Llegó la hora de la retribución. Llegó la hora del resarcimiento… Llegó la hora de la venganza.

Advertencia: Una vez más veremos el "replay" de la muerte del Duque Gakupo, por lo tanto, será terriblemente explícito.

Playlist de hoy: "Resign to Surrender" y "Tides of Time" de Epica.


"El hombre que se disfraza de mujer por una causa, es mi superheroína"

RuPaul Charles

Entre las tinieblas empieza a clarear, y desde el este, una tenue franja gris en el horizonte anunciaba que la aurora se pararía muy pronto sobre el castillo. Los macilentos rayos se reflejaban en las almenas de la torre del campanario. En el pueblo, entre la desolación general, los habitantes ya se levantaban a trabajar en el mercado o a recuperar lo poco que quedaba en los campos. En el vestíbulo principal, sentado en su sillón, una figura espigada esperaba la llegada de su "aperitivo matutino" antes del desayuno.

"Los sacerdotes y papas de Roma no saben la verdad. No hay un solo Dios, sino dos: El del Bien y el del Mal. El Mal es la nada y es la muerte. Ambos crearon a los hombres, dirigidos por el Mal, pues este es el elemento natural del pueblo de origen. El Mal es el que conquista nuestros vientres y nos empuja a él…"

Esta extraña filosofía, que olía a azufre y en la que había restos de maniqueísmo y creencias cátaras mal interpretadas, dominaba la mente de Gakupo. Siempre se habría creído invencible desde esa noche que entregó su alma al demonio y le había dado este nuevo rostro, hermoso como el de un Rey, remplazando ese horrible rostro del que solo se tenía por testimonio un cuadro de su juventud, quemándose en el fuego de la chimenea hacía tiempo atrás; un rostro del cual ninguna mujer, fuera noble o villana, salía airosa. Se sentía todopoderoso, en medio de este pueblo inmenso e ignorante, lleno de mujeres todavía sin conquistar. Usando su poder del Mal para hacer lo que se le antojara.

Bueno, eso fue antes de que Len osara enfrentarle, usando también el poder del Mal.

Pensando en su sirviente precisamente... Era verdad que últimamente Len había desarrollado unos extraños trucos. Todo por verlo muerto a cualquier precio. Realmente, otro gran noble en su lugar se habría asustado al ver la furiosa terquedad de un sirviente de verlo enterrado en el camposanto… Pero no el Duque de Venomania. Le dieron risa los patéticos e inútiles intentos de Len, desde la cena envenenada, el té maldecido por él y demás brebajes. Y aun después de eso, Len no desistió y estúpidamente siguió con su recién descubierto talento brujeril de pacotilla, trayendo pócimas maldecidas cada vez más horribles, conteniendo desde flores machacadas hasta menstruación de mujer.

Si no fuera por la enorme lástima que sentía por él, ya lo hubiera entregado a la Inquisición por brujería. Gakupo se divirtió imaginándolo por un momento: Len atado a una enorme cruz de madera en medio de la plaza mayor del pueblo, mirándolo con rabia, asándose vivo bajo el calor insoportable de la hoguera como un cerdo entero en día festivo. Humm... No podría esperar esa clase de comportamiento de algún mayordomo de noble cuna, y Len no era más que un miserable campesino. Apretándole las clavijas es que te obedecen, pensaba.

El sirviente es un ser intermediario entre el hombre y el animal doméstico. Animal, porque eres su amo y puedes hacer con la vida de este lo que quieras, si le quieres hacer su vida miserable o no, pues te pertenece y depende exclusivamente de ti; Hombre, porque puede hablar y responder. Es el símbolo del individuo sometido a otro por naturaleza y del cual se tiene poder casi absoluto. Eso era Lenny el Mezquino (1) para él.

Esta noche, aun a esa hora, se estaba divirtiendo con Luka en el corredor del castillo. Aunque era a la hora del alba en que Len solía despertarse, le importó un pimiento que el sirviente los encontrara haciendo el amor en el suelo… Si ya más de una vez había sucedido. Gakupo estaba sentado en una de las sillas sin respaldo y la tenía sentada sobre sus rodillas. Uno de los blancos pies colgaba sobre la alfombra. El encaje del ligero vestido de rigor del castillo transparentaba el cremoso muslo donde descansaba, atrayente, una liga de raso color rosa. La besaba en la nuca llena de vello rosado, y la sentía estremecerse bajo sus labios todos sus nervios. La mano de lindos dedos alargados agarraba la suya y hundía las uñas sonrosadas y afiladas en la palma de su mano.

―Ah… Si, amo... más…―suspiraba Luka con expresión acariciadora, mientras se desataba ella misma el cordel que sujetaba su cuello. El corpiño de seda y terciopelo blanco dejaba ver las blancuras túrgidas del seno, que ondulaba por la agitación.

― ¿Te gusta esto, Luka? ―decía Gakupo con voz jadeante y triunfadora― Eres tan adorable y deliciosa… Dulcemente deliciosa…―decía buscando con locura mientras la volteaba para que quedara a horcajadas sobre su regazo, buscaba sus labios primero y luego hundía la cara brutalmente en el seno perfumado y fresco, mientras manoseaba a todo lo largo del muslo firme, terso, cálido...

Sus ojos relucían; su cabello rosa danzaba sobre la clavícula de sus hombros. Se levantó, danzante y risueña, Con rápido movimiento descubrió sus hombros y dejó caer al suelo el vestido, hasta quedar completamente desnuda, pues todas las damas del Duque no llevaban ropa interior debajo de sus trajes. Atrajo sobre sus caderas las manos del Duque, quien la aplastó contra la pared, quien ansioso ya se bajaba el pantalón de lino fino, preparándose para dar la primera estocada

La mañana finalmente llegó y el sol sale con las pocas fuerzas que le quedan. Hay cierta agitación en el camino sin pavimentar que delimita con un riachuelo. Los caballos y mulas les tintinean campanillas y cascabeles. Al frente de la larga cabalgata de los mercaderes y gitanos que llegaban desde la frontera del Reino de Verde iba un inquieto y ansioso joven de 20 años. Era apuesto, su vestimenta era azul como su cabello y sus ojos. Su jubón estaba bordado en oro al igual que su pantalón de lino fino.

Aunque los que iban a su lado se dirigían a él con respeto, y le hacían preguntas, su estado de ánimo, decaído desde hacía semanas, les respondía y contestaba con respuestas secas. De pronto uno de los gitanos cubrió a su mujer con un velo negro. Curioso, Kaito le preguntó el motivo de ello:

―Verá señor, si me permite una palabrita, este sitio se dice que está maldecido, pues las mujeres de este reino han desparecido y siguen desapareciendo. Mujeres y niñas, tanto pobres como ricas. Nadie sabe el motivo ni quien lo está haciendo. Es como la historia del Flautista de Hamelín, pero desaparecen mujeres, no chiquillos ni ratones. Como estamos de paso por estos lares, no quisiera que mi mujer corra una suerte parecida…

―Muchas gracias por decirme eso―murmuró Kaito, observando las puntas afiladas de los tejados en la lejanía, sintiendo una especie de presagio: ¿Ella estaría allí?

Kaito Shion llevaba desde hacía exactamente cuatro meses, una larga búsqueda en pos de su prometida, Meiko Sakine, una joven de casi su misma edad. La última vez que la había visto, fue cuando ella hizo a un viaje al Reino de Verde a hacer una visita a su prima, y desde entonces no se le volvió a ver. Kaito al principio no se había preocupado y no tenía noción de que su vida tranquila se vería perturbada: Era famosa la actitud ruda y fuerte de Meiko, yendo a todos los bares y ganándoles a todos. Era realmente una chica muy fuerte y decidida, sabía muy bien cómo defenderse sola. Así que, cuando pasaron ya cinco días, Kaito llegó a la conclusión, (en medio de su desesperación) que lo que haya detenido a Meiko, fue algo más fuerte y poderoso que ella.

A pesar de solo haber pasado cuatro meses, cuatro malditos meses registrando todo el Reino de Verde de arriba para abajo, para luego pasarse al Reino Amarillo, sin ningún éxito, pues los lugareños le aseguraron que la joven se encontró con desconocido que usaba sombrero de ala ancha y se esfumó con él, como por arte de magia. "¡No podía ser!, se decía rascándose la cien, desesperado. ¡Meiko no puede engañarme ni dejarme por otro! ¡Siempre solía estallar en furiosas escenas de celos cuando hablaba dulcemente con cualquier mujer hermosa que veía!" recordaba en el bamboleo de su caballo una particular escena que le divirtió:

Kaito bailaba con la atractiva mujer con la que iba a casarse en verano.

Hacia dos semanas, cuando se lo habían comunicado, el pobre estaba aterrorizado con la perspectiva de unirse en matrimonio a una mujer de la que apenas había ido hablar. Hasta ese momento, el pánico se había apoderado de él. Infantilmente quería decirles que no estaba listo para semejante compromiso, pero sabía que no podía hacer nada, pues tener esposa era deber como heredero del Condado del Reino Azul.

