Como prometí este es el último capítulo, aunque hay ciertos cambios: para no hacerlo tan largo lo dividí en 2, siendo el "epilogo" la segunda parte. Todavía no está escrita.
Gracias a todos los que me han seguido y aguantado la espera durante años. Porque han sido años XD. Ha sido un viaje maravilloso y me han encantado cada uno de sus reviews. Me han ayudado a mejorar y seguir adelante.
Gracias a sthefany24, Valkyriene, DamistaH, SalyKon, Kitsunes-Chan, Melanina-12, Dangara2610, Marin Nikiforov , Debittouya, Minie-Kyu, mgea, kissbuch, Deyitha, danidani12, MaNa, los Guest que no se quienes son pero gracias por expresar su opinión y todos los lectores que nunca dicen nada pero se que me siguen.
Tenía miedo. Estaba nervioso. Quería que la armonía se mantuviera entre ellos, pero la pregunta no abandonaba su cabeza.
—Buenos días ¿Cómo dormiste? —dijo una voz a su espalda.
Alfred desvió su mirada de la ventana de la cocina, se dio la vuelta y se encontró con su querido moreno que le regalaba una sonrisa pequeña—. Bien ¿Y tú?
—Bien —respondió sentándose. Agarró el plato que el otro le extendía y lo esperó para comenzar a desayunar.
Jones se llevó un bocado, lo masticó, lo tragó y elevó sus pupilas hasta interceptar a Teodoro.
El venezolano, al sentirse observado, dirigió su rostro hacia él, quedando sus miradas conectadas. Segundos pasaron sin que ninguno moviera ningún músculo: por primera vez en mucho tiempo ninguna emoción negativa se atisbó en ambos iris, solo las ganas de contemplar la belleza del otro.
De repente, el cosquilleó que había nacido en el pecho de Venezuela subió por su garganta y se transformó en una suave sonrisa, a lo que el gringo respondió con una nerviosa mueca y un leve sonrojo en sus mejillas a la vez que cerraba los ojos con fuerza y desviaba su rostro hacia un lado.
La nación caribeña sorprendida ante el espectáculo sintió como su sonrisa crecía. Escondió su boca detrás de su mano y giró su rostro hacia el lado contrario del rubio para darle cierta intimidad.
Ambos reanudaron su desayuno intentado tranquilizarse. En ese momento, E.E.U.U recordó la cuestión que lo inquietaba. Volvió a mirar a Palacios y cuando el latino apareció confuso en su radar, supo que no podía evitar la confrontación.
—¿Qué pasa, Al?
La voz del muchacho lo alentó para hablar pero no lo suficiente como para mantener la mirada—Tengo miedo —murmuró y apretó los dientes y los párpados al escuchar la duda en la voz de Venezuela ¿Por qué no podía aplastar a su consciencia y disfrutar del momento? Maldita curiosidad e inseguridad—. De romper esta armonía que tenemos. Es que…—Al encontrar sus ojos, el venezolano se percató de la batalla que Alfred estaba librando —…nos costó tanto.
El caribeño se levantó de su silla y se sentó en una próxima a él. Levantó su brazo y lo dejó en el aire. Su subconsciente casi lo traiciona: no podía abrazar la mano blanca con la suya. Todavía era demasiado pronto. La movió a su hombro, mas la inseguridad la hizo detenerse ¿Lo apretaba afectuosamente o le deba palmadas? Finalmente se decidió por la opción del medio, solo la apoyó allí.
La sorpresa capturó por un momento la respiración del rubio.
—Si no puedes actuar con normalidad por miedo a que algo rompa este ambiente, entonces esta es una falsa armonía. Pregunta lo que quieras. Eso es lo que quise decir con que estamos empezando de nuevo.
El gringo suspiró antes de continuar—. Explícame qué fue lo que te hizo cambiar de opinión ¿Por qué de un momento a otro quisiste perdonarme?
Venezuela exhaló al tiempo que pintaba una pequeña mueca en su cara—. Parece que tienes un ángel allá arriba…Quiero decir que con el pasar de los días y gracias a tus acciones, la rabia que sentía hacia ti fue desapareciendo. Sin embargo, fue gracias a Francis…
—¡¿Francia?!
—Sí. —Y al darse cuenta cómo el otro trastabillaba encontrando las palabras, decidió continuar— Hable con él ayer.
—¿Tenías una reunión con él?
—No. Fue improvisada. Él fue el motivo por el que salí como si me persiguiera el diablo.
—¿Le hablaste de nosotros? ¿Por qué? —Súbito, la razón explotó en su cabeza. Por un momento perdió lo que tenía en frente y solo vio la imagen que su cerebro elaboró— ¿Tú y él…?
—Así es. Pero no paso nada esta vez.
—Esta vez…—repitió perdido en el asombro.
—Si —dijo incomodo—. De hecho, llamaba para eso. Estaba en medio de un viaje y quería aprovechar. Pero, al conocer porqué rechazaba su idea, se ofreció a escucharme y él me hizo darme cuenta que en realidad ya no estaba furico contigo.
—¿Puedes especificar más? Por favor.
—La prueba más grande es que no te tiré de mi casa. —Alfred asintió— Eso no quiere decir que no siga molesto. Que sepas que lo estoy, un poco. También es que tengo miedo a que me vuelvas a espiar.
Jones tomó sendas manos entre las suyas mientras lo miraba a los ojos y susurraba—. No va a volver a pasar. Te lo prometo.
—¿Y qué pasa si te pones celoso? ¿Y si alguien me mira o sonríe en la calle? ¿Acaso te arrecharas si miro a alguien? Y si lo hago, ¿Qué harás?
El cielo celeste se ensanchó. No había pensado mucho en ello. Suspiró y bajó la mirada mientras cavilaba. Venezuela siempre sería atractiva y atrayente. Eso era lo que le había llamado la atención de él al principio. — No sé. Tengo miedo.
—¿A qué?
—A que me engañes. Le gustas a todo el mundo. ¿Y si conoces a alguien y te gusta también?
—Primero, yo tengo control sobre mis sentimientos y pongo limites a los demás de hasta cuánto pueden acercarse. Esto es obvio ¿O es qué tú me ves acostándome con todo el mundo?
—No, pero…
—Segundo, aun si me gustara alguien, eso no significaría que tendría algo con él o ella. Tengo prioridades más allá de divertirme.
—¿Cómo cuales?
—Mi trabajo, por ejemplo. O tú.
Un silencio lleno de significado envolvió el ambiente. Alfred sintió de nuevo como sus mejillas se calentaban. No obstante, su corazón se aceleró más cuando fue testigo del casi imperceptible sonrojo del moreno.
—De todas maneras, eso es un supuesto. Pero, en el caso que nos empataramos, las cosas no fueran bien y yo me enamorara de otra persona, te lo haría saber. No tomaría cartas en el asunto sin antes asegurarme que lo nuestro quedara zanjado.
—¿De verdad? —emitió ahogado, buscando una certeza en la que depositar su confianza.
—Te lo prometo.
—La verdad es que no planeaba espiarte, pero con esta promesa me siento más seguro. Y creo que también tengo que darte algo a cambio: voy a intentar no ponerme celoso, pero si lo hago te lo haré saber.
—Me parece correcto. —Extendió su brazo y estrechó su mano con la de Jones.
—Sin embargo, me gustaría que al acuerdo se le agregara lo de no piropear.
—Eso si no lo permitiré. Es parte de mi forma de ser. Me gusta decirles a los demás lo qué me gusta de ellos. Todo el mundo lo hace —dijo ligeramente irritado.
—Me refiero a piropear a desconocidas por la calle. Eso no me gusta.
—¡Ah, eso! Pero espero que mirarlas no te moleste.
—Si es solo mirar, no.
—¿Y en el trabajo no te importa?
—¿También piropeas a tus empleados?
—Son más bien cumplidos. A veces le digo a mi secretaria que la camisa que lleva ese día le queda bien o que hizo un buen trabajo. Y eso no voy a dejar de hacerlo, es parte de la cortesía de aquí, además ayuda a aceitar las relaciones.
Alfred suspiró—. De acuerdo —Apretó el agarré, ejerciendo una dulce presión.
Teodoro sonrió satisfecho de que por fin lograran arribar a un acuerdo. Y aunque sospechaba que, cuando lo llevaran a la práctica habría problemas, podrían acordarse de esta calmada discusión antes de recurrir a los improperios, las acusaciones y los gritos
Jones le devolvió la sonrisa instintivamente.
—Bueno, —Soltó el agarré sin borrar la tranquilidad de su rostro— terminemos de comer que quiero ir a comprar los regalos de mis hermanos.
—¡Es verdad! Ya estamos en diciembre —reflexionó en voz alta.
—Y quería que me acompañaras.
—¿Yo? —dijo con una sonrisa de incredulidad
—Sí, tú. —Mas, al ver el rostro sereno del venezolano, supo que no era una broma— No creo que tengas algo más interesante que hacer aquí. Y comprar regalos solo es muy aburrido y son muchos. Necesitaré ayuda.
—¿Piensas comprarlos todos hoy?
—Si puedo, sí. Ya tengo una idea sobre qué regalarle a unos cuantos.
—Soy bastante malo escogiendo regalos —dijo en tono complice.
—¿Quieres qué te ayude?
—¿De verdad lo harías? Me encantaría. Muchas gracias.
Ambos deseaban que entre ellos se respirara confianza y diversión. Por ello, aunque al principio fue difícil, la continua búsqueda de temas sobre los que hablar y las bromas rebajaron los niveles de tensión lo suficiente como para que aparecieran suaves sonrisas y tímidas risas. Aún a,sí resultaba obvio que cierta nerviosismo flotaba en el ambiente. El hecho de saber que sus sentimientos eran correspondidos dificultaba la relajación: Teodoro no quería confundir al rubio y Alfred buscaba como no molestar al moreno.
—Con esto hemos terminado con Martín —dijo tachado de su lista el nombre mencionado. Atrás venía el gringo con todas las bolsas. Guardó el papel en su bolsillo y extendió el brazo para agarrar uno de los regalos. —Ahora solo quedan…
—Uruguay, Paraguay, Costa Rica, México…—Su voz se extinguió al notar la rigidez en el cuerpo del venezolano.
El latino fue incapaz de ocultar un rictus de crispación. Sus pasos se detuvieron. Mantenía la vista fija en algún punto de la planta baja. De repente, se puso en marcha y aceleró el paso.
—¡Teodoro! —Una mano blanca tocó su hombro, deteniendo su avance—. México te molesta, ¿verdad? Vamos a hablar de eso ¡Teodoro! —Apretó el agarré al notar el intento de escape del otro.
