—Hoy el Señor nos observa y nos invita a perdonar a los demás y a nosotros mismos. Ya que del perdón parte la curación del espíritu. Así lo dijo…
El sacerdote siguió arengando tranquilo a los feligreses, mientras que Jones consideraba su discurso como un murmullo sordo que se evaporaba y se depositaba en la parte alta de la estancia.
Sin embargo, captó la palabra «perdonar».
Contempló la iglesia sencilla, pequeña y pobre en la que se encontraba, luego dirigió su vista a la persona sentada al lado suyo, Teodoro, y recordó la idea de este de ir a la misa del domingo para que el Padre, que también fungiría como árbitro en el partido, conociera a los nuevos fichajes. El argumento que esgrimió para ello es que si bien el clérigo no se tragaría que de la noche a la mañana tantos jóvenes se hubieran convertido al cristianismo más ortodoxo, si resultaba una demostración de respeto y aprecio hacia él.
Ningún ser humano es totalmente imparcial. Si tenían el agrado del cura quizás se inclinaría a su favor en las faltas durante el partido. Para que su táctica surtiera efecto debían visitar, de vez en cuando, al futuro arbitro. Posiblemente el equipo contrario hiciera lo mismo, así que ¿Por qué no hacerlo con sutileza y elegancia?
El catire sonrió orgulloso de su amigo. Tan astuto y brillante. Una movida tan de él.
De pronto atestiguó que se levantaba y lo imitó.
—Dense la paz —pronunció el clérigo para sorpresa de norteamericano que había olvidado su presencia, así que estrechó la mano a algunos lugareños, se volteó y vio como Palacios se giraba hacia él con los brazos cruzados y se le quedaba mirando entre enojado y expectante.
La palabra «perdonar» resonó en su cerebro nuevamente, tendió su mano hacia el moreno mientras le sonreía; mas Venezuela no realizaba otro gesto que quemarlo con su mirada. La mano de Jones comenzó a temblar e hizo un amago de bajarla, empero su voluntad de mejorar la situación pudo más. Sintió como su boca se secaba, se abría y empezaba a balbucear no sabía qué.
Venezuela suspiró al tiempo que se relajaba, acercó su mano a la del gringo y se la estrechó. E.E.U.U se complació mucho del acto, pues significaba que el otro había perdonado su mal obrar. Y en aquella silenciosa conexión, Alfred lució una aliviada expresión que conjugaba con sus brillantes ojos. Teodoro únicamente lo correspondió una mueca que no llegaba ni a media sonrisa mientras se preguntaba cuánto duraría este nuevo tratado de paz.
Al terminar la misa, el equipo se enfiló hacia el cura y le presentó a sus dos nuevos miembros. Palacios desplegó su labia envolviendo al clérigo en su canto de sirena, Jones lo siguió y el cura complacido de sus buenos modales los invitó expresamente a otra misa.
Una vez terminado el protocolo, el equipo inició su retirada en conjunto con el resto de los presentes. El norteamericano, que cerraba la comitiva, volteó el rostro y buscó con la mirada al párroco. Sentía unas imperiosas ganas de contarle su angustioso dilema, necesitaba ventilar su consciencia; mas cuando logró hacer contacto visual y leyó la expresión interrogativa del hombre, desechó su idea.
Después de almorzar, dado que debían esperar a que la digestión avanzara antes de retomar cualquier actividad, se quedaron en la playa a la sombra de unas palmeras. Algunos intentaron olvidarse del tiempo a base de una charla insulsa y jocosa, otros satisficieron su piel con la brisa fresca, hubo quien se echó a dormir y quien navego con su mente más allá del horizonte.
Palacios, que comprendía esta última descripción, retornó a la realidad y, sin pretenderlo, atisbó al gringo que se hallaba detrás plácidamente dormido bajo una palmera. Sintió que sus muslos se contraían en una sonrisa.
Se veía tan adorable.
Pasos en la arena acercándose a gran velocidad lo distrajeron. Sus ojos presenciaron la carrera de María así como las demás que la seguían bastante por detrás.
—María ¡¿Qué pasa?! —susurró intranquilo mientras la chica aun jadeaba por el esfuerzo.
—¡Hola Teodoro! —dijo con alegría cuando se repuso, pero inmediatamente fue acallada por la petición del chico con la onomatopeya correspondiente—¿Quién duerme?
Palacios señaló con un movimiento de cabeza al extranjero a la vez que María se tapaba la boca con sus manos y asentía. La chica tragó con dificultad, su cuerpo habló por ella de su sed.
—Te traigo un poco de agua.
—Gracias ¿A dónde vas? —preguntó al ver que el otro se acercaba al dormido.
—El termo está detrás de él.
—Entonces no.
—No, vale. —Venezuela analizó a E.E.U.U y el terreno que lo circundaba. La botella de metal se encontraba guarecida entre el gringo y la palmera, allí radicaba la dificultad de su adquisición. Sin embargo, continuó con su idea y se encuclilló al lado derecho, agarró la botella y comenzó a jalarla, mas la presión del otro cuerpo sobre el objeto impedía una salida sencilla y rápida. Movió con cautela el termo de un lado a otro y poco a poco fue sacándola hasta que ya la tenía en su mano y podía retirarla.
En ese momento, vio como Alfred se enderezaba, sentándose en el proceso. Se volteó para descubrir si su compañero seguía durmiendo o no y se encontró pegado a su rostro.
Los ojos de Alfred, aunque con un brillo de somnolencia, lo miraban serio y no se despegaban de los del caribeño. Teodoro que poco a poco sintió como su corazón se aceleraba, fue testigo de la aparición de una luz especial y muy específica en las pupilas del catire. Una que le invitaba a acortar la distancia y tocar esos finos labios.
—¡Alfred, «Gato»!
—¡Yuli! ¿Qué haces?
—Llamándolos, ¿es qué no lo ves?
—¡Yuli, Alfred estaba durmiendo! —dijo indignada intentando mantener un bajo tono de voz.
—No lo parece.
—¡Claro, porque lo despertaste!
Yulimar hizo un gesto de que le quitaba importancia a las palabras María y cortó camino hacia los chicos. Al escuchar los pasos, Palacios se separó de Jones con fastidio.
—Hola, mi rey ¿Dormiste bien? —Alfred parpadeó varias veces: Yulimar se le presentaba angelical con el Sol dispersándose en haces detrás de su espalda, con una mano extendida esperando la suya y una expresión seductora.
