We Got Married

Capítulo IV

"¿Mi esposo?"

Un bufido exasperado escapó de su boca una vez que se halló lo suficientemente lejos del ascensor. Miró con algo de fastidio la hora en el reloj de su muñeca e inhaló y exhaló con lentitud, buscando calmarse. El encuentro con ese sujeto lo había alterado más lo que quisiera admitir.

Le sonaba familiar de muchas formas y le inquietaba el saberlo verdaderamente un conocido. Por la forma en la que le habló, definitivamente debían haber coincidido alguna vez, siendo su actual interrogante "¿Cuándo?". Sacudió la cabeza, como si realmente eso pudiera eliminar tales pensamientos de su mente y aceleró el paso, llegando rápidamente al sitio en el que se le había solicitado.

Se situó al frente de la puerta y tocó levemente, obteniendo un "adelante" como respuesta.

—Buenos días, disculpe la tardanza —expuso al momento de ingresar a la estancia.

—¡Oh! —exclamó el hombre en el interior de la habitación, levemente sorprendido por la intromisión—. No tiene de qué disculparse, llega justo a tiempo —le respondió guardando una carpeta en su escritorio y acercándose hacia el nipón—. Mi nombre es Josef Karpisek —dijo haciendo una leve reverencia, pues a pesar de ser de origen suizo, había pasado la mayor parte de su vida en Corea.

El japonés se sintió levemente tentado a extender su mano para propinarle al desconocido un apretón de manos, pues, después de tantas giras en el extranjero, era un hábito que había adquirido. A decir verdad, el hecho de que el hombre frente a él luciera totalmente como un europeo, no ayudaba en lo absoluto. Sus ojos caramelo resaltaban a través de sus lentes de pasta roja; y su notoria calva, le recordaba a Frank Sinatra en su últimos años. Se sintió un poco estúpido por este reflejo cuando miro la leve reverencia que le hizo el otro, optando de forma rápida, por hacer una de igual manera.

—Sígame por aquí —le indicó el suizo al momento que abría otra puerta.

Al ingresar a la habitación, se sintió levemente extrañado. Era totalmente blanca y sólo disponía de una silla, una cámara y un televisor frente a la misma, además de una puerta negra al otro extremo de la estancia. Algo extrañado le lanzó una mirada interrogativa a su guía.

—Si, tal vez sea un poco extraño, pero no habrá entrevistador en esta ocasión. Se tiene por costumbre que el invitado lea las preguntas del televisor y las responda a la cámara, la idea es que se sienta lo suficientemente cómodo para responder con total sinceridad —explicó adentrándose en la pequeña habitación—. Por otro lado, muchos gustan de arreglarse antes de empezar la entrevista. Si ese es su caso, le sugiero entrar a la habitación que se encuentra dentro del estudio. Ahí dispone de vestuario, un estilista y una maquilladora profesional, en caso de que quiera usarlos.

El azabache se adentró en la estancia y se examinó en el espejo incrustado en la puerta que le había mencionado el hombre. Portaba un suéter cuello de tortuga negro, un jean claro con apariencia desgastada y zapatos deportivos blancos.

No podía decir que fuera un mal conjunto y, tomando en cuenta que solo saldría la parte superior de su cuerpo, definitivamente tenía cierto encanto. Pero los lentes de pasta azul y su cabello pulcramente peinado le conferían un aspecto angelical, casi ingenuo.

Esa definitivamente no era la imagen que acostumbraba enseñar a sus seguidoras. Ciertamente, su lado inocente había sido captado infinidad de veces por las cámaras, ganándose cientos de comentarios por parte de las fans y siendo descrito como el hombre del "2x1": dicho de otra forma, "pagas uno y te llevas dos". Nadie podía negar que el japonés tenía la fama de volver locas a las fanáticas con sus dos facetas; siendo la primera un joven atrevido e insinuante que no duda en aprovecharse de sus atributos físicos para hacer suspirar a más de una; y la segunda, un joven tierno e inocente, para el cual muchas se ofrecerían voluntarias para pervertirlo de mil y un formas.

—Necesito pasar por el estilista —informó al sujeto que lo acompañaba, antes de adentrarse en la habitación.

Qualcuno finalmente si degna di venire (al fin alguien se digna a entrar) —escuchó el chillido de una mujer al momento de ingresar.

