De 0033 a 0058

Un mechón de cabello es escondido detrás de la oreja. Sendas manos alisan la chaqueta del oscuro traje. Los botones de las mangas son abrochados.

Suspiro.

Una mano peina la pollina hacia atrás. Las manos se posiciones en las caderas.

El espejo le devuelve el reflejo. Inspira, espira, se da la vuelta, agarra su maletín, sale de la habitación y baja las escaleras mirando su sombra.

De repente, al final de los peldaños, su negra silueta se funde con una más ancha. Levanta sus pupilas y el verde mar se une con el azul de cielo. El corazón se le acelera más su rostro permanece inmutable.

—Toma.

Sus ojos viajan al brazo que ha quebrado el muro entre ellos: la mano sostiene una lonchera*. Su mirada vuelve a posarse en azul enmarcado por unos cristales rectangulares.

—No es bueno que almuerces siempre en la calle. —Su voz se escucha serena, mas en el fondo hay un deje de inseguridad.

Palacios lo estudia un segundo, toma el recipiente con delicadeza evitando hacer contacto, se gira hacia la puerta y camina sin mirar atrás a la vez que le regala un seco «Gracias».

Alfred, descorazonado, observa aquella espalda que ya no reconoce: aquel coqueto andar y los traviesos gestos han sido sustituidos por la sobriedad. La sensualidad ha desaparecido por la seriedad y la frialdad.

La puerta se cierra y el silencio se aposenta en la morada. El rubio suspira derrotado y se encamina al patio. Siente la hierba ceder a su pisada y cómo la tela de la hamaca lo recibe, lo abraza y espanta el viento que viene del Ávila. Los ruidos de la ciudad acuden a sus oídos como un murmullo que lo adormece.

Este es uno de los pocos momentos del día en que se encuentra realmente solo: una hora antes de que Yusmelis abra la puerta y él, con su alegría fingida, le dé los «Buenos días» y pregunte por sus muchachos.

Se abraza a sí mismo: ya no sabe qué hacer para recuperarlo.

La tristeza le oprime el pecho. Inspira para aplacarla, se pega más a la tela y su cerebro registra esa esencia que lo deprime y excita. Aprieta su camisa con sus manos, relaja el agarré y comienza a acariciarse con una sola imagen en su mente. Sus gemidos que no tardan en llegar, lo sorprenden y obligan a parar. Esa situación no lo satisface. Él no quiere que su piel se encienda gracias a una fantasía sino al tacto de unas morenas manos. Que su cuerpo arda ante el sensual baile de sus pieles. Que su nariz se embriague de la caña de azúcar y sus pupilas se perdieran en aquel paraíso.

Desde que habían peleado no había parado disculparse. Le amargaba lo irónico de la situación: primero Palacios suplicó por su perdón y ahora él, a pesar de que había jurado que jamás lo haría, no le importaba pisotear su orgullo si con eso lo recuperaba. No obstante, las formas de buscarlo diferían de las del latino: si Venezuela prefirió un enfoque directo para enfatizar la seguridad de sus sentimientos, E.E.U.U optó por la discreción y los detalles para así demostrarle que no iba imponer sus deseos y que estaba más que dispuesto a escucharlo y aceptar quien era.

Poco a poco se fue infiltrando en su vida: al principio lo acompañaba en silencio mientras comía o miraba la televisión. A veces, el venezolano abandonaba la habitación ante el suspiro y la expresión derrotada del gringo. Otras, Alfred se quedaba observando hacía el cuarto del latino acompañado del frescor de la madrugada, preocupado y expectante ante la posibilidad de ser descubierto.

Jones recordó un día que, mientras contemplaban el atardecer, le pareció intuir un avance en su relación: el norteamericano admitió que el cielo le parecía más majestuoso aquí que en su casa, a lo que Palacios le contestó vagamente que eso se debía a que se encontraban cerca del ecuador y, por eso, la variedad de colores y su brillantez era mayor que en el norte.

—Te equivocas—contestó con voz firme E.E.U.U

El país latino volvió su rostro indiferente hacia el otro hombre. Cuando sus pupilas se posaron en él, se percató de la vida que refulgía en sus ojos y que la solemnidad revestía su rostro. No pudo evitar admirar su hermosura.

Alfred vio como las claras pupilas de su acompañante se encendían de admiración y su boca se entreabría. Su corazón corría nervioso, más se resistía a cortar el contacto visual. —La belleza de este lugar no reside en un mero fenómeno físico, sino en las personas que habitan en el. —Aunque no había planeado decir eso, para el resultaba esencial que Palacios entendiera el peso que esas palabras tenían.

Lo que no se imaginaba el gringo es que él no era el único al que se le había acelerado el corazón.

Sin embargo, el tiempo que podían pasar juntos se recortó considerablemente en el momento que Venezuela empezó a trabajar, por lo que pronto empezó prepararle los almuerzos como una medida para cuidar su salud y su bolsillo: de lunes a viernes, antes de desearle un «Buen día», le entregaba una vianda con comida.

Pero sus acciones no terminaron allí. Dado que el jefe del país caribeño no conocía horarios de oficina ni le importaba que sus impulsos repercutieran en la vida de sus asalariados, Palacios terminaba doblando sus horas. Esto preocupaba a E.U.A quien trababa de esperarlo despierto para calentarle la comida y acompañarlo. Durante estos momentos, Jones intentaba alejar el estrés del venezolano a través de la conversación acerca de su rutina diaria, y, aunque, la mayoría de las veces este solo contestaba con monosílabos, él no se rendía.

—Alfred, ¿quieres parar de una vez? Pareces un disco rayado.

Delante de sus ojos apareció una escena que había ocurrido una semana atrás: el mármol de la mesa recibió un puñetazo del tenedor, la tensión había escalado por el cuerpo cansado del moreno y sus pupilas brillantes lo atravesaban.

—¿Parar qué? —preguntó perplejo.

—No te hagas el huevón —gruñó apuntando con el tenedor groseramente a su compañero, mas, al ver que no contestaba se levantó logrando que la silla se bamboleara, tomó su plato y con movimientos bruscos caminó, abrió el bote de la basura y tiró el resto de comida que le quedaba, depositó lo que había usado en el lavamanos y salió de la cocina.

—¡Espera! —Al tomarle por la muñeca, atestiguó con dolor como Venezuela se giraba hacia él y se soltaba de su agarre con rabia —No tengo ni idea de lo qué estás hablando.

—Ve y engaña a tu abuela. —Se dio la vuelta pero no pudo continuar ya que su camino fue taponado por el gringo.

—De verdad no sé lo qué estás hablando —dijo angustiado al no poder adivinar su error.

—Quítate —dijo entre dientes.

—¡No! Teodoro, por favor, háblame ¡Dime qué hice mal!

—Te dije que te quitaras —siguió en el mismo tono.

Jones, impulsado por sus nervios, hizo algo de lo que no deseaba que nadie más se enterara, se sentó en el suelo a la vez que sendas manos agarraron los hombros de Palacios y con su peso lo obligó a sentarse enfrente de él. Intentó ser delicado y, por lo que atestiguó en el rostro del otro, no solo lo consiguió sino que rompió esa espiral de tensión que se estaba creando entre los ellos—. De verdad, no sé lo que hice mal —susurro con humildad—. Pero quiero repararlo.

