La única razón por la que ellos estaban allí, era porque la sacristía de Ateliesta quiso dar una ceremonia en honor a los fallecidos por las tragedias de Asmodín, que habían sacudido toda la comarca. La voz del fraile se perdía en las altas bóvedas de la Iglesia, el sol de la mañana arrancaba destellos dorados de las cabezas presentes.

Len entornó la vista hacia uno de los bancos, cabeceando levemente, esperando no caer dormido. No ponía ningún esfuerzo en seguir la lectura; y para ser justos con Len, la voz del diácono era tan horripilante, casi de ultratumba, que retumbaba en las paredes, en una larga diatriba sobre el Infierno y como evitarlo… ¡Ja! ¡Como si a Len le importara todo ese rollo de la Vida Eterna! Ya sabía que él y Rin se irían al Infierno algún día, y lo mejor era disfrutar la vida humana lo mejor posible.

Dicen además, que el Cielo está lleno de buenos hechos y el Infierno de buenos deseos.

El coro se levantó para dar comienzo a los cánticos. Len se puso a contemplar los vitrales de las ventanas: San Jorge empalando al dragón, San Pedro jalando sus innumerables redes; incluso se veía a Santa Zita con el manto de lana, de la que Len fue devoto antaño atrás (1); la más impresionante de esas imágenes era la de la Virgen, extendiendo su mano a alguna alma necesitada. Cada una de estas imágenes parecía ejercer emociones en los pobres feligreses, como si les hicieran creer que no importa que tanto los apaleen en la vida terrenal, con solo ser bueno, te ganaste un pase el Cielo… ¡Bah! Para Len no eran más que ventabas decorativas. ¿Emoción en su alma? Más bien sentía impaciencia.

—Este hombre… ¿No terminará nunca?

—Por favor, Len…—susurró Rin mirándolo con fingido reproche—. Cállate.

—Lo intento querida, pero es demasiado tedioso para soportarlo—contestó Len con picardía, posando la mano en el vientre de la joven, recibiendo una leve patada. Miró a su hermana y le sonrió ampliamente.

Así es: Rin estaba embarazada de Len. Lo supieron cuando la rubia comenzó a tener los mismos síntomas que Meiko-nee, quien tenía varios meses más que ella; Después del primer desconcierto general, siguieron abrazos y lágrimas para los gemelos. La idea de estar juntos y con futuros hijos en camino, era una bendición. Y si Len se dignó a rezar, lo hizo para agradecer este pecado tan maravilloso y para que el bebé naciera bien. Una alegría así de grande solo se vive una vez en la vida.

— ¡Len, mira! ¡Fíjate en el fraile que acaba de salir! ¡Tiene una verruga gigante!

— ¡Si, ya lo veo! Parece un meteorito o una bomba. ¿Y si explota?

Algunos presentes volvieron las cabezas ante esas risas y cuchicheos, y al sentirse observados, Rin y Len dejaron de hablar y adoptaron unas caras de fingida compunción. Observaron como al fraile de la verruga, al hablar, se la tocaba sin parar. Len bajó rápidamente la cabeza para ocultar su hilaridad, mientras Rin trataba con todas sus fuerzas de no estallar en una risa histérica.


Salieron tomados de la mano, riéndose a carcajada batiente del fraile verrugoso, incluso en la grotesca parte donde logró reventárselo en plena comunión y todo el pus cayó en una anciana que tenía la boca bien abierta.

Caminaban pausadamente, por si Rin sintiese alguna molestia, aunque hasta ahora no sentía nada, pues la chica Kagamine era joven y podía sobrellevarlo mejor (2). Se regocijaba al ver la barriga ya empezando a notarse levemente, donde reposaba el fruto de su pecaminosa relación que sobrevivió a todas las adversidades. Disfrutaba tocarlo, hablarle y cantarle, dejar que Len posara la mano y sentir las pataditas, hablar con Meiko-nee sobre cosas como embarazos y mamás y reírse de los ataques de pánico de Kaito, al pronto ser padre primerizo y no tener ni puñetera idea de que hacer.

