!Logre batir mi propio record: dos capítulos en un mes! Estoy orgullosa. Bueno este sera el regalito de navidad (no creo tener más tiempo para crear otra cosa antes de Año Nuevo). Espero que lo disfruten y que pasen unas felices fiestas :)
Noche cerrada. La luz de los postes era la única iluminación en las solitarias calles.
María caminaba con paso ligero, atenta a cualquier ruido. De repente, el sonido de unos pasos que se acercaban a su encuentro la preocupó. Fijó su vista en la sombra que tenía en frente: sin duda se trataba de un hombre de espalda ancha.
Sin embargo, su intuición le dijo que no tenía nada que temer, por lo que permaneció en el sitio a la espera de que el hombre fuera descubierto por la luz artificial.
—¿María? ¿Qué haces en la calle tan tarde? ¿Y Teodoro? Te acompaño a tu casa —dijo Alfred ajustándose los lentes bastante extrañado.
No obstante, la chica, que ya había pasado por el asombro, ahora la rabia le recorría el torrente sanguíneo. Apretó los dientes antes de mirar directamente al estadounidense— ¿Cómo te atreves, cómo pudiste…?
—¿Disculpa?
—¡Cómo pudiste acostarte con Yulimar sabiendo lo mucho que te ama Teodoro!
—E-eso no…
—¡No intentes confundirme porque lo sé todo. Teodoro me lo contó. Y después lo todo que hizo para que lo perdonaras, te tiras a Yulimar!
—¿Cómo…?
—Era más que obvio que no entrabas a su casa con ella para pedirle un vaso de agua. —Sonrió con desprecio
El norteamericano se quedó mudo. No podía creer que detrás de esa dulce fachada se escondiera semejante demonio.
—Por cierto, ¿sabes lo destruido que estaba Teodoro después de ver cómo le hacías una exploración bucal digna de un espeleólogo a Yulimar? —habló escupiendo las palabras—. Ni te cuento cuando supo el resto.
—Tú…
—Oh, claro que se lo conté ¿Cómo no? ¿Te imaginas la pena que iba a pasar mañana? Me gusta demasiado como para evitarle tal mal ¡No como otros! —gritó lo último con los ojos anegados en lagrimas, se dio media vuelta y desapareció en la oscuridad, dejando a un gringo completamente aturdido.
…
Despertó con los primeros rayos de Sol.
Se sentó sobre la cama dirigiendo su vista a todos lados, recordando mental y emocionalmente como había arribado a su habitación.
Ah, allí estaba otra vez el vacío. En su pecho latía rítmicamente un corazón al que la belleza no alcanzaba a llenar. Su hueco era tan grande y estaba tan repleto de tristeza, frustración e impotencia que no importaba la emoción positiva que cayera, acababa pereciendo.
Como un autómata salió del hotel y se sentó en un restaurante a orilla de playa a comer el típico desayuno margariteño*, deseando no conseguirse con nadie conocido, sobre todo cierto rubio que representaba a E.E.U.U.
Se fue a la playa, pidió una sombrilla con tumbonas y se sentó con la vista perdida en el horizonte.
…
Aún con el estomago revuelto de emociones, desayunó.
Lo buscó durante toda su estancia en el comedor y después a la vuelta a su cuarto. Le incomodaba acercarse demasiado a la habitación él, pero como más insistente resultaban sus ganas de verlo, desde una cierta distancia, intentó adivinar si el venezolano se encontraba en su recamara.
Nada, las cortinas le impedían la visión.
El único sitio le quedaba por ver era la playa, si no contaba la casa de María. Una parte de esas emociones escalaron a su garganta al recordar la reprimenda que la chica le había dado. Se había sentido como un niño al cual le habían enjabonado la boca por su mal obrar.
—Teodoro… —murmuró con sus ojos escondidos detrás de su pollina. Inesperadamente, un pensamiento atravesó su mente y su cara adoptó un rictus de angustia ¿Y si el moreno, en su aflicción, buscó consuelo en los brazos de María? «¡No!», su cuerpo se paralizó, mas no se enfadó; en vez de eso, comenzó a recorrer la playa para localizarlo. Lo halló en pocos minutos. No obstante, mientras se acercaba, la alegría mezclada con la culpa y la inseguridad lo confundieron y molestaron—. Ho-hola —dijo al arribar a un lado del caribeño que se hallaba sentado en la tumbona.