La estancia estaba compuesta por una silla de peluquería, un gran espejo y todos los instrumentos necesarios para realizar un cambio de look total.

Zitto idiota paura (cállate idiota lo asustas) —murmuró un joven de aproximadamente veinticuatro años, fulminándolo con la mirada. Sus inusuales ojos violetas contrastaban de forma agradable con sus cabellos rojizos—. Somos Michelle y Sala Crispino, el estilista y la maquilladora, ¿se te ofrece algo? —dijo intentando poner una sonrisa en su rostro. Sin embargo, la hostilidad que emanaba de su ser era tan notable, que terminaba convirtiendo dicha sonrisa en una mueca amenazante, destacando su mal humor.

El asiático tragó en seco, sintiéndose levemente intimidado por la vista que tenía al frente. "Michele Crispino… con ese nombre seguramente es italiano", pensó, estudiándolo levemente con la mirada. Recordó de forma casi automática lo que le comentó Phichit alguna vez, sobre un estilista del programa que golpeó a un actor por insinuarse a su hermana…

Tragó en seco.

—N-necesito ayuda con mi imagen… —balbuceó dirigiendo su mirada al piso, en un claro acto de sumisión. Dicho acto tenía, de forma inconsciente, el propósito de hacerle entender a Crispino que él no tenía la más mínima intención de interferir en su territorio.

El pelirrojo sonrió levemente, como si hubiera entendido en el mensaje.

—Bien. Para un cambio de look, siempre se comienza por el cabello, y soy el encargado de eso; ten la amabilidad de tomar asiento —pidió señalando la silla dispuesta en la habitación.

El azabache sin dudarlo se sentó en esta, tensándose al instante que sintió las manos del contrario deslizarse por su cabello.

¡E 'così cariño! (¡Es tan lindo!) —chilló la hermana del pelirrojo al ver ese gesto de timidez, haciendo que el azabache se ganara un leve jalón de cabello.

—Lo siento… tenías un nudo —se excusó el italiano, sin sentirlo en lo absoluto—. ¿Qué quieres que haga con tu cabello?

—Me gustaría llevarlo peinado hacia atrás —murmuró el azabache con retraimiento, tratando de dejar de parecer una amenaza a los ojos de su posible juez y verdugo.

Éste pareció pensárselo por unos segundos, levantando los cabellos de la frente del japonés para darse una idea. Dio un gruñido de afirmación, luego de su inspección.

—Me parece bien… —prosiguió ahondando sus manos en la cabellera y separando las hebras para ver parte del cuero cabelludo—. Normalmente me gusta empezar desde cero, pero sería un desperdicio de tiempo lavarte el cabello, lo tienes demasiado limpio —informó tomando un peine para comenzar a cepillar el cabello—. Debo decir que haré algo más que peinarlo hacia atrás.

El azabache no pudo evitar dar un respingo cuando sintió una crema fría ser esparcida a los costados de su rostro.

—Tus patillas son una ofensa para mis ojos —soltó el italiano, sacando una navaja de uno de los cajones cercanos al espejo—. No te muevas ⎯le advirtió, acercando el instrumento al rostro del menor.

Yuuri no logró contener un leve chillido al sentir un objeto frío pasar a una velocidad inhumana por uno de los lados de su rostro. La sorpresa fue tal, que tuvo que llevarse una mano al sitio para comprobar que su rostro seguía completo.

—No deberías sorprendente, hay días donde debo atender a quince personas en menos de una hora; obviamente soy veloz con lo que hago —Michelle explicó al momento que repetía la acción al otro lado de su rostro.

—Te daré algunas ondas — el italiano siguió con sus explicaciones. Colocó una pequeña cantidad de una sustancia densa y aparentemente grasosa en las manos—. Esto es cera de máxima calidad, comercializada por la casa Etude House, por lo que también es económica. Si te gusta hacerte peinados en el cabello, te recomiendo usar productos de este tipo; no uses geles ni cremas densas, tienes muy buen cabello, como para que vengas a dañarlo con tus descuidos —gruñó al momento que esparcía el producto por las manos y lo extendía en el cabello azabache, cubriendo de forma generosa todas las hebras para proceder a peinarlas hacia atrás. Le dio leves ondas a los cabellos que caían a los lados y dejó un leve mechón cubriéndole la frente, dándole un look descuidado y casual que resaltaba las facciones de su rostro—. Tu turno Sala —informó, alejándose del asiático.