—No quiero —murmuró
—¿Perdón?
Sus puños temblaban al igual que su voz—. Dije que no quiero.
E.E.U.U rodeó al latino y buscó su mirada—. Yo creo que si deberíamos hablar de ello. Es obvio que te afecta. —Alzó la oscura barbilla, se sorprendió por la brillantez que destilaban sus pupilas y se afligió al descubrir que eran lagrimas estancadas.
—Alfred, no. Aquí no —susurró.
Aquel mensaje obligó al rubio a girar su cabeza en varias direcciones percatándose de algunas curiosas miradas. Se alejó un poco de él—¿Quieres ir a casa?
—No. Debemos comprarle el regalo a Juanjo en la tienda de animales. Además, no quiero cocinar.
—Cocino yo.
—Estoy harto de ir del trabajo a la casa y viceversa. Comamos en la feria de comida.
—Ok. Después vamos hablar de esto. —Venezuela suspiro frustrado— Sé que no te gusta, pero creo que te hará bien que lo saques a la luz.
La nación caribeña cerró los ojos, afirmó en silencio y dirigió sus pies a la tienda de animales.
A partir de allí el nombre de México no se oyó en las conversaciones pero si saltaba de vez en cuando en la cabeza del venezolano. E.E.U.U, sintiéndose culpable de disminuir el ánimo de su amigo, se la pasó hablando de cosas triviales que los divirtieran.
Por su parte, Teodoro, deseoso de borrar la imagen de su hermano de su mente, le siguió en su táctica hasta que esta misma se convirtió en realidad y ambos se vieron enzarzados en una discusión alegre sobre beisbol durante la comida.
Una hora después, mientras el moreno iba a tirar los restos de comida y dejar las bandejas en su sitió, el norteamericano aseveró que iba a revisar el mapa para ubicar la siguiente tienda que visitarían.
Al encontrarse solo y de espaldas a la gente, la nación latinoamericana espiró largo y cansado: lo que de verdad le provocaba era ver la película que anunciaban en cartelera. Alfred se había portado como todo un caballero aguantando la «expedición» navideña sin quejarse. Claro que también había sacado provecho de la situación al comprar todos sus regalos, pero resultaba obvio que seguía en el centro comercial por él. De él dependía si paraban o seguían.
Lo habían hecho muy bien, podrían darse un premió
Se giró para comunicar su decisión al catire y sus claros iris chocaron con un vaso blanco de plástico y la enamorada expresión de Jones. A sus fosas nasales arribó el olor de la chicha. Sintió un pequeño escalofrío subir de la parte alta de su estomago a su pecho e, impulsivamente, una luminosa sonrisa se instaló en su rostro en conjunto con un brillante mirar— ¡Gracias!
—¡De nada! —contestó contagiándose de la emoción
—Estaba pensando que podíamos ir al cine a ver la película que estrenaron la semana pasada. Hemos estado comprando regalos toda la mañana y hemos adelantado bastante. Merecemos un descanso.
—Me parece bien.
Una vez en la sala, se sentaron y pusieron su comida entre sus piernas (cotufas* para Alfred y una bandeja de tequeños para Teodoro). La pantalla se encendió atrayendo la atención de los espectadores: se trataba de una típica película de acción gringa, perfecta para una tarde en la que se huía de la elucubración.
No habían hablado desde que había empezado la película, enganchados a la trama. De repente, el protagonista se encuentra con la chica de sus sueños. Ambos no saben si se volverán a ver.
Dos corazones en la sala comenzaron a bombear más rápido anticipando lo qué iba a pasar.
Los protagonistas comienzan a besarse cada vez con más pasión.
Las respiraciones se aceleran así como aumenta el nerviosismo.
Los actores entran en la casa cómo pueden y van haciendo su camino hacia una habitación.
Ninguna de las naciones se atreve a quitar la vista de la pantalla.
La pareja cae en la cama y empieza quitarse la ropa.
Palacios y Jones mueven las piernas, cambian constantemente de posición, mas sus brazos no abandonan el posa brazos y sus meñiques no dejan de tocarse.
El sonrojo ya está instalado en sus mejillas y sus miradas viajan de la pantalla a los lados constantemente.
Que tortura tan placentera. Que placer tan tortuoso.
—La película estuvo muy buena, ¿no? —empezó el latino a la salida del cine. Solo el hecho de ver el rostro de Alfred le trajo el recuerdo de la escena y con eso el nerviosismo.
—Si…—dijo en igual estado. De repente perdió la imagen que tenía en frente y la sustituyó por la famosa escena, pero esta vez los protagonistas eran él y Teodoro. Se ruborizó y giró su rostro al lado contrario.
El venezolano encantado e incomodo ante esa reacción, carraspeó llamando la atención del otro y, viendo al frente, declaró que era hora de ir a casa.
Una vez en el hogar, la puerta se cerró suavemente detrás del rubio; Venezuela, unos pasos mas adelante, escuchó el seguro y supo que no podía escapar.
—Teo…
—¡Ya sé! ¡Ya sé!
—si todavía no te he dicho nada.
—No hace falta, ya sé por dónde vas y no quiero hablar de eso.
—¿Por qué? —dijo acercándose. La ligera curvatura en la espalda del venezolano no le transmitió una buena sensación. Cuando sus pupilas captaron las del caribeño se percató que albergaban el mismo sentimiento que en la mañana y actúo por impulso: lo abrazó.— Debe ser algo que cargas por mucho tiempo. Está bien si no me lo quieres contar, pero piensa que quizás eso te ayude a ser más feliz. Te prometo que no le contaré a nadie lo que me digas
Palacios, atónito por el gesto y las palabras, no lo correspondió. Elevó el rostro. En su expresión destacaba la inquietud— ¿Me quieres?
Sin pensarlo, el catire afirmó con solemnidad.
—¿Entonces, por qué nunca quisiste acostarte conmigo?
Jones observó ese paradisiaco mar. Tampoco había encontrado la respuesta a esa pregunta, pero tal vez esa charla ayudaría a desvelar el misterio.
—¿Hubieras aceptado si te lo hubiera propuesto?
—No lo sé. Nunca me lo planteé.
—Quizás por eso no te lo pedí. Tenía miedo al rechazo.
—Pero no lo tuviste con él —protestó elevando el tono de voz, rompiendo el abrazó y dandole la espalda.
—Él se me insinuó.
—Él, tú ¡Qué coño importa! Además eso es mentira, porque nunca se llega a saber quién inicia el juego. La cuestión es que con él te atreviste y conmigo no ¡¿Por qué?!—preguntó mientras volvía acercarse moviendo los brazos.
E.E.U.U suspiró y presenció el enojo del venezolano durante un rato mientras cavilaba— Tú y yo tenemos una relación complicada.
—Alejandro y tú también ¡No me vengas con huevonadas! Esa relación es más complicada que la nuestra por rato largo y tú lo sabes.
Era cierto, con México mantenía una mucho más enrevesada y tirante. Quizás lo último era una de las razones. Simplemente eran diferentes—. Con tu hermano mantengo una relación más de tira y afloja que contigo. A pesar de lo mucho que nos conocemos no tenemos confianza. Nunca hemos llegado a compartir lo que tú y yo sí. Son pocas las ocasiones que recuerdo que lo fui a visitar por puro gusto —pensó en voz alta sin despegar su mirada de la de Palacios—. Lo siento mucho si no te puedo dar una respuesta racional. Pero lo que si te puedo decir es que en mi fuero interno, ahora que lo examino, nunca se me ocurrió ir más allá de algo pasional con él. Siempre que concretábamos una hora y un lugar era para eso. Nadie pensaba en continuar más allá. Cuando tú y yo nos veíamos no es que estuviera pensando en seducirte ni nada, pero…Creo que, inconscientemente, la posibilidad de una relación romántica rondaba mi mente. Y si quiero a alguien románticamente no voy acostarme con él a la primera oportunidad que tenga, para mí hay más cosas aparte de disfrutar del cuerpo. Aunque eso es my importante también.
Venezuela lucía derrotado. Ese discurso lo estaba haciendo reflexionar. Estaba cansado y, no obstante, tenía que hacerlo.
—¿Y tú? ¿Por qué nunca insinuaste que querías que la relación fuera más allá?
El interpelado cruzó los brazos sobre su pecho y siguió mirando las baldosas. Debió imaginarse que no podría escapar a esa pregunta. Tardó un rato en responder—. Porque…—Elevó sus ojos y sus iris se tocaron los azules del gringo—…supongo que era más fácil seguir en la comodidad de lo cotidiano que atreverse a reflexionar y actuar. Además, como bien sabrás, tener una relación demasiado cercana contigo no es bien visto en gran parte de mi familia. A Alejandro siempre se le avalúa con otro rasero —agregó al percatarse de la confusión de Jones—. Sin embargo, otro punto importante es que intentó por todos los medios no iniciar relaciones románticas estables con nadie. Tengo miedo a sufrir: no recibí mucho cariño de España y su ejemplo en las relaciones amorosas dejaba bastante que desear. Entonces, me ha pasado que me he entregado demasiado a la vez que he desconfiado mucho. Y como nunca lo he racionalizado, he ido corriendo la arruga hasta ahora. —El rostro de Teodoro estaba pintado por la tristeza. Aunque sus ojos estaban en las ventanas, era obvio que no las captaba.
Al verlo así el catire quiso reconfortarlo, pero se encontraba tan impactado que no pudo moverse.
—Me voy a mi cuarto —dijo volviéndose a las escaleras.
—¿No quieres cenar? —dijo todavía ligeramente aturdido.
—No. Necesito pensar. Me prepararé un sandwich y me iré a mi cuarto.
Horas más tarde, en la penumbra de su cuarto y con el silencio como acompañante, Palacios reflexionaba: el amor era compañerismo, respecto y comunicación salpicado con deseo y pasión. Él sabía eso, mas le había enfurecido que Alejandro en parte lo haya disfrutado y él no. Le hacía muy feliz que Alfred lo quisiera, pero la falta de pasión carnal le creaba un vacío en su interior.