Palacios desvió sus pupilas hacia la cara de Jones y las volvió a posar en el mar sin responderle.
—¿Cómo estás?
El moreno alzo los hombros desganado como respuesta.
«¿Por qué no me está gritando o dirigiéndome miradas asesinas? Ni siquiera ha utilizado el sarcasmo para herirme. No lo entiendo», pensó cada vez más enfurecido—. La fiesta estuvo muy divertida, ¿no Teodoro?
«Este quiere peo, ¿o, qué?», se cuestionó ligeramente crispado a la vez que giraba suavemente su rostro hacia donde provenía la voz—. Mmm, depende a quién la preguntes.
—Para mí fue muy agradable.
—Me lo imagino.
—¿Qué dijiste?
—Que lo imagino «huevón».
—¿Te fuiste temprano? Porque no te vi cuando salí.
«Esté definitivamente quiere su coñazo», sonrió desdeñosamente mientras se volteaba hacia el norteamericano para responderle— ¿Te diste cuenta de eso? Vaya, me sorprenden tus dotes de observación, teniendo en cuenta lo ocupado que estabas haciéndole el amor a su boca ¿Te gustó hacerlo delante mío? ¿Era eso parte de un plan magistral como lo es esta conversación? —dijo con una expresión y un tono que se encontraba a medio camino de lo sensual y el menosprecio al mismo tiempo que se levantaba y caminaba hacia él con actitud seductora.
—Ah, ya veo, estás celoso porque por una vez te quité el protagonismo de latín lover.
—¡No! ¡Estoy celoso y adolorido porque yo quería ser al que le dabas esos latasos** mientras recorrías mi cuerpo con tus manos! —elevó la voz, mas cuando se percató de su arrebato se tapó la boca con sus manos y volvió a sentarse sin despegar la mirada de la arena.
Estados Unidos, que se había sonrojado ante la sincera declaración, permaneció un rato en silencio digiriéndolo. Sin embargo, a la vez que esto ocurría, sus emociones, agitadas por la conversación, desestabilizaron todavía más su animó. La culpa, la frustración y la confusión confluyeron en su voz—. No lo entiendo —susurró— ¿Por qué? ¿Por qué no me estás gritando? ¿Por qué no me estás reclamando que me acostara con Yulimar, sabiendo todo el daño que eso te hace? —Lo ametralló con sus azulados iris.
—Porque no tengo derecho —respondió desilusionado, sin mover sus pupilas—. Tú y yo no somos pareja, por lo que no existe un contrato que hayas roto. No hay infidelidad.
Jones, que había abierto los ojos durante la explicación, los cerró de golpe, se quitó la camisa, la tiró en cualquier lugar y corrió hacia el mar sin mirar atrás.
Para pasar el rato, Palacios compró un periódico a un vendedor ambulante e intentó leerlo con serias dificultades: el tumulto de emociones en su interior le impedían concentrarse correctamente. Saltó de la sección de deportes a cultura, pero, al comprobar que los temas ligeros no lo distraían pasó a cuestiones más trascendentales como la política nacional. Tenía nuevo jefe y a pesar de que llevaba un año en el poder, poco lo conocía gracias a la enfermedad que lo había encerrado en su casa. Decían que era un hombre particular. «Eso está por verse». Todavía no había formado una opinión sobre él: aún recordaba su fallido golpe de estado y las elecciones que ganó con una gran abstención, pero era obvio que despertaba la esperanza en muchos y eso no podía ignorarlo.
Unos pasos lo devolvieron a la realidad para percatarse de que el catire se estaba acercando. Vio como se sentaba en la arena de espaldas a él, agarraba la botella de agua, la bebía y se paraba.
—¿No vas a descansar más? Estuviste como una hora en el mar y no es que este precisamente quieto.
El gringo comenzó a desandar su camino.
El país caribeño alzó la vista al cielo ahora nublado, sintió como la potencia del viento aumentaba y fue testigo de cómo los socorristas cambiaban la bandera verde por la amarilla—. Al, ten cuidado acaban de cambiar a bandera amarilla.
E.U.A prosiguió su andadura sin inmutarse.
El moreno caminó hasta alcanzar al norteamericano y lo tomó de una muñeca— ¡Al! Esta playa se caracteriza por tener olas. Mosca con eso ¿Me estás escuchando? —No importaba lo horrible que se sintiera, se seguía preocupando por él.
