We Got Married

Capítulo II

"Ese suceso"

Los días pasaban con una rapidez abrumadora, haciendo que la promesa de su mánager acerca de tener una semana libre, quedara totalmente en el olvido. En el momento en el que se decidió el lanzamiento de su nuevo disco, fue inevitable que se encontrara nuevamente ahogado en trabajo: ensayos coreográficos, pruebas de sonido y una nueva rutina de ejercicios; eran los causantes de su fatiga.

Una mezcla de dolores burbujeaba en su cuerpo, haciéndole imposible identificar el paradero de cada uno. Quizás estaba próximo a morir y él ni enterado, ¿cómo dudar lo contrario cuando le dolía hasta el alma? No podía dar un paso sin sentir una punzada de dolor en los muslos, los músculos de sus brazos palpitaban resentidos cada vez que arrastraba su maleta y sus abdominales lloraban adoloridos cada que respiraba o se inclinaba. Eso, sumado a los leves escalofríos que experimentaba su cuerpo, claramente podrían ser signos de una enfermedad terminal que él desconociera. Al parecer, parte de su mente parecía no ser consciente de que se encontraba en Rusia, en pleno invierno y con la época decembrina a cuestas.

Hacía ya rato, esa leve barriga que se cargaba había desaparecido, dejando en su lugar un abdomen ligeramente marcado; abdomen que Celestino deseaba marcar aún más. Para él, no era suficiente que tuviera cuatro cuadritos perfectamente visibles, no, él quería el six pack. Poco o nada parecía importarle a su mánager que sus genes asiáticos estuvieran poco dispuestos a colaborar con esa meta.

Agradecía que hoy fuera el día en el que se trasladarían a Corea. Tener la posibilidad de, al menos, poder dormir un poco en el avión; era algo que subía un poco su apabullado estado de ánimo. La posibilidad de dejar de sentir el malestar que anidaba su cuerpo, aunque sea por un par de horas, era un pensamiento sumamente tentador. El mismo que usó para decidirse a tomar un par de aspirinas y dirigirse a la zona de abordaje.

Subirse a un avión no era una tarea precisamente sencilla, más si tu cuerpo se encuentra en un estado tan deplorable. Y ahora, a eso, se le sumaba el hecho de estar casi tan ciego como un topo; eran cosas que convertían una tarea casi cotidiana en una hazaña colosal. Comenzaba a sentirse sofocado por la cantidad de gente que lo rodeaba y sus lentes de pasta azul no querían aparecer por ningún lado.

—¡Yuuri, por aquí! —le gritó su mejor amigo sacándolo de sus pensamientos, obteniendo miradas reprobatorias por parte de los demás pasajeros—. ¡Celestino nos consiguió puestos conjuntos! —informó sacudiendo la mano en el aire para que el japonés pudiera localizarlos más fácilmente. El mencionado le brindó una sonrisa algo forzada a la mota turquesa con cabello negro que suponía era su amigo, antes de comenzar a caminar hacia él. Sabía que, si se sentaba al lado del menor, sus planes de dormirse se irían al caño a hacerle compañía a la tranquilidad de su espíritu. Phichit, por mucho que lo apreciara, tenía la mala costumbre de hablar hasta por los codos.

—¿Por qué no te sientas en la ventana? —le ofreció la chica del grupo, jugueteando levemente nerviosa con uno de sus cortos mechones negros. Sabía que lo que más querría su líder, sería tomar unas merecidas horas de descanso; y ciertamente el joven tailandés parecía un volcán en erupción, deseoso de derramar sus pensamientos en los cansados cuerpos de sus compañeros.

Una sonrisa cómplice se extendió por los labios del japonés, siendo consciente de la valiosa oportunidad que le brindaba Isabella. Sin mediar palabra, se sentó en la ventana, permitiendo que la joven ejerciera de barrera entre él y las habladurías de su mejor amigo.

Reclinó su asiento lo más posible y cerró los ojos, sintiendo satisfactoriamente como sus músculos se relajaban rendidos ante la inmovilidad.

—¡Yuuri! —el disgusto hizo acto de presencia en su rostro, ¿por qué tenía que llamarlo a él? Isabella también estaba a su lado, ¿cuál era su afán en impedir que se reuniera con su único y onírico amor? Cerró los ojos con más fuerza dispuesto a ignorar el llamado.

—Yuu~ri —volvió a llamarlo, alargando de forma exagerada la "u" de su nombre.

No pudo evitar suspirar, exasperado, antes de responder.

—¿Qué sucede? —inquirió con la mayor amabilidad que su cansancio podía permitirle.

Los leves pinchazos de un objeto plástico contra su brazo lo obligaron a girar la cabeza, topándose de frente con ese objeto que había estado buscando toda la mañana. Dirigió una mirada a su amigo antes de extender la mano, para tomar los lentes que se ponían ante él en bandeja de plata.

— Los dejaste en el estudio ayer, ya puedes dormirte Romeo —informó burlonamente. "¿Cómo molestarse con un ser así?", se preguntaba el asiático claramente agradecido de recuperar la visión.

Isabella, captando la situación, decidió poner comienzo a la efímera hibernación del japonés; mientras ella se sumergía con Phichit en una lista de chismes recién salidos del horno sobre las parejas de la temporada anterior de We Got Married.

El sueño de Yuuri tardó más en llegar de lo que él y sus compañeros tardaron en llegar Corea, ¿cómo concentrarse en dormir cuando tenía un análisis de su futuro justo al lado? Desde estilistas agresivos hasta romances prohibidos, todo esto sin una confirmación oficial por parte de la productora. Por razones obvias, cada cosa indebida que pasaba, era un secreto a voces. ¿Qué pasaba realmente por debajo de la mesa?, sólo los más allegados lograban enterarse, siendo él uno de los afortunados. Era gracias a que tenía por amigo, al sujeto al que los chismes le llegaban calientes como si de pan recién salido del horno se tratasen. Sólo bastaba que algo ocurriese, para que el teléfono del tailandés sonase con un resumen preciso y conciso de lo sucedido. Mentiría si dijera que no había disfrutado en muchas ocasiones de esa ventaja.

