—Bakaito…
Meiko sonrió pesadamente mientras se revolvía en el enorme lecho, estirándose y revolviéndose, buscando a tientas una manta para tapar su cuerpo desnudo. Dormía así, sin nada a la imaginación, todo el verano esa manera.
Nuestro joven amigo azulado sonrió, tanteando entre las sabanas para estrechar el voluptuoso cuerpo que reposaba a su lado, junto a la eterna bufanda azul, la cual fue usada como una suerte de sogas improvisadas para amarrarlo. Ahora contemplaba esos cabellos castaños, esos pechos bien desarrollados, que cabían perfectamente en sus manos, ese cuerpo salvaje que hacía suyo casi a diario… Aun le costaba creer que estuviera casado con semejante mujer. Si, quizás la castaña fuera algo ruda en la cama, pero, a su manera era complaciente y cariñosa, cada zape y codazo eran señales de afecto.
No, no estaba loco por pensar así… Según él, el demente era Len.
Se había enterado de lo que había pasado en la boda por Meiko y, en medio de su completo estupor, terminó aceptándolo porque su esposa lo hizo: Un par de días después de su boda, (tras pasarse la resaca de antología que le dio), ambos condes tuvieron una audiencia privada con los gemelos Kagamine para saber de la pureza de sus intenciones. Tras oírles declarar a Rin y Len sobre su amor mutuo (siempre tomados de las manos), Meiko resueltamente dio su veredicto final:
"No podrán decirle a absolutamente nadie que son hermanos o me veré obligada, con profundo dolor, a exiliarlos de Ateliesta para siempre. Son mis protegidos, estoy eternamente en deuda contigo, Len… Si, Bakaito, también contigo, ¿terminaste? Y ya que estoy segura que lo que sienten ustedes dos, inmoral o no, es sincero… Y por ende, merecen ser felices en este resto de vida que les queda en este mundo."
Y así fue como Meiko aseguró la tranquilidad venidera de Rin y Len en este lugar, hasta el punto que, si alguien revisa los registros del censo de Ateliesta del siglo XVII, (si es que hay alguno que haya sobrevido), quizás pueda ver en el listado los nombres de "Len y Rin Kagamine. Originarios de Asmodín. Grado de parentesco: Primos"
Kaito simplemente había meneado la cabeza ante todo ello. No negaba que le costó bastante aceptarlo, pero… Len se había vuelto su amigo. Gracias a él Meiko estaba feliz y libre con él en su hogar: "Que Dios nos perdone, pero no podemos hacer nada. Es amor. Tan sincero como el nuestro", ese fue su mantra de ahora en más. Meiko lo había aceptado rápido eso s, ella decía que era muy placentero vivir amores ajenos, y si eran pecaminosos… Pues aún mejor. Él la conocía lo suficiente y esas rarezas de Meiko solo hacían quererla más.
— ¿Cuál es la sorpresa que me dijiste que me tenías?
— ¿Eh? ¿Sorpresa? ¿De qué hablas? —estaba atolondrado por el sueño.
— ¿No recuerdas, Bakaito? Me lo decías anoche mientras me hacías la "Bufanda Desnuda": "Prepárate que te tengo una sorpresa, lo sabrás mañana". Ya es mañana. ¿Qué es? —Ugh… Kaito recordó que Meiko se ponía… irritable si no tenía su copa recién hecho o él, Len y Rin soportarían 57 Kg de pura ira. Intuyendo el peligro, Kaito tartamudeó:
—Eh… este… ¿Qué era? ¡Ah sí! ¿Recuerdas el país de Alsacia, verdad? Bueno… tengo que ir a visitar a mis primos… Kikaito y Nigaito, que tienen fiebre escarlatina y…—con la cara huraña que Meiko empezaba a poner, se apresuró a añadir: — ¿Sa-sabías que Alsacia es la productora mundial de la cerveza? Si vamos… Hasta podríamos conseguir ese famoso sake frío (1) ¿Qué dices?
Meiko se puso lívida. Kaito cerró los ojos, esperando que la bomba estalle y ella lo arroje a la estratósfera. Abrió un ojo… La cara molesta de Meiko se volvió una sonrisa serena. Al oír la palabra "Sake" se calmó. Besó suavemente a su esposo y se levantó tranquilamente, completamente desnuda, al cuarto de baño. El pobre tipo se quedó dónde estaba.
—Nee, Bakaito…—canturreó Meiko desde adentro del recinto, donde ya se oía correr el agua caliente—. ¿Serías tan amable de frotarme la espalda?
— ¡C-claro! —Saltó Kaito de la cama con los ojos brillantes de lujuria—, ¿Algo más, Mei-chan?
—Eh… sí. ¿Podrías luego hacerme un masaje en los pies?
…
Para mediados de ese mes, el suelo se cubrió completamente de hojas de diferentes colores, los niños impactaban en las nucas de los transeúntes las piñas caídas de los árboles desde sus ondas. Se llevaban los gordos pavos y gansos al matadero para rellenarlos luego con manzanas, pasas y ciruelas. La sacristía lanzaba sus habituales doce campanas al aire para avisar el desarrollo de los preparativos.
En Ateliesta se celebraba cada cierto tiempo el Festival de la Cosecha (1), una celebración que se realizaba para dar gracias a los dioses por los alimentos recibidos de la cosecha del verano. Durante toda esa semana los habitantes de la población chocaban sus jarrones llenos de cerveza y sidra, bailando y contando historias de terror junto a la hoguera; la historia del Duque de Venomania y su misterioso asesino se volvió una de las favoritas en esa época. En las puertas y en los altares colocaban gavillas de trigo, calabazas enormes y enigmáticas figuras hechas de paja (2).
…
Después de una atracada de manzanas de caramelo y arrojar piedras al lago, las dos parejas tomaron caminos separados. Meiko arrastró a Kaito a una especie de carpa, pues quería, según ella, "mostrarle un truco de gitano". En eso, Rin y Len también se alejaron. Cogidos de la mano, cruzaron por el lado este de la colina. Len la condujo por otro sendero hasta un campo de heno largo y estrecho que parecía no haber sido tocado en años. La luz de la tarde lo bañaba con rayos polvorientos, y las mariposas trazaban dibujos aleatorios.
