Tengo que decir que se me hace muy extraño escribir sobre Venezuela en los términos que lo hago teniendo en cuenta la situación actual. No es que los hechos históricos no hayan pasado, es simplemente bastante increíble el panorama actual y el de hace 20 años.
Este capítulo marca el principio del fin. Si bien aun faltan entre 4-6 puedo decir con toda seguridad que por fin nos acercamos al final.
Decisiones
—You kidding me —pensó Estados Unidos mirando el plato con el ceño fruncido. Era la quinta vez que cocinaba para él después cuatro intentos que acabaron sin piedad en la basura. Parecía que no todavía no se rendía.
—A la quinta va la vencida —contestó leyendo sus pensamientos con aire seguro. Sus ojos brillaban.
—Es a la tercera. No a la quinta.
—¿Verdad? —Alfred no sabía si su larga convivencia con el venezolano lo había vuelto más perceptivo o el caribeño había decidido ser más directo en sus mensajes, pero le había quedado clara la ironía detrás de la pregunta—. Mientras comas… —Ahora fue capaz de leer la preocupación oculta en su sonrisa ¿Pero qué le pasaba?
El norteamericano bufó posando de nuevo sus pupilas en el desayuno compuesto de perico*, una arepa y jugo de naranja—. Necesitas comer en forma para rendir en la mañana —dijo con convicción y su alegría se amplificó cuando el catire se sentó y comenzó a injerir la comida.
Desde que el caribeño le confesó sus sentimientos, la actitud de este había cambiado radicalmente. A partir de ese día comenzó a pasar la mayor parte de su tiempo con Estados Unidos, le ayudaba en sus deberes, le hacía favores. Muchas veces lo descubría cocinando y limpiando los días y las áreas que a Jones le correspondían. Incluso había sucedido que entre tanta petición de ayuda, el norteamericano había cedido con más de un desastroso resultado. Ambos se acordaban de uno en particular en que Venezuela le exigió limpiar la piscina por él a pesar de no poseer experiencia previa, y en parte porque estaba cansado y porque el latino era bastante convincente, aceptó su petición y le explicó cómo debía obrar.
Sin embargo, Palacios se equivocó en un par de movimientos y se le deslizó el palo del limpiafondos, cayéndose él en el proceso. El estadounidense al oír el golpe en el agua, salió a revisar y se enfureció cuando divisó a Teodoro saliendo de la piscina sosteniendo el mango del limpiafondos.
—Vaya no sabía que bañarse en la piscina era parte de limpiarla ¿Tan rápido te aburriste de la tarea que la dejaste a un lado para atender tus caprichos?
—No me estaba bañando, me resbalé y caí cuando intentaba agarrar el limpiafondos.
—¿Se te resbalo de las manos? ¿Por qué?
—No lo sé, cuando lo arrastre para esa punta de la piscina la distancia fue mayor a la que preveía y…
—Perdiste el control.
—Sí. Lo siento
En el pequeño silencio que siguió a la conversación, Jones se dedicó a observar a su pupilo: aquel venezolano triste e inseguro resultaba nuevo para él y no sabía como manejarlo. Estaba molesto con él, pero al verlo tan vulnerable sentía ganas de protegerlo y perdonarlo, lo cual aumentaba su rabia al comprobar lo fácil se dejaba influir. Al final, desvió su rostro y suspiró—. Teodoro ve y báñate.
—Pero Alfred… —Giró su cuello a donde provenía la voz mientras le miraba dolido y confundido.
—Anda. Lo último que queremos es que te resfríes —Empujado por sus impulsos, Alfred miró de reojo a su compañero, deteniéndose sin querer en sus ojos—. No por favor, no me mires así —pensó afligido a la vez que posaba sus pupilas otra vez en el extremo del patio
Venezuela al percatarse de que Jones no cambiaría de opinión, caminó hacia la casa arrastrando los pies— ¿Y quién va a terminar el trabajo? —preguntó en el marco de la puerta.
—Yo —dijo sin volverse, agarró el mango del limpiafondos y se acercó a la alberca.
Palacios cumplió la orden a desgana. No obstante, cuando salió de la ducha su humor había mejorado. Se puso un bóxer y un short deportivo y se dirigió con una sonrisa a la cocina, preparó dos jarras— una con agua bien fría y otra con papelón con limón**—, sirvió dos vasos y se encaminó a la parte trasera, quedándose paralizado con lo que allí halló: Alfred se había quitado los lentes y la camisa y trabaja concentrado. Su cuerpo bañado por el Sol lucia lustroso por las finas gotas de sudor que se deslizaban por su pecho. El movimiento pendular que hacía destacaba deliciosamente todos sus músculos y creaba un efecto hipnótico y su trasero…Palacios inconscientemente se mordió el labio inferior ante esto último.
De repente, el norteamericano se volvió a mirarlo y serio llamó a un vergonzoso latino que depositó las bebidas en una mesa y se acercó dubitativo—. Voy a enseñarte cómo limpiar tu piscina. Agarra el limpiafondos. Muy bien.
Teodoro se esmeró en cumplir con todas las ordenes que le daban y se alegró que ello le ayudara a olvidarse de sus nervios y de lo que lo rodeaba.
Súbito, Jones abrazó las manos de Palacios, rodeando al moreno. Venezuela dejó de respirar—A-A-Alfr…—Comenzó a voltearse hacia Estados Unidos, mas la voz de este lo detuvo.
—Échate un poco para atrás.
La nación caribeña tragó y se le aceleró el corazón. La voz de Alfred se oía tan sedosa. Sin dudarlo llevo a cabo lo que le pedían, tensándose placenteramente cuando sus talones tocaron la punta de los dedos de Jones. Su corazón aumentó el ritmo.
—Inclínate un poco. Estas muy recto.
—¿Así?