—Tienes una piel maravillosa —murmuró la mujer, deslizando las manos por la tersa piel del rostro del contrario. Lo levantó del mentón y examinó su rostro, buscando una manera de destacar sus mejores rasgos—. Esto es lo que haremos... —musitó y sacó algunos implementos de unos de los cajones del tocador—. Un leve tinte labial rosa opaco, no me gusta ver labios brillosos y menos en un chico. Delinearé la parte superior de tus ojos en dorado y resaltaré tus cejas con el delineador oscuro. No necesitas bases ni polvos, tienes un cutis de envidia —la chica pudo notar cómo el asiático abría la boca con duda, dispuesto a protestar.

—No te preocupes, no se va a notar que llevas labial, parecerá el color natural de tus labios. El delineador si se notará, pero será algo leve, eso solo sirve para atraer la atención a tus ojos. Además, el dorado contrasta exquisitamente con el marrón de tus iris. El delineador de cejas solo definirá la forma natural de estas, es para que sean bien captadas por la cámara —terminó por decir, obteniendo un asentimiento por parte del azabache y procediendo a realizar los pasos mencionados—. Michelle, prepara una bolsa de regalo, con todos los productos que utilizamos.


Un suspiro cansado se escuchó en la habitación, después de que el joven respondiera la última pregunta que salió en la pantalla.

—Estuviste grandioso, se sintió la naturalidad y ese look atrevido le dio un toque misterioso —halagó el productor de nula cabellera entrando a la pequeña habitación.

—Gracias —respondió el azabache, levemente avergonzado—. Ahora sólo sigue la sesión de fotos, ¿cierto? —preguntó al momento que bebía de una botella de agua, ofrecida momentos antes por el suizo.

Tras un leve asentimiento por parte de aquél y una pequeña descripción del camino que lo guiaría a la sesión fotográfica, el japonés se puso en marcha. Tenía el pequeño anhelo de encontrarse nuevamente con sus compañeros de camino a la caja negra.

Para su desgracia, esa posibilidad se esfumó totalmente, al sentir esa ya familiar sensación de desvanecimiento.

Afirmó una de sus manos en la pared más cercana y cerró los ojos, preparándose para la imagen que estaba por ver.

"—Perdonen la tardanza —anunció el joven asiático, entrando al momento que hacía una leve reverencia.

No tiene de qué disculparse Yuuri-Ssi, llega justo a tiempo. Su 'esposo' ya se cambió, por favor vaya a prepararse para la primera sesión fotográfica —comentó un hombre del staff, indicando el lugar donde debía cambiarse.

La vergüenza que lo embargaba se refleja en su rostro, sin posibilidad de esconderla, cuando terminó de ponerse el 'vestuario'. O, mejor dicho, cuando terminó de quitarse casi toda la ropa que traía. Pues el primer vestuario consistía solamente en unos bóxers negros y una camisa blanca abierta de los primeros cuatro botones, dejando a la vista parte de su pecho.

Sabía que mi esposo iba a ser lindo —dijo una voz a sus espaldas, atrayendo su atención—, pero no que iba a ser TAN lindo —expresó ronroneando las últimas palabras.

El asiático rápidamente giró el rostro, encontrándose de frente con el hombre que protagonizaba los pósters de su cuarto.

Víctor Nikiforov."

Abrió los ojos, sintiéndose extrañamente adormilado. Se frotó la cara sin creerse lo que acababa de ver. Perdía la cuenta de las veces que había repetido ese nombre de forma mental en los últimos minutos.

—Víctor Nikiforov —expresó al fin en voz alta, comenzando a correr, sin saber realmente el porqué de tal impulso.

Se detuvo frente a la puerta que debía traspasar, recuperando el aire lo mejor que pudo antes de entrar y sentir el característico déjà-vú que lo invadía cuando sus visiones comenzaban a hacerse realidad.

Al igual que las anteriores, su visión se cumplía al pie de la letra. No pudo evitar suspirar resignado, antes de salir del probador con su vergonzoso traje. Para el japonés, ese vestuario era la viva representación de la frase de una famosa película: "Jack… dibújame como a una de tus chicas francesas", siendo él ahora el "chico francés" de tales retratos. Eso, sumado al aspecto coqueto que le confería el maquillaje y peinado hecho por los hermanos Crispino.