Desde la boda de Meiko y Kaito, donde todo se aclaró, los gemelos se volvieron prácticamente inseparables. En las noches Rin solía escabullirse a la habitación de Len o bien él iba a la suya, para pasar la noche juntos. En las mañanas, Len la llevaba en su regazo y a lomos de Innovador daban románticos paseos a la campiña. En las tardes daban largas caminatas por el bosque, en el cual Len le enseñaba el nombre de diversas flores y setas, sus usos, y le enseñaba a distinguir sonidos… No solo de maldiciones viven los brujos, ¿saben? Entre lección y lección, Len le robaba un furtivo beso cuando andaba desprevenida.
Decidieron sentarse a descansar a la sombra de una retama en flor (3), que ya había tapizado el suelo de una leve lluvia amarilla. Se quedaron hablando, riéndose de los chistes de Kaito y de otras cosas. Terminaron recostándose sobre el pasto para ver las sombras rosadas de las nubes que le recordaría al lector al algodón de azúcar.
Los alfilerazos de frío los hicieron acercarse más el uno al otro. Len la rodeó con sus brazos, apoyó los dedos de la mano izquierda en su mejilla y acercó el rostro hacia ella. Su gemela le sonrió ampliamente, dándole su permiso completo para continuar. Empezó a besarla, con suavidad, sin prisa, como si temiera lastimarle o romperle. Al cabo de cinco minutos, Rin estaba a punto de desmayarse; tenía la sensación de que se hallaba entre un sueño y la realidad, excitada de un modo que jamás habría imaginado, excitada de un modo que confería sentido a todas las obras de teatro románticas que había leído e interpretado…
Pronto cayó en la cuenta que, tal vez inconscientemente, Len se había recostado sobre ella; sentía como tope el pecho del rubio contra el suyo. El beso seguía siendo inocente, pero las manos ya pensaban otra cosa: la muchacha sintió las manos de su hermano posarse en su cintura, deslizándose hacia las caderas, acercándola más a él. Le ardían las mejillas. El corazón le latía con fuerza, pero no importaba. Nada importaba. Todo era estupendo, maravilloso, en realidad… Sin saber exactamente qué o porque estaba haciéndolo, tocó a Len allí abajo… Y notó lo duro que estaba. Era como tocar una piedra, pero la piedra no habría palpitado bajo sus dedos como si se tratara de algún segundo corazón… Eso la hizo sonrojarse más que nunca.
—Len…—logró articular.
Deseaba enormemente estar sola con Len en algún lugar, donde pudiera dar rienda suelta al ardor que sentía, despojarse de sus ropas y deslizarlas hasta el suelo, encontrarse con los ojos azules de su hermano y entregarse completamente, pero… También estaba presente la duda y la inseguridad. Aunque el recuerdo del Duque Gakupo se había vuelto borroso y difuso como la niebla, aun sentía algo de pánico y terror ante la idea de hacer el amor. Había tenido la desgracia de explorar su sexualidad en contra de su voluntad… Ahora que tenía la oportunidad de conocer la verdadera expresión de unirse físicamente con alguien, alguien a quien amaba, aún las inquietudes pasadas la refrenaban… Y se sentía muy mal por ello. Len no le reprochaba nada de eso y era muy comprensivo con el tema no llegando más lejos de los besos… pero sabía que él también estaba deseoso de ella. Oh, como anhelaba complacerlo, pero aún faltaba un último empujón para ello.
El rubio dejó la mano de Rin allí por un instante, pero por fin la levantó y le besó la palma.
—Suficiente por ahora.
— ¿Por qué?
—Porque no podré parar sin que me dé un patatús.
Rin lo observó con tal expresión de extrañeza que Len se echó a reír.
—No importa, Rin. Es sólo que quiero que todo salga bien la primera vez que hagamos el amor, sin ortigas que nos dejen con urticaria, ni mocosos apareciendo en el momento crucial. Quiero que lo disfrutes tanto como sea posible, que no te asustes ni te sientas incómoda, ¿entiendes?
Completamente sonrojada, Rin asintió. Se volvieron a sentar, esta vez en medio de un silencio algo incómodo. Tímidamente, Rin deslizó la mano para aferrar la de Len a que descansaba a su lado. El muchacho la miró y una sonrisa algo pícara cruzó su rostro…
— ¡Cuidado…!
Un grito y algo cruzaron el aire. Dos segundos después, una tarta de frutas con crema impactó con fuerza en la cara de Len. Rin quedó sorprendida. ¿De dónde salió? Len, aturdido, se quitó la tarta de la cabeza: Toda la cara y algo de cabello le quedaron cubiertas de crema y hasta una cereza había quedado colgada justo en su nariz. Parecía un payaso. Pasado el estupor, Rin se echó a reír a carcajadas en el suelo.
— ¡Rin!
— ¡Lo siento! ¡Nada más mírate! ¡Pareces un payaso de circo! —exclamó Rin agarrándose el estómago, casi ahogándose en su propia risa; Len infló las mejillas y la miró con fingido reproche y furia. En eso apareció una niñita de aparentes ocho años, con el cabello negro recogido en dos colitas y uniforme gris se acercó a ellos con una expresión compungida. Llevaba una bandeja en la mano.
— ¡Gomenasai! ¡Quería darle esa tarta al señor Kiyoteru y Poochie Miku hizo que se me escapara de las manos! ¿Está bien, señor? —preguntó la niña con lágrimas en los tiernos ojitos. Oh Dios, ¿cómo podría enfadarse con una niña tan adorable? Aun con la cara llena de crema, Len se echó a reír.
—Estoy bien, no te preocupes—contestó Len a apartándose algo de crema de su boca—. Pero para la próxima… trata de no arrojar la tarta como si fuera un proyectil, ¿está bien? —La niña se unió a sus risas, aliviada—. ¿Cómo te llamas?