Al aterrizar en el aeropuerto de Seúl se encontraba igual o más cansado que cuando partió de Rusia. Fue recibido por Celestino, quien no tardó ni dos minutos en informarles el horario programado; haciendo hincapié en la nueva rutina de ejercicio que había logrado programar para la próxima semana, con uno de los mejores entrenadores personales de la industria coreana. Logró que lágrimas imaginarias se deslizaran por los jóvenes rostros que estaban frente suyo.

—Les hice reservaciones en el Paladino, tienen el resto del día libre, yo tengo que ir a reunirme con la productora. Hay un taxi esperando afuera, vayan al hotel y luego hagan turismo, si así lo prefieren —informó, analizándolos con la mirada—. No es por nada, pero parecen cadáveres andantes, me da lástima solo verlos. Si salen, asegurense de arreglarse bien —reprochó al momento que los guiaba hacia el transporte mencionado—. Especialmente tú Yuuri, si vas a salir ponte un poco de maquillaje, realmente te ves acabado —mencionó obteniendo como respuesta un bufido ofendido del joven.

Una sonrisa triunfal se instaló en sus labios en el momento en el que llegó al hotel, sitio que era un claro sinónimo de la palabra descanso, al menos en su diccionario. Le pareció interesante el hecho de que la decoración navideña se limitára a un gran pino en el recibidor, era agradable que el ambiente formal se mantuviese pese a la fecha.

Tras inspeccionar el lugar se despidió vagamente de sus compañeros para dirigirse a su habitación, agradeciendo no tener actividades extenuantes programadas para los próximos días. Quizás las llamadas "vacaciones navideñas" habían hecho alboroto en la mente de sus patrocinadores discográficos, gracias a las constantes quejas de su mejor amigo.

Era relativamente libre y apenas eran las doce del mediodía. Su cuerpo se encontraba tan entumecido por el cansancio que no le dejaba a su mente mucho margen de maniobra, más allá de mandar órdenes a su organismo para que buscara un sitio de descanso. Decidió obedecer gustoso a esa parte de su cerebro que le rogaba se entregara, sin pudor alguno, a los brazos del esquivo Dios del sueño por un par de horas. Se sacó los zapatos mientras se recostaba sobre su mullida cama, cerrando los ojos al momento que sentía el estrés drenarse lentamente de su cuerpo.

Eran apenas las siete de la noche cuando despertó, debatiéndose entre tres apetecibles opciones para pasar la velada: pedir servicio a la habitación y mirar un poco de televisión; pedir servicio a la habitación y continuar leyendo ése interesante libro que había comprado en Rusia con la intención de mejorar su comprensión del idioma; o podía simplemente pedir servicio a la habitación y volverse a dormir luego de comer.

Sea cual sea el plan, siempre empezaría por pedir comida. Claro, también había opciones que escapaban de sus manos; siendo un claro ejemplo de ello, la posibilidad de que su mejor amigo tratara de obligarlo a ver todos los capítulos posibles de las recientes temporadas de We Got Married mientras se atiborraban de comida. Sin embargo, esa perspectiva no se le hacía tan mala si podía descansar en el proceso. Con ese pensamiento en mente, sonrió decidido a volverse a dormir por al menos una hora más.

—¡Yuuri! —gritó el tailandés entrando a la habitación con violencia, sustituyendo el estado de relajación del japonés con una taquicardia nerviosa. Yuuri, quien se encontraba cada vez más cerca de volverse a reunir con Morfeo, dio un salto en la cama y le dedicó una mirada no muy amigable a su compañero; al momento que se ponía una mano en el pecho para comprobar que su corazón seguía latiendo.

—¿Qué? —entonó de mala manera, tratando de regularizar su respiración al momento que enfocaba parte de su concentración en desaparecer parte de la sensación de sorpresa de su cuerpo.

—¡Hoy es Navidad! —declaró el moreno como si eso explicase su presencia en el lugar. Se le acercó con una deslumbrante sonrisa en los labios, al momento que lo tomaba de los hombros, ignorando su creciente mal humor.

—Aprovechemos esta noche, Isabella está casi lista, solo faltas tú. Vamos a Terra Incógnita, es uno de los bares más exclusivos de Seúl y uno de mis amigos de Instagram me acaba de decir que puede conseguirnos reservaciones para esta noche —suplicó con sus ojos negros resplandeciendo de emoción.

El japonés suspiró, comenzando a ceder ante el capricho de su amigo, ¿cómo negarse a semejante entusiasmo? Era comprensible que quisiera celebrar la Navidad, y presumirla en redes sociales, como el digno joven de diecinueve años que era. En todo lo que llevaban de amistad, era constante ver al japonés cediendo ante el ímpetu arrollador del moreno.

Un bufido exasperado escapó de su labios al momento que se tiraba de espaldas a la cama, arrastrando de forma inconsciente al menor con él. Éste, al momento del impacto, no hizo otra cosa sino sacarle el aire al ya cansado japonés.

—Además... hoy es el cumpleaños de cierto ruso, ¿sabes quiénes estarán ahí esta noche para celebrarlo? —insinuó juguetón al momento que se levantaba de encima del azabache, ganándose una mirada interrogativa por su parte.

No esperó una respuesta a la pregunta y continúo hablando.

MorfEros y Ágape —evidenció, sabiendo cual sería el primer pensamiento que pasaría por la cabeza de su amigo.

"Me ganó", fue lo único que el líder de Crystal Heart pudo pensar antes de asentir derrotado. Era claro que ser vistos en público con sus presuntos rivales en la industria y posibles parejas en el programa, agitaría a los medios. No obstante, su motivación para acceder a la propuesta, recaía en un hecho más simple, pero no por ello menos importante. La oportunidad de ver a su ídolo en persona era un suceso que no ocurría todos los días. Le sorprendía un poco el hecho de aún no haber tenido la oportunidad de dirigirle la palabra, pese a los múltiples eventos donde asistieron con sus grupos.