Cuando finalmente esta había llegado, desde su lejana tierra, surgiendo del carruaje y con una enorme botella de sake en su mano, el interés del azulado se acrecentó: Una figura voluptuosa, cabello castaño, que le caían dócilmente en su rostro, ojos ardientes y dulces y una voz melodiosa y fuerte. Esta Meiko resultó ser un verdadero encanto.

Soy Shion Kaito―se presentó tartamudeando y rojo de vergüenza.

Para Meiko fue facilísimo leer sus pensamientos, pues había en él una ingenuidad que le recordó un poco a sus amigos de infancia. Le provocaron unas extrañas ganas de usarlo como bolsa de kickboxing y también de mimarlo…

En esa maravillosa noche, Meiko bailaba con su novio con aire extático y no había sentido tanta felicidad desde el día que le regalaron en su fiesta de 16 años una provisión jumbo de sake dulce, único en su especie. Kaito era graciosísimo y estúpidamente lindo. Aunque también era un libidinoso y un completo idiota, llevándose fuertes golpes por parte de la joven Meiko.

Mientras danzaban, Kaito suspiraba: ―Esta es la noche más feliz de mi vida.

Estoy contenta―le decía Meiko con una sonrisita burlona―Porque tu padre me prometió una reserva de licor dulce cuando regresara― Le sonrió con ternura ― Estabas asustado cuando oíste que ibas a casarte conmigo… ¿cierto?

Kaito tragó saliva ―No te lo niego, pero fue antes de conocerte. Eres… una mujer realmente bella nunca me imaginé conocer a alguien tan especial y también complicada como eres tú, Mei-chan.

Me halagas, guapo.―dijo Meiko sonriendo― ¿Qué te parece si te doy un anticipo?

¿Anticipo?

Claro. Un pequeño preludio.―Y le besó suavemente y con sensualidad. Su boca estaba olorosa a licor cosa que mareó a Kaito, pensó que esto era demasiado bueno para ser verdad… Impulsado por una fuerza que no creyó que tendría, bailó en círculos con Meiko entre los danzantes ebrios, hasta dar con una puerta que daba a una habitación de servicio.

Esa noche Kaito quedó colmado. Y todo temor al matrimonio se esfumó.

Kaito alzó la mirada hacia el cartel grande que decía "Bienvenidos a Asmodín, El Pueblito de la Alegría y la Virtud. Población: 2.300". Todo a su alrededor le dieron la noción de un pueblo medio grande, perdido entre serpentarios y oscuros bosques, amplios arroyos y cielos nublados. Las caras de sus habitantes estaban enjutas por las desapariciones, y sumado a eso, la pronta llegada del hambre y el invierno al umbral de sus puertas. Además de las desapariciones, se decía que por las noches brillaban solitarias fogatas en esos parajes, donde los brujos y gitanos se reunían en los Aquelarres a dar rienda suelta a sus instintos. Aunque Kaito era devoto creyente cristiano, siempre sintió una turbia curiosidad en lo referente a lo oscuro y opuesto.

Conocería más de eso con el rubio sirviente.

Cuando al vagar desolado por el pueblo, parando en una taberna después de comer un plato jumbo de helado con chispitas, alcanzó a oír la conversación den Len con Nana. El rostro del rubio dejaba ver desesperación y pena. El de la anciana ni se diga. Vio al muchacho estrujar aquella fruta, montar su caballo y salir del mercado. Se quedó pensando en lo que le había dicho el gitano en el trayecto... Eso y el relato del rubio coincidían de forma extraordinariamente inquietante. Entonces, si era verdad, ¿Meiko estaría allí? ¿Estaría en este pueblo? También podría estar equivocado, pero su intuición le dijo que lo intentara. Sin que el rubio lo notara, lo siguió…

La esperanza truncada es funesta para cualquiera. Las últimas semanas causaron más estragos que los años anteriores. Len pasaba por un estado, anteriormente mencionado, que empeoró cuando Rin tuvo una falsa alarma de embarazo. Seguro que solo era cuestión de tiempo para qué la alarma resultara ser verdadera, Len dejó de sonreír, perdía color y adelgazaba rápidamente. Su rostro, aunque no perdió su belleza, se estiró y endureció; sus ojos y mejillas se hundieron. Así como su aspecto se deprimía, también su actitud: En ocasiones explotaba, maldiciendo a todos: A sus padres, al destino, al Duque, a Dios... y a sí mismo. Luego de esos furores pasaba a crisis de llanto donde las lágrimas dejaban surcos en las hundidas mejillas.

Incapaz de descubrir como vencer un Pacto demoníaco, su vida se volvió indiferente y rutinaria; solo tenía vida por las noches, cuando se recostaba junto a la dormida Rin, le acariciaba los cabellos, cubría de besos sus labios y rostro, le hablaba y cantaba en voz baja y se quedaba hasta el alba. Era el único consuelo que le quedaba y lo único que podía hacer ahora. No volvió al cementerio, pues era muy humillante para él visitar la tumba de sus padres, debido a todas las faltas de moral, no tenía el valor de ir a sus tumbas sin sentir reproches y culpa por haber permitido todo esto.

Además, estaba presente esto: Len estaba enamorado de Rin, y por ella había abrazado las prácticas herejes… Por amor se había vuelto un brujo. Otra razón para ser aborrecido por sus padres, por el Panteón del Cielo, y por Dios mismo.


Len salió a la parte trasera de la casa a respirar un poco. Aquel era uno de los pocos momentos buenos de la jornada y el único placer natural que le quedaba y quería aprovecharlo lo máximo posible… Solo esperaba que fuera de noche para acostarse en el cuarto de Rin; un nuevo y posiblemente intento fallido de asesinato cruzó su mente. Un murmullo de hojas secas lo hizo agudizar el oído. Al parecer era solo una ardilla que había hecho temblar la rama de esa manera… Len escudriñó el follaje en busca de algún intruso. Otro ruido apagado se escuchó.

― ¿Quién está ahí?―Otro crujido y ni siquiera tuvo tiempo de ponerse en guardia.

Una figura, mucho más alta que él, se lanzó en ataque. A pesar de que era más pequeño que el atacante, Len no se intimidó y mordió la mano que lo apresaba. Kaito soltó un chillido de dolor, pero no lo dejó y finalmente lo aplastó contra la pared, una mano empuñaba su espada de Damocles, la otra apretaba la garganta de Len.

― ¡Suéltame!

― ¡Lo haré cuando confieses lo que hay detrás de esos muros!

― ¿Qué?

― ¡Te he escuchado cuando hablabas con esa mujer en el pueblo! ¿Así que es cierto o no? ¿Tu amo ha hecho un pacto con el Maligno y ha secuestrado mujeres, entre las cuales mi amada Meiko? ¡Responde! ― Len no lo soportó más y se plantó frente a Kaito, como un perro que enseña los dientes y gritó, con las mejillas encendidas de pura rabia:

― ¡Si, es cierto! ¡Y para que te enteres, apenas acabo de enterarme! ¡He tratado de deshacerme del Duque de Venomania cientos de veces y nada! ¿Cuál sería la causa, eh? Busca en tu cerebrito: Solo te tomará un par de segundos…

― ¡No me hables así!

―Te hablo como me dé la gana―le espetó Len―. Si no me sueltas llamo a los perros para que te destripen, yo haría otro tanto…―Kaito lo soltó e Len se frotó el cuello―, ¿Quién eres, por cierto?

―Me llamo Kaito Shion, Conde del Reino Azul―se presentó Kaito haciendo una reverencia que Len no correspondió―. He estado desde meses buscando a mi prometida, Meiko, quien desapareció a llegar a esta comarca. ¿Tú eres el…? eh… ¿Escudero?

―Sirviente.

―Ah, ya―musitó Kaito, cauteloso en no faltarle el respeto y con ello, arruinar su misión: "Seguro conoce todos los secretos de aquí. Debo ganarme su confianza, así rescataré a Meiko" pensaba. Sacó una foto de Meiko y se la dio―. ¿Conoces a esta mujer? ―Len observó a la mujer de pelo castaño y vestido ornamentado de color rojo, sentada sobre una gran roca sonriendo y apartándose coquetamente el cabello con una mano, y sosteniendo una botella con la otra.

―Creo que si… ¡Si, ya la recuerdo! Es aquella chica que siempre bebe sake sin parar, es por ella y por la Srta. Haku que estoy obligado a ir al pueblo, todavía me sorprende que no pasemos hambre, con esas fiestas que el Duque hace para tantas…

―Espera un momento―le interrumpió Kaito― ¿Hay... mas mujeres? ¿Cuántas hay?

― ¿Cuántas?―replicó Len soltando una amarga risotada―, ¿cuántas? ¡Hay muchas! Cada semana van llegando… Hay más o menos cien.

