Holaaaaaaa ¿Cómo va el inicio de este año?

No me extenderé mucho. Simplemente sepan que quedan entre 2-3 capítulos.

Advertencias: ¿Intento de narración de un partido de fútbol?


Jones estudió rápidamente la casa que lo rodeaba: estaba pintada con colores vivos y tenía un porche que guardaba en su lado izquierdo la puerta principal. Las paredes sostenían varias ventanas que daban a la calle y que se encontraban resguardadas por una reja blanca y unas cortinas delgadas que cuidaban su interior.

El estadounidense tocó el timbre. A la aguda melodía le siguió la cara de María, que se asomó a través de la ventana más cercana a la entrada—. Qué bien que llegaste, ya me estaba preocupando. No estaba segura si la dirección que te di era clara.

Alfred oyó como los pasos de la chica se acercaban a la hoja de madera, su cerrojo cedía y la merideña aparecía detrás de esta. Le dio un beso en la mejilla como saludo—. Sí lo fue, pero vine caminando lentamente hasta acá. Quería pensar.

—Mmm. Eso está bien, por cierto, ¿y Teodoro? ¿No sospechó nada?

—No. Le dije que iba a pasear y quiso acompañarme. Entonces, apareció Gómez y lo arrastró a no sé dónde.

—Ay, Andrés es único, chico. Su energía y lo distraído que es nos ha metido en un peo más de una vez. Pero ahora parece que jugo a nuestro favor. Quién lo diría. —Rió.

—Ellos se parecen —dijo con una sonrisa cargada de ternura.

—Sí. No sé por qué, pero hay algo semejante entre ellos.

—¡María! ¿Quién es? —dijo una voz desde el interior de la casa.

—Es el amigo que te dije que iba a venir —grito a modo de respuesta—. Es mi abuela —agregó al ver la expresión confusa en el rostro del gringo.

—Pero, ¿no se suponía que íbamos a estar solos?

—Sí, ella ya se va pero quería conocerte antes —respondió y dio paso a una señora mayor regordeta de aspecto serio y coquetamente ataviada.

La anciana paseo rápidamente sus ojos asombrados por Jones— ¡Que buen mozo eres! Además se nota que haces bastante ejercicio. Mucho gusto soy Amelia, la abuela de María— contestó vanidosa estrechando la mano que E.E.U.U le ofrecía—. María, ¿por qué nunca me presentaste a tu novio?

—Que no es mi novio, abuela —dijo fastidiada.

—S-solo soy un amigo —habló nervioso tanto por la directa pregunta como por la mirada que ahora la dirigía la mujer.

—¿En serio? ¿De verdad no te gusta?

—No.

—Porque yo creo que harían buena pareja. María es muy simpatía, inteligente y cariñosa, un poco torpe y tímida y a veces algo ahuevoneada, pero no se puede ser perfecta.

—Abuela—dijo ligeramente irritada.

—Aparte, ¿la viste bien? Aunque debería comer un poco más—siempre se lo digo—es bonita, sus ojos grandes y su cabello ondulado le da un aspecto dulce.

—¡Abuela! ¿Tú no te ibas a ver con tus amigas?

—Ay, mija ¿por qué estas brava? Lo único hice fue tirarte flores. —Se volteó a responderle a su nieta mientras la última se cubría la cara con su mano.

—Es innegable que María es hermosa —empezó E.U.A intentado ayudar a la muchacha—. De eso me di cuenta desde el primer día. Lastimosamente, ya estoy enamorado de otra persona. Metí la pata hasta el fondo y venía a hablar con María para que aconsejara.

—¡Ujum! Lástima. Bueno. —Fue un momento hacia la sala ante la atenta mirada de los jóvenes, tomó su bolso y se dirigió a la entrada nuevamente—. Me voy a jugar dominó. María no olvides cerrar con llave y espero consigas la solución para acabar con tu angustia. —Mientras expresaba estas palabras, Amelia apretó suavemente el brazo del norteamericano a la vez que le trasmitía amor a través de su mirada.

Estados Unidos abrió los ojos desconcertado de que la anciana pudiera leer su desasosiego tras la calma—. Gracias de verdad. Yo también lo espero —Estrechó los parpados y pintó una sonrisa completamente enternecida.

Una vez que despidieron a la abuela de María, la merideña condujo a Alfred a su cuarto y trajo una jarra llena de agua, unos vasos y unos pedazos de torta tres leche*. Hablaron durante un largo rato de temas triviales y jocosos hasta que el gringo dejó su vaso en la mesa de noche y miró directamente a la chica—. Hablemos de eso, estoy listo.

La muchacha suspiró, comió el último pedazo de torta, tomó agua, enderezó su cuerpo y observó con seriedad a E.U.A—. Bien ¿De qué querías hablarme?

—Quiero restablecer mi relación con Teodoro. Tal y como era.

—Eso es imposible después de todo lo que pasó. Además me da la impresión que los dos cambiaron en el proceso. Tienes que volverla a construir.

—¿Todo otra vez? —Su voz escapó a través de una exhalación.

—Realmente no lo sé. Entre mayor sea el daño mayor será el proceso.

—De eso te quería hablar, creo que hice cosas malas, muy malas —Se rascó la cabeza—, pero no estoy seguro.

—¿Cómo que no estás seguro si hiciste algo malo o no? —elevó ligeramente el tono de voz.

—Por eso quería hablar contigo.

—De verdad…Ustedes dos son un caso —susurró masajeándose el puente de la nariz—¿Y qué fue lo que hiciste? Además de un intento burdo de dañarlo que casi te mata y desconfiar de él desde que se acostó con una.

—Bueno…después de que tuviera relaciones con esa chica, como sentí que me había engañado empecé a tratarlo muy mal, a burlarme de cada una de sus demostraciones de cariño y esfuerzos para enmendar la situación.

