We Got Married

Capítulo III

"Visiones"

El joven se miró por milésima en su espejo de mano, no era el hombre más guapo del mundo, pero desde su punto de vista tampoco estaba tan mal. De hecho, hasta podría considerarse atractivo o por lo menos atrayente: 1.80 de estatura, piel aceitunada, quijada fuerte y una musculatura digna de un cadete militar, brindándole un aspecto tosco y algo intimidante. Desafortunadamente, desde su punto de vista, su ancha nariz y sus muy pobladas cejas eran algo que resaltaba a la vista. Guardó el espejo en su bolsillo trasero, soltó un gran suspiro y se acercó con paso decidido hacia la joven que se encontraba a unos cuantos metros de distancia, leyendo distraídamente lo que parecía ser un cómic asiático.

Disculpa… —murmuró cerca de la joven, al momento que trataba de ver el contenido de su lectura con disimulo.

La chica pegó un chillido de sorpresa y se levantó de golpe dejando que el pequeño libro cayera de sus manos, quedando ahora abierto en el piso dejando comprometedoras imágenes a la vista, "que vergüenza" pensó escondiendo el rostro entre sus manos.

Lo siento —Pidió agachándose a recoger el libro con el rostro tan rojo como un tomate. Si había algo que no esperaba ver el joven referente a la lectura, era tales actos eróticos y algo bruscos entre dos hombres.

Gracias… —respondió la chica tímidamente, tomando el libro entre sus manos, para posteriormente aprisionarlo contra su pecho con creciente vergüenza. Pasó, con delicadeza, un mechón de cabello color chocolate por detrás de su oreja, analizando con sus ojos violetas al sujeto frente a ella.

Se sentó frustrado en medio de la oscuridad, no había conseguido dormir en toda la noche y se negaba a levantarse hasta conseguir al menos una hora de descanso. Desde que despertó en el hospital su problema de ansiedad había empeorado, su insomnio había regresado y su nada extraña tendencia depresiva se había intensificado. Apenas habían pasado cuatro días desde que se le dio el alta.

No es que el accidente le haya dejado tales secuelas. Físicamente no había obtenido grandes lesiones, más allá de fisurarse una costilla y tener una leve contusión en la cabeza; podría decirse se encontraba en perfecto estado de salud. Sin embargo, ahora se encontraba aquejado por cortas visiones (o lo que sea que fueran esas cosas). Le daba la sensación de que todo el daño que debió haber recibido su cuerpo lo había recibido su mente, quitándole lentamente la poca cordura que le quedaba.

Odiaba usar esa palabra definirlo. Desde cualquier punto que lo viera, era algo que sonaba totalmente absurdo, pero eso era lo que eran. Tenía visiones de momentos futuros o, en contadas ocasiones, pasados.

Podía llegar a tener siete micro-visiones a lo largo del día, aunque bien podría ser sólo una. No contaban con una cuota determinada por jornada, simplemente ocurrían. Se planteó muchas veces contarle a Phichit e Isabella sobre ello, conteniéndose de hacerlo, porque sabía que lo más probable era que lo tomaran por loco y lo obligaran a ir a un psicólogo. Decidió ahorrarse los problemas y optó por quedarse callado, ocultando esa anomalía lo mejor posible hasta que se le ocurriese alguna solución, si es que esta existía.

Consideró la posibilidad de arrojarse nuevamente a un auto en movimiento para "arreglar" el problema; pero, desgraciadamente, las posibilidades de supervivencia no estaban a su favor.

Ahora se hallaba atormentado por la inusual historia de amor de una pareja: cómo se conocieron, comprometieron y casaron. Se sentía capaz de diferenciar a cada una de sus tres hijas, a pesar de ser trillizas. Podía recitar, sin temor a equivocarse, el nombre de sus cuatro perros en orden alfabético. Es más, si su vida dependiese de responder cuál era el culposo gusto de la esposa por determinada literatura, tenía la certeza de que se salvaría. Sabía a la perfección cómo ésta le insistía a su consorte constantemente para leer esas historias juntos, haciendo a su pobre marido memorizar todos los términos utilizados en el "omegaverse" y en el denominado yaoi: alfas, betas y omegas, o semes ukes y sukes, respectivamente.