― ¿Tantas? ¡¿Pues entonces qué diablos estamos esperando?! ¡Debemos liberarlas! ―exclamó Kaito en tono heroico y con espada en ristre, pretendió entrar a la casa… Pero el sirviente lo agarró de la manga.

― ¿Estás loco o qué? ¡No puedes entrar, así como así! Mi amo es bueno con las armas y tu solo no podrás contra él. Si te ve eres hombre muerto… si quieres morir estúpidamente, no es mi problema...

― ¿Len? ¿Dónde estás, siervo inútil? ―el rubio palideció al oír esa voz: ¡Su amo! ¡Y venía a donde estaban...!

― ¡Escóndete! ―susurró Len a Kaito, empujándolo dentro del cobertizo para guardar grano y echando el cerrojo―. ¡Cierra el pico y no hables! ―Kaito quedó atrapado en el estrecho habitáculo y como era medio claustrofóbico, de inmediato le invadió una espantosa sensación, quería gritar, derribar la puerta... pero logró mantenerse callado, mientras la voz de Len se mezclaba con otra voz, grave y más madura: "Debe ser su amo…". Rezaba por que el Duque no se hubiera dado cuenta de su presencia y revisara allí… o que Len no lo delatara. Después de tres minutos eternos, Len volvió a abrir la puerta.

― ¡Uf! ¡De buena nos libramos! Sal de allí. Ya volvió a entrar, creo que no se dio cuenta de nada.

―Gracias…―resolló Kaito ―Gracias por no delatarme…

―No lo agradezcas―contestó Len con indiferencia―.En este pueblo estamos acostumbrados a ayudarnos entre nosotros…

― ¿En serio? ― replicó Kaito, encantado con tener un argumento para convencer al rubio de ponerlo de su lado―, En ese caso, amigo Len, creo que deberíamos ser aliados…―Aguardó un momento para ver el efecto de sus palabras: los ojos de Len ya no eran hostiles, sino curiosos; eso lo animó a continuar: ― Es evidente que no eres feliz con tu amo y quieres ser libre, ¿cierto? Puedo ayudarte. Liberaremos a Meiko, a las mujeres…

―Y a mi hermana Rin… También está ahí… ―murmuró Len―. Tengo que sacarla de ese infierno. Quiero sacarla de allí.

—Entonces con más razón deberías hacer una alianza conmigo—dijo Kaito—. Escucha el proverbio: "Muerto el perro, se acabó la rabia", ¿no? Haremos que el perro reviente y todos felices. Vamos por detrás, antes de que tu amo nos vea.


Len y Kaito caminaron por la parte trasera del corral de las cabras, junto a los depósitos de agua y vino. Detrás de un solitario cerco, había un claro de tierra, en el cual había una sucesión de estacas de madera enterradas, en las cuales había flores marchitas por el otoño, esparcidas junto al huerto de calabazas, acompañado solamente de un viejo espantapájaros de tétrica sonrisa cosida. Las estacas parecían marcar algo… pero sea lo que sea, no eran semillas

― Oye, ¿para qué son esas estacas? ¿Es para un cultivo de uvas o de guisantes? ―preguntó Kaito, sintiendo un extraño malestar al ver las solitarias estacas. Len también las veía. Cuando volteó a ver a Kaito, su mirada era extraña, como ausente y triste:

―Cada cierto tiempo, cuando una de las mujeres del Duque quedaba embarazada, el amo se encerraba en su despacho por horas y luego me llamaba. En su mano había una bebida de color oscuro y me decía: "Dale esto a Miku, la pobrecita tiene una horrible digestión." "Amo, ¿y por eso esta inflada como un globo?", decía yo, confundido. "Exacto: Lenny, dáselo, esto la ayudará y en cuestión de horas se irá la hinchazón" me decía. Yo era un niño en ese entonces y aun no comprendía ciertas cosas. Aun así, obedecía y se lo daba en la cena. Luego la pobre se encerraba en el baño, soltando unos gritos y llantos que yo escuchaba asustado, pero el Duque no me dejaba entrar, sino que él mismo lo hacía… y luego de varios minutos salía con algo dentro de un saco de lona. Me ordenaba que limpiara todo y cuando entraba, solo veía sangre por todas partes… ―Le tembló un poco la voz. Kaito palideció como la tiza, horrorizado con el relato de Len. Este señaló el ventanal del tercer piso―. Desde esa ventana veía al Duque cavar una zanja, tirar el saco y luego taparlo con tierra y marcándolo con una estaca. Pronto el campo se llenó de ellas… La última de estos días, Neru, fue más problemático pues fueron trillizos. Solo miraba las extremidades de las criaturitas enterradas en las zanjas...

¡Basta! ¡No sigas!―susurró Kaito, al borde de vomitar todo el helado que había comido del puro espanto―. ¡Esto es una casa del horror! ¡Hechiza, retiene y viola mujeres! ¡Y para seguir teniéndolas listas para él las hace abortar! ¡Debemos hacer algo, Len! ¡No podemos permitir que siga saliéndose con la suya!

― ¿Tienes un plan? Te confieso que lo he intentado todo.

―Dime… ¿El Duque tiene en este momento una favorita? ¿Una chica que prefiera últimamente? ―pregunto Kaito viendo directamente a los ojos a Len, el cual bajó un poco la mirada, la respuesta era obvia: ― ¿Tu hermana es la favorita? Bueno… Lo siento Len… Pero la usaremos de cebo.

― ¿De cebo? ¿Qué quieres decir? ¿Usarla de carnada? ―exclamó Len, como si no diera crédito a lo que escuchaba―. ¡No! ¡Me niego! ¡De ninguna manera...!

― ¡Es necesario! ―replicó Kaito, molesto por la terquedad de Len―, ¡Sin eso nuestro plan fracasará! ¡Entiende, Len…!

― ¡NO! ¡TÚ NO LO ENTIENDES! ―chilló Len, histérico y fuera de sí. Kaito retrocedió un paso ―. ¡Tú no has visto durante años…! ¡Años! ¡...lo que el Duque hacia a esas mujeres! ¡Tú no has sufrido desde los 10 años de la peste, el abandono y este infierno en esta maldita casa! ¡Tú no has visto a mujeres embarazadas beber de pócimas para abortar y ver como entierran sus bebés bajo tierra! ¡Tú no has soportado ver esas caras de familiares que quieren volver a verlas! Tú no… ―su voz se quebraba cada vez más― ¡Tú no has visto como toman lo que es tuyo, lo que más amas y te lo destruyen en tu cara! ¡No lo entiendes...! ―Len sentía un deseo de saltar al cuello de Kaito, abofetearlo, tirarlo al suelo y estrangularlo, hacerle sentir algo del infinito horror que sentía él…

Kaito lo miraba con pena. Sus ojos mostraban límpidamente cada humillación, cada ultraje recibido desde hacía años. Toda lagrima derramada, todo su dolor, toda su furia contenía y a punto de explotar. Otros adultos pudieron haberse echado abajo ante torturas semejantes, perdido la cordura, suicidarse después de tanto horror visto y vivido... pero allí estaba Len, un verdadero superviviente. Debía admitir que perder a Meiko por cuatro meses no era nada comparado con ver a un ser querido tuyo ser mancillado en tu presencia y tu, atado de manos, incapaz de protestar. Kaito estaba admirado del rubio quien, siendo prácticamente un niño, soportó un verdadero calvario, mil veces peor que el suyo…

Entiendo lo que sientes, Len―murmuró Kaito, como queriendo disculparse por su arrebato, se paró enfrente de él para verlo directo a la cara―…Sé que estar cuatro meses sin Meiko no es nada comparado con las desgracias que has vivido… que estas desesperado y harto de esta situación… Pero entiende, Len: Las mujeres de este pueblo siguen despareciendo; madres de familia que trabajan en el mercado y niñas que vienen de la escuela... Seres inocentes que fueron arrancados vilmente para acabar en un puteadero privado para el cerdo del Duque, quedando embarazadas y sus frutos siendo enterrados bajo tierra… ―Len volvió a mirarlo―Mira Len: Te juro, aquí frente a las tumbas de estos niños inocentes... que Rin no sufrirá ningún daño. El Duque se distraerá con ella y tú y yo lo mataremos. Todas esas mujeres serán libres y podrán volver con sus familias. Recuperaré a Meiko y tú serás libre y tendrás a Rin… Todos ganamos ¿no? ―terminó, Kaito, aferrado a esta última esperanza de ganárselo― ¿No quieres recuperarla…? ¿No quieres a Rin…?

―Más que nada en el mundo―musitó Len.

―Entonces… ¿Qué dices Len? ¿Hecho? ―propuso Kaito extendiendo la mano. Len lo miró un instante. Aunque la vida le enseñó cruelmente a no confiar en nadie, ni siquiera en Dios… una parte de su casi mutilado corazón le dijo que no podía perder la oportunidad…

―Hecho.