Len era el que la guiaba. El atardecer ya estaba a punto de esconderse y la Luna ya había salido. El cielo estaba ya empezando a tachonarse de estrellas que imitaban al manto de la Santa Virgen. El bosque exhalaba fragancias de humus, helechos y tierra mojada; hasta un arrendajo provocaba un amplio eco con sus trinos. Se detuvieron frente a un viejo roble, medio oculto entre rocas. La pareja quedó en silencio.

— ¿Qué estamos esperando? —quiso preguntar Rin tras varios minutos.

Len no contestó. Le sonrió a su compañera y con la cabeza le indicó que mirara hacia arriba. La joven alzó la cabeza y quedó maravillada: De las ramas del viejo árbol, ya de por si cargado hasta reventar de campanillas y muérdagos, flotaban varias luciérnagas entre ellas, como si fueran faroles vivientes… Era un espectáculo increíble. La rubia rio y estiró la mano, esperando que algunos de los bichos alados se posaran entre sus dedos.

Volteó a ver a Len, quien había aprovechado el embeleso de su hermanita, para arrodillarse ante ella, sonriéndole. La rubia quedó confundida y, extrañamente nerviosa, ¿Qué estaba haciendo?

— ¿Qué…? ¿Qué estás haciendo, Len? —inquirió Rin con voz nerviosa, sin saber por qué.

—Sé que esto es incorrecto y no debería hacerlo… Pero no me importa—besó la mano de su hermana, poniéndola todavía más nerviosa y dijo con voz solemne: —. Mi princesa, soy vuestro humilde sirviente. Haría cualquier cosa con tal de verla siempre sonreír…

Estaba imitando una frase de un libro de caballería, que Kaito le obligó a aprenderse, con riesgo de estrangulamientos se equivocaba… Rin tenía los ojos como platos y por poco se va al suelo al ver a Len sacar del bolsillo una sortija adornada con un cabujón, tendiéndola frente a ella. El rubio respiró hondo y dijo lo siguiente:

—Princesa, ¿me haría el honor de casarse conmigo?

Rin se quedó de una pieza, tratando lentamente de asimilar lo que oyó. Ahogó un grito con una mano, mientras los ojos se le llenaban de lágrimas, le temblaba la mano que Len estaba aferrando… Era lo más maravilloso que jamás había escuchado, ni por un instante pensó en lo sacrílego que era… Abrió la boca, dispuesta a decir "Si, quiero".

—Yo… yo…

— ¡Enhorabuena! —gritó una voz desde los árboles. Los gemelos dieron un respingo y escudriñaron los arbustos. De ellos saltó Kaito, usando únicamente su bufanda, otra vez, agitando dos conos de helado—. ¡Felicidades a ambos!

—Eh, Kaito… Rin ni siquiera ha dicho "" —dijo Len con una enorme gotita en la nuca.

—Oh… Parece que me adelanté un poquito, ¿verdad? —dijo Kaito avergonzado. Los gemelos asintieron a la vez… Momentos después, Rin y Len estallaron a carcajadas—. ¡Oigan! ¿De qué se ríen ustedes dos? —exclamó el azulado inflando las mejillas.

— ¡Ja ja ja! ¡Kaito-nii, parece que te sentaste sobre hiedra venenosa! —exclamó Rin entre risas. Kaito bajó la vista: Debajo de la bufanda, en su piel aparecían un montón de ampollas rojas, como si un ejército de abejas le hubiera caído encima, provocándole una picazón infernal.

— ¡KYAAA! —chilló Kaito tirándose al suelo y revolcándose como loco— ¡Quítenmela! ¡QUÍTENMELA!