—Me parece bien lo que hiciste.

—¡¿Ah?!

—Creo que hiciste lo correcto.

—Pero, ¿cómo puede estar bien tratar mal a alguien?

—Porque él te engaño.

Alfred se mordió el labio inferior. Se sentía desarmado, y no obstante, algo en la argumentación no cuadraba.

—Deberías alejarte de él. Te hace daño —continuo impertérrita María.

La frase golpeó y reverberó en el cerebro del gringo. Ofuscado, abrió la boca y dejó a su corazón hablar— No quiero. —Aunque susurró, su voz salió firme. Y se sorprendió del verbo que había utilizado, pues sabía que su relación se encontraba estrechamente entrelazada por el petróleo, y aun así…—. I love him —declaró seguro.

—¿Y qué? El hecho que ames algo no significa que no debas separarte de el, especialmente si te causa dolor.

—Pero él no me causa dolor.

—¿Y entonces que lo que has sentido estos últimos meses?

—Solo han sido estos meses, el resto del tiempo hemos estado bien.

—De todas maneras, tienes que olvidarte de él, ya que es incapaz de corresponderte de la manera que tú esperas.

—Pero, últimamente se ha mantenido fiel a mí.

—Pero puede ser una cortina de humo y una vez que te tenga de nuevo se irá con la primera persona que pase. Eso es lo que tu defiendes ¿no?

—Eso no es justo. Él se ha esforzado mucho: sus actos han sido consecuentes con sus palabras.

—¿Y cómo sabes que no es un gran montaje?

Fuck! Nadie puede montar algo tan bien.

—Aun así…

—Él se merece otra oportunidad. Todo el mundo se la merece si se arrepienten…Aparte, él no me engañó, nunca fuimos pareja. Por mucho que me haya dolido, en el fondo no hizo nada malo.

Ambos se quedaron un rato en silencio. Jones cubrió con sendas manos su cabeza—. Pero eso no es único.

—¿Qué más pasó?

—Estuve a punto de espiar todos sus mails.

—¿Cómo?—cuestionó perpleja ¿Cómo un muchacho que aparentaba 20 años tenía tales conocimientos?

—No preguntes.

—Eso…Entiendo que lo hicieras.

—No lo hice.

—Pero que estuvieras a punto me parece normal ¡No! Recomendable.

—N-no te parece mal…—Si pensaba que el desconcierto que tuvo con anterioridad fue importante, este lo superó por triplicado. E.E.U.U la enfocó sus ojos fuera de órbita mientras digería el comentario.

—Me parece muy buena idea ¿A ti no?

—No lo sé, es algo que siempre he hecho pero esta vez sentí y siento que está mal.

—¿Por qué?

—Esta vez no disfruté haciéndolo, ni siquiera planeándolo.

—Mmm, no veo porqué, eso te habría dado una sensación de seguridad muy grande.

—Lo sé, pero no me la dio, más bien fue todo lo contrario.

—Pero, tú nunca se lo hubieras contado.

—No, pero aún así me hubiera sentido mal, tan mal como me siento simplemente pensando en que en casi lo hice. —E.U.A se hundió en sus emociones y dudas, suspirando cada cierto tiempo para aliviar su espíritu.

—¿Sabes? Estoy pensando recomendarle a una amiga tu idea.

—¡¿La de robar la clave para ver los mails de alguien?!

—Bueno ella no tiene esa tecnología, pero podría espiar el teléfono de su novio a escondidas.

—¿Por qué querría hacer eso?

—Porque desconfía de él. Él es una persona que le gusta coquetear con las chicas.

—Pero ¿Le es infiel? ¿Actúa de manera extraña cuando están en público? ¿Parece que fuera dos personas dependiendo del lugar y las personas que los rodeen? ¿Inventa muchas excusas para justificar sus actividades?

—Que yo sepa, no. Ella le dijo que no le gustaba que ligara tanto con las chicas y él se frenó, pero eso no la convence.

—¡Eso no es justo! ¡Ella debería confiar más en él! Si no, para qué son novios. Si ella sufre porque cree que él la podría engañar ¿Por qué no lo hablan? ¿Por qué recurre a artimañas tan bajas? ¿Qué clase de relación es esa? Si no puedes discutir con seriedad y calma los temores y las desavenencias con tu novio, la relación está acabada desde el principio. Cualquier relación se sustenta en la confianza y el respeto. Dos cosas que no tiene tu amiga: la primera por lo que dije y la segunda porque ella se cree con derecho a revisar sin permiso el celular de su novio. O sea, déjale su espacio. Es que es tan obvio que ni siquiera sé explicar porqué está mal. Si a mí me lo hicieran me molestaría muchísimo. Lo bonito de tener pareja es ver cómo crece como persona y crecer a su lado y si lo controlas hasta ese punto lo estás anulando, y encima engañando porque le estás ocultando algo fundamental.

«Creo que cuando alguien trata a otra persona así, se debe a que subconscientemente quiere una marioneta. Lo cual es muy triste, porque significa que no eres capaz de mantener una relación de igual a igual con una persona, solo comunicarte si sientes que tienes el control. En el fondo eres muy inseguro, ya que no te sientes capaz de manejar los imprevistos que puedan surgir de una relación igualitaria, y prefieres atacar rencoroso al descubrir los defectos del otro porque crees que destruyó tu ilusión y el mundo idílico que creaste entorno a él y la relación romántica que tenían. Aunque todavía no fueras consciente de tus propios sentimientos y de la dinámica entre ustedes, tu subconsciente ya tomó una decisión e inadvertidamente para ti, te hace corresponder sus avances.