Sin embargo, Jones no le agradeció el consejo ni lo miró: únicamente con un leve tirón se soltó del agarre y siguió hacia el mar.
«Muy bien, haz lo que te plazca», pensó molesto retornando a su tumbona mientras unas señoras se preguntaban si llovería.
El estadounidense sintió como el agua escalaba por su cuerpo. Notó que la resaca era mayor que antes, pero no le dio relevancia. Cuando ya el agua le llegaba a la mitad del cuerpo, se zambulló y nadó lejos de la costa en distintas direcciones y estilos. Paró un momento para situarse en el espacio, se sumergió, tocó el suelo marino, observó la fauna y flora que lo rodeaba, la exploró y salió de nuevo cansado.
De repente, fue consciente de la fuerza de la resaca, el viento y de un llanto agudo cercano. Enfocó su vista hacia adelante y a la derecha y encontró una niña con flotadores en los brazos luchando contra las olas.
«Espera que allá voy», nadó hacia ella. Se trataba de una zona profunda en la que ninguno tocaba, por lo que E.U.A agradeció mentalmente que la pequeña llevara sus salvavidas, porque sino la noticia hubiera sido otra—. Calma. No te preocupes. Todo está bien, yo te sacaré de aquí—repitió un par de veces hasta que la niña se tranquilizó un poco.
—Pero estamos muy lejos.
—Si trabajamos juntos lo lograremos. Ahora, yo voy a sostenerte y a impulsarme con mis piernas.
E.E.U.U comenzó a patalear. No sabía si era a causa de su fatiga, la resaca o el volumen de agua que arrastraban las olas en su formación, pero avanzar unos centímetros le costaba mucho esfuerzo—aparte del que ya gastaba apaciguando a la niña—.
—Mira ya falta poco —le dijo al distinguir los rostros de las personas en la playa de forma más definida.
—¡Verda'!
Sin embargo, la alegría les duró poco: una ola inmensa apareció por detrás y los golpeó enérgicamente, separándolos en el proceso, la pequeña fue impulsada a la orilla, el joven fue empujado mar adentro. Cuando Alfred pudo sacar la cabeza de aquel remolino, se percató entre jadeos que se hallaba otra vez lejos de la costa. Empezó a bracear pero el choque de aguas en diversas direcciones le impedía cubrir distancias.
Entonces sus músculos dejaron de responderle e inició una cruel batalla por mantener la cabeza a flote.
…
Venezuela cerró el periódico que estaba leyendo, se sentó y observó a su alrededor. Ya había pasado demasiado tiempo y el rubio todavía no aparecía. Se levantó y anduvo en varios sentidos, buscándolo inútilmente con la mirada. Súbito, su atención fue captada por la algarabía de un grupo cerca de la orilla. Cubrió la distancia con temor, se abrió paso entre las personas para descubrir aquello que los inquietaba: en medio del revuelto mar, una pequeña niña nadaba para sobrevivir y, más allá, un cuerpo se sumergía y emergía intermitentemente. Agudizó su vista y vislumbró una distintiva clara cabellera.
—¡Alfred! —Todo su cuerpo se tensó gracias al torrente de adrenalina que lo recorría. Una fuerza impulsiva lo disparó hacia las aguas, mas no llego a aventarse en ellas, ya que una mano alrededor de su muñeca lo detuvo— ¡¿Qué coño haces?! ¡Suéltame! —se giró a imprecarle al tipo que impedía su movimiento.
—¿Eres un salvavidas?
—¡Y a ti que te importa! Mi amigo se está ahogando ¡Suéltame!
—Él está atrapado un remolino. Hay un hueco en esa zona. Se necesitará a más de uno para sacarlo. Si te metes me causaras más problemas. Si tan buen nadador te crees, ve a salvar a la criatura. Yo me encargo de catire.
Y tan rápido como lo soltó, Palacios se tiró por al mar y nadó frenético a dónde se localizaba la niña.
…
En los ratos que permanecía con los ojos fuera del agua no paraba de gritar «Ayuda». Ya nada le importaba que su imagen de héroe quedara en entredicho frente a las demás representaciones. Era su vida la que intentaba salvar. Mas, tenía que admitir que las fuerzas poco a poco se le iban agotando y sus llamadas de auxilio eran cada vez más apagadas. En una de esas, vio como Teodoro entraba al mar y sintió un inmenso alivio. No obstante, al darse cuenta de que el venezolano no se dirigía hacia él sino hacia la niña la desesperación retornó « ¡Sácame de aquí!» « ¡Sálvame, por favor!» «¡Lo siento tanto!» « ¡Perdóname, por favor!» «Que alguien me saque de aquí» « ¡Por favor!»