Rin y Len se rieron por un buen rato, pero luego se aburrieron y apiadándose de él, lo amarraron con su propia bufanda y lo llevaron arrastrándolo a casa, donde los esperaba Meiko-nee, quien estaba molesta con Bakaito por haberse ido sin decirle adonde, pero luego sonrió al verlo amarrado… Y por los gemelos, pues en medio del trayecto, entre los gritos y retorcidas de Bakaito, Rin le había susurrado a Len: "Si, quiero".

— ¡Mei-chan! ¡Abre la puerta!

—Kaito… ¿Trajiste lo que te pedí?

—Ehm…

Kaito ocultó la cesta donde tenía lo que había comprado para que su querida Meiko no lo viera. La castaña se cruzó de brazos. Estaba algo agotada por el trajín que se armó desde temprano.

— ¡Y bien Bakaito! ¿Dónde está?

No tenía otra salida. No podía decirle que si había comprado las cosas, pues mentirle a Meiko era equivalente a molestar a un oso Grizzly en plena primavera… Así que lentamente mostró la cesta, sonriendo, esperando estúpidamente que su mujer lo perdonara… Pero no pudo zafarse de que Meiko lo cogiera violentamente por una oreja, como un niño travieso:

— ¡Bakaito, te lo repetí cinco veces!: "Vas a la farmacia de Rei Kagene, compras varias fórmulas para bebés, luego vas a la tienda y compras una naranja madura y una lata de sake rebajada". ¡Eso era todo! —Kaito lloriqueaba, tratando de soltarse del agarre—. Pero Bakaito tenía que pasar justamente por una heladería Hagen Daaz y traer DIEZ potes de helado…—Por fin lo soltó y se frotó la cara—: Regresas allá y compras todo lo que PEDÍ, ¿entendido? —Kaito asintió asustado y salió disparado como alma que le lleva al diablo…

Regresó casi media hora después, temblando y empapado, apestando a agua de alcantarilla; pero esta vez sí traía lo que le pidieron. Meiko volvió a recibirlo.

—Bakaito, ¿por qué tardaste tanto?

— ¡Buaaaa! ¡Si supieras todo lo que me ha pasado! —chilló Kaito con cara traumada—. Compré todo lo que me pediste, pero luego capi sobre una alcantarilla abierta, ¡que ni siquiera tenía un cartel de aviso! Por suerte, no me rompí nada… ¡Pero luego apareció un lagarto monstruoso que quiso comerme! ¡Buaaaa! ¡No quiero volver allí…!—gimió aterrorizado abrazándose a Meiko. La castaña se quedó extrañada, pero le devolvió el abrazo, como si fuera un niño pequeño. Total, estaba acostumbrada a estos actos de Bakaito.

—Ya, ya. Eso te pasa por andar distraído. Sube y cámbiate: Hay caritas nuevas que debes conocer.

Kaito entró en la misma habitación donde semanas antes Meiko había dado a luz. Nuestro amado idiota azulado era el feliz padre de una niña llamada Arika (3)

Luego de casi diez horas de parto, Meiko-nee expulsó a la criatura y Kaito, al ver la cantidad de sangre, se desmayó de la impresión. Cuando volvió en sí, junto a la cama estaba un bebé de pelo azul y ojos cafés, mirándole fijamente. Bakaito nunca creyó que hubiera algo tan pequeño, pero nada más al verla, se enamoró locamente de ella y torpemente logró cargarla, para mirar con alegría a la mujer de su vida. Ahora volvía a la misma habitación, donde volvían a tapizar el suelo de flores, como es costumbre en los nacimientos: rosas, flores y margaritas que se aplastaban al caminar sobre ellas.

Semanas después de Bakaito, a Len le llegó su turno.

Se habían quedado en casa de Kaito y Meiko y, en las primeras horas de la madrugada, a Rin le empezaron a dar los primeros dolores. La castaña (quien se volvió buena para estas cosas) actuó de inmediato… Primero que nada, sacando afuera a Kaito para que no estorbase con otro desmayo y encerrándose con Len durante horas. Finalmente todo terminó.