«Es verdad, Teodoro es un mujeriego, siempre lo ha sido y nunca lo ha ocultado. Yo fui víctima de sus temores. Sin embargo, él está trabajando para ser una mejor persona y pareja. Estoy seguro que en este momento está asustado de entregarse a un nivel más profundo conmigo, y, aun así está dispuesto a correr el riesgo ¿Y qué hago yo? Golpearlo hasta las lagrimas. Estaba tan furioso al descubrir que mi mundo perfecto era solo un espejismo. Solo quería hacerle pagar mi desengaño y frustración. Tengo razones para sentirme así, para pedir una explicando y desconfiar de él. Pero mis sentimientos resultaron exagerados. Lo culpé por más cosas de las que hizo».

Cuando terminó su discurso se sentó en la cama, aturdido.

María suspiró—Bueno, creo que hemos hecho un gran avance. El resto depende de ti

De regreso, acompañado por los colores del atardecer, Jones anduvo con paso pesado. Su vista se dirigía al asfalto pero no captaba más allá que los paisajes que le mostraba su mente ¿Qué había hecho? Había destrozado sus posibilidades de tener algo más que una amistad con Palacios, por no decir su amistad entera ¿Cómo había sido tan estúpido? ¿Por qué no se dio cuenta antes? ¿Por qué permitió que su lado infantil lo manejara hasta ese punto? «Le hice tanto daño»

Se cubrió el rostro resistiendo las ganas de llorar ¿Y ahora qué iba a hacer? Si le decía, probablemente Teodoro no le volvería a dirigir la palabra ¡No! ¡No quería ni siquiera imaginarse ese panorama! Tembló. Pero si no se lo decía su relación se basaría en una mentira. No podría mirarlo a los ojos. Lo perdería. En cualquiera de los dos escenarios el riesgo de perderlo resultaba inmenso.

Levantó la cara hacia el frente. Sus azulados iris brillaron con determinación. Sus anegados ojos y sus resplandecientes mejillas confirmaban el trance que estaba pasando. Tendría que confiar en sí mismo, en Venezuela y en la fortaleza de su relación. No tenía elección.

El Sol de la mañana martillaba sobre las cabezas de los jugadores. A un lado, al resguardo de la sombra el público—menor a lo esperado por la ausencia del grupo de Yulimar— animaba alegremente a los jugadores. El cura, en medio del campo inventado y separando a los dos equipos con su cuerpo, se protegía de la luz con una gorra. Y en el círculo central dos rubios se miraban las caras: Alfred a la izquierda e Ítalo a la derecha. Su adversario sonrío seguro de su habilidad, mas Jones no se dejó impresionar.

Un poco más atrás y respaldando a ambos jugadores se encontraban Gómez y «Silencio» por el lado de E.E.U.U. A la derecha, el medio campo era protegido Freddy, un chico ancho que ejercía de capitán, y Chuo muchacho con una visible cojera apodado «Ñeco».

—«Catire» —susurró Gómez atrayendo la atención de Estados Unidos—. No te fíes del «Ñeco».

—¿Quién?

—Ves al chamo con el defecto en la pierna. No te dejes engañar por su actuación de persona desvalida. Es un excelente jugador.

En ese momento, Freddy formó una cuchilla con la mano y la movió por su cuello sin quitar la vista de Gómez, gesto irritó al caraqueño: no importaba cuantas veces se lo hubiera dedicado, siempre le ponía de malhumor.

E.U.A observó por el rabillo del ojo a la figura que se hallaba en medio de la defensa, Venezuela, hasta que la misma se percató de este hecho, instante en el que el catire volvió sus pupilas al campo avergonzado.

El cura levantó un brazo, sopló y el silbato sonó, dando por comenzado el juego.

El partido era intenso, el juego se desarrollaba en el medio campo, ninguno de los equipos lograba avanzar hacia las porterías. Los chicos buscaban constantemente un hueco por donde pasar el balón sin éxito. Por un lado, el equipo de Gómez se sentía orgulloso de su desempeño, ya que gracias al continuó entrenamiento ahora se encontraban al mismo nivel que sus contrincantes. Sin embargo, este mismo hecho los desesperaba, debido a que esta mínima diferencia de habilidad los estancaba al punto de no ocurrírseles una solución.

De repente, un error de interpretación de pase por parte «Palillo» de ocasionó que tres jugadores contrarios atravesaran el bloqueo. Entonces, Palacios se colocó frente al que llevaba el balón y lo persiguió hasta quitarle la pelota. Teodoro empezó a mover el esférico para devolverlo a círculo central. El contrincante, enojado e inquieto por la oportunidad perdida, decidió recuperar el balón como fuera: con la velocidad que traía, se deslizó en la arena y golpeó el tobillo y la tibia del moreno con sus zapatos.

La víctima aulló de dolor, cuestión que distrajo a todo el mundo lo suficiente como para que Ítalo metiera el primer gol.

Los compañeros de Palacios corrieron en su auxilio y protestaron la validez de ese gol. El cura, después de asegurarse que no hubo ninguna lesión, declaró que era valido el tanto, ya que la acción se realizó con la pelota en movimiento, mas le sacó una tarjeta amarilla al causante del alboroto. Tarde pensaron los jugadores, porque el objetivo ya se había cumplido.

Durante el tiempo muerto, Gómez y los demás desarrollaron la estrategia a seguir en el segundo tiempo alrededor del «herido» para que no se perdiera detalle, quien, además decidió seguir jugando aun con el dolor y las suplicas de Jones. Alfred, por su parte, escuchó atentamente las instrucciones de su capitán, mientras secretamente planeaba su venganza.

