Shaw: Y bien, ya que vamos a presentar el segundo capítulo de Servant of Venomania, creo que lo justo es que en esta tortura china nos acompañe un personaje del fic, ¡denle un fuerte aplauso a Kaito!
Kaito: ¡¿Otra vez estoy por aquí?! O.O
Sess: Yah! Después de todo, necesitamos un lindo asistente que nos ayude con este desmadre ^w ^
Kaito: (Asustado) ¿Que me harán si me opongo? ¿Harán que Rin y Len me aplasten con la Road Roller? TToTT, ¡Buuuuuaaaaaaaa! ¿Por qué me hacen esto? ¿Se amistaron con Meiko o qué? Bueno, de Shaw si lo creo, con lo ebria que se pone... ToT
Shaw: Ya, ya, si te portas bien te compro un helado, (Kaito: ¿En serio? O.O ¡Weeeee! +.+). ¡Ahora, vamos a darle!
Advertencias: Aunque avisamos en el capítulo anterior, recordamos: Este capítulo es crudo por tocar temas delicados como el asesinato, la santería y otras cosas más y cuanta con la aparición de algunos personajes especiales y de un Len desesperado e inestable (*.*). Fueron advertidos.
"Polvo son... y al polvo volverán" decía un tétrico fraile tuerto mientras echaba unas gotas de agua bendita a la fosa abarrotada de cadáveres.
"¡Oh Len! ¡No quiero irme y dejarte solo...! Prométeme... prométeme que no te olvidarás de mí, ¿sí?" decía una llorosa Rin en la entrada del orfanato, ya a punto de tomar el carruaje y partir lejos de él...
"Aprovecharé estas vacaciones para ir a verte en ese castillo donde trabajas..."
"¿Continuamos, mi Rinny?"
"Si amo... tómame... tómame..."
― ¡Ahhhghhh...!
Len se despertó de golpe y respirando profundamente para poder recuperarse. Se frotó las manos, aun cubiertas por los vendajes tras cortarse las manos por su arranque de desesperación frente al espejo, para intentar ahuyentar al frío. Otra noche igual a las anteriores: Retazos de desagradables recuerdos paseándose por su mente, sin detenerse nunca, cual sombras amenazadoras.
Las hojas rojas y amarillas eran barridas de un lado para el otro frente a la alta y estrecha ventana. Un sol macilento hacía lánguida presencia entre las grises nubes y el viento que alborotaba los cabellos y escocía la cara.
Desde la horrible tarde que Len se había dado cuenta de que su adorada Rin fue violada impunemente por su amo (pues no había otra definición que darle, sino precisamente esa), la vida de Len, antes difícil, ahora se había vuelto un maldito infierno. Aunque el amo cambiaba constantemente de favorita como de ropa, más de una vez Len lograba atisbar por la rendija de la puerta del despacho a Gakupo sentado en su sillón, completamente vestido como un alto dignatario, teniendo a una Rin muy ligera de ropas sentada sobre sus rodillas, dejándose agasajar por él. El rubio se moría de la rabia y de los celos al ver esas escenas... Así es, ladies and gentleman: No es solamente la furia de un hermano al ver como su hermana es humillada y vejada, manchándole el honor y la dignidad, usándola cual prostituta de burdel, o bien cual esclava morisca o negra, si no también estaba presente la rabia de un hombre al que le están arrebatando vilmente lo que era suyo y que le pertenecía solamente a él...
Pero claro: Len no podía hacer nada. Esa era la Ley del más Fuerte, la Ley del Señor Feudal... La ley divina dada por Dios: Gakupo era su amo, su señor, su protector... y él no era más que un insignificante sirviente y por eso mismo no podía protestar, sino morderse la lengua y callar, como todos los demás, no importa que tan terrible sea el atropello o injusticia... ¿Y luego esos frailes gordos pregonan en la misa que todos los Hijos de Dios son iguales, sean señores o esclavos? Asquerosa mentira, señores.