—Si, gracias —dijo tomando su mano y levantándose— ¿Y tú cómo estás?
—Muy bien, gracias por preguntar.
Teodoro que observaba la escena con crecientes celos, fue captado por las pupilas de Alfred. El intranquilo Mar Caribe chocó con el Océano Atlántico y volvió a su lugar.
—Toma —dijo a María serio y esforzándose por no descargar su rabia sobre ella.
—Gracias —dijo perpleja y confusa por lo que acababa de ver y no lograba comprender. O quizás no quería.
—Oigan ¿Por qué no jugamos voley?
—Nosotros tenemos que entrenar —afirmó Gómez con una autoridad que fue abucheada por sus compañeros—. Está bien, juguemos otra cosa para descansar.
Entre tanto María que se había puesto nerviosa con la propuesta se estresó todavía más con la aclamada aceptación de la idea.
—¿Qué pasa María? —preguntó Palacios que todavía seguía a su lado.
—Nada…Bueno…Es que…no soy muy buena en voley. Ni en ningún deporte en particular.
—Yo me pondré contigo.
—¡¿En serio?!
—Bueno vamos a formar los equipos —dijo alegre Yulimar—. Alfred vas conmigo…
En poco menos de diez minutos comenzaron jugar. De un lado estaban Maria, Teodoro, Gómez, «Portu» y Wilker; y del otro lado se encontraban Yulimar, Alfred, «Silencio», Wilmer y «Palillo». María rezó por que la pelota no le cayera cerca, mas como su deseo no se vio cumplido tuvo que participar a regañadientes y aunque hizo su mejor esfuerzo, la mayoría de sus tiros o pases resultaron una preocupación extra para sus compañeros. Con los sucesivos fallos, sus pocas ganas de jugar y su confianza en sí misma fueron mermadas en su totalidad.
—¡María termina de pasar la pelota a este lado! ¡Nos estás jodiendo el juego a todos! ¿Qué te pasa? ¿Eres retrasada?
—Chicos no voy a jugar más. Diviértanse. —Y con ese último golpe a su orgullo propinado por Yulimar, la chica le entregó el balón a Palacios y se fue cabizbaja
—¡Mejor, porque nos estabas entorpeciendo el juego!
—¿Saben qué? Yo también me voy ¡No quiero jugar con una persona tan insolente y cruel como tú! —gritó la representación caribeña a la líder del otro equipo para estupefacción de todos y, sobre todo, para la chica a quien nunca le habían replicado con tanta vehemencia.
—La verdad es que fuiste demasiado cruel con María —dijo serio «Portu»
Tras su espalda quedó una disputa montada, atrás dejó los gritos y la mirada confundida de Alfred que observaba como Teodoro arrastraba por una mano a una sonrojada chica playa adentro.
Cuando estuvieron lejos del grupo, Palacios le soltó la mano y todavía estando de espalda a ella pegó un grito que asustó hasta las aves del lugar.
—Lo siento —dijo un vez que se giró para tranquilizar a su compañera.
María aún miedosa por la violenta actitud que había demostrado, lo analizó durante un tiempo, mas al ver que Venezuela no realizaba otro movimiento sospechoso, se relajó y se atrevió a seguir su intuición —¿Lo…lo que me dijo Yuli te alteró tanto?
—No, esa fue la gota que derramó el vaso. Entre los insultos de una y la actitud de víctima de la otra, ¿cómo no quieres que me arreche?
—Ella no…me insultaba.
—Ah no, me equivoque, solo te gritaba cosas desagradables —argumentó con sarcasmo.
—Quizás…Yulimar es fue poco ruda…—susurró sin levantar la cabeza.
—¡¿Un poco?!
—…Pero todo lo que dijo era cierto.
—¡La víctima otra vez no, por favor! —elevó la voz mirando intermitente a María y al cielo irritado.
La chica dirigió su rostro rabioso y sus ojos anegados hacia su compañero. Aquellas lágrimas demostraban el transito emocional por el que estaba pasando: la ira acumulada de sucesivos maltratos, el desprecio y la indiferencia de quienes llamaba «amigas» y también la imposibilidad de esconderse tras la indefensión, la estrangulaban por dentro— ¡Yo no soy víctima! —aulló entre adolorida y furiosa.
—¡Entonces porqué actúas como tal!
—¡Porque…porque…! —Hubo un silencio sepulcral— Todos querían que me fuera. Estaban bravos conmigo porque el juego no avanzaba, por eso no dijeron nada cuando decidí salirme ni después que Yulimar me dijera eso.
—No es así. —El pensamiento de María se detuvo al sentir con una mano de Teodoro elevaba su cara para verla directamente a los ojos ¿Qué tenían esas piscinas que la embrujaban? — Lo que le molestaba a los chicos era esa actitud derrotista que tenías. No eres buena en Voleibol, ¿y qué? No puedes ser buena en todo. Mira a «Palillo» él es igual de malo o peor que tú, pero echa vaina* al respecto. Aquello no le afecta porque está seguro de que no se convertirá en profesional, ni si quiera busca serlo. Él sabe en qué es bueno y en qué no lo es y por ello vive más tranquilo.
Las palabras de Palacios resultaron un bálsamo a su corazón—. Gracias —dijo enternecida. Tenía mucho que reflexionar gracias a un chico que poco conocía pero que le valoraba más que mucha gente.
Venezuela la soltó. Maria le sonrió una vez más, se dio la vuelta, se sentó dejando que el paisaje del atardecer la inundara con su tranquilidad. La nación latina la imitó unos minutos más tarde.
Los sonidos de la naturaleza era lo único que los acompañaba.
La chica miró hacia su lado izquierdo, sintiendo como su corazón se aceleraba. Aquel muchacho le despertaba unas sensaciones increíbles y aunque habían peleado con cierta dureza—cuestión que nunca le había gustado—intuía que era una persona especial y que permanecer cerca de él le ayudaría— Teodoro, ¿te gustaría ir este sábado al centro comercial?
…
Miró el reloj, luego al espejo. Su reflejó le devolvió una amigable sonrisa y salió por la puerta.
El Sol se hallaba a su espalda cuando inició su camino. Oyó como una puerta se abría y se cerraba y unos pasos que se dirigían hacia él pero se detuvieron a la mitad. Cerró los ojos, apretó los puños y siguió caminando.
—Teodoro, espera.