―Este lugar sí que es lujoso―decía Kaito muy a su pesar al ver todo el mobiliario desde la ventanita del sótano donde Len lo hizo entrar sigilosamente―Odio admitirlo, pero tiene buen gusto…

―Tiene buen gusto, pero como ya has visto, posee el alma de un cerdo y la lascivia de un caballo―dijo Len con desdén. Examinó a Kaito de arriba abajo. ―Una pregunta: ¿Cuál es tu talla de zapatos?

―40―contestó Kaito, señalándose sus enormes pies― ¿Qué pretendes, Len? ¿Qué…?― De pronto Len empujaba a Kaito en un gran cuarto helado donde guardaban toda la carne de res y comida congelada― ¡¿Qué carajo estás haciendo?!

―Ya verás. Espera aquí.― replicó Len y cerró la puerta.

Salió del sótano, simulando llevar una montaña de ropa blanca, esquivando a Haku y a Neru en el camino. Vio a Rin durmiendo en su cama. Alcanzó a ver a Meiko bebiendo de un sake tras otro. Llegó al cuarto de lavandería del duque y cuando llegó al inmenso cesto de mimbre donde Gakupo guardaba toda la ropa confiscada de las mujeres y después de revolver mucho, sacó un vestido de color azul oscuro, decorado con amplios pollerones, perlas y encajes. Cruzó volando el rellano hasta llegar al Ático. Revolviendo de una abollada caja, sacó entre varios artículos de disfraces una peluca rubia rizada algo polvorienta. Cuando pasó por el cuarto de Luka le quitó con disimulo los zapatos de tacón alto y regresó de nuevo a la cocina.

― ¡Mira Kaito, encontré…!―Len se quedó en seco al ver a Kaito acuclillado contra la esquina del oscuro cuarto, abrazando unos botes de helado felizmente, como si hubiera oro en ellos―¡Kaito! ¿Qué estás haciendo?

― ¡Oh Len! ¿Por qué no me dijiste que tu amo tenía una guarnición jumbo de helado?―preguntó Kaito con los ojitos brillosos de felicidad― ¡Tiene de mi favorito: Vainilla! ―y se llevó una cuchara a la boca.

― ¡Vinimos a hacer reventar al maldito cerdo, no a comer helado! ―exclamó Len abofeteándose la frente―. ¡Deja eso y ven aquí!

― ¿Qué es eso? ―preguntó Kaito acercándose y cuando vio el vestido abrió los ojos como platos― ¿¡Que es esto…!? ¡Tú pretendes…!

―El Duque jamás sospecharía de una inocente mujer si se supone que todas caen "hechizadas" ante su poder demoníaco―dijo Len, acariciando vagamente y con aire abstraído la hoja de un cuchillo de carnicero… cosa que inquietó ligeramente a su aliado―Pero antes debo ir a… hacer algo. Pero regresaré antes del amanecer.

―Len, ¿qué estas…? ―alcanzó a decir Kaito cuando Len le dejó en el suelo la ropa de mujer y salió disparado por la puerta de trasera― ¡Si tan solo me dijeras que es lo que haces para poder ayudarte…! ¡Te recuerdo que estamos juntos en esto…!― refunfuñó indignado antes de volver a comer otro pote de helado…

Pasaron varias horas. Kaito se quedó dormido con el quinto pote vacío y solo se despertó al tercer golpecito que le dio Len en el hombro. El sirviente tenía marcadas ojeras, como si no hubiera dormido, sin embargo sonreía y la carrera le había teñido de rojo sus mejillas. Llevaba un bulto entre sus brazos, cubierto cuidadosamente con una tela oscura.

Toda la noche Len había recorrido casi 40 leguas a caballo, a través de los campos, las casas secretas donde solían celebrarse las reuniones del Aquelarre, la cueva donde estaba la Piedra del Oráculo y los Sacrificios y finalmente a la casita junto al río donde vivía "Búho del Pantano", como Len solía respetuosamente llamar al anciano brujo líder del Aquelarre, quien le había enseñado todo lo que sabía

― ¿Qué es eso y dónde estabas? ―preguntó Kaito bostezando y sentándose en la mesita de roble, bebiendo a grandes tragos la taza de café y mordisqueando un trozo del plato de arenques y tocino ahumados que Len dejó entre ambos.

―Para acabar con alguien que ha hecho el pacto con el Señor del Inframundo, debemos usar estos puñales que hice que un cura bendijera y que luego, durante la Misa Vana (2), volvieran a bendecirlas, esta vez por un cura renegado e impregnándolo con una pócima especial ― susurró Len sin rodeos, tomando otro trozo y llevándoselo de una vez la boca. "Brujería" pensó Kaito con algo de miedo ―que es una mezcla de Agua Bendita y Agua Muerta. "Una navaja en el corazón, cargada del veneno, es suficiente para acabar con la Bestia" ―recitó Len las palabras de su maestro (3)

― ¿Eso es todo? ―murmuró Kaito con pánico―. ¿Funcionará?

Reza a tu Dios por que así sea…

Len y Kaito esperaron todo el día para efectuar el asesinato, pues, según Len, era muy peligroso de mañana, ya que así podrían verlos y todo fracasaría. Los dos muchachos la pasaron en la cocina, refinando y aprendiéndose una y mil veces el plan hasta poder decírselos el uno al otro sin equivocación. Aunque en el fondo, Len resentía el detalle de usar a Rin en el plan…

― ¡Len! ―gritó Gakupo― ¡Ven aquí!

―Suerte, Len―susurró Kaito poniéndose la peluca. Len respiró hondo, salió de aquel oscuro sótano y entró a la sala donde su amo estaba sentado, una vez más de espaldas a él.

― ¿Qué desea, señor?

―Dime Len… ―Gakupo ni siquiera lo miraba, sino que veía el fuego arder alegremente ―Ya se acerca tu cumpleaños. ¿Qué te gustaría que te dé?

― ¿Eh? ―Len se quedó perplejo. ¿Su amo dándole un regalo? ¡Si había ignorado los cuatro anteriores! ―. N-no lo entiendo, mi señor

―Cumples quince años. Ya eres un hombre―dijo Gakupo con malicia―. A pesar de que eres una maldita oveja descarriada Lenny, yo aún te aprecio. Así que… El día de tu cumpleaños… deberás estrenarte, como es costumbre en los pueblos. Volverte un hombre, montando a una mujer: ¿Qué te parece si te regalo a Rin, por un día? ―Len se puso lívido, la presión sanguínea le empezaba a aumentar, la rabia le hacía hervir la cara… El muy maldito tiene que faltarle el respeto una vez más a él y a su hermanita… Pero ya no más. Gakupo lo miró soltando una risita ―. Oh, no me veas con cara de rana disecada, Len: El incesto es un invento de la religión. ¡Qué vergüenza! ¡No has puesto tu sello en una mujer! Pero podrás hacer con Rin lo que quieras… Y yo veré todo para ver como lo haces y corregirte si te equivocas. ¿Qué te parece? ―"Te diré lo que me parece" pensaba Len "¡Te odio! ¡No pararé hasta empujarte al Infierno, donde perteneces, maldito infeliz!"―. Tengo hambre: tráeme un pastel.

"¡Sí! ¡Un pastel! ¡Atrácate y revienta!" murmuró Len trayéndole el pastel y ver como Gakupo se lo comía― ¿Algo más, mi señor…?

―Tráeme a Rin―ordenó. Los ojos de Len les llegó el brillo que solo salió cuando estuvo en la Misa Vana. Una sonrisa casi imperceptible se coló por la hundida y pálida cara. Salió de la habitación y le hizo unos gestos a Kaito para que esperara la señal… Comenzó la primera fase del plan…

…Solo que Len no iba a permitir ni de chiste que Rin sea violentada otra vez.

Todo tiene un límite… y Len ya ha tocado el suyo. Desde hace mucho tiempo.

Antes pasó por una vieja recamara y tomó uno de sus paños impregnados con sus pócimas. Respiró hondo. Una, dos veces, tres veces… Las palabras de Gakupo taladraban su cabeza: "¿Qué te parece si te regalo a Rin por un día? (…) Podrás hacer con ella con lo quieras..." Len no podía engañarse: Era una oferta demasiado tentadora. Len amaba a Rin. La quería y la deseaba… Pero no así. No bajo el efecto de un hechizo. En las noches Len soñaba con que Rin, ya libre de la maligna influencia, se echara a sus brazos y le dijera que lo amaba… Todo por su propia voluntad.

Entró al cuarto donde estaba su hermana, quien se estaba maquillando frente al espejo, preparándose para ver a su amo: Vio al sirviente, pero no dio señales de reconocerlo como de costumbre, y volteó otra vez al espejo para terminar de adornarse. Len se acercó lentamente a la muchacha, para no dejar que se le escapara… y justo cuando Rin se levantó y fue a la puerta… Len repentinamente la agarró del antebrazo, atrayéndola hacía si, aplicándole una llave y poniéndole el paño contra la boca. La muchacha forcejeó un momento con el sirviente, tratando de liberarse, llamando a su amo… Finalmente la droga hizo efecto, Rin perdió el sentido y se desmayó en los brazos de Len.