—Está bien —accedió sonriendo con amabilidad—, me cambiaré —informó dirigiéndose a la maleta que había sido dejada antes de su llegada, en la pieza—. Dile a Isabella que pida servicio a la habitación para los tres —solicitó despachando al moreno de su cuarto.

Sus ojos viajaban de un lado a otro, sintiéndose nervioso ante la perspectiva de lo que prometía la velada. Sacudió la cabeza, decidido a enfriar sus pensamientos, así fuera necesario congelarse bajo el agua fría de la regadera. Ducharse a tales temperaturas aparentemente había traído los resultados prometidos, pues se sorprendió gratamente cuando sus nervios lo dejaron colocarse calcetas pares y cada zapato en el pie correcto.

Se vistió con lo que le pareció más adecuado para el momento: botas militares, un jean oscuro levemente ajustado, camisa a botones negra, insinuantemente abierta en la zona del pecho, dejando a la vista sus clavículas. Completando el look, peinó su cabello hacia atrás y se puso sus característicos lentes de pasta azul. Posteriormente, fue a reunirse con sus compañeros para tomar una pequeña merienda antes de dirigirse al club, apegándose a la regla del buen bebedor: "no beber con el estómago vacío".

Al llegar al famoso local, fueron recibidos por Leo de la Iglesia, un joven americano de ascendencia mexicana, que estaba comprometido con el hijo de los dueños; siendo que la pareja era gran amiga del integrante más joven del grupo.

—Siéntanse como en su casa —declaró el joven, guiando a sus invitados hacia la zona reservada del local. A pesar de no ser fanático de las fiestas, ni del alcohol, el japonés tenía que admitir que esta era una oportunidad que pocas veces tenía. A pesar de ser el líder, vocalista y bailarín principal de la agrupación Crystal Heart, podía contar con los dedos de las manos las veces que había logrado entrar al área V.I.P. de sitios tan exclusivos como ese.

Sus ojos viajaron en sincronía con sus latidos, por todo el club; el cual contaba con tres pisos, encontrándose ellos en el tercero. Todo el complejo poseía suelos de madera oscura, paredes color vino y varias decoraciones en dorado que se extendían a lo largo del lugar. La imagen del sitio estaba pensada para representar la ropa tradicional tailandesa, usando de inspiración los típicos trajes imperiales. El típico pino navideño resplandecía a un costado de las escaleras de caracol; siendo la variante del árbol, una blancura impoluta resaltante en el ambiente. Armonizaba con el mismo, gracias a las luces color vino que lo decoraban. La música que resonaba por el lugar era una delicada mezcla entre la tradicional de dicho país y el pop coreano, dando como resultado una sensual melodía con una exquisita variación de velocidades. Invitaba a sus oyentes a contonear las caderas, al ritmo de los sutiles tambores de fondo.

La electricidad en el ambiente era palpable, se sentía acelerado y ni siquiera había puesto un pie en la pista de baile. Miraba rostros difusos moviéndose a su alrededor, buscando de forma inconsciente un punto en el que enfocar la mirada. Casi como si tratase de hallar algo. ¿Era el sonido de la música? ¿O quizás buscaba algún rasgo familiar en ese mar de cabezas? Incógnitas que surgían en su mente al intentar buscar una razón lógica a su comportamiento, intentando encontrar una respuesta diferente a la que ya tenía.

—¿Cómo está Hong? —inquirió el tailandés sentándose en uno de los sillones de cuero rojo que ocupaban el lugar—. Oh, deberíamos sacarnos una selfie primero, hace tiempo que no nos tomamos una foto juntos —sugirió al momento que se sacaba el celular del bolsillo con la intención de obligar a los presentes a posar de forma "casual".

Tomó la fotografía, asegurándose de que se captara claramente el sitio en el que se encontraba.

"Club Terra Incógnita, área vip #Martini #BebedorSocial #YuuriKatsuki #IsabellaYang #LeoDeLaIglesia #GuangHong #25DeDiciembre #MerryChristmas"

Escribió para postear la foto en su red social favorita.

—Bueno, sus padres no están del todo contentos con su elección de matrimonio —confesó su anfitrión suspirando cansinamente—. Esperaban que se comprometiera con alguien perteneciente a alguna de las grandes corporaciones chinas, pero lo aceptaron porque de cierta forma les conviene. Después de todo, mi familia tiene una parte importante de sus negocios dirigidos al entretenimiento público —no pudo evitar hacer una pausa, al momento que se tiraba desanimado en uno de los sillones del lugar—. No creo que lo vean esta noche, sus padres lo enviaron como aprendiz a un viaje de negocios en Shanghái —terminó de decir con una sonrisa melancólica, dejando en claro que uno de los mayores pesares de un enamorado, era pasar dicha fecha sin su otra mitad.

—No te desanimes Leo —pidió el tailandés, colocando una de sus manos en el hombro contrario, en un gesto conciliador—. Es Navidad —declaró, causando el efecto contrario al deseado, pues una mueca herida se deslizó por la faz del joven.

—Al menos nos tienes a nosotros, podemos hacer una despedida de solteros cuádruple —prosiguió la única mujer del grupo, con sus ojos azules brillando de forma traviesa, provocando que el japonés se ahogara con la bebida que estaba consumiendo y comenzara a toser ante la declaración. Casi olvidaba que el motivo de su paso por Corea era contraer nupcias por un año.

Una mirada de preocupación general se posó sobre él, la cual despachó con un leve gesto de manos indicando que se encontraba bien. Les dedicó una "cálida" sonrisa que contrastaba asombrosamente con lo que pensaba, pues realmente se encontraba maldiciendo en su interior.

Debía admitir, que su incomodidad había nacido momentos atrás. Se mostraba tenso desde antes que el comentario saliera a la luz, sacando a colación el tema sobre el que se negaba a pensar.

¿Cómo no sentirse incómodo? Si su cabeza volteaba, de un lado a otro como Regan. Negándose a recibir órdenes.