Una vez dentro del campo, las nuevas alineaciones no ayudaron. Gómez, un talentoso periodista en ciernes, resultaba un terrible entrenador en lo que se refería a tácticas deportivas y, no obstante, los chicos se hallaban tan determinados a subsanar la humillación que, más de una vez, crearon oportunidades para igualar el marcador. Solo era cuestión de tiempo.

El norteamericano cada vez más se acercaba a la portería. Todavía no encontraba la deseada ocasión, empero, no le importaba: cuando se asignaba un objetivo que realmente le resonaba, podía ser muy, muy paciente. Y allí estaba otra vez el «Ñeco» confundiendo con sus juegos de pies. Perdió la pelota y suspiró. No, con él no se metería, resultaba obvio que tendría trato preferente en cualquier percance. Vio como el susodicho dibujaba una burlona expresión en su rostro mientras le arrebata el balón. «Puede tener lo que quiera pero astucia no le falta» exhaló sintiendo impotente mientras atestiguaba como el juego se reiniciaba.

Ahora el partido se deslizaba al área de «Portu»: Ítalo y sus compañeros movían el balón con soltura y velocidad, esquivando a sus contrincantes. Entonces, con un movimiento rápido pero brusco, Palacios se atravesó en medio de la jugada, se quedó con el esférico y lo lanzó lejos en dirección a Jones, empero, por choque de fuerzas, Teodoro salió despedido y rodó por el suelo hasta quedar boca arriba con las manos en el abdomen.

El partido paró ipso facto: los compañeros de caído corrieron en su auxilio de nuevo. El rubio, en su loca carrera, tiró a más de uno al suelo y se abalanzo hacia el venezolano, que emitía gemidos ahogados— ¡Teo! ¡Teo! ¿Estás bien?

El nombrado abrió los ojos y poco o poco las difuminadas sombras que lo cercaban se convirtieron en sus amigos, María y el árbitro. El catire, que se localizaba al lado izquierdo, pasó un brazo por su espalda para elevar su torso, mas se detuvo a la mitad por órdenes de su amigo.

—No deberías seguir jugando —susurró preocupado Alfred.

—Tranquilo…no es nada —murmuró y tosió

—¿Cómo sabes?

—Porque más tiempo pasa, mejor me siento. Solo necesito unos minutos. Admito que todavía me duela la cabeza, pero se me pasara. No soy tan débil.

—¿Y tu pierna? —Fijó sus pupilas en el miembro inferior que anteriormente había sufrido el primer choque. Tenía varios moretones.

—Solo es un morado…algo grande. —Pero al percatarse de que aún no conseguía la atención de Jones, tomó su mano— Al, tranquilo, no es nada, tranquilo, lo sé. Me comprometo a no realizar grandes esfuerzos en lo que queda de partido. Pero debo seguir jugando. No hay quien me remplace.

Ante el argumento, el gringo abrió los ojos sorprendido, los escondió decepcionado, los alzó y abrazó con su mano libre el agarré que el moreno había formado—. Promételo.

—Te lo prometo —dijo y elevó el pulgar de su mano. El resto de los muchachos relajaron sus expresiones.

—A este paso te canonizaremos con todos los coñazos que llevas. Ni que fueras Jesucristo —medio bromeó Gómez.

—«Gato» !No vayas hacia la luz! ¡No! —dijo Wilmer con sonrisa picara.

—¡No, «Gato». Los antepasados no! —siguió Wuilker

—Eso de las voces es «Silencio». No le hagas caso, ya sabes que no se calla ni debajo del agua. —Y para sorpresa de muchos «Portu» participó del chiste.

—¡Pero si por una vez no dije nada!

Las pequeñas risas estallaron en carcajadas, relajando los cuerpos y expulsando la tensión acumulada. El sacerdote suspiró y sus músculos se contrajeron una sonrisa que ocultaba la risa de las bromas juveniles.

—¿Estás bien?

Una voz desconocida rompió el ambiente, los chicos voltearon hacia donde provenía: era Italo que acortaba distancia con el moreno. Hincó una pierna al lado derecho de Palacios y apoyó un brazo en dicha pierna— ¿Te encuentras bien? —preguntó con sincera preocupación.

El moreno sonrió a los buenos sentimientos—. Claro que sí chamo. Ayúdame a levantarme.

—No tienes que pedirlo. —Se irguió correspondiendo la expresión, alargó su brazo, tomó el de Palacios, lo impulsó y soltó el agarré al tenerlo enfrente.

El balón fue cedido a «Portu», quien lo lanzó al área central, este fue interceptado por Wuilker que se lo pasó Gómez. Mas cuando este último lo tuvo en los pies se halló cercado, intentó despistarlos y al verse incapaz pateó el balón lo mejor que pudo hacia el gringo. Jones, después de conseguir bajarlo, se percató de que, por un lado, si no se movía pronto estaría atrapado y, por otro lado, entre la portería y él solo quedaban dos hombres: el arquero y el chico que había herido al objeto de su amor. La única oportunidad de anotar pasaba por atropellarlo. Y entonces sonrió, se fue directo hacia él, le pisó un pie con la suficiente fuerza para que chillara, lo empujó, se enfrentó al desconcertado portero, tiró, la pelota rozó las manos del jugador y golpeó la malla con violencia.

Algunos celebraron, otros protestaron inútilmente ante el cura. El agraviado observó la espalda de su agresor alejarse silenciosamente. Palacios lució perplejo y «Portu» contrajo sus músculos en una mueca irónica.

—Es todo un personaje, ¿no? —susurró María arribando a su lado cuando todos estaban distraídos.

—Definitivamente. Me aseguraré de nunca molestar a «Gato», o estaré en serios problemas. Que tipo más rencoroso…

—Diría que es un rasgo que lo define. Aunque «El negro» se lo merecía. Siempre anda jugando sucio.

—Seguro que esta sí que no se le olvida. —Rió ante el hecho.