Durante unos segundos estuvo consciente de lo que había hecho. Len alzó el desvanecido cuerpo en sus brazos, estrechándolo. Por fin cumpliría la promesa hecha a Rin esa helada noche en su habitación. Estaba a unos momentos de vengar su honor y el de su amada. La recostó en la cama con cuidado, contemplando el dormido rostro de su gemela. Len frunció el ceño: Todo su rostro estaba cubierto de un escabroso maquillaje de cortesana: sombra de ojos y un fuertísimo lápiz labial realmente extravagante, digno de una puta de barrio bajo para atraer hombres. Le limpió el rostro con cuidado usando un pañuelo humedecido. Sus ojos se ensombrecieron al ver la pálida faz revelando tantas atrocidades.

Tantas humillaciones… Tantas vejaciones… Se acabarían de una vez por todas.

―Lo siento, pero no pienso permitir que él vuelva a lastimarte―susurró Len acariciando su rostro―. Voy a ahorrarte ese desagradable acto. Lo que estoy a punto de hacer… Quizás Dios en el cielo y nuestros padres lo reprochen, pero también son testigos de lo que hemos sufrido, y verán que lo hago por ti, mi querida Rin… ―musitó finalmente mientras se jalaba la negra cinta delgada que recogía su largo cabello, dejándolo caer.

Acto seguido, Len fue al armario y buscando de entre el océano de trajes, sacó un vestido color amarillo con detalles en negro en la falda y pecho. Gracias a que Len había adelgazado mucho por el período de depresión, entró sin dificultad, aun con su traje de criado puesto y el cierre del traje cerró fácilmente. Tomó una hermosa cinta blanca y se la ató en lo alto de su cabeza. Len miró al espejo observando el resultado: En verdad se veía exactamente igual a Rin. Lo que iba a hacer no tenía nada que envidiar a lo que ocurre en el Acto II de Story of Evil: "Servant of Evil"… Sonrió satisfecho.

Todo el odio que desde el segundo intento fallido estaba apagado y sin vida, despertó con la fuerza de una locomotora a vapor. Finalmente tenía una solución. Al fin Len se desquitaría. Enterraría el cuchillo de descuartizar pollos en el vientre de Gakupo Kamui. Vengaría a su hermana, vengaría a toda la provincia y finalmente se realizaría un acto de justicia.

―Iré a buscarte después de que nos encarguemos del monstruo, princesa―musitó Len volviendo al lecho donde estaba su hermana e inclinándose lo más que los volantes del ceñido vestido le permitían… Le acarició el rostro, con la pasión del marido que acaricia el rostro de la esposa antes de partir a la guerra. La besó suavemente, entrelazando sus manos, saboreando este preludio a la venganza tanto como pudiese. Finalmente se separó de ella y salió de la habitación, caminando al vestíbulo.

...

La falda del vestido rozaba delicadamente las losas de piedra. Aunque le apretaba un poco el traje, sobre todo en el área de las caderas, se sorprendió al ver que las faldas eran muy cómodas… Aun así, tenía miedo. Aunque ya sabía que era lo que le esperaba, no sabía cómo todo terminaría al final. Al llegar al primer rellano de la casa, vio al portador de todas sus desgracias, sentado en el sillón de la gran sala. El acero de la daga, escondido en el dobladillo de la amplia falda, le pareció temblar por un instante.

Kaito tenía que esperar. Aguardar a que el Duque se distrajera con el cebo que le habían puesto para atacar… y finalmente una figura femenina proyectó su sombra en la pared continua.

En verdad se parecían mucho, pensó Kaito al verla. Su amarillo vestido soltaba susurros contra el suelo. Sus largos cabellos rubios, algo alborotados, se movía dócilmente al caminar. Su mirada, en cambio, era fría y helada como si de un hielo se tratase. Kaito palideció cuando la chica volteó a mirarlo y le guiñó el ojo… No era ella, ¡era él!

― ¡Len, no! ¡¿Estás demente?!―susurró Kaito moviendo los labios, pero Len lo ignoró olímpicamente. Kaito quedó perplejo, pero no era momento de abortar la misión. Muy bien… Vamos al plan B. Sacó la daga con manos temblorosas, impregnada del veneno del Aquelarre. Y se acercó más pero manteniendo una distancia prudente.

―Oh, ya estás aquí... ―Oyó murmurar el bastardo del Duque, al ver a quien creía ver.

―Sí, mi señor... usted me ha llamado. Vengo aquí a satisfacer mi deseo de estar con mi señor―canturreó Len malignamente, imitando pasablemente la voz de su hermana, pasando los brazos alrededor del cuello de su amo, acariciándolo. Gakupo estaba extasiado ante lo que hacía su "bellaca", y más cuando sorpresivamente Len se sentó en su regazo, sonriendo seductoramente, con una destreza de prostituta que dejó a Kaito admirado por ver ese despliegue de cinismo y algo de truhanería.

Gakupo lo agarró de las caderas y lo empezó a besar con brutalidad y salvajismo. A Kaito prácticamente su mandíbula cayó al suelo y casi sintió náuseas al ver esa escena. En verdad ese sirviente tiene el pellejo bien curtido como para soportar eso sin vomitar. Miraba a Len con admiración y espanto mientras el criado fingía admirablemente que le encantaba como su amo le devoraba y palmoteaba descaradamente su trasero… Finalmente hizo una señal con los dedos. Kaito asintió y se acercó por detrás, sudando copiosamente, alzando la daga, que brilló bajo la luz mortecina de la cúpula del techo... Una gota de sudor se le escapó del mentón y cayó en el hombro de Gakupo…

Todo sucedió muy rápido.

Gakupo se había volteado inesperadamente hacia atrás y le había agarrado la muñeca a Kaito, dejándolo paralizado por un momento. Fueron las milésimas de segundo más largas que se vieron jamás. Un segundo más tarde, Gakupo sintió el filo del acero atravesar la carne de espalda, tocando su corazón. Volteó sorprendido. No… Rin no hubiera podido… ¿O sí? La mirada de la muchacha se volvió turbia y compuso una sonrisa irónica, mientras se recogía el pelo rubio, haciéndose una cola de caballo…

Len…

Apenas tuvo tiempo de decir eso, pues una segunda daga se enterró en un lado de su costado, arrancándole un grito desgarrador que se escuchó por toda la aldea. Miró su abdomen donde descansaba la hoja del primer puñal, donde una mancha oscura empezaba a extenderse hasta su pecho, mientras palpaba con temblorosos dedos la segunda en su espalda. Su vista se nubló ligeramente, haciéndolo caer de rodillas frente a los dos hombres, apretándose la mano contra la herida, viendo como su sangre cambiaba...

Sangre y sudor mezclados juntos se están volviendo al poco tiempo en gotas púrpuras.

Como en cámara lenta, Gakupo Kamui se desplomó en el suelo.

Pasaron varios segundos donde reinó el silencio. De pronto unos gritos y exclamaciones retumbaron por toda la casona: Todas las mujeres del Duque habían recobrado el sentido y ahora corrían en estampida hacia las puertas. Kaito se sorprendió: Rubias, morenas, castañas, rosas, verdes, azules... mujeres y niñas de todos los colores posibles, vistiendo escandalosos trajes con escote y prendedores de flores, descalzas y despavoridas, se acercaban a tropel a ellos. Len corrió hacia la entrada y forzó las cerraduras, para abrir a empujones las pesadas puertas de roble.

― ¡Corran! ¡Huyan de aquí! ¡Son libres! ―vociferaba Kaito, apremiando a las muchachas.

Gakupo miraba impotente como todas las muchachas que había conquistado y esclavizado huían por los jardines hacia las puertas principales. Miku, Luka, Haku, Neru, Teto… todas y cada una de ellas huían de sus garras, para llegar al pueblo, entre exclamaciones de sorpresa y congoja de sus familiares, para hacerles ver donde habían estado.

― ¡Gumi! ―logró gritar a la última de las muchachas, que se había detenido para mirarlo. La mujer por la que había hecho todo lo que hizo, la única mujer que verdaderamente había amado... lo miró con la misma socarronería de la infancia, cuando se burló y lo rechazó por su rostro. Se acercó a él, con el viento invernal agitando el cortísimo vestido de seda―Gumi… Gumi… ―la llamó suplicante, pidiéndole ayuda―. Ayúdame

―En verdad eres aún más patético de lo que eras antes, Gakupo…me das lastima―replicó Gumi con desprecio, mirándole por encima del hombro― ¿Creías que reteniéndonos para tus caprichos serías feliz? Yo te quería como un amigo, pero ahora... Eres aun más feo y repugnante que con tu viejo rostro de Cuasimodo... Adiós, Gakupo... te veré en el Infierno, imbécil―y le pateó en la entrepierna, caminando resueltamente hacia la puerta, entre gritos de Gakupo.