Su espalda estaba totalmente recta y su pie derecho se movía de forma ascendente cada dos segundos, haciendo un sonido similar al de las agujas del reloj. Se quejaba por lo bajo, sabiendo que el motivo de tal movimiento no provenía de sus ganas de bailar.

—Después de todo, en dos semanas conoceremos a nuestros futuros esposos o esposas. Aprovechemos de hacer una celebración doble, una despedida de solteros con temática navideña —la joven retomó la palabra con un arrollador entusiasmo.

Cuando pensaba en una despedida de solteros, pensaba en una escena parecida a la película Qué pasó ayer. Pero ni estaban en Las Vegas y, a excepción de Leo, ninguno de ellos se iba a casar realmente. Decidiendo limitarse a la cotidianidad, pidieron una ronda de bebidas; planteándose como objetivo, lograr un encuentro fortuito con algunos de los miembros de las agrupaciones presentes en el bar.

—¡Ahí está Seung-Gil Lee! —avisó de forma nada reservada el tailandés, ganándose una mirada reprobatoria por parte de su mejor amigo.

—Phichit... La idea era discretamente hacer contacto con ellos —puntualizó Isabella, levemente nerviosa por la forma en la que su líder se palmeó la frente, exasperado.

—Tonterías —replicó el moreno, determinado—, hasta tenemos una foto juntos en Instagram —informó acercándose hacia el coreano, arrastrando al manojo de nervios que era su mejor amigo, con él.

—¡Seung-Gil! ¡Feliz Navidad! —saludó efusivamente, tomándolo del hombro.

El mencionado le dirigió una mirada indiferente, para luego dirigir sus ojos hacia el azabache.

—Tiempo sin verte Katsuki —soltó, ignorando olímpicamente al joven que lo había saludado—. Me encantaría quedarme a conversar, me da la sensación de que sería bueno ponernos al día, pero tengo cosas que hacer —dijo antes de marcharse.

—Me ignoró... —murmuró el moreno con aire triste.

—No se preocupen por él —ambos giraron sorprendidos hacia la voz que se acercaba por la derecha—. No es muy sociable —puntualizó nada más y nada menos que Christophe Giacometti, bailarín y vocalista de MorfEros. Un joven alto, con el cabello teñido de amarillo (cosa notoria gracias a las raíces oscuras en el mismo). Sus brillantes ojos verdes tenían un aspecto burlón gracias a la notable espesura de sus pestañas.

Giacometti era conocido principalmente por su salto hacia los reflectores con su sencillo como solista novato, Intoxicated. Una canción cargada de sensualidad y contenido sexual, otorgándole al suizo de forma permanente una imagen bañada de erotismo adulto. Convirtiéndolo al instante, en un importante sex-symbol del momento.

—Por otro lado, ha pasado un tiempo desde la última vez que coincidimos, Yuuri —insinuó refiriéndose ahora al líder de Crystal Heart, al momento que le propinaba una sonora nalgada.

—C-Chris —chilló el asiático con una extraña mezcla de sorpresa y vergüenza—. No ha pasado tanto tiempo, seis meses quizás —recordó retomando la compostura.

—Qué mal amigo, eso es una eternidad y ni siquiera me deseas felices fiestas cuando me ves —acusó el rubio con fingido dolor.

No pasó mucho tiempo para que las agrupaciones se encontraran, formándose una amena reunión entre algunos de los integrantes de los tres grupos, tal como había planeado el tailandés desde que estaba en el hotel.

Crystal Heart se hallaba completo; de igual forma que Ágape contaba con sus únicos tres miembros. Fue una sorpresa para Yuuri ver al Yuri ruso cara a cara; siempre se lo habían descrito como un pequeño demonio y no podía negar que fuera de esa manera cuando el joven tenía un carácter de los mil demonios, el cual contrastaba de forma asombrosa con su apariencia angelical. No por nada fue bautizado como "El hada rusa" en su debut: su brillante cabello rubio, armonizaba con sus delicadas facciones, resaltando sus resplandecientes ojos verdes. Sin duda lo hacían merecedor de tal apodo.

La inevitable decepción de japonés fue creciendo a lo largo de la noche, cuando se hacía cada vez más evidente la ausencia de cierto platinado en el lugar. Dejando al grupo MorfEros incompleto, sólo se hallaban cuatro de sus cinco integrantes.

La cuestión era simple, no todos los días tenía la oportunidad de hablar con su ídolo. Si él no se encontraba ahí, poco sentido tenía quedarse. Él había sido su motivación para ir, ¿qué haría ahora? Beber y bailar en la pequeña pista V.I.P, definitivamente no era una opción.

Ya cansado del sofocante ambiente, decidió abandonar con lentitud la estancia. Quería encontrar un lugar solitario para recomponerse del cúmulo de contradicciones que albergaba en su cuerpo. Rodeado de música y gente ebria, su cabeza daba vueltas como una brújula, con la intención de suplir a la misma en su búsqueda. Era inevitable que la pregunta que solía hacerse cada vez que estaba en una situación así, no resonara en su cabeza:

"¿Dónde está el maldito baño?"

El único sitio silencioso en un antro, ruidoso sólo cuando pasa de su propósito original a ser el nido de amor de parejas fogosas. Recordaba perfectamente la vez que pasó una hora encerrado en uno de los cubículos gracias a una pareja de exhibicionistas. Humillante fue el momento en el que tuvo que llamar a su mejor amigo para que lo sacara del aprieto; pues, luego de una hora, la pareja parecía dispuesta a seguir con otra sonora ronda más.

Estaba tan perdido en sus cavilaciones que, antes de siquiera darse cuenta, ya se encontraba sentado en uno de los cubículos del baño, recostado contra las frías baldosas de la pared.

—¿Viste a Víctor hoy? —inquirió una voz femenina rompiendo el silencio, sacándolo al asiático de sus pensamientos. Hablaba emocionada, al momento que el sonido de un pequeño cierre hacía eco en la estancia.