También era consciente que poseía más cualidades aparte de la belleza. Sin embargo, el hecho que no lo admiraran y desearan lo encrespaba. Mentira, Si había notado cierta ansia física del gringo hacia él, pero ya había pasado demasiado tiempo desde la última vez. También le gustaba que Jones no le saltara encima, ya que eso significaba que lo respetaba y valoraba otras cosas. No obstante, quería que el norteamericano fuera un poco más activo en sus anhelos. Lo había sido con México y sabía que era correspondido por Venezuela, así que podía tirar un globo de ensayo y empezar por algo pequeño. El quería más contacto, no era un jarrón chino. Me gusta las demostraciones físicas. Soy así. Y no tiene nada de malo. Soy así y punto. Yo necesito más contacto físico y demostraciones. Soy pasional y mi gusta que mi pareja lo sea. Quizás para Finlandia y Suecia no sea tan importante, ellos tienden más a la ternura que a la pasión, es lo que le funciona a ellos y si a mí me funciona otro patrón lo relevante es que sea compatible con el de la persona que me gusta. Y me encanta que me admiren. Sé que estoy muy bueno, pero si para Al no lo estoy, no puedo evitar deprimirme un poco.
«Y para rematar establecí una competencia con Alejandro. Y lo más patético es que él ni se da cuenta. Es mi lado inmaduro ¿qué le voy a hacer? Dicen que el primer paso es reconocerlo. Aunque eso no quita la arrechera que siento. Quiero que Al me lo demuestre pero no quiero forzarlo. —Se rasco la cabeza obstinado y tumbó en la cama— Pero como se lo hago saber ¡¿Por qué ese gringo tiene que ser tan caído de la mata?!
Se puso la almohada en la cabeza para acallar el grito de exasperación que escapaba de su boca.
A la mañana siguiente, Alfred se sorprendió al ver que Teodoro se había parado antes que él—Vaya, esto sí es raro. Tú preparando el desayuno para los dos —dijo desde el otro lado de la estancia viendo como el cuerpo del moreno se movía de un lado para otro.
—Bueno, siempre hay una primera vez.
—Sabes —dijo y comenzó a caminar en su dirección—. Ayer me quedé pensando en la discusión. La verdad es que me quedé muy impresionado por tu estallido. No podía entender porque te molestaste tanto, —Se recostó de la estantería al lado del otro chico—, hasta que me acorde de que, según tú, con México son más benevolentes.
«Luego, eso lo uní a que una vez dijiste que España quería más Alejandro que a ti. Y ya para acabar, el dato que España no te demostró suficiente que te quería, me ayudó a comprenderlo todo: lo quieres porque es tu hermano, pero también lo detestas porque nació con una gracia divina que ha encandilado a todo el mundo desde su nacimiento; mientras que tú tuviste que trabajar muchísimo para lograrlo y muchas veces quedabas eclipsado ante cualquier cosa que hiciera él.
«La belleza y la seducción son tu terreno y nadie podía ganarte allí. Pero cuando los dos empezaron a desear lo mismo, —Se apuntó con su índice a la vez lucía una expresión triunfal—debió enfurecerte mucho que él lo consiguiera sin demasiado esfuerzo. Por ello, debiste sentirte exultante cuando me dijiste que hace mucho que sabías que México y yo nos acostábamos. No digo que lo planearas, porque sé que no lo hiciste, pero el hecho que me agarras conversando con él y que luego utilizaras eso durante tu confesión espontáneamente…¡Espera! No te vayas. No te voy a hacer nada —dijo al ver como Palacios iba aumentando la distancia entre ellos, pero al ver que su expresión no cambiaba cerró el espacio que los separa y le tomó la mano y la apretó con dulzura mientras se ruborizaba lentamente y sus ojos se entrecerraban regalándole una amorosa mirada— Adoro eso de tí»
—¿Qué?—susurró perplejo.
—Eres tan inteligente, solo alguien con tu capacidad podría voltear una situación tan adversa sin más recursos que su ingenio y sin haberlo planeado antes. Teo, ¿no te das cuenta que ustedes dos nunca estuvieron en la misma «competencia»?: él buscaba lo que había entre mis piernas y tu mi corazón. Aunque no lo supieras.
—…
—Si quieres verlos en tus términos, la verdad es que tú ganaste tu propia competencia hace mucho tiempo. Me encantas: eres inteligente, astuto, gracioso, alegre…—Al ver la estupefacción en el rostro del otro sonrió complacido y nervioso—Alejandro is not bad looking. But you, you are arrestingly handsome.
…
—Estas actuando muy extraño —expuso Jaime suspicaz ante el marco de la puerta de la oficina de su hermano.
—¿A qué te refieres? —preguntó Palacios con una expresión de satisfacción y diversión.
—¿Qué ha pasado entre ustedes?
—¿Quienes? —Ladeó la cabeza pero no pudo reprimir que su cuerpo exudara picardía.
—No te hagas el huevon.
—Vamos Jaime, ya vuelves a estar paranoico. —Canturreó a la vez que lo empujaba al pasillo—Mejor encargare de los documentos que te di. Las acciones conjuntas de gobiernos no se ejecutan solas. —Sostuvo la hoja de madera y medio cerró la puerta de tal modo que solo su cabeza quedaba fuera. Un aura triunfal refulgía de Palacios— Siento no acompañarte al aeropuerto, pero tengo muchas cosas que hacer.
Dio un portazo acallando las protestas del colombiano.
Hoy se sentía radiante y nadie podría acabar con su ánimo. Se sentó en su sillón, cerró los ojos y percibió como las ganas de hacer travesuras bullían en su interior. Se dio la vuelta quedando de frente a la ventana con una sonrisa petulante: como deseaba llamar a Alejandro y decirle que era a él al que le habían dicho «arrestingly handsome», que era él quien volvía loco a Jones. No obstante se abstuvo al considerar las consecuencias y la probable poca importancia que le daba su hermano a ello, por lo que se regodeó en otro recuerdo: poco después que Alfred y Teodoro hicieran las paces, él apareció. Desde hace días, Palacios presentía que sabría noticias suyas, pero no podía determinar si sería de manera directa o a través de la tecnología. Entonces, esa misma semana, mientras veía una película en su cama, su celular sonó. Venezuela supo al instante que la hora había llegado y agradeció que el catire se hubiera quedado dormido en la sala.
—¿Aló? —impostó una voz apagada seguido de una tos.
—¿Teodoro?
—¡¿Alejandro?! —Se sorbió la nariz— ¿Qué hubo?
—Lo de siempre. Vaya, si es verdad que estás enfermo.
—¿N-no lo sabías?
—No hasta que Lucía me vino con el cuento que toda la familia sabe lo mío con Estados Unidos ¿Por qué no me lo dijiste antes?
—Lo de la enfermedad, bueno porque no tenía fuerzas. Además es tu deber como parte de esta familia llamar de vez en cuando ¿no crees? —Tosió recordando su papel.
—Yo me refería a lo otro.
—Ah, claro. Ahora intenta escurrir el bulto con esto, típico de ti.
—¿Por qué no me dijiste antes que todos lo sabían?
—¿Y por qué yo? —dijo con la respiración entrecortada—. Perdón pero tengo la nariz tapada, no puedo respirar bien —dijo y se permitió respirar profundamente para clamarse. Qué bueno que no me está viendo.
—Tú tienes una relación con él estrecha. Debiste notar algo.
—¿Algo? Te refieres a si él también lo sabía todo…
—¡Sí!
—Uff. Primero, la vida sexual de ustedes dos no me incumbe. Pensábamos que sería un desliz, pero al ver que continuaba, los demás empezaron a preocuparse. Tienen miedo que a través de ti él expanda su influencia. Ya me entiendes…Entenderás que me mataba el hecho que tú puedes hacer lo que te sale del mismísimo forro de las bolas y yo no.
—¡Pero llevábamos años haciéndolo y no ha pasado nada! —vociferó desde el otro lado del auricular. Venezuela pudo oír como la mesa era golpeada por un cristal que imagino que era un vaso.
—No he terminado. Yo les dije eso. Más bien los puse en tu contra. Pero también pensé que sería muy hipócrita que después de varios años siguiéramos hablando a tus espaldas. Y no tan de espaldas. Entiende, lo hice por ti. Por mí. Para que no siguieran susurrando a tu espalda. Para que no siguieras atrayendo la atención de Al. Pensé como hermano que sería lo mejor para ti. Así Al se queda libre. A mí no me gustaría ser el tema de chismes, no sé tú. Por eso hable con los demás y lo decidimos así. Lo siento. Siento no haberlo hecho antes.
—Visto así tienesrazón. —El país caribeño se complació de oír la aceptación en el tono de México. —¿Ya lo sabe?
—¿Él? No creo. Claro que si ¿Por qué? ¿Quieres que alguno se lo deje caer?
—¡No! Él se dará cuenta con el tiempo.
—Ya lo hizo. Por cierto, ¿vas a venir para Navidad y año nuevo?
—¿Crees que estarás bien para las fecha?
—El médico me dijo que con un mes más estaría perfecto. Me regaño porque hace un mes que ya estaba curado y me lo pase tirado en la cama.
Al volver abrir los ojos, distinguió a la distancia los rayos de Sol rompiendo las barreras grises del cielo, calentando el valle. Al debe estar en este momento reunido con Canadá. Inspiró profundamente a la vez que se estiraba con feliz tranquilidad.
Definitivamente, no había manera que nadie pudiera estropear hoy su ánimo.
…
Estar en casa era reconfortante. Hace horas tuvo la última reunión del año y de gobierno, porque en enero la Casa Blanca tendría un nuevo habitante.
Un nuevo presidente para un nuevo milenio.
Sorbió un poco del refresco de su taza ¿Que le depararía este periodo? Nunca había vivido un cambio de milenio y, de hecho, eso lo aterró por momentos el año pasado, mas al ver que todo seguía su curso, se convenció que solo eran rumores sin fundamentos. Ahora con Venezuela con buena salud y a su lado se sentía imponente.
Miró triunfante al cielo. El año 2001 apenas se asomaba por las esquinas, pero ya intuía que sería uno de los mejores de su vida: tenía salud, una economía solvente y con superávit y el amor de una probable pareja ¿Qué más podía pedir?
Se dio la vuelta y contempló la estancia vacía de su morada colorearse bajo las luces del atardecer y la voz de su hermano arribó diáfana a su mente: hiciste las paces con Venezuela. El recuerdo de su violácea mirada, cálida y enternecida, lo llenó de paz.
A pesar de que estaba feliz que estuvieran separados por unos días, era cierto que se había acostumbrado a su presencia y le resultaba imposible pasar más de 24 horas sin escuchar su voz. Con saber que estaba bien y era feliz se contentaba. No obstante, debía admitir que la mayoría de las veces terminaban hablando tanto que ambos se perdían llamadas de su trabajo.
Su mente trajo otro recuerdo a su mirada. Allí, caminando a su oficina localizó a Steve: aquel hombre tímido dulce que hace 6 meses tenía un problema de índole romántica por el cual empatizó: le gustaba una chica pero no sabía si era correspondido, ya que se juntaban su dificultad para leer las señales y la incapacidad de esta para hablar claro.