Meiko estaba secándose las manos con un trapo, inclinada sobre una cuna de lujo, hablándole en voz baja a lo que estuviera dentro de ella. La joven parturienta, pálida, con los ojos brillantes y el rostro todavía desfigurado, reposaba en la misma cama con doseles, con una vara que se extendía por el suelo. Parecía extremadamente cansada y trataba de mantenerse despierta.

Len estaba sentado a su lado en la cabecera de la cama, imponiendo una amable presencia. Su mirada rotaba desde la cuna que estaba a un extremo de la habitación, a su esposa, como si mirara un partido de tenis. Después de pasar muchas horas de tensión, por fin podía respirar tranquilo.

Pues en aquellos siglos, dos tercios de los niños morían en la cuna y la mitad de las mujeres, de parto. Kaito no se preocupó demasiado, pues Meiko era robusta, pero Len si se ganó sus buenos sustos, pues Rin era más joven y frágil que la castaña. Sin que Meiko-nee si hubiera dado cuenta, Len le había pasado un paño por la frente de Rin, cuando jadeaba por la fiebre, recitando misteriosas plegarias que no tenían sentido ni en latín ni en ninguna otra lengua conocida… Por suerte, todo salió bien, y esos dos bultos en la cunita lo probaban

Habían tenido gemelos.

— ¡Mírenlos nada más! ¡Son una copia al carbón de ustedes! Sobre todo, miren a este pequeño, idéntico a su padre, solo que no tan viejo y más cuerdo, ja ja— musitó Meiko alzando al niño. Algo desagradable, sin embargo enternecedor, como es todo bebé en las primeras horas: Rubicundo, fija la mirada y lleno de babas, con un minúsculo mechón rubio en la cabeza—. Oh, Souta (4) quiere comer— dijo viendo los labios del bebé moverse. Sin pensarlo dos veces, Meiko se sentó en la silla más próxima y se abrió el corpiño.

— Eh… Meiko-nee, creo que debería hacer eso yo…— alcanzó a decir Rin.

— ¡Tsk! Estás muy agotada ahora como para alimentarlos a la vez. Yo tengo suficiente leche para este monstruito—dijo Meiko con deleite mirando a Souta quien, con los ojos cerrados, mamaba con la voracidad de un cachorro. Al ver la cara de desconcierto de Rin, acercó la cuna hacia ellos—Mientras toma a Yuka (4), pues debe estar ronca de tanto llorar.

Por unos momentos solo se escuchaba los ruidos de succión de los pequeños. Len no dejaba de contemplar el rostro agotado, pero aun así feliz de su mujer mientras daba de mamar, ver aquel pecho rosado, abundante y dilatado; de admirar, casi por primera vez, una maternidad que siempre fue interrumpida vilmente.

— ¿Quieres cargarla? —murmuró Rin, cubriéndose el pecho y extendiendo la pequeña a su esposo. Len asintió y torpemente logró cargarla. Durante unos instantes estudió detenidamente la carita inocente y sonrosada, ya serena porque había comido.

Durante cuatro años, Len tuvo bebés en sus brazos… Pero esos no eran más que pedacitos de carne, sanguinolentos y sin vida, concebidos por accidente y por ende, destinados a ser enterrados y escondidos como alimañas en la fría tierra… Si durante ese tiempo le hubieran dicho que años más tarde tendría un niño vivo en sus brazos y que este sería su hijita, Len no lo hubiera creído.

Muchas veces la felicidad parece un mero espejismo, sobre todo si uno no ha conocido otra cosa que el sufrimiento. "La felicidad es un pájaro" le dijeron una vez. Y Len la había atrapado.