…
El país caribeño arribó hasta donde se encontraba la venezolana y la agarró por debajo de las axilas—. Cálmate, te voy a llevar a la orilla. Te lo prometo. —Echó la vista hacia su amigo, aguantó la desesperación y comenzó nadar hacia la playa « ¡Al, aguante un poco más, por favor!»
…
Ya no gritaba, solo se desplazaba de forma ascendente y descendente, aunque sabía que tampoco duraría mucho, Veía que los salvavidas acortaban distancia con él paulatinamente. Empero, algo internamente le decía que no aguantaría hasta su llegada.
Ahora lo único que él ansiaba era una segunda oportunidad.
…
Dejó a la llorosa niña con sus angustiados y agradecidos padres. Escuchó sus bendiciones y sus plegarias lo más cortes que pudo y se lanzó a ayudar a la pareja que pretendía salvar a Alfred aguantando la cuerda del flotador que utilizarían.
…
No aguantó más. Sus fuerzas le abandonaron definitivamente. Solamente veía agua y la luz terrestre cada vez más lejana.
«Teo»
Sentía sus pulmones igual pesados que su cuerpo.
«Teo»
Su cerebro se apagaba. Ya no había frío, ni angustia.
«Teo»
Lo vio. Vio al objeto de su amor delante de él sonriéndole dulcemente, Con los pies metidos en un agua tan cristalina como su iris; elevaba el brazo en su dirección, invitándolo a acompañarlo.
Alfred alzó su brazo. «Espérame».
Y se dejo ir.
…
—¡Alfred! ¡Alfred!
Alguien lo llamaba. Parecía atormentado.
—¡Alfred!
Tosió y jadeó entre espasmos. Inspiró intensamente, como si hubieran pasado muchos años desde la última vez que había respirado. Miró hacia arriba y vio los anegados ojos verde azulados de Teodoro. Sus mejillas se encontraban brillantes.
Observó de nuevo aquellos ojos que lo transportaban a parajes paradisiacos, ahora le conferían una enorme paz.
Sonrío. No necesitaba nada más.
—¡Alfred, vuelve!
Entonces, su cerebro empezó a captar una melodía repetitiva, primero de manera tenue e intermitente, después se percató que eran dos y se mezclaban entre sí: una grave y la otra aguda. Luego, el volumen de estas fue aumentando progresivamente hasta registrarlas por completo. Por último, comprendió que se trataba de una conversación.
—¿De verdad pasó eso?
—Sí.
La segunda voz era de Teodoro. Aquello lo alegró y tranquilizó. La otra era de una mujer joven.
—Esto ya parece una de telenovela de esas que ve mi abuela.
Jones frunció el ceño. Conocía ese tono, pero no lograba recordar a quién pertenecía.
—No tiene gracia.
—Tengo pinta de estarme riendo. Ok, admito que fui sarcástica. Lo siento, solo intentaba hacerte sonreír.
—Gracias.
El mundo empezó a llenarse de colores: el gris del cielo, el azul con rayas blancas de la sombrilla, el beige de la arena, el plateado del metal, el marrón oscuro del pelo de Palacios, el castaño claro de…
—Teo, se despertó.
Venezuela cubrió el espacio entre ellos, se arrodilló en la arena junto a la tumbona de este, lo observó mientras le acariciaba los mechones y sus ojos se anegaban, los cerró, dos lágrimas mojaron sus mejillas y agachó el rostro hacia el pecho del catire—. No vuelvas a hacer eso — susurró entre gemidos acongojados— ¡Nunca! !Me oyes! ¡Nunca!
E.E.U.U. continuaba confuso. Dirigió su mirada a la otra persona que allí se encontraba: María, y se acordó de la pelea y de lo cerca que estuvo de perecer ¿Entonces, no había muerto? La presencia de María le indicaba que no.
Entre tanto, el caribeño seguía con su monólogo— ¡¿Cómo puedes ser tan pendejo?! ¡¿Tan huevón?! ¿Por qué tienes que ser el héroe siempre? ¿Por qué no me hiciste caso? Yo no necesito un héroe ¡Eres…
—Lo siento.
