Capítulo II
Love Story
''Prends ma main,
Promets-moi que tout ira bien,
Serre-moi fort,
Près de toi je rêve encore,
Oui, oui je veux rester…
Une bougie peut illuminer la nuit,
Un sourire peut bâtir tout un empire,
Et Il y a toi, et,
Il y a moi, et,
Personne n'y croit, mais,
L'amour fait d'un fou un roi,
Et si tu m'ignores je me battrai encore et encore…''.
– Indila.
Los años pasaron sin que el joven Matthew se diera cuenta, el panadero Saint James le había cuidado como a un hijo. Cuando vio que tenía gran talento en las artes plásticas lo inscribió en una pequeña escuela de artes que quedaba en la Rue du Pont, bastante cerca de la casa. Ya era todo un hombre en 1882. Estaba orgulloso de haber salido adelante cuando todo parecía caer sobre sus hombros.
Una fría tarde de otoño, en 1883, cuando regresaba de sus clases vio un carruaje, era curioso que el señor James tuviera visitas. Al entrar sintió una calidez calmar su frío, pues para él, se sentía increíble tener un hogar. De repente un intrigante olor llego a su nariz. Tabaco y vino. Olores que se combinaba junto a la madera vieja de la casa, o quizás era algo más, algo peculiar. Era muy fuerte la presencia de un desconocido en esa antigua casa, pues los olores a pan horneado, madera humedad y un dulzón de las flores de temporada, que estaban sobre la mesa siempre inundaban todo el lugar, pero estos desaparecían cediendo el paso a lo desconocido. Pasó a la sala para ver a un hombre rubio, elegante, quizás de unos veintitantos frente al señor Saint James, quienes discutían de algo mientras bebían vino, ese vino especial de la mejor cosecha que el anciano propietario poseía. Para que el tacaño del señor S. James usara su mejor vino, debía de ser alguien muy importante, debía de ser alguien muy rico, pues, aunque Matthew adorara a su tutor, de alguna forma era bueno admitir cuan avaricioso era. Y aquel sujeto, quizás con algún título noble, era a quién su tutor quería quitarle buena plata.
–Buenas noches caballeros- dijo Matthew, mirándolos con una suave sonrisa.
–Oh Matthew, que bueno que hayas llegado. Ven, ven acércate. Este es el Barón François Bonnefoy, viene desde parís. Es el primo de mi difunta esposa. No seas tímido, acércate y salúdalo- dijo el señor mayor, llamándolo con la mano.
–Un placer – dijo estrechándole la mano, esté lo halo para besarle ambas mejillas y por un momento, el más joven en la sala sentía vergüenza, pensando en huir lo más rápido posible. No estaba acostumbrado a esos saludos europeos.
Cuando Bonnefoy se sentó, el canadiense se disculpó con la excusa de ayudar a la sirvienta Judith en la cocina. Por alguna extraña razón sentía un ligero cosquilleo en la palma de la mano, no se sentía normal. Tener ese sujeto cerca, a primera impresión era muy extravagante, no estaba acostumbrado. Era una sensación nueva. Lavó sus manos, pero esa sensación cálida en sus mejillas no se iba. Quién sería ese joven, por qué estaba allí, qué quiere el señor Saint James de ese francés y por qué se tenía esa sensación de déjà-vu con verlo.
–Joven Matthew ¿Se encuentra bien? Tiene el rostro sonrosado- dijo Judith, mirándolo preocupada.
–E-eh, n-no es nada- dijo tartamudeando, a veces lo hacía cuando estaba muy nervioso. – Vine a ayudarle a cocinar el postre. ¿Dónde están las demás señoras? –continuó hablando mientras tomaba un cucharon y un tazón. Haría macarons de chocolate.
–Tuvieron la tarde libre. No te preocupes yo me encargare del postre también- se me acerco y me quito los instrumentos de cocina- debería ser más sociable, así que vaya a compartir con las visitas del Señor.
–Pero, no sé si pueda, me cuesta hablar con personas nuevas y lo sabes- dijo volviendo a quitarle los instrumentos.