El país caribeño regañó a su corazón por la fuerza de sus sentimientos que lo habían obligado a parar en seco. Aquel tono entre preocupado y deprimido lo desarmaba casi del todo.
—¿Vas a salir con María?
—¡¿Y a ti qué te importa?! —bramó claramente molesto pero todavía sin voltearse. Escuchó como el gringo se sorprendía ante la respuesta.
Apretó los dientes, sintió como una fría rabia subía por su garganta, se giró clavándole su afilada pupila—. Dime Alfred, nuestro amado héroe, ¿por qué no actuaste cuando era preciso?
El estadounidense observó desconcertado al muchacho. Su corrosiva actitud lo había dejado sin habla.
—Y además te dignas a salir con la victimaria ¿Qué clase de héroe eres? ¿Con qué moral osas llamarte así?
—¿Te refieres a Yulimar… Cuándo le gritó a María?
—Nooo ¿Cómo puedes pensar que me estoy refiriendo a eso si fue una cosa, una vainita insignificante? Solo fue una chica que en calidad de buena amiga abusó de su posición para denigrar a otra. Oye vale, yo no se cómo tú crees que te estoy acusando de no actuar y de quedarte parado como un huevón mientras todo pasaba. No que vaaaa —siseó sarcástico.
—María no hizo ni dijo nada —respondió tratando de defenderse.
Palacios abrió los ojos violentamente, con grandes zancadas cruzó el espacio que los separaba, lo empujó hasta un árbol lo agarró por la camisa y lo levantó del suelo— ¡Eso no es excusa! ¡Hiciste la vista gorda como el resto! ¡Eres igual a los demás! ¡Igual!
Alfred miró la cara de su agresor contraída por la furia, como su brazo temblaba del esfuerzo y la ira y sus ojos se inundaban de lágrimas, agua salina que respondía a algo más interno que la fechoría que le habían hecho a María.
—¡Miserable! —murmuró Venezuela, lo soltó y se alejó del lugar de la misma forma en que llego, dejando a un rubio emocionalmente convulso.
…
María se vio por última vez en su espejo de escritorio para agregarse un poco más de sombra y quitarse el colorete.
Quería verse bien para su cita pero tampoco quería asustarlo porque realmente no era una cita, mas quería parecerle atractiva, pero debía tener cuidado con no exponer demasiados sus sentimientos porque eso no iba a ser una cita. Pero como anhelaba que si lo fuera ¡Pero no lo era! Debía recordarlo. Y sin colorete se veía mejor, mucho mejor. Iba a salir con él, no iba a actuar de payaso en el circo. Aunque, seguramente, ya se maquilló como uno. Cómo podía saberlo si jamás lo hacía.
—¡Ahh! —gritó exasperada con los ojos cerrados antes de salir corriendo al cuarto de su abuela.
—¡Pero chica! ¿Qué es esa bulla?
—Abuela, ¿cómo estoy? —dijo interrumpiendo irritada a la mayor.
La anciana se acercó mientras realizaba un planeo visual, le estiró la ropa y la peinó suavemente con una mano —Como una Miss mija. De qué otra manera puede ser si eres mi nieta.
—Gracias abu.
—¿Con quién te vas por 'aí?
—¿Qu- qué? —dijo espantada y sonrojada
—No me vas a decir que así te arreglas para salir con Yuli. —Puso las manos en la cadera y sonrió entrecerrando los ojos.
La chica se ruborizó todavía más y miró a los lados buscando como escapar de la situación— ¡Ah! Mira la hora que es abu —rió nerviosa—. Nos vemos más tarde. —Y lo único que la anciana vio de su nieta fue un borrón que salía apresurada de la casa.
La anciana salió al porche a observar como el carro enfilaba por la calle y rió—. Ese muchacho debe ser muy especial para poner a María así —dijo alegre y se metió de nuevo a su casa.
En unos minutos María sintió una explosiva alegría al encontrar a Teodoro en el sitió acordado. Detuvo el carro, el chico se subió cerrando la puerta tras de sí, la saludo con beso en la mejilla y le halagó el aspecto a lo que la merideña** agradeció con timidez.
Sin embargo, con el pasar del tiempo, la conductora se dio cuenta que algo no iba bien: Palacios le regalaba conversación, pero se hallaba ausente y sus respuestas tardaban en arribar—¿Qué te pasa?
—Nada —respondió con la cara vuelta hacia el paisaje.
—¿Seguro?
—Si…
—Yo no se lo diré a nadie. Te lo prometo —dijo. Quería que él confiara en ella.
—Bueno…—exhaló por la nariz fastidiado—. Lo que pasa es que peleé con Alfred.
—¿Otra vez?
—¿Cómo sabes que yo…? —balbuceó asombrado—¿Quién…?
—Nadie, simplemente lo noté.
Venezuela apretó los dientes y frunció el entrecejo claramente molesto. No le gustaba ser tan transparente hacia los demás cuando se trataba de cuestiones tan personales, profundas y que podían ejercer un gran efecto en él.
María paró el automóvil de nuevo—. No le diré a nadie nada de lo que me cuentes a mi —dijo seria y con tono de seguro—. Te lo prometo. —Soltó el volante y posó una mano sobre la del otro, fue testigo de cómo chico miró de su mano a sus ojos por un tiempo indefinido y, entonces, lo supo—¿Fui yo el motivo de la disputa? ¿Por lo qué paso entre Yuli y yo? ¿Por qué?
Venezuela retiró la mano, se giró hacia el cristal con vista fija hacia adelante y con una expresión pétrea—. Mi padre siempre me denigró, se burló de mi. Muy pocas veces me tuvo consideración y menos me demostró cariño y cuando lo hacía era torpe, lo cual acababa en peleas y humillaciones, pero al crecer me desembarace de él y le deje bien claro que no debía meterse más conmigo. Entonces, mis heridas comenzaron a sanar.
A este monologó le siguió un silencio sepulcral, Teodoro no deseaba revolver más su niñez y María había quedado paralizada por esa inesperada confesión.
Al final, Palacios suspiró y volvió su vista a su acompañante con una pequeña sonrisa adornando su cara—. María, ¿no íbamos al mall?
—Ah, sí, sí —respondió ligeramente avergonzaba por haberse quedado observándolo, giró la llave de carro y arrancaron.