—De verdad tú crees que yo soy huevón. —Aunque todavía permanencia el enfado en su rostro, su voz salió menos beligerante que antes.

«Definitivamente, ese fue el primer momento intimo que hemos tenido en mucho tiempo», suspiró adornando su faz con una expresión melancólica.

—Tú crees que yo me voy a creer tus «inocentes» preguntas acerca de mi día a día en el trabajo—remarco con ironía.

—Pero porque…—Y de repente algo cuadró en su mente. Volvió a mirar a los ojos al venezolano con sorpresa y preocupación—. Creías que detrás de esas preguntas intentaba obtener información clasificada. Eso es absurdo. —Un amago de risa nerviosa apareció entre sus comisuras, mas la expresión del latino le hizo recordar lo dramático de la situación.— Teodoro mis preguntas no tenían segundas intenciones. Piénsalo bien: si quisiera obtener información de tu jefe probaría antes con otras tácticas, como espiar sus conversaciones. Pero de ninguna manera intentaría obtener información de él a través de ti ¿Sabes cuánto me llevaría? Y ademas, de haber sido un espía infiltrado tampoco habría actuado tan impulsivamente. Yo solo cause un sismo entre nosotros dos que, francamente, tiraría por la borda meses de trabajo. Yo mismo me despediría.

Aquella sincera respuesta parecía que había golpeado a Venezuela, pues lo único que hizo mientras lo escuchaba fue relajar su expresión y cambiarla por una admirada, después parpadeó varias veces, se levantó y se dirigió a su cuarto en silencio.

El saludo a todo volumen resquebrajó su mundo de fantasía, se levantó del chinchorro, se puso su máscara de alegría y se dirigió hacia la cocina— ¡Buenos días, señora Yusmulis!

...

Elevo la vista hacia las altas y recargadas paredes de Miraflores**. Bufo con desgana ya que todavía le quedaba un largo día por delante, pero antes de pasar por su oficina tenía que ir al despacho de su jefe, donde escucharía y asentiría con fingida devoción a todo lo que él dijera. Se llevó una mano a la cabeza fastidiado: «es peor que un disco rayado». Escuchó la risa diáfana y estridente del retirado militar e ipso facto recordó el Deslave de Vargas***: los gritos de auxilio desgarraron sus oídos y los llantos su corazón, la desesperación lo hizo temblar y detenerse. Tuvo la urgencia de arrodillarse y llorar. Aun era demasiado reciente y, aun así hizo gala de toda su fuerza de voluntad y reanudó su andar con la cabeza bien alta y el rencor pintado en su cara.

Ese «error» iba resultar difícil de olvidar.

...

Recostado en el sillón y acompañado por la luz y el sonido del televisor, Alfred se puso de pie, caminó a la cocina y enfocó con sus ojos el reloj colgado de la pared: Eran las nueve.

Sus cejas se curvaron creando un rictus de preocupación. Otra vez llegaría tarde. «Teodoro, cuídate, por favor».

...

A unos centímetros tenía a aquel hombre amado y odiado por un mismo pueblo. Lo veía pero no lo miraba y se preguntaba cuántos de los que estaban sentados alrededor de él se encontrarían en la misma situación. Por los rabillos de los ojos estudió a sus compañeros y se percató de que probablemente estaba solo en su aburrimiento. Miró las paredes, descubriendo con pesar que los relojes habían sido quitados. Su estomago protestó y su manos buscaron con rapidez el teléfono, le echo una ojeada resguardando el brillo de la pantalla con la mesa.

«¡Que se termine ya!» Y alrededor suyo, la habitación comenzó a desaparecer y a ser remplazada por el inmobiliario de su cuarto; allí de cara al espejo, se peinaba su cabello. En ese momento, el cristal le devolvió el reflejo de cierto rubio que había cruzado el umbral de la puerta y se había puesto al lado de él.

—¿De verdad tienes que ir?

—¿En serio de lo tengo que volver a repetir? —respondió con fastidio mientras se abrochaba los botones de las mangas sin quitarle la vista de encima.

—Es solo que acabas de volver de trabajar y estás cansado. Me preocupa que algo te pase en la carretera ¿Seguro que no puedes rechazar la invitación?

Se giró hacia el lado derecho, quedando en frente del gringo—. Aunque quisiera, no podría decirle que no a Sousa****. Aparte esta reunión realmente funciona como un relajante. Opinar cuáles de chicas deberían optar a concursos nacionales y cuáles a internacionales no necesita mucho coco—explicó con tranquilidad. De repente su expresión mutó a una de desconfianza.

«Ay, no ¿Ahora qué?» se entristeció ante la posibilidad de que uno de los pocos buenos momentos se haya escapado de sus manos.

—¿No será que…?—en su faz se dibujo una sonrisa cáustica.

—¿Vas a hablar?—preguntó intranquilo.

Venezuela posó uno de sus dedos índice en sus labios y ladeo la cabeza sin cambiar de expresión.—Estás intentando retenerme en casa para que no vaya y haga «desastres».

Estados Unidos bufó—. Si te estás refiriendo a que te voy a detener porque sospecho que vas a hacer una orgía con todas esas hermosas chicas. No, realmente no estaba pensando en eso. Gracias por meter esa imagen en mi cabeza —le reprochó—. Lo que realmente me preocupa es que te pase algo al volante por el cansancio. Y aunque no te voy a mentir que la idea de que te tires a alguna me pone muy celoso…

—¡Aja! —Apuntó hacia él con expresión triunfante.

—…No te detendría ni te recriminaría. Sí, eso es. No lo haría porque no tengo derecho. Eres una persona, no una cosa y por tanto el único que decide sobre tu cuerpo eres tú. «Aparte que con la alergia a las normas que tienes, serías capaz de hacerlo si te lo prohíbo. Simplemente por llevarme la contraria»

Teodoro parpadeo varias veces pasmado antes de volver a la carga—. Bueno, digamos que te creo. De todas maneras no creas que te voy dar información sobre las concursantes—se cruzó de brazos serio.

Si no lo conociera se hubiera reído ante la ridiculez del comentario, pero sabiendo la seriedad que el venezolano le otorgaba a los concursos de belleza, se tragó la jocosa mueca y se llevó una mano a la cabeza mientras se ajustaba los lentes que se le deslizaron por el puente de la nariz—. Tu chicas no me importan en absoluto —respondió grave ante un moreno totalmente desconcertado— Además, dicha información no cambiaría el resultado —agregó con una sonrisa traviesa.

En ese instante el celular de Palacios vibró en la mesa que respaldaba el espejo su dueño respondió a la llamada, estuvo unos minutos hablando con el organizador del evento, colgó y caminó hacia el pasillo dejando en el mismo sitio a su compañero quien se giro en su dirección sorprendido y frustrado tanto por la actitud del moreno como por no haber logrado ningún cambio.

Sin embargo, poco después de cruzar el umbral de su cuarto, el país latinoamericano detuvo su andar y volvió su cara hacia el catire lo suficiente como para enfocarlo con el rabillo del ojo—. Es verdad. Y voy ganar yo.