–Claro que puedes- le dio unas palmaditas en la espalda- ahora deja mi cocina, que siempre me haces pasar vergüenza cuando haces tus recetas.
–Creí que cocinaba bien…-dijo.
–Por eso, no te quiero aquí. Me quiero lucir ante ese primor francés y tu cocinas demasiado bien, no lo dije por mal querido deberías dejar de pensar siempre mal de ti mismo, ahora ¡Shu, Shu!– dijo, volviendo a quitarle los instrumentos.
–Ya, ya me voy-. Rio por lo jocoso del asunto- De verdad que eres una demente.
–Y usted es un pequeñito bebé aún. Ya salga, por Dios, que testarudo me has salido. Te mal críe demasiado.
Salió de la cocina y miró por el pasillo estrecho hacía la sala, suspiró cargado de nervios, él no era bueno conversando, seguro le harían muchas preguntas, o habría un tema que no conociera. Sin darse cuenta, sumido en sus pensamientos, ya estaba sentado en el sillón frente al señor Bonnefoy mientras miraba al suelo.
– ¿Cierto Matthew?
– ¿Qué? D-disculpe, estaba distraído, de qué hablaba.
– Sobre tu arte, al señor Bonnefoy le parece muy hermosa.
– Así es, tienes mucho talento, eh...
– Matthew.
– Sí, Matthew. Lo lamento, pronto aprenderé tu nombre- dijo sonriendo, de forma cálida.
– Muchas gracias.
– ¿Conoces a Paul Gauguin o a Rousseau? Son excelentes artistas.
– Sí, mi maestra me ha hablado mucho de ellos.
– Ellos han expuesto sus obras en mi galería de arte- dijo tomando un sorbo largo del vino rosado.
– ¿Los conoce en persona? ¡Eso es increíble!- exclamó con júbilo, adoraba el arte de Gauguin, su estilo era inspirado de él.
– Y eso es solo el principio. También, soy dueño de una de las compañías de teatro más grande de París, te mostrare todo cuando vayamos.
– ¿Eh?- dijo confundido.- A qué te refieres con ''vayamos''– pregunto.
– No sé cómo decirte esto Matthew…- interrumpió el señor James, hubo una pausa larga, exasperando a Matthew, el anciano paso su mano por el poco pelo blanquecino que quedaba en su cabeza- Estoy por cerrar la panadería- continuó- ya soy un anciano, hijo, no puedo más con este estilo de vida. Le comente al señor Bonnefoy que te ayudara en tus estudios y ha aceptado.
– Le propuse que fueras a Francia conmigo, realmente me gustaría explotar tu talento. Eres muy bueno con el arte impresionista y el estilo clásico, sería un honor ayudarte con todo. Incluso propuse que te fueras mañana mismo conmigo. Temprano iré al puerto para abordar, no será difícil conseguir un boleto en primera clase para que me acompañes- dijo el francés emocionado.
–Yo acepté por ti, así podrás salir de esta pequeña ciudad- El anciano sonrió- Es un trato, mañana a primera hora, después del desayuno partes con el señor Bonnefoy a París.
– Disculpen- mire a Judith- la cena esta lista.
– Oh, perfecto, celebremos que Matthew parte mañana mismo al puerto con el señor Bonnefoy y su mayordomo- se levantó, seguido del francés.
Matthew quedó estático. ¿Ir a Francia? ¿Con un desconocido? Además, el señor James había aceptado de forma tan rápida, como si deseara salir de un peso. Quizás me estaban vendiendo como esclavo o algo peor, aunque eso era exagerado, era difícil asimilarlo todo de otra forma. Se sentía horrible, como si no podía tragar tan descabellada noticia. No quería imaginar la vida lejos del pueblo en donde nació.