La tarde se pasó en conversaciones recorriendo todo el centro comercial. Entre otras cosas, María le comentó que la carrera de idiomas modernos no había resultado lo que había imaginado, deseaba cambiar y no solo de profesión sino de vida. Adoraba a sus padres, pero su cuerpo le insistía en que tenía que salir de Mérida y crecer. Le producía un inmenso placer ver la sonrisa que pintaba en los demás gracias a sus buenas acciones, por ello pensaba que algo relacionado con relaciones internacionales, ayuda humanitaria y psicología encajaría más con ella y para eso debía irse fuera, preferiblemente a Caracas, esa gran ciudad congestionada y ruidosa donde todo llega primero, donde todo ocurre.
Anhelaba dejar de sentirse una niña al lado de sus amigas.
Para Teodoro, María era una chica de lo más interesante, agradable y muy culta para su edad. Resultaba difícil encontrar un tema del cual no conociera nada y si lo había ella preguntaba ilusionada por aprender. Una persona así era una joya, bastante incomprendida más veces de las deseables, pero joya al final. Y una rara.
Ella elevó su ánimo e incluso su cuerpo lo invitó a acercarse más y tocarla. María no exudaba esa aura de picante y segura sensualidad que da la experiencia, sino más bien la sensualidad dulce, inocente, fantasiosa y fresca de una persona que está pisando ese terreno por primera vez. Y Teodoro también sabía que ella se sentía presionada y de menor valor por ser tan exigente, tan tímida y no haber «cedido a la pasión del momento».
Lo que ella no sabía es que eso mismo que ella llamaba «fracaso», su compañero lo denominaba «tener personalidad» y resultaba uno de sus mejores rasgos ¡Dios! Cómo María no podía darse cuenta de lo sensual que era en este momento de felicidad, de lo hermoso que eran sus ojos y lo atrayente de su risa. Palacios sintió más de una vez el impulso de abrazarla por atrás, de estrechar la distancia entre ellos; empero, se restringió ya que sabía que le haría daño a la chica. Si no estuviera enamorado de Alfred intentaría algo con ella. Pero lo estaba, por ello toda relación romántica demás se encontraba prohibida.
De repente, se percató que la merideña se quedo por tercera vez mirando los horarios del cine.
—¿Quieres ver una película?
—Bueno si…Pero no creo que te guste.
—¿Cuál es?
—El club de la lucha. Pero…
—¿Te llama mucho la atención?
—…Si…bueno…
—María…
—¡Sí! A mí me gusta.
—Me dijeron que tiene muy buenas críticas.
—¡Sí! Fue alabada en muchos periódicos —dijo nerviosa por relucir sus propios gustos.
—Pues vamos a verla.
Y María se sintió una jubilosa agitación al comprobar cómo la habían aceptado de una.
…
—¿Cómo me queda esto? —preguntó Yulimar al salir del vestidor de una tienda y adoptando una postura que resaltaba sus atributos, para luego hacer una pose ridícula.
Jones acompañó su «te queda bien» con unas cuantas risas. Yulimar era atrevida, sexy, graciosa y desenfada, un perfil perfecto para una presentadora de un programa de variedades o casi cualquier papel de frente a las cámaras que no conllevara grandes reflexiones en temas áridos como la política, la economía o los problemas sociales. Aquello no le interesaba en lo más mínimo, por no decir que era una cínica y pesimista tanto a nivel local como internacional. Su lema era que si no podía cambiar nada para qué preocuparse.
Las constantes bromas y coqueteos de la chica lograron que más de una vez por su faz surcara una expresión traviesa y por su mente un pensamiento de continuar la tarde en un lugar más intimo, mas esa idea desaparecía tan rápido como una estrella fugaz y era sustituida por los recuerdos junto al moreno.
Yulimar podía ser todo lo atrayente que quisiera pero no era Palacios y jamás lo sería.
—¿Qué te pasa? —cuestionó dejando una prenda de ropa en su sitio para mirarlo
—Huh?
—Llevas toda la tarde triste ¿Es qué no estás disfrutando?
—Claro que sí.
—¿Entonces qué?
—Tuve una pelea —explicó mirando hacia el piso deprimido.
—¿Con quién? —Yulimar se acercó hasta quedar en frente de él y se agachó para captar su mirada.
—Teodoro.
—Ah, eso —dijo desinteresada, volviendo a fijar su atención en la ropa—. Ya lo arreglaras más tarde.
—No lo sé —dijo dubitativo—. Estaba muy molesto.
—¿Y eso?
—No lo sé —mintió.
—Creo que te preocupas demasiado —habló regresando a donde estaba el rubio—. Ya se le pasara y lo arreglaran y si no búscate otros amigos —dijo pero se arrepintió inmediatamente al ver la expresión de susto en el catire—. Es decir, eres atractivo y simpático, seguro que mucha gente le gustaría estar contigo. Pensándolo bien ¿Por qué quieres estar con alguien tan soso como él?
—¡Él no es soso! —le espetó y poco después, sorprendido por su reacción, rectificó—. Él es muy divertido y gracioso lo que pasa es que tiene una mala racha. Además es muy astuto e inteligente. Perdón ando de malas.
—Tranquilo —respondió todavía sorprendida e incómoda. Inspiró y expiró buscando paciencia, levantó el rostro luciendo una sonrisa por lo que acababa de recordar y se acercó al gringo— ¿Te gustaría ir una fiesta?
—¿Y quién estará? —inquirió con interés.
—Supongo que todo el mundo pero aún no lo sé. Tú eres el primer invitado.
…
El ambiente tranquilo del exterior no traspasaba las puertas del auto en el que se estaba produciendo una intensa reflexión acerca de la película que los viajantes terminaron de ver hace unos minutos. Súbito, se produjo un silencio en medio de dos ideas, cosa que Palacios aprovechó para introducir el segundo tema que le rondaba por la mente y que esperó a que la chica bajara la guardia.
— Mmm, ¿sabes? Con esta salida he corroborado la primera impresión que tuve de ti —Teodoro se percató de que el cuerpo de la muchacha se tensaba—. Y es que eres una chama estupenda. —ahora, aunque se hallaban bajo una luz tenue, el sonrojo de María no paso inadvertido para Palacios— En serio, eres simpática, culta, dulce, sincera, honesta y tienes empatía. Solo tienes un defecto, bueno seguro tienes varios pero hay uno que sobresale y te disminuye mucho como persona.
María se quedó en silencio entre afligida e inquieta esperando la respuesta alternando la mirada entre Venezuela y el exterior.
—Es tu baja tu autoestima lo que te apaga y te aleja de los demás. Sí, eres diferente a los demás y no tienes los gustos típicos ¿y qué? María, eres un chica muy especial, ¿por qué te haces daño y se lo permites a los demás?