No sabía si era el gran anhelo de recuperar aquella intimidad que tenían o… ¿Realmente había avistado un vestigio de esa sonrisa coqueta y petulante que tanto amaba?

Pero Venezuela si lo sabía. Teodoro Palacios había sonreído con esa arrogancia que lo caracterizaba cuando hablaban de su belleza y quiso jugar con su «oponente» y aquello se manifestó en una traviesa mueca.

Había sido un gesto rápido e impulsivo que, al recordarlo, sintió como sus párpados se cerraban y una mueca de ironía se pintaba en su cara: creía que el daño que le habían infligido había logrado que su rencor actuara como barrera ante los demostraciones del gringo, mas parecía que se había equivocado. Tenían razón los demás cuando le recriminaban que le costaba aprender de la experiencia.

Y aunque no lo quisiera admitir, muy en el fondo sabía que deseaba llegar a su casa para encontrarlo despierto. Y para descansar, claro está.

—¿Qué opina de todo, señor Teodoro? ¿Señor Teodoro?

Un eco lejano arribó a sus oídos, a su alrededor unas paredes de color crema tomaron forma así como la cara de los ministros. Giró la cabeza en ambas direcciones percatándose de que todos, incluido su jefe, esperaban su respuesta. Su cerebro comenzó a trabajar a marchas forzadas, como muchas veces había hecho— ¿De verdad me están preguntando mi opinión? —dijo con falsa inocencia—. Lo siento, pero es que usted… —respondió fijando sus pupilas en su jefe—. Me pareció tan acertado, tan preciso, tan necesario y extraordinario su discurso que no pude evitar rememorar cada palabra del mismo en mi cabeza.

Los demás funcionarios respaldaron su explicación y, en conjunto, comenzaron a aplaudir a su jefe quien vio inflada aun más su autoimagen y pasó a desearles unas «Buenas noches». Se saludaron con apretones de brazos y palmadas en los hombros y Palacios se encaminó aliviado al estacionamiento. Una vez más su ingenio lo había salvado, pero debía mantenerse atento, este nuevo jefe era habilidoso en leer a través de los demás. No debía relajarse y que su fastidio o rencor tomaran su lenguaje corporal.

Nunca pensó que pasaría, pero ahora extraña el silencio de Gómez*****.

...

Las campanadas del reloj que dieron las doce y lo sobresaltaron. Se regañó por haberse quedado dormido. Observó a su alrededor concluyendo que todavía Palacios no había pisado la casa. Suspiró llevándose una mano a la cabeza ante los sentimientos contradictorios de alivio y preocupación. Buscó su teléfono en su bolsillo y se desanimó al ver que no había recibido ningún mensaje.

En ese momento sus oídos captaron el movimiento de las llaves dentro de la cerradura, como la puerta se abría y dos pies tocaban el piso de mármol. Se paró de un salto y caminó raudo hacia la entrada y, desde allí, apreció la espalda cansada del moreno y el movimiento de sus manos cerrado con llave la puerta.

—¡Bienvenido! ¡Me alegro que estés aquí!

Venezuela se quedó paralizado, e, inmediatamente, una corriente de felicidad recorrió su cuerpo dulcificando su rostro: casi había perdido las esperanzas de verlo dada la hora.

Se dio la vuelta encontrando la exultante sonrisa del rubio y sintió cómo su ser se calentaba y correspondía el sentimiento—Yo también me alegro de estar en casa.

A la mañana siguiente, no obstante, la rutina del pesado silencio había vuelto a caer sobre la casa. Resultaba obvio que Venezuela únicamente había bajado los escudos y le había mostrado un poco de su antiguo ser por cansancio. El lento avance desanimaba a Jones y, si encima recordaba que solo le quedaban días en la nación caribeña, se deprimida. Desde hace una semana, su yo interno le recomendaba que se diera por vencido, mas su obstinada esperanza desoía las sugerencias. Empero, al no hallar una respuesta tangible que la alimentara, esta se fue apagando. Y crecía en él la idea que, en el mejor de los casos, acabarían con una relación respetuosa de conocidos.

Una de tantas en un mundo lleno de desconfianza y frialdad.

Aquello le heló el pecho.

Por su lado, Venezuela, todavía en la cama, jugaba con las luces que entraban desde la ventana y alumbraban su brazo. Soñoliento, oyó el tono de su celular, pero no lo registró hasta que la llamada estuvo a punto de caer.

Lo busco con su mano, leyó el numero al tiempo que se sentaba extrañado que alguien desde el extranjero lo llamara un sábado.

«¡¿0033?!», asombrado, marcó la opción de llamada, escuchó el repicar intrigado hasta que una voz masculina y con un acento bastante distinguible le saludó con picardía—.Bonjour mon enfant terrible. Sava bien?******

—¡Sabía que eras tú! ¿Qué hubo? —contestó con alegría—¿A qué debo este honor?— dijo con fingida admiración la cual acentuaba colocando su mano derecha en su corazón. La risa del francés no se hizo esperar y le devolvió al cuerpo de Palacios una energía que creía perdida hace mucho

—¡Muy bien! Pero, ¡qué buenos modales! Por fin aprendiste a tratar a las personas importantes como se merecen. Ay, si yo sabía que no eras un caso perdido. Tendré que informar a Antonio de tu progreso —continuó en tono jocoso.

—No te preocupes, me encargaré de que cuando me vea le tiré un sartén por la cabeza. Como en los viejos tiempos. O sea, yo tengo mi reputación de coñito Francis y tengo que cuidarla. O como diría España: toca pelotas —argumento travieso y se unió a las risas de su interlocutor.

—Sabes…—agregó en un tono de complicidad mientras acariciaba el cable del teléfono—Te extraño, no hay muchos amantes como tú en el mundo. Tan inventivos y divertidos. —Oyó una exhalación brusca y pudo vislumbrar en su mente la expresión picara que se le acababa de pintar al otro en el rostro.

—Bueno, viniendo del país del «amour» debería considerarlo un cumplido —respondió y su ego aumentó ante las risas del francés.

—¿Y a mí no me vas a decir nada?

—¿Hace falta? Creí que ya eras consciente de tu irresistible poder de seducción. Porque en cuanto a la moda, creo que Italia te ganó hace rato.

—No entremos en esos temas, que tú sabes quién tiene la razón —dijo con orgullo ante la carcajada del otro—. A lo que iba, como iba a visitar a Canadá decidí hacer una parada antes. Estoy en la habitación del hotel ese que me recomendaste, por qué no te pasas un rato y nos ponemos al día.

En ese momento Venezuela perdió el aliento por unos segundos, su cara se contrarió a la vez que la mano alrededor del teléfono se tensaba—. Gracias por el ofrecimiento, pero voy a declinar la oferta.

—¿Y ese tono formal tan repentino?

—Nada, no es nada.

—Si no es nada, ¿por qué no vienes?

—Porque no quiero hacerlo.

—Pero por lo menos podemos vernos y sentarnos a hablar. Hace mucho que no nos vemos. —Más al ver que no continuaba, prosiguió con el interrogatorio— No me mientas que a ti te pasa algo.

—Ya te dije que no —contestó elevando al voz, quería colgar mas por alguna razón sus dedos no se movían.