—Sí. —Un escalofrío recorrió su columna. Ahora sentía su respiración en su cuello. Lo olía.
E.E.U.U se mantuvo en la misma posición unos segundos que a Palacios le pareció una deliciosa eternidad. Con cada respiración de rubio, su excitación crecía y crecía. Había cerrado los ojos inconscientemente y mordido sus labios para impedir que posibles gemidos escaparan de su boca.
—¿Ves esa mancha en el fondo?
—Si…—respondió en un tono grave y suave. Veía pero no miraba. Se estaba perdiendo en sus estímulos y no le importaba.
Empezaron a realizar en mismo patrón repetitivo y simétrico que el gringo antes había hecho. Ahora entendía porque le había parecido tan erótico: le recordaba a…
—Y ahora adelante y hacia atrás. Adelante y atrás. Adelante y atrás. Uno y dos…
No se estaban acariciando, ni siquiera se tocaban, pero para Teodoro, el simple hecho de tenerlo tan cerca, que sus manos rozaran las suyas, que su aliento y su voz continuamente lo acariciaran lo estaba matando. Su consciencia se había diluido por completo. Era esclavo de su lujuria. Lo deseaba tanto que le encantaría que Al…Que aprovechara este momento para…para…
—Bien, hemos terminado. Mira que bien ha quedado.
Venezuela abrió abruptamente los ojos ante dicha frase. Miró a ambos lados perplejo a la vez que se percataba con horror de lo despierto que se encontraba su cuerpo, mas como todavía se hallaba bastante aturdido, no pudo evitar golpearse la cara, el torso y las piernas al caer al suelo cuando Jones retiró el limpiafondos de sus manos.
—¡Teodoro! —E.E.U.U pasmado por lo que acababa de presenciar, lo levantó por los brazos asustado; momento que Palacios aprovechó para arreglarse el pantalón— ¿Estás bien? —inquirió preocupado.
—S-si —balbuceo entre nervioso y excitado por tenerlo tan próximo.
—¡Estas rojo como un tomate! ¿Tienes fiebre? —Palpó su cara en distintos puntos, haciendo que el latino se sonrojara todavía más—. Estas caliente, pero no tienes los labios hinchados.
—E-e-es por el golpe.
—¿Donde más te diste?
—En todas partes —susurró, cerró los ojos, suspiró y disfrutó de los suaves masajes que Alfred le proporcionaba en distintas zonas al cual respondía con negativas sobre si le dolía.
Ese gringo lo estaba volviendo loco.
Al terminar las caricias, Palacios volvió a la realidad decepcionado. Entonces, observó como Jones se levantaba, acortaba el espacio entre los dos, llevaba su mano izquierda hacia su cara y colocaba un mechón de cabello detrás de su oreja sin quitarle la mirada de encima. Sus ojos brillaban.
—¿Seguro qué estás bien? —musitó intranquilo.
—Sí.
—Me alegro. —Alfred relajo su semblante a la vez que se le dibujaba una sonrisa llena de cariño—. Es que cuando oí el golpe en el agua me asusté tanto. Pensé que algo grave te había pasado. Si algo te pasara yo…yo…
El venezolano quedo maravillado por la profundidad y la intensidad de la pupila del catire. Anhelaba tocarla, hundirse en ella. Luego se fijó en sus labios finos pero apetecibles y se lamió los propios.
Estados Unidos rodeó delicadamente la cintura del latino con su brazo y lo atrajo hacia sí. Teodoro envolvió el cuello del catire con sus manos. La adrenalina recorría su cuerpo, su respiración era entrecortada, sus mejillas estaban calientes y su corazón pedía salir de su pecho.
Entonces, fijo su vista en Alfred y lo halló en el mismo estado, lo cual lo satisfizo enormemente. Observó nuevamente sus ojos y su boca entreabierta y descubrió que era deseado. Cerró sus párpados, estrechó la distancia y esperó. Inmediatamente sus labios fueron capturados por los de Jones.
Su libido creció nuevamente. Quería recorrerlo entero y ser recorrido, marcarlo y ser marcado, que lo hicieran gemir y gritar de placer, que el rubio se desinhibiera con él, que al verlo no pudiera resistirse a tomarlo y hacerlo suyo con pasión y devoción.
Sin embargo, esto no era más que dulce beso. Debía repetírselo. No le beneficiaría «atacar» a Al por mucho que lo anhelara por que, seguramente, el gringo pensaría que solo buscaba aprovecharse de él. Así que, con mucha fuerza de voluntad, se dispuso a divertirse, a probar los labios de Jones desde todos los ángulos.
En un momento dado, Estados Unidos puso una mano en la mejilla de Venezuela, cortó el beso, se separó de su amante, acarició su cara mientras lo miraba completamente enamorado—I love you —susurró ansioso.
—¡Yo también te quiero! —afirmó eufórico estrechando la distancia entre los dos.
Alfred lo abrazó con fuerza y empezaron a dar vueltas saltando y riendo extasiados.
Se sentía tan bien, pensó Venezuela ¿Hace cuanto que no experimentaba esta sensación? Ya no se acordaba, pero quería quedarse así para siempre. Albergar en su pecho ese sentimiento todos los días de su vida.
Pasado unos minutos, dejaron de brincar, se vieron a los ojos y se fundieron en un beso más fogoso. El caribeño, que se había olvidado de su promesa, lamía y mordía los labios de su amante a la vez que enredaba sus dedos en los mechones rubios con pasión. Jones ante tal atención, abrió su boca en un gemido. Aprovechando la oportunidad, Palacios introdujo su lengua y comenzó a degustar con fruición encendiéndose más y más gracias a las muestras de placer de Jones. Por su parte, el gringo acariciaba la espalda y los cabellos del moreno de una forma cada vez más salvaje, hasta que se apoderó del trasero de Venezuela con ferocidad, momento en el cual el latino soltó un sonoro gemido y chocó su entrepierna con la del estadounidense
Como consecuencia del inesperado contacto, E.U.A emitió un gruñido a la vez que cerraba los ojos, para luego mirar a Teodoro con deseo—. Parece que alguien está bastante despierto —musitó con tono grave.