Sin entender bien cómo actuar ante los otros, ocultando lo más posible su desacuerdo, se levantó y dedico una mirada a Judith, pidiendo ayuda, pero ella solo se encogió de hombros, con el rostro lleno de preocupación, al parecer ella tampoco conocía las intenciones del señor James. En silencio ella caminó de largo a la cocina, dándome la espalda. De repente otra vez me sentía con ganas de desaparecer, todos seguían tomando decisiones por mí sin que pudiera hacer nada. La cena fue tranquila, se dio cuenta que el Francés era una persona coqueta, pero sin dejar de ser un caballero, siempre sabía que decir para hacer sonrojar a Judith cuando está se acercaba a traer comida extra a la mesa o hacer reír al viejo señor James, sobre todo sabía hacerlo sentir nervioso. Tal vez era por otra razón, quizás, porque alrededor de él se ve un aura extraña, una que le costaba descifrar. Sin darse cuenta Matthew se le había quedado mirando, cuando cayó en la cuenta de su atrevida acción percibió que también era observado. François con una sonrisa casi imperceptible lo miraba a los ojos, el francés era dueño de unos ojos tan azules como el cielo, tan diferentes a los que acostumbraba ver. Apenado, Matthew desvió la vista, prácticamente girando su rostro caliente hacia otro lado. Debía de estar rojo otra vez, porque Judith evitaba reírse mientras servía más vino.
Durante la noche, después de seguir escuchando sumiso lo que el señor James decía sobre el viaje, sobre las personas nuevas que el joven artista conocería, de escuchar al francés hablar sobre las hermosas mujeres que había allá, me guiño el ojo y yo solo me disculpe para salir de la habitación. No quería seguir oyendo más un transcurso de vida que no había elegido. No quería ser mal agradecido, era realmente un sueño estudiar en Francia, pero no se sentía lo suficientemente capaz de afrontar la realidad que le esperaba a la vuelta de la esquina. Todo era abrumador.
– Si me disculpan iré a descansar, uhm, espero que duerman bien- dijo Matthew en voz baja mientras se levantaba del sillón con rumbo hacia las escaleras.
– Buenas noches, descansa bien, mañana tendrás un largo día- dijo el señor James, alegre. –Como anciano, también me iré a dormir. ¡Judith!- Grito de repente llamando la atención del francés, quien miraba divertido la cotidianidad de la clase media baja. La sirvienta apareció de repente, con la boca llena de migajas de galletas. El francés soltó una risita, provocando que la joven se sonrojara mientras limpiaba su boca con su mano- Lleva a la visita a su habitación. Su mayordomo dormirá en el hostal del frente.
El canadiense subió las escaleras cautelosamente directo a su habitación, cual estaba en el ático. Recordaba que era el único lugar libre en toda la casa donde un chiquillo huérfano podría quedarse, para ese entonces cuando empezaba a vivir en la casa del señor S. James su hijo seguía quedándose los fines de semana en casa y aún luego de que esté se fuera completamente, aunque tuvo sugerencias de cambiarme de habitación decidió quedarse en ese lugar. De repente una idea para un cuadro llegó a su mente, había dejado su cuaderno de notas al lado de la mesa de café, en la sala de estar. Se giró un momento para buscarlo, pero se encontró frente a frente la imagen del señor Bonnefoy besando el dorso de la mano de Judith, quien estaba rojísima de la pena, prácticamente corrió escaleras abajo cuando el hombre la despidió con una frase que el joven canadiense no escuchó. Ahora simplemente ambos hombres se miraban, hizo un ademan de despedida, sonriendo como en la cena. No entendía que tenía ese hombre para atraer a todos en esa casa, incluyéndolo. Tarde en la madrugada seguía sin poder conciliar el sueño. Apretó fuertemente a kumijirito mientras miraba el collar de su madre sobre la mesa de noche, la luz de la luna entraba por la minúscula ventana de la habitación, estrellando su brillo contra el oro del dije. Aún conservaba aquella cadena que su hermano le había dejado cuando se fue hace doce años. Quizás seguía siendo un niño, no estaba listo para enfrentarse al mundo, realmente nunca fue tan independiente como lo era Alfred. Un recuerdo cruzo su mente, uno donde tenían 5 años y su hermano, quien era todo un rebelde, siempre le llevaba la contraria a las hermanas. Dejo salir de sus labios una risa sincera mientras estaba sumido en la nostalgia, pero, esa nostalgia se volvió tristeza al sentirse desamparado.
