Shade: Llegamos a la segunda cosa que la gente más quería ver, además de ver al Berenjena morir de manera sádica =D ¡Twincest!
Sess: Ignoren a Shade, no se ha tomado su medicamento… Pero ahora sí. *Saca una jeringa monstruosa, Shade sale huyendo y Sess la persigue*
Playlist de hoy: "Secret" de The Birthday Massacre.
Después de varias semanas, finalmente el invierno llegó con toda su fuerza a toda la región de Evillious. Esta vez el sol definitivamente se escondió y no volvería a aparecer por ahora. Un amplio manto blanco cubrió todos los campos y caminos. Copos de nieve cubrían las terrazas y los tejados poseían ahora curiosos sombreros blancos. Remolinos de nieve agitaban las ramas y levantaban los abrigos. Los ríos se congelaron y para sacar agua ya no se podía hacer a cubas sino a golpes de hacha. Un frío que no respetaba ni a las piedras hacia estremecer los miembros del cuerpo aun dentro de las pieles cubiertas.
En Asmodín, tal y como Len había presentido desde hacía mucho tiempo, hubo invierno de hambre.
Allí, el medio kilogramo de trigo se vendía a sesenta piezas de oro y el medio fardo de leña vieja, a treinta y cinco, precio jamás alcanzado. Las últimas cosechas estaban destruidas y enterradas a más de cinco metros bajo tierra. El ganado se moría de falta de forraje y la gente se peleaba por los restos del descuartizamiento. El viejo cementerio de la campiña volvió a abarrotarse y muchas madres desconsoladas enterraban a sus hijos en el paraje, junto a las viejas fosas comunes donde reposaban los huesos de los padres de Rin y Len. La mala cosecha, el escándalo del Duque de Venomania y sus mujeres, su misterioso y violento asesinato y la purga expiatoria posterior a su caída, alimentaban a la trágica imaginación popular. Muchas de las víctimas, entre ellas Miku, Luka y Gumi, tomaron sus cosas y se fueron para siempre del pueblo maldito, rápidamente cayendo en el olvido…
Dejemos de una vez este pueblo que se hunde y vayámonos unos kilómetros al este…
...
Len apartó el largo cortinaje que cubría los ventanales para que entrara algo de claridad a la habitación. Desde el alba estaba despierto, pues se había acostumbrado a levantarse siempre temprano para hacer las tareas domésticas del castillo. Se sobresaltó al darse cuenta que ya no tendría que hacer nada de eso; ya no sería más la "muchacha de servicio", como Gakupo solía decirle a sus espaldas. Hizo crujir los huesos de los hombros y manos.
¿En verdad había pasado todo esto? Se sentía como si todo lo que había ocurrido en el castillo de Asmodín no había pasado hacía tan solo un par de semanas, sino hacia años. Tenía la sensación de haber emprendido un viaje de cientos de miles de kilómetros. Era una sensación aterradora y a la vez liberadora. La vida perdida le parecía tan lejana y palpable a la vez: "Me siento como si de golpe tuviera cincuenta años, y ni siquiera tengo quince aún. Has perdido el juicio, Lenny" se decía meneando la cabeza.
Desde la madrugada de pesadilla en la cual que escaparon en el pequeño carruaje para bordear los campos devastados por la tormenta para luego llegar a la frontera Azul, como un hambriento que se harta de comida creyendo nunca saciarse, Len tomaba posesión del universo con la mirada. La perspectiva de ser libre y tener a Rin a salvo con él le provocaba una especie de vértigo.
"¿Volveré a acostumbrarme a la libertad?" se preguntaba.
Ateliesta (1), población del Reino Azul y, por lo tanto, feudo de Kaito y de Meiko-nee, parecía uno de esos pueblitos mostrados en los libros ilustrados y en las tarjetas postales. Ese lugar se caracterizaba con su eterno aire de mercados, de harina con manteca y leño verde humeante. Las casitas de piedra y de madera, los tejados en forma de aguja y sus muros de más de 500 años de antigüedad que la cercaban, sumado todo al invierno, le daba un curioso aspecto de aldea navideña… Si, es una exageración, tómenlo como un dato humorístico para relajar el ambiente, señores. Pronto llegaron al hogar de Kaito y Meiko, un castillo más pequeño que el de Gakupo, pero sin duda más acogedor según Len, acordándose de las frías y umbrías bóvedas de los sótanos, en las que rezumaban humedad. Meiko, quien de hecho gobernaba la casa (con puño de hierro y botella de vino a la vez) les designó un cuarto para cada uno. Allí, en esa residencia entre perennes bosques de pinos, los gemelos conocían el invierno de la libertad.
Ahora miraba alrededor de su cuarto: Una habitación pequeña, de escaso mobiliario pero agradable, un pequeño escritorio, armario, y librero de madera oscura. Una cama amplia colocada al ala oeste del cuarto, cuyo único adorno era un escudo en la cabecera, puesto en el sitio exacto donde antes había un crucifijo, que Len deliberadamente hizo quitar. En los ventanales en forma de guillotina colgaban unos carámbanos de hielo y había rastros de aguanieve en los cristales. En la esquina más alejada, reposaba un calentador de agua. Habitación sencilla, pero definitivamente mejor que el habitáculo donde antes dormía.
Len dejó escapar un pequeño suspiro y se volteó, pues acababan de tocar a su puerta y él corrió a abrir: En el umbral de la habitación estaba su hermana, con pinta de que acababa de levantarse. Llevaba en sus manos una bandeja de bizcochos y dos tazas de té. Aunque el invierno mantenía la misma palidez exangüe de sus mejillas, Rin se veía mejor físicamente. Len también había recuperado algo de vigor en sus músculos en las últimas semanas; en verdad, este cambio de fortuna fue muy amable con ellos.