― ¡Espera! ¡No te vayas…! ¡Todavía no te he dicho que te amo…!

― ¿…Y tú qué sabes sobre amar a alguien? ―repuso Len cerrando la puerta de un golpe, sorprendiendo a todos: Era la primera vez en años, desde que había llegado a la casa, que tuteaba a Gakupo.

Para Len no era nada: Él ya no era su sirviente. Había vuelto a su aspecto de antes: Se había quitado el vestido y su mirada reflejaba el fuego de la ira. Saboreaba su venganza, empeñado en no parpadear para no perderse ningún instante. Su ex amo, el poderoso Duque de Venomania, ahora reducido a lo que siempre había sido: Un infeliz.

Gakupo lo miraba asustado: Len… el niño que recogió del Orfanato hacia cuatro años, con la mirada huidiza, el cuerpo pequeño y enclenque, que jamás alzaba la cabeza y lo obedecía por miedo, jamás cuestionándolo... Esta allí, ya casi todo un hombre, plantado en el umbral, encontrándole con sus ojos azules, llenos de odio y desprecio. En sus manos llevaba…

―Len… ¡NO PUEDES HACERME ESTO! ¡ERES MI SIRVIENTE! ¡MI ESCLAVO! ¡TE ORDENO QUE SUELTES ESO! ¡TE LO ADVIERTO...!― chillaba Gakupo asustado al ver que Len traía un cofre lleno de herramientas y sacaba unos largos y oxidados clavos negros―, ¡OBEDÉCEME, LEN!

Si, Gakupo Kamui era como un zorrito acorralado, herido y asustado que gemía por su vida... Y Len Kagamine era el lobo furioso que estaba a punto de destrozarlo con sus mandíbulas. Es algo sangrientamente irónico: El perro se volvió contra su dueño.

―Kaito, ¿te gustaría hacer los honores? ―preguntó Len a Kaito, ignorando los gritos del hombre.

―Por supuesto―contestó Kaito cogiendo un mazo, esperando que Len extendiera los brazos de Gakupo, retorciéndose vanamente y con golpe seco, Kaito le enterró los clavos en ambas palmas del Duque, entre gritos desgarradores, dejándolo clavado en el suelo, con la sangre empezando a salir de sus manos, como una mariposa disecada, como una parodia de Jesucristo crucificado.

Len sacó un martillo grande. Una ira homicida hacía brillar y sacar chispas de sus azules ojos; Kaito tomó un martillo igual. Losmartillos se abatieron, se oyeron crujir los huesos y el cielo se apagó para el Duque de Venomania. Entre gritos de Gakupo fueron rotos sus piernas y muslos, después los vengadores rodearon a su víctima y los mazos cayeron sobre brazos y antebrazos. Los golpes repercutía tanto en los radios y en los cubitos, las maderas crujían tanto como los huesos rompiéndose.

A una señal de Len, Kaito y él le arrancaron el pantalón de lino blanco y le bajaron las bragas, revelando la blanca y asquerosa humanidad del Duque. El miembro ahí tendido, como un miserable gusano blanco que causó tantas desgracias… Len tomó el largo atizador de la chimenea, todavía encendido y se acercó al aterrorizado Gakupo: Había aprendido esto del acto de Duque Maltravers al ejecutar a Eduardo II de Inglaterra (4)―Esto es de parte de todas las mujeres que has vejado, Duque, especialmente de Rin…―sentenció Len y en un segundo, la larga varilla se enterró en su entrada hasta la próstata y luego el filo de un cuchillo de cocina cruzó el aire; un chorro de sangre salió volando, Gakupo volvió a gritar desgarradoramente, mientras su sexo y sus genitales eran arrojados al fuego. Se expandió un espantoso olor a carne quemada que solo aumentó la ira de los dos hombres, sobre todo en Len… Se supone que debería estar sonriendo, triunfante… ver a su ex-dueño gemir y llorar, pidiendo clemencia, lo enfurecía.

Len sacó un pequeño puñal que servía para comer almendras garrapiñadas y le abrió la camisa a Gakupo. Entre la semi inconsciencia, Gakupo sintió el filo del puñal cortar la piel y la carne, haciendo unos trazos, para ver finalmente la palabra: CERDO AL MATADERO.

Acto seguido, como acto de venganza por lo que le hizo a Meiko, Kaito agarro un tubo algo oxidado y cerrando los ojos con fuerza le introdujo aquel duro y grueso metal por el recto de una forma bien salvaje llegando a tocar sus órganos, provocándole sangrados internos. El Duque de Venomania emitió un grito desgarrador mientras la sangre salía por aquel tubo oxidado, cosa que agradó mucho a Len y lo movió un poco, destrozando algunos de sus órganos.

Ahora los ojos de Gakupo eran unas tenues rendijas blancas. Su corazón latía aun con fuerza. Le quedaba un soplo de vida al desgraciado. Cuando Len y Kaito, armados con largos cuchillos de cocina, alzaron sus armas para enterrárselas a la cabeza de Gakupo… Una botella de sake, venida de quien sabe dónde, se estrelló con fuerza contra el cráneo de Gakupo, partiéndose de por la mitad por el impacto, matándolo definitivamente.

Len y Kaito se quedaron perplejos por un instante, mientras la sangre salía de la cabeza de Gakupo y se extendía por sus largos cabellos, cubriéndolo de un charco de sangre. Alzaron lentamente la cabeza y vieron a Meiko respirando agitadamente, sosteniendo con fuerza la botella rota, que rezumaba sangre.

― ¡Meiko!― chilló Kaito de felicidad, corriendo hacía su prometida, tontamente esperando lágrimas, abrazos, besos... Pero le llegó un golpe en la cabeza― ¡Ah! ¡Uy! ¡Meiko! ¿Qué te pasa?

― ¿Qué me pasa?―chilló Meiko―. ¡¿Dónde carajo estabas?! ¡He estado aquí desde hace cuatro meses, esperando tú llegada como un príncipe azul...! ¡Y mira el momento que llegas! ¿Por qué tardaste tanto eh? ¡Ya sé: me dejaste por otra! ¿Verdad? Eres un mujeriego libidinoso!

― ¡Meiko! ¿Cómo puedes decirme esas cosas? ¡Si yo te amo! ¡He estado siguiéndote las pistas desde que desapareciste! ¿Cómo podría olvidar a la mujer que quiero…? Tú… ¡tú eres mejor que el helado! ¡Ya lo dije! ¿Feliz?―tartamudeó Kaito, esperanzado con que Meiko se calmara… Recibió otro golpe y luego un beso apasionado de Meiko, que dejó al azulado turbado.

―Sabía que algún día dirías eso―dijo Meiko con una sonrisa burlona― ¿Y te digo algo? Te ves bien con vestido, Bakaito.―Kaito sonrió y la apresó en sus brazos, haciéndola girar en el aire.

Len solo vio divertido la escena y ahí recordó: ¡Oh, Rin! ¡Debía ir a buscarla! Subió las escaleras, dejando a los enamorados solos junto al cadáver y llegó al vestíbulo de arriba. Volvió a ver la rendija de la puerta abierta de Gakupo… Acababa de acordarse de algo. Algo que había pasado por alto desde hacía semanas… ¿Podía ser posible…?

Entró en la habitación de Gakupo y fue directo al enorme cuadro que estaba a un lado de la cama. Era un retrato rodeado de festón dorado donde el Duque hacía una dizque pose heroica, imitando a Napoleón Bonaparte. Len hizo una mueca al gracioso cuadro y lo tiró al suelo. Dentro, en un hueco, reposaban dos cajas de hierro.

La primera estaba llena de cientos de monedas de oro, plata, pesetas y peniques: Eran los ahorros del Duque, o lo que quedaba, pero al menos había una cantidad considerable. En la segunda caja brillaron rubíes, esmeraldas, anillos y collares de perlas, colgantes de diamante y jade, cruces y medallones de oro, broches de oro y plata cincelada y diademas de piedras preciosas y semi preciosas: Todas eran joyas de las desdichadas prisioneras del Duque, quien, cuando llegaba una nueva mujer, este mandaba a ocultar su vestido y se quedaba con sus joyas. Len finalmente halló la que buscaba: Tiró de la delgadísima cadenilla de oro donde surgió un redondo relicario de oro cincelado y labrado, oscilando frente a su nariz. Estaba abierta y la foto de ambos, al igual que aquellas palabras grabadas a un costado, se veían claramente a contraluz.

"Lo sabía" pensó Len, "Registré toda la habitación de Rin y jamás hallé ahí el relicario. Era obvio que el Duque se lo había quitado apenas llegó..."