El equipo contrario, todavía desorientado por lo que había presenciado, tardó en reaccionar al pitido que indicaba el reinicio del juego. Aprovechando la oportunidad, los jugadores de Gómez ganaron importantes metros, aunque menos de los que hubieran deseado: el cansancio físico mellaba su rendimiento.

Wilmer, «Palillo», Palacios y «Portu» observaban el partido intranquilos, intuyendo los pocos minutos que restaban para el final y sin una ocasión que se dibujara clara.

El portero buscó con la mirada la atención de la merideña. Esta, tras haber captado la inquietud del moreno y entender la información que le pedía, vio las manecillas de su reloj de muñeca, se reencontró con los ojos del otro y trasmitió con su mano el tiempo que quedaba.

«¡¿Tres minutos?!», Portu llamó a su defensa más golpeado—. «Gato», solo quedan tres minutos antes que nos vayamos a prorroga.

El árbitro avisó con su silbato del inicio del sobre tiempo.

—¡Vete a ayudarlos!

—Pero, ¿si viene para acá como los van a parar?

—Con dos es más que suficiente, ya nos las arreglaremos —dijo seguro Wilmer.

—Creo tú lo harías mejor. No estás tan lastimado —respondió a Wilmer.

—¡Vete de nueva vez! Tengo el palpito que marcaras la diferencia. —«Portu», Irguiéndose seguro, cruzó sus brazos sobre su pecho, sonrió y relajó sus párpados en un aire de complicidad.

El corazón de Palacios se paralizó, sus ojos se abrieron al máximo, su respiración se cortó e inmediatamente todo comenzó a funcionar de nuevo con una imperiosa energía llamada adrenalina.

En pocas zancadas llegó a donde se hallaban sus compañeros, participando en los pases

—Teo, ¿qué haces aquí? —manifestó entre sorprendido y alarmado el gringo.

—Vine a echarles una echarles una mano.

—¡Bien! —murmuró su capitán.

—¿Y tu promesa? —cuestionó enfurruñado.

—Me cuidaré —contestó, interceptó la pelota, la movió y volvió a pasársela a «Silencio», quien se la envió atrás hacia Gómez para confundir al enemigo.

Comenzó así un juego a contra reloj de pases entre el capitán y el defensa para atraer a los contrincantes, y aunque los otros sabían que se trataba de una treta, el nerviosismo se impuso a la razón

Palacios se alegró al percatarse de que su táctica había surtido efecto, por lo que colocó el esférico entre sus pies y esperó a que el equipo contrario se acercara. Cuando ya se hallaban a pocos metros de él, con movimiento espectacular de sus miembros inferiores envió el balón al rubio por encima de los impresionados jugadores.

El pecho de Jones contactó con la pelota y la controló antes de dirigirla hacia sus pies. Una vez en el suelo se la pasó a Wuilker y ambos comenzaron una trepidante carrera hacia la portería que culminó en un bloqueó humano complicado de atravesar. No es que fueran muchos jugadores, sino que estos se movían con la destreza y la rapidez necesaria para frenar cualquier iniciativa de los dos muchachos.

El gemelo regresó la pelota al gringo al no encontrar respuesta a la situación y al verse cada vez más cercado. Alfred la recibió y realizó una rauda ojeada al panorama: los defensas metían sus piernas entre él y el balón a constantemente y la arquería estaba visiblemente tapada por estos últimos—sin contar con el portero—. De repente, una idea iluminó su cerebro: los cuerpos no lograban cubrir por completó su lado derecho, si él lograba proporcionarle al disparo un efecto de curva quizás marcara el gol de la victoria. Resultaba una idea descabellada, pero entre arriesgar y jugar la prorroga prefería lo primero. Así que disparo y el tiempo se detuvo.

El balón que en un principio se fue recto, su trayectoria se fue curvando. El esfuerzo físico que el arquero realizaba en el salto era visible. Rostros angustiados aparecieron, expresiones de asombro y euforia se dibujaron, el estrés, los alientos contenidos, los ojos abiertos, la mirada intermitente entre el reloj y la acción, el silencio del público levantado, el mínimo movimiento de pestañas para no perder detalle.

Los nudillos tocaron levemente la superficie de la pelota. El portero sonrió satisfecho porque el esférico volvía al terreno de juego.

Entonces, María ahogó un grito.

Ante los ojos de todos los presentes, la carrera de Teodoro se convirtió en un vuelo. Su cabeza golpeó el balón dirigiéndolo al lado contrario de donde se hallaba el portero. El moreno cayó a la arena. La malla se movió por la entrada de la pelota. El doble silbido dio por terminado el partido.

Palacios elevó el rostro admirando la proeza realizada, todavía sin creérselo. Vítores y pasos oyó pero no entendió.

Una sombra lo cubrió, unos brazos lo levantaron, lo giraron y lo abrazaron alrededor de sus glúteos.

El Mar Caribe confluyó en el brillante Océano Atlántico.

—Eres el mejor. —Sus oídos captaron el cariñoso y orgulloso susurró que partía de los labios de Jones. Su cerebro grabó su reluciente sonrisa. Ahora si fue consciente de su gran aportación y pintó en su faz una sonrisa en la que sus dientes brillaban antes de cerrar los párpados y juntar su cabeza con la del rubio.

Todo estalló. En sus oídos por fin retumbó el bochinche: los gritos, las felicitaciones y los silbidos. Rió con la cara vuelta al cielo, aulló, sintió como le daban vueltas, como lo lanzaba y era agarrado por sus compañeros quienes lo devolvieron a tierra para ser abrazado y alabado por estos y el público.