Se levantó de su cama, molesto, apartando las sábanas que cubrían su cuerpo con brusquedad; como si fuesen ellas las culpables de su falta de sueño. Puso los pies en el piso aceptando (por fin) el hecho de que no conseguiría sus preciados segundos con Morfeo.

Se dirigió al teléfono resuelto a desahogarse. Si no podía dormir, al menos conseguiría pasar la tarde más improductiva de los últimos años, siendo su lesión la excusa perfecta para dedicarse a ello.

Tomó el aparato entre sus manos, decidido a romper su estricta dieta por al menos un día. Plan que fue aplazado en el momento en el que su mano entró en contacto con el plástico. Sintió su conciencia desvanecerse, como si su cuerpo hubiera dejado de tener forma física. Convirtiéndose en un espectador omnipresente del cortometraje que se reproducía en su cabeza:

¡Detén el ascensor! —escuchó un grito grave a su espalda, presionando de forma instintiva el botón que mantendría la puertas abiertas para que el individuo pasara.

Gracias —dijo el desconocido respirando apresuradamente, denotando el esfuerzo físico que le había costado el llegar ahí. Estaba escondido bajo una mascarilla negra, una gorra y unos lentes de sol. El hombre levantó la mirada, inspeccionándolo de arriba abajo a través de los oscuros cristales—. Tú debes ser mi futuro esposo —aseguró sonriendo seductoramente, o al menos eso teorizó el azabache cuando la mascarilla que portaba se movió, tensándose en los extremos.

"Inquietante". Fue la primera palabra que surgió en su mente, para describir lo que había sentido después de su pequeña visión. ¿Cómo ese desconocido podía asegurar eso como si nada? Le parecía irritante el hecho de que, con apenas un vistazo, asegurara tal cosa. Bien podría haber sido parte del staff y no un participante. Un hombre sin dudas impulsivo, así era aquél sujeto.

Suspiró cansado y miró el calendario que se encontraba frente a él. Mañana sería el día, el día en que le cortarían las alas y lo esposarían a un completo extraño. Éste prometía ser un año largo; pues, aunque no fuese un matrimonio real, tendrían que actuar como tal. Eso implicaba vivir juntos en una misma casa y compartir habitación como todo buen matrimonio suele hacer.

Tal como se había prometido, pasó la tarde más improductiva de su vida. Comió como un cerdo y acompañó a su mejor amigo en sus momentos de fangirleo, mientras dejaba que el menor le mostrase las mejores escenas de la última temporada de We Got Married.

También había dejado que el joven lo iluminase en su oscuro panorama, pues sabía exactamente cómo se realizaba el programa. Para su sorpresa, ninguna de las parejas se conocía realmente delante de cámara. Todas se conocían en la sesión fotográfica obligatoria antes de comenzar a rodar. Para el público, las parejas no eran sorpresa alguna y los productores necesitaban lanzar con tiempo buenas imágenes que se quedaran impresas en las retinas de los fanáticos. Usaban a las parejas como la imagen de un naciente romance para atraer a los fanáticos al programa.

Vendiendo amor como si fuera un producto, usando de slogan semejante sentimiento, para obtener ganancias monetarias. ¿Realmente quería formar parte de eso? Ni siquiera tenía que preguntárselo para saber la respuesta.

No, no quería ni imaginar ser parte de un espectáculo así, donde su intimidad quedara expuesta y fuera utilizada con fines meramente propagandísticos. Pero ya era demasiado tarde, estaba a horas de comenzar con todo ese teatro y ya no había forma de echarse para atrás, no sin recibir una demanda multimillonaria por incumplimiento de contrato.

