaba bastante seguro de que los adultos no discutían de esa forma. ¿Estaban discutiendo, no? Harry se rasco la cabeza con confusión.

Haciendo memoria luego de ese día, Harry acepto en un confuso silencio que el hombre era alguien raro. No un malo-raro. Un raro-extraño. Un raro-curioso. Diferente pero muy amable. Si bien Harry no había visto a nadie más grande que Tío Vernon antes del Señor Salazar –mucho más alto que Vernon–, Richard mismo era notablemente más grande que Salazar. No en altura, ellos solo se llevaban muy pocos centímetros –Harry sonrió orgulloso, recordando la medida de su pequeña regla recta–, lo que era muy poco. Ni siquiera unos cuantos dedos.

Era como comparar a dos gatos de la Sra. Figg: El Señor Prince era delgado, alto y se veía más o menos bien. No como el vecino que hacia ejercicio en el Numero 8 –él tenía musculo, Harry lo había visto cuando salía a correr. El Señor Cada –Cad… –eh, Richard. Sí. El Señor Richard tenía los brazos más gruesos, la espalda más ancha, y también se veía más fuerte que el señor Salazar –eso no le obvio un golpe con la palma en la nuca por parte de la Señorita Gwendoline, que le regaño por llegar de improviso y sin más. –"¿Que no pensaba en que tenía que comer también?"–. En silencio, Harry se preguntó si sería el esposo de la Señorita Gwendoline. Tía Petunia decía que las mujeres casadas se presentaban con el apellido de sus maridos, así que seguro no era eso. Además, El Señor Salazar y el Señor Richard parecían llevarse muy bien pese a ser tan diferentes.

Lo principal que Harry notaba era la alborotada mata de cabello rojo sobre la cabeza del Señor Richard; Harry nunca había visto a nadie con el cabello rojo, y Richard no tenia en el cabello cualquier rojo, era Rojo Oscuro, cual mantel de navidad. Y no era tinte: La barba, cejas y vello de los brazos del Señor Richard eran del mismo tono de rojo que su melena carmín – ¡Un León! ¡El señor Richard parecía un León! Harry sonrió al finalmente dar con la comparación.

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— ¿Cómo te hiciste eso?—

—No es nada. —

Leonard. —

Salazar frunció el ceño, a la par que su hermana hacia aquella pregunta. Ambos estaban concentrados en el antebrazo derecho de Cadwallader. Richard tenía el brazo flexionado hacia sí, a modo de exposición, dejando ver una venda cercana al codo y vena interna, algo lejana a la manga del polo blanco que traía bajo la gruesa chaqueta de color verde. Harry jugueteaba con sus pies, perdido en sus pensamientos mientras los adultos discutían. Ambos azabaches adultos fruncieron el ceño al Cadwallader, quien les sonrió de forma tímida y algo nerviosa.

—De verdad, Gwen. No es nada. —Richard sonrió de la forma más amable que pudo. Era algo incómodo que el niño de hecho eligiera no prestar atención ante una discusión con una persona nueva—. Me he vendado una herida de campo para que no me molestara contra la tela de la chaqueta. Me la he hecho hace más de dos semanas y ya está cicatrizada. —

Gwendoline frunció la nariz, imaginando la fea herida que seguro tenía bajo la venda que le rodeaba el brazo. Probablemente aún tenía los puntos puestos, el muy descuidado. Salazar tan solo rodo los ojos, suspirando pesado mientras conociendo a su hermana mejor y previendo lo que estaba pensando. Concordaba con Richard, mejor ahorrarle el ver alguna marca hasta que pudiese estar seguro de que no se viese excesivamente mal. Richard debía de cuidar mejor de sí mismo cuando trabajase.

Salazar extrapolo sus pensamientos, dándole una palmada a Cadwallader en la espalda mientras le repetía que "tuviese cuidado, gran tonto descuidado". Richard tan solo soltó una risotada, regresándole las palmadas a Salazar mientras que exclamaba algo en un alegre español. Por la reacción de Salazar –rodar los ojos– seguro había sido algún comentario tonto a modo de broma. Richard debía de dejar de bromear para aligerar el ambiente. Muchas veces, era innecesario.

—Harry, —Prince varón aparto la mano de Cadwallader de su hombro, con gesto diplomático—. ¿Puedes ir un rato a la sala? Tenemos hablar algunos temas delicados de adultos. —

—Oh…—El niño choco su mirada verde con los calmos ojos grises de Salazar—. Está bien. —

Fue sorpresivo el como el pequeño Potter hacia caso de la orden de Salazar sin chistar ni media replica: otro niño habría empezado un escándalo para poder quedarse. Gwendoline y Richard observaron al niño bajarse de la silla. Salazar le dio una palmadita en la cabeza y le recomendó algún libro de cuentos de la estantería. "Hay un par con ilustraciones muy interesantes. Uno tiene un dragón que ocupa tres páginas." Potter salió corriendo ante la noticia, incrédulo y emocionado.