El hombre, como siempre, estaba más allá de la estratosfera, por lo que Jones gritó su nombre varias veces, corrió y puso una mano en su hombro asustándolo—. Hey Steve! How are you?
—Mr America. Long time no sea —respondió entusiasmado.
—You are right. I have been very busy.
—The good thing is that you are here.
—Yeah…Well just for a week —dijo incomodo evitando la mirada.
—Sorry? —preguntó perplejo
—I haven't finished my work. —Se rascó la cabeza— By the way—Se inclinó quedando a la misma altura que el otro hombre y con una mirada de complicidad lo invito a acercarse—Tell me, did you solve your little problem?
—My little problem?
—The girl. You know what I mean.
—The…—Al ver el brillo pícaro en esos claros iris lo comprendió todo— Ahhh, ¡Sí! Pues, aclaramos las cosas y ahora somos novios —habló exaltado.
—¡¿Enserio?! —dijo dejándose llevar por la emoción que el otro transmitía— ¡Así se hace! Sabía que lo lograrías.
—Y usted ¿No tiene a nadie por allí?
Alfred abrió los ojos de par en par. Aquella pregunta le trajo la imagen del venezolano a la cabeza y con esto su cuerpo comenzó a emanar una increíble paz, mientras que en sus ojos brillaban con adoración—. Creo que sí. Después de muchos problemas por fin encontré a alguien —susurró
Steve se quedó paralizado ante tal espectáculo que no se percató que el resto de los trabajadores se habían acercado.
—Oh-oh, Mr America is madly in love. —Una voz grave femenina los sacó de su mundo.
Jones parpadeó varias veces antes de girar su cabeza hacia ambos lados descubriendo cerca de él miradas curiosas y alegres. Sintió como la vergüenza bullía en su pecho y calentaba toda su cara.
Debía tener más cuidado a la hora de elegir dónde y cuándo expresar sus sentimientos más íntimos.
…
Despertó y la ausencia de ruido le pitó en los oídos. Al incorporarse se acordó del porqué: Jones se había ido por unos días a su casa.
Abrió un poco más los ojos y estudió el lugar percatándose de que se había quedado dormido en el sofá de la sala y no en su cama como creía.
Había regresado del trabajo durante la tarde. Se rascó la cabeza. Posiblemente a las tres porque ya había almorzado pero era muy temprano para la cena, ni siquiera era hora de la merienda. Le sorprendió no encontrar a Yusmelis, mas su estela de limpieza podía verse y sentirse en toda la estancia. Y no tuvo nada que reprocharle. Hace ya tanto que se conocían. La mujer había entrado a trabajar cuando apenas tenía 20 años, sin ningún hijo por el medio ni hombre que la cortejara. Sin embargo, ya tenía un ideal de vida y se ciñó a el con tanta perseverancia que, al final, su utopía se convirtió en realidad: una hermosa familia con los valores, la determinación y una solida autoestima como pilares. Nada desdeñable si se tenía en cuenta de donde venía. Él mismo había insistido en pagarle más para sacarla del barrio.
Y con ese último pensamiento se había perdido en los colores de la inconsciencia.
Sonrió al ver la pequeña estantería de libros al lado del televisor y meneó la cabeza de un lado al otro: los libros habían sido ordenados por colores y autores. Esa manía por el orden y el control que más de una vez creó fricción entre ellos, ahora no solo se había acostumbrado a ella, sino que la acogía con ternura. Se rió al recordar la exasperación de ambos cuando una mañana de fin de semana le dijo al gringo que iba a lavar los platos después de ver la televisión. En el momento en el que el norteamericano le pidió concreción, él contestó vagamente que lo haría en algún momento entre ese instante y antes del almuerzo y que no se arrechara porque ya le había echado agua y jabón a las cosas para que no se pegaran. Sin embargo, eso uno detuvo la pelea entre uno con costumbres muy rígidas y el otro hastiado de las sugerencias y ordenes.
No se acordaba de cómo lo habían arreglado. Eso era bueno, pues significaba que había terminado bien.
Su expresión mutó a una de picardía mientras que, con soltura y aire seductor, iba recogiendo los documentos del trabajo del piso. La ausencia del norteño los últimos días del año resultaba necesaria para ejecutar sus planes: el año pasado se había ofrecido gustosamente a celebrar la Navidad y el fin de año en su casa. Y pensaba mantenerlo. El menú correría a cargo de Martín. El argentino llegaría unos días antes para seleccionar la carne para la parrilla. Eso era lo que le había dicho a Alfred y él lo había entendido.
Lo que el catire no sabía era que ese era solo la mitad del relato: no lo quería cerca para que no supiera la borrachera legendaria que se iba a trancar. Bueno, él y todos. Siempre hacía lo mismo, mas está resultaría especial pues de esa manera celebraría la enfermedad, la curación, las peleas, el despecho, la alegría y la probable euforia de tener nueva pareja. Debía cuidar sus palabras en extremo. Y si todo iba a bien despertaría con un martilleante dolor de cabeza y entre los brazos de alguno de sus hermanos. Era un trato tácito familiar no hablar jamás de lo que había pasado detrás de las puertas ese día en especial. Todos habían movido las manos de más, habían pegado sus cuerpos de más y habían rehuido las miradas al aparecer acompañado a la siguiente jornada. La ocasión más tierna la vivió un 1 de enero que despertó junto a Paraguay. La chica siempre envuelta en un aura melancólica, esa vez transmitía paz y felicidad. Recordaba que la observó con profundo cariño, le beso la frente y se quedaron mirándose en silencio.
Después le tocaría devolverles el alma a todos con un sancocho. Le vino a la mente la imagen de México echándole picante a su plato bajo el pretexto de darle más sabor. Venezuela suspiró, ya había aceptado las continuas críticas de su hermano acerca de que su cocina le faltaba sabor y variedad. Mientras Colombia no abriera la boca para protestar por enésima vez que la arepa era suya, no habría problema.
La lavadora, con su alegre pitido, informó que había cumplido con su labor. Teodoro se acercó, pasó la ropa al perol correspondiente, miró hacia afuera y los rayos de Sol calentaron parte del su brazo. Una tenue sonrisa surcó su rostro: tendería la ropa. Al acabar, visitó de nuevo a la maquina, agarró la segunda cesta de ropa sucia y comenzó a echar las prendas una por una.
De repente, sus ojos brillaron de sorpresa para después ser asaltados por la adoración. Pegó la pequeña bandera estadounidense que fungía de ropa interior a su pecho ¿A quién quería engañar? Extrañaba a su gringo, quería oír su voz y ver su cálida sonrisa
Definitivamente este año no iba a pasar nada en la fiesta.
…
Cuando la bandera tricolor con las siete estrellas captó su atención, supo que estaba en casa, en su segunda casa.
El exuberante verdor de las montañas que cuidaban el valle lo reconfortó. El clima fresco y neblinoso calentó su pecho. Se hallaba ansioso mas no inseguro por verse reflejado en ese mar cristalino. Aquella molesta emoción desapareció con las primeras charlas. Todavía no habían dado el paso definitivo pero las ganas de creer en su intuición y en lo que veían sus ojos resultaban tan fuertes como para sentir los dedos morenos entrelazados entre los suyos, tan fuertes como para escuchar su risa y tan fuertes como para sentir el cosquilleo de sus labios después de un beso juguetón y la sonrisa surcar sus labios.
Como supuso cuando llego a la casa, Teodoro todavía no había terminado su jornada laboral y Yusmelis había justo acabado la suya: la vio desde el portón cerrar con llave la casa. En el momento que su figura cayó en el rango de mirada de la señora, esta se le fue con los brazos abiertos a recibirlo.
En una amena charla se enteró de todos los pormenores que acontecieron en los últimos días. De verdad Yusmelis era una informante nata, ya que estaba un puesto clave, tenía la confianza del «objetivo», era observadora y amaba enterarse y contar los chismes.
Sin embargo, también poseía el ingenio de quien pasa vicisitudes y rápidamente se percato del cambio de intenciones detrás de la blanca sonrisa, y lo que antes realizaba con diligencia ahora se resistía. Esa lealtad que al principio exasperó a Jones se convirtió en motivo de admiración y tranquilidad. Seguramente, en los inicios de su relación el código de confidencialidad se mantenía gracias a un salario que superaba con creces el sueldo medio del campo donde se movía Yusmelis. No obstante, poco importaba el monto ahora, ya que el respeto y el cariño que la señora sentía por el muchacho lo protegerían por siempre.
Una vez pasada la borrasca, la relación retomó su armonioso cause. Debido a que Venezuela era completamente abierto con él, ya no le hacían falta las historias de Yusmelis, pero como ambos amaban el chisme, continuaron la costumbre. La conversación resultó más corta de lo normal debido a que la señora adujo la necesidad de cocinar la cena a su familia, las ganas de estar con ellos y la hora. Entonces, Alfred le entregó su regalo de navidad y la mujer, confusa y radiante, no dudo en agradecerle con palabras y manifestaciones físicas.
Una vez dentro de la casa, el gringo se percató con asombro que la sala todavía no había sido vestida con motivos navideños. Subió su maleta para no enfadar al venezolano cuando llegara. Para ser un desordenado tiene manías bien extrañas. Como la de no barrerle los pies o si no se le irá la suerte. Y bajo con paquete envuelto entre sus manos, lo miró con profundo amor. Quería sorprenderlo cuando llegara a casa y lo viera al pie del árbol, pero sin el pino artificial el plan se le había arruinado. A ver si arribaba pronto y le sugería montarlo mañana mismo.
Súbito, su pantalón vibró y la pantalla del celular le regaló su alegré cara.
—¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Ya vienes a casa? ¿Ah? ¿Un gran favor? Mmm ¿Y cómo me lo piensas pagar? —agrego con voz sedosa—. Ok, voy para allá.
…
—Señor Teodoro, el señor Alfred ya llegó.
—Gracias, señora Patricia. Por favor, busque los documentos que mandé a imprimir. —Se puso la chaqueta y bajó con paso ligero las escaleras llegando justo a tiempo para ver como el taxi se detenía en la entrada de Miraflores.
Venezuela no sabía si era que el Sol que en ese instante rompió una gran parte de las murallas neblinosas y la incandescente luz le otorgaba un aspecto de ensueño o acababa de arribar un ángel: el cabello dorado pegado hacia atrás y dos mechones rebeldes acariciándole la frente contrastaban perfectamente con sus pupilas azul cielo enmarcadas en unos cristales tan brillantes como su cabello. Vestía un traje sencillo gris oscuro combinado con una corbata azul marino y zapatos negros lustrosos que dolían al verlos fijamente. Su cuerpo exudaba seguridad y esta se reflejaba en su franca sonrisa y su reluciente mirar.