No supo en qué momento se quedó dormido. Al parecer, su no-elaborado plan de pasar el día despierto (aunque muriese de sueño), para en la noche poder dormir sin siquiera tener que intentarlo; dio resultado.

Se sentó, sintiéndose descansado e inusualmente fresco. Cuando ya se encontraba totalmente despierto, pudo sentir un leve calor que hundía el lado derecho de su cama. Giró la mirada encontrándose con su amigo en el último sueño. Literalmente en el último porque, aunque había intentado llamarlo en un tono alto para despertarlo, éste ni siquiera se inmutaba. Sin verdaderas ganas de levantarse, e inundado por un inusual sentimiento de paz, volvió a recostarse al lado del joven.

Aunque no llevasen precisamente tantos años de amistad, podía decir que lo conocía de toda la vida o por lo menos así lo sentía. Se habían conocido en la universidad, encontrándose el japonés en sus últimos años, mientras su compañero se hallaba apenas comenzando la carrera. A pesar de los años que se llevaban y del tiempo que estuvieron separados tras la graduación del mayor, habían logrado formar un lazo que no parecía fuese a romperse con facilidad.

Admiró por un momento la imagen que el moreno le ofrecía; a pesar de estar dormido, podía sentir el aura juguetona y alegre provenir de él. Se sintió nostálgico al recordar las veces en las que habían estado de esa manera, como si fuesen niños luego de una pijamada.

No podía evitar preguntarse si este año, ese lazo de amistad saldría fortalecido o sería perjudicado con el cambio de rutina. Ciertamente, el estar 'casados' y encima tener que complacer a la productora, mostrando su supuesta relación al mundo, sería algo que afectaría su tiempo de manera sorprendente. A eso se le sumaba la salida de su nuevo CD, siendo el punto estresante, el no saber la fecha de lanzamiento. Después de su accidente, hubo un re-estructuración de agenda, de la cual aún no había sido del todo informado.

De cierta forma, eso último no era tan malo. Las letras que tenían pensado escoger para esa producción no le inspiraban la más mínima gana de querer entonarlas. A pesar de ser él mismo el compositor, sabía que eran basura.

Eran genéricas, huecas, vacías; no había sentimientos en ellas. No expresaban nada más allá del típico cliché que suelen expresar las canciones de amor. Las canciones del álbum estaban específicamente diseñadas para tener distintas interpretaciones de ese típico "te amo, pero…", mismo que podía tener significados como: "te amo, pero tú no me amas"; "te amo, pero tú lo amas a él"; o el eterno e insufrible "amarte me hace daño".

¿Es que el amor tenía que ser un suplicio eterno y sin sentido? No esperaba que fuera perfecto, pero las palabras en esas canciones reflejaban personas que parecían contentas sufriendo por el gusto de poder hacerlo. ¿El dolor era mejor que vivir sin amor? Aferrándose a relaciones sin futuro. Eso le parecía un poco… Bueno, tampoco es que fuera un experto en esas cosas como para poder juzgar a alguien por ello.

Él nunca había experimentado ese tipo de amor de pareja, incluso podía decir que tenía alguna especie de vacío emocional. No tenía ninguna historia de amor arrolladora, o al menos significativa. Si analizaba cómo habían terminado todas sus relaciones, eran todas un frustrante "no me dejas conocerte". Siempre le decían esa o alguna frase parecida al momento en el que terminaban con él.

Quizás eso explicaba en cierta medida su reciente incapacidad para componer. Él solía inspirarse en distintos aspectos de su vida que, al ponerlos en contextos más empáticos y sugerentes, daban a lugar letras llenas de emociones; permitiéndole sentir cada palabra al momento de cantar.