Dudó un momento, mientras su mirada iba de la caja de monedas a la de joyas. Por un lado, sabía que estaba mal robar… Pero Rin y él, después de esto… ¿adónde irían...? Era huérfanos, su humilde hogar junto con muchos otros había sido destruido después de la pandemia para evitar una re-propagación de la enfermedad. No podían, ni querían volver al Orfanato. Otra cosa... ya había visto varios copos de nieve cayendo al patio hacia días, acompañados de alfilerazos de frío. Incluso antes, hace meses, en el pueblo estaban llegando indicios que la cosecha había sido insuficiente. Len lo sabía, pues cada semana el dinero de los víveres había subido cada vez más: En Asmodín se pasaría invierno de hambre.

No. Len no quería que Rin tuviera que seguir sufriendo penas y sinsabores después de esto, sin hogar, pasando frío y hambre. Sacó del armario unas escarcelas (5) de lino y metió ambos contenidos en ellas, así como otras piezas de valor de la habitación. Len no estaba robando: estaba cobrando su bien merecida jubilación, ¿no?

Se las puso a la cintura y salió de la habitación. Allí, en el vestíbulo, Rin caminaba lentamente fuera de su habitación. Ya había pasado el efecto del narcótico . A Len el corazón le dio un vuelco a la altura de la nuez. La muchacha tenía la cara agotada y una palidez exangüe le cubría el rostro. Parecía confundida, y muy asustada.

― ¿Len…?― murmuró Rin al fin mirándolo. Len se regocijó al ver que su mirada volvió a ser la misma.― ¿Len… eres tú? ―allí el auto control de Len se desplomó: En un solo segundo, Rin era envuelta en los delgados brazos del sirviente, quien estaba cerca de estallar en sollozos de alegría, de rabia y de dolor, todo junto...

― ¡Rin, Rin Rin...!―no pararía de repetir su nombre si eso era posible; la estrechó con más fuerza en sus brazos― ¡Rin, al fin, ya todo terminó...! ¡Estás bien!

―Len, ¿dónde estoy?―preguntó Rin asustándose cada vez más―. Lo último que recuerdo es que entraba a este castillo y ese hombre para el que trabajas, el Duque de Venomania, vino a recibirme, me miró... y perdí el sentido. ¿Qué me sucedió...? ¿Qué fue lo que...?―se separó ligeramente de él y notó la blanca camisa de Len empapada en sangre― ¡Len! ¡¿Por qué estas lleno de sangre?!―gimió ahogando un grito― ¡¿Que sucedió aquí?! ¡¿Por qué tengo este vestido?! ¡¿Por qué no llevo ropa interior?! ¿Por qué... por qué me siento que me han hecho cosas malas, Len? ¡Contéstame!―sollozó Rin, golpeando su pecho con los puños, desesperada. Len le abrazó con más fuerza, sintiendo los ríos de lagrimas correr por sus hundidas mejillas; la mirada de pena que le dio fue la desalentadora respuesta. Rin estalló en llanto, maldiciendo y chillando al tiempo que Len presionaba sus labios contra su frente con fuerza, las manos temblándole al sujetarla.

―Shhhh… ―susurró Len―. Todo va a estar bien, Rin. Si, es cierto: Hemos pasado por cosas malas aquí... Pero esas cosas malas ya terminaron. ¡Todo terminó, Rin!― acunó el lloroso rostro de su hermanita entre sus manos: ya no gritaba, pero hipaba ligeramente. Le secó las lágrimas con sus propios dedos―. No llores Rin, pues ya todo esto se acabó. Aquí estoy... él no volverá a lastimarte nunca más…

Rin asintió haciendo grandes aspavientos y se escondió una vez más en el pecho de Len. El sirviente la abrazó de nuevo, meciéndose ligeramente para calmarla. Len se había imaginado su reencuentro de una manera más… emocionante y feliz, pero esto era triste y cruel, como todo lo que el Duque les había hecho. Sabía que lo que seguía iba a ser duro para ambos... Pero ya todo había terminado y solo restaba seguir adelante... juntos.

― ¡Len!―se oyó desde abajo el grito aterrorizado de Kaito―. ¡¿Acaso te moriste o qué?! ¡Tenemos que irnos!

―Vamos―Len le rodeó los hombros con un brazo y bajaron las largas escaleras. A Rin en todo el trayecto se le aparecían inquietantes fragmentos de lo que habría pasado en esa casa. Su horror no tuvo límites al ver una mano ensangrentada bajo un charco de sangre y con el cuerpo envuelto en una alfombra. Se aterrorizó al ver el cuerpo, al entender las manchas de sangre en el traje de su hermano y volteó la mirada―. No mires, Rin ―le aconsejó él llevándola al vestíbulo para que no lo viera.

―Debemos salir de aquí. Se oyen desde aquí gritos de los lugareños. Van a venir aquí a ajustar cuentas con Gakupo. Si nos quedamos aquí puede recaer el linchamiento hacia nosotros. ―urgió Kaito presuroso mientras Meiko chillaba: "¿Una turba? ¡¿Como que una turba, Kaito…?!"

―Saldremos por el cobertizo, allí está el bosque y podemos ocultarnos allí―contestó Len, hurgando entre los cajones de la cocina sacó una lámpara de minero y una navaja.

Los cuatro salieron presurosos hacia la puerta de la cocina: Len a la cabeza, guiando al grupo, quien agarraba a Rin, detrás de ella Meiko y por último iba Kaito. Cruzaron el patio hasta llegar al establo, donde los caballos piafaban nerviosos. Momentos después, aferrando a Rin contra si, Len arreaba enérgico a Innovador hacía afuera del jardín, seguidos muy de cerca por Kaito y Meiko a lomos de otro caballo. Fueron pasando por los bajos arboles que franqueaban la entrada hasta ir pasando por un viejo túnel de ladrillos, para luego adentrarse en el bosque. Estaba completamente oscuro y la luz de la lámpara era lo único que les guiaba el sendero que seguir. No se detuvieron ni miraron hacia atrás, hasta llegar un claro cubierto de brezo, en lo alto de una colina. Desde allí, ocultos entre las rocas, vieron llegar a la turba enfurecida.


La llegada de las rehenes a sus hogares trajo la congoja y la felicidad… Después de tantos meses y años sin verlas y allí estaban, sanas y salvas... ya muchos creyeron que no volverían o que habían muerto... y cuando supieron lo que había pasado, que el Duque de Venomania las había secuestrado y retenido para su placer, la conmoción y el espanto cruzaron todos los extremos del pueblo. Todo se transformó en ira. Tomaron sus garrotes, machetes, tridentes y antorchas. Hombres, mujeres y niños salieron en tropel de sus casas. En cuestión de minutos, el pueblo de Asmodín se alzó contra el castillo.

Derribaron la verja negra que cerraba el jardín principal. Al echar abajo las puertas enormes principales a punta de hacha, dispuestos a matar al Duque de Venomania allí mismo, hallaron una macabra sorpresa: Envuelto en la carísima alfombra tupida, hallaron el cuerpo roto, sanguinolento, con la cabeza destrozada, sin sexo y empalado a lo Vlad Tepes, con la perturbadora inscripción en el pecho y clavos en sus manos; concluyeron, demasiado tarde, que alguien ya lo había hecho y de una manera que insinuaba acto de sacrificio satánico.

Siguieron inspeccionando toda el área, encontraron en el laboratorio del sótano cientos de libros sobre Pactos Demoníacos y una marca en el piso, en forma de Pentagrama corroboró las sospechas. Miles se santiguaron en ese instante. También hallaron un salón suntuosamente decorado con un armario con hermosos vestidos de mujeres y niñas. Muchas habitaciones estaban lujosamente decoradas para las prisioneras. En otra habitación cerrada con llave encontraron el horror que escondía el Duque: En ella, había unas cincuenta jarras, potes y palanganas con restos humanos en conservación: grasa hecha manteca, sangre coagulada, cabellos de criatura, esqueletos de manos, polvo de hueso... Los perros en el patio desenterraron un total de 150 sacos donde contenían restos de fetos de bebé, casi todos d meses de gestación.

La indignación se expandió a toda la multitud. Después de varias horas de histeria y rabia, el interior del antes majestuoso castillo de Gakupo Kamui mostraba un espectáculo de desolación: de las bodegas corría el vino de las cubas destrozadas, y en lo ladrillos contaban la historia de la reciente carnicería que se había hecho. Desaparecieron todos los objetos de valor del Duque, aunque sus joyas ya se habían esfumado. Solo se veían cortinas de lecho rasgadas, muebles destrozados y tapices arrancados. Sacaron a rastras el cadáver del Duque para dejarlo allí, en medio de la masa furiosa, para arrojarle piedras y escupitajos.

Al final, Honne Dell, marido de Yowane Haku, hizo traer del pueblo cientos de galones de gasolina y le prendió fuego al castillo. Toda la turba soltó alaridos de triunfo, gritos y cánticos religiosos al ver la casa maldita desaparecer tras las llamas, un acto de exorcismo masivo. Las torres, las almenas, el patio, el campanario, las casas anexas fueron devoradas con un fuego que llegaba a los casi cinco metros de altura, cuyo humo se veía hasta a diaz kilómetros de distancia…

… El fuego infernal se reflejaba en los azules ojos de Kagamine Len, aferrando la mano de su hermana, contemplando el acto hasta el final.