Len suspiró mientras se levantaba de su jergón. Debido a que hacía demasiado frío para asearse afuera como siempre, y también considerando que precisamente estos días su amo tenía por costumbre dormir hasta más allá del mediodía, el sirviente aprovecharía la oportunidad de usar el cuarto de baño. Tomó varias toallas, entró al baño y se deshizo de sus ropas, dejando que el agua caliente y el vapor de las estufas acariciaran su cuerpo, de complexión delgada y menuda, pero firme y bien formada. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, dejando que el calor se apoderara de su cuerpo, pues su alma, en esos momentos, estaba tan helada y marchita como las mismas hojas muertas del jardín.
...
Era una noche helada. La casona estaba en completo silencio y todas las luces estaban apagadas. Gakupo se retiraba por fin a dormir, después de una estruendosa orgía con Meiko, Luka y Miku como si fueran romanos en bacanal. Len terminó de hacer todos los deberes de la casa y subía las escaleras para ir a su habitación... Pero vio la puerta entreabierta del cuarto de Rin, localizada en el ala izquierda de la casa. Después de dudar por unos momentos, Len entró en la habitación que era de tamaño grande, amoblada con lujo y buen gusto, con alfombras muy tupidas, muebles con mucho barniz y una amplia cama con doseles.
Rin estaba echada sobre su costado, completamente expuesta al frío. Las sábanas revueltas, el cuello del ligero vestido desecho y la falda subida delataban que el Duque había visitado la habitación hacía poco. Apretando las mandíbulas al imaginarlo, Len cerró la puerta, para dedicarse a lo único que podía hacer por ahora... Observarla. Se moría de dolor al haber sido completamente incapaz de protegerla de Gakupo. Haciendo un esfuerzo para no derrumbarse como en el incidente del espejo, Len con suma ternura le arregló las desordenadas ropas y la cubrió con la manta. Después de hacerlo el sirviente se recostó junto a su cautiva princesa, acariciando su mejilla y sus desordenados cabellos, con mucho cuidado de no despertarla... Debía hacer así, cuando Rin estuviera sumida en los brazos de Morfeo, ignorando por completo su terrible situación y el dolor que pasaba su gemelo, pues despierta, ella lo trataba fríamente, como si jamás lo hubiera visto antes e ignorara completamente que él era su hermano.
―Rin... estoy seguro que, si algún día despiertas de esta pesadilla, vas a odiarme por no haberlo evitado. Perdóname... Perdóname por no haber podido protegerte...―musitaba Len pasando los dedos por la dorada cabecita―. Sé que no me reconoces, pero sé que la verdadera tú está allí... encerrada en esta torre. ―Tomó la mano de Rin y la colocó sobre su pecho, justo sobre en su corazón, colocando la suya propia encima, uniéndolas―: Voy a liberarte de tu prisión, mi princesa, aunque me cueste la vida... Tu caballero vendrá a rescatarte del monstruo...
Escapándose una traicionera lagrima por la mejilla, Len acercó los labios a su oído y canturreó:
Tú eres mi princesa, sirviente tuyo soy,
Destino dividido, lamento de gemelos.
Para poder protegerte y tu sonrisa siempre ver,
Entonces en malvado me convertiré también.
El mundo tiene guardadas muchas sorpresas,
Y se convirtió en nuestro enemigo.
Yo quiero protegerte,
Para volver a ver tu dulce sonrisa.
Len incorporó la cabeza para mirar el durmiente rostro de su hermana. Se veía tan indefensa y vulnerable, como un pequeño pajarito herido, con la luna cayendo sobre su pálido rostro, dándole un realce para hacerlo aún más bello de lo que es... Ante ese pensamiento, Len se sonrojó furiosamente y volteó la cara, creyendo por un momento que Rin lo había visto. Respiraba agitadamente, confundido y angustiado. El pobre sirviente tenía por un lado el deseo de salir de allí lo más pronto posible... pero los labios rosados de Rin, entreabiertos, lo atraían fuertemente, como una polilla a la luz de las llamas.