— ¡Me llamo Yuki Kaai! —exclamó la niña alegremente—. Vine hoy con los demás niños a pasar el Festival. El señor Kiyoteru es nuestro cuidador, es muy bueno conmigo, por eso quería regalarle una tarta…
— ¡Yuki! ¡Ven aquí, ya nos vamos! —se oyó una voz de hombre llamándola. Un hombre alto de cabellos oscuros y de gafas agitaba la mano en su dirección.
— ¡El señor Kiyoteru! —Exclamó emocionada la pequeña—. ¡Adiós! ¡Lamento el proyectil…!—y se fue entre risas y dando brincos hacía el hombre joven, quien la llevó de la mano junto con otros niños que jugaban a la rayuela en un terreno baldío.
Allí fue cuando Len y Rin lo notaron: El uniforme gris, un cuidador, muchos niños con el mismo uniforme y con monjas alrededor…
—Es huérfana, como nosotros—musitó Rin.
Len asintió.
Se quedaron callados, ambos con la vista fija en el mismo punto. Los gritos de los niños en el campo les llegaban a los oídos de manera muy lejana, como si estuvieran a un kilómetro de distancia y no a unos metros. Rin recogió las piernas y se abrazó las rodillas. Len clavó la vista en unos niñitos de dos años que jugaban en la arena.
Alguna vez fueron como ellos, dos niños sin hogar.
…
Las horas de la tarde en Asmodín en ese tiempo se podían definir con una sola palabra: Masacre.
Dos hombres fornidos entraban en la casita de madera y paja, sacando a rastras y envueltos con una sábana blanca los cuerpos sin vida de un hombre y una mujer jóvenes, de cabellos rubios y ojos azules. Sus rostros, brazos y piernas estaban desfigurados por horribles pústulas moradas. Una palidez mortal cruzaba su tez y los ojos estaban fijos, clavados en aquel que los mirara.
Unos pequeños, un niño y una niña, permanecían inmóviles, abrazándose a sí mismos observando con horror y estupefacción toda la desgarradora escena. Miraban como sus padres era arrojados a una carreta para llevar heno, ya repleta de otros cadáveres. La mano de su madre, llena de verdugones púrpuras, sobresalía de la tela. La pequeña rompió a llorar.
—No llores, Rin… Todo estará bien— susurró el pequeño, mientras luchaba por no dejar salir aquellas lágrimas rebeldes que amenazaban por resbalar por sus mejillas… No podía demostrar debilidad. Debía ser fuerte. Debía serlo por Rin.
— ¿Eso es todo? —preguntó el aguacil Big Al a los lugareños del lugar.
—Casi—contestó un leñador —. Los Kagamine murieron… pero sus hijos no, ellos están allí—Y señaló con su hacha a los pequeños que estaban en un rincón.
—Humm… ¿Están contagiados?
—No, señor. No tienen rastro de la viruela. Ya los revisaron.
Big Al se rascó la barbilla pensativo. ¿Qué se haría entonces? Si tuvieran señales de la enfermedad, incluso un leve atisbo de fiebre, en ese caso, los hermanos Len y Rin Kagamine serían condenados a muerte a la hoguera… Pero no estaban enfermos. No había razón para matarlos si estaban sanos… Había que pensar en otra cosa.
—Veré si la hermana Kaiko puede aceptar a unos niños más —contestó al fin.
Llamó a los pequeños, que se veían reticentes a seguir avanzando. Tuvieron que empujarlos para llevarlos hasta él. Levantó a Rin y la colocó encima de su corcel, luego lo hizo con Len. Espoleó al animal y avanzaron con paso calmo, entre los gritos de la turba, las casas marcadas con una cruz hecha de sangre para advertir a las visitas. Los gritos de los prisioneros y ayudantes cruzaban la oscuridad: "¡Saquen a sus muertos! ¡Saquen a sus muertos!" pasando con carretillas, llenas de cadáveres. En el camino vieron a grupos de personas, vestidas en harapos, flagelándose en público con cadenas, mazos y látigos, invocando el nombre de Dios de forma demente… Todo aquello fue demasiado para la pequeña Rin, quien sollozaba en la montura.
—Tengo miedo Len, tengo mucho miedo…
—No tengas miedo Rin; nunca te dejaré sola—le dijo Len sujetando su mano para darle valor.
Pronto llegaron a una enorme edificación, sombría y lúgubre, aislada por un bosquecillo y flanqueada por unas altísimas rejas negras terminadas con picos. Big Al soltó la cuerda y llamó tres veces a la aldaba en forma de león que estaba junto a la puerta. Esperaron unos minutos. Una luz proveniente de una lamparilla se vio en la oscuridad y tras de este surgió un rostro de mujer, hermoso y amable, de ojos del mismo color a sus cabellos azules, algo ocultos tras los hábitos de novicia.
— Buenas noches, Big Al. ¿Sucede algo?
—Hermana Kaiko, ya sé que me dijo que no tienen espacio para más niños y lo entiendo… Esta epidemia resultó ser peor de lo que pensábamos… Pero aquí traigo a unos niños que acaban de perder a sus padres—dijo el alguacil señalándolos —. Se llaman Len y Rin Kagamine. Tienen aproximadamente nueve años.
— ¡Oh, dios mío! ¿Pero qué hemos hecho para merecer este castigo? —se lamentó Kaiko sacando las llaves para abrir la verja de la puerta —; Dios no se olvida de ninguno de sus hijos: Trataremos de hallarles sitio.
El alguacil bajó a los niños del caballo y los dejó a los pies de la novicia. Se despidió de ella y tras montar en su cabalgadura, se perdió en el bosque.
—Ahora vengan pequeños, los niños y las hermanas querrán conocerlos. Vengan, no les va a pasar nada—dijo alentándolos con una sonrisa amble, pues Len y Rin miraban con aprensión la luz de la puerta. Los tomó de la mano y los condujo dentro.