Aquello sorprendió a todos, Cuatro ojos miraron fijamente al gringo, pero él únicamente se concentró en los más claros—. Siento todo el dolor que te he causado. Lo siento mucho de verdad. No quiero volver a repetirlo. De verdad lo lamento, Teodoro. —Con su mano más cercana tocó el rostro del moreno.
El país caribeño, ante esas sinceras palabras y el gesto, se tiró a llorar en el pecho del Estados Unidos a la vez que permanecía arrodillado en la arena. Ante tal demostración de sentimientos, el norteamericano también soltó algunas lágrimas, dejando así escapar parte de su dolor y estrés.
Ninguno de los dos se percató de que María se había ido hasta que se calmaron y la vieron con un par de botellas de agua. Jones permitió que Palacios le diera de beber.
—¿Tienes hambre? —preguntó la chica a Jones.
—No —Se sentó con dificultad por el dolor de cabeza— ¿Qué fue lo que pasó?
El latino suspiró—. Fuiste a salvar a esa niña, pero no tuviste en cuenta que el mar estaba revuelto y con mucha resaca. Entonces, una fuerte ola apareció por detrás y los separó: ella fue impulsada hacia la orilla y tú hacia alta mar y para más inri caíste en un desnivel.
—¿Un desnivel?
—Un hueco, lo cual ocasiona que las olas rompan allí y el agua tome la forma de un torbellino.
—¿Una ola no se produce por muchos factores?
—De acuerdo, pero lo importante acá es que terminaste en un hueco y los huecos son peligrosos en el mar. Eso me lo contaron, yo llegué después.
—Y como ya estaba agotado, los músculos no me respondieron y comencé a subir y bajar en el agua —dijo viendo hacia sus pies recordando—. Estaba tan angustiado, no sabía cuánto iba a aguantar, pero tenía tantas ganas de vivir que me esforcé al máximo por no hundirme. Y te vi en el mar y me sentí tan aliviado. Pero tu te fuiste a ayudarla.
Venezuela lució una expresión de culpa— Eso me lo ordenaron los salvavidas. Como consideraron que salvarte era muy peligroso, que podía ahogarme en proceso, me mandaron asistir a la chamita al ver que no me podía estar quieto ¡Pero mi idea era ir a rescatarte!
E.U.A le expresó silenciosamente que no se encontraba molesto con él—. Después vi que venían a mi rescate, pero ya no podía aguantar más y me hundí y…—Súbito rememoró la última imagen que su cerebro recreó. Inspiró hondo. Aquella intensa y angelical visión junto con las emociones que había sentido lograron romper su aparente serenidad, su vista borrosa se volvió, giró el rostro para sus acompañantes no se percataran del agua salina que bañaba su cara. La posibilidad de morir lo había atemorizado hasta el pánico. El país más importante del mundo iba a acabar de una manera tan simple como esa: ahogándose en un mar paradisiaco. Empero, cuando se hundió definitivamente en las aguas, cuando su cerebro comenzó a apagarse, ese miedo fue desapareciendo por un letargo cada vez más pronunciado y, en el momento en que esa imagen apareció, él abrazó la muerte con calma y felicidad, porque estaba cansado tantas peleas, de tanto rencor y sufrimiento. Por una vez olvido que era Estados Unidos y solo fue un chico de ojos azules llamado Alfred F. Jones.
—Deberías comer algo. —La voz de María lo sacó de sus pensamientos—. Tú también Teodoro.
—Me gustaría algo ligero —dijo el catire.
—¿Quieres que te lo traigamos o quieres comer en algún sitio?
—Pero María, si nos vamos tenemos que agarrar todas nuestras cosas. Además, Alfred debería ver a un medico.
—Estoy bien, de verdad, pero preferiría quedarme aquí.
—Si él se queda, yo también.
—Teodoro, te convendría airearte.
—Ya estoy a aire libre que más aire necesito —dijo con terquedad y cruzándose de brazos.
—No me refiero a eso —respondió la chica rodando los ojos.
A Alfred se le escapó una sonrisa.
—¡Por fin! Acá están.
Los tres muchachos giraron sus caras hacia la voz. El ambiente se enrareció de inmediato: Yulimar se hallaba enfrente de ellos y con una sonrisa que no agradaba nada al moreno y a la merideña.
—Me dijeron que casi te ahogaste —prosiguió la caraqueña acortando la distancia con el rubio a unos centímetros.
—Estoy bien, tranquila —dijo intentando ocultar sus nervios producto de los celos que provenían de Venezuela.