En su nebulosa mente, una voz empezó a gritar: "¿Estás loco? ¡Esa clase de pensamientos no son para una hermana! ¡Aléjate inmediatamente! Mira las cosas impúdicas que estás pensando, monstruo, bastardo enfermo..." Pero la voz fue enmudeciendo conforme Len se inclinaba en la oscuridad fragante de la habitación, incapaz de controlarse o tan siquiera pensar en lo que hacía... Hasta finalmente posar levemente sus labios con los de Rin y entrelazaba su otra mano con la suya. El rubio sintió como una descarga eléctrica recorría violentamente su corazón hasta su estómago, estremeciéndolo y a la vez dejando un rastro de calidez tras de sí, imposible de explicar o de contener. Len tímidamente deslizó la lengua dentro de su boca, disfrutando por un efímero instante este hermoso pecado, en un intento de borrar el sabor de las berenjenas de su amo. Se separó luego de varios minutos perdido en este éxtasis, al oír gemir suavemente a su hermanita, para luego suspirar, darle un tierno beso en la frente y abandonar el cuarto, cerrando la puerta.
...
Hasta en las puertas de los jardines se escuchaban las campanas viejas y desafinadas de la vieja iglesia del pueblo, anunciando la misa del domingo. Sin embargo, Len no se movió de su sitio en el establo donde alimentaba a Innovador y los demás caballos, cerrando los ojos. Dejó que siguiera sonando, preguntándose si acaso esa música le podría dar alguna esperanza a alguien... Y así siguió desde entonces: Len no volvió más a la Iglesia, pues no estaba dispuesto a seguir arrodillándose ante ese Dios tiránico que permitió este calvario en primer lugar y que hacía oídos sordos a su justa súplica de llevarse al Duque Gakupo al Infierno... Al contrario: el maligno harem creció aún más y con ello, el continuo sufrimiento del sirviente.
Ya había rezado de la mañana a la noche y de noche a la mañana a Dios, a la Virgen María, a todo maldito Santo y dichoso ángel que se sabía, durante varios días, para que Gakupo se muriera, como fuera, ya cayéndose de su caballo y rompiéndose la cabeza o ahogándose con una de sus berenjenas durante la cena... y todos lo ignoraron olímpicamente. Ahí la paciencia y le fe de Len tuvieron un punto de quiebre con una desagradable visita:
...
― ¡Sirviente flojo! ¡Date prisa y prepara todo, pues esta casa está como una pocilga y debe relucir todo!―iba diciendo Gakupo un mediodía, mientras se enrollaba una toalla en el largo y húmedo cabello
― ¿Quiénes van a venir, mi señor?―preguntó Len con aparente tranquilidad mientras secaba con un trapo unas copas del aparador.
―Eso no es asunto tuyo―replicó Gakupo imperiosamente. De pronto sus ojos brillaron de malicia―. O tal vez... si te interesa saberlo, Len: Son viejos camaradas míos, compañeros de armas que no he visto desde hace mucho tiempo... y a los cuales quiero impresionar. ¿Entiendes?
―Si señor―contestó Len en una reverencia. Ignoraba si estos estirados tipos sabían del "secretito" de su amo, pero sabía que no iba lograr nada preguntándole; así que se mordió la lengua y puso en su lugar los cubiertos en la larga y ornamentada mesa para terminar lo que se estaba asando en la cocina, que no era poco.
Hacía un buen rato que no había visitas en la casa, ya que al estar bastante alejada del camino del pueblo, los habitantes solían evitarla, ya que les provocaba una sensación extraña, como si hubiera una bestia oculta durmiendo en esos terrenos. Algún tiempo atrás, alguno que otro enviado del Rey había entrado a la casa por razones oficiales de la realeza, pero paulatinamente fueron dejando de aparecer, para terminar Len haciendo de mensajero cuando hacía falta, dejando la casa sola por días. Cada vez que lo hacía, Len lo agradecía mentalmente, pues entonces así no escucharía las estruendosas orgías de varios días con alcohol, comida, berenjenas, caramelos y cantáridas a granel.
Para las tres de la tarde ya faltaban unos minutos para que los personajes hicieran su aparición. Len se quitó la vieja camisa manchada de grasa y se la cambió por una que usaba para ocasiones especiales, aunque ya era muy vieja. Gakupo le ordenó que encerrara a las doncellas en sus habitaciones, pues según él: "No quiero llamar demasiado la atención y por ende arruinaría la sorpresa que tengo preparada para mis visitantes". Len se encogió de hombros mientras lo hacía, mientras su amo se desaparecía a su habitación por unos momentos.
― ¡Len, párate en la puerta y recibe las capas de los invitados! ¡Es para hoy, inútil!―ordenó Gakupo desde el vestíbulo. Len asintió y se paró junto a la puerta.