Era un lugar amplio, impecablemente limpio e iluminado, ya de por si repleto de gente. En el largo corredor iban y venían las sirvientas envueltas en largos delantales, hablando con los cuidadores y llevando bandejas de comida y toneladas de ropa sucia. Por aquí y por allá corrían niños, serpenteando entre las macetas y mirando con curiosidad a los recién llegados. Tanto alboroto y desorden asustó aún más a los jóvenes Kagamine de ser posible.
—Vamos ahora al comedor. Deben de tener mucha hambre—decía Kaiko con dulzura, compadecida por la suerte de los pequeños
Aunque era verdad que hoy había recibido a siete niños con la misma historia, había algo en estos niños que la enternecía aún más… Sus cabellos rubios y sus límpidos ojos azules de los cuales se podían leer todos sus pesares. Les sirvió un poco de pollo asado con pedazos de patatas al horno, pues no era un secreto que el orfanato albergaba casi 100 niños, y algunos de ellos comían como bestias. Len comió un poco y le ofreció el resto a su hermana, que lo comió a cucharaditas, con bastante congoja.
Cuando llego la hora de dormir, la novicia lo llevó al sector de chicos. Por suerte habían conseguido una cama libre, pero era pequeña y algo maltrecha. Les dio algo de ropa a ambos y Rin abrazó un viejo osito de peluche que tenía un lazo en la cabeza como el suyo.
—Bueno, por hoy los colocaré juntos, mientras conseguimos una cama extra en el sector de chicas. Hoy tendrán que compartir cama, pero a partir de mañana Rin dormirá con las chicas—decía Kaiko sentándolos en la cama—. Ahora, vamos a rezar, ¿sí?
— ¿Por qué debemos rezar, si Dios se llevó a nuestros padres, cuando no hicieron nada malo?—inquirió Len, dolido—. ¡Ellos no hicieron nada y se los llevó! ¡Los mató! ¡Nos dejaron!
—Eso no es cierto, Len—musitó Kaiko, algo preocupada por la blasfemia del pequeño—. Sus padres no están aquí… Pero está ahora aquí—Y posó las manos en los pechos de los pequeños—. Las personas que nos dejan al morir, en realidad no nos abandonan, sino que simplemente se mudan a nuestro corazón. Sus padres ya no van a sufrir más esa horrible enfermedad; ahora están en el paraíso. Un lugar lleno de felicidad que Dios entrega a las personas. Algún día, ustedes también estarán allí…
Una rama rascaba la ventana de la habitación. Un fragmento de luna se dibujaba en el cristal. El pequeño candelabro que había en la mesita de noche ya se había apagado, pero aun había espirales de humo flotando en el aire. Hacía varios minutos que la hermana Kaiko se había ido. Len y Rin permanecían despiertos, acostados en el estrecho camastro, uno frente al otro. El sueño no llegaba todavía. Rin no podía dejar de llamar a sus padres, aunque sabía que por más que llamara, jamás vendrían, solo se alejaban cada vez más de ellos en una negrura abismal. Los ojos azules de ambos, fijos y sin ver, se clavaban en ella, asustándola. Pero luego recordaba que Len estaba allí. Su querido hermano mayor siempre estaría allí para defenderla.
Len trataba de serenarse, pero en realidad no sentía tristeza, lo único que dominaba el alma todavía inocente e intacta del pequeño era un odio sordo hacia el destino. ¿Por qué? ¿Por qué tenía que ser ellos? La respuesta de la hermana Kaiko, aunque era sincera, no lo dejaba satisfecho. Sus padres, que a pesar de la escasez, los cuidaba y los hacían felices… ya no estaban. Ahora estaban solos. Ellos, unos niños de nueve años abandonados a su suerte en el enorme y sombrío mundo, que era frío y hostil. Sus ojos se llenaban de dolor al ver la cara de tristeza de su gemela. Él podía defenderla contra los monstruos del granero, pero no contra esto.
—Len…—musitó Rin sacándolo de sus pensamientos—; ¿qué va a suceder ahora?
El rubio se quedó callado por un momento, solo para decir—: No lo sé, Rin—Al ver la cara de tristeza de la niña, continuó: —. No sé qué va a suceder de ahora en adelante, pero de algo estoy seguro — La niña volvió a mirarlo—. Siempre estaremos juntos. Siempre te protegeré.
— ¿Siempre?
El rubio entrelazó su mano con la de la niña, sujetándola. Le sonrió. —Siempre.
Con esas palabras, Rin se sintió más tranquila. Se acurrucó más contra Len para poder dormitar. El niño se quedó acariciando su cabello y su lazo; y cuando notó que Rin por fin se quedó dormida, metió la mano dentro de su camisa y sacó un redondo relicario cerrado al cuello con un cordelito. Recordando las palabras de su madre: "Prométeme, Len… Prométeme que siempre protegerás a Rin… Protégela de todo mal y siempre estén juntos…" Len abrió las doradas portezuelas, admirando la diminuta foto y las palabras labradas allí.
Anima mea tua est. "No hay duda de que daría mi alma por la tuya, Rin…".
Cayó una tormenta muy fuerte que había hecho que los que asistían a la festividad corrieran despavoridos a sus casas o a las tiendas. Conforme la lluvia se volvía granizo y golpeaba las cabezas de la gente, la preocupación de Len por Rin seguía subiendo. La casa de Meiko y Kaito quedaba algo lejos. Así, pues, la llevó justamente a la nueva casa que había comprado para ellos dos: Era una casita sencilla, provista de un pequeño jardín y un patio bastante grande, cuyos amplios ventanales estaban casi ocultos por las cortinas de color desvaído. Era la primera vez que Len la traía allí; tenían pensado que el muchacho se la enseñaría al día siguiente, que era cuando Meiko y Kaito se fueran del pueblo para Alsacia. Sin decirles mentiras, les diremos por cuanto se la vendieron a Len: Por dos rubíes y una esmeralda. Seis años antes hubiera sido imposible, pero ahora con la pequeña fortuna, tenían suficiente dinero para vivir por su cuenta.