—Ya lo veo —susurró y sonrió seductora—. Pueden irse. Yo lo cuido —afirmó sin apartar sus ojos del gringo.
—De verdad no necesito que nadie me cuide —contestó Jones serio.
—No digas tonterías, después de lo que te pasó requieres los cuidados dulces y cálidos de una mujer.
—¡Yo lo puedo cuidar mucho mejor que tú! —declaró bravo Palacios—. Lo conozco mucho mejor. He pasado muchos días a su lado, mientras que tú solo has compartido una noche y unas horas en un centro comercial.
—Pero tú no le puedes dar ese cuidado maternal que necesita. Eres un chico. En cambio yo…
—¡Yulimar vete de una vez! —Todos se quedaron petrificados con el grito de María—. No ves que nadie te quiere acá. Ni si quiera Alfred. Lo único que estás haciendo es empeorar el ambiente, lo cual dificultad su recuperación ¡Así que lárgate!
La caraqueña miró los rostros fieros de sus adversarios. Jamás había imaginado que alguien como María le hablaría de esa manera. Se sentía humillada. Luego, dirigió sus negros ojos al gringo quien le sugirió mediante gestos que se fuera para evitar más problemas. Aquello resultó demasiado— ¡Todos ustedes son unos mamahuevos! Después de la noche que pasamos, ¿Cómo te atreves a tratarme así? María, lo que hiciste no lo olvidare ¡Estate segura de eso! —Dirigió a cada una mirada furiosa mientras se levantaba y emprendió camino con los músculos agarrotados.
—Creo que perdiste una amistad —sugirió el caribeño a la vez que se complacía de cómo la figura de la chica se hacía más pequeña.
—Más de una, supongo. Pero no me importa, ellas nunca fueron mis amigas. Tú sí —dijo sonriéndole a Venezuela quien le devolvió el gesto.
—¡La misa! ¡Tenemos que ir! —mencionó el catire preocupado buscando su ropa para ponérsela.
—No hace falta que vayas. —María rió— Ya les dijimos a los chicos lo qué pasó. Incluso vinieron a verte pero estabas inconsciente. Teo también faltará para cuidarte.
—Ahh —respondió más tranquilo quitándose la camisa que tenía a medio poner.
—Siguiendo con la conversación que teníamos antes de que interrumpiera Yulimar: Alfred vas a comer, quieras o no. Entonces, ¿Qué prefieres? —dijo con una sonrisa que transmitía seguridad.
—Algo ligero, si pudiera ser.
—Entonces será pescado fresco. —Comenzó a partir, mas fue detenida por la voz de Palacios.
—¿Y yo? A mí no me preguntaste que quería almorzar.
La merideña, puso las manos en sus caderas mientras se giraba hacia Venezuela, ladeó su cabeza y adornó su rostro con una sonrisa juguetona—. Oh, ¿ahora si quieres comer? —Enderezó su cuello y ensanchó su expresión— Tú vas a comer conmigo en el restaurante. Una vez le deje el plato Alfred, nos iremos. A menos que ahora tú también quieras venir, Alfred.
El susodicho, sorprendido por la cautivadora actitud de la chica, sonrió dulce—. No, prefiero quedarme aquí.
—Ok—soltó y continuó con su plan.
A Teodoro, que le costó más asimilar esa nueva faceta de María, siguió observándola como su pequeña pero firme figura se empequeñecía con la distancia hasta no captarla más— Hay algo de atrayente y majestuosa en ella…—murmuró todavía encandilado.
Jones, que aún se halaba con la vista puesta en el camino que la muchacha había trazado, miró a la nación latina—. Es verdad. Y todo gracias a ti.
—Ella ya era así —dijo restándose mérito.
—Sí, pero tú le enseñaste a confiar en sí misma.
Dejaron que el silencio impregnara una vez más el ambiente. Repentinamente, E.E.U.U se descubrió observando la mano de Venezuela que tenía más cercana e instintivamente la abrazó con una de las suyas.
Al sentir el apretón, el moreno dirigió sus claros ojos intermitentemente a su mano y a quien se la cubría, intentando adivinar que buscaba el otro. No obstante, cuando el gringo dibujó en su faz una sonrisa tímida pero sincera, supo que no había nada oculto detrás de ese gesto, así que soltó el agarré—para decepción de su amigo—arrastró su tumbona, la colocó al lado de la otra, se sentó y volvió a tomar su mano, le dirigió una mirada seria y contemplaron el cielo en silencio.