Sentía que estaban por servirlo en bandeja de plata, cuál lechón con manzana en la boca, listo para ser devorado. No estaba preparado para ser ofrecido de esa manera. siendo lo peor, la persona a quién sería servido...

—Sabía que mi esposo iba a ser lindo —escuchó a sus espaldas, sintiendo cómo su corazón comenzaba a latir con fuerza y sus manos sudaban frías—, pero no que iba a ser TAN lindo —acotó ronroneando las últimas palabras, causando un paro respiratorio en el asiático. El hecho de que su pareja fuera su ídolo, era una realidad que había tratado de ignorar desde que entró en el set.

Había hecho lo imposible porque su mantra "no seas un fan, se profesional" se mantuviese. Sin embargo, con algo de frustración, notaba la manera en que ciertas cosas tales como el "orgullo" y el "profesionalismo", eran tiradas por la borda en menos de un segundo por tres palabras de su ídolo.

Con el rostro totalmente rojo y voz temblorosa, murmuró algo parecido a un "Mucho gusto, mi nombre es Yuuri Katsuki y seré tu esposo a partir de ahora". En respuesta, recibió un "Adorable" por parte del ruso, que no hizo más que aumentar su vergüenza.


—Bien, como se les explicó anteriormente la sesión fotográfica consta de cinco fotografías promocionales, cada una en una atmósfera distinta; aparte de cinco fotografías individuales —comentó el fotógrafo a ambos jóvenes, señalando el primer ambiente en el que posarían. Era una escena nocturna: una ventana abierta, con una delicada vista de la ciudad; unas cortinas ondeando el punto de enfoque principal de la escena. El blanco de las cortinas contrastaba con el piano de caoba pulida que sería el segundo punto de enfoque.

—La primera sesión es la que consta del vestuario más sencillo, la idea es dar la sensación de que acaban de llegar de alguna fiesta elegante y tuvieron algunos momentos de diversión —hizo una pequeña pausa al momento que le regalaba un guiño insinuante a ambos chicos, provocando un sonrojo indiscreto en uno de ellos—. Ahora se encuentran en un momento de intimidad en el cual se confían secretos, mientras se dedican canciones.

El asiático, de forma instintiva, se sentó frente al piano dispuesto a tocar alguna pieza; siendo detenido de inmediato por la voz del fotógrafo.

—Yuuri-Ssi, usted va sentado sobre el piano —el azabache le dio un leve asentimiento antes de subirse sobre el mismo. Dedicó unos segundos a analizar la imagen de su acompañante: sin zapatos, un pantalón de vestir negro y una camisa de igual color, abierta de los primeros tres botones. Claro, no dejó de lado unos penetrantes ojos azul cielo, que lo miraban con una curiosidad burlesca. El japonés apartó los ojos en un vano intento de huir de la mirada del platinado, siendo aún capaz de sentir sus orbes atravesarle la nuca.

El mayor se sentó frente al instrumento, tomando una pose relajada. Él lograba lo casual de la atmósfera, a la vez que conservaba la espalda derecha como suele mantenerla un pianista.

—Comiencen —dijo el fotógrafo posicionándose tras las cámaras. Las especificaciones fueron innecesarias: la experiencia de ambos en sesiones fotográficas les decía casi por instinto lo que debían hacer, y eso era posar de distintas maneras hasta que el fotógrafo hiciera alguna petición.

De forma improvisada, el asiático se sentó apoyando ambos codos en sus rodillas, acunando su rostro entre ambas palmas. Sin pensarlo, rozó delicadamente, con uno de sus pies, el antebrazo del mayor. Rápidamente el chillido de emoción de uno de los ayudantes de luces resonó en los oídos de ambos modelos: "se puede sentir la química".

—¿Por qué no tocas algo? —preguntó el azabache recostándose ligero sobre el instrumento, tratando de ignorar el nerviosismo que comenzaba a nacer en su estómago.

El ruso pareció meditarlo antes de responder.

—Desgraciadamente no sé tocar el piano, pero te he escuchado tocar, puedo decir con total honestidad que tienes unas manos privilegiadas —dijo tomando una de las manos del japonés y depositando un beso en ésta.