—¿Tienes otra vez algún problema económico grave?

—No.

—¿Con tu jefe?

—No lo sé.

Una pequeña risa escapo de sus labios—. Buena respuesta. Mmm ¿en el amor?

De nuevo Francis le robó el aliento.

—¡Lo sabía! —Debía colgar la llamada, debía hacerlo ¡¿Pero, por qué coño no se movía?!— No me digas que has cometido el error de enamorarte de una persona.

No obstante, el silencio continuado al otro lado de la línea lo alertó, su faz perdió todo rastro de alegría, sus ojos se engrandecieron, sus cejas se arquearon y su boca se abrió— No me digas que te dejaste llevar por la idea de un romance con uno de nosotros.

—Si —se oyó decir, cerró sus ojos y apretó sus dientes al unísono cuando captó el tono de reproche del mayor.

—¡Teodoro! —Bufó llevándose una mano al rostro.— Ven para acá. Vamos hablar, por favor. Se nota que estás mal, déjame ayudarte un poco ¿Cuándo podrías estar aquí?

—En media hora.

—En media hora nos vemos, hablaremos en mi habitación para evitar problemas.

—Mejor no: se verá muy raro que dos hombres se metan en un cuarto solos.

—¿No quieres crear morbo?—agregó con sorna.

—No, ahora no —respondió firme y a sus oídos arribó el bufido cansado del francés.

—De acuerdo. De verdad te dio fuerte —Tensó los músculos en una mueca de resignación.—Entonces, buscaré la mesa más apartada del bar.

—Que sea en el restaurante. Todavía no he desayunado.

—De acuerdo, iré agarrado una mesa, ahora nos vemos. Hasta luego.

—Chao. —La desesperación lo atrapó. Necesitaba hablar con alguien, lo necesitaba dolorosamente. Dejó su celular en el mismo sitio y saltó hacia su armario, se puso lo primero que encontró que combinara y voló por las escaleras.

...

Jones, concentrado en regar las plantas, soltó la manguera pasmado ante el revuelo dentro de la casa— ¡¿Qué pasa?! —Entró gritando y en la sala divisó con dificultad el cuerpo del latino moviéndose con gran velocidad—. Teodoro ¡¿Qué pasó?!

—Nada —dijo más para sí concentrado en localizar todo lo que necesitaba.

—Pero… ¿A dónde vas?

—Por'ai —contestó mientras agarraba las llaves del carro.

—Pero ¿Y el desayuno?

—Comeré en la calle —explicó a la vez que pasaba a su lado en su carrera.

Jones se giró hacia él y lo siguió con la mirada, todavía sin creerse lo que veía— ¿De verdad qué está todo bien?

Venezuela abrió la puerta del automóvil con presteza, se sentó y la cerró— ¡Sí!

E.E.U.U avanzó unos pasos hacía el vehículo mientras este se encendía

El vehículo dio marcha atrás.

—¡Teodoro! —El rubio lo intentó seguir, mas se quedó en la acera que conectaba con el resto de la urbanización, viéndolo desaparecer bajo el Sol del mediodía.

...

—¡Pero miren quién llego! ¡Si es el hombre del año! —dijo con sorna levantando ambos los brazos para recibir al venezolano.

Este sonrió avergonzado y lo abrazó de vuelta— ¿Cómo estás?

—Yo bien. Tú obviamente no —respondió y lo guió a la mesa que había reservado, se sentaron uno en frente del otro y pidieron el menú—. Bueno, ¿quién es el afortunado?

—Déjame pedir primero —pidió sintiéndose ahogado por las emociones y atrapado por la mirada inquisitiva del francés. Llamó a la camarera quien les tomó la orden. Palacios respiró hondo y miró hacia sus zapatos antes de posar sus pupilas en las del otro—. Alfred.

El galo se atoró con su propia respiración, abrió sus ojos al máximo y tomó la copa de vino que el camarero le entregaba y bebió un largo sorbo para aplacar la hipo— ¿Alfred?

—Sí.

—¿El muchacho rubio con ojos azules y lentes?

—Sí.

—¿Alfred F. Jones?

—Sí.

—¿Al que llaman E.E.U.U?

—Sí.

—¿El hermano de Canadá?

—Correcto.

—¿Ese que se mete en cada problema geopolítico internacional?

—Ese mismo.

—¿El que jodió a tus hermanos?

—Tú tampoco fuiste un santo.

—No estamos hablando de mi.

—No intentes pasar por debajo de la mesa que no soy pendejo.

—Como sea…

—Aja…

—Ese que Inglate…

—¡Sí, coño! ¡Ese mismo! ¡¿Qué más pruebas necesitas?!

En ese instante, Francia lanzó una estruendosa risotada que asustó a los comensales— ¡Francis! — le recriminó con un susurró.

El europeo posó sus manos en su boca para acallar sus carcajadas, mas no fue hasta que recuperó la compostura que volvió a hablar—. Lo-lo siento, pero es que me divierte descubrir que mis suposiciones eran ciertas.

—¡¿Su-suposiciones?! ¡¿Tan obvio éramos?!

—No, no —le aclaró agitando su mano buscando calmarlo—. No se les notaba nada. Bueno, a él un poco sí ¿Te acuerdas cuándo pasábamos algunos días en tu casa? Te llamaba en las mañanas o a lo largo del día para conversar varios minutos sobre beisbol o sus vidas cotidianos. Nunca sobre trabajo. Y cuando respondías que no sabías cuándo se volverían a ver, se quejaba desconsolado y con una agenda en la mano (es verdad nunca se la vimos pero era obvio que la tenía por ahí) y pasaba por las hojas intentado que las agendas de ambos coincidieran aunque solo fuera por un día. Si llegaba la hora de despedirse y era de día te deseaba una linda tarde y si era de noche sus promesas acerca de lo bien que ibas a dormir no faltaban. Ahora que lo pienso no se porqué pensé que a él podías gustarle —terminó con una sonrisa sarcástica.

Palacios se golpeó la cara con su palma. Sí, es era Alfred—. Pero, ¿a mí se me notaba?

—No tanto, es decir tu cara no se alteraba cuando te hablaban de él ni cuando hablaban juntos en público, pero en aquellas conversaciones más intimas, a veces me parecía captar una pequeña sonrisa y un brillo de ilusión en tus ojos. Digo que lo sospechaba porque siempre intentabas mantener distancia durante esos momentos.

El país caribeño se sentía incomodo ante las emociones opuestas que sentía: por un lado, se encontraba aliviado al comprobar lo bien que sabía esconder sus verdaderos sentimientos, pero, por otro lado le angustiaba que esa habilidad se le hubiera salido de control hasta el punto que él también había resultado engañado.

—Siempre la relación entre ustedes me llamó la atención —La voz de Francia lo regresó a la realidad.— Es decir, aún en los malos momentos, su amistad se mantuvo.

—No es del todo cierto: hubo periodos de alejamiento entre ambos.

—Pero aún con todo los problemas y lo cruel que fue con tus hermanos, aun así, la amistad solo crecía y crecía. Y lo más increíble es que ambos eran sinceros el uno con el otro. Y puedo contar con los dedos de una mano las relaciones honestas entre países.