—Buenas días, Rin. ¿Dormiste bien?
— Sí, muy bien—respondió ella con voz tenue—. Ehm... Kaito-nii y Meiko-nee van a salir y me pidieron que te dejara esto, pues debías tener hambre…—Ni siquiera lo miraba—. Bueno… ya… ya me voy—Y se levantó para salir de la habitación… cosa que Len evitó, sujetándole de la muñeca suavemente.
Ella se estremeció levemente y volteó la cara, rehuyéndole la mirada. Len sabía perfectamente lo que estaba pensando y sintiendo. En ellos no era ajena la famosa "telepatía de gemelos". La hizo girarse hacia él con cuidado y la rodeó con sus brazos cuidadosamente, sin decir ni una palabra.
Desde su llegada, Len se deshacía en consuelo para Rin: La adolescente había recuperado la mayoría de sus recuerdos inconscientes del castillo y eso la había aterrorizado de sobremanera. Lloraba y sollozaba, aterrada con la espantosa idea de haber servido como una esclava sexual del Duque de Venomania, sin siquiera saberlo, lo que lo hacía más terrible todavía. Se encerraba y no hablaba con nadie, se podía quedar por horas mirando el vacío. Un día Len la encontró acurrucada en una esquina del cuarto de baños, completamente vestida, empapándose con agua caliente, llorando... Esa imagen le partió el corazón. Sin pensarlo, Len se metió dentro, sin importarle mojarse también, para acunarla en su pecho y consolarla, también necesitado de apoyo:
—Todo va a estar bien, Rin… Aquí estoy. No llores, no llores, por favor… Nadie volverá a hacerte daño —le había susurrado en aquella ocasión.
Len solo deseaba que su princesa sonriera de nuevo. Estaba todo el tiempo a su lado. La llevaba de paseos por los alrededores de la casona, con tal de animarla y distraerla. Le hablaba durante horas, sobre los campos verdes en el verano, sobre curiosas anécdotas de infancia, sobre cualquier cosa. Cuando la veía triste o deprimida, Len se mostraba con ella lo más cariñoso y atento que era capaz. Cuando la oía gritar por las noches por una pesadilla, las cuales eran bastante frecuentes, Len corría a su habitación y se acurrucaba con ella; La abrazaba y la consolaba; le decía que todo iba a estar bien, que ya nadie volvería a lastimarla; la mecía y la arrullaba con sus canciones favoritas y se quedaba a su lado hasta la mañana siguiente. En ocasiones, Rin le suplicaba que le contara exactamente todo lo que había ocurrido en el castillo, y Len lo hacía… omitiendo ciertos detalles, para no lastimarla más.
Entre eses detalles estaba, por supuesto, la brujería: Len se juró a si mismo que ese aspecto de su vida ya acabado se quedaría secreto hasta que la boca se le llenara de tierra.
La estancia se había quedado en silencio. Lo único que se escuchaba, algo audible, era la respiración de la muchacha en el hombro de su hermano. El ex-sirviente estaba desesperado. ¿Qué haría para devolver esa mágica sonrisa en su rostro, que tanto deseaba ver? De repente se le ocurrió una idea. Era un regalo de Navidad, pero aun así…
—Rin… quiero enseñarte algo.
La rubia alzó la cabeza levemente, encontrando que Len había sacado un pequeño paquetito de su bolsillo y lo había colocado en su regazo. Era cuadrado, envuelto en papel satinado y adornado con un sencillo moño. Se quedó mirándolo, sin saber que decir o hacer. Len le sonrió lánguidamente, en un gesto que quería decir: "Ábrelo". Desprendió el moño, rompió la envoltura y abrió la tapita: Un resplandor dorado le dejó momentáneamente boquiabierta. Era…
—Len… esto es…
—Este… pensaba dártelo en Navidad, pero no resistí el hecho de esperar tanto—dijo Len, rascándose la nuca—. ¿Me dejas ponértelo…?
Rin asintió, dejando que Len se colocara detrás de ella, pasando la cadenita de oro en su cuello y la cerrara con el pequeño broche. Al fin el relicario había regresado con su verdadera dueña. Abrió las doradas portezuelas para ver la diminuta foto de ambos, tomada hacia casi quince años. Quince años que se fueron volando y en la cual vivieron muchas cosas que otros jamás desearían.
Se volteó y encaró a su hermano… Len se quedó en aire extático, pues acaba de ocurrir algo maravilloso: De las comisuras de los labios de Rin se asomaba algo que era parecido a una sonrisa, pero luego de semanas sin hacerlo, para Len era mucho más valioso que todo el poder y el oro del mundo, pues para muchas personas, no hay nada más precioso que un gesto de la persona amada. Len extendió los brazos una vez más; como si estuviera sonámbula, la rubia se volvió a acurrucar en su pecho, no por consuelo, sino por el placer de sentir esa calidez que su hermano solía desprender. Era simplemente maravilloso: Len allí, abrazándole con tanta fuerza e infinita ternura, como si no quisiera dejarla ir.
—Sé que ahora no son tiempos fáciles, Rin… Pero quiero que sepas que yo siempre estaré aquí para ti; no importa lo que haya pasado, siempre serás mi hermanita y siempre te amaré. Lograremos superar esto juntos, te lo prometo—musitó Len posando las manos en ambas mejillas, acariciándolas—. Sonríe, mi princesa. Por favor… sonríe para mí.