Sin embargo, la celebración no se alargó más allá de ese día pues a la mañana siguiente tanto «Gato» como el «Catire» volvían a Caracas. Mientras las risas y números de teléfono se sucedían entre Venezuela y los chicos, Jones respondía a ellas ausente. Entonces, la merideña apretó su hombro y le dedicó una comprensiva expresión que el norteamericano correspondió con una mueca melancólica.

—Teo —una voz femenina lo llamó—. Me voy a mudar a Caracas y estudiaré algo relacionado con la psicología y diplomacia. Quiero ayudar a la gente alrededor del mundo.

—Eso está muy bien.

—¿Qué? —exclamó Gómez expresando la sorpresa de los demás—. No sabía que querías irte de Mérida, ni que querías cambiarte de carrera.

—Desde hace tiempo, pero Teo me ayudó con la decisión.

—Yo solo le aconsejé que fuera valiente y siguiera su corazón —respondió a las miradas.

—Sé que estás muy ocupado, pero cuando vaya me podrías hacer un tour.

—Claro.

La voz del alto parlante les indicó que su tiempo había terminado.

—No olviden llamarnos —dijo Wilmer.

—O aténganse a las consecuencias —siguió su gemelo en tono supuestamente amenazante.

—Tenemos que vernos, cuando vuelva a Caracas te llamo—dijo Gómez a Palacios

—Estaré esperando.

—Teo no te olvides de lo que me prometiste —mencionó la chica

—Por supuesto que no.

Se quedaron en silencio hasta que vieron al avión perderse entre las nubes, permitiendo que el ambiente entre ellos se llenara con las conversaciones ajenas, los mensajes de la torre de control y los motores de los aviones que aterrizaban y despegaban.

—María, ¿Quieres chicha? Los gemelos, «Silencio» y yo tenemos antojo —invitó Gómez.

—No, gracias.

—Yo me quedare con ella —aclaró «Portu».

—Ok. Ya volvemos.

El muchacho esperó paciente a que los otros desaparecieran de su vista para hablar. Fijó sus ojos azabaches en la chica que, al instante, volvió el rostro curiosa—. Lo sabías, ¿no?

La merideña abrió levemente la boca y ensanchó los ojos. Luego, giró su rostro al pedazo de cielo por donde había desparecido el avión que llevaba a las representaciones—. Sí…—respondió en un tono enternecedor.

—¿Y aún así…?

—Sí. —Contempló las nubes unos minutos antes de regresar la atención a su acompañante.

—¿Cuando te diste cuenta?

—Poco después de conocerlos: tenían aspecto y actitud de jóvenes pero algo en su mirada me indicaba lo viejos que eran. Mucho más que una persona, como si aquellas pupilas hubieran observado siglos y siglos civilización. Como si el tiempo no fuera igual para ellos. Y cuando Teodoro me miró, no tuve dudas. Ellos no son humanos como nosotros, hay algo inmaterial y eterno en ellos. Si no, ¿cómo puedo explicar el extraño escalofrío que me recorrió cuando sus ojos se posaron en los míos? Era él, pero en cierta manera también era yo. Era como si un espejo reflejara. A mí nadie me engaña María, yo sé lo que vi.

—No sabía que eras tan perceptivo.

—Menuda pérdida de tiempo sería si los largos periodos que paso callado no los usara para algo. Pero volviendo a lo anterior, aun sabiendo que no eran como nosotros te enamoraste de Teodoro.

—¿Era tan obvio? —Se le quebró la voz de la vergüenza.

—En una escala del 1 al 10, toda la isla se enteró —dijo viendo como la chica tomaba un color que no tenía nada que envidiarle a un tomate.

Mientras tanto, en el grupo de los chicos la amena conversación fue interrumpida por el serio talante de Gómez—. Por cierto, me di cuenta que ayer, aparte de María, no vino ninguna otra chica del grupo —mencionó tomando el vaso de chicha que el vendedor le otorgaba.

—¿Es qué todavía no lo sabes? Sabía que eras caído de la mata pero no tanto—exclamo Wuilker

—¡Claro que lo sabía! Y para probártelo te diré que la razón es que «Catire» la rechazó. Y María, como la desafió, también la dejó de lado.

—Y a nosotros nos metió en el mismo saco —continuó «Silencio».

—Eso a mi no me molesta —intervino el caraqueño.

—A mi tampoco —aseguró Wilmer quien fue acompañado por un gesto de afirmación de «Silencio» y «Palillo».

—A mi sí. Es decir estaba muy buena y era muy sexy —explicó Wuilker al percatarse de las miradas que sus amigos le lanzaban.

—Veo tu futuro romántico muy negro, hermano —dijo con burla Wilmer aupado por las muecas burlonas de los demás

—Yo no dije que me gustara, solo que me atraía físicamente.

—La última vez que dijiste que una te gustaba también era una bruja sin escrúpulos que solo le importaba el dinero —sentenció «Silencio»

—Resumiendo: una cuaima —añadió Gómez con sorna y comenzaron a reírse a expensas de Wilker.

—¿Cuántos divorcios le calculas? —pregunto «Silencio» a Wilmer. «Palillo» esperaba con expectación la respuesta.

—¡Uy! Mejor no pensar en eso, pero mínimo tres o cuatro. —Y continuaron con sus carcajadas las cuales se incrementaron ante las protestas del gemelo mayor.

—María esta cambiada…—soltó el ex-capitan al viento, meditabundo. En el fondo no deseaba revelar este pensamiento a los demás. Sin embargo, cuando giró su rostro, las expresiones de sus amigos confirmaron su error.

—Míralo…—comenzó Wuilker.

—Él ladillándonos con estar concentrados en las prácticas y el partido y él perdiéndose en…María—siguió Wilmer.

—No es lo que creen. —refutó cruzando los brazos.