Los claros ojos del latino se abrieron hasta su límite, su estomago se encogió, dejó de respirar por un segundo y se enderezó tan repentinamente como si hubiera recibido un choque eléctrico. Era tan cierto.

La ahora seria mirada del rubio en conjunto con su segura expresión dotó a sus palabras de una inesperada solemnidad ¿Cuántas veces Francis había vestido su cara con aquella expresión? Definitivamente iba recordar este momento por mucho tiempo.

—Y aunque E.E.U.U se acostaba México, la intimidad entre ustedes se estrechaba. Él solo tenía ojos para ti…—terminó en un susurró, acentuando cada palabra mientras lo penetraba con sus zafiros—. Me preguntó qué fue lo que pasó para que todo cambiara. —Agarró su copa de vino y le sonrió a su acompañante antes de llevarse al vino a sus labios.

—Muchas cosas.

—Pues empieza, y con lujo de detalles.

—Tardaríamos horas.

—Tienes 12 horas por delante antes que tome el avión ¿No es suficiente?

—No creo que sea muy bueno que tarde tanto. Se va preocupar.

—¿Quién? —cuestionó con evidente sorpresa.

—Alfred. —Y al mismo momento que contestaba vio danzar varias emociones por el rostro del galo.

—Pero por qué… ¡No me digas que…! ¿Desde cuándo?

—Desde hace casi un año

—¡¿Llevan un año viviendo juntos?!

—Sí.

El europeo se frotó con las manos con alegre expectación—. Esto se pone bueno.

Les trajeron los platos, Teodoro se abalanzó sobre la comida y relataba mientras engullía.

—¡¿Que te desmayaste?! Mon Dieu! Te vi algo pálido en la conferencia pero no pensé que estabas tan enfermo. Esta vez tenemos que agradecer lo entrometido que es ese chico. ¿Pero ya estás bien?

—Sí, sí. Ya estoy trabajando —respondió ante la alarmada mirada de Francia y vio como este dejaba caer su espalda en el respaldo aliviado.

...

El estomago de Jones rugió por tercera vez. Resultaba obvio que Venezuela no se aparecería por allí para almorzar. Arregló los papeles con los que estaba trabajando y se dirigió a la cocina a saciar el hambre.

...

—Yo todavía no me puedo creer que ese jovencito no me haya llamado para enseñarle a cocinar ¡A mí! Con lo buena y reconocida que es mi cocina. ¡No! Prefirió a Italia ¡Que ignorancia! ¡Que desfachatez! ¡Debería darle vergüenza!

La otra nación observó como el francés acuchillaba su bistec con el tenedor. Permaneció a una distancia prudencial, pues sabía que un Francis con el orgullo herido era igual de peligroso que una fiera acorralada. Espiró por las fosas nasales mientras intentaba esconder una sonrisa «Ay Al, no sabes en que peo te metiste»

...

Un chorro de agua fría caía sobre unas blancas manos que se movían rapidez y experticia entre los platos enjabonados. Se trataba de una rutina repetida todos los días e instaurada en algún momento de su adolescencia cuando los humanos descubrieron la importancia de la limpieza en la proliferación de enfermedades.

Súbito, el choque de dos platos y el estruendo que causaron al golpear la cerámica lo expulsó de su trance. Solo en ese instante se percato del repicar del teléfono. El catire acortó raudo la distancia que lo separaba del aparato y levanto el auricular, mas, en su carrera, el impulso que traía le hizo perder el equilibrio. Intento evitar la inminente caída y con él arrastró el teléfono. El aparato cayo con tal violencia que Alfred temió que se rompiera.

Ouch! ¿Aló? —respondió imitando al dueño de la casa.

Alfred? It's that you?

Ahh…Matt —dijo sin poder evitar cierta desazón en su voz.

—You were expecting someone else, am I wrong? —inquirió con astucia.

No…

—I supose things aren't going well between Venezuela and you.

I don't know anymore…—murmullo sintiendo el peso de su propio cuerpo. Tapó parte de su cara con la palma de su mano antes de continuar— Sometimes it seems that he has forgiven me but doesn't know how to aproach me and…

You can live with him forever!

I know! By the way, why are you calling to this number?

Because I couldn't find you with your phone. I've been calling you for an hour.

Ohh. —Escucho la suave risa de su hermano y lo acompañó con una sonrisa. Hacía mucho que no sentía ese agradable y tranquilo calor en su pecho.

We have a meeting in three days. Don't forget it.

I won't, In fact, —Y con esas ultimas dos palabras su cara adquirió de nuevo un semblante afligido— I have to call my boss to inform him that i'll be returning in two days…If I don't find a new excuse. —Miró al reloj: marcaba las 3 de la tarde.

...

—Y entonces, por sentirte constreñido entre tus propios sentimientos y los del muchacho. No sabiendo cómo manejar el hecho que Alfred sacara tu lado más intimo y vulnerable, lo engañaste con la primera mujer que encontraste. Bravo, bravo. —Aplaudió sarcástico mientras observaba como el venezolano ocultaba su rostro avergonzado.

Palacios, con el corazón herido por los dardos envenenados del francés, no emitió replica pues sabía que no tenía excusa—. Y se enfureció hasta el punto de la ira.

—Me lo imagino. —Tomo el último sorbo de vino que quedaba en su copa y pidió la cuenta a los cansados camareros que solo esperaban por ellos para cerrar el restaurante.

—Sigamos en el bar.

...

A todo lo que su jefe preguntaba él contestaba con afirmaciones y, apesadumbrado, medio escuchaba cuales serían sus próximas obligaciones una vez regresara a casa. No se lo admitiría nunca a nadie y menos a su superior, pero resultaba obvio que no quería volver.

Un suspiró inaudible salió de sus labios al escuchar por enésima vez la pregunta de si era seguro abandonar el país caribeño—. Yo pienso que sí, salvo que pase algo en el último minuto, el lunes estaré en la oficina a primera hora. —Apretó los labios y miró hacia el techo implorando «que pase algo ¡Por favor!».

...

Entonces, él te «engaño». Bueno, por lo menos están a mano.

—Me quería morir cuando lo supe. Pero no le recriminé nada.

—Claro, como no eran pareja, no podías acusarlo de que había roto el «código». Aunque bueno, no creo que eso te aliviara mucho.

—Para nada, pero pronto lo olvidé cuando casi se ahoga. —En ese momento una lluvia de champán le mojó la cara. Incluso cerrando los ojos, estos le escocieron por el alcohol. Una servilleta de tela acarició su cara mientras las disculpas de un avergonzado francés bañaban el ambiente—. Francis, los efectos acuáticos no eran necesarios.

—Perdóname de verdad, no suelo hacer esto.

—Me alegro. Por lo menos ahora se que no soy un cualquiera para ti. —Rió insinuando al europeo a que se relajara, mas solo consiguió enseriarlo.

—Teodoro ¿Cómo es eso que Estados Unidos casi se ahoga? ¿Es cierto que casi se muere?