Cuando por fin se abrió la puerta, los hermanos entraron al oscuro vestíbulo, empapados hasta los pies y con pétalos de retama en la cara, pelo y ropa, pues al empezar la tormenta, el árbol de retama se desgajó completamente sobre ellos, dejándolos cubiertos de pétalos. Len cerró la puerta y encendió la lámpara de gas que había junto a una mesita. Un agradable resplandor dorado iluminó la instancia, revelando una salita de estar pequeña, ya provista de muebles y con su chimenea. El aspecto rústico y sencillo de la casa encantó a Rin, pues veía vagamente en ello la vieja casita de Asmodín, con su techo de paja y paredes de hormigón. Con una risita de gozo, tocó todo lo que estaba a su alrededor, extasiada con todo lo que veía. Parecía una niña pequeña en plena Navidad. El rubio rio, maravillado con verla así.
—Quería que se pareciera un poco a nuestro viejo hogar. Ya sabes, para rescatar los buenos momentos que pasamos allí.
Rin le devolvió la sonrisa. Antes de la tragedia de la epidemia, Rin y Len tenían una familia unida, pobre en verdad, pero no por ello menos dichosa. En solo un día lo habían perdido todo y juntos vivieron a la sombra de anacoretas y monjas por un año entero. De repente tuvo la sensación de soñar ¿No que hace seis años no tenían ni camisa para ponerse ni un hogar donde dormir y ahora lo tenían? ¿Era posible? Rin sabía que lo era y en parte todo era gracias a Len. Gracias a una impulsividad de Len, tenían una vida tranquila y feliz, la vida sonreía una vez más y sentía como si ese regalo no fuera lo suficiente como para agradecerle todo lo que había hecho por ella.
—Me encanta, es maravilloso todo esto—dijo Rin acercándose tímidamente a él y rodeando su cuello con sus brazos—. Muchas gracias.
—Eh... Debería decir "de nada", pero en realidad la idea fue de Kaito—musitó Len haciendo una mueca—. Creo que no solo para comerse un galón de helado él solo es bueno, jeje.
Después de una hora, quedó claro que no dejaría llover en esa noche. Después de darse un baño para evitar un resfrío y ponerse ropa limpia, se sentaron a comer en la chimenea. Se dedicaron a hablar y a reír de trivialidades mientras bebían leche de las escudillas y partían el pan.
—Nos enteramos por la profesora Lily: Que la mujer a la que le encargábamos los trajes para las presentaciones, a quien considerábamos la mejor costurera de Enbizaka (4), fue la culpable de esos asesinatos. Dijeron que se volvió loca y que aún sigue lamentándose—decía Rin.
Tan agradable era el ambiente y se sentían tan relajados allí apretujados en el sofá… que antes de que se dieran cuenta, estaban besándose entre los almohadones. Cuando se dieron cuenta de ello, se sonrojaron hasta las trancas y tenían los labios enrojecidos.
—Este… ¿Nos vamos a dormir ya? Creo que tendremos que quedarnos a pasar la noche aquí—musitó Len, seguro de que si seguía así, su poco autocontrol y la poca cordura que le quedaban se irían al caño.
—Eh… está bien—dijo Rin con incomodidad, tratando de levantarse—. ¿Dónde dormiré yo?
…
—No me culpes por el color de las paredes, pues así me la dieron—repuso Len con una mueca de disgusto al ver las paredes de un verde oscuro y siniestro que le producía ligeras nauseas.
Encendió el otro candelabro de la habitación, revelando un cuarto amplio, con su armario y sus mesitas, un escabel situado en una esquina y una cama amplia con las sábanas ya un poco amarillentas por los años, pero limpia. El ventanal estaba algo cerrado y se veía un fragmento de afuera, azotado por la lluvia.
—Está bien…—musitó Rin fingiendo alisar las sábanas para no tener que mirarlo. Estaba nerviosa. —, solo necesita algo del toque femenino.
—Sí, el toque femenino—dijo Len sonriendo burlonamente. Se pasó la mano por los rebeldes cabellos y se rascó la nuca. —. Y… ¿Te gusta?
—Ya te dije Len, que me encanta. No necesitas seguir preguntándome eso—contestó Rin con algo de molestia.
—Está bien, solo quería saber—replicó Len, algo a la defensiva—, tu opinión me importa, ¿sabes?
—Pues ya la sabes.
La expresión de molestia de Len se convirtió en una de desconcierto. Unos segundos después, Rin también se quedó extrañada. Poco antes, en la sala de estar, habían estado tan bien, hablando y riendo… Hasta el momento en que, al calor de la situación, se hallaron uno debajo del otro en el sofá. ¿Y ahora estaban discutiendo por una tontería? ¿Qué estaba pasando?
—Lo siento, no debí hablarte así—musitó la rubia mirando el suelo abochornada.
—Está bien. Estamos cansados, eso es todo… Creo que ya es hora de irme a dormir—dijo Len con languidez. Besó en la frente a su hermana, musitando un "Buenas noches" y se levantó, dispuesto a ir a la puerta. Con la mano en el picaporte, volteó a ver la pequeña y suave mano de Rin en su muñeca.
— ¡Es-espera! —Tartamudeó Rin, con una vocecita asolada por el pudor—. ¿Puedes quedarte… esta noche conmigo? —la cara de tristeza que puso le trajo a Len vagos recuerdos de infancia, como fantasmas recorriendo ahora la habitación…
—No creo que haya monstruos en el armario, Rin— susurró Len en un vano intento de relajar el enardecido ambiente—. ¿No crees que es un poco infantil, princesa?
Rin no tenía ni idea de por qué había dicho eso… Hasta sonó estúpido. ¿Le pide a Len que se quede? Apenas puede controlarse. Si él se queda, ¿no puede pasar algo? ¿No sería más prudente en dejar que él se vaya? Simplemente se quedó mirándolo, sin saber que decir o hacer.
En la habitación todo había quedado en silencio. No sea oía nada, hasta las respiraciones mismas se volvieron ínfimas. Las miradas de ambos traslucía tantos sentimientos contradictorios y que chocaban entre sí: Amor, cariño, deseo, pasión… pero también inseguridad, pánico, miedo e incertidumbre.