—Y parece que alguien también lo estará dentro de poco. —Le guiñó travieso, pegó su entrepierna de la de su pareja y comenzó a sobarse contra esta. Jones gemía, gruñía, temblaba y nombraba a quien le propinaba semejante placer—. Esto, querido Alfred —murmuró en su oído arrastrando las palabras— se llama «pulir hebilla». —Y se separó de él. Sin embargo, Jones cegado por la lujuria lo atrajo de nuevo poniendo sus manos en los glúteos de latino para que no se le escapara a la vez que se los apretaba y se rozaba contra él.
La nación suramericana le clavó las uñas en los hombres y echó la cabeza para atrás, entonces el catire la devolvió a su sitió logrando que ambos mares se juntaran—Mírame Teo…Teo…
—¿Q-qué?
—¡¿Qué te pasa?! ¡¿Por qué no me respondes?! —A pocos centímetros de su cara apareció un norteamericano francamente enojado. Asustado por la impresión, al país caribeño se le derramaron las bebidas, ensuciando a E.E.U.U y el piso en el proceso— ¡Teodoro! Agh! Look what you've done! What is your fucking problem?! Fuck!
—Yo…yo… —balbuceó con la cara completamente encendida, percatándose de la jugada que le había hecho su mente y lo que realmente había pasado.
—Go away! —gritó exasperado mientras que su lenguaje corporal le ordenaba que abandonara el patio, cuestión que el otro cumplió inmediatamente.
Muerto de la pena se perdió en los recovecos de su hogar.
De eso habían pasado unos días y, no obstante, Alfred cada vez se mostraba más irritado a cualquier sugerencia de ayuda o favor que viniera de Venezuela, hasta que un día le espetó— ¿Es qué tú crees que yo soy tan fácil de convencer? ¿Qué con unos cuantos favores y palabras bonitas voy a perdonarte?
—No, simplemente quería que te sintieras más cómodo en mi casa y quería pagarte por todas tus atenciones.
En el fondo, Jones se hallaba atribulado. Por un lado, veía y sentía el gran esfuerzo que su compañero hacía para que lo perdonara y le creyera, lo cual a veces lo exasperaba, pero también admiraba su fuerza de voluntad y le apenaba toda la devoción que le dedicaba y que no disfrutaba por no saber qué lado tomar. Deseada consolarlo entre sus brazos y comenzar de nuevo y, por otro lado, sabía que jamás se perdonaría si volvía a caer en sus trampas y aunque sus instintos le gritaran que Venezuela le decía la verdad, se encontraba tan asustado que no creía en los mismos.
Pero lo peor de todo era que, aunque no lo admitiera, estaba perdiendo la guerra. No solo se trataba de atenciones materiales, sino del comportamiento del otro: dulce, atento y amable; siempre tenía palabras de aliento y desde el extraño incidente de las bebidas había moderado su torrente de acciones y frases hasta convertirlo en un suave pero continuó goteo que poco a poco erosionaba la pared que Jones había construido. Si eso lo unía al humor que el moreno le imprimía a la vida, notaba que sus defensas caían más rápido de lo que podía soportar. Para terminar de agobiarlo, Venezuela resplandecía de tal forma que la gente no podía evitar sentirse atraída a su paso— cosa que enfurecía bastante al gringo— y sus ojos refulgían con una intensidad y belleza que solo se equiparaba a su nueva radiante sonrisa. Dos cuestiones que le habían hecho olvidar sus objetivos más de una vez.
En cuanto a Palacios, desde que había aceptado su situación el calor que se había instalado su en pecho no hacía más que crecer. Vivía en una inestabilidad emocional que iba desde un eufórico nerviosismo a una aguda pena, actuaba de forma torpe, distraída y extraña y sus pensamientos solo giraban alrededor de un tema: Alfred— ¿Dónde estará? ¿Cómo estará? ¿Estará feliz? ¿Tendrá frió o calor? ¿Estará agobiado con tanto trabajo? ¿Debería llevarle algo? ¿Estará pensando mí? ¿Me habrá perdonado? ¿Le gustará lo que le preparé? ¿Le agradará la vestimenta que llevo puesta? ¿Cuál debería ser el siguiente paso que debería dar?—esas y un sin fin de preguntas más eran las que se planteaba desde que se levantaba hasta que se acostaba con el corazón agitado. Se reía de todo y se afligía por cualquier tontería. Y no importaba cuantas acciones y palabras crueles el gringo le enterrara en el pecho, él seguía vigilando su bienestar día y noche para aparecer en el momento en que el otro lo necesitara, como ahora que Alfred llevaba más de 5 minutos observando su comida sin emitir ningún vocablo—¿Al está todo bien? ¿Quieres que llame al mesero para pedirle que te cambie el postre? —cuestionó inquieto.
Jones levantó sus ojos y los paseó con meticulosidad por el local— ¿A cuántas has traído aquí?
—¿Disculpa? —Pestañeo varias veces perplejo.
—Este es un restaurante bastante elegante he de admitir, por eso me estaba preguntado cuantas han tenido el honor de disfrutarlo contigo —siseó traspasándolo con sus centelleantes pupilas medio escondidas detrás de sus párpados.
El país caribeño suspiró largo y tendido ¿Cuando dejarían de pelear? Aunque nunca había sido una persona especialmente paciente, realizaba un esfuerzo por ese catire por amor y porque entendía que en parte se merecía su ira. Pero temple se le estaba acabando.