—¿Ah, no? ¡No me puedo creer que nuestro capitán sea tan vulgar! —susurró Wuilker a la oreja de su hermano con el suficiente volumen para que Gómez le oyera.

—¡Sí! Solo pensaba en cómo acostarse con ella. Solo tenía ojos lujuriosos para ella ¿Sabes? Nuestro capitán encaja a la perfección con el perfil de discreto pero mal pensado.

—Tienes razón. Esos son los peores

—Mentira ¡Todo eso es mentira! María es una chica inteligente, dulce, sincera y comprensiva. Yo jamás me platearía con ella algo tan superficial. —Obstinado de la actitud de los gemelos, saltó como un resorte a defenderse, mas, inmediatamente después de soltar esa intima opinión, comprendió que una vez más se había dejado manipular por los sucrenses. Gómez palideció ante la sonrisa de los hermanos y «Palillo».

—¡Maríaaaaa! ¡Maríaaaaa! —Sin embargo, fueron los gritos de «Silencio» lo que lo despertaron de su parálisis. Este berreaba lo suficientemente alto como para que todo el aeropuerto lo oyera. —¡Gómez tiene que…! —Unas manos le sujetaron fuertemente los labios, tanto que pronto el dolor se presentó.

«Silencio» trató de zafarse del agarre, empero, esto incrementó la presión de mismo.

—Ni se te ocurra. —Silencio» tuvo un escalofrío y no de placer. Las suaves pero firmes palabras arribaron a su oído como un zumbido, el aliento calentó su oreja, su lóbulo sintió los cálidos labios de su agresor.

De repente, su boca fue liberada. Se masajeó las comisuras y miró hacia el frente, acertando en su suposición: la merideña estaba caminando hacia ellos con cara enojada.

—¡¿«Silencio» qué te pasa?! ¡¿Por qué berreas como si te estuvieran matando a palo'?! —le reprendió elevando ligeramente la voz, con la cara contraída en un rictus de enfado y haciendo aspavientos.

—Porque Gómez tiene algo que decirte… —tartamudeó sorprendido y atemorizado por la expresión de María. Nunca la había visto tan brava, por no decir que no sabía que se pudiera poner así.

—¿En serio? Casi y no me doy cuenta. Con lo discreto y silencioso que fuiste —habló pausadamente y acentuando cada sílaba. Estaba parada con la espalda recta, las manos sobre la cadera y los pies equidistantes entre si lo cual le otorgaba un aura de autoridad. Miró a Andrés, que se hallaba un poco más allá, estrechó la distancia y relajó la postura— ¿Qué era eso tan importante que tenías que decirme?

El nombrado metió las manos en sus bolsillos, dirigió sus pupilas hacia el piso y después hacia los ojos de la chica—. Hoy estás muy bonita. Me gusta el conjunto que llevas.

La merideña elevó sus cejas y relajó el resto del rostro del asombró ¿Eso era todo lo que quería decirle?—. Gr-gracias. No sabía que tenías esa faceta.

Ay, María. Hay tantas caras de Gómez que no conoces —intervino «Silencio», mas no pudo seguir porque Andrés le aplastó el pie.

De todas maneras, gracias. —Sus músculos dulcificaron su faz, sus ojos brillaron de gratitud y tibia coquetería.

El caraqueño, maravillado ante ese espectáculo, dejó caer sus párpados hasta la mitad y dibujó una soñadora mueca.

—¡Nos vamos! ¡Gómez estás ahuevoneado! —La realidad le embistió. Las risas perforaron sus oídos, su mirada por fin captó que María ya no se encontraba a su lado. Se volvió hacia la izquierda y corrió hacia el grupo.

—A este paso cerraran el aeropuerto y te quedaras encerrado como un mongolo —bromeó «Palillo».

Cuando el ex capitán arribó al lado de la merideña le preguntó si quería que, además de Teodoro, le enseñara la ciudad. Caracas era muy grande en comparación con Mérida y se podía perder. Tenía que asegurarse supiera a qué zonas no debía acercarse y como Palacios era una persona ocupada él la ayudaría sentirse integrada.

—Me encantaría —contestó muy contenta al descubrir que alguien velaba por su bienestar y felicidad «Definitivamente el siguiente año va a ser uno de los mejores»

Venezuela estaba preocupado: había intentado mantener una conversación con E.E.U.U, no obstante este únicamente le había contestado con monosílabos, por lo que, después de varios intentos desistió y entre ellos se aposentó un silencio y una tensión tangible.

«¿Y ahora que le molesta?». Ese pensamiento le había rondado la mente durante todo el vuelo, mas como no encontró respuesta apagó su cerebro y se dejó transportar por la pesadez del ambiente.

Al llegar frente a la casa, Jones despertó de su letargo, oyó cómo el taxi partía, cómo el portón se abría y la maleta de Palacios era arrastrada por el camino que dividía el jardín. Posó sus ojos en la mansión y esta le pareció todavía más imponente. El corazón se le aceleró, apretó los dientes y la mano que sostenía el mango de la maleta caminó hacia dentro, mientras el portón se cerraba.

Una vez en la puerta, con resolución entró, cerró con llave y anduvo hasta los peldaños que dividan la primera sala de un comedor.

Palacios iba adelante y había dejado su maleta en la inició de las escaleras.

—Espero que Yusmelis haya dejado hecho un sancocho. Eso me vendría muy bien ahora. No me provoca para nada ir al supermercado —dijo más para sí, estirándose.

—Teodoro.

El firme tono hizo que se volteara hacia el inicio del comedor donde se localizaba el estadounidense.