Estos pequeños no tendrían que sufrir las penas de sus padres; no los perderían tras una epidemia que asole pueblos enteros; no tendrían que vivir desolados y sin apoyo en un frío y deprimente orfanato. No serían separados por una carrera de artista o un trabajo de sirviente. No estarían atrapados en un horrible castillo, donde uno sería esclavo sexual y el otro se limite a mirar con impotencia. No tendrían que matar y huir para salvar la vida… No tendrían que hacer nada eso… En cambio, podrían jugar y disfrutar la vida sin preocupaciones en los campos, desde la primavera hasta el otoño, para que en invierno armaran batallas de nieve hasta que fuera la hora de la cena, donde se reunirían todos juntos en la chimenea, disfrutando del calor y el amor mutuo... Los días oscuros se quedaron atrás para nunca más volver.

—Es… preciosa—musitó Len acariciando la redondeada mejilla con un dedo, maravillándose de su suavidad, ganando una risita de su pequeña. Decir que Len era feliz era quedarse muy corto: Se sentía hombre, se sentía fuerte. Volteó la cabeza donde estaba su adorada gemela y se inclinó para besarla suavemente. Meiko les devolvió a Souta, pues era la hora de comer de la pequeña Arika.

Durante el resto de minutos los dos rubios contemplaron con infinita ternura los dos bultitos dormir apaciblemente en sus brazos… Costaba creer que una felicidad, así de grande, llegara a sus vidas, después de tanto sufrimiento. Quizás… El Duque de Venomania, entre toda su maldad, hiciera inconscientemente algo bueno, ¿no?

— ¡Oigan! ¡Hay que perpetuar esto para la posteridad! —exclamó Kaito sacando de quien sabe dónde una pesada máquina fotográfica manual y la apuntó hacia ellos—Prepárense… Uno…

—Kaito, no creo que sea una buena idea…—empezó Len.

— …Dos…

—Eh… ¿Kaito-nii? —inquirió Rin.

—…. ¡Tres!

El fuerte flash blanquecino de la cámara los encegueció por un segundo, seguido por un estruendoso sonido de la máquina… Dio como consecuencia unos fuertes llantos de parte de los tres bebés, que se asustaron.

— ¡Bakaito! —gritó Meiko.

Cada primavera, y siempre solo, Len iba a la colina donde estaba la vieja retama. Los bellos recuerdos que le trajo ese lugar siempre lo ayudaban mucho. Se sentaba ante el árbol en silencio, a veces durante una hora, con las manos entrelazadas sobre el regazo. No venía para adorarlo ni para rezar, pero siempre él tenía la sensación de que se trataba de un ritual necesario: (5)

Necesitaba aliviar la pesada carga del Mal que aún vivía en su interior, como una serpiente o un parásito que habitaba sus entrañas y que, muy de vez en cuando, hacía… acto de presencia con vagos y leves recuerdos sobre el pasado, acompañados con punzadas de dolor… El odio es parte de todos nosotros; es parte de la condición humana, y Len ya lo tenía claro… Pero, con solo ver esas bolitas amarillas que adornaban las delgadas ramas, él podía recordar las sonrisas que tuvo allí… y así, se apaciguaban esos demonios internos que siempre estarían allí dentro del hombre joven como un molesto recuerdo de haber tomado la venganza con sus propias manos.

Es como le había dicho el Viejo del Aquelarre: "Llegaste al final del rompecabezas imposible que era tu vida; quizás algún día lo desordenes de nuevo para resolverlo, Len; porque la vida nunca se dijo que fuera fácil".

Todas las cosas están claras como el cristal, como habría dicho el viejo. Había llegado a puerto; y en esas mañanas de primavera que pasaba junto al árbol, sentado en el claro silencioso y cubierto de maleza que casi no ha cambiado, con las piernas dobladas bajo el cuerpo, a veces experimentaba una gratitud tan plena que tenía la sensación de que el corazón le iba a estallar. Es esa gratitud misma la que impulsaba a Len a veces a cantar. Tenía que cantar. No le quedaba otra opción.