Se limpió elegantemente las comisuras antes de contestar—. Muchas menos de las que piensas. Para ser exactos, una mujer, una muchacha y un muchacho. No puedes llevar a todos al mismo sitio. Tienes que tener en cuenta sus gustos. Las dos eran unas sifrinas*** y no se iban a conformar con menos y al chico lo quería sorprender.
—¿Y la tasa de éxito? —Una acida sonrisa adornó su irónico mensaje.
—Podríamos decir que el saldo es negativo —La tranquilidad que acompañó a la respuesta fue tal que cualquiera que los viera difícilmente creería que hablaban de estadísticas y no de sexo— La mujer al final decidió regresar con su aburrido marido y la muchacha era demasiado insoportable —bufó irritado ante el recuerdo.
—Ah claro, y me trajiste para ver si accedía a tener sexo contigo y mejoraba los porcentajes, ¿no es así? —comentó con sorna.
Venezuela apretó un puño debajo de la mesa, deteniendo de esta forma el comentario que ordenaba salir de su garganta; inspiró y expiró hondo sonoramente para calmarse—. Para empezar yo no quiero tener sexo contigo. Quiero hacer el amor. No quiero un simple intercambio como el que tienes con mi hermano, quiero darte placer porque cuando tú disfrutas me lleno de gozo. Quiero que ese acto trascienda lo físico y sea otra forma de transmitir el amor que sentimos el uno por el otro y como último, la conexión de nuestras almas
E.E.U.U que buscaba derribar la mentira de Palacios, quedo totalmente deslumbrado ante el discurso hablado y corporal del caribeño. La vehemencia de sus palabras, su serio rostro, y el límpido brillo de sus pupilas le cortaron la respiración: Venezuela hablaba desde el corazón; y a él la vergüenza lo atragantaba. Se levantó presto incapaz de soportar la acuciante mirada de su compañero y dejo el local en silencio.
Palacios resopló por tercera ocasión en la velada, posó sus pupilas en el suflé de chocolate de leche que había rechazado Alfred, intercambió los platos de lugar, tomó un poco del postre con su cucharilla y lo paladeó—Quien se va de villa pierde su silla.
Una hora después se encontraban paseando por un centro comercial para comprar unos zapatos a Jones ya que, según Teodoro «no entiendo como no sientes pena al salir con esos zapatos de goma****».
Aunque caminaban juntos, la poca comunicación se había vuelto a romper después de incidente del restaurante, y no obstante, Palacios transmitía una tranquila alegría que atraía al resto de los transeúntes de tal manera que no podían evitar girar la cabeza cuando el venezolano pasaba, enervando de nuevo al gringo— ¿Puedes dejar de hacer eso? —murmuró entre dientes.
—¿Qué? —preguntó con curiosidad.
—Dejar de estar feliz, dejar de sonreírle a todo lo que pase delante tuyo —explicó conteniendo su malhumor.
—No, no puedo porque eres tu quien me produce este estado. Además, el cómo yo me sienta es cosa mía y de nadie más.
—La gente te mira.
—Ese no es mi problema. Creo que últimamente he sido bastante respetuoso contigo: no le echado los perros a nadie y solo tengo ojos para ti.
—Eso es mentira. de tanto en tanto se te desvían los ojos hacia alguna chica.
—Bueno soy humano y me gusta la belleza como a todo el mundo. Se trata de un acto instintivo nada más. Tú también lo haces y no intentes negarlo que te cacé buceando a la muchacha que acaba de pasar ¡Oh! Llegamos a la tienda.
Mientras Alfred se probaba zapatos, Teodoro paseó por la tienda, se compró un vaso de chicha***** y se la bebió.
Una vez exentos de diligencias anduvieron sin rumbo, siguiendo la gran masa uniforme de gente que llenaba el lugar y, sin pretenderlo, terminaron a las puertas de la sala de las maquinas recreativas. Se miraron por un segundo y entraron. Jones fue a pagar las fichas, Palacios recorrió la sala decidiendo a que destinarían las primeras monedas. Una vez que el rubio se liberó de las lisonjeras intenciones de la cajera, buscó al venezolano con la mirada, impactándose primero, confundiéndose después: en uno de los lados del hockey de mesa estaba Venezuela sosteniendo su mazo con una sonrisa traviesa ¿Acaso quería que la disputa arribara niveles mayores? Dirigió sus pupilas hacia dónde le indicaba el dedo de Teodoro hallando su mazo. Volvió a observar el Mar Caribe intentando dilucidar el plan del moreno, pero este solo le contesto «¿Me podrías dar una ficha?», «Gracias» y «Oh, mira» con una expresión alegre mientras le enseñaba el disco.
Palacios depositó el disco en la superficie deslizante y la golpeó tan fuerte y rápido que la única prueba que Estados Unidos tuvo de que el disco había cruzado su portería fue el cambio de positivo en el marcador para la nación caribeña.
Recogió el disco todavía perturbado y lo lanzó, más Venezuela, en un movimiento abrupto de su brazo, lo devolvió zigzagueando al mismo sitio, enfureciendo al gringo de la humillación. Empero lo que más lo enojó fue cuando el venezolano degustó la burla siguiente con la desfachatez en el rostro: «No joda Alfred 'tas ahuevoneado. Estoy comenzando a pensar que todas las competencias que tu gente ganó estaban amañadas******»
Suficiente ¡Esto era la guerra!
Sin embargo, después de la partida, la amenaza quedo reducida a su mínima expresión, la frase. Terminar en un 2-6 en contra ¡Qué vergüenza! Y Venezuela no solo alardeó de su triunfo sino que se lo restregó en su cara
—Devuelve mis trofeos gringo tramposo. —Rió arrogante— No se ni cómo tienes el valor de enfrentarte a mí.
—¡Quiero la revancha!