Primero entró un hombre joven de corto pelo verde aguamarina y ojos del mismo color, saludó con una cabezada al sirviente, para luego darle su manto bordado, revelando un traje de color verde claro y plateado con botas altas. Detrás de él estaba un hombre de rostro atractivo y malicioso, cuyo cabello y ojos de un color rojo intenso. Sonrió con socarronería y se quitó la capa jaspeada, tirándose la encima de la cabeza a Len, quien tenía el brazo extendido para recibirla, para luego pasar a su lado ignorándolo como si fuera un perchero. Len se quitó el saco de la cabeza y le fulminó con la mirada.
― ¡Mikuo! ¡Akaito! Bienvenidos sean―saludó Gakupo extendiéndoles los brazos afablemente. Usaba ese traje ornamentado que solo se ponía en los días de fiesta y su largo pelo húmedo estaba recogido en una larga trenza. En ese momento hizo su aparición otro hombre joven de pelo corto color castaño y ojos oscuros, también soberbiamente vestido―. ¡Oh, Meito! que gusto verte. Siglos sin verlos a los tres. ¡Pasen, pasen! Vamos al comedor. ¡Len! Lleva a estos caballeros a la mesa. ¡Muévete!―exclamó Gakupo chasqueando los dedos al enfurecido sirviente.
Len suspiró y se apresuró a obedecer. Iba a ser una larga y tortuosa tarde.
Pronto la mesa estaba cubierta de platos y fuentes llenas de verduras, carnes, guisados, frutos secos y copas rebozando de agua y alcohol. Los cubiertos tintineaban mientras cortaban los pasteles de pollos y las lonjas de cerdo guisado. Los cuatro duques se la pasaron hablando y riendo de chistes y rumores candentes de la aristocracia y sus intrigas palaciegas; ya cerca de la hora del postre, a Len le gruñía el estómago al ver como los comensales echaban a un lado pedazos de comida sin terminar, sobre todo al ver las bananas frescas en el cesto de frutas, pero siguió con su trabajo, es decir abasteciendo de bebidas a los invitados, sobre todo Meito, quien bebía alcohol sin parar.
Finalmente cuando se retiraron los platos fuertes y quedaron en la mesa los postres con los vinos y licores dulces como acompañamiento, Gakupo se recostó perezosamente sobre su sillón mientras los tres invitados le agradecían la comida.
―Es una cena simplemente soberbia, Gakupo―observó Mikuo con un gesto mientras se limpiaba la boca con la servilleta de tela bordada―, superaste a la cena que me dio el gobernador de Enbizaka la semana pasada.
―De nada―dijo Gakupo lánguidamente―. Debo darle un pequeño reconocimiento a Len, mi criado, quien se pasó toda la mañana preparándola para nosotros.
― ¿En serio?―dijo Akaito, quien a continuación murmuró: ―...Eso explica porque el cerdo guisado sabía un poquito raro...
―Oye tú―le dijo Meito a Len con hostilidad―. Si encuentro una señal de tus sucios y mugrientos dedos en mi manto turco, acabarás de cabeza en la fuente.
En ese momento, Gakupo se levantó.
― ¿Están listos para mi sorpresa?―preguntó Gakupo alegremente. Todos asintieron―; Esperaba la hora de la cena para darles algo de entretenimiento, así que...―dio unas fuertes palmadas―. ¡Rin, ven aquí!
Lo siguiente que pasó... decir que fue horrible para Len sería quedarse corto. Demasiado corto. Su hermana entró por una puerta que estaba justo detrás de Gakupo y se plantó frente a la mesa. Lo que tenía puesto por ropaje hubiera hecho que Len se arrancara los ojos en ese preciso instante: Debajo del vestido no llevaba nada. Usaba una túnica tejida, ajustada y vaporosa de color blancuzco con la que se podían apreciar plenamente todos y cada uno de los juveniles atributos de la muchacha, incluido los pequeños senos, todavía en desarrollo. Iba descalza y en uno de sus desnudos pies tintineaban unos pesados aros de plata. Parecía estar en trance y su cabeza daba vueltas, pareciéndose a alguna de las doncellas drogadas del Oráculo de Delfos, o más bien a las impúdicas esclavas moras de Arabia.