La merideña se quedó paralizada, la pregunta había resonado tan fuerte en su cerebro que su eco se ofrecía hipnótico y se sorprendió a sí misma escuchando decir— ¿Por qué yo? ¿Por qué te preocupas tanto por mí?
—Porque eres especial. Ya sé que dicen que todos somos especiales, pero la gran mayoría esconde aquello que los hace únicos y se convierten en uno del montón. Tú, aunque lo intentas aún sigues brillando con luz propia, por eso no quiero que te pierdas en el «qué debería ser». Tranquila, no tienes por qué responderme ahora. Me refiero a la pregunta que te hice antes.
—¿Te vas disculpar con Alfred? —María intentó rehuir del aquel incomodo momento y, de paso, de su interrogatorio interno.
—Debería, pero no lo voy a hacer —contestó sin mirarla y serio, menos enfurecido que antes.—¿Tienes hambre? —preguntó tiempo después de que un silencio pesado se aposentara en el carro.
—¿Eh? —cuestionó María todavía asombrada por la inesperada pregunta.
—Es que no quería que la tarde terminara de esta manera, así que ¿Quieres ir a cenar?
—¿Y qué propones? —dijo después de suspirar. Sus labios se curvaron en una pequeña sonrisa. Definitivamente no podía estar brava con él demasiado tiempo y menos si la retaba con tan bonitas palabras.
—Algo sencillo como una arepa ¿Qué te parece? —dijo sonriéndole dulcemente.
—Me parece bien —dijo correspondiendo la expresión.
De repente su celular vibró y se encendió. Ambos enfocaron la atención en el dispositivo de María. Esta lo levantó y lo estudió.
—Nos están invitando a una fiesta.
…
La noche se asentaba poderosa por encima de las cabezas de los peatones e intentaba sin éxito vencer la resistencia de la luz difuminada de los altos postes. Más arriba, allá donde ninguna mano humana llegaba, se encontraba la luna como un hueco en medio de ese manto negro.
María y Teodoro caminaban pausadamente mientras conversaban deteniéndose y calculando bien sus pasos para no pisar y detener a los niños y sus juegos.
Venezuela al observar a los niños y respirar la tranquilidad del ambiente, por un momento se sintió completo. Sabía que llegaban tarde pero eso no le importaba, estaba ocupado grabando ese sentimiento y esas visiones en su memoria, pues intuía que pasaría mucho tiempo antes de que pudiera volver a ver eso.
Se fijó en María: ella tampoco parecía apurada por llegar.
La animación que se concentraba en la casa al final de la calle llamó su atención. Miró a María y silenciosamente adivinó que allí era a donde se dirigían. Arribaron a la portón y entraron, María buscando al grupo y Teodoro sintiéndose cada vez más inquieto porque presentía que mal lo iba a pasar.
—¡Chicos! —gritó la merideña por encima de la música y agitando la mano para llamar su atención.
Los muchachos voltearon al reconocer la voz y los saludaron con alegría.
Alfred, que se encontraba entre el grupo, al ver a Palacios dejo de respirar. «Exquisito» fue lo único que su mente pudo articular: vestía con colores y adornaba su indumentaria con sencillas pulseras y un collar de tela. Para cubrirse del frío traía puesto un chaleco negro y como las mangas de su franela eran cortas, cuando levantaba los brazos los definidos deltoides se vislumbraban. Original y masculino.
No se dirigieron la palabra como no lo hacían desde la última discusión y el grupo les hizo un hueco al lado de «Palillo» de forma que después del venezolano estaba el gringo.
—¿Chicos, quedó claro? —Gómez, que no paraba de repetir el mismo mensaje, llamó la atención un equipo harto de su continua cháchara.
—¿Tú qué crees? —respondió por la mayoría «Palillo» alzando una ceja.
—Sí, pero hace nada que llegó Teo y no lo sabe —explicó el líder denotando la cercanía que había ganado con Palacios al llamarlo con diminutivos.
—Dímelo pues, Andrés —lo invitó a seguir con una sonrisa.
—Bueno, tú sabes que dentro de tres días tenemos el partido y estaba pensando que debíamos descansar para estar frescos. Por otro lado, para dar el golpe maestro a tu estrategia—muy buena por cierto—creo que deberíamos ir mañana a misa por última vez. La de la tarde para que a nadie le pese…
Para Alfred resultaba imposible no desconectarse: la mínima diferencia de altura entre Venezuela y él conseguía que con poco que girara su cabeza, podía percibir el aroma del champú del moreno. El rubio aspiró la fragancia y sintió unas tremendas ganas de tomarlo por la cintura y besarlo, mas no debía, así que se resignó a dejarse seducir por ese aroma.
Súbito, la nación caribeña se volteó hacia su izquierda chocando con las celestes pupilas del catire y volvió a sentir como las mariposas revoloteaban en su estomago y su mundo desaparecía.
—¡Hola chicos —gritó Yulimar al tiempo que les ponía sendas manos en los hombros de María y Teodoro— ¿Como están? —Le hizo un guiño a su amiga— Alfred ayudarme a traer los vasos. —Y se complació al percatarse de que el rubio paseó rápidamente la mirada por su cuerpo
Jones balbuceo algo ininteligible y siguió a la chica.
Venezuela, por su lado, revisó la cara de sus colegas y se tranquilizó al descubrir que nadie había atestiguado aquello. «Quizás nuestro espectáculo solo duró unos segundos», pensó más calmado.
En ese momento dio cuenta de la intensa mirada que le dirigía «Portu». Abrió los ojos hasta el dolor y alarmado rehuyó el contacto, empero donde buscó consuelo no lo encontró: la merideña, aunque intentó ocultar su inquietud, no lo logró.
—Vamos a comer algo —dijo tentativa.
—S-si.
Durante la fiesta, miradas iban y venían. A pesar de que cada uno andaba con sus respectivas parejas, no podían apartar sus ojos del otro por mucho tiempo. Bailaron, comieron, se rieron y disfrutaron del bochinche. En algún momento dado sonó «El carnaval» de Celia Cruz y Yulimar guiando a un principiante Alfred, presumió de sus habilidades motrices para festejo de los demás.
—Como me gustaría bailar así aunque sea una vez —se lamentó en voz baja la chica.
—¿Quieres darle una lección a todos? —le susurró con picardía su acompañante.