—¿En serio? —Sonrío con sorna— Pues eso tendré que verlo, porque por ahora…— Bostezó exageradamente.
—Pido cambio de sitio.
—Como quieras, de todas maneras voy a ganar igual.
Como si de un predicador se tratara, Palacios volvió a derrotar Jones aunque con una ventaja de dos puntos, y como eso no le bastaba al herido orgullo del catire, continuaron con su enfrentamiento hasta que el norteamericano sobrepasó el número de victorias de un enojado latino.
—¿Qué pasó? ¿Ya te cansaste? —preguntó en un tono provocativo y altivo.
—¡Me distraje, solo eso! ¡Mete otra ficha y te lo demostraré! ¡No! Mejor dame la ficha a mi y nos cambiamos de lados.
—¿Conque usando la típica excusa del mal perdedor? ¿No pensé que cayeras tan bajo Teo?
Aquella frase lo decidió todo. La existencia de ambos hombres se supeditó al tablero; vivían para demostrar, en el absurdo torneo que ellos mismos habían creado, quién era el mejor, y nunca se definía nada pues la mínima ventaja que lograba uno la destruía el otro. Si hubiera sido decisión de ellos la dinámica no hubiera terminado jamás y, sin embargo,…
—Saca otra ficha, pues ¿Qué pasa?
—Es que no encuentro más —dijo buscando incesantemente en el bolsillo de su pantalón, lo abrió con los dedos de las dos manos y miró en su interior. Nada—. Se me acabaron —agregó mirando fijamente a Venezuela.
—¿Cómo?
En ese momento se percataron de la cantidad de personas que los rodeaban y de los quejidos de una niña que también quería jugar. Avergonzados por su actitud, cada uno intentó esconderse según sus medios: Alfred agachó la cabeza mientras suspiraba, Teodoro se rascó la cabeza a la vez que miraba hacia la salida. Al unísono dejaron la mesa y caminaron unos pasos.
En el local de baldosas blancas y negras se respiraba un ambiente festivo de sábado por la tarde. La música a un considerable volumen se mimetizaba con los sonidos de las maquinas, las travesuras de los niños, los regaños de los padres, los gritos de los grupos de adolescente y, un poco más apartados del resto, encerrados en la intensidad del primer amor, se oían pequeños besos y murmullos de cariño.
—¿Cuánto crees que cueste la mesa? Digo porque me serviría para bajarle dos a cualquier tensión que tuviera con alguien.
—Es verdad. Voy a comprar fichas.
Impactado por la respuesta de Jones, que últimamente cuando no discutían se limitaban a monosílabos, levantó el rostro buscando la expresión del gringo, mas había llegado tarde pues el otro ya había andaba hacia la caja. La preocupación otra vez lo volvió a asaltar.
Lo que el caribeño no sabía es que la reacción que había causado en el norteamericano había sido distinta a la que él pintaba en su cabeza: al oír la pregunta, a Jones su corazón se le rebeló y la irónica risa por la situación se convirtió en una pequeña sonrisa: Venezuela, un país que gracias a una grave crisis financiera y política había sufrido saqueos espontáneos y varios golpes de estado fallidos; el más famoso de ellos planeado y dirigido por su recién elegido jefe de estado; seguía viviendo en la época del «'ta barato dame dos*******»
Al no saber cómo proceder de acuerdo a sus emociones, optó por la salida más sencilla, la evitación: dio media vuelta y a grandes zancadas cubrió la distancia que lo separaba del mostrador; mas, a la mitad del trayecto sus sentimientos lo volvieron a traicionar, se giró hacia donde se hallaba el venezolano y, resguardado por la distracción de este, se consintió una dulce y relajada expresión antes de encarar la coquetería de la cajera.
Una vez surtidos, recorrieron el local probando maquinas, aunque de tanto en tanto vigilaban e intentaban a acceder a uno de los juegos más populares de la sala: una gran pantalla que presumía de una aventura submarina en pareja en el que los contendientes tenían que ir matando a los monstruos que iban apareciendo por el camino. De repente, a las chicas que estaban atornilladas en los asientos desde hace más de media hora se les acabaron las fichas y desganadas se levantaron. Entonces, como si fueran un comando, ambos chicos usurparon el asiento de tal forma que nadie se atrevió a acercárseles.
Echaron la moneda y comenzaron a jugar. Ya habían estudiado la dinámica detenidamente y como no resultaba para ninguno de los dos la primera vez que jugaban, pasar los primeros niveles fue cosa de pocos minutos. No obstante, con el aumento de dificultad vinieron los primeros suspiros, sudores y angustias—. No lograremos pasar de acá Al. Nunca pase de este nivel.
—Ni se te ocurra abandonarme. No en este momento que estamos tan cerca.
—Pero…
—Prefiero que caigas luchando a que me dejes frente al monstruo, porque aunque desfallezcas tus tiros no habrán sido en vano ¡Te vengaré! ¡Haré que tu nombre sea recordado por los siglos de los siglos en el ejército! —respondió clavándole la fogosa mirada.
—Además puedo volver en el siguiente nivel —agrego cada vez más extrañado y divertido ante la reacción de Jones. Era obvio que se había enfrascado en la realidad virtual.
—¡Ese es el espíritu!
Con ese nuevo aliento llegaron al último nivel bastante maltrechos y agotados pero con la convicción de su valía. Sin embargo, su oponente era demasiado poderoso y rápido por lo que todas las estratagemas resultaron frustradas y pronto se encontraron arrinconados y sin municiones. Tragaron hondo y contuvieron la respiración. De repente, en la esquina mas cercana a Palacios, apareció un paquete de balas ¡La salvación! Pero había un problema: uno de los tentáculos impedía su adquisición. Y Jones supo que había arribado su momento y en un ataque suicida, tiró su nave contra el monstruo haciendo que chillara del dolor y retirara su miembro herido. El venezolano impactado por este acto tan inusual como heroico, juró que el sacrificio de su compañero no sería en vano y en un coletazo de rabia agarró el cartucho y disparó con precisión. Al final, jadeando y con las manos cansadas observó la pantalla con asombro. El catire lo acompañaba en la emoción.