Palacios observó al rubio, la solemnidad que irradiaba su cuerpo suprimió el humor del latino. Incomodo, espiro por la nariz antes de continuar—. Sí. Pero está bien. Te lo juro por mi vida—respondió apresurado al percatarse de la alarmada mirada de Bonnefoy.— A la mañana siguiente, en la playa, como no aguantaba que estuviera resignado ante lo que había hecho, intentó picarme. Pero al no conseguirlo, se fue a nadar por no sé cuánto tiempo y cuando volvió el huevón no se tomó ni un minuto para descansar y se metió otra vez en el agua lejísimo de la orilla, y entonces debió ver que una niña se ahogaba y él…

—…Creyéndose Superman pensó que tenía que salvarla. De verdad…—Se tapó la cara con su palma.— Y ya estaba cansado pero no se dio cuenta.

—Exacto y mientras llevaba a la chamita, una ola les llegó por atrás y los separó y Al cayó de un remolino del que no podía salir. Yo iba a ayudarlo, pero me detuvieron unos salvavidas y me ordenaron que rescatara a la niña a la vez que ellos se encargaban de él. Bueno, solo te puedo decir que me dio tiempo de buscarla, sacarla, oír las bendiciones de los padres y de ir a ayudar a sostener la cuerda del salvavidas que iba a rescatarlo y ellos todavía no le habían tendido la mano.

—¿Y aguantó todo ese tiempo?

—Para nada. Cuando llegaron él ya se estaba hundiendo en las profundidades del mar. El chamo que lo sacó debió usar una fuerza sobre humana. Y ya en la orilla, después de practicarle el boca a boca… No, no lo hice yo —agregó ante la picardía y la preocupación que se reflejaban en el rostro de su acompañante—. Despertó un momento y volvió a desmayarse y no abrió los ojos hasta la tarde. No quiso ver un medico. Lo estuve estudiando por días y al ver que no le pasaba nada, lo deje pasar.

...

La mesa de la cocina se encontraba atestada papeles perfectamente ordenados en columnas. Detrás de varias, se hallaba cierto catire con el codo apoyado en la mesa y la mano llena de informes. Se había propuesto convertir una angustiosa tarde en productiva, mas resultaba obvio que había fracasado.

El reloj dio seis campanadas y, con ellas, se desvaneció su esperanza. Suspiró y se levantó agotado. Todo su cuerpo irradiaba la derrota: Teodoro no iba a volver pronto. Estaba claro que no quería que la relación avanzara, al menos por ahora. Y, era mejor que dejara de intentarlo. No es que lo hubiera hecho mal, sencillamente el venezolano no quería ir más allá.

Tenía que aceptarlo.

No era que había perdido, pues esto no era una competencia, sencillamente una relación es una cosa de dos y si el otro no quiere mover ficha, no importa lo que hagas, la situación no cambiara.

«Siempre tan acerca y a la vez tan lejos» dibujó una sonrisa amarga. Cruel ironía.

«Mejor aprovecho la energía en algo útil como hacer la maleta» se dijo a sí mismo a la vez que subía las escaleras para ir a su cuarto.

...

—Entonces, vamos a recopilar: se amaban pero ambos lo ignoraban, tu lo engañaste, le confesaste tus sentimientos e intentaste arreglarlo, él te engañó pero tuvo la valentía de confesarte que había estado a punto de interceptar todos tus correos, tu le diste un puñetazo y le dijiste que no te volviera hablar y él ahora pide tu perdón.

—Así es.

— Y tú estás furioso.

—Exacto.

—¿Y por qué estamos teniendo esta conversación?

—¿Cómo?

—Si estás, y usando tus palabras, arrechisisimo con él, ¿por qué no lo has echado de tu casa?

—No solo estoy fúrico con él por el espionaje sino por tomarse mi whisky y romper la botella —prosiguió al ver la estupefacción en la cara de Bonnefoy—. Era un whisky exquisito y la botella espléndida.

—¿De verdad te vas a poner así por un licor?

—Fue un regalo tuyo. De verdad que me gustaba —susurró deslizándose en el sofá que compartían.

El galo lo miró compresivo y le acarició los cabellos—. Whiskys hay en todo el mundo, personas que se preocupen por ti no. Además, estás rehuyendo la pregunta. Si en verdad estuvieras tan molesto con él ya lo hubieras tirado de tu casa, pero lo dejaste seguir viviendo contigo. Sin razón, porque ya estás sano. Con lo cual ya no estás tan enojado ¿O me equivoco?

Venezuela se removió incomodo en su sitio—No. No entiendo, después de lo que hizo, mi reacción no es compresible.

—El amor no es lógico. Aparte no todo lo que ha hecho en estos meses ha sido malo. Más bien diría que la mayor parte del tiempo ha sido considerado ¿O se te ha olvidado todas las veces que cambió el menú del desayuno, almuerzo y cena solo para satisfacerte? ¿La solicitud con la que te trata? ¿Lo mucho que parece esforzarse por comprenderte? Te recuerdo que él no es muy dado a la empatía ¿Y las veces que te acompañaba aunque se estuviera cayendo de sueño? ¿Y lo feliz que se ponía al verte? Todo eso me lo dijiste tú ¿Acaso me mentiste?

—No, pero tengo miedo.

—¿De qué lo vuelva a hacer? Es entendible.

—Aunque me juró que no lo volvería a repetir. No importa las circunstancias.

—¿E-en serio te lo juro? —habló entrecortado pasmado por lo que acababa de oír.

—Sí, y con una Biblia en su mano y mirándome directamente a los ojos.

—De verdad eres el hombre que hace milagros —dijo suspirando, mientras se recostaba en un cojín del sofá y ponía una mano en sus ojos—No creo que le haya soltado de ese discurso a nadie de esa manera. Nunca lo he visto jurar con una Biblia delante.

—Es solo que…

Al escuchar ese tono inseguro, Francia se sentó de nuevo y observó al venezolano y como sus pupilas se perdían en la alfombra que tenían a sus pies—. Yo solo quería tener un noviazgo normal —terminó lastimero y aquel estado dio paso a la sorpresa al escuchar el cansado bufido del europeo.

—¿Teodoro has olvidado lo que somos? Nosotros jamás tendremos una relación normal con nadie, mucho menos de romance. Aun cuando nos enamoremos de humanos aquello no será normal porque ellos envejecerán y nosotros seguiremos igual, no podremos compartir realmente sus etapas y sus miedos, ni ellos los nuestros. Y en entre nosotros…—Se rasco la cabeza a la vez que suspiraba. —Es complicado. Nosotros solo somos piezas de los intereses del jefe de turno y, como mucho, de nuestros ciudadanos. Así que, si alguna vez apareciera alguien que quisiera crear una relación desinteresada conmigo, la verdad es que me sentiría inmensamente afortunado.

—Pero…a veces es tan controlador.

—¿Y ahora te estás dando cuenta de con quién te estás juntando?—dijo cubriéndose las boca para acallar la risa—. Por lo menos es fiel y parece que está dispuesto a cambiar.

—Por mí, no por él.

—Bueno, es un comienzo.

—Pero…

—¡Pero, bueno! ¡¿Dónde vives tú?! Si, no es lo mejor, pero eso con el tiempo se puede ir transformando. Si tanto te molesta solo dile que no y ya.

—Es que…

—¿No será qué tienes miedo a que incumpla su promesa?