Desde hacía un tiempo para acá se sentía vacío, como si fuese un fallo en el sistema que debía representar. Tenía la sospecha de que todo había iniciado en los Grammy del año pasado, en los que a pesar de ser nominados, su grupo no obtuvo ningún premio. Pensaba que ahí había comenzado a sentir esa desagradable sensación que le embargaba el cuerpo. Sin embargo, si se detenía a analizarlo, no había sido ahí. Lo que sucedió en ese momento fue que, el nudo que llevaba mucho tiempo oprimiéndole el pecho, había llegado a su punto límite; rompiéndose y dejando que esa angustiante sensación se extendiera por todo su cuerpo.

Su problema no había comenzado ahí, ese simplemente había sido el momento exacto en el que se volvió mierda. Siendo ese el adjetivo perfecto, para describirse a sí mismo en esos momentos. Expresándose de una forma tan contundente, como vulgar, y es que no podía ponerlo de otra forma. Finalmente había cedido a la presión, convirtiéndose en un desastre tanto emocional como sentimental, que sufría ataques de ansiedad con más frecuencia de la que le gustaría.

Se había perdido tanto en sus cavilaciones que no notó cuando Phichit despertó, para comenzar a desglosarlo con la mirada, mientras meditaba sobre lo que su mejor amigo le permitiría hacer por él.

—Pensar tanto te dará dolor de cabeza —le reprendió—. Lo que es, es; y lo que no fue, no fue —comentó de con ligereza, esperanzado de haber dado en el blanco respecto a las cavilaciones del japonés—. Sinceramente, no sé en qué estás pensando y dudo que quieras decírmelo —tuvo que admitir—. Pero recuerda, eres mi mejor amigo y estoy aquí para apoyarte. Tú siempre me has escuchado por más insignificante que sea, yo haré lo mismo —aseguró dándole un golpecito con uno de sus dedos a la frente de su amigo.

El japonés no pudo evitar soltar una risa amarga.

—Es difícil responder algo que ni siquiera yo mismo sé —replicó, zanjando el asunto. Realmente no estaba mintiendo, él en verdad no sabía el porqué de su estado emocional. Podría decir muchas cosas, sin embargo, ninguna de estas tenía el peso suficiente para dejarlo tan destruido.

Ambos se vieron interrumpidos en sus recientes vacilaciones por el golpeteo y posterior apertura de la puerta.

—Me alegra que estén ambos aquí —acotó su mánager entrando a la habitación—. Comiencen a prepararse, salimos en una hora; pueden comer en el camino si no les da tiempo de hacerlo aquí. Me disculpo por el cambio repentino de planes, pero surgieron asuntos en la productora, así que debemos comenzar antes con el itinerario.

Sin tener nada que reclamar, ambos jóvenes hicieron lo que se les ordenó, alistándose. Decidieron por último comer algo en el camino hacia la productora, ya que el tiempo verdaderamente se les había agotado.

—El itinerario de hoy consta de dos partes, bastante simples pero elaboradas —comenzó a informar una vez los tres jóvenes de la agrupación terminaron de comer—.La primera será la entrevista previa que se realiza antes de conocer a sus parejas y la segunda la sesión fotográfica promocional donde conocerán a las mismas.

—Suena fácil, pero algo me dice que vamos a estar aquí todo el día —repuso Isabella. Todos le dieron la razón, este prometía ser un día largo.

Las pruebas de vestuario para las fotos ya representaban una batalla de varias horas, y no es que fuese un trabajo totalmente desde cero; sus medidas habían sido tomadas y enviadas, ya los trajes hechos a medida estaban listos. No obstante, sí sería la primera vez que se colocarían la ropa, permitiendo ver si los colores seleccionados les lucían o los apabullaban.

—Yo iré a terminar de aclarar unos detalles. Phichit e Isabella, ustedes irán al piso de abajo a comprobar las medidas de los trajes; Yuuri, tú serás el primero en ser entrevistado.

Sin más que hacer, el japonés se dirigió al piso superior. Había puesto un pie dentro del elevador cuando esa ya casi familiar sensación de déjà-vú le recorrió el cuerpo.