—¿Ganamos?
—Sí, ganamos —gritaron de al unísono exultantes, se giraron y la alegría mutó a una serie de sentimientos contradictorios: amor y rencor, enfado y euforia, tristeza y desesperación; paralizándose en el acto a la espera que el otro le diera indicaciones. Mas como nadie se movía la revoltura iba en aumento.
Finalmente, Estados Unidos intentó romper el incómodo ambiente y colocó una mano en el hombro de su compañero de «armas»—. Bien hecho —Sin embargo lo empeoró, ya que sintió como la piel del moreno se erizaba bajo su toque y fue testigo del leve enrojecimiento de sus mejillas, lo cual provocó que la retirara y que también se sonrojara.
—Deberíamos irnos —dijo después de un rato en silencio que le pareció eterno, se levantó y caminó raudo hacia la salida y, luego en dirección al estacionamiento.
E.E.U.U, que tardó en reaccionar, lo siguió trotando.
...
Tocó el timbre de la casa de su hermano por segunda vez. Panamá imploraba porque estuviera ocupado o durmiendo y no le abriera. Empero, entrevió a través de la ventana como la figura de su familiar se acercaba a la puerta. Maldijo internamente. La puerta se abrió y un alegre y sorprendido México le dio la bienvenida.
—Lucia, qué sorpresa ¿Qué te trae por aquí?
—Bueno, estaba por la zona y quise aprovechar ¿Estás ocupado? —pensó: di que si, por favor.
—Para nada. Pasa —dijo echándose a un lado e invitándola a acompañarlo.
La chica detestaba lo que iba a hacer. No deseaba acabar con el buen humor del mexicano, pero el no transmitirle lo que ya todo el mundo sabía acerca de E.U.A y él—incluyendo al propio gringo—sería una falta de respeto y eso le resultaba todavía más intolerable.
...
Jones se llevó las manos a sus ojos y apretó su mandíbula para no gritar. Llevaba media hora sentada delante de la pantalla de su laptop y no había podido proceder con su plan. Hace dos semanas había encargado a la CIA el programa capaz de obtener las claves de seguridad del correo de un posible sospechoso, lo había instalado y solo le faltaba correrlo. Resulta un proceso tan sencillo, eficiente y rápido que, a menos que alguien más se lo dijera, Teodoro no se percataría jamás de que su privacidad habría sido violada. Pero había un problema: su corazón. Todavía en los momentos de mayor desconfianza y amargura no había podido apretar el botón de «aceptar» ya que su mente lo asaltaba con visiones y recuerdos varios sobre el venezolano que lo alteraban y confundían. Sabía que si continuaba por ese camino destruiría completamente su relación ¿Valía la pena? Al principio, el argumento que esgrimió para dar rienda suelta a su calculador rencor se basó en desmontar la vehemente frase de Palacios de que con acciones iba demostrarle cuanto lo amaba. Sin embargo, cuando tuvo todas las herramientas para trabajar su corazón se volvió contra él. Incluso en el más acido reconcomio se sentía impotente a tomar una decisión y con él pasar del tiempo y la falta de pruebas fehacientes— llamadas de teléfono sospechosas, miradas indiscretas, piropos, desapariciones inexplicables— se vio cada vez más indispuesto al espionaje.
Suspiró. Hasta lo había hecho llorar otra vez.
Todo comenzó cuando el venezolano guardó su celular luego de contestar una llamada. Le dijo que se tenía que ir, que la cena estaba hecha, que no lo esperara, que cenaría allá; el motivo era que tenía que dar su opinión sobre la belleza de las concursantes y cuál pensaba que serviría para los distintos concursos internacionales.
Los celos devoraron su juicio: dudó y criticó toda explicación, exigió al otro que permitiera su presencia en acto para demostrar su fe y lo acusó de esconder sus verdaderas intenciones al negarle lo que le ordenaba. Venezuela golpeó la mesa con ímpetu al tiempo que le gritaba «Basta» hartó de tanta discusión y con los ojos aguados, bramaba que no iba a subyugarse a su chantaje, que no le correspondía estar en la selección y punto, y aireado tomó las llaves y tiró la puerta.
Posó de nuevo sus pupilas en la pantalla. Aquello había revivido su desconfiada rabia y deseaba expresarla mediante la obtención ilegal de información. Pero no podía y lo sabía.
Miró con la puerta de la casa y sintió la rabia subir por su garganta y aposentarse en su boca. Pensó: «¿Dónde está? ¿Estará con otra? Después de lo de ayer es probable» y ese liquido inexistente se mezcló con la pena, e intentando detener su efecto en sus ojos, lo tragó; más lo único que consiguió fue que el pecho se le oprimiera.
...
Al atravesar el vestíbulo del local divisó a Lucía en la terraza junto a Jaime. Pensó: «Genial. Lo que le faltaba».
Bufó y caminó hacia ellos serio. Ellos voltearon al sentir su mirada con sendas expresiones de molestia. Venezuela no se esforzó en ocultar la suya, saludó y se sentó.
Como había intuido, esta no resultaría una charla: se mantuvieron en silencio, no se dirigieron sonrisas ni hubo bromas para aligerar el ambiente, nadie bajo la guardia, la rabia o la tensión de su mirada.
Lucía atacó primero y aunque hizo el esfuerzo de no gritar, la voz se le elevaba de vez en cuando, Jaime la respaldaba silenciosamente. Teodoro por su parte respondió lo más tranquilo que pudo con mala fingida indiferencia que rayaba en el insulto.