Len volvía a oír los gemidos de su hermanita, bajo el cuerpo del Duque, resonando en sus oídos, devolviéndole una sensación de odio e impotencia. Apretó los puños y miró al suelo, preguntándose si podría soportarlo. ¿El Duque seguiría fastidiándolo hasta después de muerto? Presa de los nervios, Rin volteó la mirada y clavó la vista en la ventana del balcón. Len alzó la vista para ver la frágil figura de su hermana, su pequeño y delicado cuerpo, envuelto en el inocente camisón… Ardía en deseos de rodearle con sus brazos, llevarla hasta la cama y demostrarle con esa acción todo el amor que sentía… pero al mismo tiempo tiene miedo de lastimarle. Miedo que Rin se asuste de él y llegue a compararlo con el Duque. ¡Compararlo con él…!
Rin observaba como cada una de las luces de la calle y de la casas se iban apagando una tras otra, con un nudo en la garganta. Por más que deseara darse la vuelta, arrojarse a los brazos de Len y abandonarse, apagar aquella gran sed… algo la hacía dudar, quedarse clavada donde estaba. Estaba segura de amar a Len y de ser correspondida. Quería agradecerle todo lo que había hecho por ella de la manera más especial… y a pesar de todo lo anterior, tiene miedo. ¿Por qué? Aún tiene dudas de lo desconocido que se abre ante ella, de que vuelvan a lastimarle, de que lo que le están ofreciendo sea demasiado para ella…
Cuando niña, le temía los monstruos del armario y los que se escondían de debajo de la cama. Ahora la teme a los monstruos que habitan su corazón y llenan de dudas y miedos. Y por desgracia, su caballero no podía rescatarla de sí misma. Cerró los ojos.
Luego sintió unos brazos rodearle suavemente la cintura y un cuerpo apretarse a su espalda, ejerciendo una suave presión. La muchacha se estremeció y se sujetó a esos brazos que la aferraban hacia sí. Sintió una cabeza posarse en su hombro y suspirar. Ella movió la cabeza para posarla junto a la de él. No dijeron nada. No era necesario hablar, pues entre ellos podían adivinarse claramente lo que estaban pensando. Una vez más remitimos "telepatía de gemelos". La tensión estaba en su punto más álgido. Un solo movimiento y ahí terminaría todo…
…La única luz de la pequeña vela ya consumida dio un último chisporroteo y se apagó.
Rin se volteó lentamente, encontrándose en la oscuridad con esos ojos azules tan idénticos a los suyos, mirándola fijamente… Se armó de valor y posó sus manos en las mejillas de su hermano, acariciándolo con las yemas de los dedos. Los brazos de Len que ya estaban en su cintura, se deslizaron hasta su espalda, dejando un rastro de calidez tras de sí. Entrecerraron los ojos y juntaron sus frentes, sin decir ni una palabra. Se acercaron lentamente y sus labios se encontraron, saboreando el delicioso y prohibido néctar del pecado que manaba de ambos por enésima vez.
Las manos de Rin se posaron en su cabeza y desataron la cinta con la que usualmente Len amarraba su cabello, dejando caer su largo cabello hasta debajo de sus hombros. Se veía muy hermoso de esa manera, como una copia exacta de sí misma. Len lamió suavemente su labio inferior, pidiéndole permiso para entrar, y la muchacha se lo permitió, abriendo un poco más la boca, sintiendo la lengua de su hermano enredarse con la suya, dejando escapar pequeños gemidos. Luego de varios minutos, se separaron, jadeantes, mas no satisfechos. Sin detenerse, Len atacó el frágil cuello, besándolo y lamiéndolo, sin atreverse a morder su carne, temiendo lastimarle. Rin no dejaba de suspirar, si no fuera que Len la tenía sujeta por la cintura, ya se hubiera desplomado al suelo.
No podía más, no podía esperar más. Si se detenían ahora, no podrían seguir y quedarían así. Se separó del rubio y con gesto tímido, lo encaminó hacia el lecho. Aunque a Rin le temblaban las piernas, siguió adelante. Se sentaron frente a frente, con las narices rozándose y las respiraciones agitadas.
—Podemos detenernos… si quieres—alcanzó a articular Len entre la agitación.
—No…—susurró Rin moviendo la cabeza, casi al borde de la taquicardia. —. No te detengas… No esta noche. Ayúdame, Len… ayúdame a olvidar. A olvidar todas las cosas malas que me hicieron. Sé que puedes hacerlo. Quiero olvidar, Len…
—Mi princesa…—murmuró Len tomando su rostro entre sus manos. Tan hermosa se veía, tan inocente… La princesa había dado una orden que él acataría sin rechistar: Haría lo necesario para ayudarle a olvidar… Borraría toda marca, toda señal, todo rastro del Duque de Venomania de su cuerpo.
Len se acercó y volvió a besarla, con delicadeza, con cariño, para demostrarle que en verdad la amaba y que no osara compararlo con Gakupo. Anhelando más, Rin rodeó con sus manos el cuello de Len y le devolvió el beso con impaciencia; una vez más las lenguas se encontraron y lucharon por dominar a la otra. Un delicioso hormigueo les corría por el cuerpo hasta el vientre, instándolos a seguir. Rin sintió que lentamente iba cayendo hacia atrás, con Len encima de ella, como en la colina, como en el sofá… pero esta vez, no habría marcha atrás.
Con las manos temblándole, Rin luchó por deshacer la corbata amarilla de Len, arrancándolo casi de un tirón. Besándola apasionadamente, Len se desabrochó el chaleco negro y lo arrojó lejos, donde se reuniría en una pila de ropa en el suelo. Pronto hicieron un tanto con la blanca camisa, dejando al descubierto su estrecho torso. Los besos de Len ya bajaban a lo largo de la mandíbula, hasta volver a seguir el trabajo empezado en su garganta, esta vez mordiendo en algunos puntos con cuidado, dejando visibles marcas de su pasión. Estaba dejándole muy en claro a Gakupo (Que en el infierno descanse), que Rin solo es de él y de nadie más. Deslizó la mano a lo largo de la pierna de Rin, pasando por debajo del blanco camisón, acariciando el pequeño y hermoso muslo, ganando gemidos de su hermanita contra su oído.