El sonrojo no tardó en aparecer en sus mejillas, sintiendo una tormenta de flashes caer sobre su cuerpo, al momento que escuchaba de fondo el murmullo aprobatorio del fotógrafo.

Los minutos pasaban con una lentitud tormentosa. Cansado ya de estar sentado en un sitio tan poco cómodo y, tratando de ignorar su vergüenza, le pidió al ruso que le dejara espacio entre sus piernas, para poder sentarse entre estas. Sabía que tenían que parecer una pareja y no podía permitir que su lado fanboy manchara su profesionalismo.

Tenía que distraer sus acelerados pensamientos, o sucumbiría pronto ante ese lado de si mismo, del que no estaba tan orgulloso. Quizás era hora de mostrar que tenía bien merecido el cumplido sobre su habilidad en el piano.

Se sonó con calma los dedos, decidiendo con rapidez la pieza que interpretaría: Nocturne op.9 No.2 de Chopin.

El silencio se hizo presente en el estudio. Era inevitable no sentirse embelesado por la maestría y el sentimiento con el que el joven tocaba cada tecla. El sonido te transportaba, de forma automática, a un bar francés de los años 20: podías imaginar con claridad las bailarinas danzando por el escenario, con sus característicos labios rojos y sus desgastados zapatos de ballet.

Sin ningún pensamiento en específico y guiado casi por instinto, su pareja deslizó sus brazos por los costados del menor hasta rodear su cintura. El asiático no pudo evitar un espasmo de sorpresa al sentirse repentinamente aprisionado por el otro. Su sonrojo aumentó de forma automática cuando sintió el rostro del contrario esconderse en su cuello, al momento que aspiraba con algo de fuerza el olor de su piel.

Una sonrisa nerviosa se posó en sus labios al momento que sentía nuevamente una lluvia de flashes golpear su cuerpo. El mayor aprovechó el momento para recostar su barbilla en el hombro ajeno, ganándose el suspiro satisfactorio del fotógrafo. Sintió el aire en sus pulmones faltar por un momento, deseando que la cercanía entre ambos terminara, antes de que hiciera algo vergonzoso. Un desmayo, la opción más probable. Nunca se habría imaginado estar en tal situación con el hombre que admiraba desde su infancia.

—Perfecto, cambio de vestuario —les indicó el camarógrafo, explotando la burbuja de intimidad que confería la escena. El asiático suspiró enormemente agradecido por la interrupción. Dos minutos más y podría jurar que se giraría para pedir una foto y un autógrafo.

Habían pasado ya cuatro horas desde el inicio de la sesión. A pesar de sentirse hambriento, cansado y fatigado, también se sentía aliviado. Ya habían arreglado todos los vestuarios y tomado casi todas las fotos. Sólo quedaban, las que sabía, serían la portada de la tableta informativa que tendrían en redes sociales: las fotos de la "boda" con ambos luciendo los típicos trajes blancos.

Un inevitable sentimiento de incomodidad se instaló en su cuerpo a largo de la sesión. No podía negar el hecho de que había sido divertido posar con su ídolo en diferentes escenarios, mientras este le confería, de forma discreta, chistosas suposiciones sobre la vida privada de los empleados más amargados del set. Hipótesis absurdas, desde divorcios, hasta herencias perdidas en peleas familiares; cosas que explicaran de una u otra forma su mala actitud.

Sin embargo, le asustaba de cierta forma cómo ambos proyectaban la imagen de una pareja real, siendo que todo no era más que una actuación. Esa incomodidad aumentó considerablemente cuando, al terminar la sesión fotográfica, los productores del programa le ofrecieron un libreto con conversaciones. Habían sido producidas con extremo cuidado y minuciosidad, para evocar la intimidad y el romanticismo a lo largo de cualquier episodio.

Si bien sería divertido trabajar con su ídolo, puesto que la sesión fotográfica le sirvió para darse cuenta de ello. No borraba el hecho, de que estarian casados por un año en donde no habría sentimientos de amor entre ellos dos.

Odiaba las mentiras y se sentía verdaderamente disgustado al saber que ahora se encontraría viviendo en una.


agradecimientos a mi beta chihoko por su corrección, subiré todos los caps que tengo acá de golpe, así que este seria un maratón. nos vemos en el cap 8 donde explicare un poco porque no había actualizado en meses.