— ¿…Y quién es el niño? —Richard se recostó en el respaldo de la silla con las manos en la nuca y una pintoresca sonrisa adornando su rostro. Ambos Prince sabían que haría puesto los pies sobre la mesa de haber estado en la sala.

Gwendoline bebió de su té. —Uno de los vecinos. Cosa que sabrías si hubieses avisado que venias. —Salazar soltó un suspiro de resignación cuando dejo un plato de pasta –tallarines–, humeante y oloroso a especias frente al pelirrojo, tomando asiento al otro lado de la mesa.

Richard parpadeo, aun con un bocado de pasta en la boca mientras veía a Gwendoline con algo similar a la confusión. [¿Y ahora qué le pasa?] —Termina de comer. —Salazar le codeo, instándolo.

De por mientras, Harry exploraba la sala, y de hecho los tres adultos podían verlo perfectamente desde la cocina. —…parece un niño algo tímido. —Empino el vaso para terminarlo rápido. Se aclaró la garganta un poco. — ¿Por qué lo has mandado a la sala? Pude irme al auto y ya. —

—Yo te habría enviado al baño. —Gwendoline dio una mueca entre burla y seriedad, incomodando al pelirrojo—. Apestas a gato mojado, Ricky. —

— ¡Gwen! —

—Se notaba a leguas que el pobre se impactó contigo. Es un niño muy reservado. —Salazar agito su té, ignorado la burlesca risita de su hermana y los lloriqueos de su hermano postizo.

Richard sudo la gota gorda. —Diantres. Dicho así parezco hasta intimidante. —Trato de sonreír, nervioso.

—Tienes el doble de mi constitución, y eres obviamente más fuerte que yo. —

—En resume: eres un gato grande y muy vago, Ricky. —

¡Oh, por favor!

Richard bufo, hastiado en la única silla de la cocina que podía ser vista desde el ángulo en el cual Potter poseía visión al cuarto donde los adultos charlaban. Harry les miro, asomándose lo mejor que pudo con cara de circunstancia desde la sala cuando vio al Señor Richard hacer su queja inentendible con aire exasperado. Potter se encogió de hombros con confusión y se sentó en el sofá. |Oh! ¡Dibujos!| Curioseo el libro contento, admirando las imágenes pintadas en acuarelas. ¡Qué libro más bonito!

Cadwallader se recostó de forma pesada, luciendo exasperado y harto del interrogatorio. —Tuve suficiente del jefe hoy para que encima os burléis de mí. Par de enormes pardillos-

—Ingles, Ricky. —Gwendoline le dio una palmadita en el brazo, como a un niño pequeño.

— ¡Estoy cansado! ¡Llevo despierto desde las cuatro de la madrugada! —

Ella le sonrió a juego. —Eres un vago sin remedio. —Canturreo.

— ¡Que quiera dormir no significa quesea un vago-!—

— ¿Podrías decirnos cómo te hiciste eso en el brazo? —Salazar interrumpió la absurda discusión con aquella pregunta, siendo el adulto serio en la habitación.

Ambos pararon de inmediato, cortados por la acotación de Salazar. Las reacciones fueron distintas, pero ambos Cadwallader coincidían en su terquedad sobre el tema: Gwendoline le miraba acusadoramente, casi reclamando la distracción sobre el tema de forma acusadora. –"¡Aja! ¡Nos has distraído apropósito!" –; Richard, por otro lado, se rascaba con incomodidad la nuca mientras mira hacia otra parte. La descuidada barba que le adornaba el rostro y su cabello a medio peinar le daban un aspecto aún más acabado con el cansancio que lleva encima. Prince sabía que no quería hablar del tema, quizá por ser algo vergonzoso, pero Richard sabía que ninguno de los hermanos Prince estaría tranquilo hasta saber que paso con exactitud.

Salazar exhalo. —Iré a ver como esta nuestro pequeño invitado. Tú, por otro lado, puedes empezar tu defensa del caso frente a la fiscal. Con permiso. —

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"Y el gran ser llevo a la hermosa princesa por sobre el acantilado y prado, dejándole con seguridad al otro lado del risco, donde ella podía ver la hermosura de su pequeño y secreto mundo. Segura y resguardada de todo el mal…"

Harry alzo la cabeza en cuanto sintió el peso al otro lado del sofá, dando un respingo. Luego de un rato largo de esperar a los otros adultos, movió con curiosidad las páginas de aquel libro pesado que estaba sobre la mesa de café luego de encogerse de hombros. Los dibujos eran hermosos, y los colores cálidos y bonitos. LA historia tampoco era mala, y le recordaba un poco a Harry el cómo se sentía cuando los Dursley no le dejaban en la alacena. Curioso, miro hacia el otro extremo del sofá: De forma calma, el Señor Salazar mantenía ambas manos con los dedos entrelazados sobre su estómago; sonreía con calma, y eso tenía a Harry un poco confundido.