Rin se sintió conmovida por esas palabras y sonrió débilmente, para placer del rubio. Se tomaron de las manos, que ya no calzaban; las de Len eran un poco más largas y fuertes que las de ella. Sus dedos se encontraron (los de Rin, suaves y finos; los de Len, ásperos y curtidos), se interrogaron y se entrelazaron, en un tierno gesto que tenía más seguridad que un beso, como si las manos de dos seres se uniesen en una sola plegaria…
—Te quiero, Len—musitó Rin después de un rato en silencio. —. Gracias… por todo.
—Y yo a ti, Rin—respondió Len también en un susurro—. No hay de qué, princesa.
...
Podríamos decir que ese invierno sirvió justamente para sanar. Encerrados en la casa por la nevada, los jóvenes tuvieron mucho tiempo para hablar, para buscar en el otro apoyo y compañía.
Con el paso del tiempo, Rin fue recuperándose del trauma: sonreía más a menudo y era más activa, ya no se sumía en esos inquietantes silencios que llenaban de angustia a su gemelo, se sentía más tranquila; Rin finalmente entendió que no era sano quedarse estancada en el dolor y el odio... que lo mejor que podía hacer para ella misma era seguir adelante. Una violación nunca se supera, esa es la verdad, pero es posible sobrellevarla en lo mejor posible.
Con todo, Rin quería dar el siguiente paso en su rehabilitación y eso era: desprendiéndose de todo el pasado y volver a empezar de nuevo. Con eso en mente, logró convencer a Len de dejarla abandonar el Conservatorio Cryptón.
—Nunca me sentí muy feliz allí, ¿sabes?; era como una especie de club esnobista, exclusivo y discriminatorio. Realmente nunca tuve amigas ahí, las chicas ricas me trataban mal porque siempre me tocaba el protagónico, la envidia las corrompía y las viejas de las profesoras ni se digan. ¡Me sentía tan sola y como extrañaba a Len para destrozar cosas! —le decía a Meiko.
¡En verdad como extrañaba esos días! Cada vez que miraba la diminuta foto, Rin volvía a ver los campos de lirios y girasoles, en el que ella y Len luchaban en los fangales y luego corrían a revolcarse en el heno de los establos. A veces veía en la calle a niños jugar en la nieve y en seguida se imaginaba a sí misma y a Len de pequeños, volviendo a hacer lo mismo que ellos.
— ¿Recuerdas, Len, cuando jugábamos en el sótano del orfanato y nos creíamos piratas? —suspiró ella una tarde mientras tomaban el té. Su hermano le sonrió. El hecho de que Rin ya no quisiera hablar del Duque y ahora solo de recuerdos de infancia, era una señal inequívoca de recuperación… y una ventana a esos recuerdos lejanos.
—Lo recuerdo. ¿Sabes algo? Kaito me habló del ático de aquí que no ha sido abierto en años. ¿Quieres echarle un vistazo?
Rin se mordió el labio. Un ático, sucio y polvoriento se convertía de pronto en una cueva del tesoro, sin embargo…—Pero Len… ya no tenemos nueve años—le recordó.
— ¿Y eso qué? Ya seremos aburridos cuando tengamos ochenta y ni nos podamos mover de los asientos. ¡Rin, me prometiste en tus cartas que nos divertiríamos! ¡Aprovechemos que ellos no están! —dijo Len levantándose, extendiendo la mano para que ella la sostuviera. Un gesto que más adelante tendría otro significado…
El entusiasmo de Len era asombroso comparado con los cuatro años de desesperación que vivió en el castillo. Diríamos que lentamente, Len recuperó las ganas de vivir y apaciguó a los demonios internos que lo empujaron al Mal. El tener a Rin, sana y feliz, contribuyó poderosamente en ello.
Para Rin y Len, obligados por las dificultades a madurar demasiado pronto y a dejar las chiquillerías atrás, los días siguientes fueron una válvula de escape a todo sentimiento negativo: Exploraban los terrenos aledaños a la casa y al pueblo, organizaban cabalgatas a campo traviesa y armaban épicas batallas de nieve. Al caer la tarde, cansados y felices, Len y Rin se sentaban, barquillo en mano, a contemplar el atardecer.
Diciembre se fue rápido. Como cayó una nevada monumental que literalmente lo enterró todo, Kaito, Meiko, Rin y Len pasaron Navidad, el cumpleaños de los Kagamine y Año Nuevo en la sala de estar. La tragedia y el tiempo transcurrido terminó por unir profundamente a los cuatro; en esos días se reían a carcajadas mientras Kaito gemía de felicidad junto a sus cinco cajas de helado premiun Hagen Daaz, mientras Meiko sopesaba sus quince botellas de coñac, se reía de él y los jóvenes se embutían en la boca del otro cucharadas grandes de flan de caramelo. El día del cumpleaños de los gemelos, mientras devoraban los trozos de su pastel de naranjas con crema de plátano, Rin quedó sorprendida al ver la talla y el brillo de las piedras preciosas en las escarcelas. Boquiabierta, cuando le preguntó a Len de donde las sacó, él se encogió de hombros.
—Eso no importa, Rin—contestó alegremente—. Lo importante es que con esto tendremos más que suficiente para tener nuestra propia casa. Kaito-nii y Meiko-nee se casarán muy pronto y necesitarán todo este lugar para tener a su familia. ¿No te gustaría? ¿Vivir en tu propio hogar como una princesa?
Rin se sonrojó levemente. A veces recordaba con nostalgia en su pobre casita en el campo, que había sido cerrada en la epidemia. Aun así, la idea de vivir con Len, como una familia otra vez, le emocionaba. Sintió mucho agradecimiento por todas las molestias que el rubio se había tomado por ella: "Que buen hermano tengo; siempre piensa en mí" se dijo así misma enternecida.