El venezolano trago grueso. Su corazón se aceleraba a la par que el catire se acercaba a cámara lenta, por lo que se obligo a tranquilizarse. Lo consiguió a medias—. Buenas tardes ¿Cómo está? ¿Y el viaje? ¿Agradable? —Le tendió la mano y una sonrisa protocolaria. No obstante, sus ojos fulgían.
—Buenas tardes. Estoy bien, gracias. Sí, muy bien. Sobre todo en esta época del año, que vienes del crudo invierno a la eterna primavera ¿Y usted?
—Muy bien, gracias ¿Vamos a la oficina? —preguntó señalando el camino. E.U.A contestó con una aseveración y comenzaron a subir las escaleras en silencio.
—Señor Teodoro ya están los papeles encima de su mesa.
—Muchas gracias. Le presentó a la señora Patricia, mi secretaria.
Después de la presentación, Palacios cerró la puerta detrás de sí, levantó el rostro y el brillo de su boca compitió con el de sus ojos, se lanzó al pecho del otro y sus fosas nasales fueron atrapadas por la colonia y el champú del rubio. Qué bien huele.
Se abrazaron por un tiempo y elevaron los rostros manteniendo una mínima distancia.
—Te extrañé —susurró.
—Y yo a ti —dijo en el mismo tono. Sus ojos son tan hermosos. Ningún recuerdo los equipara. Quería besar esos labios carnosos tan rojos, tan apetitosos. Seguro eran dulces. Empero, sabía que no era el momento ni el lugar, por lo que caminó hacía —Bueno… ¿qué me vas a dar por este tremendo favor que te acabo de hacer? —dijo dejándose caer en el sillón.
La pregunta sorprendió tanto al caribeño que se detuvo a mitad de la mesa y se volvió hacia el norteamericano— ¿Ah?
—Me pediste que viniera y fingiera que teníamos una reunión sobre…
—El precio del petróleo.
—Para que pudieras saltarte otra reunión. Yo cumplí ¿Dónde está mi recompensa? —preguntó una expresión de reto y diversión.
El país latino recortó el espacio, apoyó una mano en la mesa y acercó su pecho a su interlocutor de forma seductora, pero dejando claro que estaban al mismo nivel— ¿Y qué quieres?
Alfred perdió el aliento: aquella mirada picara y penetrante, aquel tono grave y bajo, aquella cercanía y disposición lo despertaban de varias maneras ¿Era esta su faceta picara y sexual? ¿Una parte de su poder de seducción? Ahora entendía porque muchos antes de él habían caído en sus brazos. Deseaba desatar sus impulsos y dejarse cazar por la invitación. Pero no debía ¿Acaso Teodoro había olvidado dónde se encontraban?
Un suave golpe en la puerta los expulsó de su abstracción— ¿Señor Teodoro?
El nombrado se puso a una distancia prudencial—. Pase.
—Señor. El ministro de Relaciones Exteriores pregunta si ya tiene el informe para mandarlo.
—Claro. —El muchacho tomo un par de hojas ordenadas en su mesa y se las dio a su secretaria. Cuando está salió, suspiró y se sentó al otro lado de la mesa
Si parece que sí, rió mentalmente el estadounidense.
—Entonces, ¿qué deseas?
—Algo muy sencillo. Que pongas los adornos de Navidad. Sobre todo, el árbol.
—¡¿Solo eso?!
—Sí.
—Eso es muy fácil —aseguró con indiferencia.
—Sí lo es ¿Porqué no lo has hecho?
—Porque te estaba esperando —explicó y se divirtió al percatarse del asombro de E.U.A—Siempre monto el arbolito, el pesebre y los adornos con Yusmelis o solo. Sin embargo, este año hay una persona especial. Por lo que no me quería perder esta única oportunidad. —Apoyo la cabeza entre sus manos y entrecerró sus ojos, los cuales resplandecían de amor.
Esto provocó no solo que el gringo se pasmará, sino que transmitiera el mismo sentimiento, creando una ambiente íntimo y armonioso.
…
—¡Espere! ¡No puede pasar! —voceó la secretaria ligeramente alterada.
—¡Hue…! ¡Tonterías! ¡Va tarde para la reunión! ¡El presidente me mandó a buscarlo!
—¡Pero el señor está reunido en este momento!
La puerta fue abierta de par en par encontrando en su interior una ancha espalda coronada por una cabellera dorada y, en frente de este la representación venezolana con una pizarra llena de datos—. Por eso, si habló con los otros miembros de la OPEP y bajamos los precios, será beneficioso para ti ¿Y…? —dijo mirando al recién llegado.
—Veo que está tratando un tema delicado.
—Así es, si aumentamos la producción aumentaremos nuestras ganancias.
—Eso le interesa al Presidente. De acuerdo, le explicaré el motivo de su ausencia en la reunión.
—Muchas gracias. —Cuando ya hubo pasado unos minutos desde que se cerró de nuevo la puerta, Palacios se permitió relajarse.
—¿De verdad vas a hacer eso?
—Claro que no. Al único que le beneficia que baje los precios y aumente la producción es a ti. Si hablo con los demás será para que la disminuyamos y, por ende, subamos el precio —aclaró con un tono triunfal y retador.
—¡¿Qué?!
—Anda, vámonos. No hagas un escándalo —dijo caminando con aura de poder rodeándole.
Estados Unidos emitió un sonido gutural de decepción y lo siguió—. Quiero ir al baño primero.
—Ve al de afuera.
—Pero, si tienes uno aquí
—La poceta se dañó esta semana ¿Qué quieres comer?
—No sé, ¿por?
—Porque vamos a cenar afuera para celebrar tu regreso. —Lo oyó murmurar entre dientes algo como «quiere más al petróleo que a mi» Se llevó ambas manos a la boca para acallar su risa e intentó contener sus espasmos. Cuando la espalda del extranjero había desaparecido de su horizonte visual, se giró hacia su secretaria con expresión severa—. Vaya a la reunión. Escuche todo, grábeselo a fuego en la memoria y me lo comunica mañana. No diga que va en mi nombre, vaya como sustituta de la señora Beatriz, la taquígrafa. Entre segura a la sala. Usted es la funcionaria más eficiente de esta planta ¿Podrá hacerlo?
—Por supuesto ¿Hay algo en lo que quiere que me fije?
—Las leyes que quieren sacar, cambios de gobierno, de ministerio. Todo eso. Ya sabe que comparto con usted la desconfianza hacia este nuevo gobierno, cuanto más lo conozcamos mejor.
…
Una vez que el pesebre estaba ordenado, con todos los personajes esperando ansiosamente a la llegada del niño y se habían probado las telarañas de luces que adornarían el exterior de la casa, faltaba el evento principal de la velada.
Venezuela alisó por última vez el pie del árbol y corrió hacia la sala para confusión del gringo. Repentinamente, la música navideña venezolana, que había estado sonando toda la mañana, fue sustituida por villancicos norteamericanos.
Estos Unidos volvió la mitad de su cuerpo por donde regresaba el latino, impresionado.
—Esto lo hemos hecho los dos, así que la música de ambos debe sonar—dijo al llegar a su lado. Se agachó, agarró el enchufe, lo conecto y vio como las luces danzaban detrás de las ramas del pino.
Jones lo abrazó por detrás. Palacios rodeó a su vez los abrazos del catire por un rato y se pegó más a él—Feliz Navidad, Al—dijo regalándole al árbol una mirada soñadora.
—Merry Christmas, Teo —dijo envuelto en la misma emoción.
Debajo del árbol, en medio de todos los regalos había dos paquetes, envueltos con delicadeza y esmero, acompañándose, esperando a ser abiertos.
…
El último zombie del nivel estaba justo delante del él. Había esperado pacientemente a que se parara en frente de su pistola. La adrenalina la corría por todo su cuerpo. Solo faltaban 3 segundos, 2, 1.
El monstruo cayó muerto al suelo.
La pantalla le celebro la victoria con sonidos agudos y carteles coloridos.
Exclamó varias veces su alegría al mismo tiempo que movía todo su cuerpo.
Cuando el júbilo se transformó en una satisfacción más sosegada, se levantó preguntándose la hora y la localización de venezolano al cual no veía desde hace horas. Recorrió cada uno de los cuartos. Teniendo en cuenta que los carros siguen ahí, debe estar en la casa. No obstante, la ausencia de luces artificiales, así como el continuado silencio lo ponían cada vez más nervioso. De repente, le asaltó el pensamiento, aunque improbable, que Teodoro hubiera tenido un percance en la piscina. Saltó los escalones, corrió hacia el patio…Y allí lo saludo la plácida agua. Anduvo por toda la parte trasera, cambió de dirección, arribó al jardín, salió a la calle que solo le devolvió soledad y viento, se rascó la cabeza con fuerza, intentó apaciguar su inquietud, decidió ir a la entrada.
Nada.
La cocina.
Nada.
La sala.
Nada.
Subió de nuevo agudizando todos los sentidos, fue a su cuarto, agarró el celular, salió y observó el pasillo con atención.
Súbito, una tenue pero diáfana melodía fue registrada por su cerebro. Cerró los ojos agudizando su oído y cuando estuvo bastante seguro de su ubicación, caminó lentamente para allá: la puerta al lado del pasillo, la única habitación a la que nunca entraba y, por consiguiente, la había olvidado. Giró el pomo con delicadeza y abrió la puerta: las paredes forradas de corcho funcionaban como fortaleza para las notas musicales y allí, en el medio de la morada, rodeado de instrumentos y sentado un pequeño sofá estaba el tan buscado moreno; las manos moviéndose con destreza y dedicación entre las cuerdas de una mandolina, los ojos cerrados, sumamente concentrado en lo que parecía la canción más sublime del planeta.
Jones quedo tan embelesado que no se percato de que la visión se le nublaba.
Cuando la música cesó, el gringo se permitió instintivamente hondas inspiraciones seguido de suaves gemidos.
El nuevo sonido trajo a la realidad a Teodoro, quien abrió los ojos como alguien que despierta de un profundo sueño— ¿Al, qué…? —Pero no pudo decir más, ya que E.E.U.U le había estrechado entre sus brazos. Sintió como su hombro era humedecido— ¿Estabas preocupado porque no me encontrabas?
—¿Por qué no me dijiste que te ibas a encerrar en este cuarto? —dijo con la voz ligeramente quebrada.
—Porque estabas tan concentrado en tu juego que me dio pena interrumpirte. Y luego, supongo que yo también me abstraje.