—Sí.

—Bueno, de eso se trata el amor: de confianza, respeto y comunicación. Tú le pediste que te diera su confianza y ahora tú no se la das. Francamente…—Sin embargo, al percatarse que Palacios no cambiaba de posición, dulcificó el semblante, se acercó y pasó un brazo por sus hombros.—Mira, el amor es una bellísima flor, pero hay que ir al borde del precipicio para agarrarla.

El azul verdoso conecto con los zafiros— ¿Quién dijo eso?

—Stendhal, ¿a qué es maravilloso?

—Porque tu literatura es la mejor…

—Exacto.

—Se va ir dentro de dos días.

—Entonces te aconsejo que tomes la decisión rápido—respondió estrujando con delicadeza su hombro.

—Gracias, Francis. —Le envió una mirada cargada de afecto y se dispuso a levantarse.

—Antes que te vayas —dijo sacando la llave de su habitación del bolsillo del pantalón—. Tengo un regalo para ti—le guiño el ojo.

—Francis, ya te dije que nada de sexo. —Sonrió divertido.

—¿Y quién habla de sexo? —Su mueca se ensanchó y en ella se reflejo la complicidad y travesura del momento.— Esto es mucho mejor —continuó en un susurró grave.

Venezuela, siguiéndole el juego, levanto los brazos—. Soy todo tuyo. —Y comenzó a seguir al europeo.

La ausencia de personas durante todo el trayecto sorprendió e intrigó al latino, quien no dudó preguntar al francés al respecto cuando estuvieron en frente de su cuarto. El galo, entre risas, le contestó que él nada había tenido que ver.

Desde el pasillo el moreno atisbó la cama con las sabanas rectas e impecables, la luz naranja de las lámparas, el televisor de última generación apagado y la pequeña mesa de noche con el teléfono del hotel.

Tan lujoso y tan impersonal…

Teodoro se obligó a tragar el amargo y doloroso sentimiento de pena: la dichosa y solitaria inmortalidad. Ahora las palabras de su amigo le robaban el aliento al igual que un puñetazo en el estomago.

Súbito, el sonido de objetos chocando lo devolvió a la realidad y encontró en frente suyo dos zafiros que lo estudiaban con diversión.

Francia posó un dedo en barbilla de Venezuela, la elevó con delicadeza y ronroneó— ¿Tan atractivo soy que te quedaste embelesado?

El cerebro del caribeño volvió a captar el sonido e, instintivamente, sus ojos hallaron una caja blanca con un lazo rojo en la mano izquierda de Bonnefoy

—De parte de Italia. —El moreno lo acogió entre ambas manos.— Cuando supo que iba para Latinoamérica, me pidió que te diera esto. Son chocolates. Está preocupado por ti. Procura ir a visitarlo cuando tengas tiempo. Es un buen chico.

El Mar Caribe viajó desde la caja a los zafiros y los inundó con cristalinas lágrimas.

Lo siguiente que Francia supo es que su cuello era rodeado por dos brazos morenos y su camisa era ligeramente empapada. Suspiró y correspondió el abrazó.

Entre hipidos, el venezolano le agradeció toda la molestia que se había tomado a lo que el europeo contestó acariciándole los cabellos con ternura. Permanecieron un rato así, esperando a que Teodoro se calmara, mas después que la respiración del acongojado se normalizó este todavía seguía en la misma posición—No quiero que me malinterpretes, me encanta que estés en esta posición, pero creo que no te conviene mantenerte tan cerca, con tu cuerpo tan pegado y tan caliente —su murmullo grave y sedoso despertó a Palacios, quien se separó y unió sus pupilas con las del otro hombre—. Tal vez pienses que no, pero hoy estás hecho un adonis. —Inspiró profundamente y se separó un poco más antes que su deseo lo traicionara.

Ante ese comentario Venezuela sonrío complacido—Lo siento.

—Mentiroso. Lo estás disfrutando. Ven, te acompaño a la salida.

Comenzaron a caminar cuando Palacios sintió una nalgada en su trasero — ¡Francis!

—¿Qué? —respondió socarrón—. Después de una consulta psicológica y de negarme placer, algo tengo que recibir, ¿no?

—Eso no está bien.

—¿Ah sí? —dijo con fingida inocencia—. Pues eso no era lo que me decías cuando te lo hacía en la intimidad.

—Ve y hazte una paja.

—Házmela tú.

—¡Francis! —contesto entre avergonzado, divertido e irritado ante la risa del mayor.

Después de despedirlo, el galo suspiró quedamente, caminó hacia el ascensor y se monto en el. No obstante, en vez de presionar el número de su piso, marcó el uno. Salió, miro a ambos lados cerciorándose que no viniera nadie, caminó hacia la primera puerta, levantó su mano y tocó con los nudillos— Dime cejudo ¿Disfrutaste de la conversación tanto como yo? Esto no le va gustar nada a Venezuela y mucho menos a Estados Unidos. Todavía no me puedo creer que por celos llegues a estos extremos. De ti no me lo esperaba. A Teodoro lo puedes engañar, pero a mí no: esos micrófonos tuyos en las macetas los conozco como la palma de mi mano. Me pregunto qué le habrás dicho a tus jefes para que te dieran semejante tecnología. —Mas sus palabras terminaron suspendidas en el silencioso pasillo, por lo que el rubio borró la mofa de su cara, se recostó de la puerta y murmuró para la misma—Lo siento mucho lo que estás pasando, aunque fue culpa de los dos nunca dar el paso… Mira, su tiempo ya pasó y si de verdad lo amas déjalo ser feliz aunque no sea contigo. No le diré a nadie lo que aquí pasó y…

En pocos segundos todo su mundo se desestabilizó: su mejilla y parte de su brazo chocaron con la mullida alfombra. Alzó la vista y en frente de él localizó a un inglés con los ojos anegados y la cara brillante. Se paró en frente de él silencioso y antes de que pudiera emitir palabra ya un cuerpo tembloroso lo rodeaba. La camisa se le empapaba y su pecho sentía la respiración entrecortada del otro: sollozaba y era incapaz de vocalizar.

—¿Qué estás diciendo?

F-fr-frog… —Se sorbió la nariz.

El continental suspiró irritado—. Supongo que algunas costumbres son difíciles de quitar, ¿verdad, cejudo?

—¿Por qué, Francis? ¿Por qué?

—Así es la vida—dijo resignado sin dejar de abrazarlo.

—Pero es un tercer mundista, sin modales, inculto, grosero bueno para nada…

—No es tan así como tú lo pintas —dijo pero se detuvo en el momento que el llanto del inglés reanudó con mayor intensidad, por lo que permitió que se calmara y luego levantó su barbilla—Sea como sea, quizás fue mejor que lo escucharas. Tú no quisiste verlo hasta que la situación casi te la restregaron en la cara. Ahora puedes rehacer tu vida. Mira a tú alrededor: hay tantas personas en este mundo y tantas cosas que te has perdido, tanto tiempo. Mira más allá de ti y quizás, algún día conozcas a alguien que volverá a poner patas arriba tu mundo y si estás atento, esta vez probablemente te corresponda.