Había dos opciones para ese resultado: o los baños de Terra Incógnita eran mixtos, o se había equivocado de baño. Iba a apostar por la primera opción, se negaba a creer que había cometido el mismo error tres veces. Detuvo todos sus movimientos cuando fue consciente de quién estaban hablando. "¿Había mencionado algo de Víctor? ¿Ese Víctor?"; se preguntaba, resistiéndose a la tentación de asomarse para ver con más claridad a las mujeres.

— ¿Cómo no verlo? —cuestionó su compañera, como si la pregunta fuese insólita—. Si cada día está más bueno, está para comérselo —declaró, haciendo una pausa para colocarse lápiz labial.

Había mandado su resistencia al carajo, sin ser consciente de ello. Se hallaba ahora pegado a la puerta, que había abierto levemente sin siquiera darse cuenta, para ver por la rendija de la misma. Demostraba nuevamente que, en definitiva, su cuerpo y su mente iban por carriles totalmente distintos esa noche.

—Hoy le deseé felices veinticuatro y apenas y me dio las gracias —suspiró frustrada, la chica que asumía, había hablado momentos atras—. Es tan frustrante. Ni siquiera parpadeó ante mis encantos y eso que me salieron caras —rezongó alzando su busto para exhibirlo ante su compañera. Le fue inevitable soltar un suspiro de sorpresa, puesto que la chica parecía la hermana perdida de Jessica Rabbit, diferenciándose únicamente en el color de su cabello y ojos. Estaba seguro de que era una de esas famosas bellezas rusas, pues el cabello rubio y los ojos azules, eran técnicamente el canon de belleza en dicho lugar. Lo había confirmado en el momento que llego allá y se topó con chicas así, llenando los anuncios publicitarios. Además, la marcada acentuación de las "r" le recordaban a Víctor en sus primeros años en pantalla, quedando inicialmente limitado a papeles extranjeros por su marcado acento.

— ¿No será gay? —inquirió la otra, recostándose levemente en el lavabo. Su aspecto era un claro opuesto de la apariencia de su compañera: cabello y ojos negros, atributos poco prominentes que destacan sus rasgos asiáticos. Fácilmente podría definirse como una chica linda e inocente por su porte delicado.

Una bufido escapó de la chica de prominente busto.

—Obviamente no, tengo una amiga que me asegura que es una fiera en la cama —confirió, bajando su tono de voz, sumamente emocionada—. Esa es una de las razones de que lo haya estado buscando esta noche... Pero al parecer no anda muy dispuesto —se lamentó, suspirando sonoramente—. Una lástima, mi amiga dice que la tiene enorme.

¿Era necesario que se enterara de estas cosas de su ídolo? Porque sí, definitivamente estaban hablando de ese Víctor; dado que él mismo había sido testigo de cómo Christophe Giacometti esparcía esa habladuría para jugarle una broma al ruso. ¿Con qué cara lo vería ahora? Era normal que las estrellas tuvieran tales rumores, el mismo poseía varios, pero debía admitir que le resultaba desagradable escuchar tal intercambio de chismes en primera persona.

—Tú viniste por Víctor y yo vine por el líder de Crystal Heart —confesó pechos pequeños, provocando un grito ahogado en el espía azabache.

"¿Yo?", pensó extrañado. Era lógico que sus fans sintieran atracción por él, pero nunca imaginó que tendría groupies detrás de sus pasos.

—¿Yuuri Katsuki? —inquirió la chica operación, extrañada.

—Sí —afirmó su amiga, con mirada soñadora—. Es tan lindo, dicen que cuando se emborracha su actitud cambia completamente... Quería emborracharlo un poco y llevarlo de paseo —explicó lanzándole un guiño cómplice a la Jessica Rabbit rusa.

Por un momento, tuvo la tentación de salir y explicar ese malentendido. No era cierto que él cambiara de actitud cuando bebía; siendo que solo se había emborrachado una vez en público, no era suficiente para probar algo así. No dejaba de preguntarse, de dónde habían sacado tal cosa.

La carcajada de pechos grandes resonó, moviendo a sus niñas de silicona de forma chistosa.

—Ya vámonos, Chris nos está esperando. Puedes aprovechar y buscar a tu Yuuri en el camino —sugirió divertida, guiando a su amiga fuera del lugar.

La puerta del baño se cerró, hundiendo al japonés en la incomodidad del descubrimiento. Estaba siendo cazado por una mujer sin nombre (ni pechos), ¿debería sentirse halagado?

Un gran suspiro escapó de sus labios. Se supone que hoy sería el gran día en el que conocería a su ídolo y en cambio estaba encerrado en un baño, escuchando las libidinosa conversación de dos mujeres. Simplemente patético. Estaba tan sumido en sus pensamientos, que no se dio cuenta de que el baño había sido ocupado nuevamente.

Se llevó las manos al rostro, intentando aguantar las lágrimas que querían salir de sus cansados ojos. ¿Por qué se sentía tan mal en medio de una fiesta? Debería estar afuera disfrutando como todos en lugar de estar en un baño, sentado en un retrete, escuchando estupideces.

Escuchando estupideces mientras a su perro se lo comían los gusanos. Mientras Celestino comía chocolates y él estaba a dieta, comiendo insípidos trozos de lechuga. Mientras su ídolo estaba paseándose por el lugar y él lloriqueaba sin siquiera saber, con exactitud, porqué lo hacía.

De forma inevitable, llegaron a su mente los pensamientos que tuvo después de su último concierto. Ya no era ese niño, pero él no había hecho nada para dejar de serlo. No hizo nada para ser quien era ni para ser quien una vez quiso ser, ¿realmente se merecía estar en el lugar en que se encontraba? Todo se basa en las decisiones, pero... ¿Él realmente se hallaba ahí por su decisión? O, simplemente, ¿había sido por omisión?

Preguntas que de momento no tenían respuesta a ciencia cierta. Si se hubiera negado, quizás no estaría ahí ahora, tal vez estaría en París o seguiría en Rusia. Podría estar realizando una serie al momento que apoyaba a sus amigos con el reallity, y así no verse desposado con alguien que ni siquiera conocía. Aún si todo era fingido, no dejaba de ser incómodo.