—La próxima vez, avísame.
Palacios suspiró y sonrió—. La próxima vez te dejaré una notica a tus pies ¿Trato hecho?
—Trato hecho.
—Pero, Al —dijo en tono calmado y seguro, como si tratara de borrar un miedo incoherente a un niño. Se separó un poco, puso sendas manos en las mejillas blancas y les limpió la sal. El Océano Atlántico y el Mar Caribe se encontraron, uno agitado y el otro sereno— ¿De verdad crees que me iré de casa sin avisarte?
Más lágrimas salieron aunque fueron recogidas enseguida por unos largos dedos morenos. E.U.A tomo aire para calmarse—. Es que por un momento pensé que te habías ahogado en la piscina.
—¿Ahogado?
—Sí. No sé. Quizás habías tragado agua nadando o te habías golpeado la cabeza y caído en una al agua y habías perdido el conocimiento.
—¿Y qué hiciste cuando te diste cuenta que no me estaba bañando en la piscina?— Su dulce serenidad fue tranquilizando al gringo con el pasar de los minutos a la vez que lo hacía reflexionar.
—Caminé por el patio y después fui al jardín pensando que te podían haber atracado.
—¿No crees que si me hubieran atracado hubieras escuchado voces amenazantes? O, en el peor de los casos ¿el accionar de un arma? La calle a esta hora está tan sola que todo se oye.
—Si… Luego, supongo que empecé a pensar en todo tipo de catástrofes sin sentidos.
—Y aquí me tienes, sano y salvo. Anda, cálmate. —Sin soltarle la cara, se inclinó y le dio un suave beso en la frente. Volvió a mirarlo a los ojos— Ya todo paso. —Se quedó observando la seria expresión del norteamericano. Podía oír su respiración. Se percató cómo Jones entrecerraba los ojos y sus pupilas viajaban a sus labios. Sintió como su ritmo cardiaco aumentaba a la par que la distancia desaparecía entre ellos. Al ver la boca del E.E.U.U entreabierta, supo que la suya estaba imitando el gesto. Tenía tantas ganas de besarlo y ser besado. No obstante, seguía sintiéndose ligeramente incomodo, por lo que instintivamente desvío su rostro y abrazó a un atónito rubio. Se acercó a su oreja y le susurró—. Yo también tengo muchísimas ganas de besarte. Pero aun no me siento listo.
Estados Unidos le devolvió el abrazo pero tardó en contestar—¿Algún día te podré besar? —El tono amargo de su voz entristeció al país caribeño.
—Claro que sí —aseguró.
—¿Cu..?
—Pronto. —Se separó y le tomó las manos— No puedo prometerte una fecha exacta, pero si puedo decirte que probablemente sea pronto.
—¿Probablemente? Y tú entenderás que yo me moleste —dijo cruzando los brazos—. Francamente me siento como el eterno castigado.
—Alfred, no es que no me gustes. Me gustas, y mucho. Pero todavía no estoy listo.
—Pero ¿Cuándo lo estarás? Lo que más me preocupa es que antes de Navidad yo me iré y después será difícil saber cuándo encontraremos un momento para estar juntos.
—No te preocupes por eso. Ocurrirá antes de que te vayas.
—Oh, no. Ahora no quiero que te apures. Por mucho que yo lo quiera, si lo haces solo para complacerme me sentiré contrariado.
Venezuela se relajo y, al tranquilizarse sonrío—. Tranquilo, no lo haré por complacerte. Creo que llegara cuando menos lo esperemos. Lo sé. Lo siento dentro de mí.
Se separaron aun envueltos en la tensión. El latino tomo el cuatro— ¿Te importa si toco algo?
—No
La nación caribeña cerró los ojos y tocó y cantó lo primero que se le vino a la cabeza: Polo Margariteño. Se dejó llevar por la música y cuando terminó se apenó de haberlo hecho. Seguro Al se burla de mi. Esa tonada debe ser lo suficientemente extraña como para causarle gracia. Ni que hablar de mi voz.
En medio de la ruta de sus pensamientos, una voz se coló en su cerebro—. Toca otra.
Al ver el azul cielo encerrado en los ojos de su amado, se paralizó: en medio de su tibia bravura había admiración y sinceridad. Lo estaba elogiando. Contuvo la respiración. Era una de las pocas ocasiones en su vida que lo piropeaban sobre algo que no tenía que ver con su belleza.
…
Se sirvió una taza leche fría, vertió en esta varias cucharadas de chocolate soluble, revolvió y empezó a tomarlo acompañado por la tonada que producía Teodoro desde el piso superior. Toda la casa estaba envuelta en un manto de alegre armonía y él, en medio de esa sabana, no podía sino sentir paz y satisfacción: el hecho que el venezolano practicará su afición de manera constante y continuaba probaba que la recuperación a nivel espiritual había sido exitosa. Y, en parte, se debía a él: a que llegó en el momento preciso y no se rindió no importa cuán adversas fueran las situaciones.
Sin embargo también resultaba un logro para Palacios ya que, aunque no lo hizo al principio, puso de su parte para curarse. Tanto que llego el momento que resultaba innecesario para Jones vigilarlo y darle ordenes, convirtiéndose así en una pieza de apoyo.
Cerró los ojos y se dejó transportar por la melodía. De verdad le gustaba todo lo que componían aquellos dedos. Venezuela le imprimía la pasión y el sentimiento correspondiente, la hacía suya y la elevaba de categoría. Si quería producir terror solo tenía que tocar una pieza oscura y ya lo tenía temblando. Si quería seducir, con que eligiera la canción adecuada ya lo enamoraba. Ni siquiera le encontraba pegas a su voz: tal vez no fuera tan buena como para dedicarse a cantante, pero tenía un agradable timbre.
Un pitido lo sacó de su concentración y con irritación descubrió al causante: su móvil. Lo agarró fastidiado y cuando vio quién era, suspiró. No debía rechazarlo.
…
El país caribeño bajó contento las escaleras, impaciente por contarle la idea que se le acababa de ocurrir, mas, cuando halló al gringo hablando por teléfono al inicio de patio, su felicidad fue remplazada por la incertidumbre.
Oyó como Alfred prometía verlo en Navidad, se volteaba, se le alegraba la expresión movía lo labios a forma de saludo, colgaba y andaba hacía él— ¿Ya terminaste?
—Más o menos… Escucha había algo que quería preguntarte, pero se me había olvidado hasta ahora.
—¿Si?
—¿Estuviste enamorado de Inglaterra? ¿Ustedes tuvieron «algo»?
La disposición dio paso a la seriedad en el rostro del norteño quien invitó a sentarse en el sofá más próximo—Si, lo estuve durante mucho tiempo. Fue mi primer amor —habló con solemnidad intercalando su mirada entre el moreno y sus recuerdos—. Pero él nunca me correspondió.
—¿Seguro? —dijo e inmediatamente se tapó la boca.
—Por lo menos nunca fue lo suficientemente claro y siendo yo un completo inexperto en esa materia debió dar el paso. De todas maneras era muy complicado.
—¿Por qué?
—Porque cuando me enamore de él yo era todavía su colonia, pero a la vez querría más libertad. Eso trajo numerosas peleas hasta que llegamos a la guerra. Para mí fue un golpe muy duro, fue en ese momento que realmente vi lo que tenía en frente y no lo que mi imaginación proyectaba. —Cerró los ojos frustrado— Aun así lo amaba, me aferraba a la esperanza del enamorado y me resistía a creer lo que mis ojos veían. Por eso, después que la situación se estabilizó y gane mi independencia, seguí buscándolo, pero la realidad volvió a pegarme cachetadas: era un amargado, rencoroso, rígido que pensaba que lo suyo siempre era mejor, asquerosamente arrogante, soberbio que se negaba a verme como un adulto y como su igual. Fue demasiado, me resultó insoportablemente doloroso. Traté de separarme, olvidarlo, pero siempre caía, siempre buscaba una excusa para visitarlo. Me llevo mucho tiempo superarlo.
—Lo siento.
—Ya no importa, porque —Sonrió mientras le tomaba la mano y la acariciaba con dulzura— ahora me gustas tú.
—Eso me llena de felicidad.
—Y a mí de intriga. —Se separó sin soltarle mano— ¿Quién fue tu primer amor? No fue España ¿verdad? De acuerdo, no volveré a sugerir esa posibilidad —agregó al percatarse de la cara de espanto de su interlocutor.
—Fue durante La Guerra de Independencia. En 1819, nos dirigíamos a una de esas tantas batallas en el occidente del país. Paramos en un pequeño pueblo de Apure**. Una de las familias acomodadas nos acogió al Libertador y a mí. Esa familia tenía dos hijas: una casada llamada Teresa y una prometida, Luisa.
«Una cosa es lo que dice la Iglesia y otra cosa lo que pasa en realidad. Aquellas muchachas, que en teoría estaban fuera del mercado, estaban solas. Sus respectivas parejas habían partido a la guerra poco después de formalizar los compromisos y no se sabía si estaban vivos. Luisa era hermosa y atrayente con su cabellera dorada y sus ojos azules, pero era muy caprichosa y era indiferente al futuro de la nación; mientras que Teresa era fiel seguidora de la causa independentista, de carácter fuerte, valiente, resolutiva, misteriosa y aventurera. No fue difícil escoger.
«Una noche se celebró una fiesta. Ya Teresa y yo teníamos algunos días coqueteando y esa noche, mientras nadie nos veía, nos escapamos. Y bueno, ese fue mi primer amor y primera vez con alguien»
—Vaya, dos en uno. Qué suerte —dijo recostándose en el sofá.
—¿La tuya cómo fue?
—Bah, no merece ser recordado. Ocurrió en una especie de burdel después de la guerra. Fue más para sacárselo de encima que por otra cosa. Lo tuyo si fue bonito. Porque la amabas, ¿verdad?
—Si —dijo con feliz nostalgia al traer a la luz el recuerdo.
—¿Y qué pasó después?
—Bueno, lo hicimos unas cuantas veces más e intentábamos pasar el mayor tiempo juntos, pero llegó el tiempo de irnos y yo le prometí que volvería por ella. Sin embargo, se me hizo más largo que lo que yo había pensado. Las batallas, la Gran Colombia y lograr algo de estabilidad me llevó unos años. Yo le enviaba cartas y sabía que le llegaban, pero que me llegaran las suyas era mucho más difícil.