—Len… Oh, Len… No te detengas—suspiró Rin mientras acariciaba suavemente el pecho y la espada de su hermano, quien sonrió: Nada como eso podría encender más al ex-sirviente.
Len queriendo más, deslizó los tirantes del camisón de invierno por sus hombros, besando frenéticamente la piel que iba descubriendo; Rin ahogó un grito cuando Len aplastó la boca contra su clavícula. Sabía lo que venía a continuación y se sonrojó enormemente, temblando sin poderlo controlar. Len lo notó y le acarició la mejilla con tranquilidad, besándole la frente con ternura, calmándola. Rin asintió y Len deslizó la blanca tela, dejando los pechos de su gemela al descubierto. Eran pequeños, pero adorables, con los rosados pezones ya erectos.
—Eres tan hermosa, Rin…—musitó el rubio, extasiado con lo que veía y la muchacha no pudo evitar sonrojarse de placer.
Len se inclinó sobre ellos, besándolos primero con gentileza, acariciándolos con la punta de los dedos, viendo a su hermana a los ojos. Pronto aumentó el nivel de intensidad, masajeándolos alternadamente, mientras jugaba con los pezones, apretándolos y estirándolos, mordisqueándolos y succionando de ellos como un cachorro buscando leche, suspirando el nombre de ella una y otra vez mientras Rin a su vez no dejaba de susurrar su nombre, entre gemidos de gozo. Era maravilloso oírla.
—Len… Len… —suplicó ella arqueando la espada, gritando casi a todo pulmón, instándole a tomar lo que le pertenecía.
—Rin…
Siguió deslizando la tela hasta las piernas y sacándola al fin, la arrojó al suelo lejos. Se incorporó para verla mejor: el cuerpo de Rin, pequeño y delicado, ataviada únicamente con las enaguas, destacaba en la penumbra, con la luz de la luna arrancando reflejos nacarados en su piel perlada por el sudor. Sus ojos brillaban y sus cabellos rubios humedecidos se desparramaban sobre las almohadas de brocado… Era lo más hermoso que jamás había visto y sonrió al saber que esa pequeña ninfa le pertenecía completamente a él. Volvió a arrojarse sobre ella para besarla con pasión y ardor, acariciando su cuerpo con sus manos y sus labios, borrando toda señal anterior y que solo quedara la suya.
Cegada de deseo, Rin empujó a Len quedando ella encima de él. Asombrada por haberlo hecho, se quedó un momento sin saber qué hacer. Pero el instinto y la buena voluntad vinieron a ayudarle y se inclinó sobre su pecho, besándolo con dulzura, mientras Len le acariciaba la descubierta espalda. Sus dedos temblaban sin poder remediarlo con el cierre del pantalón negro. Por fin cedió y los pantalones y las calzas fueron sacados y tirados al suelo. Ahora era visible el palpitante miembro erecto de su hermano y Rin se mordió los labios… Quería hacer gozar a Len tanto como él la hizo gozar a ella, pero no sabía si podía hacerlo ahora. Las charlas sobre hombres con Meiko le parecían… demasiado fuertes para ella. La duda sacudió su mente, se sentía insegura si hacerlo o no. Quizás Len notando su indecisión, volvió a empujarla sobre la cama, besándola con cariño.
—No hace falta—dijo Len con una sonrisa—. Tenemos toda la vida para que me devuelvas el favor.
Rin asintió, completamente avergonzada, pero su bochorno se convirtió en placer al sentir la caliente boca del rubio bajando desde sus labios, hasta el cuello, besando y acariciando sus senos, hasta la cintura, explorando cada rincón de su persona…— ¡Len! —gritó ella al sentir los labios de Len sobre su estómago, pasando por su plano vientre, haciéndola temblar sin control—. No te detengas… oh por favor, no pares.
—Lo que mi princesa ordene—respondió Len con voz ronca mientras con sumo cuidado, como si estuviera desactivando un explosivo, deslizó lentamente las enaguas, para no asustarla ni incomodarla, dejando al descubierto el sexo de Rin, redondo y pétreo como una nuez. Los ojos de la rubia estaban vidriosos de placer, emocionada ante lo que ocurría, que no sintió miedo en lo absoluto. Len primero acarició un poco aquella zona que había sido lastimada tiempo atrás y no quería que se volviera a lastimar, luego se inclinó y posó un beso en la entrada de su intimidad, ya húmeda y caliente. Tomando como positiva la reacción de placer de su gemela, lamía su intimidad con dulzura y cuidado para no lastimarla, la esencia de Rin que se acumulaba una y otra vez en su boca, era deliciosa. Entre gritos, Rin llegó al orgasmo, arqueando la espalda y jadeando pesadamente, extasiada, maravillada, como si esas sensaciones jamás las hubiera sentido. Estaba desesperada, tenía la enorme urgencia de tener a Len dentro de ella; tomó su rostro entre sus manos y lo besó frenéticamente, ofreciéndose a él.
—No puedo más—susurró temblorosa—. Por favor, Len… Te necesito… dentro de mí.
—Rin…
Había llegado el momento. Len se abrazó a Rin, estrechando su cuerpo desnudo contra el suyo, preparándola para lo que venía. El rubio deslizó su miembro en la dilatada entrada de su gemela, con sumo cuidado, a través de las paredes interiores, entre gemidos de la muchacha, que por un instante, Rin se creyó virgen de nuevo. Finalmente el miembro entró por completo, no sintió dolor alguno y sonrió con placidez, abrazando a Len.