—¡Detén el ascensor! —escuchó un grito grave a su espalda. Suspiró sabiendo lo que seguiría. A diferencia de que, esta vez, marcó el botón de cerrar puertas.

Quizás el desconocido era una buena persona que hasta podría llegar a agradarle. Pero, si iba a perder su libertad a su lado, bien podría molestarlo un poco por eso. Escuchó cómo la persona que le había pedido impedir el cierre de las puertas se aceleraba con fuerza hacia el ascensor.

—Gracias —escuchó de la misma forma que 'antes', con la leve diferencia que esta palabra había sido dicha con un deje sarcástico y no con verdadero agradecimiento como en la 'primera' ocasión.

—Lo siento, no sé coreano —"descarado"; completó Yuuri mentalmente, mientras miraba cómo el otro lo evaluaba de los pies a la cabeza. Sin poder evitarlo, apartó la mirada de su desvergonzado escrutinio, sintiéndose nervioso.

—Tú debes ser mi futuro esposo —le comentó el extraño con voz animada. Estaba seguro de que estaba sonriendo, aunque no lo pudiese comprobar debido al tapabocas que cubría la mitad de su rostro.

—Entonces lo mejor será que no hablemos. Por desgracia parece que ya sabes cuál es mi rostro, pero para la suerte de ambos no me atrae la idea de ver el tuyo. Además, me gustaría mantenerme ignorante sobre el rostro de mi futuro esposo al momento de hacer la entrevista —sabía que estaba siendo algo cortante, pero le molestaba que lo mirara como si lo estuviera evaluando. Se sentía expuesto ante una mirada que ni siquiera podía ver, debido a los lentes del sol que el otro portaba y eso lo exasperaba.

—Wow! Respuestas sarcásticas, este matrimonio promete ser emocionante —dijo el desconocido, colocándose un dedo sobre los labios de forma pensativa.

El azabache soltó un bufido irónico.

—Yo no aseguraría eso, el que nos hayamos topado en el ascensor no es indicio de nada —comentó entrando en una actitud distante.

Por más tímido e inseguro que fuera en su vida cotidiana, los años que llevaba en la industria lo habían llevado a descubrir una manera de camuflar sus pensamientos. Ésta era una personalidad casi distinta, que le había permitido sobrevivir a aquellos que querían pasar por encima suyo o aprovecharse de él y su buena voluntad innata. No era algo totalmente inventado, pues sí había salido de él y no de una mera imitación de alguien más. Era como una mitad de su ser: en un segundo, pasaba de ser el tímido, asustadizo y nervioso "Yuuri Katsuki", para ser el carismático y atrevido "Eros" (aquel dios griego de nombre sugerente). Y ahora era el momento perfecto para que "Eros" se defendiera y marcara algunos límites para su 'querido futuro esposo'. Si no lo hacía ahora, quizás después no podría hacerlo.

—Además, estoy seguro que lo más afortunado que te podría pasar es no ser mi pareja, no tienes pinta de poder contra mí —murmuró, deslizando las palabras mientras acorralaba de forma casi imperceptible al extraño contra la pared del ascensor—. No me gusta que me analicen ni que me hagan insinuaciones —su rostro se acercó, susurrando, en lo que en su mente podría ser un gesto amenazante. Sin embargo, para cierto joven, era todo lo contrario.

El platinado tragó en seco, agradeciendo la mascarilla, la gorra y los lentes de sol que cubrían su identidad (salir a la calle era toda una odisea para su persona). El joven asiático le soltaba palabras con insistencia, que para sus oídos no era más que una dulce melodía de fondo. No estaba seguro de lo que le estaba diciendo, pero tenía la certeza de que se había sonrojado. ¿Desde cuándo el otro era tan demandante, si hace unos días lo había dejado solo como si no fuera nadie?

Su mente le decía que se detuviera un momento a analizar el lenguaje corporal del muchacho; mientras sus hormonas de forma sencilla le gritaban: este es pa'mí.