Un leño entero, sobre brasas incandescentes, se consumía entero en la chimenea. En la ventana más próxima se levantaba el mediodía de marzo, avaro de luz. Rin estaba sentada hacía horas, tratando de concentrarse en su labor de encaje, terminando por volver a mirar a la ventana. Len no estaba. Había salido con Kaito a… bueno, no le dijo exactamente adonde: "Es una sorpresa" le había dicho. Y por eso lo esperaba, y mientras tanto, trataba de distraerse del mar de pensamientos que rondaban por su mente.
En estos últimos tiempos, Rin sintió que había vivido tres vidas, completamente diferentes. Es como si una Rin distinta la una de la otra, ocupase esa vida: La primera empezaba como una niñita alegre y caprichosa, jugando con su hermano en los campos y con sus padres y que terminaba trágicamente con la muerte de sus padres y su separación de Len. La segunda era la más confusa, pero también la más horripilante: recordaba subir los escalones al vestíbulo de ese sombrío castillo, ver entre los haces de sombras los penetrantes ojos azules del Duque de Venomania y de allí hundirse en un mundo extraño y difuso, del cual despertó violentamente en brazos de Len, manchado en sangre. Y la última de esas vidas era la de ahora, en la que, disfrutando de una calma relativa y serena, estaba esperando la llegada de su hermano.
Tres vidas tan diferentes… y la única constante en ellas era la figura, ya fuera ausente o pletórica, de Len.
Pensando en Len precisamente… tenía que admitir que últimamente tenía extraños sentimientos por él. En verdad estaba muy agradecida por todo lo que Len había hecho por ella. Desde rescatarla hasta ofrecerle consuelo y un refugio de todos sus terrores. Sin embargo… ese agradecimiento metamorfoseó en algo más profundo: Se sonrojaba cuando Len le tomaba de la mano cuando salían a jugar afuera. Aunque ya no tenía pesadillas sobre Venomania, aun no podía resistirse a levantarse de la cama y acurrucarse con Len en la suya, no por miedo, sino por la necesidad de sentir la calidez del pecho de su hermano, la suavidad de sus brazos rodeándole, y esa aura de protección que irradiaba. Actos tan inofensivos que Len le daba como un beso en la frente o una mano acariciando su mejilla o su cabello, eran gestos que la sonrojaban a más no poder, y le daban un enorme significado…
Por otro lado, no dejaban de acosarla las enseñanzas religiosas que le impusieron en el orfanato y en el Conservatorio: El incesto era considerado pecado. Era algo monstruoso, casi animal. Merecedor de 999 pedradas de parte de todos los demás… En ocasiones, Rin sentía pánico por tener este cruce de sentimientos por Len y más de una vez la rubia se preguntaba con espanto si lo que sentía por Len era una cruel secuela de sus traumas pasados (2). No sabía qué hacer. No tenía respuestas… y lo que más le atormentaba era que no sabía lo que Len sentía por ella… Internamente, Rin guardaba la insensata esperanza de que Len la mirara no como una hermana, sino como una mujer.
—Oye, Rin—Meiko se sentó en el alfeizar de la ventana con ella. —No te vas a quedar esperando a Len toda la tarde, ¿o sí? Conociendo a Bakaito, no dudes que la hará a Len un tour por todas las heladerías del pueblo—agregó con una venita de la sien hinchada—. Me preguntaba… Si te gustaría salir conmigo a un bar que está cerca de aquí. Te enseñaré a beber y… quien sabe, hasta podrías conocer a algún chico que te guste. ¿Qué me dices?
Rin fingió que su propuesta no le interesaba—Gracias, Meiko-nee, pero ahora no tengo ganas de conocer a nadie.
— ¡Ah, vamos Rin! ¿No se supone que ya te curaste esa depresión que tenías? ¡No dejes que lo que ocurrió en el pasado arruine y amargue tu vida! El pasado es pasado, ¿vale? La virginidad no es "un sello de garantía" como dicen esos vejetes estúpidos de la Iglesia, (con tu perdón por decir eso, claro). Estoy segura que puedes encontrar a alguien que te quiera por lo que eres.
—Gracias por esas palabras, Meiko.
—De nada, querida… ¡Pero aún no me has dicho porque no quieres ir! Es eso, o… ¿O no será que ya te gusta alguien? —Aunque trató de negarlo, el sonrojo de Rin la delató—. ¡Ajá! ¡Lo sabía! ¿Quién es?
Rin se quedó callada unos minutos no sabía si decirle a Meiko que quien estaba enamorada. ¿Cómo reaccionaría? ¿Los echaría a ambos de su casa? Aunque Meiko era muy amable con Len y ella, Rin recordaba con miedo el célebre "Rostro de las Consecuencias" de Meiko, donde se cabeza se inflaba límites inimaginables.
— Anda Rin, no seas mala: Dame una pista… ¿O no será…? —Rin la miro a los ojos temiendo ante lo que diría—, ¿…No será que estás enamorada de Kaito, eh?
— ¿¡Que!? ¡No! ¡No!
—Tranquila, estaba bromeando, jeje. Sé que Bakaito está loco por mí. Ay de él si no, ¿eh? Bueno, ¿nunca me dirás quién es, Rinny?
—Lo siento, Meiko-nee. Pero es mejor que no lo sepas… todavía. Pues aun no sé si a él le gusto como yo quisiera—con esas palabras, Rin dejaba ver lo que sentía por Len… sin decir su nombre, claro.