No había nada más. Rin dejó escapar un gemido desigual, y rodeó con sus piernas la cintura de su hermano, tratando de profundizar más en el contacto y se aferró a su espalda. Len comenzó a moverse en un delicado vaivén, cuidadosamente, dentro y fuera de ella. Ahora sí eran uno definitivamente. Cadera con cadera, piel con piel. Sus respiraciones se estremecían, la sensación de tenerse dentro del otro, era tan sublime, tan intensa, tan maravillosa. No existía nada más para Rin y para Len mientras se recorrían la piel mutuamente con las manos, las puntas de los dedos, la boca y el cuerpo. Sus piernas se deslizaban arriba y abajo, entrelazándose juntas en las revueltas sábanas, las manos se aferraban desesperadamente a las espaldas del otro como náufragos a una boya. Gritaban sus nombres como si fuera el último día que se verían. El fresco aroma a lluvia que provenía de la ventana abierta se mezclaba con el almizcle del sudor, la libido y el amor.
Sus bocas se fundían la una con la otra. Las embestidas subían de intensidad, con movimientos constantes y rítmicos, meciendo la cama con la fuerza de los golpes. Rin se retorcía debajo de él, dándole todo a él como Len lo daba todo de sí mismo a su vez. Las sábanas de la cama ya estaban mojadísimas por el sudor mezclado. Las fuertes manos de Len se enredaban en su pelo, sosteniendo su cabeza con tanta seguridad como a sus brazos. Devorando su boca, el rubio deslizó una mano sobre la curva de su cadera, acercándola más a él, y Rin gritó más fuerte que nunca mientras él la penetraba más profundamente.
— ¡Len! ¡Len!
— ¡Rin!
De la boca de ella escapaban gritos conforme Len la embestía una y otra vez; sus músculos se contraían con tanta fuerza y sus paredes internas abrazaban la hombría de su hermano, sintiéndose a punto de explotar. Se agarró más fuerte a él, un gemido desgarrador pujaba de salir de su garganta. Entre los jadeos, gemidos y gritos de ambos se oía sordamente el aumento de la tormenta. Más rápido… Los movimientos estaban llegando más rápidos, más profundos, más frenéticos ahora. Rin jadeaba desesperadamente, esforzándose debajo de él. Estaba a punto de suceder.
En un sonido ronco que resonó en toda la habitación, Len terminó dentro de Rin, la muchacha soltó un quejido desgarrador, también llegando al orgasmo. Se abrazó a su gemelo, temblando por los espasmos, sintiendo el espeso y caliente líquido deslizarse a su interior. Sin fuerzas, se soltó de su hermano y cayó en la cama, respirando pesadamente. Durante unos segundos no sabía que había sucedido. Al caer en la cuenta, una enorme sonrisa cruzó su rostro. Ya estaba hecho. Por fin le pertenecía a él, en todos los sentidos.
Agotado, Len salió de su interior con cuidado, provocándole cosquillas a su hermanita y desplomándose a su lado, luchando por normalizar la respiración. Sonrió al ver a su pequeña Rin respirando agitadamente a su lado. Lo había logrado: Su princesa era completamente de él y nadie podría quitársela ahora. Ahora comprendía las palabras de Gakupo: "Es una sensación poderosa, Len. Ser el dueño absoluto de la ninfa que tienes bajo tu poder" Si, era una sensación poderosa, pero no era cuestión tener el poder absoluto sobre Rin. Rin era libre de amar a quien quisiera, y lo había escogido a él.
—Rin… Mi Rin… —susurró Len entre jadeos, acercándola posesivamente contra su pecho y besando su frente con amor, mientras agarraba las sabanas arrugadas para cubrirse—. Te amo… Te amo tanto…
—Y yo a ti, Len—susurró Rin con una cansada sonrisa, abrazándose más a él, deleitándose ante ese aroma nuevo que habían creado juntos, esa exquisita fragancia a hombre y mujer que no sería la última vez que olería en esa habitación, pensó con una risita.
Afuera seguía lloviendo torrencialmente y con algunos truenos. Rin recordaba cuando niña se escondía en los brazos de su madre hasta que se dejaran de oír los relámpagos. Aún le asustaban un poco, pero después de toda la acción de esta noche y con el sueño que le entraría, no escucharía nada. Volteó a ver a Len, que ya se había quedado dormido. Así relajado, se le dibujaba en el rostro la ternura de la infancia. Emocionada, le besó la frente y se durmió con una sonrisa dibujada en su rostro.
Empezarían los tiempos de felicidad.
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Author's Note:
(1) El festival de la cosecha era una festividad de origen pagano donde se agradecía a los Dioses por el regalo de la abundancia en los campos. La Iglesia católica adoptó esa festividad como una festividad de la recolección la cual sobrevivió en otras festividades como la norteamericana Thanksgiving o Día de acción de gracias. En las regiones del Mediterráneo algunas de estas festividades se mantienen donde abundaba bastante el despilfarro de carnes de cordero y res.
(2) Las figuritas hechas de paja eran parte de los muchos rituales paganos de carácter agrícola en la que se creía que los espíritus vivían entre los cereales.
(3) La retama (Conocida también como hiniesta), es un arbusto de origen europeo y africano caracterizado por tener múltiples ramas y de flores abundantes de color amarillo. Es mencionada en la biblia (Jeremías 17:5) como una alegoría a la sequedad espiritual. Curiosamente era también llamado como "Árbol de las brujas" debido al uso de sus ramas para hacer escobas y sus hojas para encantamientos.
(4) Rin hace alusión a la canción "La costurera de Enbizaka" (The Tailorshop of Enbizaka), perteneciente a la Saga Pecados Capitales, representando a la envidia y cantada por Luka Megurine.
Shade: Lamentamos la tardanza, pero la Universidad pudo más. ¡Alégrense! ¡Solo quedan dos capítulos más!
Sess: ¡Hasta otra, chicos! *Mira a Shade* ¿Quieres ir a arreglarnos las uñas?
Shade: No hay necesidad de movernos *Bate palmas y entra Gakupo* Ya sabes que hacer ^^
Gakupo: *Cabreado* ¿Y Kaito qué? ¡Él es su asistente!
Sess: Si, pero hoy le dimos un descanso *Extiende los pies* No te olvides entre los dedos, ¿Capische?