En eso estaba, tratando de retener su llanto, cuando su cubículo fue abierto de una patada, causando que las lágrimas que amenazaban con salir de sus ojos se detuvieran en seco. La mueca rabiosa de cierto rubio fue lo primero que sus ojos captaron, haciéndolo dar un respingo.

"El delincuente ruso"; pensó, recordando fugazmente el apodo con el que se conocía al adolescente fuera de su patria. No ayudó el hecho de que el rubio cerrara la puerta de golpe, para alejarse de él.

No parecía un buen momento para salir, pero no es como si tuviera muchas opciones, ¿lo había escuchado? Absurdo, pues las lágrimas no llegaron a salir de sus ojos y de sus labios apenas había salido un quejido.

—¿Qué hacías aquí? —interrogó el vocalista de Ágape molesto—. ¿Eres de los que corren a esconderse en el baño a llorar? —lo atacó, al momento que le dirigía una mirada difícil de definir. El desagrado palpable en sus orbes y la forma arrugada de su nariz, lo hacían sentir como si fuera basura.

—En este mundo, los débiles son arrastrados por la corriente —continuó en un hilo de voz, afincando ambas manos en el lavabo. Dejando que la molestia de su rostro fuera visible para el contrario, al verse reflejada en el gran espejo del baño.

Pareció pensar su siguiente frase, mirando fijamente a su impresionado y desorientado tocayo.

—No es necesario que haya dos Yuris en la industria —gruñó alejándose del espejo y enfrentando al asiático—. Los incompetentes como tú deberían retirarse —manifestó acercando su rostro al del japonés, al momento que parecía tomar aire en sus pulmones—. ¡IDIOTA! —gritó por fin, para salir enseguida, asegurándose de azotar con fuerza la puerta.

Un silencio penetrante se apoderó del lugar, dejando que el incesante goteo del lavabo hiciera eco en la consciencia del hombre en el baño.

—Tiene razón —aseguró recostándose de uno de los cubículos, al momento que dejaba salir un suspiro cansado de sus labios.

"Incluso si yo me retirara... Habría miles de jóvenes mucho más talentosos que yo, dispuestos a ocupar mi lugar"

Con eso rondando su cabeza, salió lentamente del lugar. De alguna forma, ya la frialdad de la cerámicas no le confería tranquilidad. Ahora, le otorgaban un desagradable sentimiento de soledad, que le golpeaba el estómago como si se tratase de agua helada.

El bullicio del bar se mezclaba a su alrededor de forma desagradable, mareándolo levemente. Se concentraba en sentir el latido de su corazón en los oídos, sincronizando de forma robótica sus movimientos, buscando de forma inconsciente un lugar más calmado.

Quizás debería irse ya, su ídolo no estaba por ningún lugar. La pelea con el vándalo ruso, había logrado terminar de matar las nulas ganas que tenía de disfrutar la noche y no quería terminar la velada siendo drogado por una mujer desconocida. Era consciente de que lo último era, más que nada, una excusa. Quería aplicar, lo que solía decirse a sí mismo en esas circunstancias, "si no tienes razones para quedarte, es mejor que busques motivos para irte".

Subió un piso, visualizando uno de los balcones del lugar. Se acercó al mismo, viéndolo como el sitio perfecto para permitirse perderse unos instantes en sus pensamientos y quitarse al menos un poco la pesadumbre que lo embargaba.

Sintió el aire fresco chocar contra su rostro, permitiéndole llenar sus pulmones. Cerró los ojos dejando que la sensación de paz lo invadiera.

No pudo evitar dirigir la mirada a un costado, cuando sintió que no estaba solo. Apenas logró eludir que un grito de sorpresa escapara de su garganta, dejándolo como un gemido ahogado.

Recostado levemente sobre la baranda, con una mueca melancólica decorando su rostro, se encontraba el ruso que invadía sus pensamientos esa noche.

Titubeó sin saber qué decir, sintiendo la emoción anidar su cuerpo, llevándose por primera vez el malestar que lo había acompañado toda la noche. De las miles de cosas que podría haber verbalizado, no escogía ninguna. Quizás podría (o más bien, debería) empezar por felicitarlo por su cumpleaños veinticuatro. Si no sabía cómo continuar la conversación (como habitualmente le pasaba), podrían entrar a territorio seguro y hablar de su último disco, como compañeros que eran en la industria. Y tal vez, sólo tal vez, su ídolo por fin le expresara sus pensamientos sobre su propio trabajo.

Todo su esfuerzo, siendo reconocido por el hombre que era su inspiración...

No se percató, en medio de su indecisión, de la mirada interrogativa por parte del sujeto frente a él.

—¿Quieres una fotografía? —preguntó el individuo con una sonrisa inocente.

No se percató del puñal que acaba de enterrar de forma sanguinaria en el pecho del contrario, destrozando en menos de dos segundos la poca autoestima que había logrado construir a lo largo de los últimos años.

—Está bien, me gusta complacer a mis fans —puntualizó, sin saber que con estas palabras se defecaba en el espíritu del asiático.

Sin decir palabra alguna, el joven dio media vuelta y se fue del lugar, tratando de mantener a raya el abatimiento que ganaba terreno en su cuerpo.

Ciertamente, en los casi cuatro años que llevaba de trayectoria, no había logrado ganar ningún reconocimiento. Pese a la popularidad que caracterizaba a su grupo desde el momento que se dio a conocer, al no lograr casi nada, era comprensible que su ídolo no estuviera ni enterado de su existencia. Si él mismo parecía no recordar la existencia de los premios que había ganado en los últimos años; no era raro, que otro no lo hiciera.

Qué humillante... Fui un tonto al pensar que podría conocerlo como un igual.