Salazar miro de reojo el libro abierto en sus piernas. — ¿Te gusta la lectura? —Potter asintió con la cabeza, sus pequeñas manos mantenían cuidadosamente abierto el tomo—. Me alegro. Es un cuento para niños, lo presente a la editorial hace unos meces. Luche bastante para que aceptaran al ilustrador, es alguien muy meticuloso. —

— ¿"Meticuloso"? ¿Qué es eso?—

—Se refiere a alguien que se fija mucho en los detalles. —

Harry soltó un "Ah", de entendimiento mientras volvía a mirar el libro. Durante un rato Potter solo se dedicó a mirar las páginas que más le gustaban y preguntarle a Señor Prince partes de la historia. –como por qué había solo un dragón en el cuento, y muchas personas en el pueblo de la princesa. Salazar tan solo contesto que era metáfora, y que debía terminar de leer el cuento si quería saber más. Luego de un rato hizo una mueca al mirar a la cocina. La señorita Gwendoline y el Señor Richard se estaban tardando mucho.

En la cocina, la situación se mantenía igual de tensa. —…Tuve un pequeño descuido. —Richard desvió la mirada, sintiendo a quemarropa los ojos azules de Gwendoline juzgando su argumento. Mentira, pesaba ambos. Nunca era exactamente un descuido. Richard no era un novato—. Uno de los implicados tenía un arma corto punzante consigo, no reaccione a tiempo…—

Salazar salto en su silla en cuanto escucho a Gwendoline gemir de frustración, soltándole un improperio a Richard en Gales. -| ¿De aquí a cuando Gwendoline sabe Gales?| Salazar parpadeo, estupefacto.

— ¿…e-está todo bien? —Harry era un poquito más confiado en el Numero 17, pero aun así se cohibía en ocasiones cuando quería preguntar algo. Parecía temer hacer alguna pregunta, como se pensase que Salazar o Gwendoline (Y ahora, Richard) fuesen a reaccionar de mala manera ante su curiosidad. — ¿Señor Salazar? —

Prince se mantuvo distraído.

—Señor Salazar. Señor…—

— ¿Ah? —Salazar giro su rostro a Harry, y sacudió su línea de pensamientos lo más lejos posible, frotándose el pelo con cansancio. Harry repitió su pregunta, algo más confiado—. No, no. No ocurre nada malo. —Indico agitando la mano.

—…Pero la Señorita se ve molesta…—

—Está molesta. —Concedió Prince—. A decir verdad, también lo estoy yo. Nos preocupamos por Richard, pero en ciertas ocasiones pareciese que él no se preocupa por sí mismo. —

Harry parpadeo, confuso. —Pero él es un adulto…—No tenían por qué cuidar a un adulto. El Señor Richard era enorme.

Salazar asintió, como si leyese sus pensamientos. —Lo es. Lo es… Pero, también es Policía, —Explico de forma paciente—, lo que es un trabajo muy peligroso. —Salazar se acomodó en su asiento, buscando una posición más cómoda—. Debe enfrentarse a gente mala, y nos preocupa que se haga daño o que resulte con heridas graves. Nunca sabemos si vendrá uno de sus compañeros –o su jefe, a decirnos que está en el hospital. —O en la morgue.

Por supuesto, Prince tenía el tacto suficiente como para no decir eso último frente a un niño de ocho años. O frente a cualquier niño, en especial uno tan reservado y tímido como lo era Harry.

—Ah…—

Potter, en honor a sus pensamientos, había asentido con la cabeza, cohibida. En silencio, ambos se mantuvieron sentados en la sala durante algunos minutos más. Salazar siguió apuntando imágenes del libro cuando veía a Harry detenerse en las páginas más detalladas –o grandes.

El que estuviesen muy preocupados por el Señor Richard tenía sentido, al menos para lo que Harry conocía del Señor Salazar y la Señorita Gwendoline. Ambos parecían muy preocupados por el otro, e incluso de preocupaban por Harry –Harry, quien era solo un niño problema al que sus propios tíos no querían ni a una milla de distancia. Con eso sobre la mesa, tenía sentido de que se preocupasen por otras personas, en especial si eran su familia. El Señor Salazar y la Señorita Gwendoline eran personas muy amables para lo que Harry concebía posible en su pequeña cabeza.