La sangre de Len se le heló en un instante. Había creído que no podía haber nada más horrible que haber permitido que su amo desflorara impunemente a su hermanita... y esto era mil veces peor. Mikuo no cambió su expresión, aunque se le notaba una ligera incomodidad... En cambio, Akaito y Meito aplaudieron con morboso entusiasmo, pidiéndole a Gakupo que hiciera que Rin se girase para verle su trasero y compararlo con las de sus esposas y amantes... Cosa que Gakupo gustosamente cumplió.
― ¡Anda Rin! ¡Baila! ¡Baila para nosotros!―ordenó Gakupo con deleite.
La muchacha empezó a danzar graciosamente, haciendo una especie de mezcla de Ballet con Polka, entre los movimientos sacudiéndose sus pechos, haciéndolos brincar alegremente... cosa que los comensales no perdían de vista. Mantenía los brazos en alto y giraba, siempre sonriendo de formas perdida, empezando a cantar (1):
Anata ga nozomu no nara ba
Inu no yoni jujun ni
Himo ni nawa ni kusari ni
Shibara rete agemasho
Arui wa koneko no yoni
Ai kuru shiku anta o
Yubi de ashi de kuchibiru de
Yorokoba sete agemasho...
Akaito y Meito se levantaron aplaudiendo frenéticamente, arrastrando a Rin a sus sillas para llenarla de "atenciones" ante sonrisa cruel y complaciente de Gakupo y la mirada horrorizada de Len. Tanto orar... pidiendo un milagro... y le dieron esto. El sirviente no lo soportó más y corrió a su cuarto, ignorando el llamado de su amo, sin detenerse a mirar hacia atrás. ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿Por qué Dios ha permitido todo eso?!
En ese momento Len mandó al diablo toda oración, tomando el crucifijo de su habitación, dado por las monjas y lo rompió en pedazos, arrojándolo violentamente contra la pared, pisoteándolo y pateándolo, ahogado en este paroxismo de dolor... Vio todo pasar por su cabeza como una película parpadeante: Sus padres llenos de pústulas siendo arrojados a otros cuerpos descompuestos en el camposanto. Rin aceptando el relicario entre sollozos. La primera vez que vio el castillo. Los barquillos de Nana Macne. Los castigos. Las palizas. La primera vez que descubrió a su amo y a una muchacha, haciendo el amor salvajemente en el suelo. Las cestas llenas de vestidos en el ático. Las estacas del huerto de calabazas. La carta de Rin. Rin desmayada en el cuarto de Gakupo, y ahora... verla bailando casi desnuda, dejándose tocar para ese grupo de degenerados...
Todo repitiéndose en su cabeza una y otra vez, sin descanso, acompañado de un taladrante dolor de cabeza, regalándole una sensación humillante y espantosa... Podría haber gritado con todas sus fuerzas, desgarrándose por enésima vez la garganta, buscando ahogar con gritos, sollozos, súplicas, blasfemias y maldiciones la multitud de espantosas imágenes que lo asediaban; y a pesar de todo, entre las súplicas, el horrible rostro de su amo clavaba en él, junto con las demás imágenes, marcándose a fuego en su alma... Ya finalmente agotado, enloquecido de dolor, Len perdió la consciencia.
Al volver a abrir los ojos estaba tirado sobre el frío suelo sin lijar de su habitación. El viejo reloj cucú de la mesita daba a entender que era medianoche. Len se incorporó lentamente; el dolor de cabeza estaba remitiendo un poco, pero aun sentía los furiosos latidos en las venas, clamando una sola cosa: Vendetta.
Ya que no pensaba seguir rezando porque se cumpliera el milagro que Gakupo estire la pata, ni tampoco esperar hasta que muriera de viejo, significando un calvario eterno para él y para Rin. Por el contrario, Len iba a... adelantar el momento. Sus orbes azules se movieron al desportillado pocillo de su mesita, lleno de té oscuro... podría envenenarlo.