Pensó, dando apertura al oscuro círculo de negatividad en el que solía sumergirse en ese tipo de situaciones, ¿a dónde ir ahora? Se preguntaba, siendo consciente de la inexistencia de lugares pacíficos en el recinto. Su primer escondite, era ahora un lugar manchado de maltrato; y el segundo, siendo que apenas alcanzó a dar un respiro en el mismo, se hallaba marcado como cuna de la decepción que apretaba su pecho. Se negaba a quedarse un minuto más en ese lugar.

—¿A dónde vas? —preguntó su mejor amigo, al verlo tomar sus cosas para irse.

—Ya es tarde y de verdad estoy cansado —se excusó, dirigiéndose a la salida del local, sin siquiera dignarse a ver el rostro preocupado de su compañero. Atravesó el umbral del establecimiento, sin ser consciente del ritmo acelerado de sus pasos.

Definitivamente soy un tonto.

Pensó al momento que cruzaba la calle, siendo sacado de sus pensamientos, por el sonido estridente de una bocina.

Lo siguiente que sintió fue el impacto de un auto chocar contra su persona.

De forma automática, un alboroto se armó frente del local. Gente que se debatía a gritos desesperados y nerviosos, sobre lo que deberían hacer. La seguridad del lugar no tardó ni cinco minutos en identificar quién fue la víctima. Actuando rápido, se contactaron con los responsables del herido e informaron a la ambulancia y a la policía de la situación que se acababa de desarrollar.

—¡Phichit!, ¡Isabella! —les llamó un joven de cabellos rubios con un mechón rojo, entrando al local.

—¿Qué sucedió? —preguntó uno de los mencionados saliendo del área V.I.P., habían escuchado el alboroto que se armó con el accidente y un mal presentimiento les había embargado el cuerpo.

—Yuuri-kun está... —dijo sin terminar de hablar, confirmando las sospechas de los otros dos jóvenes.

No necesitaron más palabras. Salieron corriendo a donde se produjo el incidente, encontrándose con un leve rastro de sangre y los lentes del azabache rotos a un costado del manchón.

Antes de que la ambulancia se lo llevara, la mujer del grupo preguntó cuál sería el hospital al que lo trasladarían. Tomó al tailandés del brazo insistiendo es que no debía ser él quien lo acompañara en la ambulancia, ya que seguro se vería envuelto en trámites legales que requerían ciertos consentimientos que debido a su edad no le permitirían rellenar. El joven, vencido, anotó de forma apresurada la dirección que le dictó la chica. Vio cómo ella se alejaba en la ambulancia mientras él y Minami detenían un taxi.


—Tiene mucha suerte, no fue nada grave —aseguró el doctor mirando los exámenes médicos en sus manos—. Sólo tiene una leve contusión y una fisura en una de sus costillas —continuó, logrando que el alma volviera al cuerpo de los reunidos ahí.

—Tenemos al sujeto detenido —informó el policía que había atendido el incidente.

—Por favor deme su número —Celestino había llegado al lugar antes de que Phichit terminara de formular la palabra "accidente"—. Tenemos que conversar este asunto con la producción del programa, así que a más tardar en tres días le informaré sobre las acciones legales que tomaremos al respecto.

—¿Podemos pasar a verlo? —preguntó el tailandés irritado, le molestaba que el tema de conversación girará en torno hacia los negocios y no hacia el estado de salud de su amigo.

—Debo informales que máximo pueden pasar dos personas a verlo. Recomendamos haya alguien constantemente en la habitación, pues cuando despierte seguramente le agradará ver un rostro familiar. Habitación 2224 —informó el doctor, alejándose de los presentes.

Las horas pasaban, sumergiendo a los acompañantes en la típica desesperación que reina en la habitación de los hospitales. La tensión en el lugar fue sustituida rápidamente por nerviosismo cuando comenzaron a escuchar el balbuceo típico de un recién despertado, seguido de un llanto ahogado.

—Busca a los doctores —ordenó Isabella sentándose a una orilla de la cama de su líder, en un intento nervioso de calmar su llanto.

No pasaron ni dos minutos antes de que el doctor ingresara a la habitación, seguido del tailandés.

—Doctor dígame la verdad —pidió en un chillido el joven paciente. El doctor le dirigió una mirada interrogativa y su paciente continuó hablando, presa de las lágrimas—. No volveré a caminar, ¿verdad?

—Yuuri, el impacto afortunadamente fue leve. Tu columna vertebral y tus piernas no se vieron afectadas por el mismo —respondió el médico de forma calmada.

—Pero... no siento las piernas —chilló lastimeramente, ahogándose en llanto.

—Eso probablemente se deba a los calmantes que te colocamos —respondió el doctor con una sonrisa divertida en su rostro. Cuando sus pacientes despertaban de la anestesia, de forma inconsciente se imaginaban lo peor.

—Entonces... ¿podré volver a bailar? —preguntó disminuyendo levemente el nivel de llanto, mientras sentía cómo sus ojos comenzaban a cerrarse con pesadez.

—Efectivamente, el accidente no tendrá repercusiones en tu carrera —informó con cierta alegría. Le encantaban los días en los que podía dar buenas noticias, ya que no ocurrían tan seguido.

—Bien... —murmuró Yuuri antes de que sus ojos se viraran hacia atrás, desmayándose nuevamente.

Pasaron dos días en la misma rutina: el joven se despertaba, lloraba por sus piernas y volvía a caer dormido con la tranquilidad de que solo había tenido una pesadilla.

El tercer día fue también el más extraño. Finalmente los calmantes habían sido suspendidos y, pese a las indicaciones de los doctores de que ya el alta podría ser dada; la insistencia de su mánager y de la disquera habían logrado que el proceso de hospitalización llegara a los ocho días. La filmación del reallity había quedado aplazada cinco días, pues, se había planeado comenzar a grabar ese mismo día, 28 de diciembre, para usar el 31 como una excusa para hacer una dinámica de pareja con todos los concursantes. Por fortuna, no se le había especificado a los medios el día en que comenzarían las grabaciones, sólo se había dicho que sería esa semana. Claramente habría algunos fanáticos decepcionados al no ver tal fecha célebre, en el programa.