Ese verde absenta que le recordaba a la época de Rimbaud, volvió a ocultarse tras las lagrimas. Nuevamente sal brilló en su cara y ensucio la camisa de Bonnefoy. Nuevos hipidos antecedieron a sollozos, sorbeos y gemidos. La República, suspiró observando el techo del pasillo, sintiendo una punzada en el corazón «¿Y quién me consuela a mi?»

...

La llave giró dentro de la cerradura, el pomo giró bajo su mano.

Alfred la cabeza entre los papeles irguió.

La puerta se abrió.

—¡Teodoro! —Presto se paró, más el otro lo ignoro.— Escucha, acerca de la botella de whisky que te rompí. Ya te la repuse.

Ni una mirada.

El cuerpo del gringo se fue empequeñeciendo de pesar: el venezolano anduvo a un lado de él evitando por completo el contacto, subió las escaleras y se perdió su figura.

El catire desanduvo sus pasos, se sentó de nuevo, fijó sus pupilas en el documento que tenía en frente e intentó enfocarse en el.

De repente, un objeto pesado y grande chocó contra el parquet en el piso superior ocasionando un gran escándalo. Alarmado, E.E.U.U salto de su silla llamando a Venezuela a viva voz y, al no recibir respuesta, se precipitó hacia las escaleras y planeó sobre ellas. Una vez arriba, se detuvo unos segundos pronunciando de nuevo su nombre, y, al repetirse la situación optó por descubrir de dónde había provenido tal estruendo. Entonces, sus oídos captaron nuevos sonidos que escapaban de… ¿su cuarto?

Arribó en tres grandes zancadas y lo que allí encontró lo petrificó: Teodoro estaba deshaciendo su maleta—Te-teo…doro What are you doing?

El nombrado volvió el rostro, depositó una pequeña torre de camisas en la cama y caminó hacia el catire. Exudada una solemnidad y firmeza que cortaron la respiración al gringo. Una vez lo tuvo en frente, sus penetrantes pupilas invadieron las azules con la fuerza de un mar embravecido que golpea la orilla—Júrame, que jamás volverás a espiar mis canales de comunicación. Júramelo.

Algo en el cerebro de Jones se encendió, sus abiertos ojos chispearon y su mirada se intensificó a la par que su rostro se llenó de determinación. Levantó su mano derecha, con la palma bien estirada para que el otro la viera y tomó aire—. Juro que no te voy a espiar nunca más ningún medio de comunicación, ya sea escrito o audiovisual.

Repentinamente una imagen saltó en su mente y lo hizo dudar. Quiso perder el contacto visual, mas sabía que no debía. Palacios cruzó los brazos y su dedo índice comenzó a tocar su bíceps: su dubitación no había pasado desapercibida. Si alguna vez quería engañarlo sería muy, muy difícil. Tragó saliva—. Aunque… —Su voz escapó en un susurro y, en ese instante, se percató que ya no cargaba la misma seguridad, pero no podía detenerse.— …no puedo prometerte que mi gobierno lo haga, o mis jefes, o mis agencias de espionaje. Sobre todo si desconfían de tu jefe. —Volvió a perder el aire: había revelado información secreta.— No es que ahora desconfiemos. No, ¿Por qué habríamos de hacerlo? —Estaba transpirando.

Las pupilas verde azuladas no perdían detalle de su discurso.

Súbito, la mente de Jones se apagó: en un solo movimiento, el venezolano estrechó la distancia, agarró la cara de Alfred con ambas manos y pegó las frentes—. Eso me basta —Su mensaje arribó en forma de eco y tardíamente. Su corazón se aceleró y el calor escaló hasta su cara ruborizándola por completo.

Y así como llegó, así se fue ese mágico momento. Y para cuando E.U.A recuperó el habla, Venezuela ya estaba ordenando la ropa de nuevo.

—E-e-eso significa que me perdonas. Que volveremos a lo de antes —dijo todavía con la sangre en las mejillas y con la esperanza creciendo en su interior.

—No del todo. Estoy dispuesto a perdonarte, pero nunca volveremos a lo de antes, no con lo que sabemos ahora él uno del otro y con todo lo que ha pasado. Pero eso no significa que no podamos llegar a…algo —dijo aguantado a duras penas la sonrisa que quería formarse en sus labios. No deseaba darle esperanzas, porque todavía no estaba seguro si podía disculparlo. Empero, quería intentarlo—. Por eso me gustaría empezar de nuevo.

—¿Entonces, puedo quedarme en tu casa?

—Eso me gustaría —susurró ahora con una pequeña pero sincera sonrisa.

—Tendría que llamar a mis jefes —respondió preocupado.

—Ten. —Le extendió el teléfono.

Alfred, sorprendido, lo agarro.

—Diles que recaí. No me importa lo que piensen de mí. No es que supiera que ibas a aceptar el trato, es solo que, si lo hacías, quería asegurarme de tener a la mano lo que necesitaras —contestó de manera atropellada por la vergüenza. Notó que su cara su cara se calentaba, por lo que retomó su tarea lo más rápido posible—. Tárdate todo lo que quieras: aunque no es mi ropa creo que a esta altura sé cómo te gusta ordenarla.

El rubio dio la vuelta y empezó a caminar, no obstante, al arribar al marco de la puerta, se volvió, observó por unos segundos al latino y cómo su cuerpo se movía con destreza y delicadeza. Regresó sobre sus pasos, se arrodilló ante él y extendió su mano.

El caribeño paseó sus ojos del rostro tranquilo y sonriente a su mano.

—Me llamo Alfred F. Jones y espero que nos llevemos maravillosamente.

Teodoro espiró por su nariz y devolvió la mueca y el gesto— Yo también ansió lo mismo.


¡Crack pairing! Ahora este fanfic lo tiene casi todo XD. Hace unos meses me vino la imagen de Francia y Venezuela y pensé que era absurdo, pero luego recordé lo bello y lo casanova que son y...no pude sacarlos de mi cabeza XD. Además, Francis es el único al que Arthur deja que lo vea en su peor estado X3.

*Lonchera: recipiente utilizado para llevar una comida ligera a la escuela o al trabajo.

**Palacio de Miraflores: sede del Gobierno.

***Deslave de Vargas: también denominada la Tragedia del Vargas es como se le conoce al conjunto de deslaves, corrimientos de tierras e inundaciones ocurridas en las costas caribeñas de Venezuela el 15 de diciembre del año 1999 y especialmente trágica para el estado Vargas. Este es considerado el peor desastre natural ocurrido en el país después del Terremoto de Venezuela de 1812. Las cifras de fallecidos aunque sin carácter oficial se calculan desde centenares hasta miles (van de menos de 700 hasta 30 000 muertos dependiendo de la fuente), mientras que los damnificados tampoco confirmadas oficialmente se cuentan en decenas de miles. Este hecho aparece en el libro Guinness de los récords como el mayor número de víctimas mortales por un alud de barro.

****Osmael Sousa: eres indiscutible y eterno del Miss Venezuela.

*****: Juan Vicente Gomez fue un dictador durante las primeras décadas del siglo XX conocido, entre otras cosas, por su crueldad y su silencio.

******: Buenos días mi niño travieso (terrible) ¿Cómo estás?