—Bueno amiga—replicó Meiko sonriendo mientras desataba una botella de sake—. Nunca lo sabrás si no se lo preguntas. Contéstame algo: ¿Él estará en mi boda? —después de pensarlo, Rin asintió— . ¡Perfecto! Allí tendrás oportunidad. Solo no seas tan directa y deja que las cosas tomen su curso… Si te rompe el corazón, solo dime quien es, y te aseguro que saldrá de mi fiesta con la nariz rota y cojeando. ¿Qué te parece?
Rin no pudo contener la risa. Tal vez la idea de Meiko no era tan mala… Podría intentarlo ¿no? No se pierde nada con ello. Sonriéndole, Rin asintió.
—Entonces, que no se diga más. ¡Vamos, Rin! Es mí despedida de soltera y quiero reforzar mis reservas, si entiendes lo que digo —dijo agitando la botella, ya un cuarto vacía—. Tal vez con algo de vodka con jugo de naranja aclares las ideas de tu cabezota con el muchacho misterioso y se te ocurra un plan.
— ¡Miren al pajarito! —les dijo Gachapoid al oprimir el botón del pesado artefacto de fotografía.
En la fotografía lucían muy sonrientes Kaito y Meiko. No era para menos: Era su boda.
La habían celebrado en el atardecer de la pequeña capilla del pueblo. Después de soportar durante casi una hora las peroratas del anacoreta del fraile, tan aburridas que Len por poco se durmió en su banca, por fin Kaito y Meiko dijeron el "sí, quiero". Para el momento en que debían decir los votos, a nuestro pobre Kaito, preso de los nervios, se equivocó a menudo y hasta la lengua se le atoró en el paladar; casi al final olvidó la última frase y quedó allí, con una mueca de pánico, ante la mirada amenazadora de su novia. Afortunadamente, Len le había ayudado (obligado, más bien) a aprenderse los parlamentos y le susurró a Kaito lo siguiente, como si fueran dos escolares copiándose en un examen. Después de ello no hubo más problemas y se besaron en medio de una exclamación y aplauso general... y chasquearon los dedos, pues Kaito se quedó colgado de Meiko por un tiempo ridículamente largo.
En la foto, Meiko sin esa montaña de velos y abalorios encima, lucia muy bella y compuesta (Sobria por ahora); colgaba del brazo de Kaito, quien tenía su inseparable bufanda azul, a pesar de las amenazas de Meiko y Rin. A su derecha, también cogidos del brazo, estaban los Kagamine. Rin se veía muy bonita (fue dama de honor, por si quieren preguntar), con un vestido blanco con volantes de encaje y el cabello trenzado, y Len se veía muy elegante con llevaba un traje de etiqueta clásico, adornado con una llamativa corbata amarilla y botas altas. Fueron escogidos como padrinos de boda (La historia fue en realidad así: Cuando Meiko le preguntó a su novio si ya había escogido a los padrinos de boda, la respuesta de Bakaito fue: "Oops… lo olvidé, Meiko") y ellos aceptaron encantados.
Ahora sonaba un alegre tema con violonchelos; de esos que te hacen levantarte a menear las piernas. Rin estaba sentada donde momentos antes estaba la feliz pareja y Meiko, en el alborozo de la borrachera, arrastró al pobre Kaito a la pista de baile, entre risas de los invitados. La rubia movía los pies al son de la música… Ese gesto no era desapercibido por Len, quien estaba a unos metros de ella. Quería sacarla a bailar, antes de que alguno de los invitados masculinos se fijara en el inocente encanto de su hermanita y la sacaran antes que él. El problema es… que Len no sabía bailar. Gakupo nunca le había enseñado, ni siquiera a hacer el mísero vals, y ahora miraba perplejo los zapateos de los invitados, preguntándose cómo demonios podría imitar eso sin hacer el ridículo.
Aun así, lo que deseaba más que nunca en estos momentos en deseos de sacarla a bailar, de rodear su cuerpecito con sus brazos, de aferrar su mano contra la suya y quizás... tan solo quizás, reflejarle sus sentimientos. Aunque también estaba latente el miedo de que ella lo rechazara por enfermo. Len no había vuelto a besarla dormida desde que llegaron allí. Se llevó maquinalmente a la boca la botella medio vacía de vino clarete para atenuar su sonrojo.
—Hola... Nos hemos visto antes, ¿verdad?
Len levantó la vista a un rostro del pasado, a quien no reconoció en un principio, pero luego lo recordó. El cabello color verde con cortes rectos sobre la frente, del mismo color de sus ojos, ataviado de un hermoso traje color plata y verde, correspondían a uno de los antiguos amigos del Duque.
—No esperaba verte aquí—continuó diciendo, sentándose a su lado—.Nos conocimos hace como un año, ¿verdad?—a leguas se le denotaba la incomodidad—. Soy Hatsune Mikuo.
—Mucho gusto—repuso él, algo cortante—. Soy Kagamine Len.
Len tenía muy buenas razones para estar tenso. Se habían conocido en la cena del Duque de Venomania. Lo que había ocurrido allí dejó al pobre de Len y al Duque Hatsune, un trauma de por vida. La horrible y perturbadora imagen de esa joven bailando desnuda... Era evidente que ambos hombres pensaban lo mismo.