—¿Se puede? Si es la mujer la que guía el baile —preguntó perpleja
—Bueno, no soy tan bueno como mi hermano, pero estoy satisfecho y puedo hacer una trampita si quieres —dijo llevándose el dedo índice cerca de los labios pidiéndole silencio, mientras guiñaba un ojo.
María se sonrojo. Nunca había imaginado que Teodoro tuviera esta faceta— ¿Qué tengo que hacer?
—Solo déjate llevar. —La tomó de una mano y la acercó al centro de la estancia.
Los altavoces empezaron a reproducir «No le pegue a la negra» de Joe Arroyo a la vez que la pareja comenzaba a desplegar sus movimientos en la pista al compás de la música, pasos gráciles y vistosos perfectamente coordinados.
María olvidó por completo dónde estaba. Para ella solo existía aquel sonriente chico que la dirigía y la hacía sentir tan ligera y maravillosa como una princesa. Sus cabellos y los pliegues de su falda volaron en conjunto con las prendas del moreno. Y sin darse cuenta, por primera vez en bastante tiempo, brilló.
Alrededor suyo se concentraron todos los invitados asombrados y embelesados para amargura de Yulimar, quien veía como su actuación era sustituida en las mentes de los presentes por la de su amiga y, por ende, como noticia a la mañana siguiente. Ella era la anfitriona pero María la estrella.
Por su parte Jones, que al principio los celos hacia María le habían quemado las entrañas, se quedo extasiado con el baile de Palacios. Sus provocativos movimientos lograron que su corazón se acelerara y su sangre se anegara en determinados puntos. Oyó como su compañera se quejaba pero no lo registro hasta que esta jaló su brazo derecho. Entonces, el estadounidense por reflejo, giró mitad la de su cuerpo que había recibido el tirón.
—¿No es para tanto verdad? Me refiero a los movimientos de esos dos —agregó con envidia al percatarse de que el rubio no la comprendía.
—N-no —tartamudeó preocupado por la mirada que le dirigían. Volvió a mirar donde el baile se había ejecutado, descubriendo con pesar que de el solo quedaba pareja rodeada por admiradores: María sonrojada y Teodoro satisfecho agradecían los piropos.
De repente empezó a sonar «Tú» de Shakira, la animación se disolvió en varias parejas caminando hacia el centro y comenzando un baile bastante lento, tierno e intimo. Yulimar tomó la mano de Alfred y lo invitó con una hermosa sonrisa a que imitaran a los demás. El estadounidense aceptó.
María y Teodoro, incómodos por el repentino cambio de ambiente de la fiesta, no sabía bien qué hacer. La merideña deseaba tanto bailar de aquella forma con el chico la había vuelto a recordar lo especial que era. Mas, resultaba obvio que él no pensaba lo mismo, ya que su cara estaba pintada de rabia y tristeza. Se atrevió descubrir qué le alteraba tanto, encontrando a la anfitriona y su pareja de esa noche disfrutando de la compañía del otro y se sintió todavía más confusa. No obstante, su subconsciente no.
—¿Te gustaría bailar? —preguntó insegura, ya que una parte de sí le gritaba que se estaba entrometiendo en algo desconocido.
Palacios la miró y en silencio aceptó la proposición. Intentó sonreír, mas su cara expresó la tristeza que lo inundaba.
María tomó su mano y comenzaron a bailar lentamente. La chica se pegó un poco más a él y olió su perfume, pero no se aventuró a levantar su cara.
Dieron vueltas mecánicamente. Teodoro permitió que la melancólica melodía lo condujera. La letra lo atribulaba. Desde que habían cambiado de aires la relación entre ellos había mejorado por un breve periodo y, no obstante, los malentendidos, la desconfianza, las frustraciones acumulados seguían mellando su relación. Aun así, la acción diaria del venezolano debía ver removido algo en el interior de Jones, ya que se le había intentado acercar después del frío regaño que había recibido en la playa.
Sin embargo, la rabia que Palacios sentía por el rechazo continuado del rubio más las vejaciones que le habían llovido a María—que más bien respondía al recuerdo del maltrato psicológico al que su padre lo había sometido— lo habían hecho explotar y los había vuelto a distanciar.
Eso sin contar con la presencia activa de Yulimar que hipnotizaba al gringo cada vez que podía. Apretó los párpados con ese recuerdo y sintió como su consciencia sonreía con amargura «¿Qué se siente tragar de tu propia medicina? Seguramente más de una persona deseó matarte al ver como levantabas a su ser especial».
Un vacío apareció en su pecho. «Pero Alfred me ama. Yo lo sé ¡Lo sé!» «Yulimar no podrá hacer nada porque él solo tiene ojos para mi» Se obligó a creer. Entonces, recordó las veces que el catire había mirado con deseo a su actual pareja de baile. «¡Alfred!»—su gritó afligido casi se materializa, a la vez que estas intempestivas imágenes hicieron que buscara con la mirada al estadounidense desesperadamente. Y al girar a su izquierda la encontró.
Su corazón se aceleró, sus ojos se abrieron llenos de vida, su angustia escaló su garganta, inspiró aire para controlarse. «Quiero bailar contigo» «Quiero estar contigo» «Ahora» Decían sus ojos.
Estados Unidos, por su parte, al tropezar con las pupilas de Venezuela, quedó inmediatamente conectado a su interior. Su corazón se aceleró y se afligió al mismo tiempo. Deseaba con vehemencia correr, consolarlo y cumplir todos y cada uno de sus anhelos. Empero, los sentimientos que pululaban desde la última discusión y el poco rencor que le quedaba salieron a flote y detuvieron sus impulsos. Eso sumado a la intensidad de la conexión con Teodoro le creó tal incomodidad que giró su cabeza.
Palacios, ante este gestó, se paralizó.
—Teodoro ¿Estás bien? —María le agarró la cara con ambas y suavemente, encontrándose con sus ojos.
En ese momento para Venezuela la vida reanudó su rumbo y una velocidad vertiginosa: la fiesta, todos los invitados, María, el baile, Yulimar, Alfred, sus sentimientos, las pupilas de Jones, los anhelos, la evitación. Era demasiado para él.
—Vuelvo en un momentico —dijo y se alejó lo más rápido que pudo a la casa. Entró, buscó el baño, se metió a la vez que prendía la luz y cerró con llave, bajó la tapa de la poceta*** y se sentó en la misma cubriéndose los ojos con las manos, dejando que el silencio de la casa le entrara en el cuerpo.