Por un momento, Len se estremeció. Sabía muy bien que asesinar a su amo, por más despreciable que fuese, era atentar contra una vida humana, y por lo tanto, se ganaba un boleto de ida sin retorno al Infierno... Pero al atisbar por la ventana la borrosa silueta de su amo paseando por los jardines, en compañía de Akaito y Meito, junto a Gumi, Luka... y Rin, el miedo a la condenación fue reemplazado por un odio sordo que quemaba toda flaqueza. ¿Que importaba si San Pedro le pateara el trasero apenas pusiera un pie en las puertas celestiales y lo mandara derechito a las cocinas de Satanás, si con eso liberaría a su amada Rin y a las demás mujeres de ese despreciable ser? Sería un malvado menos en el mundo, que estaba saturado de ellos. Después de dar muchas vueltas en silencio, lo tenía planeado.
Al día después, después de regresar del bosque con varios hongos y plantas que tenían la capacidad de fulminar a un hombre en menos de una hora, Len tuvo que tener mucho cuidado de no envenenarse a sí mismo mientras cortabas las amanitas (2) y machacando las hojas de belladona (3) y poinsettia (4) en el mortero, empañado en hacer la cena de Gakupo: Té de hierbas y berenjenas rellenas de hierbas y champiñones, la última en esta vida...
¿La última?
Unahora y media después de haber arrasado con la cena y Gakupo seguía vivito ycoleando, llevándose a Rin y a Gumi al cuarto de baño, el rubio sirvientequería arrancarse el cabello, sumido en otro ataque de desesperación...
...
Había otra salida... que era prácticamente lo mismo que la anterior, pero sumado a otro elemento que lo hacía más reprobable que lo otro: Brujería.
Len suspiró mientras apoyaba su rostro contra el marco de la ventana, donde veía la lluvia caer. La idea de hacer brujería era extremadamente sacrílega, lo asustaba hasta la locura; pero no eran momento de echarse para atrás, más aún cuando se reveló que Akita Neru resultó embarazada del amo. Eso fue el "clic" que empujó a Len a hacerlo. La sola idea de que Rin concibiera un hijo del amo le hacía querer arrojarse desde la azotea de la casa. De esa manera Len adormeció su consciencia: Lo haría por Rin, y por ella haría lo que sea. Investigó un poco y ya después de 2 semanas tenia lo que quería saber.
Se armó de valor y empezó el proceso:
En la mañana, Len se cubrió con una capucha negra, montó a Innovador y cabalgó hasta el pueblo, concretamente, al barrio de san Eustaquio y de allí llegó a la calle de los Borboneses (4). Parecería una callejuela como cualquier otra... Pero en algunas trastiendas, a precio de oro y con infinitas precauciones, se vendían los ingredientes necesarios para la brujería: polvo de serpiente, sapos machacados, lenguas de ahorcados, pelos de rameras, así como también toda clase de plantas, cogidas en el momento preciso de la luna, para fabricar filtros de amor o venenos con que "fulminar" al enemigo. La llamaban también "calle de las brujas" a aquella estrecha vía donde el diablo, en derredor de la cera, ejercía su comercio de materia prima de los sortilegios.
Para la hora de la tarde, con el pretexto de preparar una cena de pollo con hierbas al horno para esa noche, Len fue discretamente al gallinero de la parte trasera de la casa, donde sacó un ejemplar joven de un gallo, completamente negro y lo llevó a la caballeriza, donde sofocando los chillidos del animal, lo estranguló y con una navaja le abrió el pecho y le sacó el corazón, para luego prender fuego al cadáver del animal. Acto seguido fue al corral y sacó una cabra del mismo color, para hacerle lo mismo, solo que esta vez le sacó el cerebro, según lo que logró averiguar del libro de Santería de la biblioteca de su amo. Después se deslizó silenciosamente al cuarto de su amo y se apoderó de su cepillo para el pelo (Era una suerte que el amo tenga una melena tan larga, pensaba Len).
En esa noche, Len tomó una melancólica vela y se encerró en la cocina. Antes que nada debía atraer a los espíritus y por eso encendió varias varillas de incienso, cirios de iglesia y sacó fuera la Biblia que estaba en una de las vitrinas. Primero se sacó del brazo algo de sangre, que fue a reunirse con los pelos de su amo, las vísceras de la cabra y el gallo, donde las mezcló con tembladera, verbena, muguete y boca de dragón, y sulfato de mercurio, mientras al tiempo Len mascullaba las jerigonzas incomprensibles entre las cuales el nombre de su amo salió tres veces mientras calentaba la diabólica mezcla en un ladrillo nuevo, para obtener una sustancia espesa y acre, de un asqueroso color oscuro. La sonrisa del sirviente se hizo más pronunciada...