—¡¿Cómo pudiste decírselo?! ¡¿Cómo?!
—¿Arreglaría las cosas si dijera que no lo planeé?
—¡No! Gracias a ti tuve que visitar a Alejandro expresamente para decírselo ¡¿Cómo pudiste?!
—Lo siento…
—¡Ja! ¿Tú crees que eso te va salvar? Entiende esto bien: No me voy a ir de acá hasta que no me des una buena razón de porqué lo hiciste.
—¿Y por qué le contaste a Alejandro? Te metiste en un peo tú solita.
—¿Disculpa? El que empezó con esto fuiste tú ¿Quién vino de chismoso y le contó a E.E.U.U que todos sabíamos de su amorío con Ale? ¿Ah?
— Tanto como amorío…Ya lo subiste de categoría. —E inmediata se mordió la lengua por su torpeza. Colombia le dirigió una rápida mirada suspicaz y Lucía, que en un principio lo vio con extrañeza, se llevó las manos a la cabeza irritada por la forma en que su hermano intentaba desviar la atención.
—¿Tú crees que soy estúpida? No me voy a dejar arrastrar tan fácilmente. Era menester comunicarle lo que ya todos sabíamos, pues con el tiempo seguro notaba algo diferente entre él y el gringo y la posibilidad que el mismo gringo le contara no es alta. Así que para salvarnos de mal mayor y por respeto a mi hermano, lo hice. Por ello…¡No me digas que me metí en yo solita en un peo! ¡Agradece que te salvé, coño! —Con un brillo furibundo en las pupilas, escupió las palabras rencorosa de que así le pagasen su empatía.
—…¿Y como está… Alejandro? —contestó rascándose la cabeza y evitando los ojos de Lucía avergonzado.
—¿Ahora te interesa? Pff…En estado de shock, o por lo menos así estaba cuando lo deje. No pude decirle quién fue el sapo********. —Lo atravesó con sus pupilas— Ni siquiera sé si oyó que el gringo ya estaba enterado. Pero si me lo pregunta, se lo diré ¡Que te quede claro!
—¿Porque lo hiciste Teodoro? —La voz de Jaime retumbó en el circulo formado a través de la mesa. Venezuela lo estudió por el rabillo del ojo.
—Supongo que no tenía opción —afirmó con una estudiada pose de arrepentimiento.
—¿Ah sí? —Colombia levantó el mentón mientras por su boca destiló un escepticismo que tensó los músculos del otro muchacho.
—Bueno quizás no resultaba una necesidad tan inminente…Él vino a visitarme y mientras estuvo conmigo se comportó muy desagradable; siempre hablando sus grandes hazañas como «héroe», no me escuchándome cuando hablaba o cambiando de tema si yo adquiría «demasiado» protagonismo. En un momento dado, intentando guiar su discurso, y, en parte, soltando frustración, le comenté que extrañaba ciertas compañías y él, para rematar, me recriminó que gracias a mis hábitos equivocados había desarrollado un necesidad que en realidad no existía y que debía seguir su ejemplo de rectitud.
—¡Oh dios! —dijo Lucía tapando su cara con una mano anticipándose a lo que venía.
—Y cuando le aclaré que mentía, se arrechó por completo y me regañó intercalando ejemplos que demostraran su correcta y mojigata moral con mi desviado código de valores. 'Tonces…estallé y le dije lo que ustedes ya saben.
—Te creía más capaz de guardar secretos— murmuró Panamá con resentimiento.
—Y lo soy, pero esa fue una ocasión especial. Además, si lo miras bien tampoco es tan malo.
—¿Qué no es tan malo!
—No porque, realmente, ya le estábamos faltando el respeto a Alejandro antes con no decírselo. O sea, todos los sabíamos pero fingíamos delante de él que no, pero siempre se colaba alguna expresión o comentario referente a eso. En otras palabras, hablábamos a sus espaldas y no tan a sus espaldas y eso es hipócrita.
—No creo que se haya dado cuenta. Ya sabes lo egocéntrico que es.
—Pero tampoco es estúpido. Seguro algo vio —respondió el colombiano para sorpresa de los demás.
—Además nos convenía enfriar esa relación.
—¿A qué te refieres? —pregunto Lucía por ella y su hermano.
—A que si Alfred y Alejandro se hicieran novios podríamos tener problemas.
—¡Ay, por favor!
—No, no, piénsalo más detenidamente. Ya sé que las posibilidades son remotas, pero si pasara Estados Unidos tendría más alcance para dañarlos y nadie que lo parara.
—De normal nadie lo para.
—Sí pero la diferencia es que tendríamos el enemigo en casa.
La muchacha lo observó durante un rato con suspicacia, luego se masajeó las cienes, se levantó y dirigió de nuevo sus pupilas al interrogado—. No hemos terminado. Ya vuelvo. —Anduvo hacia el interior del local y se perdió en el mismo, mas en medio de la mesa su «No me lo puedo creer» quedo flotando.
Colombia sorbió lo que le quedaba de café en la taza y encaró a Venezuela—. Y bien, me vas a contar la verdad.
—Si ya la oíste —contestó indolente.
—A mi si que no me engañarás ¿O es que se te olvidó que estuve en tu casa? Yo te vi y lo vi. Y si te lo digo es porque creo que mis conjeturas son correctas y ya estás en esa fase.
—Como te gusta hablar enreda'o, chico.
—No te hagas el ahuevoneado ahora. El golpe que le diste con esa información debió ser bueno, demasiado bueno ¿Lo planeaste?
—Chamo ahora si te volviste loco.