El Señor Prince nunca gritaba, nunca desdeñaba o se colocaba de aquel tono purpura-remolacha que Tío Vernon solía usar cuando estaba especialmente molesto –o furioso. La Señorita Gwendoline nunca espiaba a los vecinos, nunca cuchicheaba con las vecinas, ni tampoco fruncía los labios con cara de asco como Tía Petunia hacia casi a diario. Y ninguno de los dos obligaba a Harry a hacer nada en particular. –No jardinería, no limpieza, y especialmente nada cerca de la cocina, la estufa, o cualquier cosa corta-punzante que usase el Señor Salazar para preparar los alimentos. Aun cuando Harry se quedase a comer, o incluso a dormir la siesta durante la tarde.

Harry jugo con sus pies, pensando más en ello. El Señor Richard no parecía una mala persona. Solo era un poquito… ¿enorme? Harry se había asustado un poco al verlo, porque realmente parecía un gran y enorme León. Por como hablaba el señor Salazar, el señor Richard parecía un niño grande. Se preguntaba en silencio sobre las palabras del Señor Prince, pues no sabía a ciencia cierta si la amabilidad nacida del cariño se extendería hacia un vecino recién conocido, como lo era Harry, o si era normal en esta familia el ser gentiles con todo el mundo en general.

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¡Ah-ha-ha~! ¡Usted debe ser el Señor Dursley! —

Alegre, Richard estrecho de forma vigorosa la mano del obeso hombre, que farfullaba sorprendido debido a su saludo. Lógicamente, Vernon no tenía ni la menor idea de quien diantres fuese aquel tipo, y no le apetecía en lo más mínimo lidiar con él –salvo para recuperar su mano gorda, la cual el hombre soltó en aquel momento.

— ¡Richard Cadwallader, Señor Dursley! —Vernon sintió un espasmo. Étnico. Un condenado nombre étnico. —, es un placer conocerlo. Salazar comento que usted vendría a recoger al pequeño Harry. Su sobrino es un niño de lo más encantador. Y muy atento también, seguro es todo un orgullo. —

El pelirrojo agito con energía la mano del rechoncho y obeso hombre, dando su mejor sonrisa de amabilidad y calidez. Richard decidió que podía cortar su habladuría clásica de bienvenida allí, satisfecho de haberse presentado de la forma más afable posible –afable para Richard, quien tendía a tratar algo… a tratar con guantes a las personas que le daban muy mala espina. Rasgo que le había ayudado en el departamento de policía.

—Vernon Dursley. —Farfullo ahogado Dursley, debido al enérgico apretón de manos. El hombre era literalmente más alto, fornido y grande que él—. ¿Puedo saber quién es usted? Tenía entendido que solo Vivian dos personas aquí. —Vernon no creía poder soportar a otro vecino loco –pareciese fisicoculturista o no. Prince-escritor y Prince-Abogada eran suficientes para los nervios de Vernon.

Cadwallader sonrió afable. —Ah, no me sorprende. —Sacudió la mano—. Soy primo de Gwendoline. Necesitaba hacer una parada por unos días antes de irme a Londres, y Salazar ha tenido la amabilidad de recibirme dada la emergencia. —Explico, con calma y una expresión amable.

—Ah…—

—Sí. Mi trabajo es un desastre y me han hecho tomar la quincena*. ¡Harry! —Cadwallader giro, llamando adentro—. ¡Harry, tu tío está aquí! ¡Por favor deja todo donde lo encontraste, yo ordenare lo que no sepas donde va! —

"¡Voy Señor Ric'!" Harry chillo desde el piso de arriba, y bajo las escaleras corriendo unos segundos después. Con un pequeño asentimiento de parte de Cadwallader, Harry abrazo su mochila, saludo a Vernon respetuosamente, y camino a la puerta de la salida.

Caminando a la salida, Vernon no ignoro su picor de malestar. —Si puedo saber, ¿Dónde están los Prince? —Inquirió.

—Ah. —Richard se rasco la nuca—. Gwendoline tuvo un caso de emergencia en la corte y Salazar necesitaba ir a comprar unas cosas en Londres. —Se rasco la nuca—. Gwen no volverá hasta el domingo siguiente, pero Salazar debería volver en unas horas. Disculpe los inconvenientes.

— ¡Adiós Señor Richard! —Harry sacudió la mano hacia él—. ¡Suerte con la policía! —

¡¿Policía?!

— ¡Gracias Harry, pórtate bien!—

Vernon sintió que le daba un sincope.


Hasta aquí. Lo sé. Todo raro.

Otro capítulo más de TFV. La Familia Prince es más grande de lo que parece, y con la incorporación de Richard a escena, tenemos a alguien menos regio y más bromista para amenizar el ambiente. No creo que Harry tuviera nunca un vecino que no le tratase de forma indiferente, y ahora, con Salazar al frente, Gwendoline a un costado y Richard al otro, hay un pequeño grupo de 'Apoyo a Harry'.

Veamos que nos depara el futuro.

—Kaira.