—Mira… Len—empezó Mikuo mirándolo con seriedad—. Puedo jurarte por mi madre y nuestra Santa Señora que yo no tenía ni idea sobre... los gustos del Duque Gakupo. Jamás habría acudido a su cena si hubiera sabido que horrores escondía en su casa... Todo el mundo no dejaba de hablar del escándalo de esas mujeres... Luego, me enteré que el Duque fue asesinado—bajó la voz hasta volverla un murmullo. Aunque su tono no era de censura, Len no dejó de sentirse inquieto. ¿Estaría pensando que fue él? ¿Lo delataría? —...Y aunque hubieras sido tú, no te lo reprocho en absoluto, pues lo que hizo el Duque Gakupo es imperdonable…
Len lo miró fijamente: En las verdes pupilas de Mikuo, no dejaban asomo de duda o de fingimiento: Era cierto que no tenía conocimiento de los horrores de su ex amo. Le sonrió en señal de apreciación y le dio un apretón de manos.
—Gracias. Me imagino que aquí vives con más tranquilidad, ¿verdad…? ¡Oh!, Buenas noches, señorita—le hizo una reverencia a Rin, quien acaba de acercarse a ellos. Mikuo, después de mirarla unos segundos, se turbó de sobremanera: Reconoció en ella a la misma joven de la infame cena del Duque Gakupo. Aunque se sonrojó enormemente, no hizo ningún comentario al respecto. —. Me llamo Hatsune Mikuo, ¿cómo te llamas?
—Kagamine Rin, un placer—dijo la muchacha.
— ¡Oh! ¿Ustedes son hermanos? —preguntó Mikuo sorprendido, para luego reír —. ¡Aunque no hace falta la pregunta, si son idénticos!
Rin y Len se quedaron de piedra al oír esas palabras: "¿Ustedes son hermanos?" "¿…Son hermanos…?" "¿Hermanos?" Hermanos… Esas palabras lanzadas sin malicia e inocentes en apariencia, los hirieron profundamente. Ahí estaba otra vez: La culpa, el remordimiento dándoles una patada al hígado. Len miró el suelo y a Rin le zumbaban los oídos, y casi no escuchó lo que dijo Mikuo a continuación:
—Me preguntaba... si le gustaría bailar conmigo, señorita Rin.
—Está bien...—musitó como una autómata y se levantó lánguidamente para dejarse llevar, como si estuviera soñando, por la pista de baile.
Meiko-nee miraba la escena de cerca desde que empezó la conversación y ya estaba cavilando y reuniendo pedazos de suspicacias. "¿Será él?" se preguntaba al ver a Rin balancearse junto al atractivo caballero. "No puede ser: Acaba de decirle su nombre... Aunque también podría ser una trampa, para no disgustar a Len". Volteó a ver a Len, quien seguía con los ojos a la pareja. Su mirada azulada reflejaba una maraña de sentimientos extraños… "Rin nunca me dijo que quien gustaba ella. ¿Podría ser…?" mascullaba en su fuero interno y volvió la mirada a la pareja. La expresión de Rin era igual a la de hermano: lánguida, casi ausente.
—Meiko, ¿porque te ríes?—le preguntó Kaito, sacándola de su nube de pensamientos.
—Me río de ti, Bakaito —mintió Meiko rápidamente—. Eres realmente tonto por estar usando esa estúpida bufanda que no combina para nada con tu traje; además, hiciste casi el ridículo al decir los votos… pero aun así me gustas—agregó para evitar más preguntas de su despistado esposo y le besó en las comisuras de los labios.
"Lenny y Rinny… " pensó mientras lo besaba, " allí hay algo raro entre esos dos…"
Desde ese sitio, la luna en cuarto creciente dibujaba un arco perfecto entre los nubarrones y dibujaba trazos claroscuros en el tapiz que cerraba el ventanal. Algunos alfilerazos de frio hacían estremecer las ramas. Un solitario y lleno de polvo puf era el único mueble de ese escondido rincón.
El rubio se pasó las manos por la cara, tratando de disipar el disgusto. Y el hecho de que desde ahí se escuchaba débilmente el estruendo de la fiesta no ayudaba mucho que digamos. ¡Tantas esperanzas al caño! ¡Allí estaba, su oportunidad y la perdió! ¿Por qué no fue valiente y sacó a bailar a Rin antes que Mikuo? Ahora seguramente se había prendado de ella y no la dejaría… La mente de Len, experta en fastidiarlo con jugarretas, volvió a trastornarlo con la imagen de Rin, vestida de blanco, casándose con otro… que no fuera él.
Quizás era mejor así, ¿no? Rin se lo merecía: Un hombre de alcurnia, noble y limpio de alma, como era ese Duque… no un ex sirviente de alma podrida y que, para colmo de males, era su propio gemelo. Podría superarlo, ¿no? Len era fuerte; si pudo sobrevivir a cuatro años de infierno color púrpura en esa casa, (con trauma psicológico incluido), podría también con esto, ¿no es así?
—Este es mi castigo, ¿verdad, Dios? — musitó Len para sí, mirando el firmamento con desdén—. Me lo merezco por brujo, es verdad, pero no creas que te puedes regodearte, vejete; no me arrepiento para nada en lo que hice: Lo hice por Rin, y si tengo que volver a disfrazarme de mujer para verla libre y feliz, lo haría de nuevo ¿oíste…? –aunque al pronunciar lo último lo dijo algo titubeante y avergonzado —. Solo por ver esa hermosa sonrisa que tiene y que no se compara con cualquier otra cosa…
Len debería haberse muerto de la vergüenza y cortarse la lengua si hubiera advertido que la persona por la cual estaba justificando todos sus pecados y faltas al Creador, estaba justo detrás de él, medio oculta en el marco de la puerta.
—Rin fue la única razón por la cual mantuve la cordura y me daba fuerzas para seguir. Ella. Solo ella. Si… ya sé que estuvo mal acostarme en su cama y besarla todas las noches; pero no me retracto. Pero… si ella quiere ser feliz con otro… Deberé aceptarlo, ¿no? Quiero que sea feliz. La amo más que a nada, y me importa un cuerno que sea mi hermana y deba asarme en el Purgatorio por eso.