El ambiente de la fiesta ahora se mostraba con una pesadilla lejana.
Emitió un gemido y se tragó el resto. El Mar Caribe contenido en sus pupilas amenazaba con lluvia pero no se cumplió. Palacios rememoró donde se hallaba y se esforzó por calmarse. Estaba con María y ella no merecía una escena. No. Además, eso le jodería a él también y no quería que lo discriminaran. Aunque eso a la luz de sus emociones le importaba menos que el daño que le podía causar a la merideña. Aparte, tampoco había sido para tanto. Mentira, si lo había sido ¿A quién quería engañar? Había resultado un claro desplante a sus sentimientos y la prueba era que Jones no lo había ido a buscar ¡Ya basta! No quería remolcarse en el sufrimiento, estaba una en rumba y este no era el fin.
Se quedo quieto con la cabeza entre sus rodillas y sus manos sosteniendo las piernas, vaciando su mente, mientras escuchaba los sonidos que le rodeaban hasta que se sintió tranquilo. Se paró, miró su cara en el espejo: se veía cansado. Se dedicó una pequeña sonrisa y salió.
No obstante, al llegar a la entrada su mundo dio un vuelco: allí, a un lado, se encontraban Yulimar y Alfred con el cuerpo pegado, sus labios danzando cada vez más frenéticamente. Los brazos de la morena amarrados al cuello del catire y los de él recorriendo su espalda en forma descendente ya muy cerca de…
—Teodoro ¿Qué pasa?
La voz de María arribó lentamente y en eco a su cerebro. Giró su cabeza a su izquierda para descubrir que la merideña se encontraba a su lado. Su mente carburaba muy despacio, le costó hallar las palabras—. Pe-perdoname María pero me siento mal. Me voy a ir. Disfruta de la fiesta— dijo casi sin mirarla, pero evitando la escena antes descrita.
—¿Quieres que te lleve?
—No —murmuró con la vista clavada en la calle. De espaldas, saludó con su mano y salió. Una vez en la calle, fue acelerando el paso progresivamente y en el momento que arribó a la playa corrió sin parar hasta que sus piernas no dieron más de sí y sus pulmones no podían proporcionar el oxigeno que su cerebro demandaba.
Cayó a gatas, jadeó repetidas veces, se dio la vuelta y se acostó quedando sobre su espalda y lloró entre accesos de tos.
Ya nada le importaba. Lloraba por todo: por el tiempo, ahora distante, que vivieron felices él y Alfred y que no lo supo aprovechar; por esa intimidad que tenían y que no quiso ver, por esos momentos en los que el paso decisivo hubiera ahorrado muchos problemas, por no tener consideración de los sentimientos del gringo, por el esfuerzo en vano realizado, porque pronto regresaría a su verdadera vida cotidiana que en este momento consideraba insípida, por las imágenes de Alfred y Yulimar besándose…
Cuando sus ojos se secaron y sus mejillas quedaron pegajosas, se sentó y contempló el mar abatido. De repente, el rumor de pisadas cercanas lo alertó. Borró las huellas de las lágrimas de un golpe y se levantó presto y en tensión. Mas lo que vio lo sorprendió y desarmó al mismo tiempo—María… ¿Qué haces acá? —Sabía que era la misma chica con la que había bailado y, sin embargo, no la reconocía: con las sandalias de tacón en una mano, lucía una expresión sería, sus pupilas cargadas de vida lo estudiaban, su cuerpo emitía una aura de seguridad que nunca había sentido.
—Teodoro, quiero que seas totalmente sincero conmigo ¿Te gusta Alfred?
Palacios se pasmó por un segundo al oír la pregunta, ya que esperaba un reclamo por su actuación y para enmendar su error no se retrasó en la respuesta—. Sí, me gusta y mucho —afirmó deprimido.
—¿Por qué no me lo aclaraste? —A la chica se le escapó el aire mientras hablaba, evidenciando el esfuerzo que realizaba.
—Pensé que quedaba claro por la forma en que te trataba. Lo siento por no ser más claro, es un defecto que tengo. Lo siento mucho, de verdad.
La merideña negó con la cabeza, se sentó en la arena. Palacios la imitó—. El error también es mío. Mi intuición me advirtió todo el tiempo de que no sentías lo mismo que yo y no le hice caso. No quise. Quería creer que era correspondida por ese chico maravilloso que me hizo sentir especial.
—María tú ya eres especial. No deberías esperar que alguien te lo reconozca, sino hacerlo por ti misma. Primero, porque a la gente no le suele gustar estar con personas con baja autoestima. Esa negatividad que emiten no es agradable. Segundo, porque en la mayoría de los casos, la gente que se junta con personas que tienen baja autoestima lo hacen para sentirse mejor a costa de las estas. María eres una chica estupenda, valorarte, por favor. No sufras en vano
—Gr-gracias por tu consejo lo seguiré —contestó atónita.
—Y no soy tan maravilloso como me pintas. Soy más parecido a Yulimar de lo que crees.
—¿Cómo?
—Como lo oíste. Soy como Yulimar en lo que se refiere a echar los perros de manera compulsiva. No tiene porque ser malo, puede ser una fase o puede evidenciar un problema para comprometerse con los demás. Yo respondo al segundo y eso puede ser un peo porque si bien te diviertes al principio, también llega el momento en que quisieras que alguien te saludara cuando llegas a casa, que te cuidara cuando estás enfermo, con quien compartieras tu tiempo de una manera que el resto no puede llenar; pero tienes tanto miedo a exponer tu ser más vulnerable que te niegas esa posibilidad. Incluso aunque estés enamorado y seas correspondido, buscaras inconscientemente la manera de joderlo. Sufres, pero el orden no se altera y lo peor es que prefieres eso antes que una linda historia de amor.
—¿Eso fue lo que te pasó con Alfred?
—Sí, más o menos. Yo estaba a principios de año muy enfermo y Al, como es más metido que una gaveta, me empezó a cuidar de un forma tan devota que hacía que fuera un suplicio todos los días de mi vida, cosa que descargaba en él a la mínima que tenía oportunidad. Pero como él no cejo en su empeño, con el tiempo me acostumbré a su presencia y atenciones hasta el punto de necesitarlas. Y en el momento que mejor estábamos lo jodí todo. Tenía tanto miedo a que pudiera conocer mi interior y manipularme que, aún yendo en contra de nuestra felicidad lo «engañé». Y hasta hace un momento he intentado solventar mi error, pero veo que no ha funcionado.