Dejó de cantar por un momento, pues escuchó gritos y risas: "¡Tate! ¡Tate!" Seguramente eran Yuka y Souta, jugando al Gato y al Ratón con Arika en el mismo terreno baldío donde él y Rin tuvieron un "encuentro cercano" con el pasado.

¡Como pasaba el tiempo…! Y lo gracioso es que él apenas tenía diecinueve años… ¿Qué no hace cinco años se dedicaba a lustrarle los zapatos a otro? "Un perrito faldero" como le había calificado el viejo desdeñosamente hacía mucho tiempo atrás.

"He aprendido a no volver a agachar las orejas, ni a esconder la cola" pensaba Len, tanto para su mentor, como para él mismo, con una risita traviesa.

...

Han pasado casi ochenta años.

A Yuka y a Souta los cabellos se han vueltos de rubios a blancos con el paso de los años. Cada año suben a la colina de la Vieja Retama, como solían llamarle, con los hijos que tuvieron juntos (siguieron la tradición, por decirlo así, familiar, de casarse entre ellos), sus sobrinos y sus nietos de ellos. Sus padres Rin y Len Kagamine hacía mucho que murieron. Los enterraron allí, bajo la misma retama, ya completamente ennegrecida y seca.

Asmodín nunca se recuperó. Todos los sucesos narrados en esta historia, a manera de puñales, lo hicieron desangrar tanto, que ya no quedaba nada. El pueblo quedó completamente desierto; las casas se derrumbaron y solo quedaron las estructuras. Todo, hasta el cementerio de la campiña, quedó cubierto de maleza. Ya nadie, ni siquiera los vagabundos sin hogar desean quedarse, por su reputación del pueblo del demonio, donde este mismo habitó alguna vez.

En las ruinas del viejo castillo del Duque de Venomania, las piedras calcinadas por el incendio, revelaban al desprevenido viajero la historia de lujuria, amor y sangre. Se dice que en el lugar donde Gakupo Kamui fue enterrado, sin mortaja ni oración alguna, brotan rosas de un insólito color púrpura, único en el mundo; otros cuentan que, de vez en cuando, brotan rosas amarillas, pero que no volvían a aparecer hasta el aniversario de aquel fatídico día. ¿Sería una maldición póstuma echada por algún brujo…?

. . .

Sea como fuere, el hecho es que en ese mismo lugar donde ocurrió esta triste leyenda de lascivia y crueldad… el acto de alguien, alguien que según la sociedad y la religión, jamás debía alzar la cabeza o decir lo que pensaba, sino que siempre debía obedecer y callar… Fue la chispa que provocó aquel voraz incendio que lo cambió todo para siempre.

Todo por la acción de un sirviente.

Len Kagamine… El perrito faldero que se convirtió en lobo.

No te des por vencido, ni aún vencido,

no te sientas esclavo, ni aún esclavo;

trémulo de pavor, piénsate bravo,

y acomete feroz, ya mal herido.

Alfredo Jiménez, "Piu Avanti!"

PRIMER FINAL

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Author´s Note:

(1) Santa Zita: Santa y virgen italiana. Considerada como la patrona de los sirvientes.

(2) En la Edad Media era normal ver muchacha,s desde los trece años casadas y embarazadas (Trece años era señal de que la joven ya era núbil) Eso se hacía además porque la tasa de mortalidad era bastante amplia: Para esos siglos era muy poco común superar los sesenta años.

Nombres de los bebés:

(3) *Arika significa "Alegría"

(4) *Souta significa literalmente "Coraje/Valentía". También es un gracioso juego de palabras: Souta = Shota, debido a la fama que tiene Len Kagamine de "shota".

(4) *Yuka significa "Flor pequeña"

(5) Final basado en el epílogo de El Retrato de Rose Madder, de Stephen King