«Un día recibí una notificación que por su zona había un brote de difteria y mucha gente había muerto y como hace meses no tenia repuesta suya me alarmé, tomé mi caballo y estuve cabalgando sin descanso hasta llegar a su casa»
—¿Y llegaste a tiempo? —preguntó entre preocupado y curioso
Venezuela pintó una sonrisa amarga en su cara—. No, llegue tarde. Hice acopio de toda mi autocontrol para no llamar a la puerta desesperado, pero cuando la abrieron estaba agitado. Me recibió un hombre desconocido. Le pregunté por Teresa, él me preguntó desconfiado el porqué y cuando ella apareció por atrás preguntando el motivo del alboroto, esquivé al hombre y le lancé los brazos en medio de sollozos. Ella no me lo devolvió… »
Los azules iris brillaron desconcertados a la vez que su barbilla se relajaba y caía ligeramente—. N-no me digas que…
—Sí. —Su tristeza era palpable. No importa el tiempo que hubiera pasado aun quedaba parte del sentimiento. Alfred sonrió compresivo y desanimado por empatía y porque adivinaba que esa era la expresión que debió lucir cuando contó su historia—. El esposo considerado muerto en batalla en realidad había sido apresado por los realistas, había huido y sobrevivido milagrosamente hasta el final de la guerra.
«Intenté disuadirla para que se viniera conmigo, que era a mí a quien quería y que podría vivir en Caracas (lo que siempre había querido), que podría ser libre. Pero se rehusó: dijo que me había tardado demasiado, que no confiaba en que le diera seguridad porque en el pasado siempre estuve viajando y probablemente así fuera en el futuro y ella quería alguien estuviera allí y más en una ciudad extraña, y que no era lo mismo engañar a un marido que fugarse porque qué dignidad tendría ella frente a la sociedad. El matrimonio no se podía anular, nadie la iba a aceptar y no estaba dispuesta a encerrarse en casa.
«Nunca más la volví a ver» —dijo mirando a la puerta de la entrada, concentrado en el relato y sus emociones.
De repente sintió como un brazo rodeaba su espalda y lo atraía al cuerpo del gringo—. Lo siento mucho.
La nación caribeña sonrió antes de volver el rostro hacia ese azul celeste—. Tranquilo eso ya pasó hace mucho. Ahora te tengo a ti. —Espiró por la nariz— Aunque va ser cierto eso que dicen que le primer amor nunca se olvida.
—Eso parece.
—Pero lo bueno es que ambos lo superamos y eso nos permitió poder vivir el amor nuevamente. —Lo abrazó con entusiasmo y sintió que era correspondido. Alfred rió con ternura y fue seguido por el moreno.
Así se quedaron un rato, disfrutando de la compañía de otro y las emociones positivas que revoloteaban en su interior.
—¡Ah, ya me acorde de lo que quería decirte cuando baje las escaleras! —exclamó radiante—¿Quieres acompañarme en una canción con las maracas?
—No se tocarlas.
—¡Yo te enseñaré!
—Ok, pero luego me enseñas a tocar el piano.
—Pero si ya sabes…
—Pero no lo hago tan bien como tú.
—De acuerdo ¿Vamos? —Saltó del asiento y comenzó a trotar hacia las escaleras seguido por el norteamericano un poco más atrás.
Le gustaba que Teodoro tuviera intereses propios y los mantuviera. Empero, se sentía dichoso que Palacios se desviara voluntariamente de su camino para compartir su hobby.
Eso era amor.
…
Ladridos felices viajaron por el aire.
Un dedo blanco se posicionó entre unos finos labios—Shh, Toby. Si sigues así, van a dar con nuestra ubicación.
Toby, el perro de los vecinos, había sido entregado a Venezuela para que lo cuidara durante los cuatro días que la familia se iba de vacaciones. Como su patio era extenso y era un animal juguetón pero obediente, el latino no ofreció objeciones y menos Jones, quien se enamoró del canino en el mismo instante que el animal lo tiró al piso meses atrás.
Tener un perro en casa resultaba muy agradable por el cariño incondicional que se recibía al llegar al hogar, por lo relajante que era acariciar algo vivo y tierno, por la oportunidad que Toby le regalaba de oír las risas del rubio y presenciar lo adorablemente ridículo que se veía con la ropa y el cabello lleno de pelos mientras era perseguido por el animal.
Para Alfred también era un obsequio, pues no todos los días se veía a Venezuela aplastado contra el piso cada vez que llegaba a casa. No importa por donde se metiera, el perro siempre lo alcanzaba y terminaba tirándolo al suelo mientras lo recibía con babosos besos, a lo que el latino contestaba con grandes carcajadas y pidiendo que lo dejara en paz. O esos momentos en los que el canino ansiosamente tiraba de su camisa pidiendo comida, Teodoro lo regañaba por su falta de paciencia y Toby agachaba la cabeza en forma de disculpa.
No obstante, el perro dejó de ser una bendición cuando, después de un chaparrón, su olor se colaba en sus fosas cada vez que salían de las cuatro paredes que los protegían.
La solución por consenso fue bañarlo entre los dos, ya que como era un perro joven, energético y con aversión al agua, iba a resultar difícil de agarrar y mantener quieto.
Para que el canino no sospechara, fueron sacando los utensilios poco a poco. En eso estaban cuando la visión del cepillo de pelo reveló a Toby los ulteriores motivos de sus dueños temporales y huyo.
Venezuela, fastidiado, alegó que aun faltaban algunas cosas como el champú y se metió de nuevo a la casa. Cuando salió se extrañó al percibir el patio tan tranquilo. Llamó en voz alta a Alfred varias veces, miró a su alrededor y agudizó el oído, pero no obtuvo respuesta— ¿Dónde se habrá metido ese turulo***?
Inesperadamente una cascada de agua fría lo bañó por completo. En medio del susto y la sorpresa captó la estridente y socarrona risa del rubio acompañado de alegre ladridos. Algo rugió dentro de él—. Lo vas a pagar. Me vengaré —dijo ente dientes, se volvió y lució una expresión fiera y amenazante.
Un escalofrío de temor y placer recorrió la columna vertebral de Alfred— ¿Ah sí? ¿Cómo?
—No te lo voy a decir.
—A mi me parece que estás diciendo mentiras. Jamás me podrás ganar —dijo con arrogancia.
—Eso ya lo veremos —dijo ensanchando su sonrisa.
—Bueno, mientras te quedas en suposiciones. —Sacó detrás de su espalda una gran pistola de agua empezó a cargarla.
En país caribeño abrió sus ojos asustado al tiempo que se daba la vuelta y comenzaba a correr.
Después de perseguirlo por cierto tiempo, en el que el latino había perdido la mayoría de las batallas, había desaparecido de su vista. Seguido siempre por su fiel y peludo amigo, lo buscó por todo la parte trasera de la casa ¿Habrá entrado a la casa? No, imposible, aunque le gusta hacer trampas estaba tan picado que no se atrevería a que su victoria fuera pírrica por contravenir las reglas—. Toby, ahora vamos a ir al jardín. No hagas ningún ruido.
Poco a poco condujo sus pasos hacia la entrada principal de la casa. Cada vez que ponía el pie en el suelo miraba alrededor, pero nada se movía. En un momento dado, una serie de arbustos se mecieron. Alfred disparó a mansalva, pero nadie salió; el catire se acercó con cautela, corrió las hojas con su mano y supo que todo había sido su imaginación. Se dio la vuelta y continuó su camino, mas cuando se puso de espaldas a la puerta, bajó la pistola suspirando—¿Dónde estás?—lamento decepcionado y aburrido.
—¿Me estabas buscando? —habló mientras aparecía por una esquina.
—Así que te presentas por tus propios pies. Nunca pensé que te fueras a rendir así de…fácil. —El aura triunfal fue abandonándolo a la vez que examinaba con creciente miedo al venezolano: los pies y las piernas relajados, una mano en la cadera y la otra…¡¿Sosteniendo la manguera?! Pero eso no era lo peor, lo peor era que su pulgar estaba taponando la salida de agua, eso quería decir que cuando lo retirara… ¡Debo huir! Siguió subiendo y se encontró con la viva imagen de la felicidad retorcida, esa que se siente cuando por fin se obtiene venganza.
—¿Decías?
—¡Retirada! ¡Toby, salva tu vida! —gritó en el mismo momento que se dio la vuelta, empezó a correr y el agua le golpeaba todo el cuerpo, reiniciando así el juego.
…
Con el último saludo, despidieron desde el portón a la señora Yusmelis por lo que quedaba de año.
Palacios observó la figura de la señora empequeñecerse a cada paso que daba mientras en su interior dos emociones opuestas, la alegría y la preocupación, crecían y chocaban. Es la primera vez que nos quedamos solos por varios días. Siempre tuvimos la presencia de Yusmelis durante varias horas al día y el resto del tiempo yo estaba demasiado enfermo como para hacer algo. Cuando estuvimos en Margarita, compartimos espacios pero no estábamos de humor para intimidades. Ahora que lo aclaramos todo y estoy recuperado…Dirigió sus claros iris hacia el rostro de Jones que lucía hermosamente relajado y sintió como su corazón se aceleraba. Quizás esto sea bueno.
…
Como si se hubiera esfumado del universo, la ausencia del venezolano era lo que más destacaba en la casa.
El gringo, curioso, se rascó la cabeza por esta imprevista soledad ¿Imprevista? Su cabeza empezaba a recordar sucesos de la noche anterior.
Al arribar al inicio de la cocina, el calendario le dio la respuesta: 17 de diciembre—. Claro —susurró para así, mientras sus manos preparaban el desayuno. Rememoró como la alegría después de bañar a Toby fue escapando del cuerpo del moreno con el pasar de las horas.
—Mañana lo iré a ver
Escuchó el desconsuelo en la voz y preocupado se volteó a observarlo, más el muchacho no levantó la mirada de la mesa— ¿A quién? —dijo, se acercó a la vez que secaba sus manos con un paño, se sentó a su lado, tomó su mano y comenzó a jugar con ella moviendo sus dedos en distintas direcciones, levantando y juntando sus palmas. Siempre con delicadeza, con dulzura.
Aquello trajo una pequeña sonrisa al rostro del latino, que se esfumó al proseguir con la conversación—A él.
Esa acentuación en la última palabra asombró a E.U.A al tiempo que empatizaba con sus sentimientos— Entiendo.
Permanecieron un rato en silencio, concentrados en el movimiento de las manos antes que alguno se atreviera a continuar— ¿Crees que vaya Colombia o Ecuador?
—No lo sé. Hay años que vienen y otros que no. Depende de su agenda. Posiblemente este año no, porque tienen cosas que resolver y como suelen aprovechar la fecha para ya instalarse hasta fin de año y este no pueden, —Le lanzó una mirada cómplice— lo dudo mucho. Pero siempre intentan venir aunque sea por unas horas. En el caso que almorcemos fuera te avisaría antes.