—No, seguro que actuaste por impulso. —Siguió con su monologo ignorando a su hermano— Bueno, impulso…Realmente evaluaste la situación y viendo las consecuencias que habría si no movías ficha, optaste por «sacrificar» lo que te resultaba más prescindible y hasta cierto perjudicial. Y todo esto lo pensaste en una fracción de segundo. Lo que me llama la atención es el detonante de la situación. Qué fue lo que te llevo a tal extremo.
—Y a mi lo que atrae mi atención es esta repentina curiosidad por hechos que no te afectan. Eres un chismoso, como la mayoría de esta familia, pero cuando ocurre algo y eso no te genera ni ganancias ni perdidas, dejas de interesarte. Como mucho tomas la cómoda posición de espectador ¿Ahora porqué te metes en asuntos que no te incumben, Jaime? —Palacios posó sus molestas pupilas en las de su hermano y este se las sostuvo con la misma emoción, mas no pudieron ahondar en el asunto pues Lucía ya volvía.
Horas más tarde, mientras cenaba en compañía de un silencioso gringo, reflexionaba acerca de la conversación. Aunque la conjetura de Jaime fuera bastante precisa, no tenía el más mínimo deseo en alimentar su análisis. No le gustaba que lo descubrieran y menos Colombia. No obstante, si lo pensaba bien, la respuesta que le había dado había sido correcta, ya que si Jaime aireaba sus suposiciones—más que acertadas—de que su hermano estaba enamorado de E.E.U.U, no solo el susodicho se vería perjudicado, sino el colombiano también. Podía alegar que lo hacía para salvar a su familia de la «enajenación de Teodoro al enamorarse del gringo que tantas tragedias trajo a nuestra amada región», pero de nuevo, eso le traería la desconfianza familiar por chismoso. No, Jaime no lo haría; adoraba percatarse de los secretos de los demás y mantener un perfil bajo y aquello se lo quitaría.
Además con esa actitud se había desprendido de la arrechera de las preguntas de Lucía y la actitud de los dos. Una pelea más, que es una raya más para un tigre*********.
En cuanto a su hermana, no sabía si había logrado convencerla. Sin embargo, lo que capturaba su atención era lo que tenía enfrente: levantó la vista y observó a Alfred hasta que este lo sintió y le dirigió una mirada interrogativa. Palacios volvió a fijarse en su plato.
Como un adolescente locamente enamorado, se había esforzado mucho en demostrárselo; se había calado sus hirientes comentarios, sus sarcásticas bromas, sus rencorosas miradas, sus bruscos cambios de humor, su hostilidad, sus celos; todo lo había aguantado con un temple que no creía poseer y aunque la paciencia se le iba agotando, la llama que el catire había encendido en su pecho todavía le permitía sacar fuerzas.
Por ello, una punzada contrajo su cuerpo al recordar las huellas de sus avances borradas por la lluvia reciente de celos y recriminaciones de Jones. Había resultado una odisea que le dirigiera la palabra, luego que sus frases no fueran corrosivas, después, que aceptara a regañadientes pasar tiempo con él, y al final, que lo disfrutara. Todo aquellos pasos los habían dado juntos e incluso sus expectativas habían sido superadas cuando el gringo voluntariamente le puso la mano en el hombro para celebrar la victoria. De hecho el asombro fue tal que la confusión impidió que aprovechara la oportunidad.
Empero, la pelea de ayer parecía haber destruido parte del camino. Siempre estaban volviendo sobre sus pasos y Teodoro calculaba que a esa velocidad le tomaría una eternidad que Alfred lo aceptaba y no disponía de tanto tiempo. Afortunadamente, ya había trazado un plan para acelerar el proceso y, si no funcionaba, por lo menos se llevará un recuerdo agradable.
—Alfred —lo llamó y elevó su rostro—. Creo que deberíamos irnos de vacaciones.
No se como hago para meter cada vez más mas explicaciones y venezolanismos xd. Si deberían haber cada vez menos términos y hay más XD
*Perico: huevos revueltos mezclados con pequeños pedazos de tomate frescos y cebolla que se sirve con la arepa del desayuno.
**Limonada hecha a base de lima, agua y papelón (también conocido como panela). El papelón es lo primero que se obtiene de la caña de azúcar cuando se extrae su liquido que después de mucho procesos se convierte en azúcar. En Venezuela lo que se conoce como limón es en realidad la lima y el limón amarillo se llama limón francés.
***Sifrina: presumida, pija, fresa, etc.
****zapatos de goma: calzado de deporte, deportivas.
*****En Venezuela hay dos tipos de chicha, la que Teodoro toma es la criolla que está hecha a base de arroz y leche entera (la que no se le extrae la grasa), condensada y evaporada a la que se le agrega al final canela, leche condensada y cuentas cosas quiera la persona. Como es una bebida no alcohólica y que se sirve bien fría se podía encontrar fácilmente en los supermercados o en puestos ambulantes en los centros comerciales.
El otro tipo de chicha es conocida como andina y se basa en la mezcla de arroz, maíz y jugo de piña fermentado. Es bastante dulce y su consumo se reduce más que todo a la zona de los Andes, de allí el nombre.
******El hockey de aire es un deporte con sus correspondientes campeonatos continentales y mundiales. De hecho, aunque la mayoría de las veces los estadounidenses se llevan todos los premios, durante tres años seguidos (1998-2000) el primer y y el segundo lugar lo obtuvieron los venezolanos Jose Mota y Pedro Otero. Mota ha ganado en otras ocasiones la medalla de plata y bronce.
Otros países buenos en el hockey de aire son España y Rusia.
*******Se refiere a los años 70 cuando el superhabit convirtió a muchos venezolano en seres frívolos que eran conocidos en Miami por gastar sin mesura con la frase «¿A cuanto está? ¿Ah, si? Dame dos».
********Sapo: soplón.
********significa que ya te han pasado muchas cosas y que te pase una más no hace diferencia. En este ca so se refiere a las peleas.