Los días siguientes fueron de gran agitación para la comarca. En el pueblo nunca se supo exactamente quien asesinó al Duque de Venomania. Los duques Akaito y Meito, al saber la noticia de la muerte de su amigo, rogaron al Rey que se apresara al sirviente de este, pues estaban seguros que él había sido.

―Es necesario que sepa, noble Sire, que este sirviente fue el causante de la muerte de nuestro amigo. Atentar contra la vida de un miembro de la realeza es un sacrilegio. ¡Apréselo y llévelo a la guillotina! ―decía Akaito con tono afectado.

Pero el pueblo, aunque lo hubiera creído, también tenía sus propias teorías: Pudo haber sido otro; ¿quién sabe...? Y si lo del sirviente era cierto, entonces no estaban dispuestos a entregar a alguien de su gente que, sin saber exactamente quién es, había traído justicia a este pueblo maldito. Los pueblerinos se basaron en los testimonios de las mujeres y las pruebas halladas dentro y fuera del castillo, pero los Duques no los tomaron en cuenta.

― ¡Eso no es más que una calumnia! ¡El Duque Gakupo fue un alma gentil y caritativa como ninguna otra! ¡Jamás se hubiera aprovechado de damas y doncellas para su beneficio! ¡Jamás vi una mujer en su castillo! ¡Todo esto es un escándalo!―aullaba Meito.

Finalmente el Rey mandó a varios de sus arqueros para buscar al responsable de la muerte del Duque de Venomania y el pueblo estalló. Los burgueses y los campesinos se lanzaron contra la policía y varios de la aristocracia, que se pusieron de lado de los Duques. Asmodín vivió los peores días de su historia desde la epidemia de viruela. Los Duques y la nobleza fueron empujados hasta las ciénagas de Aligues donde a punta de palos fueron apelados, traspasados, hundidos en el fango, ahogados... La tierra se tragaba a su propia gente. Las mansiones fueron saqueadas y vaciadas hasta los cimientos donde sus ocupantes quedaron peores que los campesinos más pobres.

La histeria de la Iglesia no tuvo límites al ver que en ese lugar había un culto a la brujería con el mismo Duque y se arrojaron contra el pueblo. Aquí ciento quince cadáveres, aquí ciento cincuenta y dos... ni una sola zona de allí se salvó de la hoguera expiatoria. La misma iglesia del pueblo fue consumida por las llamas. No perdonaron a nadie, ni mujeres ni niños. El viento de Asmodín estaba impregnado del atroz olor de las hogueras, haciendo réplicas de la tristemente célebre "Gran Hoguera Morada" donde el castillo de Gakupo fue consumido hasta las cenizas.

Al final, después de varios días de caos, el Rey, creyendo la historia de las secuestradas, mandó al Papa a excomulgar a Gakupo y a enterrarlo en su castillo, que quedó maldecido para siempre.

Nana Macne subió las nudosas manos a la imagen de la Virgen que estaba sobre el pedestal. Las lágrimas cruzaron su rostro exhausto donde la historia de la Bestia de Venomania, que sería recordada tristemente hasta nuestros tiempos, aun cuando Asmodín desapareciera, se veía claramente…

―Gracias Len… Bendito seas. Bendito sea el Lobo de Venomania…


Una semana antes, cuatro figuras encapuchadas salieron del helado patio del hostal para abordar el pequeño carruaje tirado por mulas. Kaito abrió con rapidez las portezuelas y Rin y Meiko entraron, seguidas por Len y él. Azuzó a las mulas y estas partieron a la embarrada carretera que daba a la salida del pueblo. Pueblerinos abrigados hasta las narices los veían pasar. La primera nevada llegó con una larga danza de copos de nieve, cubriendo el frío suelo. Los campos estaban negros y desiertos; los animales de granja berreaban de frío apretujados en redil, el aire olía a fogatas de leña verde.

Aunque estaban cubiertos de buenas mantas, dentro del carruaje hacía algo de frio también. Meiko destapó la primera botella de sake de la jornada, entre las protestas de Kaito, argumentando que las necesitaba para soportar el frío.

― ¿Puedo rodearte con mi brazo, Mei-chan?―decía galantemente Kaito, como si quisiera enseñarle a Len lecciones de galantería. Meiko le respondió con un zape en la nuca y acto seguido se acurrucó en su hombro, entre sonrojos de Kaito.

― Está bien, pero no vayas a babear mi vestido cuando te duermas o tu reserva de helado desaparecerá en el río― murmuró Meiko amenazadoramente.

Los gemelos miraban divertidos la escena. Esa capacidad de pasar de la casi violencia a la ternura daba risa y enternecía a la vez. Len sintió envidia de Kaito, por tener una mujer que amar y que este fuera correspondido. Notó que Rin los miraba con algo de tristeza y Len le tomó de la mano, sonriéndole para infundirle ánimos. Ella compuso una débil sonrisa de respuesta y se acurrucó en el pecho de Len, cerrando a medias los ojos. En verdad el bamboleo del carruaje y el bombeo rítmico del corazón de su hermano, hicieron que se adormeciera casi enseguida, pero todavía tenía muchas dudas de los últimos acontecimientos, entre ellos uno que la inquietaba particularmente.

―Len, ¿adónde nos quedaremos cuando lleguemos a la ciudad? ― musitó Rin mientras una ligera ráfaga de viento le despeinaba.

―Ya veremos Rin, pero no te preocupes, estaremos bien cuando lleguemos allá―respondió Len besando su frente y acariciando su cabello; detrás de él estaban las escarcelas con la oportunidad de que ambos tuvieran una vida mejor de la que tenían. Rin asintió lánguidamente y dejó que él siguiera acariciando su cabellera y espalda, mientras sucumbía al mundo de los sueños, donde no tenía que temer más al Duque, pues estaba a salvo, lejos de ese castillo y en brazos de Len.

Len alzó los azules orbes al viejo madero que, antaño, permitía mostrar al caminante la entrada al camino del bosquecillo; ahora un cerco rodeado de púas flanqueaba la entrada con un cartel en grandes letras góticas que decía: Prohibido Pasar. Sonrió con una extraña mezcla de tristeza y triunfo; se apoyó contra el espaldar, acomodándose mejor para no incomodar a Rin y para dormitar un poco.

Miró tiernamente la preciosa carga que reposaba en sus brazos, le apartó un mechón que le impedía ver su rostro. Posó la barbilla en su cabeza y apretó más fuerte el abrazo, para obligar a aquella cabecita a pegarse más estrechamente a su pecho. ¡Oh, como la amaba tanto...! A Len ya no le importaba la que la Iglesia y sus Mandamientos dijeran de ellos, su comentario sobraba. El amor es un barco sin capitán definitivamente, que lo lleva a donde el viento le dé la gana de empujar. Aunque Len se moría por sujetarle de los hombros y decirle toda la verdad, todo lo que había sucedido, todo lo que había hecho para liberarla y que se consumía de amor por ella... Sabía que todavía no: Rin había pasado por una experiencia traumática y él mismo tuvo su buena racha de penas; había que esperar que las heridas de sus corazones, todavía sangrando, terminaran de curarse... Además, no sabía que sentía Rin por él...

Pero ya habría tiempo para saberlo. Ahora lo importante para el Lobo de Venomania era dormir.


Glosario:

(1) Mezquino. Mesquine (Inglés) o Meschine (Francés). Feble, pobre, endeble o miserable: Era el calificativo general que se le daba a sirvientes.

(2) Misa Vana: (También conocida como Misa Negra (Black Sabbath)) práctica medieval herética donde, contraria a la misa cristiana, se reunían adeptos a la magia negra para practicar conjuros y hacer sacrificios a sus dioses, entre ellos a la Diosa Madre. Actualmente estos adeptos se denominan "Wiccanos". Podríamos decir que Len renegó del cristianismo y se convirtió a la Wicca (En su versión mas brutal y antigua).

(3) Frase de la película "Diabólica Tentación" (Titualada originalmente Jennifer´s Body) con Megan Fox y Amanda Seifried.

(4) Eduardo II de Inglaterra (Rey de Inglaterra e Irlanda entre 1307 y 1328) murió en 1326 en el castillo Berkeley. Según la leyenda popular (aumentada con la saga de libros Los Reyes Malditos, de Maurice Druon), Eduardo fue asesinado con un atizador encendido enterrado y atravesado en su ano, simbolizando que su homosexualidad (entre otras cosas) había arruinado el país.

(5) La escarcela (Del italiano scarsella) era una especie de bolsa que se llevaba suspendida del cinto de formas variadas y muy artísticas que estuvo en uso durante los siglos XIV y XV. Finalmente, se utilizó para designar un bolsillo asido al cinto utilizado por trajineros, pastores y gente de campo.