― ¿Dónde está mi té?―preguntó Gakupo a la mañana siguiente, sentado en su sillón de la sala.
―Aquí tiene, mi señor...―musitó Len, tratando de esconder su tono de triunfo, mientras le daba su acostumbrada taza de té... al cual astutamente Len ocultó el terrible olor volátil echando mano a un truco de cocinero.
―Gracias. Ya puedes retirarte.
― ¡Oh! ¿No necesita nada más, señor?―preguntó Len arrastrando las palabras, cruzando los dedos en este intento de asesinato funcionase esta vez, al ver como su amo bebía un largo sorbo de "té".
―No, no necesito nada―dijo Gakupo. Len hizo una reverencia y se disponía a retirarse cuando... ―. Por cierto, te felicito: Esté té de vísceras de animal y plantas de brujas te salió muy bien. Simplemente delicioso―dijo de pronto, bebiendo otro largo sorbo.
El sirviente palideció de golpe ante esas palabras. ¿¡Como lo supo!? ¡Si fue tan cuidadoso en no delatarse en todo lo que hacía! Len se quedó boquiabierto y balbuceó palabras incomprensibles. Su amo le lanzó una sonrisa irónica, mientras le goteaba algo del oscuro líquido por la barbilla.
Muerto de miedo, Len se encerró en su cuarto.
...
Las calles tienen un aspecto entristecido. Len caminaba penosamente hacía el mercado, mientras ráfagas de viento le hacía ondear sus rubios cabellos por sobre la capucha de la pequeña capa gris. A su paso, padres y maridos desesperados llamaban a voz en cuello a sus hijas y esposas; los montones de panfletos de mujeres "desaparecidas" ya eran arrancados por la lluvia y el viento, cubriendo el suelo de amarillentos y olvidados jirones.
Desde el segundo intento fallido de deshacerse de su amo, Len había caído en un estado de aplastante desmoralización, hundido en su derrota. Miraba con pena a cada persona que le preguntaba con una mirada de angustia en sus ojos: "¿La has visto?" deseando con toda su alma ayudarles a hallar a sus seres queridos... pero no podía ser posible: Su amo le había demostrado (o más bien, restregado en la nariz), que estaba más allá del alcance del destino... ¡Cuánto daría por que se le presentara una maldita señal, ya fuera bendita o diabólica...! En medio de sus cavilaciones chocó contra una mujer algo encorvada, apretujada en su capucha.
―Discúlpeme― murmuró Len―. No me fijé por donde iba...
―No importa, muchacho―musitó la mujer alzando la cabeza para mirarlo, revelando un rostro maduro y grisáceo, de largos cabellos blancos y ojos oscuros. Al mirarlo, los ojos de perrito basset de la mujer se ampliaron―. ¿...Len? ¿Eres tú?
― ¿Cómo sabe mi nombre?―inquirió Len algo sorprendido.
― Dios mío... ¡Cómo te ha cambiado la estadía en esa maldita casa! ¡Oh Len! ¿Por qué no has huido? ¿No ha sido suficiente estar un solo día con ese chacal?―Al ver que el sirviente empezaba a retroceder, quizás tomándola por una demente, la mujer se bajó aún más la capucha―. ¿No me reconoces? Soy Nana... Nana Macne... La antigua cocinera del Duque Gakupo.
Len se devanó los sesos por un momento, hasta que un recuerdo providencial le llegó a la agotada mente: Recordaba que al llegar por primera vez a la casa, había una cocinera de edad madura: Nana, quien lo recibió con una cansada sonrisa y un barquillo caliente... Pero luego de un mes, puso pies en polvorosa. Aunque Len no tuvo mucho contacto con ella, debido a sus deberes, la echó de menos y le preguntó a su amo, quien le dijo: "Se fue por motivos de salud..."
― ¡Eres tú, Nana!―exclamó Len, agarrándola afectuosamente de los brazos con los suyos―. ¡Han pasado siglos! ¿A dónde te fuiste? O más bien... ¿Por qué te fuiste? El amo dijo que te fuiste por estar indispuesta de salud...