Bajó de la cama caminando hasta al primer piso, se colocó su abrigo de piel, pues hacía un frío de cojones afuera, pero cuando se entristecía prefería salir a pasear por los tranquilos parajes de su ciudad. Acostumbraba a eso hasta que le entraba el sueño, entonces regresaba a casa como un tempano y hielo, pero lo suficientemente cansado para morir sobre su cama. Frente a la casa vio al señor Bonnefoy fumar en una pipa con boquilla dorada, quizás de oro. El humo que expulsaban sus delgados labios eran espeso por el frío, en su imaginación estos se volvían nubes grises y tormentosas llevadas por el viento. La luna iluminaba toda la calle, haciendo que la larga melena rubia del hombre brillara suavemente mientras era mecida por la brisa de la noche.
– Señor Bonnefoy, disculpe el atrevimiento, pero, ¿Qué hace usted afuera tan tarde por la noche? Debería regresar y descansar- dijo el joven, su voz era casi un susurro.
– Creo que la pregunta debería ir para usted, petit Matthew. Un joven con un rostro tan bello debe descansar lo suficiente, sería un pena que tuviera ojeras como las mía– rio un poco– ¿Por qué ha salido? – calo de la pipa, exhalando el humo hacia la noche estrellada.
– No puedo dormir– murmuró.
– Que Curioso- dijo en un tono meloso- tampoco puedo conciliar el sueño. ¿Me harías el honor de acompañarme esta noche a dar un paseo? Me temo que no conozco el área y no quisiera perderme, no es tan tarde aun y pasear despeja la mente– el francés se había acercado, lo suficiente para que Matthew volviera a sentirse invadido.
– A-ah s-sí, uhm, claro – dijo en voz baja, intentando el menor contacto visual posible. François no dejaba de ponerlo nervioso.
Caminaron unas cuadras, bajando por la Avenue De Bourgogne, cerca de los parques verdosos, a un paso del boulevard George. Las calles empezaban a tomar vida con personajes nocturnos, parejas melosas sentadas en los bancos, algunos colegas que salían de los bares. Un ambiente más animado que las tranquilas calles de su vecindario, justamente la desierta calle de donde venían. El canadiense intentaba mantener una distancia prudente entre los dos, pero el francés parecía insistir en violar su espacio personal. Sintió su cuerpo alterarse, como la actitud de un gato al ser jalado por la cola, justo cuando la fría mano del francés acarició su nuca hasta el cuello. Asustado y engrifado por el contacto lo empujó provocando que el hombre cayera sobre su trasero.
– ¡Oh no, señor Bonnefoy discúlpeme, me ha sorprendido y actué por instinto– dijo mientras le extendía la mano, intentando ayudarlo a levantarse.
Cuando así lo hizo se limpió la retaguardia llena de hojas secas, el invierno no tardaría en llegar al parecer, pues las hojas rojizas y amarillentas sirvieron de almohada a su caída. – De verdad discúlpeme, no acostumbro a mucho contacto con los demás, y su mano estaba muy fría. Lo lamento.
– No tienes que disculparte pequeño, yo debo disculparme por el atrevimiento, debí prestar más atención a tu postura defensiva cada vez que me acercaba y no ignorarla. Perdona mi atrevimiento, pequeño.
Matthew soltó una risotada por los nervios, el francés curioso por la reacción le sonrió con una ceja alzada. El joven canadiense realmente era muy interesante, pero, sobre todo adorable. Después hubo un silencio. Ambos se miraron por un minuto, quizás François lo conto, pues ese joven había llamado demasiado su atención desde que se enamoró de sus cuadros. ''Vivir con él será de lo más interesante…'' pensó el rubio acariciando su poca barba dorada. Seguían el paso por la avenida hasta llegar a la orilla del rio Saint Charles. Matthew nunca había llegado tan lejos solo. Miro por el rabillo del ojo al señor Bonnefoy, quien miraba pensativo el rio, sin dejar de lucir alegre. Esperaba que Dios lo perdonara por pensar que un hombre era tan hermoso como lo era el señor François Bonnefoy, entonces entendió a Judith y su coquetería. El francés era muy atractivo, quizás como él deseaba ser algún día. Había algo deleitante en sus ademanes, sus aptitudes, su rostro varonil que de alguna forma u otra rozaba lo andrógino, su piel clara, sus ojos azul cielo, sus labios delgados y cuarteados por el frío. De repente le surgió un enorme deseo de plasmarlo en el lienzo, pintar por horas algo tan...