Alfred permaneció callado unos segundos admirando esa confusa faz, queriendo grabarla en su memoria. Su corazón corría y la angustia se expandió por su pecho y lo oprimió. Posó una mano en la mejilla más oscura y la acarició con delicadeza ante la mirada turbada del otro. Deseaba fijar esa sensación en su mente. Acercó su rostro y pudo presenciar las distintas tonalidades que despedían los iris del venezolano. Su vista trazó una línea recta hacia sus labios y permaneció en ellos. «Carnosos, llamativos, sugerentes» era todo lo que su cabeza podía producir en medio de la hipnosis que provocaba el caribeño en él. De repente, un olor a agua salina inundó sus fosas nasales. Lo aspiró con inmenso placer.

Y su consciencia emitió una alarma «Despierta Alfred. Tú no viniste para esto». Se separó ligeramente del latino, comprobando que el otro también había sido embrujado por su actitud—. I like you a lot…No, I…—La palabra estaba en su lengua pero no se atrevía a decirla. Tenía miedo que la profundidad del sentimiento asustara al muchacho. Sin embargo, al observar el lenguaje corporal del otro supo que había sido comprendido: una sonrisa brillante como diamante acompañaba a unas pupilas que resplandecían con igual intensidad. Sus músculos se encontraban agarrotados por la emoción que su cuerpo albergaba. Todo él emitía una luz energizante y cautivadora.

Y para cuando E.U.A pudo reaccionar, el latinoamericano ya le había echado los brazos al cuello.

En un intento de no caerse, el catire tensó toda su parte anterior y abrazó la cintura del moreno, disminuyendo la distancia entre ellos. Entonces, el Mar Caribe y el Océano Atlantico conectaron.

Palacios sintió cómo el nerviosismo aumentaba a la par que su vista se quedaba anclada en los finos labios del gringo. Arrastrado por sus impulsos, cerró los ojos y se fue acercando lentamente, para luego volverlos a abrir al percatarse de que su pareja se echó para atrás—¿No quieres besarme?

—No es eso…

—Ya entiendo —interrumpió adornado su rostro con una mueca de alegría—. Tranquilo, no me importa que tengas mal aliento, tengo caramelos de menta en mi bolsillo. Además, solo será un piquito. No creas que soy tan mal pensado como para meterte la lengua en el primer beso—agregó con una leve inclinación de cabeza.

—Que no es eso…

—Aaah, con qué es eso —la faz de Teodoro adoptó una expresión juguetona que puso nervioso al norteamericano—. No sabes besar. Eso con práctica se aprende. Yo estaría dispuesto enseñarte, a cambio de un precio, claro —Completó su mensaje con un guiño y una traviesa sonrisa que sonrojó a E.E.U.U en el acto.

Jones suspiró todavía con el corazón galopante, suavemente colocó sus manos sobre las de Venezuela y las separó de su cuello. Trató de ser lo más delicado que pudo, pero resultaba obvio que ante sus ojos Palacios se resintió—. Por el mismo hecho que tengo estos sentimientos hacia ti, no debo besarte. No lo merezco.

—Cada vez te entiendo menos.

Alfred volvió a inspirar y expirar—¿Te acuerdas de las rabietas y las molestias que te cause? ¿Por no decir lo malos ratos que te hice pasar? ¿Y la botella de whisky finísimo que me tomé?

—Sí —respondió firme, con el ceño ligeramente fruncido y los brazos en jarra.

—Pues no fue lo único. —El rubio bajó los ojos y los cerró con tensión al igual que el resto del cuerpo— ¡También estuve a punto de espiarte todos tus correos electrónicos! —Permaneció unos segundos jadeando. Sentía su organismo pesado, como si hubiera participado en una maratón. Abrió los párpados, percibiendo sus zapatos—. Pero no lo hice. —Esperó la respuesta, los insultos a grito pelado de Venezuela, mas al no escucharlos decidió continuar—. No pude —susurró completamente avergonzado pero se obligó a subir la voz—. Pensaba que me habías engañado y por eso tenía tanto rencor. Creía que tus palabras y gestos eran otra táctica para manipularme y deseaba dejarte ante todos como un mentiroso compulsivo, «aniquilarte», deseaba… ¡Ya no sabía lo que quería! ¡Todo mi plan era tan absurdo! Por eso instalé un programa especial en mi computadora y cuando…

Sin embargo, lo siguiente que sintió fue cómo se desequilibraba y caía cómo un peso muerto. Su columna crujió ante el filo de la escalera de madera. Su cuello se estiró sin control. La parte trasera de su cabeza chocó tan fuerte contra las baldosas que su cerebro vibró en su interior. Instintivamente colocó una mano en su mejilla y se percató del puñetazo que había recibido. El dolor apareció en forma de quejidos. Escupió algo y al ver el líquido rojo supo que si no se le había salido un diente era por pura suerte.

Sus azulados iris enfocaron la sombra que lo cubría y fue testigo de la viva imagen de la cólera: con el cuerpo preparado para la lucha, los dientes rechinando y el rostro lívido, sus ojos fulguraban con un brillo peligroso, casi homicida — ¡No te me vuelvas a acercar! ¡Jamás! —rugió y aquel grito resonó cual eco en la cabeza del gringo mientras observaba miserable cómo la espalda del objeto de su amor se perdía en la alta escalera.


¡Ahh! Yo también me sentí incomoda al escribir que Venezuela le pega, pero si hubiera aceptado esa intrusión a su privacidad no tendría respeto y autoestima. Y si Alfred no le hubiera dicho nada tendrían una relación toxica y de eso no va este fic.

Por cierto:

*Torta tres leche: Tarta latinoamericana que se hace con tres tipos de leche, leche condensada, leche evaporada y crema de leche. La decoración del pastel puede variar en función del país y región donde se elabora pero, en general, suelen utilizarse como adornos cerezas, frambuesas, chocolate o canela en polvo. Tengo curiosidad ¿En sus países existe este postre? y si es así ¿Cómo se llama?