― Mentira―le interrumpió Nana―. Si estoy indispuesta... pero del alma. Hace años...―bajó la voz hasta volverla un susurro―, recibí un golpe, del que nunca me recuperaré. Tú no lo viste, Len. ¡Oh, Dios evitó que vieras eso!―la mujer palideció de golpe y se desplomó en un banquillo.
― No lo entiendo, Nana―dijo Len sentándose a su lado―. ¿Qué te pasó? ¿Qué fue lo que viste?
― ¡Ay de mí! ¡Eso me pasó por curiosa! Fue cuando el amo Gakupo regresaba a la casa. Estaba triste y frico a la vez: Al parecer una doncella llamada Gumi lo había dejado en ridículo frente a otras personas. Estaba realmente trastornado: Hablaba consigo mismo y se retorcía las manos (Aunque no me preocupé, pues ya estaba acostumbrada a sus excentricidades...) Y una noche...―la mujer bajó la voz aún más―. Oí ruidos extraños en su despacho... yo, que estaba sufriendo de insomnio, me atreví a ver por la puerta: Gakupo estaba frente un espejo, arrodillado en el centro de un pentagrama pintando con sangre de cerdo y cirios, invocando al Diablo... y por lo que alcancé a escuchar... Estaba pidiendo el poder de atraer a toda mujer que lo mirara...
Len se puso lívido, asimilando las palabras de la mujer: "Así que por eso el amo no muere", pensaba Len, mirando el suelo. "Así que por eso no reaccionó a las oraciones ni al veneno y a la misma pócima, llegando a adivinarla en el té: Hizo un pacto con el demonio para hacer que cualquier mujer que lo mirara cayera perdidamente enamorada de él... Incluida Rin."
―Lo siento, no me gusta hablar de esto―musitó Nana―. Ahora quiero saber... ¿Por qué no te has ido de la casa, Len?
―Porque simplemente no puedo―respondió Len con la mirada perdida―; Antes lo que me retenía de irme de esa casa, era el agradecimiento al amo Gakupo por darme un trabajo y un hogar, en lugar de seguir en ese maldito orfanato... He estado todos estos años guardando los gustos del amo, cumpliendo con la obligación de los siervos de guardar los secretos de sus señores... Pero ahora... el amo ha tomado como concubina a mi propia hermana gemela, Rin...―los ojos de Nana se llenaron de pena y compasión la ver la cara de dolor del rubio―. Confieso que he tratado de eliminar al amo de... diversas maneras, y a todas ha sobrevivido campante. No sé qué más hacer, Nana...
― En este mundo hay tres justicias, Len―dijo Nana levantándose―. La justicia de Dios... la del Diablo... y la propia. Yo también desearía ayudarte en hacer que el maldito perro piojoso reviente... Debo irme... Confía en Dios, Len... y él te ayudará.
La mujer se despidió con un gesto y despareció entre los puestos del mercado, dejando a un Len completamente meditabundo, sujetando con fuerza el asa de del cesto lleno de berenjenas. Tomó una de las berenjenas más gruesas y la estrujó, imaginándose que era la cabeza de Gakupo y el jugo que se escurría entre sus dedos y goteando en la fría tierra, su sangre.
-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-o-
Author's Note:
(1) Iroha Song
(2) Aquí se trata de una variedad de oronja color rojo (Amanita virusa) la cual de diferencia de las demás especies de su familia (de color crema o beige y de sabores muy agradables) al ser muy tóxica.
(3) la belladona (Atropa belladonna), conocida también como deadly nightshade, es una planta perenne nativa de Europa, África y el sudeste asiático. Es una de las plantas mas venenosas del hemisferio este.
(4) La poinsettia es una flor de color escarlata que suele crecer en los pueblos nórdicos. Debido a su cualidad de florecer durante el invierno se le conoce como un símbolo de diciembre, "La flor de la Navidad". No obstante, pese a que su bello color y forma la hacen una planta muy popular entre compradores, esta flor es extremadamente venenosa, pues un solo pétalo basta para matar a un niño.
(5) La callejuela si existe, (o existía, no estamos seguras... U.U") Localizada en Francia y mencionada en la obra de Maurice Druon, La Saga de los Reyes Malditos.