Si se hubiera detenido a hacer lo primero, quizás habría notado el leve temblor en los ojos del contrario o el casi imperceptible tic que aparecía de forma repentina en uno de los costados de sus labios. Y, sin lugar a dudas, habría visto cómo cruzaba sus brazos de forma firme frente a su pecho, en un inconsciente intento de proteger su espacio personal. Sin embargo, decidió seguir a sus hormonas, como muchas e irresponsables veces lo hacía.

Manteniendo como mantra la frase "este es pa'mí", se concentró en mirar el profundo marrón rojizo que residía en los iris del menor, captando pinceladas de sensualidad e insinuaciones que solo existían en su alborotada mente.

Sin pensarlo mucho, levantó su mano, tomando la barbilla del contrario.

—Te equivocas —le respondió acercándose sin reparos al rostro asiatico—; me encantan los retos, me encanta que me sorprendan y en menos de dos minutos has logrado hacer ambas cosas —este gesto no había sido más que una forma de confidencializar lo que decía, según su propio criterio.

Para el azabache había sido una forma de insinuación tan descarada que sintió por un momento sus piernas temblar y su estómago contraerse en un gesto nervioso.

Sin analizarlo realmente, se decidió a mantener su personaje, optando por lo que en su opinión era la mezcla perfecta de amenaza e intimidación. Levantó su mano con lentitud y la acercó a la mejilla de su acompañante, acariciando su piel por sobre la mascarilla, con una sonrisa burlona decorando sus labios.

—Entonces tendré que perder un poco mi orgullo y suplicarle a los de producción que me cambien de pareja —murmuró acercando el rostro del platinado al suyo, usando la fuerza de su mano.

El corazón del mayor comenzó a latir con fuerza, esta situación le recordaba a aquella donde se habían conocido. Maldijo internamente los accesorios que momentos atrás agradecía le cubrieran el rostro.

—¿Y eso por qué, Yuuu-rri? —dijo acariciando las palabras en un tono ronco; alargando la "u" y marcando la "r" de su nombre de forma intencional con su acento ruso.

El menor sonrió con burla, demasiado concentrado en amedrentar al contrario, como para atar los cabos sueltos que había respecto a la identidad de su 'esposo'.

—No me gusta darles el gusto a las personas de obtener lo que quieren de mí —dijo sin alejarse ni un centímetro—, se podría decir que soy terco por naturaleza.

Se podía sentir la tensión en el pequeño elevador. El azabache intentaba de forma algo absurda intimidar al contrario a través de un duelo de miradas que ya había perdido. Por más que mirara a donde se localizaban los ojos de su supuesto marido, no veía nada, aparte de su propio reflejo en el oscuro cristal de los lentes que este portaba.

—Es una lástima Yuuu-rri. Después de firmar el contrato, no puedes echarte para atrás, sea quién sea tu pareja. Y, tomando en cuenta que estas aquí para la entrevista y la sesión de fotos, no tengo dudas de que ya están todos los papeles en orden —soltó de forma burlona el hombre sin nombre. El azabache se vio tentado a replicar, pero fue interrumpido por el sonido del ascensor al abrirse en el piso destinado.

Un resoplido nervioso sonó con eco el pequeño cubículo.

—Eso lo veremos —respondió el japonés tratando de que su voz no saliera temblorosa. Se apartó del más alto y le dirigió una mirada retadora— Si me disculpas, tengo cosas importantes qué hacer —soltó antes de salir del ascensor.

El platinado creyó haber escuchado un deje de amenaza en sus palabras, pero en su mente, la manera en la que se trataron no había sido más que una forma de coqueteo mutuo.

Ignorante del hecho de haber sido descaradamente despreciado, dirigió una mirada rápida a los glúteos que se alejaban por el pasillo, apreciando el contoneo de caderas. Dejando que una sonrisa coqueta se formara en su rostro ante la agradable vista, antes de que las puertas del ascensor se cerrasen nuevamente.