—Qué pasará si dicen que quieren venir a descansar.
—Les diré que están arreglando la casa.
—How clever —sonrió orgulloso.
Aquel pequeño gesto reconforto al caribeño—Gracias. —De repente, su expresión se apagó un poco—. No pude acompañarlo y tampoco se cumplió su último deseo; y aunque admito que estoy agradecido por eso, a veces me pregunto si estará descansando en paz.
—Por lo menos está en su tierra. —Le apretó la mano con amor— Y lo vas a ver todos los años.
—Es lo único que puedo hacer.
—No, es lo mejor que puedes hacer.
Alfred se sentó en el marco de la puerta que limitaba el patio de la casa.
Toby lo saludó con ladridos. Empero, al notar la tristeza de su dueño, apoyó su cabeza en la pierna de este. Jones lo acarició más por hábito que por satisfacer al perro—. Hoy tus dueños te vienen a buscar. Eso te pone contento ¿no? —contestó animado al can, no obstante, pasados unos minutos, se quitó la máscara de alegría, liberando su melancolía— La muerte de un padre querido es lo más difícil de superar.
…
—¿De verdad tenemos que hacerlo?—preguntó E.E.U.U.
—Sí. Ayúdame vale. Esto es mucho para uno. Además, ya vas a ver que lo voy animar con música.
—¿Podré oírla?
—¡Claro! A ti toca el patio y el jardín.
—¿Y a ti?
—La parte de arriba de la casa.
—¡Qué sin vergüenza eres! ¡Eso es lo más fácil!
—¡Claro que no! Tengo que pasar escoba, coleto, quitar el polvo, ordenar los cuartos…
—De acuerdo… ¿Y qué pasa con la plata baja?
—Esa la limpiamos dos días antes que venga Martin.
Jones miró desde la cama a Palacios que le hablaba desde la entrada de su cuarto, cómo entraba y se ponía delante de él, agarraba sus brazos y tiraba de ellos para levantarlo. Una mueca burlona surcó sus labios al observar el esfuerzo que le imprimía su compañero. Alfred actuó como peso muerto y poco a poco comprobó orgulloso lo fuerte que se había hecho venezolano—. Pero qué fuerte eres —exclamó ya de pie.
—Por supuesto —contestó alzando ambos brazos para luego doblarlos y remarcar sus bíceps.
El catire los tocó pintando su cara con fingida y exagerada admiración—. Aun así, nunca tendrás tanto como yo. —Exhibió uno de sus bíceps a la vista del moreno.
—Obvio, no tengo tu masa muscular.
—¡¿Me estás llamando gordo?!
—¡No! Quiero decir que tus huesos son más anchos y largos que los míos y a eso le corresponde músculos de igual tamaño. De todas maneras, tampoco me hace falta —bromeó dándose la vuelta y caminando hacia el pasillo.
—¿Ah, no? ¿Y por qué? —le siguió el juego
—Porque yo tengo otras cosas.
—¿Cómo qué?
Se volteó hacia el gringo adoptando una posición de modelo— Mi belleza.
…
Aun con la atronadora música saliendo de la casa, sus sentidos se encontraban muy despiertos. Un ejemplo de esto fue que instintivamente levantó el torso y dirigió su cabeza hacia la ventana del cuarto del latino, descubriendo que era observado.
Palacios al percatarse que habían conectado miradas, hizo una pantalla de vaho con su aliento, dibujó una carita burlona con la lengua fuera y luego imitó su dibujo.
Alfred también realizó morisquetas.
Después de un tiempo ambos pararon y se quedaron viendo con expresión traviesa antes de retomar sus labores.
E.E.U.U estaba complacido de que las bromas entre ellos hayan vuelto. Esa aura pícara que identificaba a Venezuela siempre le había asombrado y gustado, aunque al principio le hubiera costado admitirlo. Adoraba que ese lado travieso nunca estuviera muy lejos, ya que era una fuente de alegría y misterio. El hecho que se le dificultara adivinar qué haría al minuto siguiente o qué ocultaba esa juguetona sonrisa, despertaba su imaginación de muchas maneras.
Sin embargo, también le entristecía que no pudiera pasar la navidad con él.
Borró la última mancha del piso de la piscina, sacó el limpia-piscina y lo guardó. Le iba sugerir que no abrieran los regalos hasta que se vieran, que intentaría sacar unos días libres ¿del 2 al 7? Seguro el venezolano los tendría libres, ya que todas las actividades se retomaban el 7. No obstante, como el siete caía sábado, probablemente empezaría el 9.
E.E.U.U caminó y entro a la casa con una sonrisa por la idea que se le había ocurrido. Iba a comunicársela cuando se paralizó: delante de él, estaba Teodoro bailando un merengue solo, ojos cerrados, concentrado y disfrutando el ritmo.
Alfred inspiró y expiró profundamente ante la atrayente visión.
En un momento dado, Venezuela abrió los ojos y con gestos sensuales le invitó a acompañarlo.
—No se…bailar… —respondió con timidez.
—Pensé que Alejandro… —habló sorprendido.
—No.
—No sabes la alegría que me da eso —expresó animado.
—¿Ah?
—Siempre es divertido iniciar alguien en el baile.
—No creo que debería intentarlo…Es decir, no llevo el ritmo metido como ustedes.
El país caribeño desechó ese último comentario con un gesto—. Bailar ritmos latinos es bastante fácil. Con tu aptitud en los deportes, los dominarás en solo día.
—¿Y el maestro es bueno? —dijo a modo de alejar su nerviosismo a través de la broma y le satisfizo la sonrisa retadora que él otro puso en su cara a modo de compresión. Aquel gesto lo envalentonó para caminar hasta quedar a pocos centímetros de su «profesor».
—Esto queda entre tú y yo —susurró acercándose al rubio—. En realidad el mejor bailarín de la familia es Jaime. Pero no le digas que yo te lo dije.
—Pero ¿eres bueno? —murmuró entrando en el juego.
—Mucho.
—Entonces, me vale ¿Qué tengo que hacer?
—Pon esta mano sobre mi hombro. Ahora agarra mi mano. Bien.
—¿Cuál vamos a aprender primero?
—Creo que ahora viene un merengue.
—Pero, ¿no sería más fácil una bachata?
—A menos que estemos hablando de la versión de bailes de salón, todos se parecen entre sí. Puedo enseñarte la versión de salón, pero la que se baila en una fiesta latina es la más sencilla.
—Me dejo guiar por tu buena intuición.
La sala se llenó de la melodía de «Suavemente» de Elvis Crespo.
—Ahora observa mis pies e intenta imitarlos. Tienes que ir conmigo. Bien, muy bien. Pero arrastra los pies. Un poco menos, que si no te caerás. Mejor. Y mueve la cadera que no eres un palo. Mira, ahora te voy a conducir yo para que veas cómo debería ser.
Danzaron unas cuantas piezas, combinando diferentes tipos de música y estilos de baile. Cuando Venezuela dirigía, Estados se sentía ágil y apetecible ante los ojos de Teodoro.
Estos momentos se alternaron con otros en el que el venezolano cedía terreno a la acción del gringo, haciendo que la ignorancia quedara expuesta a través de choques y pisotones; lo cual, en vez de molestar al latino, le sacó unas cuantas sonrisas y pequeñas risas. Aquel agradable recibimiento le confirió valor para seguir probando y seducir con timidez a su pareja.
—Definitivamente no te voy a llevar a una fiesta latina. A este paso vas a ser tan buen bailarín que, con tus pasos y tu físico, todas se enamorarán de ti —aclaró jocoso cuando habían dejado de bailar.
—Quizás acepte —contestó ladino.
—¡¿Qué?!
—Si una muchacha hermosa me pide salir…—calló por unos segundos disfrutando el efecto que sus palabras tenían en Palacios—. Le diré que por supuesto y la acompañaré hasta la salida de la fiesta. —Y puso esa expresión tonta e inocente que lo caracterizaba.
Como si hubiera recibido un golpe en el pecho, Venezuela exhaló de forma abrupta. Su cara se tiño de divertida vergüenza y golpeó el hombro de Jones, mientras el rubio reía, con su palma—. Gafo.
Súbitamente, el reproductor los sorprendió con la canción «No Frontiers».
—Se me había olvidado que esa estaba en ese Cd.
—No sabía que la conocías.
Ambos volvieron a mirarse sintiéndose cada vez más incómodos. Alfred fue el primero en reaccionar: disminuyó la distancia y rodeó la cintura del moreno con sus brazos—. Todavía no he bailado todos los tipos de música, debo aprender esta también —dijo con media sonrisa por los nervios.
La República pegó un respingo cuando las manos blancas se unieron en su espalda baja. Empero, hipnotizado por ese celeste cielo, asintió a la petición y rodeó el cuello del rubio.
Comenzaron a moverse al ritmo de la música. Brillantes los ojos y los corazones alterados. Jones empezó a seguir la canción con su voz, sustituyendo la seriedad en ambos labios por una mueca de ternura.
Mientras más tiempo pasaba más Venezuela se identificado con la letra. Esos hermosos iris azules se habían convertido en su cielo, en el que miraba en busca de consuelo, respuesta y complicidad. Juntos habían ahuyentado la oscura niebla que le impedía estar unidos; las dudas, los miedos y los prejuicios.
Por su parte, Alfred no tenia firmamento que ver pero si mar en el que sumergirse, un mar luminoso y cristalino que anhelaba investigar y descubrir. La chispa no necesitaba de noche como sugería la canción: entre ellos ya había surgido, solo necesitaban que la dejaran fluir y esta se expandiría a terrenos desconocidos.
No supo exactamente cuando el norteamericano había dejado de cantar. Sus azules ojos, ligeramente entrecerrados, se esforzaban terriblemente por no mantener la vista en sus labios. Estaba sufriendo.
Palacios también quería besarlo. Ansiaba esos finos y rosados labios, mas sabía que no habría marcha atrás. Que no podría recomponer su relación. Que lo estaba arriesgando todo, pues así como Jones se resistía, tampoco aceptaría excusas.
Entonces, la inseguridad murió. Aquella acción le pareció natural. Y también estaba seguro que el norteño no se atrevería a raíz de la discusión en la sala de música, por lo que, con el corazón acelerado, tomó aire, inclinó su pecho hacia el catire, cerró los ojos, sintió la respiración del otro en su cara y se dejó llevar.
*Cotufas: Palomitas
**Apure: Estado fronteriza con Colombia
***Turulo: en Venezuela, loco.
Nos vemos en el Epilogo. Un abrazo.