La rubia estaba asombrada, manteniendo una mano contra su boca para evitar dejar escapar un gemido, incapaz de creer lo que estaba escuchando de esta protesta divina: En todo este tiempo Len la había amado, no como hermana, sino como mujer. Entonces no era una alucinación: Una vez… Rin había soñado que un hombre le cantaba una hermosa y melancólica canción al oído y luego la besaba; esos labios no sabían a berenjenas… Sino a bananas, ¿Quién no comía más bananas que un mono, sino Len? Sintió una sensación de felicidad casi infinita, contemplando la espalda de su gemelo. Sonrió con picardía: Se le acababa de ocurrir algo.
—Len…
El pobre ex sirviente casi se muere de un infarto. Se volteó con tanta brusquedad que casi se lastimó el cuello. Se lo frotó mientras contemplaba con los ojos como platos a la súbita aparición de su hermana.
—R-Rin…. —tartamudeó Len, ya con el rostro más rojo que un tomate, afortunadamente la oscuridad lo ocultó— ¿Q-que haces a-aquí? ¿N-no estabas c-con Mikuo? ¿Desde cu-cuando estás aquí?
—Hum, hace unos segundos—contestó Rin fingiendo inocencia, divirtiéndose enormemente con hacer enrojecer a su amigo. Recordando los consejos de Meiko: "Solo no seas tan directa y deja que todo siga su curso", acariciaba un proyecto. —No sabía dónde estabas, me tenías preocupada. Que vista tan hermosa, ¿no te parece? —preguntó señalando la luna, rozándose contra Len, provocándole un escalofrió. Internamente sonrió. —. ¿Por qué te fuiste, Len?
—Porque… — "Vamos Len, díselo" dijo una vocecita en su cabeza. "¿Estás loco?" dijo otra voz, muy parecida a la de Kaito: "No seas estúpido. Inventa una excusa, Lenny. Di que…"—…No sé bailar. Anda, ríete.
—No me rio, Len—replicó Rin con dulzura. "Bonita excusa" pensó "Aunque podría serme útil…". Adoptó una mirada tierna y compadecida—. Mucha gente no sabe bailar. Pero es muy fácil: ¿Quieres que te enseñe?
—Eh, pues… yo… bueno… —Pero Rin ya se había acercado más a él, quedando frente a frente. ¡Cómo se divertía, y al mismo tiempo, que miedo le daba! Disipó esos malos pensamientos y se concentró en su objetivo. Len volvió a balbucear: —Pero Rin… no hay música…
—Eso no nos detuvo antes—con esta frase, Rin le recordó esos juegos-bailes de "La Rueda", que jugaban de niños… Pero ya no eran niños. Eran adolescentes: La adolescencia plena, y con ella, los sentimientos a flor de piel…
—Rodea mi cintura—le susurró Rin. Nervioso, Len obedeció y rodeó con un brazo la delicada y pequeña cintura de su acompañante. La rubia se estremeció ante ese contacto. Posó la mano en el hombro de su amigo, instándolo a estrecharse más. Entrelazó la mano libre con la otra de Len, ahora con ambos rostros enrojecidos. —Ahora… déjate llevar—y con esto, Rin empezó a balancearse de un lado a otro. Len logró imitarla, al principio algo torpe, por miedo de pisarle accidentalmente un pie.
Pronto la timidez fue reemplazada por risas. Ambos se dejaban llevar al compás de una música imaginaria, proveniente del interior de sus corazones. En una parte del baile, Rin se recostó contra el hombro de su compañero, tratando de ocultar una risita nerviosa. Len nunca se había sentido tan feliz. Rodeó aún más con sus brazos el cuerpo de su hermanita, quedando completamente pegados. Tan cerca… tan cerca de hacer a acabo su más grande anhelo: Los labios de Rin, rosas y suaves, a pocos centímetros de él… Era demasiado bueno para ser real. Debía hablar, saber…
Por otro lado, volvieron a su mente las palabras de Mikuo: "¿Ustedes son hermanos?" Ugh, ahí estaba otra vez… Esto no estaba bien. Rin era su hermana, su familia, la única persona viva que le quedaba. Pareciera como si quisiera aprovecharse de ella, estando acabada de salir de su trauma, ¡Pero no era así!
¿Qué podía hacer? ¿Proteger a Rin de su pecado? ¿Renunciar a ella, después de todo lo gastado y dejarla ir? ¿O más bien mandarlo todo al carajo, besarla de una buena vez y no cederla a nadie? No quería que Rin se contaminara de sus faltas, quería protegerla… Eso sería lo correcto, ¿no? ¿Por qué siempre es más fácil hacer lo incorrecto? ¿Por qué no puede tomar una puñetera decisión por el bien de Rin…? ¿…Y por qué Rin estaba acercándosele de esa forma…?
—Rin, yo…
Como impulsada por un resorte, Rin tomó el último impulso: Se puso de puntillas unos centímetros y rozó suavemente los labios de su hermano. El corazón y el estómago se volcaron. Sintió explotar en su interior una caja de fuegos artificiales. Cerró con fuerza los ojos, esperando que le correspondiera, ¿O Len la empujaría lejos de él? No podía ser… Acababa de oír sus sentimientos…
El pobre Len quedó catatónico al principio, pero luego tiró toda moral y culpa por la borda y la abrazó con todas sus fuerzas, devolviéndole el beso con una pasión que lo arrollaba todo. Era un sueño hecho realidad: Rin, entre sus brazos, entregándose en un beso como ninguno. Era simplemente amor. Natural, humano y real, sin ninguna brujería o pacto satánico que lo secundara. Desbordando felicidad, Rin hundió las manos en los cabellos dorados de su gemelo. Oyó cerrar una puerta… No le importó en lo más mínimo.