Se hallaba aún dormido, cuando tuvo uno de los sueños más raros que podía recordar: Celestino aparecía con una canasta de frutas y el cabello recogido en una diadema de tela, cayéndole en cascada por los hombros, como una bailarina de los videos musicales de Cindy Lauper. Le explicaba que se quedaría cinco días más en observación para asegurarse de que su contusión no fuera nada serio. Además, le decía que estarían colocando dosis de calcio, para asegurar y acelerar la recuperación de su costilla.

Grande fue su sorpresa cuando, esa misma tarde, apareció Celestino con la dichosa canasta de fruta y ese peinado horrendo en su cabeza, informandole que los días de tortura serían efectivamente aumentados. Le dejó una sensación de déjà-vú, acompañada de una creciente extrañeza. Nunca había visto al hombre con tal peinado, hasta ese día.

Tal sensación se volvió constante en los dos días siguientes, siendo que pudo soñar con momentos exactos, que ocurrían minutos o horas después de haberlos soñado. Quizás algo malo estaba ocurriendo con él, tal vez la contusión cerebral habia sido más grave de lo que creía en un inicio.

No podía ver las cosas antes de que pasaran.

¿Verdad?


Desde el momento en el que abrió los ojos, supo que su séptimo día en el hospital, sería también el peor. ¿Qué más deprimente que pasar el 31 de diciembre en una cama de hospital? Sumando el hecho, de que no estaba verdaderamente enfermo y que bien podría estar en su habitación de hotel; usando de excusa su recién adquirida lesión, para evitar que Phichit o Isabella tratasen de sacarlo a pasear, como si de un perro se tratase.

Cuando el sabor sin sabor de la comida de hospital tocó sus papilas, deseó que, al menos, tuvieran la consideración de darle una comida decente ya entrada la noche. Debía admitir que extrañaba celebrar año nuevo con su familia. Habían pasado cinco años desde la última vez que estuvo en su hogar y aún podía recordar con claridad el sabor de la comida, haciendosele agua la boca, de sólo imaginar a su madre preparándola.

Escuchaba, como si estuviera ahí en Japón, el sonido del Joya No Kane proveniente del templo más cercano, deleitándose con el olor a mar que comenzaba a rodearlo. Con tales sensaciones que lo embargaban, su cuerpo parecía desvanecerse, dando paso a la incosciencia.

No pudo evitar preguntarse, en el último vislumbramiento de racionalidad, si realmente estaba quedándose dormido o estaba teniendo alucinaciones; pues se encontró reviviendo el recuerdo del año nuevo en el que cumplio doce años.

Se podía ver a sí mismo (como si un film casero se reprodujera en su cabeza), revoloteando alrededor de su hermana mientras paseaban en el lugar. Le parecía inverosímil el poder oler las frituras en el aire y sentir la brisa refrescar su cuerpo, siendo que él no estaba siendo más que un espectador.

No pudo evitar sorprenderse cuando vio a su hermana ponerle un sello en la parte trasera del cuello, a modo de broma, siendo que él no recordaba eso. ¿Sería acaso un hecho aislado en su memoria?, Además de ello, no recordaba estar tan relleno en aquél entonces. Era extraño verse a sí mismo con tanta nitidez; logró captar el sonrojo de sus mejillas regordetas hacer juego con el rojo de sus labios pegajosos, producto de las manzanas acarameladas que solían encontrarse en esos festivales y que a él le encantaba comer.

Lo que más le extrañó fue la sensación que había tenido al "despertar", puesto que no sintió ese letargo característico que seguía a tal actividad. Le parecía que la escena frente a sus ojos simplemente había cambiado y ni siquiera había tenido que parpadear en el proceso.

No podía negar que comenzaba a sentirse angustiado por los sucesos de los últimos días, siendo que ésta vez (estaba seguro), no era su tendencia hipocondríaca hablando por él.

Su día finalizó mejor de lo que había esperado. Tras la llegada de un extenso mensaje de parte de su familia, pasó el resto de la noche comiendo delicatessen con sus compañeros de equipo. Para su sorpresa, ellos habían rechazado una pase V.I.P. al concierto de MorfEros, para pasar esa fecha a su lado.


Se encontraba recostado, marcando la fecha en la que se encontraba en su nueva agenda: primer día de enero y al fin su salida del hospital.

Estaba concentrado en eso, pensando en la alegría de por fin salir de ese lugar, cuando pasó.

Sintió por breves instantes la sensación de que todo a su alrededor se había paralizado. Ni siquiera el sonido del reloj de pared llegaba a sus oídos, sumiéndolo en un extraño estado de irrealidad.

Frente a sus ojos comenzó a correr una escena como sacada de la película mal ordenada de sus sueños: era él en la habitación que ocupaba, recibiendo la noticia de que sería dado de alta, cuando una de las enfermeras tiraba accidentalmente encima suyo el florero que se encontraba a un lado de su cama.

Y como si el tiempo hubiera empezado a correr nuevamente, de forma tan misteriosa como se había detenido, miró cómo el doctor entraba sonriente a su habitación dispuesto a darle el alta.

—Bueno señor Katsuki, aparentemente no tenemos nada más que hacer con usted ⎯dijo el doctor, provocando que un escalofrío recorriera violentamente la espalda del japonés. Estaba escuchando las mismas palabras que le había dicho el doctor en su... ¿sueño?, quizás pesadilla o visión, tal vez era una premonición; la verdad no sabía qué palabra usar para definirlo.

Pasados dos segundos y, sabiendo lo que venía, atrapó de forma inconsciente el florero que la enfermera le acababa de tirar encima.

—¡Vaya! Con esos reflejos, puedo asegurar una exitosa recuperación —exclamó el doctor con alegría.

No estaba dormido, estaba total y absolutamente despierto.

"Esto no es bueno, esto no es normal, esto no es sano".

Pensó tratando de mantener la calma, mientras se obligaba a buscar una solución lógica para tal desenlace.


hola, gracias por leer y comentar

ciao