– Hermoso.
– ¿Disculpa? – dijo el francés mirándolo.
– E-el lago, es hermoso, ¿Verdad? – se excusó, estaba yendo demasiado lejos en su mente, nunca pensó que un hombre podría ser una musa, más tenía la urgencia de que posara para él algún día, con sus eternos ojos azules. Era como ver el cuadro John Everett, Juana de Arco, pero en versión masculina. Ni siquiera entendía que estaba pensando, quizás ya tenía sueño.
– Sí, lo es.
Otra vez un silencio incomodo reino en el lugar.
– El señor James acepto la oferta de llevarte conmigo mañana mismo para ir a Francia, pero, que dites-vous à ce sujet?*
-Je ne sé pas, monsieur Bonnefoy…*– hizo una pausa– Sabes, soy huérfano, y siempre soñé con pintar en parís, en Viena, en Roma, ser reconocido para encontrar a mi hermano gemelo, quien fue adoptado. Pero, yo nunca he salido de este país, en realidad, nunca he salido de Quebec. Me aterra la sola idea de que un día me acostumbre vivir en el extranjero y sin haber logrado algo, usted se decepcione de mí y entonces me regrese aquí. Cuando el señor James muera no tendría a dónde ir, él me recomendó a usted porque está enfermo, quizás cuando regrese no lo encuentre vivo. No sé qué hacer– empezaba a ponerse ansioso. Temblaba fuertemente por lo que se puso en cuclillas mientras abrazaba sus piernas, respirando agitado por la idea de no lograr sus sueños y que su hermano no lo viera. Necesitaba la fama para llegar a su hermano Alfred. – Y-yo d-desearía tener m-más tiempo para pen-pensarlo, pero, i-i-iré. N-no tengo d-de otra- gagueaba por el nerviosismo, ''ahí estoy, contándole mis secretos a un desconocido, y de paso gagueando como un niño'' pensó.
-Mon petit garçon*, le prometí que te iba a cuidar como el hermano que nunca tuve. Si deseas, a partir de ahora puedes llamarme Francis. Te prometo que nunca te abandonare– dijo sonriéndole, pero tenía el semblante preocupado– Quizás es muy pronto, pero he oído hablar tantas maravillas de ti que siento que te conozco desde que eras un infante. Así que, sería un gran placer para mí que vinieras a París, sé que te encantará, conocerás muchas personas, mi hermana estará encantada de tenerte con nosotros– decía el francés, intentando animarlo, pero el más joven no dejaba la postura. Miraba hacia el suelo mientras se abrazaba a sí mismo, pero lucía más relajado que antes.
– Matty, ¿Puedo llamarte así? – le miró con una ceja alzada, de dónde el francés había sacado la confianza para llamarme así. El único que le llamaba así era su hermano y Judith. Pero, ya no importaba. Sus temores, esos miedos de por medio ya no debían interponerse, por lo que asintió con la cabeza- ¡Qué bien! Petit Matty será, ¿Entonces, irás conmigo a Francia?
– Sí, iré – respondió lento, aún se sentía incómodo y atemorizado, pero, quizás con el tiempo las cosas cambien para bien, lo importante era que podría llegar a ser alguien, entonces así encontrar a su hermano.
Aclaraciones:
1. Oliver Twist; or The Parish Boy's Progress: es una novela de origen inglés. Sobre un niño huérfano, y su trágica vida.
2. Que dites-vous à ce sujet? * ¿Qué opinas?
3. Je ne sé pas, monsieur Bonnefoy* No lo sé, señor Bonnefoy.
4. Mon petit garçon* Mi pequeño niño.