Definitivamente, este era su primer beso, el mejor, el más especial… Uno que borraba a fuego todos los malos recuerdos, y era el preámbulo de otros mejores…
Pero no todo duraba para siempre. Después de durar varios minutos en ese éxtasis, se separaron lentamente. Rin se sonrojó enormemente ante lo que había hecho y volteó la cara, avergonzada por un acto tan atrevido.
— Este… yo…
—No digas nada—susurró Len posando un dedo sobre sus labios, delineándolos— . Después se arruina el momento.
— ¿Esto se acerca a lo que estabas hablando solo hace 20 minutos?—musitó Rin burlona. Len se sonrojó y la miró con fingido reproche.
— ¿Me estabas espiando?
— ¿Quién te obliga a ponerte a hablar en voz alta…?
Len se dio cuenta de su cómica actitud, y soltó una carcajada de felicidad. Volvió a estrecharla entre sus brazos y le dio un beso tan largo que ella por poco se ahoga.
...
—Y bien…—musitó Meiko con malicia al verlos volver, luego de varios minutos—. ¿Dónde estaban? Se perdieron el espectáculo de Bakaito: ¡Comerse tres sundaes de limón a la vez!
—Nos… paseábamos—musitó Len con serenidad.
— ¡Se paseaban! ¡Bonito lugar y bonita hora para eso! —contestó Meiko jovialmente, palmoteando a Len en la espalda y sonriéndole a Rin. Aunque ella se sonrojó, le devolvió la sonrisa. —. Nee, Rin, por cierto: ¿Tuviste suerte con ese muchacho?
— ¿Qué muchacho? —se sorprendió Kaito.
Rin le sonrió ampliamente. Había pescado el énfasis que había usado Meiko en "ese" y eso confirmaba una cosa: Meiko-nee los había visto besándose en el barandal. Aunque eso le hizo avergonzarse enormemente por un instante, se sintió aliviada de que no los consideraran unos enfermos, como cualquier otra persona cuerda y sobria: "Dios bendiga a la cerveza" pensó la rubia (3)
—Así es, Meiko-nee—dijo Rin suavemente, dejando al pobre de Kaito aún más confundido que antes y a su gemelo algo turbado—. Me fue muy bien con ese muchacho, así que no hay necesidad de que le rompas la nariz.
"¡¿Meiko iba a romperme la nariz?!" pensó Len horrorizado. Y la cara que puso de solo pensarlo hizo que ambas mujeres estallaran a carcajadas.
— ¡Oigan! ¡No entiendo el chiste! —exclamó Kaito, inflando las mejillas, sintiéndose fuera de lugar.
—No es nada, Kaito-nii. Y ahora discúlpenme, pero me gustaría retirarme a dormir.
—Dulces sueños, Rin. —Le deseó la castaña—; Oye Len, ¿no piensas… acompañarla? —agregó usando doble sentido a propósito.
Si era verdad que lo que acaba de ver era repulsivo para el cristiano promedio, no para nuestra alcohólica favorita: Por más raro que sea, sabe que en el corazón no se manda y además, Meiko sentía un perverso placer viviendo amores ajenos; y si estos eran prohibidos, mejor.
—Pásenla bien ustedes—les deseó Len también a punto de retirarse para acompañar a Rin a su habitación—. No hagan mucho ruido, por favor.
—Tampoco ustedes, ¿vale? —le respondió Meiko, jocosa. Len le sonrió en señal de apreciación y con la mirada le dijo: "No creo que suceda esta noche, Onee-san". Se despidieron y desaparecieron por la escalera.
Meiko suspiró y se reclinó con una amplia sonrisa de satisfacción. ¡Ah, los jóvenes! Hermosa edad, la verdad…
Aunque lo que acababan de hacer sus pequeños y rubios huéspedes era indecoroso, no pensaba decir nada. ¿Mandarlos a la inquisición? Eso sería muy horrible de su parte, y también desagradecido, pues fue prácticamente Len quien la había liberado (Si, Kaito ayudó también…) Se llevó a los labios otra botella de sake: Había escuchado también que beber alcohol era considerado pecado. "Todos nos iremos al infierno por una razón u otra anciano, así que no me jodas" le había dicho al párroco que la confesó en una ocasión.
Despertó de su ensoñación al ser sacudida suavemente por su acompañante.
—Oye Meiko, ¿de qué me perdí…?
— ¡Bah! No es nada, Bakaito—musitó Meiko sensualmente, jalando sugestivamente la bufanda de su esposo hacia ella, dejándolo sonrojado—. ¿Por qué no mejor me haces la 'Bufanda desnuda'…?
(1) Ateliesta viene de una canción de n Rin y Len llamada "In the Ruined City, Ateliesta"
(2) En los traumas causados por una violación, están: desarrollar parafilias y comportamientos sexuales extremos, desde represión e incluso adicción sexual.
(3) Publicidad gratis: (XD) Eslogan propiedad de Neko C. XD
Shade: *Mientras trata de evadir la inyección* ¡No quiero! ¡Deja eso! ¡No se pierdan el próximo capítulo, como saben, es el lemon!
Sess: ¡Lo dijo el doctor, estate quieta! ¡Exacto, trataremos de hacer un lemon todavía mejor que el original, hasta entonces, amigos! *Shade da un manotazo a la jeringa y huye* ¡Shade! ¡Vuelve aquí!
*Se despiden y se van*