Los pensamientos del gringo divagaron sin rumbo fijo. Rememoró con angustia su accidente entre las aguas y una pregunta acudió a su mente ¿Cómo lo revivieron?—Te-Teo, una cosa.
—¿Qué?—dijo con la vista clavada en las nubes.
—¿Cómo me sacaron el agua de los pulmones?
—Con el boca a boca.
Aquella información lo paralizó por completo y como un robot giró su cuello hacia el venezolano a saltos « ¿Eso quiere decir que nos dimos nuestro primer beso mientras estaba inconsciente? ¡Y me lo perdí! ¡Seré…!», pensó maldiciéndose y con ganas de estrangularse.
—¿Y ahora qué te dio? —preguntó Venezuela entre asombrado y preocupado al ver los estrambóticos movimientos que realizaba su compañero.
—T-tú fuiste é-él que…
—No, fue el salvavidas —respondió tranquilo ante el decepcionado norteamericano. No es que no quisiera besarlo, pero entre que lo resucitaran y unir sus labios de forma egoísta prefería la primera.
Aquí está tu almuerzo —dijo María desconcertando al catire con su llegada.
Jones lo tomó entre sus manos—. Gracias.
—Vámonos Teo —afirmó María jalando al muchacho antes de que pudiera reaccionar— ¡Chao Alfred. Disfruta de tu momento de soledad!
—¡Gracias. Que les vaya bien a ustedes también!
—¡Qué ni se te ocurra meterte de nuevo en el mar! ¡¿Me oyes?! —gritó a modo de amenaza Palacios mientras era empujado por María.
—¡Tranquilo, me quedaré acá! ¡Te lo prometo! —le respondió de la misma manera un tanto nervioso por la expresión torva en la faz de Venezuela «Suerte con la nueva María, Teo».
Después de ingerir su almuerzo en soledad, se sentó en la arena con las piernas dobladas.
La experiencia cercana a la muerte le había regalado la certeza que no quería pelear más: estaba cansado de discutir con Teodoro y todo lo que los rodeaba, andar de mal humor, con los nervios a flor de piel por cualquier persona que realizara un gesto amigable al objeto de su amor, gastar energía en monitorear cada actividad que Palacios hacía y sospechar de cualquier expresión que el otro le dirigiera.
Ahora, la estrategia que se había trazado para descubrir a Venezuela en su mentira y herirlo hasta la humillación le parecía incongruente y ridícula hasta la exasperación. Deseaba reparar su sarta de errores, mas no sabía por dónde comenzar ni cómo.
En el momento que alguien lo encolerizaba, siempre actuaba con el mismo patrón: un ser frío, cínico y despiadado se apoderaba de él y hasta que no obtenía lo que buscaba, su sed de venganza no se apagaba.
Empero, esta vez no consiguió satisfacción. La paz no caldeó su pecho y la alegría no arribó a su rostro. Más bien se sentía escoria. Buscó mortificar al venezolano y él también acabó en el mismo estado.
Tenía que haber una manera de enmendar este problema, porque él no deseaba arreglar las cosas para clamar su espíritu. No. Él anhelaba el retornó de la luminosa sonrisa del venezolano, que su traviesa y seductora actitud impregnara su hogar, que retomaran sus largas conversaciones, que volvieran sus intimas bromas, la complicidad en el silencio y las miradas llenas de significado.
Solo así estaría feliz.
Frunció el ceño y ninguna solución acudió a su llamado. Se agarró la cabeza con las manos, cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes.
Estaba perdido.
Inesperadamente la imagen de María apareció en su mente. Abrió sus ojos de par en par: esa era respuesta.
En lo que restó de la tarde, pensó seriamente lo que le comunicaría a la merideña y cuando estuvo en su cuarto, tomó su celular, marcó su número y esperó a que contestara.
—¿Aló?
—¿Aló, María? Tengo que hablar contigo de algo importante. Necesito tu ayuda, es sobre Teodoro.
Definitivamente a Teo le va dar un infarto jajaja. Lo que le pasa a él no le pasa a nadie más, pobre tipo XD.
Y María es mi heroína María hace con ellos lo que quiere XD.
Ahora sigo con las explicaciones
* El desayuno típico margariteño incluye pescado fresco y arepas.
** En esa época se llamaba así a los besos con lengua (la autora ignora si aun se utiliza esa expresión, jajaja).