—Pero hay algo que no entiendo. Hiciste una curiosa énfasis en «engañar» ¿Eran o no novios ustedes?
—En el sentido estricto de la palabra no, pero a veces nos comportábamos como tal, aparte que vivíamos juntos. La cuestión es que no tuve en cuenta sus sentimientos, es decir, el hacía tiempo que yo le gustaba pero no se daba cuenta porque es un caído de la mata. Allí fallé.
—Yo creo que en lo que estás fallando es en la manera que lo enfocas. Quiero decir, por lo que entiendo, tú sabías que le gustabas a Alfred y lo comenzaste a corresponder con el tiempo…
—De hecho, ya me gustaba antes pero no con tanta intensidad. Y eso que lo sabía en un principio, pero luego decidí ignorarlo ya que no lo creía.
—…
—Él le hizo daño a mis hermanos y por eso pensaba que se podía aprovechar de mi pero el tiempo mostró que solo quería cuidarme, aunque yo así no acababa de creerlo. Tengo una relación muy complicada con mis hermanos, mejor no preguntes o no terminaremos nunca.
—De acuerdo. Entonces, a ti te gustaba pero no lo admitías y tampoco creías que sus sentimientos hacia ti fueran sinceros. Que peo…Pero como al fin y al cabo te atraía, jugaste a seducirlo y como él no conocía tu historial de latinlover…
—En realidad, si lo conocía —agregó con algo de vergüenza.
—¡¿Qué?! ¡¿Y aun así se enamoró de ti?! —agregó entre confundida y alterada—. Bueno eso a veces pasa…Lo que iba a decir era que… ¿Qué era? ¡Ah si! Que lo que estuvo mal fue ese juego ambiguo en el que lo metiste hasta el final. No es una muy buena forma de pagarle por cuidarte…Y ese es único error que cometiste.
—¡¿Qué?!
—Que ese fue el único error que cometiste. A ver ¿Alfred es tan adulto como tú, no?
—Si se podría decir…
—Una de las diferencias entre un niño y un adulto es que el adulto gestiona sus emociones. Uno sano. Si Alfred ya te conocía y quiso ignorar ese aspecto tuyo, que sufriera un desengaño es plausible, que estuviera molesto contigo y consigo mismo y que, por ende, no confiaría en ti también; pero de allí acusarte de que lo engañaste…Eso es falso, no lo engañaste porque no eran pareja, ni siquiera había el proyecto de serlo, ya que ni siquiera lo hablaron.
«Por otro lado, dijiste que no tuviste en cuenta sus sentimientos y es cierto que debiste tener consideración que él es monógamo y que jugar con él era una maldad. Pero tú no tienes que encargarte de sus emociones, el no es un niño. Sí se merece una disculpa, y que te esfuerces por recuperar su confianza es loable, pero al cargar con él peso de sus emociones lo que estás haciendo es que él sea dependiente de ti, y para que una relación funcione debe haber un acuerdo entre dos personas independientes. Al menos es lo que yo creo».
—En toda relación hay un cierto grado de dependencia, ya que mientras más apegado seas a una persona más te afectara el juicio que tenga el otro u otra de ti.
—Tienes razón, pero cuando tu felicidad solo depende del otro y no nace de ti eso significa que estás en una relación tóxica. Y eso es lo que yo veo que podría pasar entre ustedes dos.
—Probablemente tienes razón —dijo reflexivo.
—Aparte, una de las cosas que los llevó a este escenario es que no establecieron las reglas de la relación. Cada quien tuvo en cuenta las suyas sin ponerse a pensar en si estas eran compartidas por el otro.
—Es verdad…—murmuró cabizbajo
—¿Pero?
—Pero eso ya no importa porque el ya no me quiere —agregó adolorido sin mirarla
—No creo que tengas razón. Aun peleados pude ver como se preocupaban por él otro. Cuando no lo estabas viendo dirigía su mirada hacia ti, a veces por corto tiempo, a veces por mucho. Y había ocasiones que lo cazabas ¿Te acuerdas?
—Si… —Una pequeña sonrisa adornó su rostro.
—También en los días que no estaba tan arrecho te sonreía cuando estabas distraído, ya sea porque hubieras dicho algo o no. Probablemente lo hacía sin darse cuenta, llevado por su corazón antes que su rencor.
—¿De verdad? —preguntó esperanzado, mas intentando que no se le notara tanto por respeto a los sentimientos de la chica.
—Sí. Yo quise ignorar todas aquellas alarmas que mi intuición me daba, pero la vez que se quedaron mirándose en la playa y la actitud de ambos en la fiesta no me dejó lugar a dudas. Teodoro, Alfred se derrite por ti. Terminen esta última disputa y sean felices, por favor.
—¡María, muchas gracias! —Agarró su cara con las manos y depositó un fuerte beso en una de las mejillas— ¡Si es como dices, no tengo nada porque preocuparme! Esos besos fueron solo eso, ¿no? Claro no es agradable verlo, pero solo son eso. No sé porque me alarmé tanto ¿No, María? ¿María?
La merideña había ocultado su rostro entre su cabello mientras reflexionaba. No deseaba acabar con la dicha del muchacho, no obstante, si no lo informaba terminaría sabiendo por segundos y aquello sería todavía peor—. Ellos continuaron —susurró todavía con la cara escondida entre sus mechones.
—¿Eh? —La alegría que lo recorría desapareció y fue remplazada por la expectación y una creciente angustia.
—Teodoro, ellos se acostaron. Si no han terminado ya, deben estar haciéndolo ahora —respondió mirándolo fijamente apiadada por lo que suponía que este nuevo dato significaría para Venezuela—. Yo vi como Yulimar y Alfred se metían en la casa y cuando Yulimar hace eso solo puede ser una cosa. Lo sé por experiencia. Teodoro, lo siento tanto.
Allí en medio de la noche, en una playa desierta, al lado de una chica que acababa de conocer y que sin embargo se había preocupado por él mucho más que sus hermanos, descargó todo el dolor que su alma guardaba. Aquel llanto desconsolado del que solo fue testigo el mar, la luna y aquella muchacha cuyo mundo no había dejado de cambiar desde que lo conoció y llegó a apreciar.
*Echar vaina: bromear.
**Merideña: perteneciente a la Mérida, la ciudad más importante en los Andes venezolanos.
***Poceta: inodoro, WC.
