Capítulo III

Protège-moi

Sommes-nous les jouets du destin,

Souviens-toi des moments divins,

Planant, éclatés au matin,

Et maintenant nous sommes tout seul.

Perdus les rêves de s'aimer,

Le temps où on n'avait rien fait,

Il nous reste toute une vie pour pleurer,

Et maintenant nous sommes tout seul.

Placebo.

El viaje empezaba, era una nueva aventura, mirándolo desde el lado positivo, si se esforzaba y lograba sus cometidos, lograría encontrar a Alfred. A veces sentía que buscaba a alguien que quizás no quería ser encontrado. Pero, por Dios, era Alfred, su hermano mayor, el héroe, no creía que él fuera capaz de evadirlo.

Viajo con el señor Bonnefoy en primera clase, donde conoció a otras personas. La húngara Elizabeth Héderváry, de quien con el tiempo desarrollo una amistad muy cercana. El esposo de Elizabeth, el famoso pianista Roderich Edelstein. Dos alemanes pertenecientes al mundo de la automotriz, Ludwig y Gilbert Beilschmidt. Los hermanos italianos, famosos diseñadores de moda, Lovino y Feliciano Vargas. Incluso un inglés, quien parecía tener una relación de rivalidad con el señor François, Arthur Kirkland, un diplomático muy reconocido. Era una mezcla de personas que representaban de la forma más alta a sus países. Estaba ansioso y feliz de conocerlos más a fondo a todos. Los días que paso en el crucero hasta Francia fueron muy interesantes. Aprendió que el señor Bonnefoy era una figura pública, querido por su círculo de amigos. Deseaba llegar a ser como él. También, descubrió con el tiempo talentos que el francés no mostraba a todos. Como que era bueno con las cartas, cocinero experto, amante de la moda, aunque eso se notaba a leguas con su espectacular forma de vestir. Era simplemente interesante pasar un tiempo con todos.

Cuando empezó a vivir en Francia tuvo un choque cultural, a pesar que compartía el idioma y ciertas características, era muy diferente. Todo era más brillante y esplendido. Se inscribió rápidamente en la escuela de artes de parís. Incluso conoció a la hermana menor del francés, con quien no se llevaba del todo bien al inicio, pero luego desarrollaron una amistad muy fuerte. Elizabeth le visitaba siempre que podía, también para ver a Julie Bonnefoy, la hermana de Francis. Ella era igual a su hermano, pero delicada, dulce, atenta y sobre todo preciosa. Cuando empezó a crecer había ido a fiestas y galas con su mentor, aprendiendo todo lo posible de él.

Con el tiempo logro ser reconocido como un excelente impresionista, sus pinturas eran vendidas, su arte valorado, exceptuando la academia de arte que no aprobaba ese estilo, según ellos, vulgar. Por fin estaba logrando todo lo que deseaba, y lo mejor es que seguía teniendo una amistad muy íntima con su mentor, por quien iría hasta el fin del mundo si se lo pidiese. No quería decir que estaba obsesionado con él, aún tenía en sus entrañas el deseo de que un día posara para el con trajes de caballero, sobre un caballo o como si fuera a la guerra, quizás hasta desnudo, no era algo nuevo desde que empezó a vivir con él y su hermana. No sabía si era algo el país, pero ellos andaban por la casa como Dios los trajo al mundo. Si la hermana Cosette le viera, le reprendería fuertemente y lo obligaría a rezar quién sabe cuántos Ave María o Padre Nuestro. Esas cosas le ponían un poco avergonzado, pero con los años era lo más normal. Ambos, a pesar de ser amantes del vino y de la comida gourmet poseían una figura casi envidiable. El admiraba su forma de ser.

Una tarde de verano, cuando la hermana del francés se encontraba fuera de la mansión, François le llamo para que lo encontrara en el jardín. Un jardín cuidado, lleno de flores y árboles de naranjo. Allí vio que tenía una especie de picnic. Sonrió, compartiendo un ameno momento con el hombre, hablando de política, las artes y la caza. Cuando la tarde cayó lo suficiente como para iluminar todo con un tono naranja, el mayor le tomo de la mano.

– Matty, petit, necesito un favor– dijo el francés un poco nervioso, su rostro estaba sombrío, sobre todo serio.

– Claro, lo que sea por usted– respondía apretándole las manos.

– Necesito que te cases con Julie, entenderé si no deseas. Ella es mi hermana mayor, y realmente deseo que consiga el éxito, pero como mujer, ser emprendedora en estos tiempos tan descarados le ha resultado tan difícil. Necesito que seas su pareja de apariencias, es por negocios nada más.

– Espera, ¿Qué? – le soltó las manos, impactado y enojado por la petición. La adoraba a ella como le adoraba a él, pero esa propuesta era simplemente precipitada.

– Ella sabe de esto, no estoy casándola a lo oculto, tampoco quiero que seas tú– mordió su labio– quien se case con ella, pero, mon petit*, necesito tu ayuda en esto. Hazlo por ella.

– Necesito pensarlo, por favor…– dijo el canadiense.

– Comprendo. Esperaré tu respuesta– le dio unas palmadas en la mejilla y se levantó del suelo, caminando hacia la mansión.

Ese era un problema, no quería comprometerse. No había pensado en el matrimonio. Había cumplido parcialmente sus metas, no quería pensar en matrimonio. Tenía 25 años, era un hombre hecho y derecho, pero seguía siendo el mismo de siempre. Casto hasta las orejas y tímido a más no poder, por lo que nunca estableció una relación amorosa con otra persona. Era un paso enorme. Salió a caminar, una vieja costumbre cuando no podía dormir o concentrarse.

Lejos, miró al señor Kirkland, quien salía de un bar muy acaramelado con… ¿un hombre? ¿Que no era eso ilegal? Curioso, se acercó lo más posible y vio mejor al hombre que le ayudaba a mantenerse de pie. Era parecido a él, un poco más alto, pero llevaba lentes con cristal circular, y reía con un deje pegajoso. No podía ser él. Imposible, era demasiado extraño todo lo que ese día sucedió. Se regresó a la mansión de los Bonnefoy, el mayordomo le recomendó alistarse para cenar, pues vendrían visitas. Eso era muy extraño, visitas en esa época del mes.

Aclaraciones:

Mon petite* Mi pequeño, mi niño.